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domingo, 29 de julio de 2018

GB84


GB84
David Peace
Traducción de Ignacio Gómez Calvo
Hoja de lata
Gijón, 2018
682 páginas

Traducir la última batalla a un formato actual, tan complejo que todos podamos entenderlo, es el reto que se marca David Peace (Osset, 1967) en esta novela cuya ambición es ser parte de nosotros, de la gente, de los humildes.
Los hechos son conocidos por todos los que nacieron antes de 1980: en Gran Bretaña se produjo la última gran huelga de la historia de occidente. A partir de esta confrontación que condenaba a cientos de miles de personas a la pobreza, las huelgas se han limitado a gestos de una jornada en el cómputo global de los días laborales del año. Pero entonces no había más remedio que armarse de valor y llevar la situación hasta extremos que rozan la violencia y el ridículo por parte de los que no aparecen en la novela, gente como la famosa primera ministra que destrozó media Europa y vendió todo su país. Ella invirtió una buena parte del producto interior bruto de Gran Bretaña en machacar y controlar a los huelguistas y a los medios de comunicación, mucho más dinero del que le hubiera supuesto mantener las minas abiertas. Porque estamos frente al sector más representativo de la lucha social. Los únicos capaces de organizarse durante meses para apoyarse de manera que no se dejaran caer: los mineros. Crearon sus propias formas de adquirir bienes primarios y repartirlos, al margen del comercio, algo que gente como Margaret Thatcher no podía consentir: una cooperativa es todo lo contrario al neoliberalismo.
Esta novela, fraccionada en voces, en secuencias, en escenas, que juega con la composición y las fuentes de texto para ubicarnos, relata las semanas de huelga desde el punto de vista de quienes estaban jugándose algo. Están los huelguistas, los que formaban piquetes y aquellos que pretendían trabajar saltando sobre los piquetes, para dar de comer a su familia. Pero apenas están las grandes cifras. Y sí ese estrato intermedio, que es donde en realidad se jugaba la partida como si fuera un tablero de ajedrez: los directivos que no ponen su nombre a las empresas, los sindicalistas elegidos como representantes en la negociación y a quienes se ningunea para que la prolongación de la huelga haga de la situación algo insostenible, y los hombres de la administración, caballos de Troya en las mesas donde apenas se sentaban lo justo como para que en los medios apareciera que el gobierno estaba apostando por la resolución no violenta.
David Peace ha hecho una extensa labor de documentación para conocer los nombres de todos ellos, y para presentarnos a la gente como personas. Ejecuta una novela increíblemente difícil: no es Steinbeck y no es Chomsky. Es justo lo que hay entre uno y otro, donde se decide el martirio. Se nos habla mucho desde dentro de las cabezas de los sufrientes, y se menciona a algún que otro mercenario que boicotea las acciones de los huelguistas para poder justificar la violencia policial, o la violencia del ejército disfrazado de policía. Porque de ese género fue la vergüenza hasta la que llegó quien decidía. Miles de millones de libras perdidas con el único fin de mandar a la miseria a cientos de miles de personas, todo justificado por la manera en que funciona el libre mercado. Hay una interpretación que estremece: pensar que el carbón contribuye a destrozar el medioambiente y que, efectivamente, deberían buscarse alternativas a las centrales térmicas mantenidas con el carbón. Pero entonces las administraciones incluso desconocían que podían hacer uso de ese argumento. Al fin y al cabo, el neoliberalismo trata el planeta como si todo fuera una extracción mineral: se encuentra la veta, se explota, se agota, se busca otra veta. Así comenzó la esclavitud que arrancó a tanta gente de África, por ejemplo. Y así se está tratando la industria agrícola, que saca del suelo todos los nutrientes hasta convertir miles y miles de hectáreas en paisajes lunares. Esta novela nos explica cómo sucedió otro tanto con la fuerza motriz humana, nos relata el momento en el que el mercado y los mercaderes deciden que la gente es ya un deshecho y hay que enviarlos al cubo de la basura. Algo que jamás debemos olvidar.

viernes, 27 de julio de 2018

TRILOGÍA DE LA GUERRA


Trilogía de la guerra
Agustín Fernández Mallo
Seix Barral
Barcelona, 2018
485 páginas

