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martes, 11 de junio de 2024

UNA TRINCHERA EN MARTE

 

Una trinchera en Marte

Karlos Zurutuza

Libros del K.O.

Madrid, 2024

280 páginas

 



La pregunta que da título a este artículo se la formula el propio Karlos Zurutuza (Donostia, 1971) en este libro, dos renglones después de haber formulado, en otra pregunta, una posible respuesta: «¿Existe algún resquicio para la esperanza cuando el resto del mundo ni siquiera sabe que existes?». Una trinchera en marte nos habla de Baluchistán, un territorio desesperado, un país sin nación que ocupa parte de los mapas de Pakistán, Afganistán e Irán. En este sentido, el paralelismo con Kurdistán salta rápidamente a primer término, y nos lleva a recordar que Zurutuza nos habló sobre ello en Respirando fuego, el libro que escribió junto a David Meseguer (Benicarló, 1983) sobre el conflicto kurdo.

Zurutuza se desplaza hasta el territorio sobre el que quiere conocer cuando se posible, y trata de ser un cronista al que apenas se le vea, ni durante los viajes ni durante las crónicas. Sabemos que existe este individuo que nos da fe de lo vivido, pero apenas tiene relevancia, porque lo que importa son los otros. Y, de nuevo, nos explicará la necesidad del periodismo, que no cesa de hablar de asesinatos, desapariciones, rebeliones, guerras, desastres, engaños, accidentes, persecuciones, terrorismo o migración, pero que está deseando que las cosas cambien, y este es su horizonte: «Me encanta contar esas historias que hablan de ilusión, de construcción o reconstrucción, y no del habitual mar de cascotes». Para poder despejar los cascotes, primero tendremos que saber que existe un lugar donde no cesan de acumularse, en buena medida gracias a la ignorancia mundial. Y Zurutuza sabe que para que a los demás nos importe, debe convertir las noticias, que con demasiada frecuencia germinan de la violencia, en personas. Hay mucha represión reflejada en las tres partes en que se divide la obra —Pakistán y las imposiciones del ejército, la teocracia iraní como bota que pisa la cabeza y la pobreza que colma Afganistán—, una colonización de un territorio que posee su cultura, su idiosincrasia, su idioma, su personalidad, una inevitable confrontación, que, nos mostrará Zurutuza, es lo contrario a la convivencia. Los habitantes de Baluchistán tratan de seguir siendo ellos mismos gracias organizaciones más o menos tribales, frente a los poderes de los grandes Estados.

En esta confrontación de ejércitos grandes, los que participan en las guerras, frente a ejércitos muy pequeños, a los que llamamos guerrillas, Zurutuza no toma otro partido que no sea el de las causas que no queremos perdidas, es decir, desear que las personas se libren de sus pesadillas individuales. Flotan pesadillas colectivas a lo largo de esta obra, que contiene mucha información, que es relato, pero que también intenta meter a todo un país en menos de trescientas páginas, dejándonos un texto que deberíamos leer más de una vez. Volvemos a encontrarnos en la espalda del mundo, y allí el ritmo al que nos muestra cómo suceden los acontecimientos, que el autor ha ido recogiendo a lo largo de muchos años y muchas visitas, es un galope de horror. Nos habla de lo que con demasiada ligereza llamaríamos minorías, porque da la sensación de que al aplicarles ese sustantivo estamos reduciendo su categoría, y cada individuo importa, su suerte debería afectarnos. Se llama a eso empatía, o se llama compasión: la capacidad de padecer con el otro, de sentir las alegrías o las tristezas del otro con la misma intensidad que sentimos las propias. Esta es una de las funciones del viaje, del reportero, del periodismo. Tal vez la más importante, tal vez la que recoja las razones que llevan a años de estudio, de dedicación, de trabajo. Sin gente como Karlos Zurutuza, ¿qué nos quedaría a los que no nos atrevemos a visitar estos territorios para poder entender?


Fuente: Zenda

lunes, 11 de diciembre de 2023

LOS PLIEGUES DE LA CINTURA

 

Los pliegues de la cintura

Carlos Dada

Libros del K.O.

Madrid, 2023

252 páginas


 


Mantenerse en pie no quiere decir que uno no caiga tumbado ni decida sentarse, mantenerse en pie significa que se conserva la dignidad. Y leyendo las crónicas de Carlos Dada (El Salvador, 1970) recopiladas en Los pliegues de la cintura, uno no cesa de preguntarse cómo es posible que toda una región del planeta, Centroamérica, se mantenga en pie. Pero lo hace. Tal vez sea la dignidad de la derrota lo que nos llega, porque este mundo que recorre está lleno de perdedores, de los resultados de formas agresivas de vida y convivencia. Desde su periódico, El Faro, Dada ha denunciado la violencia en todas sus formas: institucional, militar y paramilitar, el narcotráfico, las pandillas, saqueos y asesinatos. En algún lugar de nuestra mente y de nuestra moral debemos ser conscientes de que el mundo no se reduce a esto, porque de lo contrario no podríamos sostenernos en pie. Sabemos que Dada no puede haber llegado sin compañía a esos territorios, y él mismo confiesa que necesita apoyo para desplazarse a ejercer la investigación de campo, y por tanto los acompañantes garantizan que la buena ética sigue presente en el lugar. Pero a lo que asistimos es a la impresión de tierra quemada, de paisaje después de la batalla.

