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domingo, 7 de enero de 2024

FICCIONARIO

 

Ficcionario

Ricardo Silva Romero

La Navaja Suiza

Madrid, 2023

374 páginas


 


En la segunda acepción de magia, el diccionario de la Real Academia se contempla esta definición: Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo. Podemos desconocer a qué se debe ese encanto, ese hechizo o por qué nos atrae, pero sí reconocemos la emoción. En realidad, no sería magia si consiguiéramos explicar las razones por las que sentimos el magnetismo. Y cuando este llega a suponer una pasión, no querremos desvelarlas, aun pudiendo. Pero del estudio del amor, de los recursos que nos han llevado a emocionarnos, pueden surgir ensayos que contendrán, a su vez, magia, como en este Ficcionario, de Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975), donde se nos intenta revelar el sentido de la narración, por qué la queremos tanto, venga en formato audiovisual o escrito.

«Y las novelas buenas —dijo Chesterton— nos dijeron las verdades sobre sus héroes y nos sugirieron los misterios de sus autores. Y se dedicaron a hacerse preguntas sin respuesta». Las respuestas que nos ofrece Silva Romero entran de lleno en lo personal, aunque se refiera constantemente a lo técnico y a lo táctico en los análisis. Nos habla de un conocimiento que facilita herramientas de estudio, pero siempre deja la puerta abierta al encanto y al hechizo: «Y es en ese pulso entre su persona y su personaje, en ese pulso entre su rol de la vida y su rol del drama en cuestión, un pie en la realidad y un pie en la ficción, en donde está el juego y está el arte. De lo contrario es locura».

Hay una tierra de nadie, desde la que surge la magia, y que Silva Romero defiende más como una ideología que como una ciencia. Pero el estudio tiene que ser necesariamente científico y se nos entrega en pequeños capítulos destinados a distintas partes: el clímax, el tema, la actuación, el subtexto, etc. Silva Romero es partidario del drama, porque entiende que eso significa intensidad y que vivir no tiene sentido si no se hace con intensidad. Para incrementar ésta sin hacernos daño, tenemos siempre a mano el recurso a la narración. Para Silva Romero el espectador de cine, o el lector, debe tener una implicación activa. En su caso, dada su formación, esta atañe mucho, hablando del cine, a los guiones, que es, junto a la aportación que hacen los actores, donde encuentra una faceta más creativa. La creación y sus aportaciones se verificará a través de la humanidad, de la variedad y de la riqueza con que nos llegue, con que la sintamos: «Todas las artes son artes temporales y se dedican al suspenso en cuerpo y alma». Vuelve, una y otra vez, con un ímpetu que nos recuerda a Borges, a estudiar los recursos con que se representa la realidad y se nos aleja de la realidad al mismo tiempo. Esa realidad que para él es el sitio donde uno tiene hambre y cuentas por pagar y ganas de morirse. Nadie siente la tentación de la muerte en una sala de cine, ni tampoco leyendo a Dostoievski. Nos interesará la trama y nos interesarán los seres que se mueven dentro de un mundo creado a través de la trama, y nos interesará la idea basal sobre la que se asienta el relato. Todo ello divulgado con un estilo delicioso, propio de alguien que no cree en géneros, que se aplicaría a la escritura de cualquier obra con esta misma entrega, porque la otra magia en la que sí tiene fe es en la de la escritura.

«Discutir la realidad es un arte y un juego de palabras y un ocio —y es, sin lugar a dudas, una tentación que persigue al libro que usted tiene en sus manos—», nos confesará al inicio. Y no nos va a decepcionar.

 

 Fuente: Zenda

martes, 29 de noviembre de 2022

EPISODIOS EN LA VIDA DE UNA ESCLAVA

 

Episodios en la vida de una esclava

Harriet Jacobs

Traducción de Carla Fonte

La Navaja Suiza

Madrid, 2022

332 páginas

 



El problema de recordar es la tentación al desgarro o la tentación a la melancolía. De la segunda apenas nos libra agarrarnos a una botella de vino o la química del alprazolam, que parece el recurso al que más se acude. En cuanto a la primera, bien podría ser un derecho que deberían ejercer unos pocos, pues a casi todos los demás se nos podría tachar de autocompasivos, no sin faltarle razón a quien nos atribuyera ese carácter. No deberíamos quejarnos ni deberíamos llorar por el pasado, y deberíamos mostrar suficiente respeto hacia la memoria como para recordar con cierta armonía, o al menos expresarnos con suficiente suavidad, incluso cuando no son muchas las cosas agradables que a uno le han sucedido.

Este es el resumen que uno puede hacer sobre el espíritu de este libro de Harriet Jacobs (Edenton, Carolina del Norte, 1813 – Washington D.C., 1897). El título nos pone en guardia y sabemos que la biografía que vamos a enfrentar no estará llena de momentos azules y sí de supervivencia. La esclavitud empieza con el nacimiento y es una condena que implica demasiado peso. No hablamos de grilletes, hablamos de infiernos.

Y, sin embargo, Jacobs es capaz de emprender la tarea con un pequeño tono de ternura, desde la perspectiva que da el saberse mujer libre. No hay afán de aturdir o de hacernos saltar las lágrimas. Leemos sus renuncias, sus miedos, su huida, su tortura escondiéndose durante meses en una buhardilla en la que sólo podía estar tumbada, el forzoso abandono de sus hijos para salvar el pellejo, y aun así, teniendo todo el derecho del mundo a escribir con el cuchillo entre los dientes, nos sorprende con su mirada serena, con su dictado sin filo, con su sobriedad. Jacobs no puede olvidar y cree que para que no olvide la humanidad lo que significa este terror, debe contarlo. Y lo cuenta como si estuviera hablando a los niños de un colegio, a los ancianos de una residencia, a los lectores que quieren saber y hasta a los cobardes que prefieren ignorar, porque creen que conocer de primera mano que en el planeta existen miserias es una estrategia para amargarles la vida. Y en la de Jacobs no hay momentos de felicidad, que es algo de lo que cualquiera podríamos presumir, aunque sea ese instante idiota de una mañana de primavera en el que quisiste sonreír sin saber por qué, tal vez porque el sol se asomó a la ventana.

En una época en la que se habla tanto de resiliencia, cuando a lo que nos enfrentamos es a la desconfianza o a un muro económico, conocer el testimonio de quien recuerda el infierno sin caer en el desgarro ni la melancolía es abrir una ventana para que entre aire puro. Y después podremos volver al trabajo y al descanso.

martes, 2 de noviembre de 2021

LOS ENANOS

 

Los enanos

Concha Alós

La Navaja Suiza

Madrid, 2021

254 páginas

 


La realidad es que apenas nos queda el deseo para vivir.

