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viernes, 13 de diciembre de 2024

¿QUIÉN LO CUIDA?

 

¿Quién lo cuida?

Joan C. Tronto

Traducción de Jean-François Silvente

Rayo Verde

Barcelona,

134 páginas

 



 Pensamos que la revolución sucede mientras miramos las estrellas, pero el suelo está lleno de hoyos en los que tropezar, lo cual nos obliga a prestar atención a nuestros pasos. Esta llamada de atención está presente en este libro, cuyo subtítulo, Cómo remodelar la política democrática, nos sujeta a la tierra. Se trata de hacer algo posible, no de cambiar del todo el planeta. Y la propuesta de Joan C, Tronto (Minnesota, 1952) parte de un neologismo, concuidado, que es sencillo de entender, pero del que debemos tomar conciencia, pues una de las partes, la de la política con minúsculas, atañe a la convivencia y eso supone que es posible. La otra, la de la Política con mayúsculas, depende de otros cambios, sobre todo el económico.

El libro es un opúsculo directo en el que se enfrenta a la democracia del mercado contra la democracia del cuidado, es decir, a lo que llamamos realidad por imperativo frente a lo que consideramos ideología. Lo cual supone tanto como que tengamos que elegir entre la estupidez y la belleza. Porque esa realidad también se construye. Y se puede construir con el concuidado, que es solidaridad. De hecho, Tronto identifica esta palabra, solidaridad, con democracia, reclamando que ambas suponen construir una ciudadanía inclusiva de verdad. «El cuidado siempre está impregnado de poder. Y eso lo convierte en un asunto profundamente político». Política es la construcción de la polis, que es el espacio donde convivimos, con todas sus estructuras y ramificaciones, con su aspecto y su sustancia. ¿Por qué es necesario el cuidado? «En esencia, el cuidado se basa en la desigualdad. ¿Cómo podemos transformar algo tan desigual en algo basado en la igualdad?», se pregunta. Y propone una actuación en cuatro fases: identificar necesidades, aceptar la responsabilidad, aprender a sobrellevar el cuidado en circunstancias adversas y analizar la situación y los recursos asignados para mejorarla.

La mayor traba que estudia es la supeditación a una economía de mercado, que tomamos como única posibilidad real, mientras que crea grandes desigualdades y reduce, por tanto, el significado de concuidar: «Con el paso del tiempo, la democracia de mercado crea una jerarquía antidemocrática y despreocupada por el cuidado entre los ciudadanos. El recurso más importante para el cuidado es el tiempo. Por desgracia, no todo el mundo dispone de él del mismo modo. Los profesionales trabajan muchas horas, pero también los pluriempleados que cobran un salario mínimo. Los trabajos mal pagados van acompañados de menos beneficios, menos días por enfermedad y menos días de libre disposición. Aunque el trabajador profesional disponga de poco tiempo, cuenta con más recursos para atender sus necesidades asistenciales». Para que la propuesta de Tronto sea posible, hay que construir un sentido de propósito común, una comunidad, tal vez una tribu: «Tenemos que dejar de creer que “el mercado” satisfará todas las necesidades asistenciales (…). Los ciudadanos democráticos tienen que preocuparse lo suficiente “por” el cuidado para comenzar a cuidar “del” cuidado. Tenemos que exigir que las responsabilidades asistenciales se reasignen de conformidad con nuestros otros valores, tales como la igualdad y la libertad». Este texto deberíamos colocarlo a la cabecera de nuestras camas, junto al calendario laboral, pegado a la pantalla de la tele, para tenerlo siempre en cuenta, porque nos recuerda que la democracia debería ser un sistema de respaldo humano, cuya principal virtud es la solidaridad.

viernes, 16 de febrero de 2024

EL HOMBRE AL QUE YA NO LE GUSTABAN LOS GATOS

 

El hombre al que ya no le gustaban los gatos

Isabelle Aupy

Traducción de Jean-François Silvente

Rayo Verde

Barcelona, 2024

125 páginas

 



Hay un deseo común, el del exiliarse a una isla en la que puedas encontrarte con buena gente, y sólo con buena gente, y desde allí construir una sociedad con reglas propias en la que lo bueno campe a sus anchas. Para ser feliz uno debe aislarse. Este planeta ofrece toda una caterva de versiones agresivas con las que acosarnos y lo común, al menos entre la gente sana, es hacer por evitarlas. Luego están los que padecen trastornos mentales que acuden a ellas como el toro al capote, embistiendo, pero siempre será mejor tratar de evitarlos, porque la reeducación pertenece al mismo territorio de ficción que los marcianos y los monstruos de siete cabezas.

