miércoles, 20 de mayo de 2026

ELOGIO DE LA LITERATURA. OBRAS PARALELAS

 

Elogio de la literatura. Obras paralelas

Santiago Alba Rico

Akal

Madrid, 2026

550 páginas

 

 


Habíamos leído Nadie está seguro con un libro en las manos y Leer con niños, que nos dieron el tono con que Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) defiende la literatura y la ficción como parte de la obra que nos ayuda a crecer, cuando, para la mejor de las satisfacciones, llega esta otra entrega, Elogio de la literatura. Obras paralelas. Alba Rico vuelve a plantearse que la ficción, la autonomía de la ficción, es el mejor camino para acceder a la verdad. A tal fin, selecciona doce obras y a sus autores, elaborando una serie de parejas sorprendentes con el fin de demostrar que los clásicos no terminan nunca. De la pareja que forman Kafka y Beatrix Potter concluirá que antes de reconstruirnos, tendremos que sufrir desasosiego, pasar por lo onírico y lo distópico, por la fragilidad que nos hace sentir la violencia contemporánea. La libertad será el asunto que unifique a Tintín con Moby Dick, ese sentimiento ambiguo que nos habla de cadenas a través de la ironía o la ingenuidad. En cuando a Los dos idiotas, que es como se titula el capítulo dedicado a El idiota y El buen soldado Svejk, cabe destacar el trato con el dolor y con la juventud, aunque uno sea idiota por no encontrar su sitio en el mundo, y el otro porque el mundo es su sitio; pero con ambos nos podemos reír a cuenta del lío que han organizado los más listos. Tanto Pickwick como Don Quijote serán personajes que traten, de manera muy diferente, con la fuga, con la lucha y contra el destino, ese que han creado las instituciones que a su vez crearon los humanos y que tanto se asemeja a ruinas. Tanto el monstruo de Frankenstein como los que aparecen en El corazón es un cazador solitario, tratan con las dificultades del amor, con la soledad, con los medios cuerpos que en realidad somos. Para finalizar, hablaremos de Jane Austen y de Marcel Proust, dos enormes observadores que nos llevarán a conclusiones estremecedoras: «En el momento de nuestra muerte no se nos preguntará si habríamos preferido no nacer; tampoco si habríamos podido hacer menos daño del que hemos hecho; se nos preguntará si habríamos preferido, condenados a estar vivos, no haber conocido el dolor, el amor, el jeroglífico del color rojo, el alivio repentino de la lluvia».

El estudio de Alba Rico es exhaustivo y su expresión formada por los mejores profesores de retórica. Ya conocíamos su estilo, su tendencia a la glosa, sus sorprendentes asociaciones, sus enunciados explicativos, todo ello ordenado de manera que podríamos afirmar, por delante de todo lo demás, que estamos ante alguien cuya especialidad es la construcción del pensamiento. Pero esta obra es mucho más que eso. Es un compendio que invita a comprender, no a criticar o a analizar: aquí entra en juego la psicología, la filosofía, los valores poéticos, la política, la sociología y hasta la teología. Todo interpelando al lector de manera que lo que propone es una invitación al descubrimiento, busca la complicidad del lector y propone a este como autor del texto que va leyendo, pues leer es construir el texto. Alba Rico es subjetivo, sí, y de vez en cuando nos lo va reconociendo, no se esconde y nos lleva a preguntarnos si la realidad, que debería ser objetiva, se puede componer a partir de la suma de las únicas formas que tenemos de conocer, que son subjetivas. Y, aun así, y como los autores a los que se refiere, se rebela contra el relativismo, porque sabe que existe el sol y que existen las mareas. Alba Rico hablará de los procesos de creación y de la humanidad, de todo lo humano, entre lo que se encuentra la gran literatura, llegando a tomar la postura de Don Quijote, sobre la que el propio Alba Rico expresa que «empieza defendiendo la realidad de los relatos y acaba defendiendo su verdad». Realidad, relato, verdad, humanidad, todo lo que contiene, siempre, el buen hacer de uno de nuestros escritores más inquietos. Un libro para leer varias veces antes de volver a leer los que el autor propone.