Eso es lo que sucede con estos personajes que pueblan Los enanos, la novela de Concha Alós (Valencia, 1927 – Barcelona, 2011) que recupera La Navaja Suiza. El realismo que transmite es social y roza lo siniestro, y los deseos se expresan en la actividad de soñar despierto, que muchas veces tiene que ver con aspiraciones, y siempre con la necesidad de sacar la nariz por encima de la superficie de las aguas muertas. A los seres que habitan en la pensión barcelonesa de los años sesenta, un ambiente feo, les puede haber sentido cómo aquello que soñaron que sería su vida, se ha truncado por efecto de una sociedad que no permite nada que no sea sobrevivir en gris. Estamos en plena dictadura franquista y la obra funciona como testimonio de esa época, denunciando que apenas se permitían ni siquiera los conflictos que tuvieran que ver con la condición humana. Asistimos a un trozo de la vida de unos seres civilmente estancados, sin posibilidad de aspirar a una moral, en los que el colectivo se impone al individuo.

Excepto en el caso de María, que da la segunda voz a la obra. Entre los cuadros de una vida intimidada, Alós introduce apuntes de un diario de una joven que vive el fallo de un gran amor y las consecuencias, que serán hasta demasiado orgánicas: “Otras, cuando el sol es muy fuerte, las cosas brillan y la vida es, para los demás, importante, me rebelo contra algunas palabras que me parecen vacías, que son como monstruos colorados llenos de ojos y orejas y vacíos, completamente vacíos, por dentro: deber, sociedad, sacrificio…”. Esta mujer, que habla de sí misma como alguien a quien la lucha diaria la convierte en una persona cansada y estúpida, a quien los recuerdos la hacen desesperar, nos ofrece una visión más intimista en un mundo donde todo lo que sucede está expuesto a los ojos de los demás. Los personajes viven para ser comidilla en las otras bocas. Y esa miseria no deja de ser una denuncia social. Esa miseria será la que dé el tono descriptivo, breve, de cada suceso, en los que se impone la exposición de pensamientos de corto alcance y los diálogos veloces, combinado por un talento muy eficaz de la autora para llevarnos a prestar atención a detalles significativos. Puede que no observemos el cuadro completo, pero sí prestamos atención a los puntos que decoran la narración y nos imponen un pensamiento triste, al menos triste leída hoy, cuando esos decorados son parte de algunos recuerdos.

Alós organiza la obra alrededor de los mismos centros de interés que empañan la vida de la clase obrera y de la condición de la mujer. Nos habla de una existencia dolorosa en la que las tiritas para evitar la autocompasión consisten en no resistirse a hablar de los demás –“Somos ratas que no pueden escapar de la negra cloaca para mirar a la luz”-, respirando un aire en el que la felicidad es absolutamente imposible: “Y yo y mi pobre cuerpo y toda mi vida irán a quemarse con la de los otros enanos, con la de los desheredados y los torpes”.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

VIDA ECONÓMICA DE TOMI SÁNCHEZ

 

Vida económica de Tomi Sánchez

Javier Sáez de Ibarra

La Navaja Suiza

Madrid, 2020

413 páginas

 


La mayor dificultad de vivir es ser dueño de la propia vida. Hay un malestar en nuestra condición, algo que tal vez los mejores terapeutas consigan integrar, que es la de ir sintiendo, a cada paso que se da, que es la vida la que decide por uno. Se inventó el término destino para intentar conciliarnos, se elaboró la psicología de la resignación, se recurrió a la fe y a los dioses, se imploró la bondad y, en los últimos años y gracias a la influencia de las religiones orientales, se habla de aceptación. Pero, mientras tanto, la literatura occidental creó el existencialismo, esa pregunta esencial acerca de si merece la pena seguir adelante en estas condiciones. El punto existencialista de esta novela, Vida económica de Tomi Sánchez, está bastante escondido y no parece ser la gran intención de su autor. Se impone el uso libre de la sintaxis y el tono irónico, poco misericorde, crítico con la sociedad que hemos construido o que hemos heredado, si es que entramos en el debate del destino y lo enfocamos desde el pasado.

Pero el protagonista flota en ese espectro de no poder elegir lo que va enhebrando la vida. Está sujeto a unos vaivenes de lo más extraños, una extrañeza en la que él también participa -basta con comprobar los nombres con que bautiza a sus hijos-. Esa ruptura del realismo nos despega de un suelo naturalista y nos atrae por estar asistiendo a la creación de un mundo propio, un lugar que no conocíamos y, por lo tanto, leer expuesto a las sorpresas. Aunque dichas sorpresas no cesan de salir al paso, resultan de lo más cercanas: todo se impone desde criterios economicistas, desde intereses creados, desde los principios de ‘tonto el último’ o ‘sálvese quien pueda’, desde el lugar común de ‘ese no es mi trabajo’ o ‘yo me limito a hacer lo que me mandan’. A pesar de ello, a pesar de todos los estorbos que van surgiendo a cada inhalación, Tomi Sánchez sigue en esa lucha que consiste en no considerar que la vida propia es un desastre y que, de hecho, la vida propia no son las circunstancias. Ni siquiera esa con la que comienza el libro, en la que pierde un brazo, y da pie a un tono narrativo en el que no nos resultarán extrañas ni siquiera asignaturas como el Sofismo que cursan sus hijos en educación secundaria.

Las ilusiones algo románticas del personaje van apareciendo como fantasmas, al antojo de una estructura temporal compleja y un mundo perecedero, demasiado perecedero y con demasiada conciencia de perecedero. Lo peor no es que la vida decida por uno, lo peor es que la vida decide al capricho del momento, sin un plan previo. Y eso va limando los principios de dignidad que creíamos haber edificado en los pulmones.

