domingo, 1 de febrero de 2026

EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA

 

El romance de la Vía Láctea

Lafcadio Hearn

Traducción de Emilio Jaramillo

Satori

Gijón, 2026

178 páginas

 



El mundo siempre ha tenido sus miserias y los agoreros de sus miserias. Ante ellos cabe la postura, que es la que elige Lafcadio Hearn (Santa Maura, isla de Léucade, mar Jónico, Grecia, 1850 — Tokio, 1904) en esta obra, de prestar más atención a los mirlos que a las voces que anuncian que el infierno ya está aquí. De lo que se trata es de dejarse deslumbrar cada día, y de encontrar lo hermoso allí donde otros ven lo cotidiano. Adaptado a la vida en Japón, a donde emigró con cuarenta años, Hearn no cesa de escribir desde allí, sobre la vida de allí y, al mismo tiempo, de reproducir los relatos que allí va aprendiendo. Corre cierto riesgo de caer en interpretaciones orientalistas, es cierto, pero él ignora qué diablos son esas suposiciones sobre las que escribió Edward Said. En cualquier caso, para transmitir su amor por Japón será siempre muy respetuoso.

En esta obra, El romance de la Vía Láctea, combina unos apuntes sobre la cultura y la literatura popular japonesa con alguna leyenda que ha ido recogiendo. El resultado es delicioso, tanto como para merecer esta cuidada edición que Satori ha preparado, una de las editoriales que mejor cuidan al libro en nuestro país. Es muy complicado tratar de analizar cartesianamente una obra que no está elaborada desde el razonamiento. Hearn no es ajeno al pensamiento crítico, pero elige la entrega pasional y sabe transmitir desde esas pautas. Todos podemos ir imaginando, junto a él, ese país delicado, en el que es fácil caminar, en el que los cantos de los mirlos se sobreponen a las voces de los chatarreros. Y cualquiera que lea este hermoso libro, deseará largarse a esos lugares para sentir el descanso que la lectura transmite.

Es posible que en el Japón que Hearn conoció hubiera barro, miseria, violencia, pero su elección es clara y es honesta: indicarnos que hay un camino para purificarse y que este camino está sembrado de encanto. Será este concepto, encanto, el que se imponga en la lectura, el que nos traslade, durante un buen rato, a un lugar en el que no nos importaría vivir. Y no es posible un elogio mayor que éste: el de garantizar que la obra transmite la paz que existe en algún sitio al que podemos trasladarnos.

martes, 27 de enero de 2026

GUÍA DE LUGARES QUE YA NO EXISTEN

 

Guía de lugares que ya no existen

Espido Freire

RBA

Barcelona, 2026

159 páginas

 



El asunto está en eso que comentaba un hombre con la boina calada mientras observaba la calle desde la puerta de su casa: el tiempo lo ha hecho Dios, nosotros solo hacemos las horas. Esa es la esencia de la memoria, considerar que la parte que es misterio no está bajo nuestro dominio, es divina, mágica, mientras que apenas nos queda el consuelo del relato para poder reflejarla. Estaré en el oído de quien escuche el identificar las emociones que el narrador sintió. Es a partir de esta hipótesis, la confianza en el lector, la complicidad del lector, como Espido Freire (Bilbao, 1974) escribe este libro de viajes que es, en realidad, un libro de memorias. Freire recurre a visitas de distinta motivación —trabajo, ocio, encuentros— para volver a poner en marcha las imágenes que en su memoria despiertan reuniones emocionales, de esas que terminarán por construir nuestro espacio sentimental, y relatarnos su impacto. No siempre es un viaje con desplazamiento, pues también recurre a las raíces o a las lecturas, y a veces a los desplazamientos en lugar de al destino. Pero en todos los casos, de lo que se trata es de recordar que la afectación que produjo en viaje está directamente relacionada con la afectación que provoca imaginar.

