miércoles, 15 de abril de 2026

¿ESTÁN VIVOS LOS RÍOS?

 

¿Están vivos los ríos?

Robert MacFarlane

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Random House

Barcelona, 2026

433 páginas


 


Está claro que Robert MacFarlane (Halam, Inglaterra, 1976) sabe a quién llorar. Su proyecto literario está vinculado a la naturaleza, que es donde uno encuentra vida en estado más puro. Nuestras vidas son los ríos, el río como metáfora de la vida. En obras anteriores lo fueron las montañas, los retazos de naturaleza virgen y hasta el subsuelo. Ahora vuelve al río, al lugar donde podríamos bautizarnos. La pregunta que da título a la obra, ¿Están vivos los ríos?, es significativa: si acabamos con ellos, acabamos con algo más que un curso de agua. Los ríos son todo lo que llevan dentro y todo lo que sobrevive a su alrededor. No son solo cauces llenos de líquido. Conviene preguntarse, antes de entrar a responder, qué es esto a lo que llamamos río. Para ello MacFarlane programa tres viajes: el primero a la selva nubosa de Ecuador, el segundo a los alrededores de Chennai, en la India, y el tercero a un lugar alejado de Canadá. Cada viaje con diferentes compañeros y con diferente espíritu.

A la hora de trasladar su experiencia, de reflejarla en negro sobre blanco, MacFarlane elige una estrategia más próxima al libro de viajes que en sus obras anteriores. Aquí las reflexiones las pondrá el lector, mientras el autor va desvelando sus pasos, que son pasos que nos van encaminando hacia el conocimiento, hacia el respeto. Lo que uno tiene la impresión todo el rato es de estar participando, junto a él y a sus amigos, de una lucha contra una larga derrota. Que estemos perdiendo esta lucha se ve, sobre todo, en el segundo de los viajes, donde los ríos que entran en la ciudad de Chennai y en las de sus alrededores, han muerto: demasiada polución, demasiada manipulación. Cabe, eso sí, alejarse un poco y dirigirse hacia zonas costeras próximas a las desembocaduras, donde desovan tortugas oliváceas, que se convierten, un poco, en el animal fetiche de este relato. Acompañado por un joven biólogo que padeció maltrato infantil, conoce este trozo de mundo que padece ecocidio y el reto de salvar algo, lo que se pueda, aunque sea durante unos pocos segundos. Y va aprendiendo algo así como una teología de la naturaleza.

Antes hemos paseado junto a él y a unos compañeros muy peculiares, por la selva de Ecuador, donde el ser fetiche no es un animal, sino una seta. El riesgo en que está esta región no es por desarrollo urbanístico, sino por extracciones mineras. Pero Ecuador ha sido el primer país en recoger en una constitución los derechos de la naturaleza, algo sobre lo que se habla de vez en cuando: si los ríos están vivos, deberían estar protegidos jurídicamente. El camino que emprende en esta región boscosa estará lleno de naturaleza, de un tipo de naturaleza que es tan sugestiva y rica como poco amable. Más amable resultará la que conoce en Canadá, donde las amenazas son las presas. Allí acude acompañado de un buen amigo, un genio excéntrico, y junto a un extraño grupo emprenderá un aventurado viaje en kayak por ríos y lagos. Antes, ha podido conocer algo de la magia indígena, de las atribuciones de significado que una cultura moribunda proyecta en los ríos.

El viaje a pie, el viaje vertical y el viaje deportivo, tres modalidades de desplazamiento que MacFarlane pone en marcha, compatibles con una espiritualidad bastante corriente, sin alardes, humana, habitual. MacFarlane jamás habla sobre la hipótesis de Gaia, pero en algún punto de la obra se ve que tanto él como sus compañeros dan por supuesto que es cierta. A lo que se dedican es, por encima de todo, a rescatar lo que merece la pena, que es vida natural, los regalos de la naturaleza. Hay que enamorarse del mundo para poder cuidarlo en condiciones. Hay que ser consciente de que por mucho que sepamos, nos queda mucho por conocer, y desear que ese conocimiento siga llegando. Ese es el punto fuerte de este extraordinario libro de viajes.