Fuente: Zenda

lunes, 18 de mayo de 2026

YOSHE KALB, EL PECADOR

 

Yoshe Kalb, el pecador

Israel Yehoshua Singer

Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís

Xordica

Zaragoza, 2026

270 páginas

 



Nos movemos en un mundo que es pura caricatura. Hemos creado una serie de paradigmas que solo sirven para congestionar nuestros días. Todo es una deformación, una serie de convenciones sociales que damos por verdades, cuando se trata de maldiciones. No es posible que la vida sea algo tan rígido. Sobre esto parece estar protestando, todo el rato y sin misericordia, Israel Yehoshua Singer (Bilgorai, Polonia, 1893 – Nueva York, 1944) construyendo una buena novela en la que nos enfrenta a la realidad, y en la que nos enfrenta, al mismo tiempo, a la inmovilidad y la imposibilidad de fuga frente a esa constreñida realidad.

Nos trasladamos a una sociedad judía en la que la tradición se ha instalado sin saber cuáles serán las consecuencias de la misma. Los principios de los dogmas deben respetarse, sin que se justifique por qué se crearon ni cuáles son sus verdaderos beneficios. En realidad, parece que se ha impuesto el fanatismo, como se impone en muchos relatos distópicos. En la primera parte de la novela nos encontramos con un adolescente que se casa, pero al que le atrae la nueva mujer de su suegro, mucho más joven que su marido. Está rodeado de una multitud o, para ser más precisos, está rodeado de tumulto, de personas que forman un mar agitado. Si meternos en su cabeza, solo guiándonos por las reacciones que el autor describe, sabremos que se cuestiona toda la rigidez que acompaña a su modo de vida. Y eso incluye a la familia que, nos da a entender, es una institución de mentira, una farsa, una imposición. Ante tanta duda, a él solo le cabe ayunar y rezar, dos actos bastante inútiles para superar un malestar tan profundo, porque a lo que se enfrenta es a su naturaleza desde la convicción de su condicionamiento, que es bastante extremo. El personaje se dibuja como alguien inseguro, alguien que terminará por actuar de forma imprevisible, pero silenciosa.

La segunda parte nos traslada a otra aldea, a la que llega un mendigo. Es un lugar que padece el mismo fanatismo, el mismo malestar. Aunque cambie de nombre, no será difícil imaginar que ese mendigo es el mismo protagonista de la primera parte, que está ejerciendo el que considera su mayor derecho: la libertad de imponerse una penitencia en condiciones. Pero a la población a la que llega sufre una epidemia, en la que fallecen niños, y entre la confusión se buscarán culpables. La culpa debe de ser de quien actúa de forma divergente, y este tiene que ser alguien que ha venido de fuera, dado que los habitantes del lugar nacieron con la vida ya escrita. Entonces se acusará al extranjero de haber mantenido relaciones con una muchacha deficiente, y le obligarán a casarse con ella. Todo contiene una exaltación religiosa que más bien parece histeria, que es un tanto violenta, pero que quien vive dentro de ella, quien la respira, considera que eso es lo natural.

La tercera parte consistirá en el choque entre los dos mundos, las dos poblaciones, las dos miserias, de un modo que no desvelaremos. Lo que importa, lo que nos afecta, es darnos cuenta del mal que supone el fanatismo, ese que corremos el riesgo de entender que es nuestro ambiente natural, como para el pez lo es el agua. Ese que los grandes escritores, que son grandes observadores, no pueden dejar de ver como una caricatura, porque han sido capaces de tomar distancia y de hacerse las preguntas adecuadas. La publicación de esta novela es uno de los grandes aciertos de esta temporada, a la vez que un grito de advertencia.

viernes, 15 de mayo de 2026

EL RAYO QUE NO CESA

 