 

jueves, 9 de enero de 2020

LA SUERTE DE OMENSETTER


La suerte de Omensetter
William H. Gass
Traducción de Ce Santiago
La Navaja Suiza
Madrid, 2019
418 páginas

En la relación de autores que influyeron en la literatura de William Faulkner, alguien se atrevió a añadir al traductor de la Biblia que leyó en su juventud, con un afán y una vehemencia que no deja lugar al aliento más suave. Es probable que se trate de una edición semejante a la que cayó en manos de William H. Gass (1924 – 2017), pues deja un rastro semejante en esta novela donde uno se pierde entre lo real y algo que, a falta de otro término, llamaremos lo alegórico en cada resquicio de cada frase. Gass utiliza, casi de forma generalizada, frases cortas, casi mínimal, en el que la hipnosis surge por acumulación y por derivación. Las asociaciones son libres, sin olvidarse de su función: mostrar que debe haber una cara oculta de la realidad y que ésta, forzosamente, se parecerá bastante a la materia de la que están hechos los sueños. El estilo nos lleva a la impresión obsesiva: obsesión por las palabras con las que se construye el texto, por los personajes con los que se construye el conflicto, por los efectos con los que se construyen las sensaciones. Es barroco, porque atiende al detalle, pero es impresionista, porque piensa en las emociones que levantará en el lector.
Pero las referencias a la Biblia no se limitan al estilo, a la estrategia, pues también existen en la idea base: Omensetter es un tipo con atributos tal vez sin definir, o cuya definición se hará por contraste con los demás, pero de una presencia lo bastante impactante como para levantar las ampollas más escondidas. Llega a una población más o menos remota, a un entorno más o menos rural, más o menos arcaico, y allí provoca los descubrimientos de la dualidad emocional que todos llevamos dentro. Los habitantes originales descubren su Míster Hyde y se rebelan. Sobre todo, quien detentaba el bastón de mando moral, el reverendo Jethro Furber. La piedra en el estanque de la que parte la novela nos remite al Nuevo Testamento: la sola presencia de Jesús despierta las dobles morales, ante las que no podemos sino levantarnos con miedo, porque solo tenemos miedo a la parte que no conocemos de nosotros mismos. Y, lógicamente, surge el rechazo. Sobre esta emoción es sobre la que Gass construye la novela, sobre el rechazo. Nos encontramos frente a lo imprevisible, al espejo que nos refleja como no desearíamos vernos, ese que sin querer porta un personaje que “vivía no observando, uniéndose a lo que sabía”.
“Ni un zorro gritaría belleza antes de haber masticado”, escribe Gass. De La suerte de Omensetter no estamos seguros de extraer algún tipo de belleza, pero estamos convencidos de estar masticando y volviendo a masticar, sin terminar de definir el sabor de los bocados. Ni siquiera si no será el mismo bocado al que estemos dándole vueltas, una y otra vez, tras los carrillos.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

MORTE D'URBAN


Morte D’Urban
J.F. Powers
Traducción de Ce Santiago
La Navaja Suiza
Madrid, 2018
433 páginas

El sentido universal de una obra sobre un personaje, especial, a su vez, suele ser definir algo que resulta una fe propia bastante frecuente: a poco que uno se cuestione el mundo tal y como está, le resulta difícil reconocerse en él, encontrar su lugar. A uno le cabe aceptar la injusticia, la maldad y no protestar cuando se le pisa el pie, sí, pero ¿merece la pena vivir así? Es lo más cómodo: renegar entre dientes, creer que las desgracias nos las envía el rabo de Jehová, rezar y, si llega el caso, apuntarse a sesiones de terapia o yoga. Pero el mundo es algo más definitivo que todo eso. Es posible que la vida sea teatro o un acontecer muy profundo; en cualquiera de los dos casos, puedes quedarte en las butacas como espectador, o agarrar uno de los papeles, aunque sea secundario, y salir al escenario, o al lago de la vida, y actuar. Sea como sea, al menos habrás protagonizado tus propios días.
Esa es la otra fe del padre D’Urban, el protagonista de esta novela publicada en 1962 y que se hizo con el National Book Award en Estados Unidos. Viene al caso predicar la fecha y el lugar, Minnesota, donde transcurre la novela. Se trata de una sociedad en la que los televisores solo emiten unas pocas horas en color, donde las paredes están empapeladas y buena parte de los trabajos del hogar se hacen a mano. Y de un lugar endogámico, un tanto al margen del resto del mundo, del que apenas tienen noticia a través de unos minutos de noticias y un vistazo a los periódicos. Es posible que si J.F. Powers (Jacksonville, 1917 – Collegeville, 1999) volviera a escribirla lo hiciera con mucha más pegada, con ironía, o como una sátira, o en forma de guion para una serie, o cerrando la atmósfera hasta deprimirnos. Pero eso pertenece al territorio del orgullo del lector. Lo que nos atañe es un texto que se lee agradecido, porque el afán del padre D’Urban, un católico en una sociedad protestante, es el de salir de la vida que otros le han acondicionado, como si le hubieran escrito el destino y le impusieran que respetarlo es la única forma de ser feliz que tiene. Mientras que él, por su parte, reniega de esa cárcel y sale a buscar fieles, o posibles fieles, que se hallan ahí donde está la gente. No le importa andar por los bares, por los campos de golf o allí donde se acumula el público para corear a los deportistas. A los ojos de los demás será un extraño, un pez entre el agua salada y el agua dulce, y eso, en buena medida, le convierte en un paria. Pero se trata de un paria con un optimismo incorregible, eso sí, dentro del espíritu costumbrista de la novela.
Retratar a alguien que no encuentra su lugar en el mundo supone, también, retratar el mundo inmediato que le rodea. Y si uno se encuentra con ese problema, será debido a los familiares, en este caso los otros miembros de la pequeña orden religiosa, y a los conocidos, con quienes solemos tener más contacto que con los íntimos. D’Urban quiere a su protagonista, tanto como para no someterlo al capricho del humor ni a los ataques de la tristeza. No parece decantarse y nos va narrando episodios, que se suman hasta construir una novela, una parte de la vida del protagonista, que no es especialmente nada y, por tanto, es un retrato de una época a la que hasta podemos echar de menos en tiempos digitales. Ahora no parece necesario salir para encontrar gente. Qué tristeza da comparar la vida que representa Powers, y el valor que otorgamos al padre D’Urban en todos los sentidos de la palabra, con muchas de las nuestras.

