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lunes, 22 de enero de 2018

EN SOLITARIO

En solitario

James Salter

Traducción de Concha Cardeñoso
El Aleph
Barcelona, 2005
220 páginas
16 euros


A mediados de los años setenta, y por encargo de Robert Redford, James Salter escribió un guión cinematográfico basado en la vida de Gary Hemmings, un escalador de gloria tan merecida como efímera. Se trataba de un joven beat-nik, un bohemio de las alturas que improvisó un rescate inverosímil en una de las grandes paredes del valle de Chamonix, en invierno y accediendo en un tiempo récord a los moribundos, secuestrados por la montaña, escarpando la vertiente más difícil. Unos años más tarde, Hemmings desaparecería en las profundidades del tiempo y el espacio, en los huecos del mundo de los que había venido. La película proyectada por Redford nunca llegó a realizarse, y Salter aprovechó el material para escribir esta novela, una narración en la que la montaña es metáfora de la vida que uno quiere elegir, frente a la que se le impone, y que, además, contiene un valor didáctico al introducir al lego en el lenguaje, la técnica y el mundo del alpinismo. Porque Salter escribe para que le leamos.
El mensaje, arriba expresado, surge directamente de la secuencia pendular y no acumulativa que es la estructura de la novela; los episodios se suceden en rigor cronológico, alternando los lances heroicos en la montaña, en los que el protagonista supera cada vez metas más difíciles, con hechos o batallas cotidianas, la mayoría relacionadas con el rastro de mujeres que ha ido dejando en su vida. Rand, nombre que aquí toma Gary Hemmings, se lanza a vivir entre las montañas, ocupando una tienda y manteniéndose a dieta de paquetes de galletas durante el invierno, escalando en verano la cara norte del Dru, conociendo a una chica, escalando el Eiger, volviendo al amor y al peligro de ser padre, encarando las paredes en solitario y participando en el rescate, y pisando tierra urbana. Finalmente, un fracaso en la ascensión al espolón Walker, encontrándose fuera de forma, unido a la noticia del accidente de su mejor amigo, le empuja a dar por terminada su vida alpina y regresar a un hogar que nunca estuvo en el núcleo de la vida que eligió, la del vividor vehemente. El episodio final, tras su naufragio conviviendo con los ritmos de la ciudad y de la gloria, plantea cuál es la verdadera lucha.
Salter escribe sin apenas complicarse la vida, como quien está haciendo cualquier otra cosa, excepto en momentos claves como la descripción épica del Dru: “oscuro, con líneas negras que caían como lágrimas, un templo babilonio derrumbado por los siglos, las columnas y pasadizos desgajados, los enormes fragmentos cayendo desde miles de pies de altura hasta estrellarse en las lajas de la base...”. Este es el ambiente donde Rand encuentra su equilibrio interior, un ambiente tan especial que incita a la amistad a desarrollarse en apenas minutos, como ocurre durante la primera escalada que lleva a cabo con un tipo al que le enseña cómo detener la caída sobre una pendiente de nieve, y que éste no ejecuta cuando llega el accidente pese a las indicaciones de Rand:
“-¿No me oías? –gritó Rand, acercándose presuroso.
“-Te oía, claro –dijo, levantando la mirada-. Te oía. Me dije, es mi amigo.
“-¿Qué?
“-Mi muy querido amigo –dijo Love.”
Puede que esta enseñanza sea lo mejor de esta novela, la consideración de que “algo semejante a la amistad surgió entre ellos en medio del verdor del bosque, la tierra fragante de lluvia y el aire puro y sereno.”


Fuente: Culturas/Tribuna

viernes, 27 de octubre de 2017

LAS AMANTES

Las amantes

Elfriede Jelinek

Traducción Susana Cañuelo y Jordi Jané
El Aleph
Barcelona, 2004
185 páginas
16,50 euros