Se trata de recopilar información que genere interés, que nos hable de lo que no sabemos, para garantizar que la mirada se vuelve hacia este trozo desfavorecido del planeta. Así se compone este libro, que es una suerte de puzle de tres dimensiones, un poliedro, del que sabemos que no saldremos indemnes, sin rasguños. «¿Cómo se le explica a un niño que esto tan bonito lo construyó un señor que ha confesado setenta y ocho homicidios?». La pregunta surge al final de la primera crónica, en la que se habla de asesinatos y de la salvación de especies animales. Y la respuesta de la entrevistada atañe a nuestra filosofía de reducir el cosmos para salvar pequeñas parcelas de belleza: «No tienen por qué saberlo. A nosotros solo nos interesan los animales». Animales, narcotráfico, corrupción política e institucional, presión económica, cualquier red de corte mafioso o persecuciones policiales estarán presentes en estos textos en los que, al contrario de lo que encontramos con frecuencia, al hablar de corrupción se menciona no solo a los corruptos, sino también a los corruptores. Dada se acercará a pequeñas poblaciones en países como Nicaragua o a Guatemala para comprobar qué queda de la masacre de la etnia ixil tras la Ley de Reconciliación promulgada hace cinco años. Nos hablará del ocaso salvaje que viven los responsables del crimen de Monseñor Romero, de la activista hondureña Berta Cáceres, asesinada en 2016, de las minorías rurales, de los indígenas, de los muros que se levantan para impedir el desarrollo. Buscará huellas de africanos en las rutas de emigración hacia Estados Unidos, para toparse con la miseria y reclamar, sin decirlo explícitamente, contra una de las mayores causas de injusticia, porque el tema de la injusticia recorre de manera transversal todas las crónicas, es sustrato y es energía. Nos habla de la desproporción de fuerzas en revueltas universitarias y la matanza consecuente, o la carnicería de Mozote en El Salvador, de su compatriota Roque Dalton o de las regiones en las que el narcotráfico se ha apoderado de cualquier decisión y gesto en cualquier escala.

Aunque estemos frente a un libro que nos presenta la violencia como forma de vida, lo que leemos es a un autor que sabe que se puede salir de esa violencia, y para ello es nuestro deber conocerla. El libro nos afecta como personas y nos atrapa como lectores. Es una lección de periodismo, en el sentido en el que el periodismo revela, pero no destruye, sino que aporta motivos para saber que si vivir es luchar, hay motivos para seguir viviendo, para seguir en pie.


Fuente: Zenda

sábado, 23 de abril de 2022

RETRATO UNDERGROUND

 

Retrato Underground

Lucy Sante

Traducción de María Alonso Seisdedos

Libros del K.O.

Madrid, 2022

376 páginas

 



En uno de los artículos que se recopilan en esta selección, Lucy Sante (Verviers, Bélgica, 1954) utiliza la expresión “la superstición contemporánea, que se hace pasar por racionalismo”. Socavar los cimientos, cuestionar ese sustrato que damos por supuesto que es la realidad y que es, como consecuencia, el razonamiento razonable, valga la redundancia, y hacerlo con cortesía a la par que con contundencia, es el gran objetivo del proyecto literario de esta autora. Se trata de conectar con el mundo, o de llamar a que se conecte con él. Pero el paso previo será definir qué es el mundo, o al menos el mundo referido a lo que nos afecta. Uno no está en contacto con todo el mundo a la vez, por lo que buena parte de los esfuerzos de Sante son de reconocimiento. El mundo que ella nos presenta, en el que ella vive, es un sincero collage.

Dentro de ese collage está el registro autobiográfico, que se expone de manera que podamos ubicar a quien nos habla: Sante es lo que la construyó y no renuncia a ello. Dentro de ese collage está todo eso que a la derecha religiosa le gustaría borrar de la superficie de la Tierra. Y está toda esa gente, por lo general de origen humilde, que posee poco más que sus emociones. De hecho, definir qué es cultura, igualando en importancia a la popular de la elitista, es parte de su legado. ¿Por qué igualara? Por la sencilla razón de que lo que importa es lo que nos afecta y nos afectan las cosas, los sucesos, las vivencias directas, con las que estamos en contacto de primerísima mano.

En su afán por perseguir el pensamiento divergente, y por intentar practicarlo, Sante ha recurrido a lo que en su generación se consideró más rompedor, desde ciertas drogas a formación poética que da el rock. Y expresa sin cortapisas el magnetismo que siente por los incendios y lo incendiario, desde la música a la fotografía, que parecen ser sus dos mayores pasiones, al margen de lo literario. Nos encontramos, pues, frente a un debate sobre lo marginal, y lo que posee ciertas intenciones apocalípticas, en un ambiente que termina por ser integrado: Sante reconoce lo que somos, a pesar de que se nos intente imponer una idea diferente de lo que se supone que somos, es decir, nos habla sobre la superstición. El cuento que mejor resumiría su punto de partida es la parábola india de los ciegos y el elefante: cada uno de nosotros identifica un animal diferente, pues ninguno somos capaces de percibirlo por entero dadas nuestras limitaciones. Pero podemos ser Pulp a la vez que cultura sofisticada.

Todo esto le da a Sante la motivación para escribir: en su caso es una conjura para poder aclarar conceptos, para poder poner las cosas en su sitio, que no es necesariamente lo mismo que ponerlas en orden. Definir el mundo no es lo mismo que explicarlo. Puede haber un deseo de orden, es cierto, porque Sante trabaja sobre todo con los estímulos, que son muchos y dispares. Pero su decisión vital es la de ser testigo. Y esa decisión supone intervenir manteniéndose al margen. Al fin y al cabo, el orden que quisiéramos imponer no es considerado orden por todos los demás, y en Sante se impone, eso sí, el respeto. Aunque exista una cierta ambición por ser maldita, esa pertenece al ámbito de la confesión más que al del cinismo. En realidad, escruta más dentro de las ambiciones que muestra la propia. En realidad, nos ubica en un lugar desde el que contemplar el mundo, o el mundo alrededor de la propia Sante, con el que comulgamos mucho, en el que todo puede tener el mismo valor, pues lo que supone mayor peso en la construcción de la realidad es nuestra verdad, y no la superstición colectiva.

martes, 16 de noviembre de 2021

DETENDRÁN MI RÍO

 

Detendrán mi río

Virginia Mendoza

Libros del K.O.

Madrid, 2021

150 páginas

 


No es posible volar y permanecer en el suelo. 