Menos manierista y habiendo dejado parte del narcisismo con el que irrumpió gracias a sus Nocillas, Agustín Fernández Mallo ha escrito un libro al que catalogaremos como novela, porque el género permite un amplísimo recorrido. Las intenciones son claras: no se trata de inventar, sino de cocinar. En ese sentido, Fernández Mallo es hijo de una época en la que destacan nombres que se van mencionando a lo largo del libro: Bolaño, Sebald… gente que escribía libros que llamamos novelas por el mero hecho de ficcionar y de su extensión. En realidad, tanto a Bolaño como a Sebald les falta cierta sinceridad con la literatura, esa de reconocer que hacen literatura a partir de lo leído, no de las experiencias propias y ajenas, no de la empatía o la compasión, no de la poesía o de la épica. En ese sentido, Fernández Mallo se arranca con un alarde de sinceridad en la puesta en escena. Las frases, las situaciones, las localizaciones, las actitudes, las escenas nos resultan conocidas. Pero las maneja con la suficiente astucia como para que se nos antojen originales, invención, ingenio. Ingenio, más que invención.
El tipo solitario de la primera parte de la trilogía, ese que practica el onanismo mental para relatarnos que con sus pensamientos está escribiendo una novela, no es nuevo. Pero sigue siendo divertido. Y el pulso con el que narra Fernández Mallo, hay que decirlo, consigue mantenernos atentos durante casi 500 páginas, algo que ni el mismísimo Bolaño lograba, pues en algún instante desfallecía. La guerra que nos ocupa, como las que nos ocuparán en las otras dos partes, son fantasmas. La guerra civil española, la guerra del Vietnam, el desembarco de Normandía, lugares como Galicia, Bretaña o el espacio vacío de Estados Unidos, donde cualquier cosa es creíble. Como lo es en las ciudades que pisan los protagonistas: Nueva York, Milán, Buenos Aires. Entre las tres partes, Fernández Mallo introduce suficientes coincidencias como para que nos aseguremos de sentir que es un único relato.
Sin embargo, mientras en la primera parte se impone el propio Fernández Mallo, el narrador de la segunda, veterano piloto de la guerra de Vietnam y el astronauta que fotografió a Amstrong pisando la luna, nos cuenta su vida con un estilo que nos recuerda a varios autores americanos. Por ejemplo, a John Fante. Mientras en la primera parte no había estructura narrativa, en esta sí existe, pues es necesaria para relatar la caída, el ascenso y la caída de una persona. El primer narrador presumía de haber conocido todo, el segundo confiesa haber sido víctima del destino. Como en tantas novelas americanas, las relaciones familiares sin resolver, la tensión entre padres e hijos es la conciencia que mueve el relato. Los arquetipos funcionan en los personajes secundarios que se van sumando a este costumbrismo norteamericano sin final feliz.
Será en la tercera parte donde Fernández Mallo logre su mejor versión como escritor. Esta vez la voz es de una mujer. La primera impresión que nos transmite es la de remitirnos al monólogo interior, a las asociaciones según las palabras, las fechas, los nombres, pero el paisaje, la tristísima Bretaña donde fallecieron de forma tan barata cientos de miles de jóvenes, no da lugar a que sea cual sea el sentimiento, incluso la sensualidad, no esté presente la desolación. Estamos frente a la parte más humana del escritor, del narrador. Fernández Mallo aparta las lecturas que han inundado su vida a un segundo plano. Siguen vigentes, pero el monólogo sentimental, referido tanto a ella como a su pareja, se impone. Y nos identificamos con la protagonista con mayor facilidad durante ese recorrido de la costa normanda, en el que aparecen personajes decadentes y gente cuya cabeza se rige por vectores divergentes. La obra se lee como un tiro. Que se califique como novela, no tiene importancia. Podría no serlo, como podría no serlo 2666. La definición de Cela afirmando que novela es todo lo que figura bajo el epígrafe de novela, es o podría ser la definición de un vago. Lo que importa es que sea un buen libro, que las historias que nos cuenta nos atraigan. Lo que importa es ese ámbito en el que las cosas pudieron haber sucedido.

jueves, 26 de julio de 2018

EL AMOR DE UN IDIOTA


El amor de un idiota
Tanizaki Junichiro
Traducción de Makiko Sese y Daniel Villa
Satori
Gijón, 2018
285 páginas