Hijas de Eva


Difícilmente la obra de quien recibe un premio Nobel no será cuestionada, juzgada con parámetros como la comparación con otros autores de su país o su lengua, lo cual en el caso de Elfriede Jelinek vaticina malos tiempos para ella, pues ahí están autores como Peter Handke o la prosa de Thomas Bernhard, a la cual sin duda debe mucho Jelinek. Sin embargo, es una ocasión estupenda para acercarse a sus novelas, tanto a las reeditadas Deseo y La pianista, como a esta interesante obra de su juventud, publicada cuanto tenía menos de treinta años, y que ya nos sacude con unas mujeres víctimas de la vulgaridad que encierra la vida cotidiana. Las protagonistas, dos muchachas muy jóvenes, dejan que la realidad les suceda por alguna oscura razón aprendida en el vientre de su madre, con ningún sueño al margen del consabido matrimonio. Para significar su destino de mujer, “que es más fácil y sencillo que el destino de hombre”, como denuncia a la que nadie escapa, una de ellas representa a las mujeres de ciudad y la otra a las del campo. El argumento es muy tenue, reduciéndose a poco más que la lucha por conquistar al que será su marido, la supuesta condición masculina que debería de completarlas y de la cual, por otro lado, no cabe esperar nada bueno; el resto de la gente que las rodea son unos mediocres que ignoran su propia mediocridad; “fíjate objetivos, eso es lo que dicen los padres experimentados, que nunca han ido más allá de las fronteras de su país”.
Lo que hace interesante esta obra es el uso del lenguaje y de un punto de vista que consigue transmitir la impresión de que estamos asistiendo, con frialdad, a los hechos, que tras lo directo y repetitivo está el narrador estomagado pero que por alguna razón paradójica que se nos escapa, no se implica afectivamente, está el ambiente claustrofóbico de la vida humillada, el testimonio que denuncia los lugares comunes de la vida que transcurre tras la puerta de al lado, los infiernos domésticos que anulan hasta la posibilidad de diálogo. Aunque lo mejor será dejar que la voz del narrador se abra paso para que el lector pueda hacerse una idea sobre qué tipo de novela tiene entre manos, y así, sobre el orgasmo se dice que “el amor es un dolor menor en la jerarquía de los dolores”; del embarazo sabemos que “la madre de paula odia a paula por el niño en su barriga. diversos órganos vitales de paula quedan hechos trizas por este trato”; el hecho de ser padre se refleja en que “a menudo se puede ver algún niño en un tímido intento convulsivo de jugar, del que es alejado de inmediato, arrastrándolo e hinchándolo a tortas y patadas. después viene la mochila, y andando a comprar pienso. salvado y sal”; la cópula se reduce a que “ahora tiene que inyectarme esa mierda pringosa y quedarse dentro”; la visión del macho se expresa, por ejemplo en que “erich no lo ha leído porque él sólo lee los cuadernos sobre la guerra mundial”; las sensaciones pendulares de la condición femenina vienen dictadas por frases como “brigitte no siente sino un extraño cepillo desagradable en su interior. brigitte siente el amor en su interior”; las esperanzas truncadas se expresan con que “la confección le hubiera gustado a paula, pero la realidad, como sabemos, va en serio”; y la única diversión posible en el mundo que Jelinek recrea nos sacude pues “de la sal de la vida se encarga el dolor de cadera de la madre”.
Esta es, en definitiva, una novela sobre el asco de vivir: “paula se había ilusionado mucho con el amor, que sin embargo no recibe. más tarde, cuando erich ya se haya ido, paula busca el amor entre los postes, en el corrompido pesebre, entre el heno y el canal de los orines.
pero a paula sólo le duele el coño”.


Fuente: Tribuna/Culturas

HISTORIAS Y RELATOS

Historias y relatos

Walter Benjamin

Traducción de Gonzalo Hernández Ortega
El Aleph
Barcelona, 2005
123 páginas
13 euros

