jueves, 22 de febrero de 2024

MOÇAMBIQUE presentación

 

Texto de presentación de 'Mozambique'

 



El sueño del hombre rico, no me cabe duda, es vivir donde sólo necesite unas chanclas, un bañador y un plátano.

Esta es una interpretación que deduzco a partir de aquella conocida frase de Blaise Pascal: “La infelicidad del ser humano se basa en una sola cosa: que es incapaz de quedarse tranquilo en su habitación”.

La habitación del rico, por su parte, está poblada de lo que suponemos que son los sueños de los pobres: un armario lleno de ropa de marca sin un solo botón descosido, un cajón colmado de relojes de oro y llaves de coches deportivos, un cuadro de Picasso, una cama de seis metros cuadrados con un espejo cenital, los suspiros de las amantes que se largan al amanecer, un ventanal enorme con vistas a la piscina y a la sierra verde por la que pasear a caballo, música de Vivaldi y los pasos discretos de un mayordomo que le ayude a vestirse.

Pero ¿para qué quiere uno a ese mayordomo si lo único que tiene que hacer es colocarse el bañador?

¿Cómo va a echar de menos el ventanal, el cuadro o el espejo si tiene frente a él la posibilidad no de poseer un trozo de mundo, sino la de pasear por todo el mundo con los pies al aire gracias a las chanclas?

En cuanto al plátano, nada hay de un dorado más puro y piadoso que esa pieza de fruta, ni siquiera un Rólex de un millón de euros.

Que el hombre rico viaje al lugar donde cree que la gente vive, románticamente, con unas chanclas, un bañador y un plátano, es, en cualquiera de sus versiones, una expresión más de colonización, ese mal del que el deseo de ser mestizo nos indica que debemos, que deseamos escapar.

En cierto sentido, podríamos decir que el único viaje auténtico que queda es el que se produce en dirección opuesta, el de quien migra desde un campo de refugiados en Afganistán o desde el corazón de las tinieblas, atravesando, durante años, todos los infiernos.

Uno no tiene ninguna gana de sentirse culpable, pero hasta ir a Mozambique con una mochila escolar en la que se esconden dos calzoncillos, tres libros, una caja de paracetamol y una minúscula cámara de fotos, sin intención de acercarse a los parques nacionales para ver a las grandes fieras, deseando reproducir los pasos por los mercados africanos al tiempo que maldice el color de la piel porque le gustaría poder camuflarse en condiciones, es también colonialismo.

Tal vez no sea un crimen imperdonable, no tanto como el turismo de masas, porque no será necesario que el Dios que detuvo la mano de Abraham venga a detener los propios pasos, pero tampoco basta con acumular buenos momentos para que uno termine de sentirse bien.

No seamos absurdos: no vamos a flagelarnos, no somos abyectos ni despreciables. “No se pude castigar lo que no se puede perdonar y no se puede perdonar lo que no se puede castigar” dijo Iván a su hermano Aliosha en la conocida novela de Dostoievsky, Los hermanos Karamazov.

Dostoievsky entendía que el alma humana es una olla podrida cocinándose constantemente dentro de un usuario, al que si sometemos a mucha presión pasará del llanto a la carcajada, del navajazo al acto piadoso, de la blasfemia al rezo. No vamos a castigarnos por todo ello, y lo mejor que podemos hacer es perdonárnoslo. Dostoievsky, todo hay que decirlo, no lo hacía, y ese era el fundamento de su literatura.

En realidad, el viaje, como la literatura, debería ser una cuestión de justicia.

Elimino el turismo de la ecuación, entendiendo a este por mero desplazamiento y alojamiento durante un periodo no muy largo de tiempo, y me quedo con otras opciones de viaje, como la del cronista, el cooperante o el antropólogo, que tienen o deberían tener fundamentos de justicia.

Todos ellos buscan entender y explicarnos lo que sucede en los lugares a los que viajan, aunque nosotros sabemos que nadie nos lo explicaría mejor que los habitantes de allí, y por ese motivo queremos tanto viajar.

Pero retomo la afirmación que expuse un poco más arriba: el viaje, como la literatura, debería ser una cuestión de justicia: y la justicia es una cuestión de armonía.