Esa isla anhelada es la que crea Isabelle Aupy (1983) en El hombre al que ya no le gustaban los gatos. Pero no todo puede ser felicidad sin interrupción. Los queridos habitantes de la isla saben que lo que importa es la solidaridad, forjada en la empatía. Hasta que algo queda distorsionado por la repentina ausencia de gatos, que serán sustituidos por perros a los que el distribuidor de animales se empeña en llamar gatos. Entonces se produce el desencuentro con el protagonista, que se niega a embarcarse en la corriente, a pesar de reconocer los beneficios que tener mascota genera. Pero esos beneficios no son exclusivos de quien profesa cariño por las mascotas, pues son humanos.

Aupy construye una novela sencilla, breve, casi juvenil, a la que da empaque la lectura metafórica: está en nuestra mano construir los afectos o construir con los afectos. En ese sentido, la obra está llena de humanidad, del tipo de humanidad que nos hace sentir libres e inocentes. El mensaje está bastante claro: la bonhomía es lo que nos define como personas, y está en nuestra mano elegirla, como podemos elegir vivir sobre la pierna que tenemos o sobre la que nos falta en caso de que nos amputen la que se ha roto. Estamos ante una hermosa novela, pequeña, pero hermosa.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

LA NOCHE DE LA ESVÁSTICA

 

La noche de la esvástica

Katharine Burdekin

Traducción de Xavier Caixal i Baldrich

Rayo verde

Barcelona, 2023

305 páginas

 

 


Dos siglos más tarde, el nazismo ha triunfado en Europa y lo que se ha instalado no es sólo un régimen político, sino toda una religión. Hay una dictadura, porque todo está superestratificado, y un espíritu común propio de una secta, asfixiante, a pesar del cual hay quien se encuentra cómodo dentro de su jaula dorada. «Todos vosotros sois la no-Sangre, por lo tanto tenéis que (…) pensar, en inglés, cuán sagrados somos, por qué Hitler no podría haber sido más que alemán y entender que no es posible que exista ninguna otra filosofía o forma de vida que no sea la nuestra. Ni siquiera se os permite la igualdad dentro de la religión (…). La exclusión es una manera excelente para hacer que los hombres se sientan inferiores».

Conviene advertir que La noche de la esvástica se publicó por primera vez en 1937, años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Katharine Burdekin (Spondon, 1896 – Suffolk, 1963) dio a conocer el texto bajo el seudónimo masculino Murray Constantine, que era el que utilizaba para hablar sobre política, pues esta novela distópica es una reflexión sobre la tendencia del mundo a la polarización. Esta forma de viajar de extremo a extremo se refleja, en primer lugar, en la división entre los hombres y las mujeres, convertidas en organismos para la reproducción. También en la fragmentación mundial, que separa dos grandes naciones que ocupan todo el espacio, la alemana y la japonesa. Y, finalmente, en los personajes principales, que son un alemán y un inglés, o dos alemanes y un inglés, pues el personaje alemán se desdobla en el amigo analfabeto y el Caballero, un ciudadano de la élite que será quien intervenga en los diálogos con el muchacho inglés que ocupan el cuerpo central de la obra.

Lo que nos dibujan es un panorama grotesco, en el que ser libre significa ser un buen súbdito. Será la complicidad entre ellos la única garantía que nos quede de que existe una posibilidad de encontrar algo de bienestar humano, algo de afecto. De hecho, este afecto será el responsable del desarrollo de las páginas finales, en las que lo que ha sido una especie de obra de teatro sale del ambiente cerrado, seguro, para exponernos un itinerario, una aventura. Lo que ocasiona esta aventura no es gratuito: llevar un libro a un destino. Los libros han sido destruidos, como ha sucedido en las ocasiones en que un emperador o un loco absolutista ha querido que la historia comenzara con ellos. Lo primero que hace quien desea ejercer el dominio del mundo, es anular el pensamiento, destruir cualquier rastro de otra posible verdad.