El hombre que escucha


Aunque no se haya seguido muy de cerca y de forma completa la obra ensayística de Walter Benjamin, la mayor parte de la gente conoce su forma de pensar con cierta certeza dado que es, junto a Pascal, Bertrand Russell o Schopenhauer, uno de los filósofos más citados de la historia, y posiblemente el que más reflexionó sobre los vaivenes de la memoria. No sin motivos. Está considerado, por otra parte, como uno de los grandes críticos literarios del siglo XX, una labor que viene a culminar de alguna manera con esta obra con la que ahora nos sorprende la editorial El Aleph. Con frecuencia, se tacha a los críticos de autores frustrados si se les pretende descalificar o cuestionar su opinión. Creo que se trata de labores bien diferenciadas, y que el género de crítica literaria bien puede considerarse como independiente, tal y como vino a demostrar Oscar Wilde en su ensayo El crítico como artista. Pero por si acaso, Walter Benjamin cerró filas entorno a sí mismo y a su entidad como lector merced a un puñado de cuentos, una miscelánea que tiene por objetivo ser la tarta nupcial en un proyecto literario. Porque el sabor que nos dejan es muy dulce, perfecto, de narrador purísimo.
Nos encontramos frente a textos breves, momentos precisos y significativos, en los que se trasluce el gusto por el arte de narrar propio del hombre que ha construido su entretiempo en la oralidad, y que detiene el tiempo en unos instantes en que el mundo está cambiando, en trance de olvidarse del relato esencial, transmitido por el lenguaje preciso, limpio, de sonido natural. La meditación sobre la memoria aparece muchas veces representada por el clásico recurso del hombre que narra frente a una audiencia, recreando un momento propicio, si bien en ocasiones, como en los primeros cuentos –La muerte del padre, El palacio D... y, La historia de un fumador de hachís-, es el asunto central merced a una pérdida y su sentido, la fidelidad a un pasado que se mantiene secreto o la recreación de unas sensaciones hipertrofiadas y especializadas. Todos ellos lucen una estructura y un ritmo tan depurados como los del mejor Maupassant. En algunos otros, como en El viaje de Mascotte o en Cuenta Rastelli, la última frase obliga al lector a recomponer todo el texto, cuando no a leerlo nuevamente para descubrir el otro sentido de lo que ha estado leyendo. También es capaz de inventarse un personaje fronterizo, tan enigmático como los más inspirados de Conrad o Stevenson, que protagoniza La cerca de cactus. Las tácticas narrativas por las que el cuento justifica su existencia con los motivos por los que debe ser narrado, aparecen en obras como El pañuelo o Una tarde de viaje, explicándose que si la gente relata un suceso que conserva en su memoria lo hace para su bien y para bien del oyente, pues habla sobre el hombre que aprende o quiere decir que el hombre aprende. También practica el relato muy breve, como en las Historias desde la soledad, anécdotas biográficas que surgen en periodos vacacionales, cuando la mirada ha descansado y penetra en los matices singulares, o en Cuatro historias, homenajes al relato chino, ruso, judío y americano, de un ingenio muy afilado y un dominio de temas y tramas con mucho fundamento. Hay, incluso, un par de relatos sobre el arte de la conversación –Conversación sobre el Corso y Tener buena mano-, en los que se van enlazando subhistorias en las que no importa si se pretende demostrar nada, sino la alegría de saberso tomando té con unos amigos. Finalmente, Benjamin sorprende con un relato gótico que no deja de constituir todo un cuestionamiento de los simples principios académicos que distinguen fondo y forma.


Fuente: Tribuna/Culturas

jueves, 31 de agosto de 2017

ANUNCIO UNA CASA DONDE YA NO QUIERO VIVIR

Anuncio una casa donde ya no quiero vivir
Bohumil Hrabal
Traducción de Clara Janés y Jana Stancel
El Aleph
Barcelona, 2006
126 páginas
14,50 euros

Soñar con la contravida



Para descubrir que Bohumil Hrabal es “un escritor soberbio”, como reza la frase de Julian Barnes con que se pretende publicitar este libro, basta con haber leído Yo, que he servido al rey de Inglaterra, y, sobre todo, esa obra maestra que se titula Trenes rigurosamente vigilados, una de las mejores novelas breves de la historia, y posiblemente la más hermosa, que El Aleph recupera al tiempo que reedita este Anuncio una casa…, un conjunto de relatos dormidos en la trastienda de su catálogo desde hace casi veinte años. Resulta casi conmovedor volver a leer ambos textos a un tiempo, reconociendo así las señas de identidad de su autor, un hombre marcado por la Segunda Guerra Mundial, y por las consecuencias que esta tuvo en una posguerra gris, apelmazada por el oscurantismo al que estuvo sometida Checoslovaquia. De ahí que la belleza triste, amorosa e ingenua al tiempo que rebelde que se esconde en Trenes rigurosamente vigilados, donde la voz de un joven descubre y trata con el enemigo bélico en un mundo de adultos falsificados, se transforme en un inconformismo barroco, onírico, que destila olor a óxido y aguas sucias en este conjunto de relatos que parecen ambientados en las décadas de los cincuenta y sesenta, y que terminará siendo, por otra parte, algo muy diferente a un libro de cuentos. Pero para descubrirlo es necesario llegar hasta el final.
Todos los relatos comparten una ironía alejadísima de las ganas de hacer sonreír, una libertad próxima al absurdo inventivo, una inverosimilitud que nos acerca a las consecuencias del Apocalipsis, un mundo resumido en un teatro desnortado, una tristeza desesperada, una claustrofobia directa y rarísima, la misma que puede sentir un hombre encerrado dentro de su propio cráneo, y también contienen la exageración de la locura, algo que el lector se esforzará por desentrañar entre la marea de disparates confiando en que exista la razón de la demencia tras tanta palabra, tras algo que de tan imposible calificaría como magia de no ser porque este concepto encierra algo de hermosura. Al mismo tiempo, cada una de las siete piezas sería un trozo de vida sesgado, sin principio ni fin, rompiendo así los moldes que las academias dictan que deben regir en un cuento, exponiéndonos cosas y sucesos cuyo único nexo entre ellas, aparentemente, es que ocurren una detrás de otra. Subyace en los textos, aunque de manera complejísima para las elucubraciones del lector, un trasfondo político, de protesta, de angustia, unas bocanadas a la búsqueda de aire fresco al remover todos estos restos de lo que un día fue útil para la vida, en un ejercicio de extrañamiento complejísimo: “Y acto seguido se abrieron camino hasta las entrañas del vagón y echaban a la vagoneta vacía una bomba para orín, una aventadora, trozos de las viejas trilladoras, picadoras abrasadas por el autógeno, rastras y sembradoras despedazadas por autógeno, una picadora de trébol, una báscula decimal y piezas de arado”.
Las enunciaciones de esta índole, bien por enumeración, bien por diálogos en cascada, bien por la cadena de sucesos que puede llegar a parecer un flujo de conciencia onírico: “Luego puede uno derrumbarse en la colada ardiente en honor al amor, acero con adición de sí mismo y de tu imagen en mí, imagen que impone un diminuto rostro infantil empañado por una risa tonta, porque una chica judía escupía cuchillas y yo me corté las manos”. En fin, todo esto que sería absurdo de no ser porque uno sabe que existe mucho simbolismo, como por ejemplo en la imagen constante de las mujeres presidiarias, terminará cobrando relevancia en un final que unifica todos los relatos y que no desvelaremos, pero que responde a la pregunta ¿por qué vivir?

