miércoles, 11 de febrero de 2026

COSECHADORA UNIVERSAL

 

Cosechadora universal

John Darnielle

Traducción de Javier Calvo

Aristas Martínez

Badajoz, 2026

314 páginas

 



Uno aprende a guardar imágenes de seres queridos para sentir el testimonio de que estuvieron ahí, para asegurarse de que fueron importantes y con la esperanza de que ocupen el hueco que dejaron al marcharse. Pero esto puede llegar al paroxismo cuando lo que hacemos es buscar a seres queridos, porque un día desaparecieron sin abandonar este mundo. Dado que tampoco sabemos los motivos de su desaparición, la herida no parece que vaya a resultar fácil de cerrar. Pero puede motivar lo bastante como para emprender una búsqueda que tiene mucho de narración, de construcción de un relato que, como en este caso, tiene lugar en tres diferentes décadas. La narradora tendrá una motivación suprema para elaborar esta obra, que aparenta estar narrada desde la omnisciencia pero que, nos hace sospechar de vez en cuando, es una novela construida por alguien que está investigando. Esta estrategia le da mucha verosimilitud a la ficción, a la que cabe añadir la aportación de los picos de intriga, bien dosificados, y la relación de vidas cotidianas, o casi cotidianas, que ocupan buena parte del espacio sin que el interés de la lectura decaiga.

La primera parte nos llevará al tiempo en que alquilábamos películas VHS en los videoclubes y a un lugar donde la gente siente afición por la pesca. Estamos a finales de los noventa en una localidad de seis mil habitantes, un poco apartada de las leyes que rigen en Chicago o Baltimore. Y el protagonista de estas páginas tiene veintidós años, una edad en la que hay que arrojarse al vacío de hacerse mayor, y vive con su padre tras la desaparición de su madre, años atrás. Este muchacho emprende una investigación sin medios, entre los vecinos, cuando descubre que algunas de las cintas están adulteradas por trozos de vídeos domésticos grabados sobre la película original.

En la segunda parte seguimos a una pareja con una hija, que tienen una vida de presupuesto ajustado. Sentimos ciertos problemas de comunicación entre ellos, entre los tres miembros de la familia. Pero ella, la madre, comienza a asistir a oficios religiosos como medio de compensar la crisis que le embriaga. Esto ocurre años antes de la historia que aparece en la parte anterior. En la tercera, se plantea un relato coral, en el que varias personas normales dan la sensación de tener vidas normales, en un tiempo más contemporáneo al de la escritura de la novela. Una familia encontrara videocasetes con grabaciones antiguas, grabaciones de la calle, de algo que aparentemente no es nada. ¿Cómo dar coherencia narrativa a todo esto? Joh Darnielle (Bloomington, Indiana, 1967) posee mucho talento, es un buen narrador, como ya había demostrado en La casa del diablo, y se vale de esa facilidad para no enunciar frases vacías, estructurando la novela en capítulos más bien cortos. Pero a medida que uno va adentrándose en la lectura, irá descubriendo el valor que cobra un personaje secundario, que se construye en hilo que cose la narración. No queremos desvelar nada más sobre este personaje. La sensación que transmite Darnielle es que su preocupación es describir, a través de unas situaciones extrañamente especiales y con su dosis de angustia, cómo es la vida en un lugar aislado, a pesar de las carreteras. Hay algo que permanece a lo largo de las décadas, y ese algo, esa definición de cotidiano, es lo que le preocupa, porque considera que es lo que talla a los personajes y, posiblemente, a las personas que habiten en tantos territorios americanos que se asemejen a esta localidad.  Cosechadora universal es una novela que no decepciona, como no decepcionan las personas que quieren ajustar cuentas sin molestar a nadie. Un libro que merece la pena leer.