Guía de lugares que ya no existen es más memoria que testimonio: «Pensé en mis abuelos, en los cuentos de sirenas tristes y barcos fantasmas que yo les contaba a ellos, a cambio de los que me contaban a mí. Pensé en la niña que fui, que soñaba con ver ballenas blancas desde este lugar. Pensé en los ausentes. En los que no llegaron. En los que volvieron cambiados. En lo que se queda cuando uno se va». Hay que confiar mucho en el lector, en su empatía, en su propia memoria, para hablar de ausencias tal vez convencida de que sabrá a qué se refiere, porque ausencias sentidas es algo que tenemos todos.

Freire nos lleva a Damasco, a Ghana, a los países escandinavos, pero su mayor debilidad, al parecer, es la cultura británica, esa parte de la cultura británica en la que hay una elegancia que no obvia a su hermana gemela, la tristeza. Tal vez esta sea la única debilidad, la única grieta en una obra que trata de demostrar que ser de todas partes es lo mismo que no ser de ninguna, y que esto, al contrario de lo que cabría esperar, no es una maldición. Es posible que todos sepamos esto, como sabemos que el tiempo no es humano, que lo que es humano son los relojes, pero está bien que nos lo recuerden de vez en cuando. Como está bien que nos recuerden cierto espíritu romántico al que no deberíamos jamás olvidar: «en algún momento alguien vivió aquí, amó, escribió, esperó». Nos gustaría saber más sobre ese alguien. En este sentido, Guía de lugares que ya no existen es un apunte que nos puede empujar a elaborar nuestro propio diccionario sentimental, algo completo, con todos los relatos que lo configuraron.

viernes, 23 de enero de 2026

LOS HERMOSOS AÑOS DEL CASTIGO

 

Los hermosos años del castigo

Fleur Jaeggy

Traducción de Juan Bignozzi

Tusquets

Barcelona, 2026

126 páginas

 



Para constatar que el número de mundos es infinito no es necesario viajar al espacio. Basta con abrir un libro en el que su autor refleje un lugar donde la atmósfera es de una calidad que no habíamos imaginado antes que pudiera existir. Eso es lo que sucede en esta novela de Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940) que contiene mimbres para convertirse en un clásico. El planteamiento de partida es muy sencillo: a un internado de chicas llega una nueva, y la narradora se enamora de ella. A partir de ahí, de ese amor imposible en que no puede haber roces, ni siquiera verbales, Jaeggy recrea una atmósfera tóxica, pero no emponzoñada del todo: podemos respirar, pero respirar es casi el ejercicio más costoso que ejercitamos. Resulta más sencillo moverse, caminar, aunque a la obra entramos con una advertencia: si sales a caminar por los alrededores, estarás pisando la ruta en la que se suicidó Robert Walser. El siguiente escritor que la narradora de Jaeggy menciona es Baudelaire. A partir de ahí, uno puede imaginar qué es lo que le espera en esta novela corta.

«No se da cuenta de que la alegría puede volverse tétrica», llegará a comentar, pasada la mitad de la obra, y entonces es cuando uno se explica qué es lo que está leyendo. A la narradora le hubiera gustado vivir una historia de amor, pero está sumergida en una historia más bien carcelaria. De este modo, lo que debería haber sido pasión, una suma de las mejores cosas que uno puede sentir, termina por ser, en una narradora que cuenta la historia transcurridos muchos años, un recuerdo con rencor: «renunciar a las cosas bellas y temer las buenas noticias», concluirá más adelante. Pero esta conclusión nos lleva a revisitar lo que hemos leído, a preguntarnos cómo diablos han educado a estas muchachas dentro del internado, pero también fuera, unas familias cuya ausencia ensordece, atosiga.

