Un
libro
Fabrice
Gaignault
Traducción
de Vanesa García Cazorla
Muñeca
infinita
Madrid,
2026
89
páginas
De
los dioses que hemos creado, los más próximos a una verdadera divinidad tienen
que ver con la poesía y no con la ciencia. La ciencia implica ramas del
conocimiento que son capaces de medir, mientras que nadie sabe las cantidades
que se implican en la poesía. De hecho, el mal es mensurable, mientras que el
bien no tiene medidas. Se sabe a cuántos niños ha matado un bombardeo, cuántos
adolescentes fallecieron en un tiroteo a un instituto, y hasta se mide en
dinero el daño que supone a la economía de un país el resultado de una guerra.
Se pueden contar los soldados que componen un ejército y hasta las balas que
compran para disparar al enemigo que está compuesto, a su vez, por otras
personas. Pero no podemos medir la belleza, no podemos medir la generosidad ni
la solidaridad. ¿Cuántas vidas han salvado las flores? Sabemos a cuánta gente
consiguió librar Schindler de una condena en un momento determinado, pero no
podemos medir todo el bien que hubo en ello, porque las consecuencias no
terminan allí. Como no podemos medir de cuántas depresiones ha librado al mundo
la música, pero sí saber cuántas pastillas de neurolépticos se venden.
Consciente
de ello, Fabrice Gaignault (1956) reivindica el bien a través de un caso
concreto, el de Primo Levi y su situación al límite en el campo de
concentración de Auschwitz. Levi está a punto de extinguirse y los presos están
a punto de ser liberados. Cualquiera de las dos cosas podría suceder en los próximos
días. Pero un médico griego arroja a Levi una tabla de náufrago, un libro. Gaignault,
como Levi, pertenece a la estirpe de los tipos que beben el elixir de la vida
en la literatura, de la gente a la que los libros le salvan del desconsuelo de
existir. Al fin y al cabo, la literatura, la música y, en definitiva, el arte
no tiene otro sentido. Cualquier estudio dará vueltas para entretenernos con
las órbitas del arte, pero el contenido seguirá siendo la búsqueda de la
felicidad. Incluso en momentos límites, momentos perversos, de maldad, cuando
el resultado de lo que uno está viviendo se podría medir: se sabe cuánta gente
pereció en campos de exterminio, cuántas familias se destrozaron. Y se sigue ignorando
a qué se agarraron los que salvaron la vida, los que luego, como Levi, no
fueron capaces de entender por qué ellos no habían muerto. Porque el límite de
la literatura, la música, el arte, es la incapacidad de explicar el mal, que es
medible, pero inexplicable.
Un
libro es un relato breve que se construye a partir de un hecho
pequeño, pero significativo, demoledor. Gaignault limpia la prosa para permitir
que nos centremos en lo emocional, y añade alguna referencia a otros autores,
como Shalámov, que vivieron experiencias semejantes a la de Levi. Los destellos
de lo humano, que no siempre aparecen en los hombres, son lo que nos mantendrá
a flote. Y estos destellos, esta humanidad, siempre tendrán que ver con el
bien, con la bonhomía, con lo inconmensurable. Como nos recuerda, este precioso
libro, a partir de uno de los casos más misteriosos de la historia de la
literatura.




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