Este es un libro que explica cómo funciona el cerebro de una obsesión amorosa. Falta, aunque Tanizaki Junichiro disponga del suficiente talento como para dejarnos intuirlo, la mente contraria, pues de un juego de opuestos se trata la relación amorosa que nos narra. Pero esa es otra novela que debe contar otra persona. Aquí se centra en el trastorno que supone para un hombre poco agraciado el recibir el beneplácito de una adolescente de quince años, y su empeño por mantenerlo tal y como lo vivió el primer día, contra viento y marea y, lo que es más difícil, contra la psicología evolutiva que hace pasar a una niña al grado de mujer. Según se nos presenta, dicho grado tiene mucho que ver con el físico, que la permite ser atractiva y, en consecuencia, rodearse de otros hombres. Pero él comienza su amor con veintiséis años, siendo virgen, y confunde lo platónico con lo sexual. Intenta ser un Pigmalión, aprovechándose de su ventaja económica y la supuesta dependencia que eso la genera a ella, pero se da de bruces con su incapacidad para ir aprendiendo. Y sobre todo con la de negarse a aceptar que un amor no es eterno. Entramos en la mente de un desesperado, una de esas personas que confían en que la relación de pareja suponga la felicidad, cuando todos sabemos que si una relación cuaja, es porque se comparten las felicidades conquistadas previamente.
Confiar todo tu bien a una sola carta es propio de un idiota. Hasta el punto de que cuando llega el maltrato, o si uno quiere rebajar la expresión, el tratar mal, se acepta como la norma. Los vínculos resultan estrechos y casi delictivos. De hecho, su amor y su matrimonio lo ocultan incluso dentro de su propia casa, donde no existen testigos. A medida que vamos comulgando con la mente del protagonista, nos preguntamos si nosotros seríamos capaces de mantener esa postura. Asistimos a la mella de la dignidad y a la afectación del honor. Pero sabemos que tal vez, tal vez, si nos viéramos en esa situación tampoco seríamos capaces de superarla con la cabeza alta. Ese es el punto que tiene en común esta novela con Lolita, que se nos presenta como referente. Por lo demás, El amor de un idiota es un relato mucho más sencillo y en el que los juegos verbales se arrojan fuera. A no ser que se pierdan en la traducción, impresión que no da. La literatura japonesa, la de Kwabata, la de Mishima, por ejemplo, tienden a la expresión sencilla. Son obras cuya complejidad está en la construcción de otra parte de la obra. Aquí en la psicología del personaje.
Desde el primer párrafo sabemos que deberíamos gritarle el refrán que dicta que quien con niños se acuesta, meado se levanta. Pero las garantías de fracaso están servidas dada su timidez patológica, sus complejos frente a un mundo que se está recibiendo en su país, el occidental, a través, mayormente, del cine. Allí están los galanes y está Mary Pickford, la novia de América con quien compara el protagonista a su amante. Pero la tensión va subiendo muy poco a poco, a sorbos lentos, bien medida por Junichiro para que no nos explote, y esa pregunta que él se hace, si será posible desenamorarse, se impone. La vergüenza y el ridículo que cree que está haciendo, la incapacidad para confesar desde cuándo y cómo conquistó a la joven, le llevan a situaciones y pensamientos grotescos. Pero no pueden ser otros. No le importa perdonar perversiones y pedir perdón cuando descubre que ella tiene amantes. Intuimos cierto sadismo en ella, que se complementa con el impulso de Pigmalión de él, para hacer de la relación un vínculo irrompible. La gente se engancha a lo que odia. Más aún cuando se trata de un personaje histérico cuya educación no le permite mostrarse como tal. Y de un tipo egocéntrico. Porque le importa ella en la medida en que le da felicidad, aunque sea consintiendo que le trate como a un kleenex. La historia nos resulta conocida, pero no tanto por haberla leído antes como por identificarla con la vida de alguna persona que nos rodea. Ese es el gran mérito de esta novela: que contiene un trozo cierto de la vida.