El rayo que no cesa

Miguel Hernández

Ilustrado por Pedro Oyarbide

Lunwerg

Barcelona, 2026

127 páginas

 



A la hora de recuperar a un gran clásico, solo cabe emprender la tarea de editar de forma madura. Eso es lo que se consigue con esta maravillosa edición de El rayo que no cesa, una obra que no termina nunca. La gente de Lunwerg ha encargado las ilustraciones a Pedro Oyarbide, que ha hecho un trabajo impecable e inquietante. No se trata de aportar belleza, sino de encontrar todo el magnetismo que contienen los poemas, aunque sea un atractivo incómodo, y traducirlo de manera tan limpia como concluyente. Algo barroco cuando es necesario ser barroco, con cierto aire retro cuando las ilustraciones nos remiten a grabados al linóleo, y acompañando a esos colores que no presentan grandes contrastes, porque el contraste lo facilitan las formas, Oyarbide ha hecho un trabajo muy digno para acompañar a algunas de las mejores poesías de la historia de nuestro país.

Esta edición es un libro que disfrutarán los amantes de regalar poesía, y los amantes de recibir esos regalos. Aunque, como es sabido, el rayo que no cesa nos habla de la dificultad de seguir caminando en un mundo que no deja de arrojar cuchillos. Ahí está la presencia de la muerte y, anticipándose a los diagnósticos contemporáneos, la presencia de la depresión. Estamos frente a poesías tristes, pero que no invitan tanto a la tristeza como a la revisión de nuestro entorno. Comprender qué sentimos cuando sentimos lo que refleja Miguel Hernández nos ayuda a cargarnos de ese valor que uno necesita cuando la vida no va bien. En realidad, lo que se reivindica es el amor en un mundo en el que la oscuridad está muy presente.

Tal vez el sufrimiento no sea necesario, pero de él uno puede extraer enseñanzas y hasta algunos versos maravillosos, por mucho que nos parezca encontrarnos frente a los límites de la tristeza. Pasen y lean. La admiración no requiere de más explicaciones:

 

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

 

Sobre la pena duermo solo y uno,

pena es mi paz y pena mi batalla,

perro que ni me deja ni se calla,

siempre a su dueño fiel, pero importuno.

 

Cardos y penas llevo por corona,

cardos y penas siembran sus leopardos

y no me dejan bueno hueso alguno.

 

No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y cardos:

¡cuánto penar para morirse uno!

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

AL LAGO

 

Al lago. Un viaje balcánico de guerra y paz

Kapka Kassabova

Traducción de Cristina Lizarbe

Armaenia

Madrid, 2026

445 páginas

 

 


Para descubrir de donde venimos, uno tiene que estar dispuesto a reconocer el castigo que sufrieron los demás. Este ejercicio de empatía requiere una disposición meticulosa, un viaje lento, como el que ejecuta Kapka Kassabova (Sofía, 1973) en este libro, para el cual viajó dos veces hasta las orillas de los lagos Ohrid y Prespa. Estamos hablando de una región balcánica, un lugar que se ha visto afectado por guerras, religiones, civilizaciones, idiomas, un lugar semejante al puente sobre el río Drina que inventó Ivo Andrić. Hablamos de mestizajes casi imposibles, de combinaciones irresolubles. Allí donde eso ha supuesto sufrimiento, Kassabova se empeña en encontrar lo único positivo que uno puede hallar en este planeta, que es la bondad. Destacarán las personas que va conociendo y su disposición, su apertura, su entrega a la creación de un relato en el que no existan rencores. Y eso que estamos hablando de lucha, lucha entre pueblos y lucha por el territorio. Kassabova llega a hablar de matrimonio y guerra entre el cristianismo y el islam y el judaísmo, entre Occidente y Oriente, entre la tendencia oriental a contener todas las corrientes y la occidental a unificar.