Estamos acostumbrados, desde el mundo occidental, desde el mundo del colonizador, a identificar justicia con venganza, con represalias, con castigos que satisfacen la lógica del dolor, cuando el castigo no colmará jamás nuestras expectativas.

La armonía, por su parte, adquiere una forma concreta ante nuestros ojos, esa que llamamos vida. Y, al fin y al cabo, es la vida lo que salimos a buscar cuando nos largamos de viaje.

En alguna parte he leído que de haber dispuesto de un póster con una imagen de los mares del Sur en el cuarto de la pensión donde se suicidó, Cesare Pavese no habría ingerido los dieciséis frascos de somníferos con que se fue directo a encontrarse con los rinocerontes de la noche.

No exageremos. Para poder perdonarse no hace falta ni la agonía de los personajes de Dostoievsky ni el recurso final de Pavese.

A veces basta con recordar los senderos por los que uno caminaba cuando era niño, en los que se cruzaba con adultos que le sonreían.

El perdón consiste en no reducir la propia vida a actos que creemos imperdonables, y que en demasiadas ocasiones los demás ni siquiera se dieron cuenta de que sucedieron.

No hace falta misericordia, basta con la buena memoria.

La memoria lo es todo para mí. Esa es la máxima que, como todo buen hombre contemporáneo, tengo escrita en un post-it pegado a la pantalla del ordenador.

En cuanto al viaje, tengo la impresión de que para perdonarnos todo lo de colonial que supone basta con pensar que no lo hemos ejecutado por el más banal y sucio de los motivos, que es el dinero.

Aunque bien es posible que lo hagamos por el antónimo del dinero, cuya configuración desconozco hasta no ser capaz de ponerle nombre, pero que consiste en demostrarnos que se puede vivir dependiendo solamente de unas chanclas, un bañador y un plátano.

Moçambique, escrito con ce con cedilla, para diferenciarlo un poco del país, es un libro destilado, tamizado, filtrado y revelado, en el sentido en que se revelaban las fotografías no hace tanto tiempo, en una sala oscura con una luz roja.

Es un libro de grabados, de instantes, de apariciones, porque es imposible concentrar toda la sustancia que compone un lugar de destino, pero sí es posible escribir los sueños.

¿Qué sentido tiene soñar? La respuesta es sencilla: uno desconoce el antónimo del dinero, pero sí sabe cuáles son los antónimos de sueño: cáncer, covid, disparo, mordisco, atropello o psicopatía, por ejemplo. Todos ellos son mensurables, podemos medirlos, como se pueden medir los muertos que provoca una bomba.

El bien, como los sueños, es inconmensurable: no sabemos cuántas vidas han salvado los ramos de flores, la música de Mozart o la poesía de Walt Whitman. No sabemos cuántas vidas ha salvado destilar con la memoria los mejores momentos de una visita a un mercado africano, a pesar de los pasos coloniales.

Espero que algo de eso se respire a través de las páginas de Moçambique. Muchas gracias.

 

 

 

viernes, 16 de febrero de 2024

EL HOMBRE AL QUE YA NO LE GUSTABAN LOS GATOS

 

El hombre al que ya no le gustaban los gatos

Isabelle Aupy

Traducción de Jean-François Silvente

Rayo Verde

Barcelona, 2024

125 páginas

 



Hay un deseo común, el del exiliarse a una isla en la que puedas encontrarte con buena gente, y sólo con buena gente, y desde allí construir una sociedad con reglas propias en la que lo bueno campe a sus anchas. Para ser feliz uno debe aislarse. Este planeta ofrece toda una caterva de versiones agresivas con las que acosarnos y lo común, al menos entre la gente sana, es hacer por evitarlas. Luego están los que padecen trastornos mentales que acuden a ellas como el toro al capote, embistiendo, pero siempre será mejor tratar de evitarlos, porque la reeducación pertenece al mismo territorio de ficción que los marcianos y los monstruos de siete cabezas.

Esa isla anhelada es la que crea Isabelle Aupy (1983) en El hombre al que ya no le gustaban los gatos. Pero no todo puede ser felicidad sin interrupción. Los queridos habitantes de la isla saben que lo que importa es la solidaridad, forjada en la empatía. Hasta que algo queda distorsionado por la repentina ausencia de gatos, que serán sustituidos por perros a los que el distribuidor de animales se empeña en llamar gatos. Entonces se produce el desencuentro con el protagonista, que se niega a embarcarse en la corriente, a pesar de reconocer los beneficios que tener mascota genera. Pero esos beneficios no son exclusivos de quien profesa cariño por las mascotas, pues son humanos.

