miércoles, 19 de diciembre de 2018

MORTE D'URBAN


Morte D’Urban
J.F. Powers
Traducción de Ce Santiago
La Navaja Suiza
Madrid, 2018
433 páginas

El sentido universal de una obra sobre un personaje, especial, a su vez, suele ser definir algo que resulta una fe propia bastante frecuente: a poco que uno se cuestione el mundo tal y como está, le resulta difícil reconocerse en él, encontrar su lugar. A uno le cabe aceptar la injusticia, la maldad y no protestar cuando se le pisa el pie, sí, pero ¿merece la pena vivir así? Es lo más cómodo: renegar entre dientes, creer que las desgracias nos las envía el rabo de Jehová, rezar y, si llega el caso, apuntarse a sesiones de terapia o yoga. Pero el mundo es algo más definitivo que todo eso. Es posible que la vida sea teatro o un acontecer muy profundo; en cualquiera de los dos casos, puedes quedarte en las butacas como espectador, o agarrar uno de los papeles, aunque sea secundario, y salir al escenario, o al lago de la vida, y actuar. Sea como sea, al menos habrás protagonizado tus propios días.
Esa es la otra fe del padre D’Urban, el protagonista de esta novela publicada en 1962 y que se hizo con el National Book Award en Estados Unidos. Viene al caso predicar la fecha y el lugar, Minnesota, donde transcurre la novela. Se trata de una sociedad en la que los televisores solo emiten unas pocas horas en color, donde las paredes están empapeladas y buena parte de los trabajos del hogar se hacen a mano. Y de un lugar endogámico, un tanto al margen del resto del mundo, del que apenas tienen noticia a través de unos minutos de noticias y un vistazo a los periódicos. Es posible que si J.F. Powers (Jacksonville, 1917 – Collegeville, 1999) volviera a escribirla lo hiciera con mucha más pegada, con ironía, o como una sátira, o en forma de guion para una serie, o cerrando la atmósfera hasta deprimirnos. Pero eso pertenece al territorio del orgullo del lector. Lo que nos atañe es un texto que se lee agradecido, porque el afán del padre D’Urban, un católico en una sociedad protestante, es el de salir de la vida que otros le han acondicionado, como si le hubieran escrito el destino y le impusieran que respetarlo es la única forma de ser feliz que tiene. Mientras que él, por su parte, reniega de esa cárcel y sale a buscar fieles, o posibles fieles, que se hallan ahí donde está la gente. No le importa andar por los bares, por los campos de golf o allí donde se acumula el público para corear a los deportistas. A los ojos de los demás será un extraño, un pez entre el agua salada y el agua dulce, y eso, en buena medida, le convierte en un paria. Pero se trata de un paria con un optimismo incorregible, eso sí, dentro del espíritu costumbrista de la novela.
Retratar a alguien que no encuentra su lugar en el mundo supone, también, retratar el mundo inmediato que le rodea. Y si uno se encuentra con ese problema, será debido a los familiares, en este caso los otros miembros de la pequeña orden religiosa, y a los conocidos, con quienes solemos tener más contacto que con los íntimos. D’Urban quiere a su protagonista, tanto como para no someterlo al capricho del humor ni a los ataques de la tristeza. No parece decantarse y nos va narrando episodios, que se suman hasta construir una novela, una parte de la vida del protagonista, que no es especialmente nada y, por tanto, es un retrato de una época a la que hasta podemos echar de menos en tiempos digitales. Ahora no parece necesario salir para encontrar gente. Qué tristeza da comparar la vida que representa Powers, y el valor que otorgamos al padre D’Urban en todos los sentidos de la palabra, con muchas de las nuestras.

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