Jaeggy construye así una novela en la que lo que nos inquieta es lo probable, que esto sea algo que haya sucedido y que quienes lo vivieron estén compartiendo con nosotros los paseos y los cafés. Nos habla de cómo pueden ser las personas silenciosas que nos rodean, con las que nos encontramos, pues el relato se centra en la propia narradora, en una persona que tiene una necesidad desnuda de explicarse, en una persona en la que se confunde lo que ha sido con lo que ha observado, y en la que se impone, como en toda buena obra con referencias a lo vivido, lo que se ha deseado. Los hermosos años del castigo sigue siendo una novela que no debemos perdernos, que debemos revisitar.

¿QUÉ ES SOCIALISMO?

 

¿Qué es socialismo?

Jack London

Traducción de Irene Sainz Oria

El Desvelo

Santander, 2026

118 páginas

 



Conviene recordar, a ser posible con frecuencia, de dónde venimos. El mundo no siempre ha sido así, digital, interconectado, diseñado de modo que nos limitemos a compartir experiencias a través de mensajes en lugar de a vivirlas. Ahora las experiencias que compartimos son los propios mensajes telemáticos. Tal vez haya menos contacto humano en la época en que más humanos hay. Pero venimos, no hace tanto, de una etapa productiva, en el sentido más literal del término: los trabajos consistían, esencialmente, en crear productos. No hace tanto la riqueza consistía en la acumulación de estos productos y el dinero que circulaba tenía que ver con el intercambio de los mismos. Ahora, básicamente hablamos de riquezas financieras, de un dinero que no existe, de algo tan ficticio como lo que elaboran los algoritmos. No parece que esto pueda dar lugar a un pensamiento romántico, pues de esto se trata aquí, en este libro de Jack London, de romanticismo, del romanticismo de un autor al que se conoce por sus cuentos y los relatos de aventura, pero que también escribió sobre la miseria, como en La gente del abismo, o desde el espíritu del realismo social, como en Martin Eden, e incluso se atrevió con contenidos más directamente políticos, como en El talón de hierro.

¿Qué es socialismo? es un libro que retrata la ideología que pertenece a una época, principios del siglo XX, a través de artículos escritos por alguien en su veintena. Hablamos, pues, de ímpetu juvenil, pero de ese tipo de ímpetu que ojalá no perdamos nunca, el que no consiente la injusticia. Jack London (San Francisco, 1876 – Glen Ellen, 1916) ha vivido junto a los más desfavorecidos, incluso como vagabundo, y ahora, conviviendo con los trabajadores, reclama una forma de gobierno mejor. Esa es, sostiene, la que puede aportar el socialismo. Detalla, llevando a lo práctico, a lo más directo, en qué consistirían las mejoras que el socialismo aportaría a los trabajadores, aterriza en la definición de la lucha de clases o se detiene a estudiar cuál es el papel real que deberían jugar los sindicatos. Él ha aprendido en la calle, que es donde se ven los estragos de los sistemas económico-sociales, las injusticias que se pueden evitar. Su idea es pasional, revolucionaria, como corresponde a la materia de la que está hecha: una fuerza humana tremenda. Su sentido del derecho es personal, su respeto por la humanidad es de una naturaleza que no deja lugar a dudas. Su intención, es explicar por qué se debe derribar la sociedad burguesa, incluida la propiedad privada que se entiende como el bien moral supremo. No soporta el patriotismo ni el darwinismo social. Y todo ello nos lo va narrando sin perder de vista a la gente sobre la que quiere hablar. El Desvelo recupera estos artículos en un proyecto que nos parece necesario, porque hay que saber de dónde venimos, cuál es el sustrato de los grandes asuntos que nos atañen. Y London sabe explicarnos a la perfección la exigencia de cambio, que a fecha de hoy sigue vigente. Las preguntas no se han modificado tanto y ¿Qué es socialismo? puede ayudarnos a abonar el terreno en el que encontrar respuestas.

jueves, 22 de enero de 2026

LA ISLA DEL TESORO

 

La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson

Traducción de Marta Salís

Alba

Barcelona, 2026

257 páginas

 