Fuente: Culturas/Tribuna

jueves, 29 de junio de 2017

EN SOLITARIO

En solitario

James Salter

Traducción de Concha Cardeñoso
El Aleph
Barcelona, 2005
220 páginas
16 euros

La cima de la nada




A mediados de los años setenta, y por encargo de Robert Redford, James Salter escribió un guión cinematográfico basado en la vida de Gary Hemmings, un escalador de gloria tan merecida como efímera. Se trataba de un joven beat-nik, un bohemio de las alturas que improvisó un rescate inverosímil en una de las grandes paredes del valle de Chamonix, en invierno y accediendo en un tiempo récord a los moribundos, secuestrados por la montaña, escarpando la vertiente más difícil. Unos años más tarde, Hemmings desaparecería en las profundidades del tiempo y el espacio, en los huecos del mundo de los que había venido. La película proyectada por Redford nunca llegó a realizarse, y Salter aprovechó el material para escribir esta novela, una narración en la que la montaña es metáfora de la vida que uno quiere elegir, frente a la que se le impone, y que, además, contiene un valor didáctico al introducir al lego en el lenguaje, la técnica y el mundo del alpinismo. Porque Salter escribe para que le leamos.
El mensaje, arriba expresado, surge directamente de la secuencia pendular y no acumulativa que es la estructura de la novela; los episodios se suceden en rigor cronológico, alternando los lances heroicos en la montaña, en los que el protagonista supera cada vez metas más difíciles, con hechos o batallas cotidianas, la mayoría relacionadas con el rastro de mujeres que ha ido dejando en su vida. Rand, nombre que aquí toma Gary Hemmings, se lanza a vivir entre las montañas, ocupando una tienda y manteniéndose a dieta de paquetes de galletas durante el invierno, escalando en verano la cara norte del Dru, conociendo a una chica, escalando el Eiger, volviendo al amor y al peligro de ser padre, encarando las paredes en solitario y participando en el rescate, y pisando tierra urbana. Finalmente, un fracaso en la ascensión al espolón Walker, encontrándose fuera de forma, unido a la noticia del accidente de su mejor amigo, le empuja a dar por terminada su vida alpina y regresar a un hogar que nunca estuvo en el núcleo de la vida que eligió, la del vividor vehemente. El episodio final, tras su naufragio conviviendo con los ritmos de la ciudad y de la gloria, plantea cuál es la verdadera lucha.
Salter escribe sin apenas complicarse la vida, como quien está haciendo cualquier otra cosa, excepto en momentos claves como la descripción épica del Dru: “oscuro, con líneas negras que caían como lágrimas, un templo babilonio derrumbado por los siglos, las columnas y pasadizos desgajados, los enormes fragmentos cayendo desde miles de pies de altura hasta estrellarse en las lajas de la base...”. Este es el ambiente donde Rand encuentra su equilibrio interior, un ambiente tan especial que incita a la amistad a desarrollarse en apenas minutos, como ocurre durante la primera escalada que lleva a cabo con un tipo al que le enseña cómo detener la caída sobre una pendiente de nieve, y que éste no ejecuta cuando llega el accidente pese a las indicaciones de Rand:
“-¿No me oías? –gritó Rand, acercándose presuroso.
“-Te oía, claro –dijo, levantando la mirada-. Te oía. Me dije, es mi amigo.
“-¿Qué?
“-Mi muy querido amigo –dijo Love.”
Puede que esta enseñanza sea lo mejor de esta novela, la consideración de que “algo semejante a la amistad surgió entre ellos en medio del verdor del bosque, la tierra fragante de lluvia y el aire puro y sereno.”