Fuente: Zenda

lunes, 13 de abril de 2026

LA LÍNEA DE SOMBRA

 

La línea de sombra

Joseph Conrad

Traducción de Marta Salís

Alba

Barcelona, 2026

162 páginas

 



Para Joseph Conrad la mayor virtud del hombre es la lealtad. Así lo hace ver en la nota de autor que acompaña a esta nueva edición de La línea de sombra, cuando habla del aprecio imperecedero hacia la tripulación que le acompañó en el viaje que dio pie a esta novela. Imperecedero quiere decir inmortal, pero en términos humanos, es decir, que no puede morir mientras uno viva. Lo que haya más allá de la muerte propia es asunto de otras meditaciones, no de las que afectan a Conrad, siempre dándole vueltas a lo que nos construye como seres que habitan este planeta y entre esta gente. Será esa parte de la gente que le acompañó veinte días al borde de una lenta y agonizante destrucción, los que generen en él aprecio, un afecto capaz de motivar la creación de esta obra maestra.

«Solo los jóvenes conocen momentos así. No me refiero a los muy jóvenes. No. Los muy jóvenes, en realidad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa maravillosa continuidad de la esperanza ajena a toda pausa e introspección, es el privilegio de la primera juventud». Así comienza esta obra en la cuidada traducción de Marta Salís. Sabremos que estamos frente a un narrador, trasunto del propio Conrad, que se dispone a abandonar la última parte de la juventud, esa que es más reflexiva, preparándose para entrar en lo otro, en lo que viene después. Es una etapa de cambio, pero esto no significa que suponga un avance en madurez. La cuestión a la que nos lleva el narrador es puramente emocional, y lo hará con la densidad de estilo tan propia de Conrad, ese polaco que aprendió a escribir guardando reverencias al inglés que fue su segundo idioma. Eso es lo que sucede en las etapas de cambio, que nos despellejan por dentro: «Y aún era demasiado joven, aún seguía en ese lado de la línea de sombra, par no sorprenderme ni indignarme ante algo así».

Conrad entiende al lector como si se tratara de un amigo que le está escuchando la narración, y a los amigos se les respeta, se respeta su inteligencia y su estado de ánimo. No debe contarse aquello que carece de valor, y el valor se mide por las posibilidades de transformación. En eso consiste el respeto de Conrad y de sus narradores. En este caso, nos habla de una etapa en la que hay que comenzar a tomar decisiones y esas decisiones se toman en serio. En primer lugar, porque todo sucede en el mar, en ese mar romántico, existencialista y en ocasiones con un punto gótico: «Un súbito arrebato de nerviosa impaciencia recorrió mis venas, y despertó en mí una sensación de intensidad de la existencia que no me había asaltado antes ni he vuelto a experimentar jamás. Descubrí hasta qué punto yo era marino, de corazón, de alma y, por decirlo así, físicamente: un hombre hecho únicamente para el mar y los barcos. El mar era el único mundo que importaba; y los barcos, la prueba de la hombría, del temperamento, del valor y la fidelidad… y del amor».

Y luego está todo esto que ya conocíamos acerca de La línea de sombra y que vuelve a intrigarnos cuando la leemos: la posibilidad del fantasma, que se hace real cuando devora a alguien importante a la hora de salir adelante; el contraste entre la calma y la más extrema inquietud; una tripulación sin apenas rostro en la vida del autor con la mayor capacidad de descripción que ha existido; y, por encima de todos, ese personaje, Ransome, ese héroe disfrazado de antihéroe, el guardián del secreto de la serenidad, una actitud a la que le obligan sus debilidades, pero que no cae enfermo. Todo este misterio regresa y, una vez más, nos aturde. Bienvenidos, de nuevo a una de las más grandes obras maestras de la literatura.

viernes, 10 de abril de 2026

OCHO OSOS

 

Ocho osos

Gloria Dickie

Traducción de Silvia Moreno Parrado

Errata naturae

Madrid, 2026

310 páginas

 



Si uno sale un poco del asombro, se da cuenta de que los invasores somos nosotros. El planeta funcionaría perfectamente sin nuestra presencia, como funcionó en la época de los dinosaurios, cuando lo natural era comer o ser comido, y a eso se le puede llamar armonía. Nadie se esperaba un meteorito que cambiara la existencia total, pero ese fenómeno pertenece al universo de la naturaleza, al que no pertenece este meteorito que hemos lanzado nosotros, el cambio climático, que baja muy despacio, pero acelera a lo bestia el proceso de calentamiento. Si no existiéramos como especie civilizada, tampoco habríamos podido construir nuestros mitos, incluidos los que aparecen pintados en las paredes de las cuevas, los refugios por los que teníamos que combatir con otros habitantes del planeta, como los más gigantescos rivales, que eran los osos. Este mundo es más suyo que nuestro, porque ellos se integran en el desarrollo que debería seguir el curso natural, mientras que nosotros no hacemos nada más que modificarlo. Este extraordinario libro, Ocho osos, nos enfrenta a quiénes somos a la hora de relacionarnos y modificar el mundo para satisfacer nuestros caprichos, que justificamos como necesidades.