lunes, 25 de junio de 2018

PAPELES DE PANDORA


Papeles de Pandora
Rosario Ferré
La Navaja Suiza
Madrid, 2018
252 páginas

En una época en que la literatura en español por fin estaba terminando con el realismo puro y duro, cuando la fiebre por los experimentos verbales como los de Julián Ríos se habían calmado, un puñado de autores estaba creando un nuevo tipo de literatura, algo en la que los atrevimientos con el lenguaje y la gramática ya estaban en función del relato, aunque en ocasiones diera la impresión de que había que buscar el relato detrás de lo puramente verbal. En esa etapa encontramos a Juan Benet, por ejemplo, que es quien realmente revoluciona la forma de entender la literatura en este país, y a Julio Cortázar, mencionado por los editores de este libro como el maestro de Rosario Ferré (Ponce, 1938 – San Juan de Puerto Rico, 2016), si bien se le podría añadir, dado que la versatilidad en los relatos es grande, a José Lezama Lima o a Alejo Carpentier, autores bien digeridos por la propia Ferré. Papeles de Pandora es el primer libro publicado por Ferré y en él ya define cuál será su mundo personal, algo que sale a flor de blanco sobre negro desde todos los rincones de la mente, incluidos aquellos que no conforman la inteligencia. Las terminaciones nerviosas de Ferré están muy activas para percibir sensaciones que luego intentará traducir con las herramientas de un lenguaje que se va quedando pequeño frente a su imaginación. Se trata, en buena medida, de un libro sobre las distintas formas de soñar, desde las oníricas hasta las ilusiones.
Uno percibe rápidamente el viaje hacia el realismo mágico y la vanguardia surrealista, el mundo fragmentado, que es lo que confiere verosimilitud a los relatos, y la unidad de estilo, que hace del libro un proyecto literario. También que en el mundo de Ferré la pintura ha influido tanto como los libros leídos. Mientras otros autores escribían para sí mismos, Ferré creaba narradores, voces, que parecían narrar para sí mismos. Porque de otra manera resulta complicado entender la libertad que se toma para hablar sobre mortificaciones y el orgasmo, creando neologismos y metáforas sexuales, usando libremente los elementos gramaticales para darle más oralidad pura y dura al relato, que en las ocasiones más intensas se presenta en forma de invocaciones mágicas. Detrás de todo esto está el dominio y la fuerza de unos hombres sobre otros, y en buena medida de los hombres sobre las mujeres. El lenguaje está puesto a fermentar y se utiliza para arrasar lugares, desde los lugares comunes hasta ciudades enteras. Será barroco e hipnótico, pero es lo que nos empuja a saber que nos enfrentamos a algo que debemos descubrir. En ese sentido, Ferré es hija de William Faulkner. En ese y en el de tener presente que la vida, sobre todo la del pobre, no vale nada.
Papeles de Pandora construye un mundo con complejos, también en todos los sentidos de la palabra, y es un esfuerzo descomunal por representarlos. Los complejos, ya lo sabemos, están unidos a los deseos y los deseos, nos dicen los hombres espirituales de oriente, terminan por llevar al dolor. En este caso, Ferré adopta puntos de vista en los que el dolor proviene en buena medida de la rigidez fruto de los prejuicios, porque los prejuicios son implantes, son prótesis que tomamos por cuerpo. Creemos que el tiempo es lineal y ella lo dobla y manipula. El mestizaje es cultural, social, religioso, tradicional y a pesar de todo ello pensamos en nosotros mismos como una unidad, una idea que se va desmontando a medida que leemos estos relatos. Las maldiciones presentes son obra de los propios hombres, obsesionados con las relaciones y con el cuerpo. Obsesionados con el miedo, y con el miedo a lo que le sucede al cuerpo de uno, incluido el del sentimiento de soledad. De ahí brota la necesidad de Ferré de expresarse. De ahí que este conjunto de relatos sea una experiencia única en la literatura en nuestro idioma.

lunes, 5 de marzo de 2018

AUTOGOL


Cide Hamete Benengeli es el supuesto nombre del supuesto autor de una recopilación a partir, suponemos, de lo que le dicta alguien que presenció las aventuras de Alonso Quijano. Ese alguien no podría ser otro que el analfabeto Sancho Panza, pero quien finalmente da con el manuscrito, lo traduce y consigue que se publique es Cervantes. Una acrobacia parecida da pie a esta novela y aunque parezca revelarse al final, desde las primeras páginas ya se está confesando parte de ella: alguien que se ha quedado mudo quiere dejar constancia, en forma de memorias, de parte de su biografía, sobre todo de los días que se suceden desde que Escobar, el defensa colombiano que metió un gol en propia puerta durante el mundial de Estados Unidos y, esto sí es real, acabó siendo asesinado por ello, y ese día, en el que se cumple el sueño del asesinato. Pues no es otra la intención del protagonista, la de matar a Escobar para recuperar la voz. Sería un asesinato doblemente catártico, pues se gana la vida precisamente como locutor de radio. Pero para redactar las memorias precisas de un periodista, alguien atrevido, tal vez el propio Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975), tal vez otra persona que le entregue el manuscrito a Silva Romero o a un editor. En cualquier caso, el libro está escrito a cuatro manos, supuestamente, y debe poseer ese tono de locutor de radio colombiano: los giros semánticos y sintácticos propios de Colombia, las hipérboles que llaman la atención, el lenguaje oral que sigue funcionando con rigor y personalidad en la escritura, y, por encima de todo, la ilusión de narrar, del amor al relato en el que los lectores son tan invisibles como los radioescuchas, pero uno sabe que se dirige a ellos, a todos.
Silva Romero escribe un libro estupendo en el que, bajo la dirección antes explicada, se mantiene como gran estilista incluso en frases cortas:
“Dejé escapar dos sílabas de aire”. “Si uno lograba abrirse paso en el calor, que era como abrirse paso en un armario plagado de abrigos”. “De dientes para adentro, no iba a hacerle nunca el favor de perdonarla”.
En ningún momento, el libro pierde este pulso, el que nos recuerda que en Colombia parece que todo el que escribe, lo hace muy bien. El ficción, pero podría ser periodismo. Más aún cuando, hemos tardado en mencionarlo, el periodista, el locutor de radio, solo sabe hablar y solo sabe hablar de deportes, a ser posible de su gran amor, que es el fútbol. El autogol le deja mudo y con pocos recursos para salir adelante entre los más de cien kilos de grasa que es. Le queda convencer al lector de la necesidad de su propósito.
Aquella selección colombiana, que se contaba entre las favoritas para ganar el Mundial de 1994, degeneró, nos explica, en una pandilla de torcidos pendencieros, de haraganes engreídos. Y el hecho que da pie a su enfermedad, una somatización, casi seguro, se repite una y otra vez. Durante las primera cien páginas del libro, el partido está constantemente volviendo a empezar y terminando con el autogol. Al mismo tiempo, relata algo de su vida y los alrededores de su vida. Entendemos que él es, a su vez, tan cínico como sincero, misántropo pero cordial, un pequeño canalla gordito y por tanto risueño, al que la gente aprecia o, como él dice, aguantándose el veneno de la ira que ha ido acumulando desde chiquito. Tal vez la que le lleva a tomar la decisión de asesinar a uno de los mejores defensas del mundo.
La navaja suiza Editores
Mientras tanto, como si se tratara de una alfombra de cientos de kilómetros, va desenrollando cada capítulo, cada párrafo, descubriéndonos las miserias y venturas de Colombia: habla de la dictadura de los carteles, del sometimiento de los políticos, de la traslación de deseos de la gente al fútbol. Porque eso es necesario, imprescindible, para entenderle. En ese sentido, Silva Romero sigue la estela de Eduardo Galeano, que amaba el fútbol porque creía que era un deporte que pertenecía a la gente. Y si se falla, se falla al pobre. El adinerado, el mafioso del cartel, no tarda nada en reponerse, pero quien, como el protagonista, ha fiado sus pequeños ahorros a la victoria de Colombia, si su equipo pierde, pierde la vida, la ilusión y la realidad de la vida. Se deja llevar por la neurastenia, por la patología que apenas se da en territorios del pueblo, como el fútbol o la música. Mencionada aquí o allá, la música es uno de los elementos fundamentales en este libro. Aunque solo sea por el sonido con que la prosa marca un ritmo en nuestra cabeza. Escribir, a fin de cuentas, es cuestión de oído. Lo peor que le puede pasar a un escritor es quedarse sordo, que sería el equivalente a quedarse mudo para un locutor de radio.
El protagonista regresa a Colombia y nos muestra su corazón al desnudo, su tragedia y su sentimiento de culpa. Y la culpa nos mata de a poco. Para él, la vida se ha acabado con el despido por parte de la compañía de radio y una denuncia que le llega desde Estados Unidos, por una absurda situación en la que aparece él en albornoz en un pasillo y coincide con una camarera de hotel. En su ataque para la redención, nos describe un itinerario que es un resumen de Colombia, o al menos de la Colombia de hace veinte años. Para ir a Medellín, elige el automóvil, donde puede portar una pistola. Y atraviesa un territorio que está lejos de cualquier lugar donde se pueda regular algo por ley o por derecho. El policía corrupto, en la aldea perdida, es un síntoma más de lo inabarcable que es el país y, por tanto, de lo imposible que es evitar que caiga en manos del más fuerte. Colombia está a caballo entre la realidad y la magia, pero con frecuencia es un país de derrotados. Como él, que irá descubriendo que un plan tan sencillo como citarse con el defensa a quien culpa de sus males y disparar, no es tan fácil de llevar a cabo. Y cuando nosotros nos queremos dar cuenta de que el final llega de manera inesperada, agradecemos haber leído un libro de estos que nos transportan a otro lugar con autonomía para construir su verdad y su relato aunque no coincidan.