DESPEDIDAS

 

Despedidas

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama

Barcelona, 2026

213 páginas


 


Uno se da cuenta de que ha vivido con escamas en los ojos cuando llega la hora en que debe afrontar desnudo lo que le queda por vivir. Se trata de la vejez y se trata de la relación directa con la muerte. Aquí lo han titulado Despedidas, pero en inglés el título que Julian Barnes (Leicester, 1946) elige para su último libro bien puede tener otros significados: Departure(s), que bien podría ser algo así como Partida(s), que no se antoja muy comercial. Pero a estas alturas, este no es un criterio para leer a Barnes, un autor que cuenta con un buen número de seguidores fieles, y al que deberían descubrir quienes todavía no se hayan atrevido a leerle. Lo más lamentable de este libro, es que Barnes confiesa que será el último que escriba. Ya tiene edad para despedirse, para partir sin necesidad de cambiar los pies de sitio, y opta por una obra en la que se reflexiona sobre la senectud, las vísperas de la muerte, el amor y la memoria. En realidad, vuelve a ser un libro muy vital, una celebración del pequeño acto de levantarse de la cama cada día para afrontar una nueva mañana. Barnes ha resultado ser uno de nuestros mejores compañeros en el oficio de vivir y es con este espíritu con el que le leemos.

Despedidas comienza con una reflexión directa sobre la memoria en la que no podía dejar de estar presente Proust. También un poco Virginia Woolf. A diferencia de los dos autores que tanto aprecia, el estilo de Barnes es directo, va al grano, no se enreda ni busca preciosismo. Es autobiográfico y sentimental, pero da la sensación de que escriba de una manera tan depurada que elimina toda tentación al exceso de estilo, lo cual le transforma en un escritor que sabe que hay que depurar el lenguaje, y en eso consiste su estilo. Es difícil poner una sola pega a la forma de escribir de Barnes, que funciona como el mecanismo de un reloj a disposición de los asuntos sobre los que quiere hablar. En este caso, y tras la memoria, será el amor de juventud, reflejado en una pareja de amigos universitarios, a los que él mismo presentó. Mientras tanto, mientras recuerda, tiene que hacerse consciente del desgaste de su cuerpo cuando le anuncian un cáncer en la sangre que, para mantenerlo a raya, le obligará a mantener una dosis de quimioterapia oral el resto de sus días. En realidad, lo que trasluce el texto en estas páginas es la consagración de la amistad como el bien más preciado, como el motivo que sostiene en nosotros todo lo que ha merecido, merece y merecerá la pena vivir.

De hecho, Barnes pasará a continuación a reflexionar sobre el amor y las relaciones de pareja, sobre querer y quererse, sin olvidar que está narrando y que se está dirigiendo a unos lectores que le entienden y que quieren entenderle. Es entonces cuando nos damos cuenta de que a lo largo de toda su obra, hemos estado leyendo a un autor que destaca por su inmensa capacidad de percepción. Tal vez sea esta cualidad la principal característica de su literatura: haber estado atento y saber cómo transmitirnos lo que ha ido descubriendo, separando el grano de la paja y sabiendo que al lector hay que sorprenderle respetando su inteligencia. Es entonces cuando termina por desvelar qué sucede con sus amigos, la pareja universitaria, que se separaron en la juventud y se reencuentran en la vejez, para volver a ser pareja a través, nuevamente, de la intervención de Barnes. El resultado, como en las últimas obras de este autor, es un libro híbrido, una obra que añade luz, pero sin deslumbrar, porque lo hace es esclarecer, apartar tinieblas y mostrarnos que todo lo que atañe a la muerte, al amor y a la memoria, a la condición humana, sigue siendo un tema sobre el que no se escribirá jamás la última palabra.


