La
tormenta
Cynan
Jones
Traducción
de Matías Battiston
Chai
Madrid,
2026
162
páginas
Somos
unos cuantos kilos de carne que con un poco de suerte vivirán alguna dulzura
entre tantas tinieblas. Al parecer, retratar las tinieblas es el objetivo de
buena parte de la producción artística y literaria, y esta obra, esta
recopilación de seis cuentos, entra de lleno en el asunto, sin esconderse, sin
mostrar la grieta entre las nubes por la que asome el rayo de sol. La
tormenta es un libro en el que se aúna al miedo una extraña tristeza, entre
otras razones porque nos coloca frente a lo que puede ser la realidad de una
vida a la que estamos más acostumbrada a conocer por términos líricos, e
incluso nostálgicos. Los cuentos de Cynan Jones (Gales, 1975) están ambientados
en la naturaleza o el entorno rural, en los lugares donde los edificios y el
asfalto no imponen su envergadura ni su color. Y lo que nos encontramos es con
cuadros de Constable donde las nubes y el viento, y los senderos y las bestias,
se tornan malas compañías, incomodidad, aprensión y motivos parar cargarse de
ansiedad.
En
realidad, Jones muestra poco, es parcial, lo cual viene a significar tanto como
que es sincero. Su misión no es reflejar todo, sino intrigar, y para ello debe
imaginar los minutos concretos, la atmósfera parcial. En cada cuento,
acompañamos a un único protagonista, del que tampoco sabremos demasiado, del
que apenas se nos descubrirá los suficiente como para entender el relato, el
momento del relato. Es posible que intervenga algún otro personaje, pero el
protagonista es único y solitario, como son solitarios los personajes de muchos
cuentos de Jack London. Solo que aquí no hay aventura, porque la intención es,
más bien, mostrarnos la posible vida en otro lugar, con lo que los cuentos
están dotados de un incómodo costumbrismo. En ese lugar, al que nos lleva
Jones, la atmósfera está cargada de una luz monótona, gris, la que corresponde
al lenguaje sencillo, voluntariamente limitado, del que se vale el autor. En
cualquier caso, es un lenguaje suficiente como para crear lo que a él más le
interesa, que son imágenes inquietantes en la mente del lector.
Flota
en el lugar algo que es más fuerte que la voluntad humana, algo que hace que
los personajes sean muñecos afrontando la rutina y lo excepcional solo con sus
fuerzas, que no son muchas. Se impone cierta tentación a pensar que nos está
mostrando el terreno opuesto al lirismo, dado que las emociones no son amables,
pero el lirismo también sirve para esto, para caminar entre el miedo y la
dureza, para expresar lo crudo, para inquietar. Una inquietud que se incrementa
por la falta de comunicación entre la gente, pues no es posible comunicarse con
quien no existe o existe, pero muy poco. De hecho, sabemos que es un lugar con
múltiples vidas gracias a que alguien se ha molestado en hacer una recopilación
de los cuentos, dado que si solo leyéramos uno, nos quedaríamos con la soledad
en la tormenta. Pero es la suma lo que da una buena entidad al libro, lo que
crea mundo, lo que nos descubre una parcela de mundo que no sabemos si
realmente nos apetecía conocer. Esta última frase pretende ser más un elogio
que un reproche: un buen lector no se arredra ante lo que puede inquietar, y
mucho menos si el origen de la inquietud viene de lo real, de algo que podría
estar conviviendo con nosotros, aunque fuera en un lugar lejano de la
geografía. Es posible, y de ahí el desasosiego, que ese lugar se esté
expandiendo y amenace con colonizar el ánimo que flota en la atmósfera de
nuestro planeta. Conseguir que la amenaza sea un valor literario es algo que
uno descubre leyendo a Cynan Jones.







