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miércoles, 25 de febrero de 2026

TELÉFONO

 

Teléfono

Percival Everett

Traducción de Javier Calvo

De Conatus

Madrid, 2026

290 páginas

 

 


Tal vez esta sea la regla número uno para mantenerse vivo: si te quedas quieto, no eres nadie. No se puede vivir por inercia. En algún momento, por mucho que tu pretendas que todo se congele, lo que sucede a tu alrededor te afecta y te obliga a tomar partido. En esta novela de Percival Everett (Fort Gordon, Georgia, 1956) se utiliza el concepto de necesidad a esa toma activa de postura, y se representa de manera extrema: el azar empuja al protagonista, a nuestro narrador, a querer salvar a un grupo de mujeres sometidas a esclavitud. Eso que hemos designado como azar sucede dentro de un contexto brutal, bajo el empuje de una enfermedad terrible que sufre la hija del narrador, que será el verdadero motor de la acción de nuestro protagonista. La novela, debemos decirlo desde el principio, funciona como una maquinaria perfecta. Hay una tensión que no decrece, hay intriga y hay, sobre todo, unas relaciones entre los personajes que son de muy alto calado humano.

Lo primero que sabremos es que el narrador es consciente de que va a contar algo que es muy interesante. A pesar de ello, tarda unas cuantas páginas en soltar la noticia, la enfermedad de su hija, que le lleva a plantearse que todo lo que es, todo lo que ha sido durante cuarenta y dos años, no sirve de nada. La niña tiene doce años cuando la diagnostican una enfermedad rara, degenerativa y si tratamiento. Pero durante esas cien primera páginas hemos asistido a lo cotidiano como construcción de lo que va a salirse de lo cotidiano, manteniéndose, eso sí, dentro de los cauces de la realidad. Un profesor universitario mantiene una bonita relación con su hija, en la que cobra especial importancia las partidas de ajedrez, mientras nos va describiendo una vida en la que nos preguntamos qué traumas le han construido y cuáles son los límites de su personalidad. Es un tipo que está descontento con casi todo y no tiene ningún reparo en expresarlo. Apenas le saca de su rutina las insinuaciones de una alumna y la relación con una colega. Mientras tanto, vamos recibiendo, desde un segundo plano, una relación con su mujer que está construida sobre la rutina familiar. Hay respeto a la vez que costumbre, y sospechamos que, de haber escuchado la voz de ella, ese respeto sería mutuo. No sabríamos decir si existe una crisis de pareja.

Pero a partir de la noticia, asistimos a un cambio de percepción del narrador, que se preocupa más por los detalles, sin terminar de interpretarlos, y también se preocupa por la afectación sobre su familia. La sensibilidad hacia su mujer y la extrema preocupación por su hija, se imponen. La demostración es el viaje a París, el sueño, el mito, pero también el último deseo. Al protagonista le sigue resultando imposible naturalizar la muerte, que ha sido, en buena medida, lo que le ha inmunizado contra tantas cosas, pues las de sus progenitores fueron trágicas, la del padre, y complacida, la de la madre. En cualquier caso, inusuales y prematuras. Hasta que una nota encontrada en una camisa comprada por internet le lleva hasta un lugar perdido de Nuevo México, donde comienza una investigación en la que tendrán lugar nuevos encuentros, con gente que le apoya o le advierte, y también con dos personajes cuya aparición nos lleva a recordar la de otros dos tipos siniestros que serán la asfixia del protagonista de Victoria, la novela de Conrad. A partir de ahí, y contra cualquier desarrollo posible de los acontecimientos, lo que se impone es la necesidad. Necesidad de salvar, necesidad de sentir que salva, ya que no puede hacer gran cosa por la persona que más quiere. La novela tiene un desarrollo que nos intriga y mantiene atados a ella, pero es, por encima de todo, una representación muy emocionante de las relaciones humanas.