Fuente: Zenda

miércoles, 4 de febrero de 2026

AUTOBIOGRAFÍA DE MIS PERROS

 

Autobiografía de mis perros

Sandra Petrignani

Traducción de Andrés Catalán

Nórdica

Madrid, 2026

219 páginas


 


El problema que se destila de la denuncia de este libro de memorias, el asunto que se denuncia es cuánto hay de farsa en las relaciones personales. Sandra Petrignani (Piacenza, 1952) elige a los perros como eje vertebrador de la obra, pero lo que se deduce es el aprendizaje necesario para relacionarse con las personas, sobre todo con las parejas, aunque también con algún amigo íntimo. Con los perros las relaciones son más sinceras, especialmente para alguien que demuestra toda su sensibilidad en el cariño hacia las mascotas, entre las que también se incluye algún gato: «Y quién sabe, tal vez si hubiéramos llevado nosotros también una máscara habríamos encontrado el valor de seguir otro destino aunque solo fuera por el espacio de un día». El comentario, que surge a partir de una vivencia durante los multitudinarios carnavales de Venecia, podría ser también una metáfora acerca de nuestra actitud en las relaciones: gracias a las máscaras podemos disimular, podemos transformarnos, podemos eliminar de nuestro interior hasta los sentimientos de culpa, pues, al fin y al cabo, todo fue una actuación.

Autobiografía de mis perros es uno de esos libros que los autores consideran imprescindibles, pues algún capítulo ha quedado sin cerrar y les gustaría revisitarlo. Petrignani hace una demostración de sensibilidad a lo largo de cada página, en la que despliega un estilo funcional, más de registro que con intenciones expresivas. Su talento no está ahí, sino en la selección de episodios significativos, esos que uno atesora, esos que le han modelado y que, a la fuerza, no pueden haber significado nada malo. De hecho, las asociaciones y el orden nada cronológico que sigue, nos habla de una persona que por fin se da libertad a sí misma, y esa libertad, que no es la de las grandes aventuras, que es cotidiana, la comparte con el lector. Como comparte que el espíritu creativo tenga muchos vínculos con los catálogos de amores. Aunque el impulso, la chispa que ha encendido este motor, nos golpea hacia el final del libro, un episodio que no desvelaremos, pero que justifica con creces la necesidad de relatar a través de la compañía de las mascotas, mientras nos describe también la compañía de las mascotas. Petrignani en realidad está hablando de las dificultades de lo civilizatorio, lo que construimos los humanos, incluidas las relaciones, frente a lo natural de lo poco salvaje que se nos permite en las ciudades, que son los animales de compañía. Cada perro y cada gato ha sido una amistad fiel, constante, sin altibajos, sin farsa, sencilla, mientras que las de las personas están sujetas a demasiados desencuentros, a demasiados malentendidos, a demasiados despechos innecesarios.

Al final conviene poner en su sitio nuestras propias leyendas. Recordamos a cada persona que hemos conocido con una estatura que, sin darnos cuenta, hemos adjudicado. Conviene preguntarse si esa estatura es la que les corresponde, si hemos atinado en la creación de nuestros mitos, si la memoria acierta, si no nos convendría reconciliarnos ajustando nuestro pasado, que es tanto como decir los vínculos que fuimos creando y la calidad de esos vínculos. El problema, que Petrignani trata de solventar, es el de extraer la parte más tierna de cada relación y ponerla por delante de cualquier tipo de malestar. Sabemos que no existe posibilidad de decepción cuando hablamos de nuestros perros; sabemos que el único inconveniente que tiene su compañía es el dolor de la pérdida; sabemos que nos dirigen un cariño incondicional y que está justificadísimo eso de llamarlos el mejor amigo del hombre; ahora se trata de poner en su sitio, precisamente, a quienes deberíamos responder con la misma lealtad, a quienes deberíamos aprender el sentido de la amistad de estos animales. Autobiografía de mis perros es un libro sencillo sobre un tema que nos acompaña desde que el ser humano aprendió que somos seres tan pensantes como sintientes: por qué no cerramos las heridas que se provocaron en las relaciones con los demás.