martes, 24 de julio de 2018

PEQUEÑO MUNDO


Pequeño mundo
Herman Hesse
Traducción de Marinella Terzi
Navona
325 páginas

Al contrario que la mayoría de los escritores, Herman Hesse estaba convencido de que las historias podían tener un final feliz, si es que tenían un final, algo a lo que le obligaba el formato libro. A mayores, no se trata de un escritor americano ni de un autor de novela rosa. Hesse centraba su atención en las posibilidades del alma, hasta el punto de sacarlas a flor de línea en sus escritos. Y la condición por las que a la fuerza pasaba el alma, al margen de la psicología más bien sencilla de sus personajes, era la relación con los demás. En este volumen se reúnen una serie de relatos inéditos, que comienzan con una versión de la bella y el feo, en la que la atracción que encuentra ella en el hombre radica en lo que él consideraba un severo defecto: la timidez. De ese rasgo solo le libraba la voz con la que se unía a un coro, es decir, formar parte del colectivo en un acto bello.
Ambos personajes, como el resto de los que pueblan el libro, están condicionados por los roles sociales con los que nacen y que les imponen las familias. De hecho, conseguir salir de la ruta que marcó la familia es una liberación. Hesse no lo indica de forma explícita, pero de su lectura se puede deducir que la familia es una farsa. O que al menos puede serlo. Que debemos separarnos de ella para poder ver el paisaje completo, pues dentro de la familia, como de cualquier estructura social, se esconden miserias a las que con frecuencia bendecimos con el nombre de tradiciones. Los protagonistas de sus historias son gente sensible, lo bastante como para señalarnos lo cerca que estamos de cualquier forma de oscuridad. Y el mundo es atroz, aunque al final exista la luz y, si uno la busca, termina por encontrarla.
Durante los relatos se nos exponen los falsos consuelos, desde el dinero a la religión, a los que se agarran aquellos que ven cómo su vida está siendo exprimida: por la atención que requiere un moribundo, por la gente que está convencida de que una relación de pareja es un problema antes que nada, por la fama con la que cargan los demás y las presiones del órgano social, por la supuesta misión de llevar la verdad a otras tierras. Frente a todo ello expone el talento como fuerza interior, la voluntad de aprender, el convencimiento de que uno no puede darse por vencido sin importar el resultado de la lucha, la serenidad abierta que nos enseñan otras culturas. En definitiva, cada relato es una experiencia de aprendizaje, un renacer lejos del pasado, al que intentaron encadenarnos. Ese pasado viene expresado por la familia o la teología, por la colonización o la herencia laboral. Y la felicidad, que solo se le escapa al protagonista de uno de los relatos, acude de la manera más sencilla posible: ser peluquero, reconocer la bondad en los pobres creyentes hindúes, dejar atrás la pedantería como aplomo para imponer su voluntad. En buena medida, Hesse vuelve a hablarnos de la aceptación. Y lo hace de una manera que todos podamos comprender, adaptada a las tres edades. Hoy mucha gente discute lo oportuno de su premio Nobel. Pero en su día supo traernos los buenos saberes que ya habían aprendido las gentes de tierras todavía extrañas. No está mal recordarlo, porque la memoria es cada día más efímera y para no saber que existen cosas diferentes al dolor conviene regresar a autores como Hesse una y otra vez.