Lo que lleva a la autora hasta esa región es la necesidad de tener raíces, de encontrar raíces. La experiencia es sorprendente, porque los viajes requieren alas, y es imposible volar si uno tiene raíces. No se puede huir de la propia familia. Así pues, busca esa geografía que ha moldeado la historia, pero no solo la historia, pues también moldea el paisaje interior. En ese sentido, su experiencia es universal, pues lo local será inseparable de lo global. De hecho, uno se construye como se construye la identidad de los lugares, a partir de múltiples experiencias, de muchos contactos. La región que visita, que recorre trozos de Albania, Macedonia del norte y Grecia, se ha formado así, a partir de una extensa miscelánea de caracteres. Que sea complejo de entender no hace sino incrementar la necesidad de comprenderlo. Este será el motor del viaje y la expresión del viaje, que a nosotros nos resulta de lo más atractiva, pues vamos conociendo una región y unas gentes que de otra manera nos resultaría anónimas, casi increíbles. De hecho, las personas que va conociendo en el camino resultan tan especiales que cobra mucha relevancia las palabras de Rebecca West, que también recorrió estas regiones hace casi cien años, cuando habla de la discrepancia entre nuestras vidas y su contexto. Nuestras vidas son lo intangible, los afectos. El contexto en el que se mueven las de las personas que Kassabova conoce es de anhelo y de tristeza. Resulta duro vivir allí, pero ha resultado más duro, al parecer, en el pasado. El recorrido que hace por la zona de Albania así lo demuestra.

 Pero también se trata de encontrar trazos de la familia propia, de ir narrando algo acerca de ella, mientras hace una crónica que contiene periodismo y antropología. Todo ello a la orilla de masas de agua, y el agua es bendición, purifica y es la sustancia elegida para el bautismo, para significar que hemos nacido o hemos renacido. Como renace la región que nos presenta Kassabova a medida que profundizamos en esta lectura en la que «tus antepasados te deben una casa, y tú les debes tu alma». Somos lo que fuimos, somos el paso del tiempo y algunos lugares pertenecen a un tiempo diferente al nuestro. De ahí que la literatura de viajes sea también una forma de exploración, de descubrimiento. De ahí que sea tan importante encontrar quien sepa hacer buena literatura a partir de un viaje, como la que escribe Kaspa Kassabova.


Fuente: Zenda

viernes, 8 de mayo de 2026

LOS OSCURECIMIENTOS

 

Los oscurecimientos

Tomás Sánchez Bellocchio

Alianza

Madrid, 2026

302 páginas

 



Hay una causa común a todos, en cualquier lugar en que estemos o en que nos fuercen a estar, y esta es la memoria de aquellos tiempos de inflexión. Da igual que nos lleven a uno de esos sitios inverosímiles y a uno de esos tiempos compungidos, porque allí cualquiera ha dejado un buen recuerdo, uno de esos recuerdos que tienen que ver con las personas. Y donde hay personas, hay amigos. Recordar se convierte, entonces, en idealizar. Pero al transformar en relato aquellos recuerdos, estas idealizaciones, uno entabla un diálogo entre lo que le construyó y lo que le gustaría haber aprendido. Sobre este sustrato Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981) teje esta buena novela, en la que la tensión se ve mitigada por un estilo cuidado, sencillo y amable. La tensión la pondrá la ubicación a la que nos lleva y el tiempo en que nos desenvolveremos. Por otra parte, la amabilidad será fruto de la memoria del narrador, que no renuncia a la dureza de los tiempos, pero optará por el beneficio de los amigos.

Nos vamos a la Patagonia, al sur de Argentina, donde el clima sería suficiente como para imponer carácter. Pero, además, estamos cerca de la frontera con Chile en un tiempo convulso, los años setenta, donde la atmósfera es bastante bélica. Y nos encontramos con un grupo de cuatro amigos, entre los que destaca Quito, un adolescente huérfano de madre y criado por un padre que no se resiste a ser, de vez en cuando, un maltratador. Quito será el personaje enigmático, por su magnetismo, por su imprevisibilidad, dentro del grupo que lleva buena parte de sus juegos hacia un terreno en el que ha aparecido un tanque abandonado. Lo militar, lo bélico, será territorio de juegos, hasta que se impondrá lo real, las cohibiciones que ocasiona la presión de la guerra real. Entre las que se encuentran los oscurecimientos, que consisten en proteger a la población cegando todas las puertas y ventanas, cualquier resquicio por el que se pueda escapar algo de luz que delataría la posición del pueblo.