De los diálogos entre el Caballero y el inglés, que es una persona serena y cultivada a pesar de pertenecer a la clase baja, se decanta la intención de falsear la historia y el relato social, hasta instalar una subjetividad imperativa. El inglés es un tanto contraintuitivo, pues la intuición que se ha instalado en esta región del mundo es un condicionamiento, es un aprendizaje forzado que nos transformó en animales. La cultura es un sucedáneo de cultura, la política un acto de fe, la tradición una herramienta para acomodar ideas como si fueran verdades, y estas ideas favorecen la inmovilidad. Porque, a la hora de la verdad, lo que más importa en este tipo de régimen es que nadie se mueva, que nadie se salga de los márgenes. Es inevitable remitirse, durante la lectura, a El cuento de la criada o a 1984. La noche de la esvástica complementa estas obras por ser más reflexiva, por permitir a los personajes expresarse con más libertad siempre y cuando no se les escuche. Tal vez sea menos narrativa, contenga menos acción, pero el aire que nos hace respirar está también resudado y ahoga.

 

Fuente: Zenda

viernes, 23 de septiembre de 2022

COLONIA DMZ

 

Colonia DMZ

Don Mee Choi

Traducción de Rubén Martín Giráldez

Rayo verde

Barcelona, 2022

150 páginas

 



Se puede vivir con miedo o se puede vivir con poesía. De hecho, a medida que uno va haciéndose más viejo, se da cuenta de que ambos conceptos son incompatibles. Es posible incluso que estemos hablando de antónimos: lo opuesto al miedo, dicta el diccionario, es el coraje. Sobre lo contrario a la poesía no se dicta apenas nada. Tal vez podríamos hablar de fascismo, de molicie, de basura. Todo ello implica miedo. El problema de sentir miedo es que uno desea que le pongan suelo bajo los pies, sea al precio que sea. Y acaba comulgando con ruedas de molino, con barbaridades que obligan a poner en marcha eso que se conoce como disonancia cognitiva, o directamente el autoengaño: o tuerzo las explicaciones para acomodarlas al suelo que piso, por muy idiota que sea el suelo o muy idiota que sea la explicación, o me veo de nuevo en el vacío. Todo esto se sana con la poesía.

Don Mee Choi (Seúl, 1962) es consciente de ello y de ahí que construya este precioso libro sobre la tragedia de Corea. Y decimos construya, pues el libro está formado no sólo por texto, sino también por unas imágenes y un diseño que funciona como la reivindicación de la buena memoria. Mee Choi regresa a Corea y reúne testimonios de quienes sufrieron la violencia militar y colonial, y hablamos de una colonización como ha llevado a cabo el imperio de Estados Unidos, no de las propias del siglo XIX. Los testimonios son breves, muy breves, son fragmentos. Como está hecha a base de fragmentos la memoria de su padre, que se refleja en las fotografías, cuyo valor testimonial se encarece en el momento en que nos explican su origen, su singularidad, su trascendencia. En cualquier caso, todo afecta al plano personal. No se nos habla de la sociedad, de un decurso histórico. Aquí estamos tratando con lo más íntimo, con lo humano, con lo que podría significarnos a cada uno de nosotros.

Pero ¿qué sentido tiene la memoria? La memoria, como la utopía, si está bien trazada sirve para caminar. Uno camina hacia horizontes, y tras la propuesta de Mee Choi sólo cabe la luz. Colonia DMZ es como se titula este libro, haciendo referencia a la zona desmilitarizada que separa las dos Coreas. La desmilitarización real debería atenerse al espíritu que nos llega a través de estos fragmentos, que cuando se aparta de los testimonios se sumergen en una poesía que imita a las aves en vuelo.

Esta obra debería acompañarnos mucho tiempo, el suficiente como para que aprendamos que poesía es el antónimo del miedo.

miércoles, 2 de febrero de 2022

ENSEÑAR PENSAMIENTO CRÍTICO

 

Enseñar pensamiento crítico

bell hooks

Traducción de Víctor Sabaté

Rayo Verde

Barcelona, 2022

227 páginas

 