Fuente: Zenda

miércoles, 7 de mayo de 2025

CARA DE FOTO

 

Cara de foto

Marina Saura

De Conatus

Madrid, 2025

175 páginas

 

 


Haber vivido una vida que merece la pena no significa que uno haya estado siempre llevando la contraria: en tiempo de abundancia, las únicas historias que merecen la pena ser contadas no son las de los anacoretas que se retiran al desierto para alimentarse de saltamontes y bayas de yerba. Lo que le hace especial a uno, a la hora de revisitar su pasado, es ese espíritu de ir encontrando los momentos en los que el sol salía más dulce, y si considera que hay que hablar de ello es porque piensa que algún día ese mismo sol volverá a lucir, pero no solo para el relator, porque ese sol hay que compartirlo. Es inevitable, a la hora de plantearse estos relatos, pensar en obras como Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, que tal vez sea la experiencia de autoficción más encantadora que se haya escrito en nuestra lengua. Pero el término sigue llevando a debate cada vez que leemos un texto considerado autoficticio, como este Cara de foto, que ha elaborado Marina Saura (Madrid, 1957) intentado caminar por su pasado y por las palabras con sumo cuidado.

La creación literaria siempre bebe de lo vivido. La poesía es un buen ejemplo de ello. Pero el asunto es que cuando uno se imbrica en la narración, se puede entremezclar lo autobiográfico. Para que la autoficción funcione, las dosis combinadas de lo vivido y lo autobiográfico deben estar bien compensadas. En buena medida, debe respirar algo poético, siempre y cuando consideremos que la memoria es poesía. Marina Saura se vale de viejas fotografías para poner en marcha los resortes de la memoria, con lo que este libro se centra en diversos momentos no hilados, salvo por la voz que nos habla. En realidad, nos va dictando lo que se le pasa por la cabeza en un ejercicio de memoria voluntaria. El afán no es únicamente el de recuperar ese tiempo que por momentos creímos perdido, sino también el de reconciliarse con él. «Y ahí sigo, aprendiendo a respirar de forma invisible», llegará a confesar. Tal vez sea esta invisibilidad la que ha presidido buena parte de su educación sentimental, en la que la familia, a juzgar por los retazos que se nos ofrecen, forma la esencia más potente. ¿Ha desaparecido la familia, aquella en la que habitó durante la infancia y juventud? No es posible que desaparezca, y no lo hará mientras ella pueda revivir los momentos que otros darían por desaparecidos. De hecho, en algún momento de la lectura al lector se le aparece la idea de que este tipo de libros es un diálogo entre dos momentos: el que aparece representado en la fotografía y aquel desde el que el narrador nos habla. Lo que resulta ensordecedor es el silencio que caracteriza todo el tiempo que media entre uno y otro, ese que lleva a pensar qué hemos cultivado de aquello que sembramos en los primeros años de vida.

Así pues, la vida se asemeja demasiado a una elipsis. Y eso puede dar vértigo o contribuir a trastornos de ansiedad. A no ser que encontremos en la memoria un fundamento por el que merezca la pena seguir respirando: ese que nos llena de optimismo, de una dosis suficiente de alegría, al considerar que no se trata solo de recobrar el tiempo, sino de hablar sobre la posibilidad de que esos momentos de luz vuelvan a producirse para uno y, además, se estén reproduciendo constantemente, ahora mismo, en las vidas de los demás. Ese anhelo, esa intención, es lo que impulsa a este libro para que pasemos a considerar que merece la pena su lectura.