Este territorio, que es frontera, y es aislamiento, parece un lugar abonado para ser maldito. Pero nos centraremos en la novela de crecimiento, que en este caso no le sucede a un único personaje, sino al pequeño grupo que tiene anhelo de probar cosas nuevas de experimentar. Y, sobre todo, se trata de muchachos a los que se le impone la necesidad de emocionarse, de enamorarse de las emociones, las gratas y las turbias. A medida que avanzamos en la lectura, Sánchez Bellocchio irá acumulando personajes secundarios sorprendentes, imaginativos, que tallarán un poco la educación de los protagonistas, y nos irá refiriendo sucesos de época que constituyen la espuma de los días, como el mundial de fútbol que sucedió en Argentina. Con todo, lo más significativo de esta etapa será darse cuenta de que la guerra pudo ser un juego en la última infancia, en la primera adolescencia, pero nos noqueará cuando nos demos cuenta de que es una brutalidad. Pero será el vaticinio de un conflicto que no termina de llegar, como en El desierto de los tártaros, al que rinde homenaje el autor, lo que cargue de sentido cada movimiento, porque no sabemos cuál será el que decante el final hacia uno u otro tipo de tragedia. Al lector le habrá merecido la pena descubrir este rincón del planeta que Sánchez Bellocchio nos descubrirá desde la invención o la memoria.

miércoles, 6 de mayo de 2026

LOS FILOS DE LA NOCHE

 

Los filos de la noche

Manuel Rico

Huso

Madrid, 2026

221 páginas

 

 


El asunto que atañe a lo que somos, frente a lo que nos gustaría ser, consiste en darnos cuenta de que somos seres infelices. La vida es una cosa muy seria. Si pensamos así, no hay bromas suficientes para cambiar este principio: enfrentar la realidad con lo que nos gustaría que hubiera sido la realidad nos hará infelices. Sobre el filo de esa navaja se mueve el protagonista de esta novela, que Manuel Rico (Madrid, 1952) ha reescrito décadas después de su aparición. El tipo tiene muy claro que su anhelo es el de convertirse en escritor, y que el mundo ofrece una caterva inmensa de posibilidades de acoso. Es alguien que se ha decantado por los mitos, como el del espíritu poético y el del Beatus Ille, pues elige retirarse a la aldea donde fue feliz o donde creyó haber sido feliz. En cualquier caso, lo que más quiere es la tranquilidad. Esa que no le han dado ni las parejas ni los amigos.

Estamos en los momentos de transición, en el final de la dictadura de Franco y los inicios de la democracia. Eso lo sabremos pronto, lo cual nos empuja a pensar que asistiremos a un despliegue generacional y a una novela política. Pero tampoco resultarán exactas esas afirmaciones. Hay un grupo de gente, universitarios con inquietudes, y hay una atmósfera política que afecta a sus vidas. Nos limitaremos a asistir a estos días entre ellos y, sobre todo, a la evolución del personaje central, que estará tratando, constantemente, con el pasado que no sabe si ha terminado de poner en orden, e ignora en qué medida va a terminar de construirle. De lo que no cabe dudas es de que la obra intenta rendir cuentas, hablar sobre lo que transformó al protagonista, que lleva el significativo nombre de Abel, y que, es posible, tenga que ver con lo que transformó al narrador. Manuel Rico opta por hablar en segunda persona, pero en estilo libre indirecto, lo cual nos lleva a entrar dentro de las cabezas de los actores y asistir a sus planteamientos vitales, con los que se dialoga. El efecto es una sucesión incómoda, en el sentido en que son incómodas las cosas que nos hacen crecer, de reproches y culpas. En la voz del narrador los azotes del pasado son muy efectivos, aunque desfallecen un poco cuando permite a los protagonistas ponerlos en sus voces, por un exceso de afán literario en sus expresiones, que borra un poco la credibilidad. No importa, de lo que se trata es de retratarlos y es así como quedan retratados.