Lo más subversivo vuelve a ser la sensatez. Sobre la superficie del mundo ha impuesto su modo de vida un tipo temperamental, en el que se reconoce con demasiada frecuencia a los antecesores del Sapiens en el camino de la evolución. No sobra ninguna de las voces que nos recuerda que la sabiduría está ligada a la compasión, que no sobran los momentos en que sentimos los sentimientos del otro con idéntica intensidad a como sentimos los propios. ¿Cuál es el secreto del cultivo de la compasión y del cultivo, en consecuencia, de la sabiduría? “En nuestro interior habitan dos lobos”, dicen que rezaba el viejo indio a su nieto, “uno lucha por ser bueno en la vida y el otro pretende hacer daño. ¿Y cuál es el que triunfa?, le preguntará su nieto. Aquél al que alimentas, fue la respuesta del anciano”. Así pues, la compasión, la sabiduría, la honestidad, son virtudes que requieren entrenamiento. Uno puede sentir cualquier primer impulso, incluido el del miedo, que es el que con más frecuencia nos lleva a ser malas personas, pero también puede negarse a alimentarlo. No hay ejemplo más relevante para explicarnos, que no consentir abusos de poder.

Esta es la filosofía que se trasluce de los ensayos de bell hooks (Kentucky, 1952-2021), muchos de ellos centrados en su oficio, que es la educación. Ahora nos llegan estos treinta y dos apuntes gestados a partir de centros de interés que no conviene olvidar: autoestima, espiritualidad, humor, tristeza, sexo, imaginación, amor y los asuntos que la llevaron a ser una rebelde que se expresaba con tanta sensatez, la lucha contra la discriminación de género, de clase, de raza. Hooks consagro su vida a bregar contra la costumbre de abusar de posiciones de poder. Frente al abuso, el respeto. Y frente a la costumbre, a eso que damos por supuesto, a los paradigmas ya instalados que tenemos por inamovibles, por buenos, el conocimiento, la diversidad, la voz propia, el individuo. Todo lo que surja a partir de un pensamiento autónomo, sobre el que nos pretende guiar, sobre el que nos traza rutas para alimentarlo. Se conoce como pedagogía de compromiso a estas formas de exploración, que practican docentes preocupados por la integración de la reflexión junto al aprendizaje de contenidos. Se trata de conseguir que los estudiantes crezcan y se autorrealicen. Y para ello propone el diálogo. Frente a la monotonía del discurso, que impone, la propuesta del pensamiento crítico, de la imaginación, el aprendizaje activo que demuestre que todos podemos estar en lo cierto al mismo tiempo, que todos podemos tener algo relevante que decir, si atravesamos con inteligencia, e inteligencia emocional, el paso de los días.

Denuncia que en las instituciones educativas nos enfrentamos a embestidas de un pensamiento sesgado dominador, para proponer que las mentes se centren en la libertad, que aprendan a transgredir y transformar, y esas virtudes también se enseñan. Vuelve con frecuencia a los valores de la conversación, a los valores de preguntar, y reclama un lenguaje de comunidad, pues no es tan sencillo darse cuenta de que utilizando las mismas palabras, en realidad no hablamos el mismo idioma. Reclama que el profesor esté dispuesto a descubrir a los estudiantes para encender la pasión por aprender. Y se muestra en contra de la competencia, que nos deshumaniza y que a fecha de hoy figura como encabezamiento en todos los programas escolares: “La competición en el aula nos afecta negativamente a todos. Reduce el aprendizaje a un mero espectáculo, hace que algunos estudiantes se conviertan en observadores pasivos mientras otros dominan la discusión en clase”. Frente a ello, aboga por valorar la inteligencia emocional para prepararse a la hora de usar con habilidad las emociones en clase.

No se trata de un ensayo rabioso, pero sí pasional. Estamos frente a una declaración de amor por un oficio que representa, tal vez, la mejor virtud del ser humano, que surge de la posibilidad de entregarse a algo por un motivo que, a falta de una palabra menos afectada, llamaremos amor. Así enseñaremos a los estudiantes a lidiar con  los conflictos, con las diferencias de pensamiento; les enseñaremos que es posible aprender en entornos educativos marcados por la diversidad, les enseñaremos a enfrentarse al mundo real.

martes, 26 de enero de 2021

LAS NUBES

 

Las nubes

Juan José Saer

Rayo Verde

Barcelona, 2021

225 páginas

 


Hay un silencio extraño y suave en esta novela, Las nubes, tal vez debido a que Juan José Saer (Serodino, 1937 – París, 2005) decidió escribirla sin diálogos y transfiriendo al narrador un ejercicio de memoria, de buena memoria, esa que nos recuerda que en los momentos duros nos volvemos mejores, esa que nos lleva a considerar que la agresividad de la aventura es, a la hora de la verdad, la mejor escuela. Estamos frente a una obra en la que se impone la literatura, la escritura en función de un asunto que nos transforma en buenas personas. El estilo, la frase larga y dúctil, que busca la sonoridad armoniosa, se adhiere a esta historia levemente épica que se nos presenta con recursos conocidos, pero no sencillos de manejar: una versión del manuscrito encontrado y una estructura itinerante.