Suele fracasar ese empeño de la mayoría de los buenos padres, que consiste en darles a sus hijos alas y raíces a un mismo tiempo. Y, sin embargo, aprendemos a partir, que de no ser porque supone despedirse, no sería un gran trastorno. No deja de ser otro acto de supervivencia, de adaptación, como lo es el de encontrar un hueco, allí donde vayas, para echar nuevas raíces. Aun así, seguiremos echando de menos, porque la estética de la melancolía es parte inevitable en cualquier ser que sepa que las células del cuerpo saben cosas que la inteligencia ignora. Esta estética de la melancolía puede tomar la forma de tristeza, que como todo lo que se cura llorando puede ser una terapia, o del pesimismo patológico, ese que impide crecer y nos empujará a una caída moral, reaccionaria en el sentido en que es reaccionaria la idea de que las cosas estaban mejor antes que ahora. Equilibrar la idea de melancolía, conservando lo mejor del pasado e intentando que no se deteriore lo que merece ser conservado del presente, con la de progreso, no renunciando a las ciencias que nos han dado protección, salud, comida y techo, ha sido uno de los principios que han regido las consecuencias sociales de las revueltas juveniles, desde mayo del 66 al 15.M. Sirva como ejemplo la protección ambiental o la lucha contra cualquier forma de etnocidio, tanto de sangre como económico.

En esta línea ética es como puede leerse esta crónica de Virginia Mendoza (Valdepeñas, 1987), en la que recrea los últimos días de un pueblo que se sumergirá bajo las aguas en uno de esos proyectos faraónicos que inauguró Franco. Se nos decía que se trataba de otra forma de avance, de un futuro mejor, de dejar atrás ese país de cesantes y mendigos galdosianos mientras se reivindicaban Los episodios nacionales en las escuelas. Pero no existe otro país que no sea el de la suma de almas y al hablar de una de ellas estaremos hablando de la posibilidad de ampliar el conocimiento a todas. Así es como ha funcionado la parte de condición humana que se representa en las novelas, y esta crónica, Detendrán mi río, se lee, por esa misma razón, como una novela durante tres cuartas partes de la obra. Nos importa la suerte de Mercedes, la anciana a la que Virginia Mendoza entrevista y a cuya vida asistimos, como nos importaría la de cualquiera de nuestros amigos. Hay un tono de lamento en la crónica, pues nos habla de la imposibilidad del retorno y las alas como una imposición: nos habla de emigrantes y del tema esencial de la inmigración, que es la imposibilidad de volver a tener una patria, en el sentido en que sentimos el concepto de patria en la infancia: el lugar donde fuimos felices jugando.

Se lamenta, sí, la desaparición de Caspe bajo las aguas del Ebro. Pero no se lamenta con rabia, porque el estilo directo de la crónica nos ayuda a sentir que lo que fue bueno puede seguir siéndolo en la memoria, al tiempo que nos permite reconocer otras cosas buenas en el presente. De ese calado es la reflexión moral que se esconde en este libro. Y, mientras tanto, un gran barco parte de Estados Unidos en dirección a Europa, un buque que será torpedeado y hundido por el ejército alemán, lo que dará pie a que Estados Unidos se implique en la Primera Guerra Mundial. Al lado de esa conflagración, de esos millones de muertos, ¿qué supone la desaparición de un pueblo aragonés? Pero ese es tema para un ensayo, no para una crónica humana. Todos sabemos que la literatura nos demuestra que a partir de la figura de un panadero honrado se puede levantar una gran nación.

miércoles, 17 de febrero de 2021

MI OVNI DE LA PERESTROIKA

 

Mi ovni de la Perestroika

Daniel Utrilla

Libros del K.O.

Madrid, 2021

644 páginas

 


Daniel Utrilla (Madrid, 1976) ha creado un poliedro y lo ha echado a rodar. Con esta metáfora podríamos resumir la estructura de este libro, que se nos presenta como una crónica de viajes y resulta ser, sobre todo, una crónica de la memoria, la personal, desde luego, pero también la colectiva. En el año 1989 se avista un ovni en una ciudad rusa y ese es el motivo que empuja al poliedro a ponerse en marcha. Utrilla va haciendo crecer cada una de las caras de todo lo que va surgiendo, y sugiriendo, este encuentro con extraterrestres: la memoria personal de lo fantástico, en la que aparece siempre la novela Alfanhuí y en ocasiones la obra de Nabokov, al margen de un buen puñado de películas sobre extraterrestres, entre las que destacan los títulos de Steven Spielberg; la evolución de un país que está en plena transformación, esa Unión Soviética a punto de dejar de existir para dar paso a una serie de naciones, entre las que destacará la nueva Rusia; todo lo que ha surgido como cultura, o como subcultura o contracultura o cultura sumergida, acerca de los fenómenos de avistamientos extraterrestres, desde las influencias religiosas a las referencias en antiguas sociedades, pasando, claro está, por la actualidad o lo que fue actualidad en programas divulgativos de televisión y radio, y en revistas sobre fenómenos paranormales; la descripción de los lugares, como esas visitas que hace a la ciudad donde tuvo lugar el avistamiento, Vorónezh, a 500 kilómetros de Moscú, otro lugar lleno de estatuas que representan lo que pretendió ser una sociedad; la literatura rusa, con Tolstói a la cabeza y con obras señaladísimas, como la sátira Chevengur, de Plátonov; la evolución de las formas de conocimiento de primera mano, que no evitan recurrir a Youtube, por ejemplo, e incluso a la web de citas Tinder para encontrar una Cicerone en un lugar desconocido, y que reflejan el tiempo en que vivimos. Pero, por encima de todo, se impone el retrato de un año, 1989.

Utrilla escribe con mucho entusiasmo y el libro va resultando diletante, a veces incluso nos podemos preguntar si el énfasis en ciertas crónicas dentro de la crónica no responde a un aliento aleatorio. Sin embargo, no podemos evitar emocionarnos cuando nos habla de la caída del muro de Berlín con una intensidad semejante a cuando nos menciona el estreno de Amanece, que no es poco o la muerte de Fernando Martín. Nos lleva a los programas infantiles que entonces se imponían, y nos refiere las sensaciones que todos estos acontecimientos le sugerían a un crío de doce años, a un púber, a quien abandona la edad de la inocencia. ¿Se corresponde ese momento al mismo de las últimas apariciones de ovnis, que tan populares fueron en los setenta o los ochenta? Seguramente. La credulidad no será la misma con trece años que con doce, como no es la misma para el planeta antes y después de la expansión de internet y la recreación de efectos especiales CGI. Utrilla busca el mundo perdido y lo reconoce en los pasos y en la memoria:

“-Me atrae mucho el tema, pero -como me pasa con Rusia- me atrae desde el punto de vista estético. Me atrae la mitología que hay detrás, la sociología, me interesan las formas de los platillos, me interesa E.T. Casi te diría que el ufólogo me interesa casi más que los ufo, porque son los terrícolas a través de los cuales puedes tocar los ovnis. Son como médiums. Me gusta mucho el hombre emparanoiado.”