El tema de la novela bien puede ser la construcción de una soledad. Para que exista la soledad tienen que existir los otros y, a ser posible, tienen que haber sido muy importantes en nuestras vidas. El riesgo de tratar con el pasado es semejante al que corrió la mujer de Lot, que es volverse una estatua de sal de tanto acumular nostalgia. Abel trata de acompasarse a una nueva vida de solitud en la que el pasado no moleste. Hasta que reaparecen quienes construyeron esa parte del pasado tan llena de ilusiones. Su mayor problema, a la hora de reconciliarse con él, es la creación de resistencias por tratar de combatir los recuerdos: «Rehúyo la ciudad, no quiero saber nada de lo que quedó atrás, nada de Elia, nada de ti, ni de Iríbar, ni de nadie que pueda avivar un tiempo maldito, abrasador, lleno de renuncias, frustraciones, miedos y desengaños… Imprescindibles, sin duda, pero tan imprescindibles como devastadores». Uno tiene que aceptar que no es dueño de sus días y de sus noches, de lo contrario el malestar puede terminar por devorarle. Aunque siempre estará la gran tragedia, la tragedia innombrable, para recordarnos que esas pequeñas tragedias que nos han ido tejiendo son, exactamente, pequeñas. Manuel Rico explora, con acierto, la condición humana.


Fuente: Zenda

domingo, 3 de mayo de 2026

AMOR

 

Amor

Juan José Becerra

Candaya

Barcelona, 2026

429 páginas

 



El colmo de la distopía es imaginar que llegará a existir un mundo sin amor. Y la máxima representación del amor, al menos en cuanto a la narrativa se refiere, es el enamoramiento. Lo cual nos lleva a suponer que la distopía mayúscula será aquella en la que no exista el amor, ni los lugares donde se narró y guardó el amor desde que existe la escritura, que son los libros. Lo cierto es que ya estamos creando distopías en las que nos privamos de las más grandes cosas naturales, las más hermosas: no vemos las estrellas ni el monte, por culpa de la contaminación lumínica y la vida urbana, por ejemplo. Lo que vemos son pantallas de cristal en las que se mueven personajes irreales, aunque a veces nos consolemos porque entre ellos aparecen gatitos cuquis. En el futuro desaparece el amor, el enamoramiento, pero no la inteligencia, o al menos esa parte de la inteligencia que es la inquietud. Así pues, alguien puede iniciar una investigación acerca del amor.

Eso hace el narrador que crea Juan José Becerra (Junín, 1965), que comienza el libro explicando cómo se elabora un documental, recogiendo información, archivos, testimonios, transcripciones, noticias. Hasta que llega a lo que será el grueso de la novela, que es el diario de quien pretende construir una obra acerca del amor entre dos personas. El amor, en realidad, es una abstracción, no existe. Lo que existe es amar y ser amado, convertirse en amantes. Como hacen el poeta y la editora que protagonizan el estudio que algún día se transformará en ensayo o novela. Queda este registro, dietario, en el que lo que se nos plantea es algo de lo que habló Aristóteles: uno sabe que está enamorado porque se incrementa la intensidad de los sentimientos. Será esta intensidad la que facilite que los momentos tengan que ser, a la fuerza, significativos, tanto los momentos en los que el trabajo del autor es de imaginación, como el esfuerzo de representación es de empatía. De hecho, el narrador terminará hablando, en ocasiones, sobre sí mismo y su propia infelicidad, por culpa de la historia que va descubriendo.