Fuente: Culturas/Tribuna

jueves, 8 de junio de 2017

ANUNCIO UNA CASA DONDE YA NO QUIERO VIVIR



Anuncio una casa donde ya no quiero vivir
Bohumil Hrabal
Traducción de Clara Janés y Jana Stancel
El Aleph
Barcelona, 2006
126 páginas
14,50 euros




Soñar con la contravida

Para descubrir que Bohumil Hrabal es “un escritor soberbio”, como reza la frase de Julian Barnes con que se pretende publicitar este libro, basta con haber leído Yo, que he servido al rey de Inglaterra, y, sobre todo, esa obra maestra que se titula Trenes rigurosamente vigilados, una de las mejores novelas breves de la historia, y posiblemente la más hermosa, que El Aleph recupera al tiempo que reedita este Anuncio una casa…, un conjunto de relatos dormidos en la trastienda de su catálogo desde hace casi veinte años. Resulta casi conmovedor volver a leer ambos textos a un tiempo, reconociendo así las señas de identidad de su autor, un hombre marcado por la Segunda Guerra Mundial, y por las consecuencias que esta tuvo en una posguerra gris, apelmazada por el oscurantismo al que estuvo sometida Checoslovaquia. De ahí que la belleza triste, amorosa e ingenua al tiempo que rebelde que se esconde en Trenes rigurosamente vigilados, donde la voz de un joven descubre y trata con el enemigo bélico en un mundo de adultos falsificados, se transforme en un inconformismo barroco, onírico, que destila olor a óxido y aguas sucias en este conjunto de relatos que parecen ambientados en las décadas de los cincuenta y sesenta, y que terminará siendo, por otra parte, algo muy diferente a un libro de cuentos. Pero para descubrirlo es necesario llegar hasta el final.
Todos los relatos comparten una ironía alejadísima de las ganas de hacer sonreír, una libertad próxima al absurdo inventivo, una inverosimilitud que nos acerca a las consecuencias del Apocalipsis, un mundo resumido en un teatro desnortado, una tristeza desesperada, una claustrofobia directa y rarísima, la misma que puede sentir un hombre encerrado dentro de su propio cráneo, y también contienen la exageración de la locura, algo que el lector se esforzará por desentrañar entre la marea de disparates confiando en que exista la razón de la demencia tras tanta palabra, tras algo que de tan imposible calificaría como magia de no ser porque este concepto encierra algo de hermosura. Al mismo tiempo, cada una de las siete piezas sería un trozo de vida sesgado, sin principio ni fin, rompiendo así los moldes que las academias dictan que deben regir en un cuento, exponiéndonos cosas y sucesos cuyo único nexo entre ellas, aparentemente, es que ocurren una detrás de otra. Subyace en los textos, aunque de manera complejísima para las elucubraciones del lector, un trasfondo político, de protesta, de angustia, unas bocanadas a la búsqueda de aire fresco al remover todos estos restos de lo que un día fue útil para la vida, en un ejercicio de extrañamiento complejísimo: “Y acto seguido se abrieron camino hasta las entrañas del vagón y echaban a la vagoneta vacía una bomba para orín, una aventadora, trozos de las viejas trilladoras, picadoras abrasadas por el autógeno, rastras y sembradoras despedazadas por autógeno, una picadora de trébol, una báscula decimal y piezas de arado”.

Las enunciaciones de esta índole, bien por enumeración, bien por diálogos en cascada, bien por la cadena de sucesos que puede llegar a parecer un flujo de conciencia onírico: “Luego puede uno derrumbarse en la colada ardiente en honor al amor, acero con adición de sí mismo y de tu imagen en mí, imagen que impone un diminuto rostro infantil empañado por una risa tonta, porque una chica judía escupía cuchillas y yo me corté las manos”. En fin, todo esto que sería absurdo de no ser porque uno sabe que existe mucho simbolismo, como por ejemplo en la imagen constante de las mujeres presidiarias, terminará cobrando relevancia en un final que unifica todos los relatos y que no desvelaremos, pero que responde a la pregunta ¿por qué vivir?