Uno se pregunta, leyendo este libro, si no sería posible hacer una lista de obras maestras de la paranoia, cómo de serios son los trastornos delirantes y si nos ayudan a vivir: ¿Alfanhuí? ¿Ada o el ardor? ¿Amanece, que no es poco? ¿El muro de Berlín? ¿La Perestroika? ¿Los mundos de Yupi? ¿Cuarto Milenio? ¿Los ovnis y el Yeti?

 

jueves, 9 de julio de 2020

LOS SÓTANOS DEL MUNDO


Los sótanos del mundo
Ander Izagirre
Libros del K.O.
Madrid, 2020
406 páginas


Una de las grandes necesidades humanas por las que se crearon los mitos, es poder desmitificar. El hombre es un heredero del primo del mono al que le encanta la fantasía, y eso implica, en su límite, elevar a la gloria a quien sea y a lo que sea, y, a cambio, desea poner en evidencia las fantasías de los demás. Se trata de un trabajo de baja estofa en el que se ejecuta un exorcismo de odios y de miedos, si es que unos no son hermanos gemelos de los otros. Viajar sigue siendo un gran mito contra el que nadie se ha atrevido a entonar cantos de censura. Uno de los mejores propósitos de los viajes es, a su vez, el de mantener y subir de volumen los demás mitos, las creaciones algo etnográficas y algo aventureras. En realidad, esos viajes son experiencias hacia las exageraciones: es imposible encontrar una cumbre más alta, un viento más helado, un clima más abrasador. Es imposible que la supervivencia sea una expresión más potente de lo testarudos que podemos llegar a ser. Y esa testarudez está vinculada, también, a los deseos de mitificar y a los de poner en evidencia. Al final, enfrentamos una dualidad ante la que deberíamos guardar la mejor distancia, ser constantes y ser espectadores. De eso trata el trabajo del cronista, de contemplar a la vez el mundo dual.
“El centro de Ushuaia es una parrilla de calles en pendiente, plagadas de edificios de madera, hoteles, restaurantes, discotecas, centros comerciales y agencias especializadas en turismo aventuroide. Hace solo cien años, en este mismo lugar recolectaban mejillones los últimos habitantes de una tribu neolítica. Pero el aliento de los fantasmas se disuelve muy rápido”.
El contraste como estrategia narrativa, para diseñar una forma de compartir la experiencia, ha sido siempre uno de los puntos fuertes de la literatura de Ander Izagirre (Donostia, 1976), como demuestra el párrafo anterior, que mitifica y desmitifica, sin aspereza, uno de los extremos del mundo. Libros del K.O. recupera Los sótanos del mundo, el que fuera el libro insignia de un joven periodista, enamorado del ciclismo, con una facilidad para el relato de viajes que sigue sorprendiendo. De hecho, al leerlo varios años más tarde la intención de Izagirre resulta más ensordecedora, descorazona mucho más: si antes nos hablaba de lo raro que puede ser el mundo, hoy nos lleva a un mundo que ya no existe. El viaje no es por un planeta rendido al Instagram, por un territorio saturado de redes Wi-Fi, con una dependencia absoluta de las redes sociales, del Smartphone y de cualquier ciberexperiencia. La crónica, a pesar de lo arriesgado del viaje que emprende, se nos hace familiar en el mejor sentido del término: nuestro igual, una buena compañía, un territorio en el que las emociones no se despegan de la piel.
Izagirre pasea por varios rincones del planeta buscando los puntos más bajos respecto al nivel del mar. Y se va encontrando con demonios del presente, del olvido y de la historia. De todos ellos nos habla con un espíritu didáctico en el que la literatura está al margen del espectáculo de la palabra; de hecho, la palabra está en función del relato. Se trata de unas crónicas limpísimas en las que mientras viajamos al Valle de la Muerte, al Mar Muerto, a la Laguna del Carbón, al lago Eyre, al mar Caspio o al lago Asal, mientras se nos expone la extrañeza de cada continente, se mira hacia las sensaciones del viajero, ese que va reconociendo en cada punto lo peculiar de la vida. Y al mismo tiempo se construye un mecano, y al igual que se construyen los mecanos, con la sensación de estar participando de un juego, en el que la globalización aparece como una nueva forma de explotación, en el que los episodios que construyeron el territorio son películas que contienen acción, drama y comedia. El centro de interés es la dificultad de respirar, algo que va resultando cada vez más complicado porque se impone una colonización sin colonos. Hasta cierto punto, la nostalgia de la colonización por parte de las metrópolis complementa la nostalgia por el tiempo anterior a la colonización. Pero Izagirre plantea, no resuelve, y se queda con los beneficios del viaje, con la naturaleza, el contacto humano, el paisaje o la respiración. Todo lo que se puede recuperar si al partir nos olvidamos el teléfono en casa.

Fuente: La línea del horizonte

domingo, 22 de marzo de 2020

UN DÍA MÁS EN LA MUERTE DE ESTADOS UNIDOS


Un día más en la muerte de Estados Unidos
Gary Younge
Traducción de María Luisa rodríguez Tapia
Libros del K.O.
Madrid, 2020
360 páginas