Fuente: Revista de letras

viernes, 2 de febrero de 2018

EN EL CORAZÓN DEL PAÍS

En el corazón del corazón del país

William H. Gass

Traducción de Rebeca García Nieto
La Navaja Suiza
Madrid, 2017
275 páginas

Uno mira al corazón de lo que se supone representa los mejores tópicos del universo, y se encuentra con un lugar donde no desearía vivir. Ni él, ni nadie en su sano juicio. Las miserias más fáciles de conocer, son las de los lugares donde vivimos. A eso se le conocer, por norma general, como la suerte de tener raíces. Cuando tener raíces tiene tanto de beneficio como de maldición. De hecho, el único beneficio que tiene es el de presumir de pertenecer al lugar más hermoso o más libre o más lo que sea del mundo. Y ya sabemos que detrás de la presunción se esconde un miedo o un complejo, si es que son cosas diferentes. Si uno se aleja del lugar, por voluntad propia, y luego trata de describirlo, pensará que su pueblo es el mundo. Nada describe mejor en qué consiste la condición humana que el resumen de la vida en una aldea, como Comala, o un condado, como Yoktapanawpha. De ninguno de los dos lugares puede uno escapar, porque los ejidos son algo así como un infinito campo desolado que no puede atravesarse. Lo demás es yermo y vacío. Solo encuentra vida, y miserias, y por tanto sentido, en su territorio. En ese aspecto, el proyecto literario de William H. Gass (Fargo, Dakota del Norte, 1924), desarrollado poco a poco a lo largo de décadas, al que más se asemeja es al de Edgar Lee Masters. Un Sur de Estados Unidos semivacío, en el que habitan gente que tiene, tal vez, las características de los Snopes, la familia que popularizó Faulkner en su obra.
A diferencia de Faulkner, que sabía que personaje era cobarde y cuál era un loco o un alcohólico, y que en ocasiones no daba margen para otra cualidad en ninguna de sus creaciones, Gass comienza por intentar descubrir si uno a uno son tímidos o son desagradables. No levantar el sombrero cuando un macho se cruza con una dama, puede tener diferentes significados. En una década, Gass evoluciona desde saber lo que quiere expresar, a expresarse para intentar encontrar sentido. Desde la frase corta de un narrador semianalfabeto, al texto breve, la estampa que podría ser poética con otros criterios diferentes a los que nuestros prejuicios tienen acerca de la poesía. El libro se abre con una novela breve, donde el invierno demuestra que vivir duele. Escrita desde los ojos y la voz de un crío, que apenas sabe nada, es un relato sobre la costumbre animal de seguir respirando para justificar que uno ponga su vida por encima de la de los demás. El segundo relato, a caballo entre la novela breve y el cuento largo, lo monta un voyeur que vigila lo que sucede en la acera de enfrente. Su intención: demostrar que lo más feo es lo vulgar. En el tercer relato, cambia el estilo y las frases son más largas, subordinadas que empujan hacia la siguiente subordinada. Claro que también cambia el ambiente, de la miseria rural a la clase media de un vendedor inmobiliario muy incompetente. Antes de los magníficos cuadros que forman En el corazón del corazón del país, se nos presenta un relato en el que el asco a las cucarachas de un granjero provoca un efecto rebote, pues le lleva a enfermar de soledad y de fobias.
Y luego viene esa obra maestra que, por definirlo de una forma breve, es lo contrario al libro del desasosiego: una serie de cuadros de una exposición en la que se reflejan las memorias de ese corazón del país, produciendo, al revés que el libro de Pessoa, desasosiego. “Obedece la ley, apenas habla, tan solo hace carambolas tranquilamente y vive en paz”. En paz o en un mundo gris en el que todo se enuncias desde el egocentrismo, como va desglosando párrafo a párrafo. ¿Se puede exigir más resignación? Cada semana asistimos al descubrimiento en medios del gran autor americano olvidado. Y cada semana nos llevamos un batacazo. Por suerte, la gente de La Navaja Suiza ha conseguido que, esta vez sí, encontremos lo que tanto estábamos esperando.

martes, 23 de enero de 2018

TIEMPO DE EDITORES

Damos la bienvenida... no, eso es poco. Celebramos esta iniciativa de dos de nuestras editoriales favoritas: Mármara y La Navaja Suiza. Exquisitas y muy cuidadosas, con mucho amor por el trabajo bien hecho, ahora se unen en esta iniciativa, Tiempo de editores. A nosotros solo nos cabe disfrutar. Os iremos informando, merecerá la pena.