lunes, 23 de julio de 2018

CARTA DESDE ZACATRAZ


Carta desde Zacatraz
Roberto Valencia
Libros del K.O.
Madrid, 2018
381 páginas

Esta es una crónica que no se lee como una novela. Se lee como lo que pretende ser: un manifiesto acerca de la dificultad de distinguir qué parte de víctima hay en un victimario. Es un trabajo periodístico en el que el autor no intenta mantenerse objetivo, porque hay vidas en juego, porque frente a la pobreza y las consecuencias de la pobreza, si uno se mantiene objetivo es un psicópata. Roberto Valencia (Euskadi, 1976) es un periodista afincado en El Salvador desde hace casi dos décadas, y allí ha llevado a cabo este proyecto, que le ha supuesto años de trabajo y una constancia loable, que le da unidad al relato y potencia a la narración. El libro comienza ubicándonos en el lugar y el tiempo, en el momento en que Estados Unidos decide deportar a docenas de miles de salvadoreños a su país, uno de los más pobres y pequeños del mundo. El nacimiento de los Mara, los grupos de delincuentes que se adueñan de un trozo de ciudad con mucha violencia, es una consecuencia de lo que sufre el país, que viene de padecer el enfrentamiento entre el ejército y guerrillas como el Frente Nacional de Liberación Farabundo Martí. Y de ver cómo uno de sus escasos héroes de la paz, Monseñor Óscar Romero, ha sido asesinado.
En este mundo de pandilleros adolescentes, que nada tiene que ver con lo que hemos visto en el cine, destaca un muchacho menos de edad, de apodo Directo, a quien sigue la pista Roberto Valencia. A él y a todos los que rodearon sus pocos años de existencia: familia, abogados, jueces, fiscales, guardias de prisión, pandilleros rivales, amantes… Mientras intenta exponer las leyes de los Mara, como el psicólogo que trata de indagar en la forma de pensamiento lógica de un esquizofrénico, se denuncia la adrenalina que embriaga a los que suman cadáveres. Sea por guerras territoriales o por venganzas, que pueden venir también desde la administración, las muertes se igualan en cuanto al llanto de los que se quedan a este lado de la tumba. Valencia hace un extraordinario trabajo a la hora de presentarnos su intento de diagnóstico y los sucesos que se agolpan a una velocidad increíble en la vida de alguien tan joven: fugas, detenciones, rezos, condiciones carcelarias, embarazos, mentiras de los medios de comunicación que suman lo macabro a la manipulación, y toda suerte de voceros que pretenden demonizar al demonio. Porque Directo es un demonio, pero es víctima, porque su locura no es un defecto mutante.
El final de su vida sucederá en la cárcel de máxima seguridad de El Salvador, conocida como Zacatraz, donde sobrevive por los pelos a trifulcas en las que no existe el amigo. En un país donde la vida no vale nada, esta se suma a los números negativos si se nace mujer o se da con los huesos en la cárcel. Hay un momento de esperanza, durante una terapia de rehabilitación en Costa Rica, que sirve para recordarnos que es posible la libertad y que es imposible la integración. Si además el gobierno aprueba leyes de mano dura, alguien como Directo sabrá que su paso por la Tierra será fugaz y que apenas habrá merecido la pena. Este es el tipo de historias que a fecha de hoy sigue mereciendo la pena ser contadas. Son las nuevas leyendas y son las denuncias, porque el libro no deja de ser una denuncia sobre la corrupción en centros penales, aunque se trate de leyendas que nos ponen los pelos como alambres. Y Roberto Valencia sabe muy bien cómo debe contarse una crónica de casi cuatrocientas páginas sin perder la tensión en ningún momento. Un gran trabajo. Sin duda.