“Por lo demás, es como si cada muerte se hubiera producido en un aislamiento impotente y desesperado: una tragedia privada y separada en cada caso”. Así lo expresa Gary Younge (Hertfordshire, 1969) en el epílogo de un libro que es mucho más que una crónica sobre las muertes de niños y jóvenes en Estados Unidos. Younge parte de un día cogido al azar y destroza, con una pasión sin violencia, con un pulso contemplativo, las horas que vivimos con la narración de los diez episodios de asesinatos de gente que murió mucho antes de su hora, y por armas de fuego, en Estados Unidos. Decimos narración y comentemos un error, pues en cada uno de los episodios se centra en diferentes aportaciones al estudio del terror, un terror que expone con la justa gravedad como para que podamos encararlo sin que nos derribe: en un capítulo relatará la vida previa del muchacho, mostrándonos cómo de grave es cercenarla; en otro se dirigirá hacia un estudio psicológico sobre el duelo y los habitantes de esos duelos que no deberían suceder; a continuación puede estar centrándose en estudios sociológicos, o psicosociológicos, con una intención divulgativa tan bien expresada que serviría para que en las escuelas de periodismo se supiera cómo integrar el humanismo en la crónica; más tarde nos llevará a contextos políticos, siempre que entendamos la política como la forma de gobernar la polis y las consecuencias de ésta sobre los ciudadanos. Y así jamás tendremos la sensación de que repite estrategia de contacto con el lector, pero siempre sabremos que estamos frente a un gajo del fruto del terror, pues las muertes juveniles bajo fuego en Estados Unidos superan las dos mil al año, exactamente 2.462 el año pasado.
Younge intenta evitar el debate que surge cada vez que estas se producen en masa bajo un único atacante, que es el relativo a la posesión y venta de armas. Pero su anhelo de suprimirlas se lee entre líneas constantemente: “No es posible legislar sobre el sentido común y la decencia”, terminará por afirmar. El tema le resulta inabordable, como lanzar semillas a la superficie lunar. No así los encuentros con las familias, excepto en uno de los casos, un episodio más corto, tanto como para resultar impactante por el silencio. No rehúye del contexto de raza y pobreza, pero se significa en el individuo, en la impresión de que cada tragedia es única e individual, en la dimensión del hombre y no en la de las estadísticas. Estremece la falta de objeto y de fin que tienen estas muertes sin enemigo, en una guerra “de la que confiaban en mantener a salvo (a sus hijos), gracias a la suerte, la sensatez la disciplina y la prudencia”. Se tratará de una guerra en la que carecemos de compañeros, de tribu, de gente que pueda compartir con nosotros el dolor, una guerra que se libra a solas, que nos remite al espanto de la soledad. Y el estudio de la soledad pertenece al ámbito de la psiquiatría, la psicología, la sociología, la antropología, la filosofía, la historia, la filología y, ¿por qué no?, el periodismo. Con toda esa carga Younge nos ofrece un proyecto cuyo triunfo no deja de ser una derrota de la humanidad: “La gente tiene que asumir su responsabilidad personal por lo que hace y vivir con las consecuencias. Pero las sociedades deben asumir la responsabilidad colectiva de lo que hacen y vivir con las consecuencias también”. Y él, que se ha criado en Inglaterra, donde la sociedad todavía valora el bien común, donde se protege a la gente, ha vivido mucho en Estados Unidos, donde se ha propagado, hasta empapar las mentes a conciencia, que el bienestar de la sociedad surgirá del triunfo del individuo, sin mirar las cabezas que debemos pisar, los cadáveres que dejaremos a un lado en la cuneta.
“Durante la mayor parte del tiempo, la distancia cultural de la que disfrutaba siendo británico me sirvió como un barniz que me otorgaba una mezcla de invencibilidad e invisibilidad. No me sentía participante, sino espectador.Sin embargo, en algún punto del proceso, empecé a sentirme involucrado.”
No es fácil mantener la distancia cuando se habla del niño al que le disparó a bocajarro el padre de su hermano, del adolescente caído mientras paseaba por la calle, del que murió por un descuido de su amiga y la indolencia del padre de la amiga. Younge consigue que veamos reflejado el rumbo de nuestro planeta, de una parte de nuestro planeta que nos sería ajena, tanto como una serie de televisión, de no ser por la humanidad que contiene este libro incatalogable: como crónica es un ensayo, como relato es una novela coral, como literatura es ciudadanía, algo de lo que estamos muy necesitados.

miércoles, 29 de enero de 2020

LADY TYGER


Lady Tyger
Silvia Cruz Lapeña
Libros del K.O.
Madrid, 2020
101 páginas

Hija de la escasez, Lady Tyger, sobrenombre con el que Marian quiso darse a conocer en los cuadriláteros, representa la resiliencia social en todos los aspectos: en una época en la que el machismo se imponía al racismo, ella padecía ambos. Su objetivo era poder boxear, así, sin más, sólo competir como hacen los hombres y, ya en los años setenta del siglo pasado, también los hombres de color, Mohamed Ali o George Foreman. Viene de un mundo en el que es frecuente caer en la delincuencia y en el que algunos, como ella, ven en el boxeo la posibilidad de un trabajo honrado y de ser alguien. Jamás llegaría a tener gran nombre en el deporte y su lucha fraguó muchos años más tarde, cuando ella ya llevaba décadas retirada. La mujer que nos presenta Silvia Cruz Lapeña (Barcelona, 1978) vincula su biografía al movimiento de liberación de la mujer, de esas mujeres que, a mayores, lo único que tienen es el cuerpo, ni siquiera el color de la piel. “Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro en una ocasión, cuando era pobre”, dirá, por esa época, Larry Holmes, campeón de los pesos pesados.
Este perfil de perdedora, de digna perdedora, está escrito con muy buen oficio, y contiene, también, una carga de profundidad política: estamos en un Nueva York que ya es el centro del mundo, un resumen de la sociedad contemporánea, y contemplamos cómo se rige, cuáles son los principios que hacen de la polis un lugar de encuentro fracasado. Que Lady Tyger se pase la vida librando batallas, hasta llegar a la huelga de hambre, por conseguir una mera licencia federativa, habla de lo mucho que deja de desear la apertura social. Las leyes, efectivamente, no son iguales para todos. Pero la autora no sólo se centra en las batallas, sino también intenta rellenar ese deleznable hueco que hallamos en la historia: ¿quién las narró? Por entonces, nadie. Por el contrario, la carrera de Mohamed Ali, el anti-Lady Tyger, ha sido repetida y su ejemplo recomendadísimo. En buena medida, aparece aquí y allá en el libro para mostrar la divergencia, para mostrar que el sexismo es una inercia más difícil de superar que los complejos de raza.
Con este volumen Libros del K.O. da el pistoletazo de salida a una colección de perfiles largos, o biografías cortas, sobre personajes contradictorios, sobre aquellos que se ocultaron tras el volumen sonoro de los que ocuparon tanto espacio. Pero sin ellos, sin los conflictos humanos y sociales que van reflejando, nuestra condición humana sería mucho más pobre.

sábado, 8 de diciembre de 2018

CULTURAMAS 2018

Estos son los mejores libros de viajes, crónicas y aventuras reseñados en la sección de Culturamas 'viajes y libros' durante el 2018:

Estos son nuestros libros favoritos de 2018:

El complot de las damas muertas

Jessa Crispin

Traducción de Elvira Herrero Fontalba
Alpha Decay
Barcelona, 2018
280 páginas
Divergente, inteligente, con una capacidad insólita para reírse de sí misma, este autorretrato es la obra de alguien con la salud mental lo bastante bien amueblada como para saber que tiene que salir distinta de la experiencia. Un libro magnífico sobre la neurosis.