Becerra ha construido una novela sobre la construcción de novelas, como quien nos presenta el sustrato y la semilla, sabiendo que no podremos dominar el crecimiento de la planta. Lo que es seguro es que tratamos con seres concretos, con personajes, personas posibles, que son todo lo contrario a los fantasmas que tanto abundan en la narrativa, seres a los que les puede el malestar que cargan dentro. Hay una entrada que resulta bastante aclaratoria acerca de las pretensiones de esta obra, que es una novela muy digna sobre un asunto muy delicado y, por tanto, merece mucho la pena leer, como toda la obra de Becerra:

«Días sin saber qué hacer con este libro del orto, hasta que ayer me pregunté: ¿y si invento una nueva sociología del amor basada en estos dos hijos de puta desagradecidos, la sostengo con estadísticas apócrifas e ideas viejas moldeadas a mi gusto, y le doy al mundo la novedad del amor imposible por fin realizado bajo el rótulo de “amores imposibles realizados”?».

jueves, 30 de abril de 2026

SIEMPRE EN CASA, SIEMPRE LEJOS DE CASA

 

Siempre en casa, siempre lejos de casa

Hannah Kent

Traducción de Laura Vidal

Alba

Barcelona, 2026

349 páginas

 



Cuando uno es un ser hipersensible, necesita encontrar dónde refugiarse. Está muy bien eso de tener una cueva o una cabaña en el bosque, pero el refugio no tiene por qué ser siempre un lugar concreto, pues también puede ser el mejor año de tu vida. Esta es una de las funciones salvadoras de la memoria: regresar siempre que quieras a los momentos en que fuiste feliz. Antes, los refugios eran sueños, hasta que la vida, y tu lucha en la vida, te permitió ese año maravilloso en que viviste de forma casi idéntica a como te hubiera gustado que fuera la vida. Nadie dijo que ni siquiera esa etapa fuera a ser del todo sencilla, pero no hay camino sin baches y la memoria sabrá destilar lo que nos interesa, que es una lección de felicidad que tiene que ver con el entorno y, sobre todo, con el entorno humano.

Esto es lo que refleja Hannah Kent (Adelaida, Australia, 1985) en esta obra, que ya revela su intención en el título: Siempre en casa, siempre lejos de casa. Kent viajó a las antípodas de su país, a Islandia, para conocer la nieve durante un año de transición, el equivalente a segundo de Bachillerato en nuestro país. Con diecisiete años quiere conocer lo que se supone que es su antimundo, lo contrario a la zona de confort, para sentirse viva. A estas alturas, ese atrevimiento puede considerarse como una aventura. Aquí habría que definir qué es una aventura, dado que no vamos a explorar selvas ni a subir cumbres vírgenes. Aventura es lo que nos empuja a madurar, aventura es las vivencias que nos son especiales y que podemos compartir, porque los demás pueden identificarse con ellas y sentir envidia, dado que ellos no ponen en marcha los mecanismos para algo tan sencillo y tan significativo. Aventura es un relato de iniciación, de crecimiento de transición al mundo adulto, aunque esto nos obligaría definir en qué consiste ser adulto. En el relato de Kent está claro: adultos son aquellos que se comportan de forma humana, generosa, pacífica, social. Adultos son los que facilitan la integración y te enseñan a querer.

Hay que tener en cuenta que nos habla un adulto, pero la voz trata de reproducir las sensaciones de un adolescente, que es pura emoción. Kent es muy sensible a la belleza, que reconoce en todos los lados, en los copos de nieve, en el viento y en los paisajes. Como es fácil imaginar, Kent es una muchacha que se está enamorando sin que el amor esté dirigido hacia una persona concreta. Esta será la esencia de la primera parte del libro. Luego pasarán los años y Kent regresará en varias ocasiones a Islandia, el país del que sigue enamorada. De hecho, el relato más amplio de sus retornos lo ocupa aquél en que nos habla de la investigación para su primera novela, Ritos funerarios, centrada en el caso de una asesina, bastante popular en el país, que fue la última mujer decapitada por la justicia, a la que Kent se esforzará por comprender.