Aupy construye una novela sencilla, breve, casi juvenil, a la que da empaque la lectura metafórica: está en nuestra mano construir los afectos o construir con los afectos. En ese sentido, la obra está llena de humanidad, del tipo de humanidad que nos hace sentir libres e inocentes. El mensaje está bastante claro: la bonhomía es lo que nos define como personas, y está en nuestra mano elegirla, como podemos elegir vivir sobre la pierna que tenemos o sobre la que nos falta en caso de que nos amputen la que se ha roto. Estamos ante una hermosa novela, pequeña, pero hermosa.

jueves, 1 de febrero de 2024

EL PAISAJE VACÍO

 

El paisaje vacío

Ricardo Martínez Llorca

Debate

Premio Jaén

160 páginas

 



Por Asunción Escribano

No siempre la literatura traslada a mundos idealizados que cuentan historias ajenas y de lectura agradable. Con frecuencia la novela nos muestra la cara más árida de la realidad, que aunque no se conozca existe. Fue así como hace medio siglo Cela parió La familia de Pascual Duarte, inaugurando un nuevo modo de narrar en nuestra literatura.

Ahora Ricardo Martínez Llorca ha publicado El paisaje vacío, su segunda novela y con la que ha conseguido el Premio de Novela Jaén 2001. Es una obra teñida de realismo social y existencialismo a la vez, en la que nos presenta, con precisión y hábil técnica narrativa, cuatro modos diferentes (uno por capítulo y narrador) de contar una historia y de habituarse al tiempo y a la vida. La obra muestra una atronadora carencia de diálogo, como si el desierto en el que transcurre la trama sólo permitiese la reflexión cansina de la primera persona. Se ve así que Martínez Llorca es un escritor artesanal, que mide palabras y frases para edificar párrafos sin resquicios; una escritura sólida, en definitiva, infrecuente en autores jóvenes.

La acción se desarrolla en una aldea africana, calificada por uno de los personajes como ‘el reverso del paraíso’, en la que confluyen tres personajes desarraigados cuyas vidas se funden coincidiendo en la tragedia con la que finaliza la obra. La densidad de El paisaje vacío es, sin embargo, una realidad muy alejada de las 160 páginas que ocupa, pero tal verdad el lector sólo la aprehende internado en la jungla que el autor crea con frases que hay que comprender para pasar a la siguiente, espesura de palabras con densidad de Amazonia.

Se describe un mundo donde la esclavitud es un hecho real. Un volver a describir al hombre en situación límite, tal y como lo presentaron Conrad o Camus en sus principales obras, y cuya evocación con frecuencia nos eriza el vello a lo largo de la lectura de El paisaje vacío. Si existe algo de autobiográfico sólo el autor lo sabe. Pero ante una gran novela como esta, eso es lo de menos.

Creo que Ricardo Martínez Llorca me permitirá, precisamente, unas palabras de Cela leídas en un diario y que recuerdo ahora, recién concluida la lectura de El paisaje vacío: “Un escritor debe denunciar el mal, pero debe denunciarlo de manera artística”. Quienes lean esta extraordinaria novela sabrán a qué me refiero.

miércoles, 31 de enero de 2024

CINTURÓN DE COBRE

 

Cinturón de cobre

Ricardo Martínez Llorca

Pre-textos

186 páginas



 

Por Nicolás Miñambres

Después de la publicación de Tan alto el silencio, Ricardo Martínez Llorca retorna a la literatura con un libro de viajes de concepción muy personal, del que no están ausentes las relaciones con Joseph Conrad y Paul Bowles. Las páginas finales de la obra ofrecen un curioso epílogo, guiño amistoso para el lector, que no sabe muy bien qué pensar de la autoría de la obra. En el fondo todo parece un simbólico homenaje a Carlos, ese amigo que, entregado a la pasión africana, es el alter ego del autor, su mentor y el símbolo de lo que tiene que ser el verdadero compromiso con otras tierras. Si olvidar su importancia como creador literario.