Gloria Dickie es una periodista canadiense especializada en medio ambiente y cambio climático, que elige un ser mítico, uno de los gigantes de la Tierra, para mostrarnos la deriva que hemos impuesto al mundo natural. Cada uno de los ocho osos seleccionados habita en un lugar diferente del planeta y a cada uno le corresponde una suerte distinta, pero en todos los casos la intervención humana supone algún grado de peligro. Es estremecedor el capítulo dedicado al oso malayo, donde se acerca a las granjas en que están encerrados para extraerles la bilis. Es significativo el dedicado al oso polar, centrado en la vida en una población donde llega a ser una amenaza física, y condenado a la desaparición a cuenta de la licuación del hielo. Es contundente el dedicado al oso de anteojos de Perú, porque se centra en la búsqueda, que resultará infructuosa, como resultó la de Peter Mathiesen cuando buscaba el leopardo de las nieves, pero nos introducirá en el mundo de crónicas de viajes atractivas, dinámicas, que espolean la curiosidad y animan al descubrimiento. En cada uno de los casos, la lectura nos ayuda a encontrar cierto sentido a la investigación, nos espolea ayudando a sentir ganas de vivir, de movernos, de protagonizar encuentros. Incluso durante la lectura del capítulo dedicado al oso panda, que es el más elaborado a partir de fuentes escritas, el que refleja menos viaje.

El libro es un compendio en el que se entrelazan, a la perfección, periodismo, etología, conservacionismo, geografía y etnología. El artefacto literario funciona muy bien, regalándonos uno de los libros del año. Lo que no termina de funcionar bien es lo que refleja, la imposible convivencia de los osos, y la naturaleza, con los humanos. Y, en este caso, entre los osos y los hombres nos vemos con frecuencia en la tesitura de elegir a los osos. Comprendemos a los habitantes de Churchill, la ciudad canadiense en la que alguna gente ha sufrido ataques de oso, como a los que viven en las regiones indias y tiene por vecinos al oso perezoso, el más peligroso de todos ellos. Pero nos molesta el espíritu de los cazadores de Estados Unidos empeñado en conseguir como trofeos cabezas de oso Grizzly. Pero también conoceremos a los compañeros de viaje maravillosos, la gente que aporta lo mejor de la humanidad en el proceso de relaciones con la naturaleza, lo cual nos lleva a pensar que otra armonía es posible. Para ello, Dickie ha conseguido que pensemos en los osos como seres casi humanos, como perdedores que tuvieron mala suerte, como tipos sintientes. Dickie ha escrito un librazo.

miércoles, 8 de abril de 2026

ENTRE LAS HOJAS ESCONDIDO

 

Entre las hojas escondido

David Muñoz Mateos

Muñeca infinita

Madrid, 2026

270 páginas

 

 


En realidad, no hemos sido capaces de crear un mundo que pueda integrar a lo salvaje. Decimos salvaje y tal vez deberíamos decir natural. En ese mundo es en el que se cría Samuel, el protagonista de esta historia, un niño feral que se reencuentra con el narrador, compañero de infancia y adolescencia, en la que Samuel sobrevivió al intento por parte de los adultos de integrarle en nuestra sociedad. Entre las hojas escondido nos habla del fracaso, pero nos habla, sobre todo, de la amistad y de la exploración de la amistad. Para ello David Muñoz Mateos (Zamora, 1988) se vale de un narrador, el compañero, que emprende un trabajo de investigación acerca de Samuel, una labor de la que debería salir un libro. Ese libro, el que tenemos entre manos, resultará ser una descripción del proceso de reencuentro, en el que se va buceando, en ocasiones, en el pasado, en los hechos comunes, los más significativos, de un intento de educación formal.