En realidad, de lo que nos va hablando Kent en esta obra es acerca de los pasos más importantes en su formación, de cómo va creciendo en ella es espíritu creativo, sin que nos aturda con lecturas y ensayos sobre lecturas. Porque demuestra que lo más importante incluso en este ámbito, sin duda, será conocer buena gente.

miércoles, 29 de abril de 2026

SIRENAS, LEONES Y OTROS ENCUENTROS INESPERADOS

 

Sirenas, leones y otros encuentros inesperados

Jacinto Antón

Salamandra

Barcelona, 2026

334 páginas

 

 


Lo primero que se puede decir, tras leer esta recopilación de artículos de Jacinto Antón (Barcelona, 1957), es que nos engañaron, que la geografía no consiste en la enumeración de cabos siguiendo el contorno de la península en el sentido de las agujas del reloj: la geografía es, en mano de Antón, la ciencia más entretenida, lo que más merece la pena estudiar, conocer. Y, a ser posible, de primera mano. Uno quisiera haberse dado cuenta antes, cuando estaba a tiempo de saltar de lugar en lugar, de interés en interés, para llevar ese tipo de vida que se refleja en las palabras de Antón: a tono con el buen humor, con la curiosidad más sana, mostrando que vivir supone no enfadarse y dejarse sorprender incluso por aquello que uno esperaba encontrar, que es algo que contradice un poco el título de la obra: Sirenas, leones y otros encuentros inesperados. No importa. De lo que se trata es de llenar la vida de energía, de esa energía que nos transmite que pasar por este planeta es interesante, es estar en las cimas. Nuestro punto de vista, nuestra postura, será la que nos libre de la idea de que hemos venido al mundo a sufrir, a penar en este valle de lágrimas. Por eso leemos agradecidos a Jacinto Antón. No pudimos protagonizar nosotros estos recorridos, pero no se nos niega disfrutarlos a través de los cinco sentidos de los demás.

Dado que el espacio del que dispone el autor es limitado, al tratarse de textos que se reproducirán en un periódico, vamos a encontrarnos con lecturas que son más explosivas que líricas, y de una épica muy a ras de tierra, con la que resulta sencillo identificarse. No es fácil reproducir un trozo de mundo, una experiencia transformadora, en un número limitado de caracteres, así pues, Antón elige hacerlo mostrándose como el coprotagonista, siendo el otro partícipe de la crónica el centro de interés que le lleva al destino: un suceso histórico, un personaje, algo extraño, un animal. Asistimos al reencuentro con leyendas, expresados de tal manera que tenemos la sensación de que el trabajo de Antón se asemeja al de los paleontólogos, desenterrando leyendas que ya existían y que estaban un poco echadas en el olvido. El oficio de aprender es aquí el oficio de recordar lo que un día se supo. La única lástima que sentimos es esta impresión que va quedando de que los desplazamientos serán breves, intensos, pero demasiado breves. Aunque lo que importa es lo que han significado para el autor, cuya suerte compartimos. En realidad, estamos aprendiendo junto a él.

Tal vez el alma del libro sea el ansia de libertad o de las libertades, pues esta emoción no es única, como iremos comprobando a través de los encuentros que conoceremos. De hecho, no podemos dejar de sospechar que tras estas libertades está un cierto espíritu de gente valiente, en el sentido en que son valientes los héroes de las películas: «El esplendor y la noche se precipita para devastarnos, el amor y su desintegración; lo que hemos vivido», concluye cuando habla de James Salter. Aunque es más concluyente, en este sentido, cuando reproduce las palabras de Fenimore Cooper: «Carecía de ese valor moral sin el que ningún hombre es verdaderamente grande». Salter, Fenimore Cooper, pero también Conrad, Patrick Leigh Fermor, Jan Morris, las lecturas, los autores míticos, la otra cara del viaje, sin la cual no podríamos saber nada de ello ni de la aventura, que es la de quien supo sentarse luego a escribir, dar testimonio de que uno ha vivido, o al menos ha vivido momentos tan buenos como para que merezca la pena compartirlos.


Fuente: Zenda