Fuente: Zenda

domingo, 1 de febrero de 2026

EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA

 

El romance de la Vía Láctea

Lafcadio Hearn

Traducción de Emilio Jaramillo

Satori

Gijón, 2026

178 páginas

 



El mundo siempre ha tenido sus miserias y los agoreros de sus miserias. Ante ellos cabe la postura, que es la que elige Lafcadio Hearn (Santa Maura, isla de Léucade, mar Jónico, Grecia, 1850 — Tokio, 1904) en esta obra, de prestar más atención a los mirlos que a las voces que anuncian que el infierno ya está aquí. De lo que se trata es de dejarse deslumbrar cada día, y de encontrar lo hermoso allí donde otros ven lo cotidiano. Adaptado a la vida en Japón, a donde emigró con cuarenta años, Hearn no cesa de escribir desde allí, sobre la vida de allí y, al mismo tiempo, de reproducir los relatos que allí va aprendiendo. Corre cierto riesgo de caer en interpretaciones orientalistas, es cierto, pero él ignora qué diablos son esas suposiciones sobre las que escribió Edward Said. En cualquier caso, para transmitir su amor por Japón será siempre muy respetuoso.

En esta obra, El romance de la Vía Láctea, combina unos apuntes sobre la cultura y la literatura popular japonesa con alguna leyenda que ha ido recogiendo. El resultado es delicioso, tanto como para merecer esta cuidada edición que Satori ha preparado, una de las editoriales que mejor cuidan al libro en nuestro país. Es muy complicado tratar de analizar cartesianamente una obra que no está elaborada desde el razonamiento. Hearn no es ajeno al pensamiento crítico, pero elige la entrega pasional y sabe transmitir desde esas pautas. Todos podemos ir imaginando, junto a él, ese país delicado, en el que es fácil caminar, en el que los cantos de los mirlos se sobreponen a las voces de los chatarreros. Y cualquiera que lea este hermoso libro, deseará largarse a esos lugares para sentir el descanso que la lectura transmite.

Es posible que en el Japón que Hearn conoció hubiera barro, miseria, violencia, pero su elección es clara y es honesta: indicarnos que hay un camino para purificarse y que este camino está sembrado de encanto. Será este concepto, encanto, el que se imponga en la lectura, el que nos traslade, durante un buen rato, a un lugar en el que no nos importaría vivir. Y no es posible un elogio mayor que éste: el de garantizar que la obra transmite la paz que existe en algún sitio al que podemos trasladarnos.

martes, 27 de enero de 2026

GUÍA DE LUGARES QUE YA NO EXISTEN

 

Guía de lugares que ya no existen

Espido Freire

RBA

Barcelona, 2026

159 páginas

 



El asunto está en eso que comentaba un hombre con la boina calada mientras observaba la calle desde la puerta de su casa: el tiempo lo ha hecho Dios, nosotros solo hacemos las horas. Esa es la esencia de la memoria, considerar que la parte que es misterio no está bajo nuestro dominio, es divina, mágica, mientras que apenas nos queda el consuelo del relato para poder reflejarla. Estaré en el oído de quien escuche el identificar las emociones que el narrador sintió. Es a partir de esta hipótesis, la confianza en el lector, la complicidad del lector, como Espido Freire (Bilbao, 1974) escribe este libro de viajes que es, en realidad, un libro de memorias. Freire recurre a visitas de distinta motivación —trabajo, ocio, encuentros— para volver a poner en marcha las imágenes que en su memoria despiertan reuniones emocionales, de esas que terminarán por construir nuestro espacio sentimental, y relatarnos su impacto. No siempre es un viaje con desplazamiento, pues también recurre a las raíces o a las lecturas, y a veces a los desplazamientos en lugar de al destino. Pero en todos los casos, de lo que se trata es de recordar que la afectación que produjo en viaje está directamente relacionada con la afectación que provoca imaginar.