Recordemos que un niño feral es aquel que ha vivido sin contacto humano, como Mowgli o Tarzán, entre animales, sin los estímulos del lenguaje ni los condicionamientos de la civilización, aquellos que llevan a desarrollar estrategias para el engaño, por ejemplo. Casos célebres son el de Victor de l’Aveyron, que retrató Truffaut en El pequeño salvaje, o el de Marcos Rodríguez Pantoja, que creció entre lobos y sobre el que también se llegó a rodar una película, Entre lobos, de Gerardo Olivares. El tema del que se habla en estos relatos, y también en esta novela, es sobre la maldición de ser diferente. Muñoz Mateos muestra, desde el inicio, un respeto reverente por el lugar en el que se crio Samuel y que supone un alivio para el narrador, pues ha introducido un poco de belleza en su vida; hablamos de la Sierra de la Culebra. El paisaje no será ajeno a la bendición de haber conocido, y seguir conociendo más, poco a poco, a alguien que es capaz de entender esa naturaleza de una manera íntegra, sana, completa. Samuel se sabe parte de allí, con una facilidad que es justo lo opuesto a su dificultad para expresarse en nuestro lenguaje. En buena medida, lo que se va desplegando es una contraconvivencia, los problemas de integración que han ido construyendo escollos, lejanías, que ahora suponen un problema a la hora de comunicarse entre ellos. En realidad, el autor nos lleva a un lugar que divide el mundo en dos: por un lado, está Samuel y por otro todos los demás. El efecto es el de cuestionarnos nuestra civilización, una vez más, pero en esta ocasión completamente, porque nada de lo que hemos creado sirve para descifrar al protagonista, que al igual que el mundo al que pertenece parece estar agonizando.

No fue posible la transformación del niño feral, algo que parece, más bien, propio de un relato romántico, lo cual nos lleva a plantearnos, también, que existen miles de formas de abandono. Y eso implica tratar con otro de los grandes asuntos que nos preocupan, como es la soledad. El narrador trabaja solo, pero su trabajo le sirve de explicación vital, de motivo para seguir caminando; sin embargo, Samuel vive solo, tras haber incluso intentado la convivencia con una mujer, y esa soledad no tiene consuelo, a no ser los momentos en los que se acerca más a la naturaleza, que es lo que mejor entiende. En buena medida, nos enfrentamos a una forma de nobleza que nos cuesta comprender que, de hecho, nos cuesta hasta definir. Samuel carece de maldad, como carece de nada parecido a la astucia social. ¿Qué nos puede ofrecer? ¿Qué puede ofrecer alguien cuya autoestima es tan especial o está tan especialmente dañada? La pregunta queda sin respuesta concreta, permitiendo que cada lector encuentre la suya. Que la obra sea abierta no hace sino darle más calidad a esta novela, que nace con muchos planteamientos muy dignos.


Fuente: Zenda

jueves, 2 de abril de 2026

LA VIDA EN UN PLANETA POCO CONOCIDO

 

La vida en un planeta poco conocido

Elizabeth Kolbert

Traducción de Francesc Pedrosa

Debate

Barcelona, 2026

374 páginas



 

Es casi imposible no sentir la tentación de cerrar los ojos cuando a uno le llegan imágenes de hambruna, de cadáveres en tierra bombardeada, del dolor y el sufrimiento de los mendigos o de un perro degollado por un tipo alcohólico que acaba de sufrir el suicidio de su madre. Pero cerrar los ojos no consigue que el mal desaparezca. Hay que atreverse a saber. Lo bueno de mantener los ojos abiertos es que también te permitirás conocer la belleza de un campo de flores, la astucia de las raposas, la magia que transforma a una oruga en crisálida, los cielos despejados y los impactantes cielos de las tormentas, la elegancia de una manta raya nadando o la ternura que brota en el encuentro de una leona con sus crías. Si uno está dispuesto a defender el planeta, es porque previamente se ha enamorado de él. Todavía hay muchas cosas hermosas, un amplio abanico de cosas buenas por las que merece la pena seguir en la brecha. Lo único que no vale es rendirse.