Cinturón de cobre (título de una curiosa polisemia que no escapará al lector atento) está planteado como un diario que refleja las experiencias africanas en Zambia vividas por el autor desde julio de 1995 a setiembre de 1996, momento en que el autor comienza a perfilar un nuevo viaje. Lejos de la concepción tópica de este género literario, las páginas de Cinturón de cobre avanzan con un ritmo muy especial. El escritor no se limita a reflejar de forma aséptica la realidad africana. Una sensibilidad muy personal le lleva a acercarse a la realidad de Zambia en actitud apasionada. Contempla, pero sin distanciamiento, tratando de imbuirse del espíritu de estas tierras, intentando ahondar en el misterio que las rodea. En esta actitud está la clave del afán por reflejar en estas notas la visión legendaria, próxima a los mitos que han ido forjando el carácter y las actitudes de las criaturas que conoce. El ser humano será visto como paradigma de actitudes universales, que van desde la ambición desmedida a la pobreza más heroica. Los distintos tipos reflejados en este sosegado cuaderno de bitácora son, por encima de su personalidad, el reflejo de la realidad que vive este país de Zambia. De ahí que la mayoría se transformen en símbolos que para el lector suponen actitudes de simpatía o rechazo.

La peculiar visión de la realidad africana descrita en muchos casos con rasgos de gran plasticidad, hacen de Cinturón de cobre una obra que mantiene el interés que el lector siempre espera de este género de obras.

martes, 30 de enero de 2024

VALENTINO

 

Valentino

Natalia Ginzburg

Traducción de Andrés Barba

Acantilado

Barcelona, 2024

74 páginas

 



Ni el hedonismo es bien querido ni se considera de recibo sostener, por encima de todo, que hemos venido a sufrir a este valle de lágrimas. Es cierto que el placer nos salva, pero el placer no es tumbarse todo lo largo que uno es para no hacer nada, creyendo que los segundos son sorbos de licor. Si uno no actúa, la vida te depara momentos, sí, pero muy pocos y de esos que apenas sirven de nada. Por otra parte, uno debe marcar perfil y no limitarse a ser lo que los demás han esperado de él. Dicho de otro modo, el personaje central de esta novela corta, Valentino, es un adolescente que se enroca en la adolescencia creyendo que así es como mejor le va a tratar la vida.

Narrada desde la perspectiva de su hermana pequeña, Valentino nos cuenta algo más que la historia de un muchacho que no cumple las expectativas que tenían puestas en él sus padres y se traba en un matrimonio a contracorriente: una mujer poco agraciada, mayor que él, pero con dinero, será lo que le sirva para justificar su abulia. En realidad, Valentino es un retrato de familia en el que se refleja que esta es a la vez esencia vital y farsa. La vida que surge en el seno de esta familia es incómoda, pero nuestra narradora va recogiendo los cambios contantes de percepciones, los vaivenes, los movimientos de péndulo. El personaje central, su hermano, es narcisista y egocéntrico, y parece más un lastre en la existencia de los demás que un motor, pero no deja de ser el hermano, el mediano entre dos muchachas, y dado que los padres ya no están, y él no va a cuidarlas, como hubiera deseado el padre que aspiraba a que su hijo fuera médico, deberán hacer girar sus vidas alrededor de él.

Con un buen hacer sobrio, demostrando que estamos acostumbrados a llamar estilo al exceso de estilo, Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) nos demuestra que lo universal se destila en las pequeñas historias. Valentino es una minúscula obra maestra, si se nos permite la expresión.


viernes, 26 de enero de 2024

HASTA DÓNDE LLEGA LA LUZ

 

Hasta dónde llega la luz

Sabrina Imbler

Traducción de Sandra Caula

Big Sur

Barcelona, 2023

266 páginas



 

Bajo la superficie del mar hay un mundo muy intenso lleno de monstruos. Las criaturas que allí habitan tienen costumbres y modos de supervivencia que dejan en pañales la imaginación del más creativo autor de ciencia ficción. Cuando parece que ya nada puede sorprendernos, aparecen los pulpos, las medusas, las anémonas, los peces de los arrecifes, las grandes bestias o los cangrejos abisales, y nos dejan con el cerebro hecho papilla: ¿cómo es posible que la vida haya llegado a dotar a un ser casi sin cerebro de unos recursos tan brutales, tan enigmáticos, tan fantásticos? En realidad, bucear dentro del alma humana se podría asemejar a la exploración submarina: uno nunca termina de sorprenderse, ni siquiera cuando el alma en el que se sumerge es la propia. Un psicoanálisis en condiciones es eterno, es como el mapa que ideó Borges, en el que su autor, empeñado en reproducir cada accidente geográfico, elabora un mapa del mismo tamaño del territorio que refleja. Es decir, para elaborar un psicoanálisis en condiciones, cada segundo de terapia debería equivaler a un segundo de lo vivido.