Leer una novela incontaminada sigue siendo una forma de definirse social y personalmente. Y nada contiene menos toxinas que La isla del tesoro. Ahí dentro está la pureza del álgebra que puede guardar la construcción de una novela, con su estructura que funciona como un reloj en función de la narración pura. Nada hay más balsámico que meterse en la cama a las diez de la noche con esta novela, para fomentar los sueños azules, mientras la memoria de la aventura perdura en nuestro subconsciente. Tal vez esta sea una postura ética de apariencia banal, algo de una estética egoísta, pero Stevenson nos salva de todas las formas de vanidad. En realidad, estamos frente a una experiencia que nos reconcilia con lo clandestino y la belleza de lo clandestino, pues leemos La isla del tesoro reconciliándonos con la vida: ¿cómo puede ser malo un mundo en el que vivió alguien capaz de escribir esta novela? El día siguiente amanecerá limpio, planteándonos qué lecciones morales podemos sacar de la aventura de Jim Hawkings. Hemos salido de nosotros mismos, sin dejar de estar encerrados en nuestra cabeza. Ese efecto mágico está presente en la experiencia de leer cada línea de esta obra. No exige nada al lector, que se transforma en un militante de la aventura sin levantar la voz.

Al volver a leer la novela, en esta cuidadísima edición de Alba, un libro que merece la pena acuñar, uno se da cuenta, desde la primera línea, que estamos ante un narrador hipersensible: la voz de Jim Hawkings, que jamás abandona el espacio narrativo para atender a digresiones, es la de una persona sensitiva, dotada de la intuición propia de un adolescente dispuesto a aprender a partir de todo lo que caiga en su camino. Y lo que más va cayendo son las relaciones con las personas, el descubrimiento de las diferentes naturalezas humanas. Hay idealizaciones en todos los aspectos, no solo en el positivo, como en mirada al pirata, una figura que bien podría haber sido la que representa la libertad, pero mantiene el punto exacto de codicia, de lo siniestro que cabe dentro de la codicia, como para que desconfiemos de ellos. Apenas se menciona, pero sabemos que son perdedores a la vez que victimarios. ¿De qué otra manera podría haber llegado John el Largo a ser quien es, contradictorio, noble y violento? Y luego está la búsqueda del tesoro, otro mito, que aquí no es nada más que la chispa que enciende el motor, que da pie a la aventura, a la emoción.

Y la aventura supone una modificación del protagonista. La genialidad de Stevenson es conseguir que esa modificación no sea una experiencia como la caída del caballo camino de Damasco, sino que se vaya produciendo párrafo a párrafo, pues cada acto, como no puede ser de otra manera, afecta al protagonista. Y le va haciendo madurar. De hecho, estamos frente a un personaje que sin buscarlo, sin pretenderlo, demuestra que ser valiente está al alcance de cualquiera, de ahí que se limite a relatar lo que va sucediendo, la acción a la que empuja la ambición de otros y la supervivencia consecuente. Es imposible obviar que la principal exploración de Stevenson atañe a la naturaleza humana. La confrontación entre el mundo de los piratas y el de quienes representan a la clase social integrada, pero honesta —el doctor, el capitán, el armador—, consolida un imaginario en el que caben todos los debates morales, incluido esa intuición a que nos va llevando la lectura, una intuición que dicta qué fácil es la muerte, largarse a la región donde no se cuece el pan. Y, sin embargo, lo que más contiene La isla del tesoro es vida, una cantidad infinita de lo que supone la vida si la aprendemos a vivir, si nos olvidamos de los sufrimientos y elegimos ver como una aventura la superación constante a la que nos obliga.

miércoles, 14 de enero de 2026

OBRA COMPLETA

 

Obra completa

Gilda Holst

Pre-textos

Valencia, 2025

437 páginas

 