En esta lucha, y por este motivo, es en la que está Elizabeth Kolbert (Nueva York, 1961), reconocida periodista ambiental que publica sus artículos en The New Yorker. De hecho, este libro es una recopilación de ellos y nos muestra que el mejor activismo, el que más merece la pena, también requiere de las buenas palabras, de los mejores relatos, de grandes narradores. Kolbert emprende una serie de viajes bajo una motivación que parece ser la más urgente: uno no puede luchar por mejorar el planeta si no hay planeta, o al menos si no hay un planeta habitable. El eje sobre el que giran los artículos no puede ser otro que el cambio climático, que es el gran enemigo de la naturaleza. Y la naturaleza es lo que nos sostiene. Los viajes de Kolbert recorren una buena parte de la geografía mundial y la redacción de los artículos no se limita a expresar qué es lo que encuentra, pues en todos ellos cuenta, y mucho, con quién se encuentra. Hasta el punto de que los que conforman el último grupo, Todo lo que podemos salvar, podrían catalogarse como perfiles. Destaca la inquietud de la gente con la que se encuentra, pero también el ingenio, que Kolbert nos retrata como no pudiera existir el uno sin el otro. Es cierto que valora mucho el salirse de los lugares comunes para poder atender a la diversidad y afrontar los problemas desde una perspectiva diferente. Lo que atañe a la humanidad debería tener escala humana.

Pero Kolbert no se limita a mostrarnos a personas de manera que sintamos que cualquiera de nosotros podría pertenecer a esa estirpe. A lo largo de los artículos despliega toda serie de datos, con frecuencia estremecedores. Sabe que conviene enunciar los argumentos que certifican la razón de la causa. Y más si esta causa es tan noble como la defensa y restauración de especies, en la que se empeña tanta gente creativa. Hay que ser optimista, que es una invitación que surge de la energía con que Kolbert desarrolla sus artículos. Si el mundo se está destruyendo, es porque se destruye a imagen y semejanza de alguien que no parece muy humano. La humanidad reside en quien se preocupa por aquello de lo que está enamorado, y uno se enamora de lo que conoce, no se enamora en abstracto. Y conocer el asombroso mundo natural será clave para mejorar el mundo total, y hacerlo más habitable. La vida en un planeta poco conocido es un maravilloso encuentro literario con lo mejor de la lucha por la naturaleza. Una lección magistral de periodismo y anhelo de armonía.

miércoles, 1 de abril de 2026

LA AGUJA DORADA

 

La aguja dorada

Montserrat Roig

Traducción de Gemma Deza Guíl

Consonni

Barcelona, 2026

267 páginas

 



«En el otro lado hay una mitad de nosotros mismos», dicta una de las últimas frases con las que Montserrat Roig (Barcelona, 1946 – 1991) culmina este viaje. La aguja dorada contiene viaje, sí, pero viaje en todos los sentidos, en desplazamientos geográficos y en revitalización interior, en aprendizaje y en descubrimiento, en desarrollo y en divulgación, en lo que supone aguantar y en lo que supone emocionarse. Corre el año 1980, cuando todavía no sospechábamos que pudiera caer el muro de Berlín, y Roig emprende un viaje a Leningrado con intención de escribir un reportaje sobre el sitio de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército nazi tomó la decisión de rendirla por hambre y frío. No es nada extraña esa confesión que hace al principio, cuando habla del miedo que sentía: «Miedo a pasar por aquel país sin retener las “cosas” y no los hechos, las personas y no las fechas, la vida y no la historia, sin pisar las calles con la mirada de los pies, de verdad, cuando los pies te hacen de ojos y te conducen hacia lo que desconoces perro que eliges de manera inconsciente». Tal vez ese miedo sea necesario para construir la segunda parte de este libro, una magnífica decantación, tras varias entrevistas, de lo que supuso la guerra en la población, persona a persona, de la ciudad. Roig conocerá a gente que vivía con la muerte y, sobre todo, con demasiado recuerdo de la muerte.

Pero antes ha tenido que superar varios episodios y algunas barreras. La primera de ellas la forma la propaganda. Cabe recordar que 1980 es el año en que se celebraron Olimpiadas en Moscú, y a ese país, la Unión Soviética, llegó Roig: todo debía ser un escaparate, por mucho que la trastienda estuviera vacía. Le facilitarán un intérprete bravucón, borracho y empachado de ideología y tradición, obsesionado con los agentes que le espían en todos los rincones. Con él conformará una pareja que podría igualar en intensidad narrativa a Don Quijote y Sancho Panza, de no ser por la incomodidad que genera y que Roig sabe contener a la hora de expresarla. De hecho, Roig se vale de esta incomodidad para hablar acerca de los conflictos con la época que les está tocando vivir a los soviéticos. Pero la presencia del intérprete, fatigosa, impide a Roig encarar su trabajo, atender al arte, a la vida cotidiana y a la historia en condiciones. Lo que se impone es el choque de civilizaciones, una adaptación que a Roig le resultará imposible.