Fuente: Zenda

martes, 7 de mayo de 2024

ESTA ES TU CASA, FIDEL

 

Esta es tu casa, Fidel

Carlos D. Lechuga

De Conatus

Madrid, 2024

137 páginas


 


La memoria debería ser algo tan sagrado y cuidado como un valle de cerezos. Pero la condición humana nos lleva a la melancolía, no sólo por impulsos que se gestan en nuestro interior, sino también obligados por las consecuencias de los actos de los demás. Esta condición humana llega a extremos que no deberíamos haber conocido, como cuando se trata de las decisiones de un líder que afectan obligadamente a todos los que le rodean. No cabe entrar a valorar grados de culpa ni efectos rebote, ni siquiera entrar a matizar los aspectos de la presión de los más alejados, porque alguien intentó que se viviera bajo la presión de una leyenda, y eso afecta al relato. Al final, cuando Carlos D. Lechuga (La Habana, 1983) entra a hablarnos de su pasado, nos encontramos con las miserias que hemos conocido a través de tantas voces. Será esa dualidad que navega entre la desmitificación, que supone a veces enfrentarse a demasiada suciedad, y el apego al pasado, que es nuestra propia leyenda, la del valle de los cerezos, lo que dé a este libro de memorias y tono magnético. Uno quiso ser niño y se encuentra con que se vio obligado a ser otro niño cuyas características no respondían exactamente a las que se supone debe tener la infancia. Y así sucederá también con la juventud y hasta con la vida laboral, que en este caso es la de alguien dedicado a la dirección cinematográfica.

No saber si se fue feliz nos habla de una construcción de la personalidad en desarrollo. Para definirse, Lechuga ha puesto tiempo y tierra de por medio, y se entrega a una escritura en párrafos cortos, porque los recuerdos no vienen concatenándose como en una novela decimonónica. Lechuga es sincero, muy sincero, porque nos va sugiriendo que lo que uno puede de verdad conocer es lo más próximo. Y que a esa distancia, a la que llega nuestra aura, pueden encontrarse las razones que justifican toda una vida y nos indican que estamos eludiendo cualquier interpretación maniquea, pues lo que tenemos delante es un testimonio. No sabe bien si el niño que está creciendo en el hogar es el mismo que el que está creciendo en la calle. De esta etapa de relato de crecimiento saldrá, eso sí, alguien preocupado por el cine y por la justicia.

Pero el asunto que más presencia va adquiriendo a medida que se avanza en la lectura es un miedo bastante físico: «En el totalitarismo, todo el mundo tiene mucho miedo, porque como en una mafia controlada, todo el mundo se siente en deuda y todo el mundo está embarrado». Uno se ve obligado a cuestionarse hasta su propio espíritu crítico. Hay una maldición entre los espíritus creativos, que se ven empujados a cierta clandestinidad para no ponerse en peligro, lo cual lleva a un tráfico ilegal de libros y películas, y también de remedios de santería, como los que practicaba su abuela, casada con un embajador del régimen cubano. Para poder existir, muchas cosas no deben apartarse de las sombras, como la homosexualidad, que también atraviesa las páginas que ocupan estas memorias. Por aquí transita Gabriel García Márquez, el espíritu de un vecindario, una madre epiléptica y el aplomo de la censura. Aquí está muy presente la disfunción entre vida pública y vida privada, que es una congestión propia de quien vive atrapado: «Fidel había logrado lo que más quería: separar a la familia cubana», afirma, para añadir, unas páginas más adelante, la expresión que mejor define este libro testimonial: «Tu deseo no le importaba a nadie. No eras la prioridad». Luego vino el enfrentamiento con la administración, a cuenta de una película que se sostenía sobre una relación diferente, y la muerte de Fidel, que tuvo cierto efecto de cafetera en ebullición. Sobre este país y estos años, no dejamos de leer testimonios, y todos parecen conservar el valor más importante, que es el contenido de la humanidad o, lo que es lo mismo, el deseo de pasear por un valle de cerezos.