Tiempo de editores es un proyecto que surge de la asociación entre
Mármara y La Navaja Suiza, dos editoriales jóvenes que apuestan por
los vínculos y la diversidad. Un proyecto abierto que trata de aunar
inquietudes y propuestas, y apostar por la divulgación del mundo del
libro, reivindicando el papel de este como dinamizador cultural e
intelectual. Tiempo de editores nace con la idea de que estos, los
editores, deben permanecer en la retaguardia, en una suerte de
silencio, y facilitar en la medida de lo posible la voz a los demás
actores literarios; por ello, Tiempo de editores promoverá eventos y
actividades en los que tratará de involucrar a librerías, traductores,
medios, autores, editoriales, y, en general, a todos aquellos que forman
parte de este mundo literario, en el que son parte fundamental los
lectores.
Tanto Mármara como La Navaja Suiza apuestan en sus líneas
editoriales por la recuperación de obras, así como por propuestas
inéditas en nuestro país. Los autores que conforman sus catálogos son
diversos, de ahí que entre sus publicaciones se encuentren tanto
traducciones como originales en castellano. Mármara cuenta, entre
otros autores, con August Strindberg (Solo, Alegato de un loco), Stig
Sæterbakken (A través de la noche), o Carlos Skliar (Escribir, tan solos).
Por su parte, La Navaja Suiza ha publicado textos de William H. Gass
(En el corazón del corazón del país, Sobre lo azul), Danielle Collobert
(Asesinato), o Ricardo Silva Romero (Autogol).

jueves, 4 de enero de 2018

EN EL CORAZÓN DEL PAÍS

En el corazón del corazón del país

William H. Gass

Traducción de Rebeca García Nieto
La Navaja Suiza
Madrid, 2017
275 páginas

Uno mira al corazón de lo que se supone representa los mejores tópicos del universo, y se encuentra con un lugar donde no desearía vivir. Ni él, ni nadie en su sano juicio. Las miserias más fáciles de conocer, son las de los lugares donde vivimos. A eso se le conocer, por norma general, como la suerte de tener raíces. Cuando tener raíces tiene tanto de beneficio como de maldición. De hecho, el único beneficio que tiene es el de presumir de pertenecer al lugar más hermoso o más libre o más lo que sea del mundo. Y ya sabemos que detrás de la presunción se esconde un miedo o un complejo, si es que son cosas diferentes. Si uno se aleja del lugar, por voluntad propia, y luego trata de describirlo, pensará que su pueblo es el mundo. Nada describe mejor en qué consiste la condición humana que el resumen de la vida en una aldea, como Comala, o un condado, como Yoktapanawpha. De ninguno de los dos lugares puede uno escapar, porque los ejidos son algo así como un infinito campo desolado que no puede atravesarse. Lo demás es yermo y vacío. Solo encuentra vida, y miserias, y por tanto sentido, en su territorio. En ese aspecto, el proyecto literario de William H. Gass (Fargo, Dakota del Norte, 1924), desarrollado poco a poco a lo largo de décadas, al que más se asemeja es al de Edgar Lee Masters. Un Sur de Estados Unidos semivacío, en el que habitan gente que tiene, tal vez, las características de los Snopes, la familia que popularizó Faulkner en su obra.
A diferencia de Faulkner, que sabía que personaje era cobarde y cuál era un loco o un alcohólico, y que en ocasiones no daba margen para otra cualidad en ninguna de sus creaciones, Gass comienza por intentar descubrir si uno a uno son tímidos o son desagradables. No levantar el sombrero cuando un macho se cruza con una dama, puede tener diferentes significados. En una década, Gass evoluciona desde saber lo que quiere expresar, a expresarse para intentar encontrar sentido. Desde la frase corta de un narrador semianalfabeto, al texto breve, la estampa que podría ser poética con otros criterios diferentes a los que nuestros prejuicios tienen acerca de la poesía. El libro se abre con una novela breve, donde el invierno demuestra que vivir duele. Escrita desde los ojos y la voz de un crío, que apenas sabe nada, es un relato sobre la costumbre animal de seguir respirando para justificar que uno ponga su vida por encima de la de los demás. El segundo relato, a caballo entre la novela breve y el cuento largo, lo monta un voyeur que vigila lo que sucede en la acera de enfrente. Su intención: demostrar que lo más feo es lo vulgar. En el tercer relato, cambia el estilo y las frases son más largas, subordinadas que empujan hacia la siguiente subordinada. Claro que también cambia el ambiente, de la miseria rural a la clase media de un vendedor inmobiliario muy incompetente. Antes de los magníficos cuadros que forman En el corazón del corazón del país, se nos presenta un relato en el que el asco a las cucarachas de un granjero provoca un efecto rebote, pues le lleva a enfermar de soledad y de fobias.
Y luego viene esa obra maestra que, por definirlo de una forma breve, es lo contrario al libro del desasosiego: una serie de cuadros de una exposición en la que se reflejan las memorias de ese corazón del país, produciendo, al revés que el libro de Pessoa, desasosiego. “Obedece la ley, apenas habla, tan solo hace carambolas tranquilamente y vive en paz”. En paz o en un mundo gris en el que todo se enuncias desde el egocentrismo, como va desglosando párrafo a párrafo. ¿Se puede exigir más resignación? Cada semana asistimos al descubrimiento en medios del gran autor americano olvidado. Y cada semana nos llevamos un batacazo. Por suerte, la gente de La Navaja Suiza ha conseguido que, esta vez sí, encontremos lo que tanto estábamos esperando.