Roig coloca un interludio en el viaje para hablarnos de Pushkin y de Sostakóvich, mientras aguarda a un nuevo intérprete. Resulta galante encontrarse con el poeta y el músico, y con los conflictos y la supervivencia, gracias al estilo sereno de la autora. Pero el plato fuerte vendrá a partir de entonces, cuando el nuevo intérprete, un tipo ingenuo, resultará ser alguien que le facilita el trabajo, gracias al cual puede comenzar la verdadera labro, la de conocer gente y ver el lugar y la guerra a través de sus ojos. Y con lo que nos vamos a encontrar es con otra de esas experiencias literarias que quitan el aliento. Con una tristeza que desborda, va narrando episodios de la vida, si es que aquello se podía llamar vida, de supervivientes. Roig hace gala de una capacidad narrativa muy humana, se identifica con el sufrimiento sin caer en excesos sentimentales, y refleja todo con una empatía que nos llevará a preguntarnos si no es precisamente esto, la empatía, el principal atributo por el que debemos valorar una obra literaria. La tentación es a responder que sí, porque Roig escribió uno de esos libros inolvidables gracias a ella.


Fuente: Zenda

miércoles, 25 de marzo de 2026

HISTORIA DE UNA MONTAÑA

 

Historia de una montaña

Élisée Reclus

Traducción de Marcos Nava García

Errata Naturae

Madrid, 2026

218 páginas

 



Que el ser humano debería actuar como la conciencia de la Tierra, es el eje sobre el que gira buena parte del pensamiento de Élisée Reclus (Sainte-Foy-la-Grande, Francia, 1830 – Thourout, Bélgica, 1905). Geógrafo, viajero incansable, activista que participó en la Comuna de París, anarquista, colaborador de Bakunin y amigo de Kropotkin, Reclus fue un pionero en la defensa de la emancipación de la mujer y de los derechos de los animales. Criticó el capitalismo, vinculando sus críticas al ecologismo, que era, en buena medida su refugio moral, donde sentía que no podía estar equivocándose, pues había una ruta hacia el optimismo gracias al contacto con la naturaleza. A ese ciclo pertenece este libro, Historia de una montaña, en el que el autor elabora lo que podría llamarse literatura de paisaje. Pero un paisaje no es un lugar para una estampa, no es un lugar tieso. Un paisaje es un lugar vivo, como demuestra que al caminar por él no cesen de salirnos al paso detalles de evolución vital: «la intimidad de la roca, el insecto y la brizna de hierba», son las últimas palabras de esta obra, que responden al mismo tono lírico con que está trenzada por completo.

El lirismo de Reclus obedece a un proyecto de humildad. Uno no pasea por la montaña siendo protagonista de su paseo, sino que todo el protagonismo lo cede al paraje. En buena medida, concibe la naturaleza como el mejor antidepresivo. Así los paseos están repletos de momentos vivos, de vapor, niebla, sol, sombra, nieves, glaciares, esplendor, sueños y recuerdos, aunque a los recuerdos recurra muy de vez en cuando. Lo prioritarios es el presente, generar las buenas sensaciones, que son las buenas imágenes, que generarán los mejores recuerdos cuando ya no estemos allí. La montaña que recorre no es un lugar habitable, allí donde uno desearía fundar un hogar, sino un paisaje donde encontrarse bien, un lugar salubre. Para ello se vale de la geografía, la geología, la etología y cualquier ciencia vinculada a la naturaleza, aunque su uso es muy divulgativo, nada categórico y siempre basado en la experiencia. Y eso incluye, de vez en cuando, a las leyendas, los mitos y la religión. Una vez separada la montaña del hombre, queda plantearse cómo vivirla: «Para la mente que contempla la montaña a lo largo de los siglos, esta se presenta tan flotante y tan incierta como la ola del mar azotada por la tormenta: es una marea, un vapor; cuando haya desaparecido, no será más que un sueño».