Fuente: Zenda

miércoles, 22 de abril de 2020

NOTAS DESDE UN PAÍS EXTRANJERO


Notas desde un país extranjero
Suzy Hansen
De Conatus
Madrid, 2020
378 páginas

Tuvo la suerte de contar con una madre que alimentó su temprana adición a los libros; su hermano mayor estaba embriagado de ideas políticas progresistas adquiridas misteriosamente, pues en Estados Unidos lo más frecuente es acomodarse; su padre se pasaba las tardes estudiando extrañas antigüedades del golf (vaya usted a saber para qué), perdido en los placeres del pasado; se trataba, en definitiva, de una familia de clase media, modesta, tan modesta como para que Suzy Hansen sienta nostalgia de esa modestia. Pero la nostalgia se refiere a otro tipo de pasado, al de dimensiones más humanas, es decir, al próximo, al que se guarda entre la jaula de las costillas. El libro que cae en nuestras manos, este Notas desde un país extranjero, comienza con el despertar personal, con el crecimiento, con el descubrimiento del mundo, con el choque contra la realidad, y termina montado sobre el análisis político. Y en ambas facetas, y en todo el espacio intermedio, resulta de una sinceridad demoledora. La sensación es la de haber navegado desde una obra de crecimiento, como las de Stevenson, por ejemplo, y llegar hasta un análisis como los de Chomsky. Notas desde un país extranjero se convertirá en uno de los grandes libros de viajes de la década.
Hansen nos enfrenta, de entrada, a una tragedia en las minas turcas, y frente al dolor se da cuenta del origen de la desgracia, que tiene que ver con los recortes económicos que provienen de unas imposiciones en las que su país cobra demasiado peso, un peso que se traduce en vidas. Hansen a viajado a Estambul, la ciudad que la enamora, con una beca, y se quedará allí durante los años más duros de la crisis económica mundial. En ese tiempo conoce, habla, traduce y reflexiona, con un estilo tan sensato como crítico, sobre los vínculos de Estados Unidos con el resto del mundo, pero, sobre todo, con Oriente Medio. Parte del desconcierto, del infantilismo que es común a los de su país, o al menos así lo entiende ella, de una falta de sustrato cultural y sentido histórico. Así se  ha dado prioridad, en su país de origen, a lo propio frente a lo global. Paradójicamente, son los responsables de una globalización sin misericordia. Pero en cada individuo, eso sí, han implantado unos prejuicios sobre justicia, patria y libertad, que en el caso de la autora se van desmontando gracias a las singularidades que le brinda la vida en Turquía y a una sensibilidad bien dispuesta a lo ajeno. Tal vez sea este viaje, esta parte de Bildugsroman, lo más interesante, en lo literario, del libro. Es un viaje interior, sí, pero acompañado de una denuncia en la que se va dando cuenta la historia reciente, de la manipulación económico-política de uno de los epicentros culturales del planeta. Al tiempo que nos confiesa en qué medida, alta, uno desconoce cuánto no sabe sobre uno mismo, en tanto que ser social además de lo referido a la personalidad, se va maldiciendo la superficialidad en la que se ha criado, el humanismo fingido y las justificaciones morales: siendo habitantes de un orden social injusto, las reflexiones vendrán contaminadas por la injusticia que intentamos comprender, comenta, citando a James Baldwin, un autor que sobrevuela toda la obra.
Las ganas de comprender, que es la buena versión de la curiosidad, es la motivación esencial del libro. Como en una terapia, comienza por desaprender las leyendas en las que se ha criado, ese colonialismo aparentemente bien fundamentado, pero que no deja de ser una forma de explotación, una nueva versión, internacional, de la lucha de clases. Hansen se pregunta si el mundo habrá alcanzado la madurez, si existe un retroceso cultural, si la civilización avanza, si el progreso es humano. Al mismo tiempo, mientras visita Turquía, Grecia o Afganistán (en un episodio que resultaría traumático de no presentarse como esclarecedor), Hansen crece, abandona a la adolescente inmadura e ingenua para transformarse en eso que viene después, o que debería venir después, si nos libráramos, como ella, del peso de las leyendas para sustituirlos por nuestra verdad, la verdad social, imprescindibles, porque no es cierto que cada hombre sea una isla.