Reiterar que somos seres con carencias, llenos de culpa, de miedos y atrapados en nuestros deseos, frente a algo que se conoce como realidad, y hacerlo sin perder la compostura es todo un arte. Esta es la intención y el temperamento que Gilda Holst (Guayaquil, 1952 – 2024) muestra a lo largo de toda su obra, que ahora recupera Pre-textos en un solo volumen. No se trata de un proyecto voluminoso, pues esta se reduce a tres libros de relatos y una novela corta, pero nos permite comprobar cuáles son las constantes en el proyecto de una autora bastante desconocida en nuestro país, y que estas constantes son vitales. Holst ama la distancia corta, en ocasiones tan corta como la del microrrelato, que es el arte del gesto, como si estuviera convencida de que al mundo se le puede retratar a base de retazos. Tal vez sea verdad, tal vez el mundo no tenga consistencia en la continuidad. Peor Holst sabe, también, que para retratar el mundo debe elegir una parte de él y convertirla en un microcosmos. Esa parte es la que mejor conoce, la ciudad donde nació, vivió y murió, Guayaquil.

Lo primero que llama la atención, cuando uno comienza la lectura, es la capacidad que tiene la autora para narrar y al mismo tiempo reflexionar acerca de la persona que narra. La voz va a ser siempre tranquila, correcta, sin alardes. Pero sí se irá permitiendo alardes de un carácter más posmoderno en lo narrativo, llegando, incluso, a las aproximaciones metaliterarias. De lo que se trata es de mantener activa la teoría del iceberg, esa que apunta que es mucho lo que no nos muestra, esa que nos sugiere, con intriga, que no estaría mal conocer lo que sucedía antes y lo que sucederá después, tras el fogonazo digno de relatar que ella ha elegido. El efecto es el de encontrarnos frente a vidas movidas, no agitadas. Hay que decir, eso sí, que estas vidas tienen lugar en un estrato social que nos atreveríamos a llamar, sin tono peyorativo, como burgués: no estamos entre gente muy adinerada, pero tampoco pisando el barro, estamos entre gente que se permite algo más que sobrevivir, pero no lo suficiente como para que sobrevivir no sea prioritario. Hay que hablar sobre lo que se conoce, parece indicarnos Holst, porque ahí está la esencia de lo que nos importa y atenaza: el miedo, la culpa, los deseos.

Esa presencia constante de lo que pesa en el alma produce un efecto bastante peculiar, que tal vez sea lo más logrado en la obra que estamos tratando: para el narrador los demás son tipos extraños, como si hubieran llegado a su vida desde un exilio, y uno se pregunta desde dónde han llegado estos exiliados. Lo que van a protagonizar es un trozo de vida, junto al narrador, que afronta la existencia como una sucesión de actos, de momentos que van encendiéndose y apagando en las existencias de los otros, ya que damos por supuesto que la propia tiene continuidad, aunque solo debido a la que da que la respiración no se detenga. El caso es que apuntar a estos apagados y encendidos se debe a tratar, tenga la edad que tenga, con gente en formación. Nadie estamos nunca cuajados del todo. Y cabe preguntarse, incluso, si nuestro entorno terminará alguna vez de cuajar. Todo esto supone un baile, que Holst resuelve con destreza narrativa, con ingenio sin destellos gratuitos, demostrando que puede ser más elegante el relato que la vida y provocando, al final de cada cuento, que nos baile alguna pregunta acerca de lo absurdo que es la vida, sobre todo, con qué grado de absurdo deberíamos catalogar la vida, si es que hubiéramos sido capaces de crear una escala para ello.