Saer nos habla de una caravana que se desplaza muy despacio por tierras argentinas, en una época en la que no existían comunicaciones ni senderos trillados. La caravana está compuesta de un médico que debe acercar a su clínica a un grupo de locos, custodiado por unos pocos soldados cuya presencia es más bien testimonial: no pueden dejarlos solos. El protagonista, el narrador, relata el episodio desde la melancolía que da la vejez y la distancia: ahora vive retirado y de manera acomodada en Francia, y han transcurrido treinta años desde aquello que le cambió la vida. La novela está repleta de esos sucesos que saturan las narraciones de aventuras: duelos, secuestros, sexo, naturaleza hostil, incertidumbre y hasta monjas que introducen el factor religioso en unas almas dispuestas a recibir cualquier cosa que les ponga suelo bajo los pies.

Y, mientras tanto, se exploran las pocas certezas que definen la frontera entre la cordura y la demencia, cuya esencia apenas se decanta cuando nos lleva de la mano hacia el rabo de Satanás que se agita dentro de alguno de los personajes, entre los que destaca la monja ninfómana. Pero este narrador, que es un observador nato, mantiene siempre la referencia de quien le asegura no perder la razón, de un maestro, el médico que le formó, la figura que representa la sabiduría:

“Al leer esas líneas generosas, me llené de orgullo y de alegría, y supe al fin que el verdadero maestro no es el que quiere ser imitado y obedecido, sino aquel que es capaz de encomendar a su discípulo, que la ignoraba hasta ese momento, la tarea justa que el discípulo necesita”.

La lectura de Saer, como siempre, resulta deliciosa, impresionados como vamos quedando con esa narrativa en la que las descripciones son mucho más que imágenes, nos hablan como nos hablan los grabados, con la personalidad del autor, con su sentido de la estética, depurado, y en función de mejorar, aunque sea un poco, el mundo.

sábado, 24 de octubre de 2020

SIN MÁS AMIGOS QUE LAS MONTAÑAS

 

Sin más amigos que las montañas

Behrouz Boochani

Traducción de Juan-Fco. Silvente

Rayo Verde

Barcelona, 2020

378 páginas

 


La historia que Behrouz Boochani desarrolla en este libro, ensordecedor, posee tanta fuerza como la de su creación. Boochani fue encarcelado en un centro aparentemente ilegal, en cualquier caso inhumano, regido por alguna administración de algún país desarrollado, pero ubicado en uno de esos lugares que no existen ni en los mapas ni en las rutas. Cualquier atisbo de cárcel, cualquier imaginación de cárcel, se queda en los huesos ante las imágenes que va desplegando Boochani, que por momentos contemplan una energía tan viva y desoladora como la de algunos relatos de campos de concentración. No hay diálogos ni nombres propios en una historia en que el concepto de resiliencia no alcanzaría ni siquiera al barro el eufemismo. Mientras tanto, mientras su cuerpo se sacudía -o tal vez lo que se sacudía era su mirada, que es la herramienta desde la que nos habla-, Boochani iba enviando mensajes a través del teléfono móvil. Uno supondría que la redacción de estos mensajes debería ser apresurada, telegráfica, pero no, la obra se escribe con una serenidad y un respeto al lenguaje, que la transforman en alta literatura: en ese sentido, Sin más amigos que las montañas pertenece a la vieja estirpe literaria, la de aquella que bebe directamente de las fuentes de la vida.