Carreteras azules

William Least Heat-Moon

Traducción de Gemma Deza Guil
Capitán Swing
Madrid, 2018
615 páginas
El relato es narración pura. Y las dudas siguen y seguirán quedando en el aire. Porque este viaje, que leemos casi de una sentada a pesar de las seiscientas páginas, pretende responder a la pregunta de si tiene sentido intentar darle sentido a lo que sencillamente es. Así pues, se puede ser existencialista y a la vez formar parte de la gente normal, no escribir para tratar de transformar el mundo. Ese es el gran mérito de esta obra. Y es mucho.

El ladrón de recuerdos

Michael Jacobs

Traducción de Martín Schifino
La línea del horizonte
Madrid, 2018
273 páginas
Al final, todo es memoria o, como dice Jacobs, el miedo a perder los recuerdos. Ese miedo le lleva a escribir un libro de viajes que nos hace sentir doble envidia durante la lectura: por la experiencia que vive y por su logro literario.

Campo visual

Kathleen Jamie

Traducción de Pilar Vázquez
Volcano
Madrid, 2018
232 páginas
Aunque sea paseando por islas remotas, a veces abandonadas, por lugares viejos donde hasta el romanticismo caducó hace tiempo. Pero si nos hablara del tiempo, nos estaría hablando del destino. Jamie tiene la cortesía de no molestarnos con esos temas. Aquí no está el cáncer ni las infecciones. Están los buenos sentimientos.

Hasta la frontera de mi sueño

Ricardo Martínez Llorca

El Desvelo
Santander, 2018
170 páginas
Martínez Llorca es un escritor que no se atiene a corrientes, que no cree en los géneros, que va por libre, como iba por libre Henri Rousseau en pintura, al margen de las corrientes impresionistas, expresionistas o fauvistas. Es un escritor que convoca todo lo que es en cada frase y nos regala obras de peso, capaz de llevarnos casi hasta las lágrimas, como en Luz en las grietas o en Tan alto el silencio, y de engañarnos con una imaginación de una madurez sólida y versátil en Hijos de Caín o Después de la nieve. Es, posiblemente, uno de los cuatro o cinco mejores escritores de su generación. Y aquí vuelve a demostrarlo.

Secuestrado

Robert Louis Stevenson

Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba
Barcelona, 2018
285 páginas
Todos hemos lamentado los tiempos duros, cuando la pureza campaba a sus anchas porque no había escollos vulgares que salvar. Pero lo hemos hecho de la manera en que lo representa Stevenson en boca de Balfour: a través de un relato que se parece tanto como somos capaces de reconstruir con la memoria. Lo que hace de Stevenson un autor tan grande es esa empatía a través de la imaginación. De nuevo nos llega otro libro para nuestra biblioteca particular de ineludibles. Una de las mejores novelas de la historia.

La casa de los lamentos

Helen Garner

Traducción de Alba Ballesta
Libros del K.O.
Madrid, 2018
300 páginas
Aunque la conclusión, como la de todo tipo de fracaso, pasa, a su juicio, por un defecto de pensamiento, por un abandono de humanidad, del recuerdo del esplendor en la hierba y toda la belleza que nos ha legado, algo que ella ha reclamado a lo largo de toda su obra: “¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”.