Pero eso no significa que uno deba resignarse. Hay posibilidades de estudiar qué nos ha construido, cómo es que nacimos siendo lo que somos y cómo descubrimos lo que somos. Hay opciones para facilitar nuestro autoconocimiento y la integración consecuente, no engañándonos a nosotros mismos. El tema es la identidad, pero esto va más allá de un proyecto literario, aunque apunte a psicoterapia: se trata de reconciliarse con todo, empezando por el yo, para así poder vivir sin escollos o reduciendo los escollos a lo exterior. Nada de generar más resistencias a partir de ahora. Lo que hace Sabrina Imbler es asombroso, tanto como las criaturas con las que trata, a las que estudia, las que elige. Cada una de ellas, desde el gusano al esturión, desde la sepia al cachalote, es vista a través de una peculiaridad con la que se identifica: el físico extravagante, la relación social, la adaptación a la ausencia de luz, las formas de sexo, etc., y al mismo tiempo va exponiendo cómo ella se descubre, descubre su género queer, su no inclusión en la norma, su mestizaje, su filiación, y así va reconciliándose consigo. La estrategia es alternar párrafos, y nos deja a nosotros que establezcamos los hilos que enganchan a unos y a otros. Y las conclusiones pasan por aceptar que cada individuo es un océano. Y que la propia Imbler representa uno de los océanos que más nos podrán llamar la atención. El libro es, digámoslo sin miramientos, delicioso. Es una delicia para los oceanógrafos, para los psicólogos, para los que buscan integración, para los que no se atreven a definirse, para los cobardes y para los valientes. Es una de las mejores lecturas con las que comenzar el año y no nos va a abandonar fácilmente.

lunes, 22 de enero de 2024

LA LLAMADA

 

La llamada

Leila Guerriero

Anagrama

Enero, 2024

430 páginas

 

 


La quijada de asno que utilizó Caín para acabar con la vida de su hermano no se halla enterrada en ningún lugar arqueológico, sino que se encuentra sobre la tierra, apenas recubierta de una pátina de polvo. En realidad, ese asesinato ha ocurrido hace muy poco. No hay que excavar muy hondo para llegar hasta las pistas que nos hablan del crimen. De hecho, puede bastar la propia memoria, sin recurrir a la que nos prestan los viejos testimonios encerrados en los libros, para certificar el homicidio. No es necesario revisar la época en la que nos parecíamos a los chimpancés para hablar del odio entre hermanos, ni referirnos a los restos de alguien tan querido por todos como fue Antonio Machado, enterrados en Colliure, para dar fe de lo que supuso esta violencia. Nuestros muertos nos acompañan, como nos acompañan nuestras derrotas. «Yo sé (todos lo saben) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece», sostenía Borges, en una frase que se cita en algún momento de esta obra, La llamada. Es parte de una selección de citas que Leila Guerriero (Argentina, 1967) extrae de los cuadernos juveniles de Silvia Labayru, la mujer retratada a lo largo de más de cuatrocientas páginas.