Vivir merece la pena, o no. Boochani no se decanta ni pretende estar en el debate. Donde cualquier otro se hubiera dejado tentar por un existencialismo duro, él prefiere entregarse a un lirismo tan magnético como sucio. No podemos enamorarnos de los personajes, no podemos enamorarnos de la memoria, pero sí de esa capacidad de permitir que le atraviesen siglos de poesía y que es el abono con el que hace crecer la acción. No basta con ser consciente de que uno tiene algo serio que decir, algo contundente que denunciar. Hay que estar a la altura del respeto y de la inteligencia, hay que ser un ente sensible mientras uno se enfrasca en la observación, pero también mientras uno escribe. Al fin y al cabo, al otro lado del texto habrá un lector que quieres que conozca lo que se siente, pero que sin pretender que lo sufra. La devastación y la enunciación de la devastación pertenecen a un terreno personal, y ahí conviene que dejen su residencia. La literatura permite entregar muchas de sus facetas, siempre y cuando el lector sea, a su vez, un lector entregado. Boochani consigue embaucarnos para que lo seamos: acude al núcleo de nuestra empatía y de nuestra compasión. Y no solo nos advierte de las consecuencias en los demás de lo que hemos creado, pues también nos pone en guardia sobre los riesgos de la oscuridad, de las regiones en las que la deshumanización caló, de las prisiones que liquidarían los cuerpos y la moral de las buenas personas. Entre la miseria, Boochani encuentra momentos lucidísimos en los que reclamar la idea de que la bonhomía y la libertad son dos caras de una misma moneda, y que en ambas caras se ha grabado el mismo rostro, el nuestro, el de nuestro prójimo.

viernes, 2 de marzo de 2018

SUEÑOS EN TIEMPOS DE GUERRA


Sueños en tiempos de guerra
Ngugi Wa Thiongo
Traducción de Rita da Costa
Rayo Verde
Barcelona, 2016
265 páginas

Memorias de infancia. El sueño de cambiar el destino de un país colonizado inmerso en una guerra genocida.

A nadie le gustaría que le robaran esa certeza de que la memoria es un sueño dorado. Si cualquier tiempo pasado fue mejor no se debe, como la gente cree, a una infancia feliz. Si no a que la maldad que no debería figurar en ninguna infancia la hemos echado al olvido. Se trata de una estrategia de supervivencia que hasta el cristianismo ha heredado en forma de divinización: o uno retorna a ser el que era en la infancia, o no entrará en la vida eterna. Lo contrario a la promesa del reino de los cielos es, por tanto, la muerte. ¿Para qué hace falta el infierno si la muerte es ya bastante castigo? Así pues, lo contrario a la muerte es la infancia.
Y ahora el eterno candidato al premio Nobel, Ngugi Wa Thiongo, comienza a publicar sus memorias en una de esas pequeñas y muy respetables editoriales: Rayo Verde rara vez se equivoca a la hora de elegir un texto. Este Sueños en tiempos de guerra se corresponde a la infancia del escrito keniata. La redacción de las memorias es un tanto convencional por momentos. Al igual que la descripción del país que le ha tocado vivir. Sin embargo, hay varios asuntos que destacan en la obra y que la convierten en algo más que interesante. En primer lugar, comprobar de dónde viene Thiongo: una familia patriarcal autoritaria, en la que él era uno de cientos en la tribu que formaba con sus hermanos y hermanastros. Apenas una comida al día y la costumbre de esconderse del padre maltratador, son dos de las formas de tiranía que sufre. Para ese niño, la escuela es una liberación. Donde convive con otros niños es donde convive con la inocencia. Y el valor literario de la inocencia está muy minusvalorado entre tanto lector solemne ejerciendo de crítico literario.
La fascinación de descubrir mundo será lo que le empuje a la resiliencia que no se muestra en momentos duros que se superan uno tras otro, sino a lo largo del texto. La superación personal sucede de a poco. Las humillaciones de las que tiene que levantarse no siempre son de alto grado. Y seguirá siendo la fascinación lo que le lleve a descubrir la otra Kenia, la occidental, la del Antiguo Testamento. Pero, ¿de qué Kenia estamos tratando? El momento que atraviesa el país es convulso. El subtítulo de El sueño de cambiar el destino de un país colonizado inmerso en una guerra genocida no es gratuito. Thiongo parte de una tradición que venera al tiempo que le provoca escepticismo. Pero lo que va conociendo, atravesado por el colonialismo en retirada, es un mestizaje desordenado. Mientras que a él se le expulsa del paraíso de la casa materna, el país está enzarzado en tiempos de guerra. Thiongo se mantiene en la periferia de la guerra. En caso de guerra, todos lo sabemos, lo mejor es no arrimarse al frente de batalla. Pero la trasformación, a pesar de la distancia, es inevitable. Comprobar cómo afecta a la identidad y a la construcción cultural de un país, a través de los seres que rodean a un niño que crece más deprisa de lo que nos da tiempo a reconocer a causa de su pasión por el estudio, es otra de las experiencias que hacen de este libro una lectura que nos sorprende. Es cierto que con mucha convulsión, se refleja en el libro la formación del estado. Pero el acierto de separar la política grande de la afectación en los que forman la polis, es un planteamiento novedoso. Ellos serán el país, y eso es lo que queremos leer. En cuanto al estado, todos sabemos que desde Montesquieu para acá, apenas existe un estado moderno que no sea un estado fallido, o al menos un ente insensible. Thiongo puede tener muchos defectos como escritor. La insensibilidad no es uno de ellos.


