Idear
lo insólito
Mario
Pérez Antolín
Instituto
alicantino de cultura Juan Gil-Albert
Alicante,
2026
169
páginas
Reflexiones
más o menos prácticas, fórmulas más o menos concisas, resumen de doctrinas en
unas sentencias, cierto dogmatismo y un impulso a la reflexión, ampliando lo
leído. Algo así debe ser un aforismo, separándose un tanto de las máximas y los
proverbios. Que el aforismo deba ser concluyente no quiere decir que concluya
cuando termina su lectura. El objetivo es abrir una brecha y entrar en algo que
puede ser dogmático si no nos detenemos a reflexionar sobre ello, que es algo
que podría llevarnos a una conclusión diferente a la expresada. De hecho, grandes
aforistas han sido capaces de defender una idea y, unas páginas más tarde, su
contraria. Se trata de epatar un poco, de sorprender. Para ello quien escribe
aforismos debe ser alguien que cumpla una exigencia básica: escribir bien. Es
decir, guardar los buenos sonidos de las palabras mientras estas se reúnen para
crear ideas, dejándonos la impresión de haber leído un fuerte perfume. Y las
mejores ideas son esas de las que uno necesita beber para vivir dignamente.
Mario
Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1963) posee el oído y posee el ingenio. Y la
convicción de que hasta un género tan aparentemente cerrado como es el aforismo
puede estar sujeto a mestizaje. De hecho, en ocasiones buscará la aporía: «Nos
deja sin libertad no poder ser libres», o «El ideal del deseo sería absorber
sin que lo absorbido se extinga dentro de nosotros. Algo así como tragar sin digerir».
No todo lo breve y potente es aforismo, para lo cual basta citar a Ramón Gómez
de la Serna, pero puede rozarlo, orbitar alrededor del género y enriquecerlo: «Cruje
el techo de madera de mi casa, el grifo gotea, el polvo adquiere formas
extrañas… Ellos quieren comunicarse conmigo, pero no los entiendo ni cuando
gritan, ni cuando lloran, ni cuando callan».
Hay
que señalar, eso sí, que la escasa longitud del aforismo nos lleva a
pensamientos que con frecuencia son blancos o negros: «La prepotencia del todo
y la humildad de la nada. Acopio insaciable sin límite y despojamiento
inevitable hacia el cero. La desmesura frente a la falta». No importa.
Cualquier lector sabe que el mundo no se lee con maniqueísmo, que existen los
grises, lo que nos aleja de los fanáticos. En buena medida, el único fanatismo
al que parece acercarse el autor es al de la debilidad por el lenguaje, a veces
demasiado culto, rebuscado: «El acaparamiento de macrodatos indexados por rastreo
es solo el principio. La primera frase de un proyecto que pretende, en última
instancia, controlar nuestra capacidad volitiva mediante herramientas de
prognosis que nos van marcando la ruta con sistemas computacionales de
asistencia virtual teleinducida. Algo así como “te lo ofrezco, antes incluso de
que me lo pidas, porque conozco anticipadamente tus preferencias”. La magnum
opus del capitalismo.» (El subrayado es nuestro).
La
capacidad de cambio del autor, que nos lleva de las sorpresas al gesto de
humor, es uno de los puntos fuertes de esta recopilación de aforismos, que
termina sosteniendo que «La máxima cohesión se consigue entre partes heterogéneas
que se consolidan. No hay nada más compacto que la mezcla de lo distinto. El
refuerzo compatible de unidades abiertas a la pluralidad crea supercomponentes
conectados que superan las estructuras básicas del simple equilibrio». Supongo
que, a la hora de la verdad, el aforismo, como cabe concluir durante la lectura
de este volumen, debería ser fruto de ensoñaciones de caminantes solitarios, fruto
de los movimientos que se forman gracias a los momentos de solitud más lúcidos.
Como demuestra esta colección.