Guía de lugares que ya no existen es más memoria que testimonio: «Pensé en mis abuelos, en los cuentos de sirenas tristes y barcos fantasmas que yo les contaba a ellos, a cambio de los que me contaban a mí. Pensé en la niña que fui, que soñaba con ver ballenas blancas desde este lugar. Pensé en los ausentes. En los que no llegaron. En los que volvieron cambiados. En lo que se queda cuando uno se va». Hay que confiar mucho en el lector, en su empatía, en su propia memoria, para hablar de ausencias tal vez convencida de que sabrá a qué se refiere, porque ausencias sentidas es algo que tenemos todos.

Freire nos lleva a Damasco, a Ghana, a los países escandinavos, pero su mayor debilidad, al parecer, es la cultura británica, esa parte de la cultura británica en la que hay una elegancia que no obvia a su hermana gemela, la tristeza. Tal vez esta sea la única debilidad, la única grieta en una obra que trata de demostrar que ser de todas partes es lo mismo que no ser de ninguna, y que esto, al contrario de lo que cabría esperar, no es una maldición. Es posible que todos sepamos esto, como sabemos que el tiempo no es humano, que lo que es humano son los relojes, pero está bien que nos lo recuerden de vez en cuando. Como está bien que nos recuerden cierto espíritu romántico al que no deberíamos jamás olvidar: «en algún momento alguien vivió aquí, amó, escribió, esperó». Nos gustaría saber más sobre ese alguien. En este sentido, Guía de lugares que ya no existen es un apunte que nos puede empujar a elaborar nuestro propio diccionario sentimental, algo completo, con todos los relatos que lo configuraron.

viernes, 23 de enero de 2026

LOS HERMOSOS AÑOS DEL CASTIGO

 

Los hermosos años del castigo

Fleur Jaeggy

Traducción de Juan Bignozzi

Tusquets

Barcelona, 2026

126 páginas

 



Para constatar que el número de mundos es infinito no es necesario viajar al espacio. Basta con abrir un libro en el que su autor refleje un lugar donde la atmósfera es de una calidad que no habíamos imaginado antes que pudiera existir. Eso es lo que sucede en esta novela de Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940) que contiene mimbres para convertirse en un clásico. El planteamiento de partida es muy sencillo: a un internado de chicas llega una nueva, y la narradora se enamora de ella. A partir de ahí, de ese amor imposible en que no puede haber roces, ni siquiera verbales, Jaeggy recrea una atmósfera tóxica, pero no emponzoñada del todo: podemos respirar, pero respirar es casi el ejercicio más costoso que ejercitamos. Resulta más sencillo moverse, caminar, aunque a la obra entramos con una advertencia: si sales a caminar por los alrededores, estarás pisando la ruta en la que se suicidó Robert Walser. El siguiente escritor que la narradora de Jaeggy menciona es Baudelaire. A partir de ahí, uno puede imaginar qué es lo que le espera en esta novela corta.

«No se da cuenta de que la alegría puede volverse tétrica», llegará a comentar, pasada la mitad de la obra, y entonces es cuando uno se explica qué es lo que está leyendo. A la narradora le hubiera gustado vivir una historia de amor, pero está sumergida en una historia más bien carcelaria. De este modo, lo que debería haber sido pasión, una suma de las mejores cosas que uno puede sentir, termina por ser, en una narradora que cuenta la historia transcurridos muchos años, un recuerdo con rencor: «renunciar a las cosas bellas y temer las buenas noticias», concluirá más adelante. Pero esta conclusión nos lleva a revisitar lo que hemos leído, a preguntarnos cómo diablos han educado a estas muchachas dentro del internado, pero también fuera, unas familias cuya ausencia ensordece, atosiga.

Jaeggy construye así una novela en la que lo que nos inquieta es lo probable, que esto sea algo que haya sucedido y que quienes lo vivieron estén compartiendo con nosotros los paseos y los cafés. Nos habla de cómo pueden ser las personas silenciosas que nos rodean, con las que nos encontramos, pues el relato se centra en la propia narradora, en una persona que tiene una necesidad desnuda de explicarse, en una persona en la que se confunde lo que ha sido con lo que ha observado, y en la que se impone, como en toda buena obra con referencias a lo vivido, lo que se ha deseado. Los hermosos años del castigo sigue siendo una novela que no debemos perdernos, que debemos revisitar.