lunes, 12 de noviembre de 2018

GARNER


“Ay, Dios, que sea un accidente.”
La frase la suelta, sin rubor, Helen Garner (Geelong, Australia, 1942) al principio de su obra maestra La casa de los suspiros. La situación es muy comprometida y se propone llegar con la crónica allí donde no pueden llegar los tribunales ni el sistema al que están sometidos. La misión de los miembros del jurado será tomar una decisión ateniéndose a las pruebas, sin que les deba importar las consecuencias para el reo. La de Helen Garner es una disquisición ética, pues en ningún momento, y en contra de lo que cree la mayoría, acepta que un padre haya asesinado a sus tres hijos. La situación es comprometida: un coche que se hunde en una balsa de agua de siete metros de profundidad, por la noche, y del que consigue escapar el padre, abandonando a sus hijos a la suerte de las aguas. Se supone que el periodista debería ser imparcial, pero una mujer como Helen Garner, que siempre se ha identificado con los miserables, con los humillados y ofendidos, quiere poner su deseo muy por delante de la realidad, si es que las pruebas son la realidad. Al fin y al cabo, cuando escribe el libro ha cumplido sesenta años hace un tiempo y se ha asegurado, a lo largo de su carrera, de tener bien amortizada la credibilidad, incluida la del cronista. El desafío de la objetividad ha quedado al margen, como una experiencia innecesaria, como un trámite absurdo. Lo que importa es que el relato contenga un trozo de vida, por mucho malestar que eso le provoque, y que provoque también al lector. La vejez le está sentando bien, colocando arrugas minúsculas en un rostro de labios finos que sabe sonreír con la inocencia de un niño el día de su primera comunión.
Durante mucho tiempo seguirá el caso en los medios y en los juzgados, presentándose, con rigor, hasta el fallo del tribunal de apelación. “Con frecuencia, durante los siete años siguientes, me arrepentiría de no haberles rezado aquel día y haber seguido mi camino”. Pero el miedo confeso es demasiado extenso, es un miedo a la tristeza, tal vez el miedo más arrogante y oxidado al que nos enfrentamos cada día. La sensación que tenemos al leer esta larga crónica es que Garner siempre tiene presente, en su imaginación y en su memoria, la Oda a la inmortalidad de William Wordsworth: Aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la yerba, / de la gloria en las flores, / no debemos afligirnos / porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo…
En un momento en que un miembro del jurado decide abandonar su función, confiesa que sintió pena por él: “Desde su anhelo del factor humano, limitado como estaba a la más restringida versión de las pruebas, debió de sentirse superado por la curiosidad. Como sus compañeros, como nosotras, se esforzaba por construir una identidad y un lugar significativo para cada persona implicada en la misteriosa trama de la historia”. Será ese “factor humano” lo que la lleve a seguir con ansia, sobre todo, las intervenciones del abogado defensor, un auténtico gato panza arriba, un hombre que debe olvidarse de cualquier esplendor en la hierba para intentar forjar un futuro alejado de la cadena perpetua a su cliente. Alguien que, como ella, se cuestiona el sistema jurídico, que es tanto como cuestionarse la justicia de esta sociedad que hemos construido, tan llena de deformaciones, tan irreal si uno es capaz de saltarse las normas de la conciencia, que son una imposición de reglas de convivencia, con frecuencia carentes de moral.
Apela Garner a la empatía, una y otra vez, frente a la contundencia de las pruebas y los testimonios. Construye un libro sobre las emociones, en el que a ella solo le cabe especular, en el que confiesa que le faltan demasiadas piezas y no comprende que quienes se sientan en los distintos banquillos del jurado no sientan idéntica agitación: “me embargaba un sentimiento para el que no tenía nombre, aunque, por extraño que parezca, se parecía a la vergüenza”, llega a pensar tras un intercambio de opiniones con la joven que la acompaña a lo largo del primer juicio. Su compañera está convencida de que desde el primer día los periodistas, también al servicio del sistema, tomaron partido, de que no es necesario el juicio, pues ya están servidos los inamovibles prejuicios: “Tienen que trabajar muy rápido”, la responde, “quizás por eso toman partido tan pronto. Nosotras somos diletantes. Tenemos tiempo para darle vueltas”. Y de nuevo nos enfrentamos a lo más horrible de nosotros mismos, que es el exceso de esa conciencia social, y de estar hechos de tiempo, una materia deleznable.
“Tranquilízate”. Se repite en alguna ocasión, y luego necesita poner las cosas en orden, saber cuál es su sitio para no caer en la tentación de la derrota, pues ese es el tema del libro: “Yo no era miembro del jurado. No había hecho ningún juramento. Solo era una observadora. Nadie me iba a pedir que alterase mi vida. Si estar ahí sentada se volvía insoportable, podía guardar el cuaderno y el bolígrafo, dirigirme a la puerta y regresar corriendo al mundo exterior, donde era primavera, donde brillaba el sol y ya despuntaban las pálidas hojitas verdes de los plátanos de Lonsdale Street”. La situación la lleva a preguntarse por los sueños que deben tener cada uno de los que participan en activo en el juicio. Si a ella se los están robando, no concibe cómo son capaces de dormir. Aunque la conclusión, como la de todo tipo de fracaso, pasa, a su entender, por un defecto de pensamiento, por un abandono de humanidad, del recuerdo del esplendor en la hierba y toda la belleza que nos ha legado, algo que ella ha reclamado a lo largo de toda su obra: “¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”.
De hecho, mientras que en La casa de los lamentos nos habla del interés que despierta en su sensibilidad unos desconocidos, en su novela La habitación de invitados traslada la exploración sobre el alma a sus vínculos con su mejor amiga. Se trata de una novela breve con disparos autobiográficos, en la que la narradora, anciana, recibe en su casa a otra mujer, durante un periodo largo en el que se someterá a un tratamiento alternativo para superar un cáncer. Se ha hablado de cómo define los límites del cariño, de la presencia de la lealtad e incluso de las posibilidades que tiene arruinar una relación elegida por ambas mujeres, ya maduras. Pero el verdadero asunto del libro es la definición de la amistad. Y lo resuelve de una forma muy explícita: por nuestro mejor amigo seríamos capaces de darlo todo, incluida nuestra propia vida, excepto una sola cosa: la vida de nuestro mejor amigo. ¿Existe un tema más digno de la confianza de la humanidad? Sospechamos que no. En este caso, como ha hecho desde su primera novela, Monkey Grip, adapta sus impresiones sobre la gente que le rodea a la escena de ficción. Una estrategia que todo escritor incorpora, en la que la tensión entre la realidad y la ficción será la que haga de cada secuencia un lugar creíble, una habitación de invitados para el lector.