A la cita de Borges le acompañan versos de Neruda, de Juan Gelman, o aforismos como este de Machado: «En caso de vida o muerte se debe estar siempre con el más prójimo». Estas citas deberían haber servido para que una muchacha de poco más de veinte años aprendiera a reconciliarse con la vida tras su paso por un centro de tortura, en la etapa en que Argentina sufrió una dictadura militar. Uno acude a la lectura de este largo perfil pensando que se va a encontrar con una nueva explicación de la segunda parte de la década de los setenta, y principios de los ochenta, y se encuentra con un texto llenísimo de preguntas. Guerriero se propone hablar acerca de una persona, hija de militar, montonera por elección, violada en prisión reiteradamente, apartada de su hija, exiliada en España y marginada por sospechas de la comunidad en el exilio de colaboracionista, pero sobre lo que versa la obra es acerca de la sensación de que una persona no se termina nunca. Cualquiera de nosotros puede ser un océano, que es imposible terminar de conocer, y durante la estancia junto a él no cesan de surgir preguntas. Decimos preguntas, porque hay muchas ganas de profundizar en la esencia de lo que sea que nos hace humanos, y no dudas, porque no se trata de dilucidar nada. A la hora de la verdad, lo que nos vincula a los demás es esencialmente reconocer en ellos un sustrato de humanidad. Pero ¿cómo definir en qué consisten los rasgos de humanidad? Guerriero no se plantea responder, pero sí nos deja deducir que debería encontrarse en el polo opuesto de crímenes como la violación o el linchamiento. ¿Cómo medir el efecto de la humanidad? Damos por supuesto que eso también sería imposible, pues podremos conocer el número de personas que han sido violadas o ajusticiadas, pero no a cuántas han salvado las caricias.

Serán las caricias, que Silvia Labayru encuentra en los brazos de un antiguo amor, el amor que ha sobrevivido al tiempo, redescubierto con más de sesenta años, las que tengan efecto salvífico. A lo que cabe añadir la amistad, que se expresa tanto por boca de la protagonista como a través de los testimonios de quienes la han conocido. Mientras tanto, vamos conociendo la imposibilidad de la victoria, de tener una existencia maravillosa, porque vivir puede ser una barbaridad. De ahí esa constante, que va saltando de vez en vez a las páginas del libro, de asistir a gente que se agarra a clavos ardiendo para evitar caer en los precipicios. Uno puede figurarse un futuro y sembrar considerando que así la cosecha será positiva, pero, a la hora de la verdad, sólo cabe resolver el día actual. Ahí delante no hay nada.

Este perfil, largo, como ya hiciera en Opus Gelber, nos lleva a múltiples consideraciones acerca de la necesidad de relatar la vida de los demás. La primera sería desde dónde exponerla. No cabe ocultar la voz del cronista. Guerriero lo sabe y cuando no le queda más remedio que hacerse presente, la oímos hablar como si se estuviera disculpando, de ese carácter es su discreción: «No hay manera —yo no la encuentro— de pedirle detalles sobre eso», dice, tras comentar que un militar y su mujer la violaron. «Hay en la imagen algo estremecedor y delicado», define así una fotografía de ella con su hija. O esta cita más extensa: «Entonces, a lo largo de cierto tiempo, nos dedicamos a reconstruir las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas. Al terminar, al irme, me pregunto cómo queda ella cuando el ruido de la conversación se acaba. Siempre me respondo lo mismo: “Está con el gato, pronto llegará Hugo”. Cada vez que vuelvo a encontrarla no parece desolada sino repleta de determinación: “Voy a hacer esto, y lo voy a hacer contigo”. Jamás le pregunto por qué».

La segunda consideración de la que queremos dar cuenta tiene que ver con el nerviosismo. Guerriero elige una fragmentación intencionada, como si nos indicara que un retrato no puede tener la continuidad de un guion cinematográfico, la redondez de una novela breve. Ese nerviosismo consigue implicar al lector. Vamos sacrificando lo que podría haber sido una biografía escrita con el pulso de una novela, para irnos presentando un puzle que debemos completar, de salto en salto, en una estrategia que no nos permite relajación. No habrá nada semejante a implicaciones emocionales transgresoras, a pesar de que la biografía de Silvia pudiera dar lugar a ello, por lo que confiamos en ese estilo, depurado y vibrante, para mantenernos atentos.

La siguiente consideración que se nos ocurre para por la necesidad de terapia, de confesión, de crónica, de relato. Silvia se formará como psicoterapeuta, aunque jamás llegue a ejercer, y su pareja de madurez lo hará con un corte lacaniano. La pretensión y el éxito de las técnicas de psicoterapia podrían consistir en que al resultar imposible reconciliarse con el pasado, al menos sí podremos hacerlo con el relato del pasado. Ese relato que Silvia parece no querer ocultar y ha repetido en varias ocasiones: «Al leer sus testimonios ante la justicia —articulado, altivos, irónicos, inteligentes, seguros, enfocados, construidos con un léxico que proviene de una vida entera de lecturas que incluyen la ficción, la poesía, el psicoanálisis, el ensayo—, compruebo —con resquemor— que me dice lo mismo, y de la misma forma, que ha dicho antes a fiscales, abogados y jueces». Pero todos sabemos que los hombres de leyes no son los mejores psicoanalistas. Lo que parece necesitas Silvia, y por extensión Leila, es un lector. Y todo parece programado para que la obra la lean ciertos lectores. No es frecuente escribir para el lector en abstracto, pero sí escribir pensando que esta parte, o esta otra, te gustaría que la leyera tal o cual persona.