Fuente: Zenda

miércoles, 24 de diciembre de 2025

EL PATIO MALDITO

 

El patio maldito

Ivo Andrić 

Traducción de Marc Casals

Xordica

Zaragoza, 2025

388 páginas

 



Para saber en qué consiste eso de ser humano, nada mejor que encontrarse con situaciones dramáticas, situaciones que en algunas sensibilidades podrían rozar la crueldad. Lo sabe Ivo Andrić (Travnik, Bosnia, 1892 – Belgrado, Serbia, 1975), como sabe que la forma mejor en que nos afecte es la de convertirse en un narrador puro, de modo que sus creaciones, sus personajes, nos acompañen emocionalmente, como nosotros los hemos acompañado durante la lectura. Conocer a Fray Petar, por ejemplo, tendrá una intensidad que podría compararse a la que supone conocer al buen soldado Svejk o al mismísimo Alonso Quijano. Petar es un fraile que va contando con más protagonismo a medida que avanzamos en la lectura de estos relatos, hasta llegar al último, El patio maldito, que por extensión podría ser una novela corta. Pero este final, de casi cien páginas, es un regreso al espíritu de Scheherezade: en una cárcel claustrofóbica, presidida por un alcaide brutal, se encuentran unos personajes que conservan cierta inocencia, y esos encuentros darán pie a lo solidario y al regreso de la necesidad de narración propia de la infancia, y también de la infancia del hombre. Se narrarán unas historias que serían maravillosas de no ser por el realismo que contienen. Será, de hecho, este realismo el que imponga su tono a lo largo de todo el libro.

Ivo Andrić nos lleva de regreso a su tierra, a los Balcanes, y a esos periodos de conflicto en los que lo propio de la convivencia de diferentes culturas era en enfrentamiento y el mestizaje estaba mal visto. Acabamos de decir diferentes culturas, pero bien podríamos habernos significado por diferentes religiones. Hay una pequeña tentación a amonestar el belicismo entre religiones, pero lo que se va imponiendo, relato a relato, es la humanidad buena y sentimental, que acabará teniendo su mejor reflejo en nuestro fraile tan bien dotado para la narración oral y la memoria. La impresión que terminará por imponerse es que el volumen puede no tratarse de una novela, pero sí tiene una continuidad, como sucedía en esa obra maestra que se titula Un puente sobre el Drina. Entre las razones que nos llevan a considerar esa unidad está, por un lado, el territorio, fronterizo, alejado, intemporal: «y dado que la tierra es mucho más grande, fuerte y duradera que la vida humana, uno se olvida y se pierde cada vez más en ella»; y, por otra parte, también esa inmersión en los seres que se debaten entre los conflictos propios del ser humano:

«—¡Cuánto mundo he visto, Yekaterina! ¡Cuánto mundo he recorrido!

» Ni él mismo sabía si alardeaba o se estaba lamentando, así que se detuvo.»

Ese debate entre vanidad o autocompasión bien puede simbolizar la idea que tiene Ivo Andrić sobre la entereza humana o la fragilidad humana. La pregunta que aflora, constantemente, es qué les falta a estos seres que, como nosotros, están tan incompletos. Andrić se valdrá para ello de la ética en tiempos de supervivencia, de los traumas o del estrés postraumático, de la violencia, de los atolladeros por ley, de los últimos instantes de vida, del sentimiento de culpa. Nos indicará que la vida que tenemos no tiene nada que ver con la vida que merecemos, nos descubrirá los mundos ajenos, incluso los lugares donde se ofertan milagros, y los enredos cotidianos entre quienes se supone deben prodigar rezos y bondad. Llegaremos, incluso a preguntarnos de qué vale pecar cuando acompañemos a un religioso que se adentra en el monte para confesar a un bandido. Hay una vehemencia contenida en las narraciones de Andrić, muy bien contenida, porque lo que se impone es el puro relato, próximo a la oralidad, y todo el contenido de humanidad que puede haber dentro de las reacciones de cada personaje. Traer a nuestro país El patio maldito es uno de los más grandes aciertos editoriales de los últimos tiempos.