Fuente: Culturamas

martes, 5 de septiembre de 2017

EL CEMENTERIO DE LOS REYES MENORES


El cementerio de los reyes menores
Zoran Malkoč

Rayo Verde

Barcelona, 2016

216 páginas

 

 

Este es un libro de relatos para estómagos blindados.
Sobre un lugar que solo existe en el mapa de la prosa, Zoran Malkoč (Nova Graiska, 1967), nos lleva a conocer a hombres que se caracterizan por ser bestias. Ni siquiera animales, ya que la condición animal implica cierta comprensión en la actitud de supervivencia, del pez grande que se come al chico. Aquí los personajes se entregan a la sangre oxidada del mundo después del Apocalipsis. Cruel, brutal, devastador, demente, más allá de lo oscuro y de lo digerible, desalmado y desnortado, ese es el mundo no-humano que propone Malkoč, quien, por otra parte, pertenece a la categoría de los escritores geniales. Una vez que uno acepta ese pacto de almas perdidas, si es que alguna vez existieron, de cáscaras humanas que se mueven entre perros y gallinas y sangre y la noche, la gran invención de Malkoč es él mismo. Un universo propio, un universo divergente que cobra sentido como denuncia elevada a lo infinito del horror de la guerra. Existe un yo narrador, alguien que navega entre los acontecimientos para relatárnoslos con una familiaridad pasmosa: si el mundo existe y es este, ¿por qué la necesidad de narrarlo? ¿A qué se debe el crear ese feísmo que deja a los cuadros de Francis Bacon en meros juguetes del absurdo, en tonterías infantiles? Porque, por otra parte, lo que narra lo hace como si fueran hechos de segunda mano. Es decir, como si se tratara de hábitos, de acontecimientos que se han venido sucediendo. Y no nos muestra ninguna salida. No existe ese rayo de sol que por un momento ilumine un escombro para descubrirnos algo de belleza entre el polvo y la suciedad. La distopía es asombrosa, porque el futuro que le espera a la humanidad o es salvaje o no es. Es un mundo donde se sigue arrasando con los flecos de humanidad que queden, aunque ya no quede nada que arrasar, ninguna dignidad.
Una vez expuesto el ambiente y la suerte de actos que distinguen la invención de Malkoč, debemos decir que domina el relato a la perfección. Su estrategia narrativa es perfecta, asomando lo justo para crear intriga, y su imaginación equivale, en el mundo literario actual, al caudal del Amazonas en el mundo de las aguas dulces. Desborda. Oculta siempre la razón que mueve a los personajes, generando un extrañamiento que apuesta muy alto. Es onírico, pero dentro de un espectro de realismo sucio, bélico o colateral a lo bélico y por tanto posible. Por eso provoca miedo: porque lo que nos muestra es creíble. Rateros, drogas, destinos sórdidos, disparates, cambios bruscos de rutas vitales, hipnosis. Pero también mucho alcohol y un sexo que nada tiene de celebración de los cuerpos. Las vidas idénticas a las de los perros, y las vidas de los perros peores que las de las cucarachas. Expresidiarios, peleas constantes, muestras de fiereza, una potencia de exhibición al alcance de muy pocos en la redacción de los relatos. Todo eso ofrece Malkoč en ese mundo en el que si permaneces demasiado tiempo, y dos segundos son demasiado tiempo, o das hostias o recibes una paliza. Aquí la única buena voluntad de los matones es la de ayudarte en el suicidio después de obligarte a comer gusanos vivos si eres vegano. Pues su intención es demostrar que la brutalidad de la guerra es algo irrebatible, que genera unos hábitos obscenos en el sentido más literal del término: algo que solo debería suceder fuera de escena. Los sociópatas de baja estofa regalan muerte. El dominio de la demencia, de lo escabroso, del sadismo y de la rutina de la guerra, nos lleva a cuestionarnos frente a qué tipo de autor nos hallamos. La respuesta solo puede ser una: Malkoč ha dominado al demonio gracias a la literatura. Sus personajes insensibles, capaces de encontrar la diversión en ver cómo se destrozan entre sí las que fueron hermosas criaturas de un zoo, por ejemplo, representan una maldad que él llega a conocer. Y el conocimiento le da dominio sobre ella. Eso es lo que hace que este libro sea magistral, el hecho de que su autor sea tan profundamente sincero. Y la sinceridad es un valor al alza desde que el primer hombre inventó la primera narración.