Estamos en una época sin cámaras fotográficas, de modo que los registros podrán llegar a través de la pintura o de la literatura. Es una época en la que no tanta gente camina por las montañas, aunque Reclus ya denuncia a los alpinistas por su ambición y la suciedad que esta produce en montañas y valles. Reclus sabe que es una suerte poder dar testimonio y así opera, centrando cada capítulo en uno de los hechos naturales que se encuentra ahí arriba: los bosques, los animales, el glaciar, las nieves, la tormenta, los espíritus, etc. Reclus nos habla sabiendo que hay un tiempo geológico, que es casi eterno, y un tiempo humano, que es el que contempla las variaciones que se producen en el paisaje, que es el tiempo de las estaciones. Se muestra como un observador sensible, dándonos una lección de cómo deberíamos mostrar respeto cuando salgamos ahí, afuera, a la vez que convenciéndonos para que en lo tocante a la naturaleza seamos conservadores. Es más realista que impresionista, a pesar del enfoque de oda que tiene la obra. Le gustaría que la belleza estuviera contenida en lo que se detiene a escribir, para lo cual recurre a un estilo sencillo, inocente, que nos impulsa a recordar que vivir libre, morir libre, son síntomas de un acertado desarrollo moral.


Fuente: Zenda

miércoles, 18 de marzo de 2026

LA ISLA

 

La isla

Jérôme Ferrari

Traducción de Pablo Martínez Sánchez

Libros del Asteroide

Barcelona, 2026

176 páginas

 



«Las pequeñas islas son todas grandes prisiones; no se puede mirar el mar sin desear tener las alas de una golondrina». La frase, de Richard Francis Burton, es el colofón con que termina esta novela, La isla, en la que Jérôme Ferrari (París, 1968) plantea que liquidar el mundo es todo lo que se hace bajo el imperativo de la codicia. En este caso, la que surge en un entorno cerradísimo, una isla, a cuenta de la explosión del turismo. Utilizar el término explosión no es gratuito, porque la llegada e instalación del mismo, la colonización consecuente, se produce en un tiempo muy breve, que imposibilita cualquier tipo de digestión. De ahí el episodio violento, un apuñalamiento que aparenta ser gratuito, que da pie a la puesta en escena del pequeño territorio y a los movimientos sensoriales y de duda de sus habitantes. Para ello Ferrari se vale de varias voces, incluida la exterior a los personajes, la del observador autónomo, de manera que vamos conociendo no solo lo que implica la maldición del turismo en cuanto a actitudes, sino también en lo que se refiere a emociones.

De hecho, entraremos a la novela a través de un personaje digresivo, en el sentido en que puede ser digresiva una persona que no sabe bien qué es lo que está haciendo, qué supone para los demás lo que hace. Luego nos encontraremos con voces más explicativas o incluso nostálgicas. Y también con alguna en la que destaca la potencia, la densidad, eso que nos lleva a imaginar la dificultad que supone abrirse camino en un mundo bastante espeso, incómodo, mostrenco. Lo que se nos expone, claramente, es una visión del absurdo a través de la muerte de lo natural. Y lo natural, en esta isla que los turistas ven como un nuevo paraíso, era entender que esa costa de cara al mar no tenía valor alguno, eran terrenos que no deseaban sus habitantes, porque resultaban demasiado agresivos para vivir, para cultivar o para anclar los barcos de pesca. Pero esa forma de lucha por dejar atrás lo miserable no tiene con qué combatir la entrada fácil de dinero que supone el turismo. Dejaremos de ser quienes somos, incluso dejaremos de ser buenas personas, pero tendremos dinero. Esa codicia se complementa con la del turista, que ambiciona sol, buenas sensaciones y repetir esa imagen tópica del descanso que es mirar al océano, y que Ferrari decide que hoy no es ocasión de comentar. Hay que mostrar el ambiente en el que se va modificando el agresor, el tipo que apuñala a alguien en una playa pobladísima, entre personas que no dejan de grabar el crimen con el teléfono móvil. La imagen es justo la opuesta a la del asesinato que protagoniza Mersault, el protagonista de El extranjero, que dispara en una playa solitaria. Es difícil que Ferrari no lo haya tenido en cuenta y no nos esté llamando la atención acerca de lo que debería significar el existencialismo del que habla Camus actualizado tras años de explotación turística.