Fuente: Zenda

miércoles, 17 de diciembre de 2025

LAS MENINAS

 

Las Meninas. La habitación de los secretos

José Luis de Nó

Rialp

Madrid, 2025

321 páginas


 


Alguien enunció, hace tiempo, la frase que dicta que la vida sin pasión es menos vida. Hay una serie de pasiones que no mueven a desengaños ni a traumas: la poesía, el cine, todas las versiones del arte, todas las que tienen que ver con el mundo contemplativo. Podemos tener decepciones, pero no desengaños. Las hemos creado, porque son creación humana, para irnos haciendo conscientes de que vivir significa aprender a vivir, a disfrutar del hecho de estar vivo. Este libro que hoy tenemos entre manos, Las Meninas, es una revelación de todo esto, es un examen a la misma conciencia que nos va enseñando que la vida con pasión es más vida. José Luis de Nó (Salamanca, 1966) está enamorado de la que puede ser mejor obra pictórica de la historia, y a través de un análisis detalladísimo nos transmite ese amor. Si uno lee el índice, da la sensación de que nos iremos a un examen cartesiano que, debemos decirlo, existe, pero no es esa la impresión que va dejando la lectura del libro. Lo que el autor hace es un viaje emocional que no nos impedirá volver a quedarnos parados frente al cuadro, unas cuantas horas, con una sencilla actitud de desconcierto, de entrega y de admiración.

Se nos va a desmenuzar la obra pieza a pieza, desde una visión histórica a una filológica. En ese estudio entrará en juego todo: el recorrido histórico del cuadro, las técnicas pictóricas de época, las revelaciones que atienden a las áreas de la percepción, las restauraciones, quiénes son los personajes, la biografía de Velázquez y hasta un estudio de la moda, de las vestimentas, que nos va desvelando unas relaciones de jerarquía social. Vamos entrando a cada capítulo con una incertidumbre un tanto incómoda, esperando encontrar ahí un rigor científico que nos termine de desvelar el misterio por el cual nos sentimos tan atraídos por este cuadro. Pero ese temor se va diluyendo, porque el propio José Luis de Nó sabe, y de alguna manera nos lo traslada, que tanto estudio sobre cada componente no enturbiará el aprecio. Al fin y al cabo, lo creado por nosotros, como el mismo hecho de ser humanos con cada episodio que nos compone, es mucho más que la suma de las partes.

Uno puede afrontar este tipo de ensayos convencido de estar revelando verdades o, como prefiere hacer el autor, dignificar el estudio a través de la humanización en carne propia. Resultan gratificantes, en grado de empatía, las confesiones personales que introduce, sin apabullar, acerca de su propia biografía y su aprendizaje —en las aulas de la facultad, en sus visitas al museo, en su experiencia laboral—, pues aportan un factor de cercanía: quien nos habla es uno de nosotros, alguien de nuestro entorno. Sobre lo que nos habla, eso sí, no deja de ser un misterio, un misterio acogedor, eso sí. La mayor muestra de admiración, que es también el mayor reconocimiento de nuestras limitaciones, es la intriga por el reflejo de los reyes en el espejo. Uno puede analizar en profundidad su posibilidad cartesiana, valorar la intriga incluso haciendo desaparecer esa parte de la imagen, y hasta reproducir la composición a tamaño real, pero seguirá siendo lo inexplicable lo que nos atraiga. Es muy posible que todo sea licencia de Velázquez, es muy posible que todo lo que aquí esté apuntado estuviera en la cabeza del pintor, pero también es muy posible que, sencillamente, el inmenso talento de quien puede haber sido el mejor pintor de la historia fuera tomando decisiones por motivos que tenían que ver más con la intuición que con la matemática. Esta obra, como todo gran ensayo, lo que consigue es aportar más belleza a lo estudiado, a un cuadro que no podremos evitar volver a ver tras encontrarnos con todo el amor que aquí transmite José Luis de Nó.