Fuente: Culturamas

EL DEFECTO

El defecto
Magdalena Tulli
Traducción de Francisco Javier Villaverde González
Rayo Verde
Barcelona, 2015
167 páginas
16 euros

La atención sin medida



Una ciudad, o una plaza que es el símbolo de la ciudad en tanto que ágora, bien puede ser una celda del corredor de la muerte, o el mismo corredor, el pasillo al final de cual espera la cámara oscura o el gas mostaza. En cualquier caso, lo que se supone es un campo abierto, un lugar de encuentro y de ilusiones, puede dar lugar a literatura de túnel cerrado. Llegado cierto punto, nadie del equipo coral que construye la obra es ya capaz de imaginarse el mar azul. Todo es niebla. Gris. Hombres que carecen de rostro. Si alguna vez alguien escribió para dar testimonio de la felicidad de los días, esa dicha quedó sepultada bajo una lluvia sin agua. Si acaso cabe una ilusión, esa será la de replicar en las pantallas de la memoria las alas de las gaviotas en un atardecer rosa con el sonido del mar acompañando el último aliento, el que deseas más largo. Pero por el momento, lo que existe es un encuentro aquí, deprimidos los lectores y los protagonistas, compartiendo una extraña situación que Magdalena Tulli recrea con maestría.
Escrito en presente, pasando del estilo indirecto libre al relato en primera persona con una frecuencia que ayuda a hacer fluido el texto, Tulli impone la libertad del autor para construir un texto a medida de sus necesidades. Y estas pasan por conocer a los personajes sin saber con quién estamos tratando. En una atmósfera gris, sin diálogos, se sucede una actuación coral. La plaza donde tiene lugar la mayor parte de la acción es un microcosmos y a la vez una advertencia, como en los mejores libros de ciencia ficción y en los extrañamientos más logrados, a saber: Kafka, Buzzati, Bowles, etc. En este lugar de encuentro, como si se hubieran corporeizado a partir de los átomos de aire, aparece un numeroso grupo de refugiados que pone patas arriba los esquemas con que se dirige la ciudad. Entonces brota un etnocentrismo atávico, algo que se traduce más en el odio al otro que en la denunciable xenofobia mediática. Atañe más a los hombres porque es el antagonista de la compasión, no del sentir piadoso. A lo largo de la novela no cesa de acumularse gente, a la que recibimos incrementando un tanto nuestro desagrado. Resulta imposible identificarse con nadie concreto, porque lo único concreto que existe termina siendo la ley marcial. Al terminar la lectura, a uno no le cabe la menor duda de que ha leído una novela con un sentido metafórico. Pero, ¿cuál es el sentido de tal metáfora? ¿Cuál es el sentido de tamaña acumulación de detalles, propia de un visionario? La contundencia de la intriga aturde, atrae.
“No es fácil renunciar a la inatención, a esa aversión por los detalles tan satisfecha de sí misma. Un conocimiento demasiado exacto de las cosas siempre conlleva alguna obligación”. En cierta manera, estas frases podrían resumir el proyecto literario de Magdalena Tulli. De ser así, confiamos en poder disponer en nuestras manos, tardando poco, del resto de su obra.


Fuente: Revista de letras