martes, 14 de noviembre de 2017

SOBRE LO AZUL

Sobre lo azul

William h. Gass

Traducción de Ce Santiago
La Navaja Suiza
Madrid, 2017
146 páginas

El libro apenas daría para unos ochenta folios, a doble espacio, tipo arial de 14 puntos, con márgenes de 2,5 centímetros. Aun así, es un libro ambicioso que, para darnos con un canto en los dientes, consigue lo que se propone. Dentro de Sobre lo azul está todo un universo que se llama William H. Gass. Los límites de la traducción nos hacen perder una buena parte de la propuesta, dado que el sonido blue se impone. Como se imponen las primeras asociaciones que el azul traía a la mente de un americano de clase media que se tumbara en el diván vienés en los años setenta. Blue o “blú”, nos reclama por su significante, por su facilidad para armar una rima, al contrario que el azul de nuestro idioma. Pero Gass se salta todo el academicismo por los aires, derribando lo de fondo y forma: “la palabra y la condición, el color y el acto, se las ingenian para contenerse el uno al otro, como si la botella del genio fuese su propio vientre”. Una vez reventada la convención lingüística, el libro puede extenderse como una ameba, como un ser amorfo que va surgiendo y encajando a medida que se expande el espacio y el conocimiento.
Para Gass, azul se impone casi en cualquier contexto, emergencia, dato, conversación, imagen, cultura. Sería algo así como la letra “a” de nuestro alfabeto en el global del mundo. Azul, o blue, es también el sexo. Acostumbrados a pensar en la tristeza o en el cielo, la sangre en las venas, que retorna sin oxígeno, como tras hacer el amor, o los dibujos de Matisse, dictan que el sexo es azul. O lo es Gass, como lo es en la conversación, en la emergencia, en el contexto… Las violaciones, a juicio de Gass, son azules. Porque la parte roja es la obscenidad, lo evidente, lo prolijo, lo efectista. La violación, la parte dura de la violación sucede en la elipsis del relato. Si la elipsis es azul, es porque todo tabú tiene ese color. En cualquier caso, para que la violencia sexual sea azul, hemos debido saltar la distancia que separa el deseo de la carne, que es roja. Ese salto es azul.
Pero no todo en este ensayo es sexo. Gass se centra en lo social, en el amor a las palabras sucias, que deberíamos multiplicar y darnos cuenta de que sin ellas careceríamos de conceptos, de más cultura, de una igualdad social. Porque las palabras sucias, azules, son las de la clase baja. Y son igual de concepto que cualquier vocablo cursi o de buena educación. Enriquecen hasta la poesía si nos atrevemos a utilizarlos en la misma. Y Gass aboga por su divulgación en un ensayo que va y viene, que se rige por el oído, que reinventa la música de la prosa y el verso, lleno de citas poéticas, de adoración por la literatura. Hasta que, finalmente, se centra para estructurar la subjetividad del azul. Su polisemia abarca todas las ciencias: la etnología, la entomología, la mitología, la escatología -incluida la gástrica-, la pintura, la magia, la literatura y la filosofía, desde los clásicos griegos hasta los oftalmólogos. Gass se define en el ensayo, pero define también la naturaleza humana: somos teorías traicionando a otras teorías. Una maravilla.

Fuente: Culturamas

domingo, 12 de noviembre de 2017

EN EL CORAZÓN DEL PAÍS

En el corazón del país
William H. Gass
Traducción de Rebeca García Nieto
La navaja suiza
Madrid, 2017
275 páginas

Uno mira al corazón de lo que se supone representa los mejores tópicos del universo, y se encuentra con un lugar donde no desearía vivir. Ni él, ni nadie en su sano juicio. Las miserias más fáciles de conocer, son las de los lugares donde vivimos. A eso se le conocer, por norma general, como la suerte de tener raíces. Cuando tener raíces tiene tanto de beneficio como de maldición. De hecho, el único beneficio que tiene es el de presumir de pertenecer al lugar más hermoso o más libre o más lo que sea del mundo. Y ya sabemos que detrás de la presunción se esconde un miedo o un complejo, si es que son cosas diferentes. Si uno se aleja del lugar, por voluntad propia, y luego trata de describirlo, pensará que su pueblo es el mundo. Nada describe mejor en qué consiste la condición humana que el resumen de la vida en una aldea, como Comala, o un condado, como Yoktapanawpha. De ninguno de los dos lugares puede uno escapar, porque los ejidos son algo así como un infinito campo desolado que no puede atravesarse. Lo demás es yermo y vacío. Solo encuentra vida, y miserias, y por tanto sentido, en su territorio. En ese aspecto, el proyecto literario de William H. Gass (Fargo, Dakota del Norte, 1924), desarrollado poco a poco a lo largo de décadas, al que más se asemeja es al de Edgar Lee Masters. Un Sur de Estados Unidos semivacío, en el que habitan gente que tiene, tal vez, las características de los Snopes, la familia que popularizó Faulkner en su obra.
A diferencia de Faulkner, que sabía que personaje era cobarde y cuál era un loco o un alcohólico, y que en ocasiones no daba margen para otra cualidad en ninguna de sus creaciones, Gass comienza por intentar descubrir si uno a uno son tímidos o son desagradables. No levantar el sombrero cuando un macho se cruza con una dama, puede tener diferentes significados. En una década, Gass evoluciona desde saber lo que quiere expresar, a expresarse para intentar encontrar sentido. Desde la frase corta de un narrador semianalfabeto, al texto breve, la estampa que podría ser poética con otros criterios diferentes a los que nuestros prejuicios tienen acerca de la poesía. El libro se abre con una novela breve, donde el invierno demuestra que vivir duele. Escrita desde los ojos y la voz de un crío, que apenas sabe nada, es un relato sobre la costumbre animal de seguir respirando para justificar que uno ponga su vida por encima de la de los demás. El segundo relato, a caballo entre la novela breve y el cuento largo, lo monta un voyeur que vigila lo que sucede en la acera de enfrente. Su intención: demostrar que lo más feo es lo vulgar. En el tercer relato, cambia el estilo y las frases son más largas, subordinadas que empujan hacia la siguiente subordinada. Claro que también cambia el ambiente, de la miseria rural a la clase media de un vendedor inmobiliario muy incompetente. Antes de los magníficos cuadros que forman En el corazón del país, se nos presenta un relato en el que el asco a las cucarachas de un granjero provoca un efecto rebote, pues le lleva a enfermar de soledad y de fobias.

Y luego viene esa obra maestra que, por definirlo de una forma breve, es lo contrario al libro del desasosiego: una serie de cuadros de una exposición en la que se reflejan las memorias de ese corazón del país, produciendo, al revés que el libro de Pessoa, desasosiego. “Obedece la ley, apenas habla, tan solo hace carambolas tranquilamente y vive en paz”. En paz o en un mundo gris en el que todo se enuncias desde el egocentrismo, como va desglosando párrafo a párrafo. ¿Se puede exigir más resignación? Cada semana asistimos al descubrimiento en medios del gran autor americano olvidado. Y cada semana nos llevamos un batacazo. Por suerte, la gente de La Navaja Suiza ha conseguido que, esta vez sí, encontremos lo que tanto estábamos esperando.