Fuente: Zenda

miércoles, 10 de diciembre de 2025

LOS ÁRABES DEL MAR

 

Los árabes del mar

Jordi Esteva

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2025

547 páginas


 


En ocasiones la literatura de viajes puede construir mucha nostalgia, tanta que haría empalidecer al tipo que se comía una magdalena que le llevaba a recordar toda la infancia. Porque aquí hay un lamento por los mundos perdidos, un espíritu melancólico que el autor comparte con el lector: es posible que el viaje parezca aventura, pero la esencia es que lo que hemos visto será el agua del río que va a parar al mar que, dijo el poeta, es el morir. En algún momento de este maravilloso libro de viajes, Los árabes del mar, Jordi Esteva (Barcelona, 1951) lo enuncia, lamentando que cada día resulte más difícil la experiencia del viaje como conocimiento, porque antes «cada paisaje, cada rostro, cada personaje nuevo suponía un hallazgo», mientras que el mundo se vuelve cada vez más homogéneo: «Desaparecieron aquellos periodos en los que uno se hallaba maravillosamente incomunicado». Ya no resulta tan fácil regresar enriquecido, cambiado. Esta confesión nostálgica es, a la vez, una confesión de su anhelo, un porqué de la razón para sus viajes. La necesidad de aprendizaje late en cada párrafo de la obra, que nos recompensa, una y otra vez, con la amistad, que tal vez sea la mejor razón para seguir viviendo.

Los árabes del mar se publicó por primera vez hace casi veinte años y el rescate se estaba haciendo imprescindible para los amantes de la literatura de viajes. Esteva entra de lleno a recordarnos que todavía existen costas ignoradas y que descubrirnos que no todo el territorio de los viajes es terreno millones de veces pisado. Su inquietud le llevó a un Egipto nada turístico a finales de los años ochenta y a retomar esa misma esencia veinticinco años más tarde, acercándose a Omán y Zanzíbar. Estábamos convencidos de que el territorio de los árabes tenía más que ver con desiertos, cuando llega Esteva a hablarnos de su labor como pioneros de la navegación. Y para ello emprende este viaje a lugares que no habíamos sospechado que pudieran ser tan dignos de conocerse, aunque siga existiendo magia en el nombre de Zanzíbar. El plan del autor es de conocimiento y no encuentra otro sentido para el viaje que no sea el de vivir cada momento con los sentidos abiertos, dispuesto a reconocer qué puede aportarnos, qué es eso que no era nuestro y que estamos llevando a nuestro interior, la que será en el futuro una nueva magdalena de Proust.

Sorprende, gratamente, reconocer que hay alguien capaz de viajar sin arrastrar ningún prejuicio con él, si bolas de preso que le impidan compartir la vida que le va saliendo al paso. De ahí que el grueso del libro sea la descripción del viaje, que es diletante con lo que está sucediendo. De hecho, las digresiones las integra en el texto apuntándolas dentro de diálogos, de manera que los momentos estáticos también se convierten en aprendizaje. Esteva camina llevado por la curiosidad, pero consigue transmitir, con su buen hacer escribiendo, la impresión de que no aparenta ser curioso, de que los encuentros, con personas o paisajes, se imponen como una necesidad, la misma que lleva a destacar su debilidad por la literatura oral, por los relatos que en otro tiempo compartíamos junto al fuego y heredábamos con calma y entusiasmo. Una energía juvenil late en cada página, pero no nos desborda, sino que nos provoca cierta nostalgia, la que da pensar que si fuéramos hasta allí ya no podríamos encontrar la vida tan natural que él reconoce. Esa memoria que implica a lo que no hemos conocido, y que consigue que echemos de menos a medida que compartimos lo que él va viviendo, es uno de los mejores elogios que se pueden hacer a un libro de viajes. Este es una joya escrita por un tipo que ha sabido encontrar el equilibrio perfecto entre ser poeta y pirata, en el sentido legendario y romántico que podemos darle a ambos términos.


Fuente: Zenda