Mientras tanto, alguna de las voces ha ido hablando acerca de la violencia que existía antes dentro de la isla, y también acerca de la tristeza. Incluso nos llega a presentar una atmósfera que contiene un punto de magia, algo que se respira y que tal vez sea lo que ha respirado el criminal. Lo que se impone es la sensación de nula higiene, que nada está limpio, que lo que respiran los personajes es pecado, culpa, daño, todo lo que provoca pesadillas. Y que lo mejor sería huir. Ferrari escribe sobre lo inexplicable, que es responder a la pregunta de por qué hacemos lo que hacemos. Para ello nada mejor que una isla, una sociedad cerrada, como supo William Golding cuando escribió El señor de las moscas. Esta novela es una denuncia que no olvida su función narrativa, una experiencia que no nos deja indiferente.


Fuente: Zenda

martes, 17 de marzo de 2026

CUANDO TODOS SABEN QUE TODOS LO SABEN...

 

Cuando todos saben que todos lo saben…

Steven Pinker

Traducción de Pablo Hermida Lazcano

Paidós

Barcelona, 2026

357 páginas



 

En la conciencia, pero escondido, guardamos al niño que gritó que el emperador estaba desnudo. La diferencia entre nosotros y el protagonista del aviso es un océano de capas, esas que van formando la principal característica de la conciencia, que es la que se forma por pactos sociales, por pudores sociales y por la necesidad de no hacer daño mientras convivimos. Pero para no caer en el desánimo, de vez en cuando debemos profundizar en la conciencia para asegurarnos que ese crío todavía habita allí, aunque sea muy al fondo. Si se nos ocurre sacarlo a la luz, señalar que tal vez algún emperador esté desnudo, nos encontraremos con una marea social censurándonos, con aquellos que perdieron buena parte de su sinceridad por no bucear hasta su crío a la hora de revisar la conciencia.  Pero en algún momento, todos debemos darnos cuenta de que el emperador está desnudo y darle la razón a quien lo pronunció, aunque luego decidamos que hay que meterle en la cárcel.

El asunto del cuento de Andersen sirve para iniciar este ensayo de Steven Pinker (Montreal, 1954) acerca del conocimiento común. En primer lugar, Pinker debe definir en qué consiste este conocimiento común, para lo cual recurrirá, con frecuencia, a la enumeración sin fin: yo sé que tú sabes, y tú sabes que yo sé que tú sabes, y yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes… No importa, nadie se detiene tanto en ello. Pero no es un mal principio para estudiar el conocimiento común en un mundo hiperconectado, en el que no cesamos de recibir estímulos que buscan la alta intensidad en tiempo corto. A mayores, están los riesgos de las falacias o la hipocresía, de las censuras, de las ambigüedades, de las tensiones entre la expansión agresiva de nuestro conocimiento para promover el entendimiento y el mantenimiento de conocimientos privados. La intención de Pinker será la de intentar explicar cómo preservar cierta armonía humana, que debería ser inherente a nuestra condición.

Partiendo del hecho de que lo que nos hace sociales no es el enfrentamiento, sino la cooperación y coordinación, Pinker elabora un ensayo muy entretenido, en el que da la sensación de estar manejando todo el rato paradojas y juegos de lógica, aunque si nos detenemos a analizar sus tesis, resultará que eso se refiere solo al aspecto, porque hunde su estudio en el conocimiento humano, en intentar explicar parte de la humanidad que nos compone. Hay que decir que en el texto subyace la idea de lo complicado que puede resultar entenderse, al tiempo que navega entre el éxito que es haberlo hecho. El optimismo es parte del proyecto de Pinker, y eso se agradece. Ese optimismo se basa en lecturas, estudio, experimentos psicológicos, y un sinfín de buenos ejemplos que ayudan a hacer del ensayo algo bastante divulgativo. Pinker siempre ha sabido cómo dirigirse al lector para hablarle de las cosas que le afectan o que el lector considera, durante la lectura, que son las que le afectan. El efecto que consigue es el de encontrarnos, por fin, con una cabeza bien estructurada que nos ayuda a poner orden en lo aprendido y en las intuiciones que deberían pasar a formar parte de lo aprendido. Algo que se hace imprescindible cuando nos encontramos con que la comunicación, que conviene tener a buen tono para facilitar la cooperación y la coordinación, pasa por textos, subtextos, lenguaje no verbal, segundas intenciones, todo esto que podría separarnos, y a pesar de ello forman parte de lo común. Pinker vuelve a acertar con este sugestivo ensayo.