Fuente: Culturamas

viernes, 22 de septiembre de 2017

ASESINATO

Fuente: Culturamas

Asesinato
Danielle Collobert
Traducción de Pablo Moíño Sánchez
La Navaja Suiza
Madrid, 2017
137 páginas

Muerta tantas veces la literatura de viajes, al igual que la novela, nos sigue quedando la literatura, que siempre es un viaje, y la narración que nos cautiva, que es la cualidad imprescindible de la novela. Asesinato no es una novela. Aunque solo sea por su extensión, no podría considerarse tal. Tal vez una nouvelle, una novela breve de situación, una obra de interiorización, de narcisismo o de cuestionamiento del narcisismo, una secuencia de ideas, imágenes y sucesos que se corresponden a un estado de ánimo, que es el que los unifica. Y, por supuesto, un viaje interior. Desconocemos cuánto hay de autobiográfico en las imágenes de la playa, por ejemplo, pero sí sabemos, porque no puede ser de otro modo, que se alimentan de lo vivido. No negaremos el solipsismo, esa forma de centrarse en el conocimiento inmediato como única realidad de la que podemos dar fe. Pero Danielle Collobert (Rostrenen, 1940 – París, 1978) no cae en el preciosismo tan habitual de quien sabe que maneja el lenguaje, de quien cree que su único compromiso es con la literatura, creando algunas obras huecas, como es el caso de parte de la obra de Beckett, uno de los supuestos precursores de Collobert.
De hecho, está más próxima a la prosa Duras, con un negativismo de Pavese que presta contundencia a las frases, a los párrafos, a las imágenes. Como en los diarios de Pavese, el dolor se impone. Y junto al dolor su sedimento: el miedo. A partir de ahí, y de una primera palabra, Collobert construye este libro existencialista, con un automatismo casi surrealista, pero sabiendo bien a dónde quiere llegar: su propósito es demostrar que existe una deformación del arte de meditar, de la que surgen monstruos. Si la meditación es un estado en el que los pensamientos suceden a su antojo, o nos libramos de ellos, la apuesta de Collobert es un estado en el que los acontecimientos se proyectan hacia un final, que se posterga indefinidamente. Para mayor desgracia, vienen in media res, sin que atisbemos su origen. Ante esta forma de estar, solo cabe verse sumergido en un océano de inquietud. Eso es lo que expresa Asesinato, inquietud. Un exceso de ser uno mismo, una conciencia de no saber cuál es la consistencia propia. Una intuición de ser feo, de no encontrar en uno mismo esa parte que salvar y, por tanto, ser a la vez Sodoma y Gomorra por imperio de la conciencia.

Aunque sí existe la belleza, atisbada en raras ocasiones, que viene siempre desde el exterior y es efímera: el mar, el viento… lo que nos embriaga hasta la llegada del otoño, que no se menciona, pero da carácter a la obra. Ante esta perspectiva, se necesita mucha entereza para vivir. De la biografía de Collobert sabemos poco, entre otras cosas su suicidio a los treinta y ocho años. En ese instante, su mirada debió de terminar de infectarse y eso dio con su descomposición. Pero no debemos caer en el desánimo. El libro trata sobre la tristeza de lo corriente. Pero no cede ante el empuje del horror. Existe una belleza elegante cuando uno sabe estar triste sin perder la dignidad.

domingo, 2 de julio de 2017

‘La casa grande’, de Álvaro Cepeda Samudio

Fuente: Culturamas. Texto de Gabriel García Márquez. Novela extraordinaria

La casa grande

Álvaro Cepeda Samudio

La Navaja Suiza
Madrid, 2017
187 páginas

Después de leer esta extraordinaria novela, en la que lo experimental es puro realismo, la impresión que queda es de una tristeza elíptica. Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926 – Nueva York, 1972), pertenece a la estirpe de escritores latinoamericanos que acabaron con el realismo, a la vez que lo nombraban, Hay tanto de crónica como de experimental. Pero todo, en realidad, es un solo conflicto. Todo está enfocado a la denuncia social a la par que a la escritura. Pocos libros se publicarán este año que nos descubran de nuevo lo que es la literatura. Intentamos escribir una reseña, pero nos encontramos con que la introducción de Gabriel García Máquez era tan perfecta y tan breve, que no hay mejor manera de sugerir al lector que dedique una tarde a este libro. Hay mucho arrepentimiento histórico, pero no rencor. Hay mucho deseo y la ilusión de modificar el mundo con la literatura.
UN EXPERIMENTO ARRIESGADO
Gabriel García Márquez
La casa grande es una novela basada en un hecho histórico: la huelga de los peones bananeros de la Costa Atlántica colombiana en 1928, que fue resuelta a bala por el ejército. Su autor, Álvaro Cepeda Samudio, que entonces no tenía más de cuatro años, vivía en un caserón de madera con seis ventanas y un balcón con tiestos de flores polvorientas frente a la estación de ferrocarril donde se consumó la masacre. Sin embargo, en este libro no hay un solo muerto, y el único soldado que recuerda haber ensartado a un hombre con una bayoneta en la oscuridad no tiene el uniforme empapado de sangre «sino de mierda».
Esta manera de escribir la historia, por arbitraria que pueda parecer a los historiadores, es una esplendida lección de transmutación poética. Sin escamotear la realidad ni mistificar la gravedad política y humana del drama social, Cepeda Samudio lo ha sometido a una especie de purificación alquímica y solamente nos ha entregado su esencia mítica, lo que quedó para siempre más allá de la moral y la justicia y la memoria efímera de los hombres. Los diálogos magistrales, la riqueza viril y directa del lenguaje, la compasión legítima frente al destino de los personajes, la estructura fragmentada y un poco dispersa que tanto se parece a  la de los recuerdos, todo en este libro es un ejemplo magnífico de cómo un escritor puede sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retórica y demagógica que se interpone entre la indignación y la nostalgia.
Por esto, La casa grande, además de ser una novela hermosa, es un experimento arriesgado, y una invitación a  editar
sobre los recursos imprevistos, arbitrarios y espantosos de la creación poética. Y es, por lo mismo, un nuevo y formidable aporte al hecho literario más importante del mundo actual: la novela latinoamericana.
1967