GUERRA Y TREMENTINA

La memoria es un laberinto, una cebolla con sus innumerables capas, una mentira en la que nos creemos ser dueños de certezas, un conflicto en el que a nadie le faltan razones, una guerra en la que se igualan los muertos, un sitio en el que lo único que nos unifica es que todos, cada uno a su manera, rezamos un responso. Y rezar es el único verbo del que nadie sale malherido. Hay mucho de responso en esta obra en que la conclusión a la que uno llega en algún momento, a lo largo de la lectura, la expone el propio Stefan Hertmans (1951) cuando dice:
“Acabé comprendiendo que mi abuelo había sido el loco de corazón puro, el inocentón que se había hecho acreedor de mi admiración porque no conocía el egoísmo ni la vanidad o la autocomplacencia, solo aquel servilismo suyo, que para él era algo natural, lo cual lo convertía al mismo tiempo en un héroe y un simplón de intenciones nobles. Cuando comprendí esto (…), comprendí que apenas entendía nada”.
Este podría ser el grado máximo de sabiduría, la duda, la incertidumbre de la corriente de los días, y conseguir aceptar esta incertidumbre, una virtud en la que está puesta todo el empeño de esta obra. Hertman reproduce la vida de su abuelo y con ella la de su entorno a lo largo del siglo XX, sobre todo de los primeros años del siglo XX, hasta que lo quebró la Primera Guerra Mundial. El estilo nos resulta familiar, nos recuerda a Sebald, por ejemplo. Pero lo que en Sebald es un trabajo peripatético, sin que esto quiera decir nada malo, pues no son otras sus intenciones que las de hacer llorar, en Hertman es sinceridad. Sebald oculta cierto cinismo, cierto grado de superioridad moral, cierto complejo, del que Hertman apenas rescata ese tono de crepúsculo trasladado al pasado. De esa manera gesta una paradoja, pues el pasado debería ser amanecer. Pero será esa intención manifiesta de engañarse a uno mismo, dictando que en el pasado la vida era más humana, la que le lleve a la búsqueda de la paz, o de algo parecido a la paz interior. Para ello se vale de la figura de su abuelo y el libro toma un matiz íntimo tanto en lo biográfico como en el retrato social. Es un adagio.
Hasta que se da de bruces con el horror de la Primera Guerra Mundial. La reproducción sórdida que hace de la misma nos resulta un tanto conocida: las trincheras, el barro, las mutilaciones, las ráfagas de metralleta, los muertos uno a uno, la pérdida de cualquier sentido de la ética a favor de la supervivencia animal. Incluso la religión, que había estado presente con anterioridad, se hace a un lado. Solo algún dibujo hecho con el carbón de una hoguera le recuerda que hay algo humano en el interior de su abuelo o en su interior, pues esta parte del libro está narrada en primera persona, desde el punto de vista del abuelo soldado.La presencia de enfermedades de pulmón que matan a seres queridos, nos remite al romanticismo. Pero Hertman describe con sosiego hasta los aspectos crueles, hasta lo desagradable, y en realidad halla mucho de desagradable condicionando la vida. Rescata del olvido colectivo todo lo que puede para experimentarlo como nuevo a través de la literatura. Ese olvido colectivo tiende a apartar los fragmentos más aciagos, que él los trae a manera de descubrimiento. La forma de compensarlo es el arte. La pintura y el dibujo, a los que su abuelo se consagra sobre todo en los momentos en los que necesita ser rescatado, pero no hay nadie allí para salvarle. Así va sorteando la reproducción de los primeros años de vida de su abuelo, de la que apenas dispone de datos como para completar una novela, por lo que se topa con muchas preguntas. Y Hertman vive las preguntas como si fueran abismos. Pero se empeña en acompañar a sus antepasados como si allí él hallara una alegoría de su propia vida. Crea hipótesis sobre la belleza triste y sale a buscar l que tiene que quedar.
El mayor valor de estas páginas es la deconstrucción de una persona que tendrá que volver a levantarse. La inocencia debió haberla perdido, claro. Y como a tantos otros, ese paso de la adolescencia al mundo adulto se les arrebató durante las batallas y el sufrimiento. Siente que hay una pérdida, pero no llega a expresar en qué consiste. Sí la cura a través del amor y luego de la compañía, porque a la muerte de la chica de la que está enamorado seguirá el matrimonio para no quedarse solo. Esta parte de la historia está ya documentada, sí, pero a pesar de todo Hertman tiende a buscar una explicación psicológica en cada gesto y por encima de todo en cada una de las mujeres que marcaron su vida: la madre de su abuelo, la difunta amada, la hermana mayor de esta y su hija, esferas que condicionan tanto, que presionan tanto que busca consuelo en la pintura, donde algo de lo sublime debe de permanecer. O al menos algo de lo bueno que puede tener el ser humano. Esa bondad ingenua y natural es lo que desesperadamente busca a través de cada una de las líneas de este libro un hombre que echa de menos la sencillez en la condición humana.
Fuente: Revista de letras

PIRENAICA

Pirineos a pleno pulmón

Ander Izagirre vuelve a echarse kilómetros a la espalda para mostrarnos los Pirineos desde el sillín de su bicicleta, atravesando la cordillera de oeste a este y subiendo a sus puertos más míticos. Una travesía que disfrutamos tanto como una conversación con el mejor amigo.

Artículo completo en La línea del horizonte.