Los temas de sus escritos, tanto los de teatro como los de crónicas, levantan la piel casi sin quererlo. Revela que habló sobre educación sexual con adolescentes a principios de los años setenta, sin ocultar palabras, algo que supuso su despido. Pero también se destapa como gran cronista cuando trata sobre escándalos de acoso, también sexual, en la universidad. Se adelantó a películas como La vida de Adéle para tratar la tensión a que estamos sometidos, con gracia, y que tapó la conciencia de pecado universal con una hoja de parra, en un tiempo en que todavía el hombre no sabía que el dedo gordo servía para construir armas y herramientas. Es posible que su educación juvenil, cuando consiguió salir de un hogar sin muchos libros ni mucha conversación, en una vida comunitaria propia de los universitarios de finales de los sesenta, la liberara de cortapisas y su proyecto vital haya consistido en mantenerse en esa frecuencia. La literatura ha sido un instrumento, pues jamás ha ocultado quién era la persona que estaba tras el negro sobre blanco y, de hecho, considera que la mejor fuente para su literatura son sus diarios. A través de ellos consigue darle sentido a lo que sucede, y también que lo que piensa en mitad de la noche sea soportable. Luego recoge fragmentos y escribe intentando hacer que un patchwork parezca una obra consistente, razonable, única.
La periodista australiana Kate Legge ha dicho algo así como que Garner es una de esas escasas personas preparadas para revelar cosas demasiado íntimas, del tipo de asuntos que consideramos vergonzosos, cosas sobre las que la mayoría de nosotros no nos atreveríamos ni a toser un monosílabo si nos apuntaran con un arma en la cabeza. Garner ha escrito sobre educación, feminismo, amor, duelo, dolor, vejez, enfermedad, asesinato, traición, drogas, bipolaridad y moral, estos dos temas unidos en representaciones del bien y el mal. Como Hanna Arendt, parece pensar que el mal es intrínseco a ciertos individuos y está presente, casi por naturaleza, entre nosotros. Cualquier otro escritor se habría escondido más de lo que hace ella, se habría justificado aduciendo licencias literarias y los márgenes de la ficción. Ella, sin embargo, entrega sus manuscritos para que los lean las personas representadas, aunque oculte su nombre, antes de publicarlos. Y ahí están sus amigos y conocidos, camuflados, hablando sobre el deseo sexual y los traumas familiares, sobre el deseo y la estrechez que supone la conciencia de que la familia debe ser la propia de un anuncio de margarina. Entre su Geelong natal, un pueblo donde las calles eran de arena y no circulaban coches y donde se crio en el seno de una familia luterana, y la Melbourne de adopción, ha sido suficiente territorio como para entender todo lo que circula por el planeta. Y sobre el planeta ese sinsentido que es el comportamiento humano, tantas veces acobardado, dispuesto a actuar bajo la única premisa de lo que es más fácil. Por ese motivo tiende a identificarse con los supuestos malvados de las historias, porque desconoce la materia de la que estamos hechos y se pregunta hasta dónde somos capaces de llegar bajo presión extrema. Algo que el mundo sirve en bandeja todas las mañanas, al sonar el despertador y abandonar el confort de la noche.
“Estoy interesada en gente aparentemente normal que, de repente, chasca y hace cosas realmente horribles”, ha confesado Garner, “pero que son una versión explosiva de las fantasías secretas de la gente ordinaria en momentos de gran estrés. Estoy interesada en la gente cuya autorepresión de pronto deja de funcionar”. Para a continuación explicar que, si se implica tanto, y así se reconoce dentro de sus textos, es por el intento de llevar la historia hacia ella, de darle su atención completa, tanto humana como psicológica, de respetar la integridad, la dignidad y el valor de las personas que participan del relato. “Hay formas de trasladar estos asuntos al papel sin caer en lo repulsivo y sentimental”, comenta, “las mismas que uno lee en la basura pulp”. Y luego habla sobre los miedos de los lectores a leer párrafos que les impacten, antes de dedicar su tiempo a otras de sus aficiones de mujer retirada: la jardinería o los partidos de cricket de su nieto. A sus setenta y cinco años cree haber olvidado cómo se escribe ficción, pero escribir es lo único que reconoce saber hacer bien. Es capaz de extraer una gran historia de un poco de casi nada, se sentirse como el gato que atrapó el canario, que es lo que confiesa que perseguía.
“Un lector de no ficción cuenta con que te mantengas fiel al mismo mundo real que habitan físicamente lector y escritor. En tanto que escritor de no ficción tienes, además, un contrato implícito con el tema y con la gente sobre la que escribes: debes encontrar un equilibrio honroso entre tacto y sinceridad”, dicta, para a continuación confesar los límites que, a su vez, siente el escritor a la hora de respetar ese pacto, marcados por la confesión de lo que no conoces y no ha sido capaz de averiguar. Y entonces saca a la luz su admiración por el documentalista Claude Lanzmann, el autor de la monumental Shoah: “No hay en el mundo nadie con menos ganas de decir la última palabra”. “La curiosidad es un músculo, la paciencia es un músculo”, y así revierte las supuestas intenciones del periodismo: la inmediatez y los lugares comunes. La no ficción de Garner es reflexiva y, por tanto, universal. Habla con gente que no se cree que alguien esté interesado en contar su historia, y así le van narrando más de lo que quieren que se sepa. Quizá consigue que, como los muchachos a los que dio clases durante seis años, la gente se desprenda de sus miedos. No hay nada de perverso en una pregunta tonta ni en responder a las cuestiones infantiles. “El que documenta no será perdonado”, escribe en su artículo Un álbum de recortes, uno de los incluidos en Historias reales, donde mejor descubrimos quién es Helen Garner, “soportado, sí; tolerado, aguantado, sobrellevado y aun así amado; pero no perdonado”. Pues para ella no es posible ser agradable si se es artista, dado que quien se dedica a tareas que suponen escrutar e intentar que alguna definición sana cuelgue del mundo puede ser muchas cosas, pero no está en condiciones de mostrarse agradable, no es una presencia cómoda para los demás. Denuncia el mal que supone tener los sentidos más desarrollados y afirma que lo agradable es no prestar atención, que los mansos ya dominan la Tierra.
De ahí su intención de hallar algo bueno en los supuestos canallas, o los calificados como canallas bajo el prisma de la conciencia y sus prejuicios. Garner se propone darle la vuelta al aforismo de Sartre, ese que dictaba que el infierno son los otros. Lo complejo es desenvolverse en un territorio, el de la escritura, que no ayuda a ser extrovertido. Los escritores, como dijo Joan Didion, son nerviosos organizadores solitarios: “Cuando los meten en un grupo con tres desconocidos al azar y lo llaman mesa redonda, después les dan un tema y les piden que lo debatan en público, les sale una suerte de extraña coraza térmica o cortina de humo”. De hecho, considera que cuando uno supera la crisis de la mediana edad, si acude a la literatura es en busca de sabiduría, entendiendo por sabiduría lo que se encuentra en el Antiguo Testamento: una conversación sin amargura. De esta manera, en constante transformación, reconociendo las etapas de la vida y del amor, si es que se tratara de etapas distintas, su vida laboral a lo que más se asemeja es a un ejercicio de surf, a “una serie de deslizamientos laterales, de adaptaciones más que ambiciones”. Aunque ya se sabe que uno puede ser un gran lector de la vida de los demás, pero le resulta complicado atinar en la propia. Y cuando lo logra, los resultados pueden ser casi una guerra entre las distintas células de su cuerpo. Cuando lo logra reconoce lo peor de sí mismo y de quienes supuestamente le deberían haber querido. Ese es el fracaso de las psicoterapias, que ella ha practicado despacio, a base de proyecciones sobre las personas de las que ha escrito. Garner se saca a sí misma para que le dé el aire en cada proyecto. Y a los setenta y pico años ya no caben las maldiciones ni las deudas pendientes. Su vida, al menos la literaria, o su viaje a Ítaca, está terminando con sosiego, la única forma de sabiduría palpable.