Esto nos lleva a pensar en que el perfil resultante, por su extensión, es una obra que podría ser una biografía, se caracteriza por la consciencia de estar participando de ella de los personajes. Quienes dan la información para construirla son autores, tal vez a su pesar, tal vez por su gracia, a través de quien lleva la batuta de la reconstrucción, que es Leila Guerriero. Así se consigue imprimir mucha vitalidad al texto, que da la sensación de estar vivo en un grado que muy pocas veces habíamos leído, independientemente del género de la obra. Un año y siete meses de entrevistas tienen como objetivo una implicación emocional de la que podemos deducir una enseñanza muy básica: lo que importa es ser piadoso, benigno, bueno. «Todo está lleno de luz y de tiempo», dice Leila.

«Uno de los grandes méritos de Silvina es haberse construido a lo largo de estos años el personaje que hoy tiene y la persona que es», sostiene la autora. El personaje se tiene, la persona se es: nosotros leemos pensando que nos hablan sobre personajes, como si nos enfrentáramos a una novela, pero conviene recordar, de vez en cuando, que no es ficción. De hecho, lo que importa de la ficción es la verdad, que es lo que se pelea y se construye, algo también muy presente en este ejercicio de realidad que, por otra parte, huye de los púlpitos donde consideramos que se ve reflejada la realidad en el mundo contemporáneo: los parlamentos, los bares, los medios de comunicación. Lo que podemos conocer será parcial, y esta parcialidad es la que generará inquietud, que es lo que necesitamos para intentar seguir conociendo. Todo esto subyace en este texto en el que no termina de haber héroes o traidores, como podríamos esperar en una delación o una película de aventuras, relatos que brotan del crimen. Este perfil nos lleva a cuestionarnos la interpretación, o las interpretaciones, intentado evitar cualquier posible toma de partido, excepto por la que posiblemente sea la única causa por la que merece la pena seguir respirando mientras caminamos, que es la amistad, que va generándose entre la cronista y la retratada. Esta obra, como la mayor parte de la producción de Leila Guerriero, versa sobre la condición humana, colocándonos a todos sobre la superficie de la tierra, condicionados por la única ley universal, que es la ley de la gravedad.


Fuente: FronteraD

sábado, 20 de enero de 2024

EL PRINCIPITO HA VUELTO

 

El principito ha vuelto

María Jesús Alvarado

Fotografías de Teresa Correa

Itineraria

Las Palmas de Gran Canaria ,2024

81 páginas



 

El desierto puede ser el escenario simbólico de la soledad, del olvido, de la pureza y hasta de la muerte por abandono. Se trata de un lugar en el que nadie desearía vivir, o al menos nadie que esté en eso que la condición media de la sociedad llama su sano juicio (escrito así, en cursiva). Todos queremos largarnos a una isla del Pacífico, donde la primavera sea eterna, la alegría una constante, la mala leche no haya llegado todavía, como no han llegado los misiles ni la corrupción económica. Pero todos esos males sí aterrizaron en los atolones del océano que figura ser el paraíso. A donde no llegan es al desierto, por eso lo eligieron los anacoretas, Paul Bowles. Por esa razón Antoine de Saint-Exupéry lo escogió como escenario para el encuentro con su Principito, a pesar de haber atravesado uno de los episodios más complicados de su vida como aviador sobreviviendo en uno de ellos. En realidad, el desierto es calma y es observación.