Lo difícil es hacer de la vida algo sencillo. Una bicicleta por hogar no quiere decir que todo lo que necesites para vivir durante una temporada quepa en las alforjas de un aficionado al cicloturismo. Nada de eso. La bicicleta es el medio de transporte reducido al esqueleto y que obliga al esfuerzo del viajero. Al esfuerzo físico, desde luego, pero también a soportar con humor las penurias. En realidad, lo único que necesita un viajero es una tarjeta de crédito. Pero no se trata de eso, porque supondría quitarle todo el romanticismo al paisaje. La bicicleta y los Pirineos forman todo lo que necesita Ander Izagirre para trazar un proyecto de vida. Sencillo y hermoso. Como en cualquier deporte de naturaleza, se dispone del campo de juego más bonito. Y luego está el aprendizaje, porque exige una ruta y esa ruta es algo que se ha trazado a lo largo de la historia. Desde los esclavos del siglo XX, perdedores de una guerra civil, hasta el Cantar de Roldán, y pasando, cómo no, por la permanente presencia de Induráin.

viernes, 20 de julio de 2018

NECESITAMOS NOMBRES NUEVOS


Necesitamos nombres nuevos
Noviolet Bulawayo
Traducción de Sonia Tapia
Salamandra
Barcelona, 2018
250 páginas

Una barriada de Harare, capital de Zimbabue, y Detroit y luego ese corazón de Estados Unidos donde se cocina el maíz que no sabe a nada pero engorda mucho. Sí, necesitamos nombres nuevos. Porque un nombre no es una mera sucesión de letras, es un concepto, es un apunte de un trozo de realidad, en un pedazo de mundo, y ninguno de los dos son lugares donde merezca la pena vivir. A pesar de ello, Noviolet Bulawayo (Zimbabue, 1981) parece echar de menos la miseria. Algo que no debe llevarnos a engaño. No se trata de malvivir y de sentirlo como forma de sinceridad, sino de la infancia. Eso es lo que dejará atrás cuando pase la mitad de la novela y comience la pubertad, la adolescencia y el camino hacia ser adulto que se narra en la segunda parte de la obra. En la primera, nos encontramos frente a dos nombres que no deberían coexistir: infancia y desesperación. El mundo de los niños pobres que dibuja es el de aquellos que no pueden permitirse derrochar una caloría en otra cosa que no sea salir adelante, ni siquiera en molestarse en intentar comprender falsos consuelos, como los que les ofrece la iglesia, la religión, que será una abstracción incomprensible.
La niña protagonista vive en un chamizo, con el hueco de un padre que las abandonó y bajo el sol. El sol que estará siempre presente, en cada una de las primeras páginas de la obra. Mientras se relata la vida de un grupo de niños, se nos acerca a la realidad africana, a la explotación por parte de multinacionales chinas, que están comprando el continente, por ejemplo. O a la farsa de las Organizaciones No Gubernamentales, a quienes solo les interesa la foto, retratadas como parte de la pose del mundo desarrollado. También se sumerge en las revueltas populares, en la violencia de los coletazos de la colonización o en la muerte. Y junto a la muerte en el SIDA, todo ello prohibido a la mirada de los niños, quienes solo pueden ver los entierros desde la distancia y son incapaces de entender nada.
De ahí pasaremos, sin cortapisas, a Detroit, la ciudad decadente, y luego al interior de Estados Unidos. A los campos de maíz y a los hombres y mujeres de una obesidad obscena. Un mundo supuestamente desarrollado que nuestra niña sigue sin comprender y del que habla con extrañamiento. Se mencionan las cosas horribles que los inmigrantes deben hacer para legalizar su situación, como bodas grotescas, al tiempo que se lamenta la pérdida de los sabores en las comidas y las bebidas. Eso son nombres nuevos que necesitaría que fueran diferentes: lo que ve, lo que escucha y la gente. Durante su primera etapa en Estados Unidos compara las dos formas costumbristas de vivir: su barrio pobre africano, su comunidad rica americana, con niños consentidos, la televisión por profesor, las películas porno y el anhelo de romper las reglas sociales. La voz que nos ha ido acompañando desde la infancia hasta esa etapa, a punto de entrar en la mayoría de edad, se pega a la realidad y al sentimiento del narrador como una segunda piel. Es ahí donde demuestra su talento Bulawayo. Porque lo que viene a continuación será demasiado descarnado: la nueva esclavitud, que apenas se diferencia de aquella a la que se sometieron los recolectores de algodón hace doscientos años. La desolación, los grilletes y el continente común de la pérdida son otra forma de soledad, algo imposible de compartir pues quien puede entenderte apenas puede sostenerse sobre sus propios pies, mientras sufre una explotación idéntica. Este realismo social no es nuevo en la literatura, pero sigue siendo constante. Y no está de sobra incidir en él hasta que consigamos derrotarlo.