El desierto es, como bien indican las autoras de estos apuntes que están trazados con frescura, el lugar en el que sentimos que estamos forjando el mundo con nuestra respiración, con la mirada, con el oído o con el silencio, que ahí vienen a ser lo mismo. El principito ha vuelto es un libro lírico en el que se explora qué tiene en común el desierto con la persona que lo está conociendo. La sensación continua de espera, el misterio que uno no quisiera resolver o el reconocimiento de la sencillez que debe tener un hogar se deducen del texto, de los textos, que culminarán con lo que más merece la pena en las jornadas que pasamos en este mundo chingón, que es la amistad. Lo demás, como lo saben bien los habitantes del desierto, es escribir en la arena garabatos que más tarde se llevará el viento.

viernes, 19 de enero de 2024

TU NOMBRE

 

Tu nombre

Esther Yi

Traducción de Javier Calvo

Aristas Martínez

Badajoz, 2023

234 páginas


 


Buscar a alguien que no quiere que se le encuentre, o buscarse a sí mismo como resultado de esa búsqueda, sin saber que tal vez sea eso lo que realmente uno está buscando, es un asunto que ya habíamos leído en anteriores ocasiones, como en Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi. Esther Yi (Los Ángeles, 1989) vuelve a tomar en consideración que este viaje atravesando los problemas de la identidad es el gran asunto que deberíamos tratar, y gesta una primera novela con una potencia que roza por momentos lo onírico, y que siempre nos mantiene en guardia. El planteamiento de inicio nos lleva a sospechar que estamos frente a una obra que se arrima a lo juvenil, al fanfiction: una chica se enamora platónicamente de un miembro de un grupo musical de K-pop, y hasta emprende un viaje a la Corea natal del cantante para intentar dar con él. Hay que advertir que la familia de nuestra protagonista es también coreana. Pero enseguida descubrimos que hay algo interesante en este cantante, que crea unas letras en las que el enigma se combina con los giros literarios que nos hacen pensar. Esos mismos giros, guiados por singularidades, dan pie a una voz que nos desorienta constantemente, empujándonos a no perder detalle del texto: «Quería darle a su mente un cuchillo de carnicero con el que desprender todo pensamiento débil y conveniente. También quería arriesgarse a la mayor confusión posible», «Mi cabeza se comportaba como si fuera una persona en sí misma, una persona que sospecha que acababa de salir de la penitenciaría, de tan independiente y hostil que era».

El caso es que enamorada de la ilusión, la muchacha emprende un viaje que dará pie a una estructura en la que irá yendo de puerto a puerto, de encuentro a encuentro, siguiendo las pistas que le dictan quienes le salen al paso. Se sabe divergente, hasta el punto de confesar que ama con resentimiento, otra singularidad, y nos hace someternos a una mirada de sensual contemplación. En realidad, nos está llamando a considerar que esto que hemos construido con la percepción, y que llamamos realidad, puede ser una secuencia de farsas, pero las necesitamos para sostenernos. De ahí estas convicciones que sentimos, que provienen de la necesidad de creernos la farsa para gestionar el desatino de vivir.

Esther Yi separa amor de enamoramiento y se pregunta de qué nos estamos enamorando, si es de la farsa o es de la persona. A la hora de la verdad, se nos sugiere a través de la novela, lo que hacemos es ir descubriendo sensaciones mientras recorremos el mundo, experimentar, porque nuestra autora sabe, y nos lo demuestra a través del parcial conocimiento de la protagonista, que sólo podemos concebir una parte, que el todo es inmenso, de escala inhumana. «Mis sueños ya opulentos de Moon», define así su obsesión por una persona cuyo nombre no es gratuito: luna, lunático, lunar… «La vacuidad espiritual de nuestro consumo y de nuestra conversación, la tortura diaria de justificar nuestra fraudulencia ética, el anhelo cada vez más intenso de amor en un mundo que obstaculizaba sistemáticamente nuestra capacidad misma para experimentarlo… entre toda esa desolación, ¿cómo podría alguien no pensar que la solución era retirarse al otro lado de los muros del yo y volverse completamente singular?».

La novela nos plantea un viaje y un sueño, y la imperiosa necesidad de vivir con ilusiones, pero terminará por revelarnos algo diferente. No desvelamos nada sobre el final si comentamos el shock emocional que produce darse cuenta de que en el futuro lo que nos espera no es lo que preveíamos, afectado de nuevo por la ilusión, sino degeneraciones, ocasos, tal vez ruinas. Tu nombre es una sorpresa dentro del panorama narrativo, y un acierto a la hora de elegir la novela como nuestra próxima lectura.


Fuente: Zenda