¿QUÉ ES SOCIALISMO?

 

¿Qué es socialismo?

Jack London

Traducción de Irene Sainz Oria

El Desvelo

Santander, 2026

118 páginas

 



Conviene recordar, a ser posible con frecuencia, de dónde venimos. El mundo no siempre ha sido así, digital, interconectado, diseñado de modo que nos limitemos a compartir experiencias a través de mensajes en lugar de a vivirlas. Ahora las experiencias que compartimos son los propios mensajes telemáticos. Tal vez haya menos contacto humano en la época en que más humanos hay. Pero venimos, no hace tanto, de una etapa productiva, en el sentido más literal del término: los trabajos consistían, esencialmente, en crear productos. No hace tanto la riqueza consistía en la acumulación de estos productos y el dinero que circulaba tenía que ver con el intercambio de los mismos. Ahora, básicamente hablamos de riquezas financieras, de un dinero que no existe, de algo tan ficticio como lo que elaboran los algoritmos. No parece que esto pueda dar lugar a un pensamiento romántico, pues de esto se trata aquí, en este libro de Jack London, de romanticismo, del romanticismo de un autor al que se conoce por sus cuentos y los relatos de aventura, pero que también escribió sobre la miseria, como en La gente del abismo, o desde el espíritu del realismo social, como en Martin Eden, e incluso se atrevió con contenidos más directamente políticos, como en El talón de hierro.

¿Qué es socialismo? es un libro que retrata la ideología que pertenece a una época, principios del siglo XX, a través de artículos escritos por alguien en su veintena. Hablamos, pues, de ímpetu juvenil, pero de ese tipo de ímpetu que ojalá no perdamos nunca, el que no consiente la injusticia. Jack London (San Francisco, 1876 – Glen Ellen, 1916) ha vivido junto a los más desfavorecidos, incluso como vagabundo, y ahora, conviviendo con los trabajadores, reclama una forma de gobierno mejor. Esa es, sostiene, la que puede aportar el socialismo. Detalla, llevando a lo práctico, a lo más directo, en qué consistirían las mejoras que el socialismo aportaría a los trabajadores, aterriza en la definición de la lucha de clases o se detiene a estudiar cuál es el papel real que deberían jugar los sindicatos. Él ha aprendido en la calle, que es donde se ven los estragos de los sistemas económico-sociales, las injusticias que se pueden evitar. Su idea es pasional, revolucionaria, como corresponde a la materia de la que está hecha: una fuerza humana tremenda. Su sentido del derecho es personal, su respeto por la humanidad es de una naturaleza que no deja lugar a dudas. Su intención, es explicar por qué se debe derribar la sociedad burguesa, incluida la propiedad privada que se entiende como el bien moral supremo. No soporta el patriotismo ni el darwinismo social. Y todo ello nos lo va narrando sin perder de vista a la gente sobre la que quiere hablar. El Desvelo recupera estos artículos en un proyecto que nos parece necesario, porque hay que saber de dónde venimos, cuál es el sustrato de los grandes asuntos que nos atañen. Y London sabe explicarnos a la perfección la exigencia de cambio, que a fecha de hoy sigue vigente. Las preguntas no se han modificado tanto y ¿Qué es socialismo? puede ayudarnos a abonar el terreno en el que encontrar respuestas.

jueves, 22 de enero de 2026

LA ISLA DEL TESORO

 

La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson

Traducción de Marta Salís

Alba

Barcelona, 2026

257 páginas

 



Leer una novela incontaminada sigue siendo una forma de definirse social y personalmente. Y nada contiene menos toxinas que La isla del tesoro. Ahí dentro está la pureza del álgebra que puede guardar la construcción de una novela, con su estructura que funciona como un reloj en función de la narración pura. Nada hay más balsámico que meterse en la cama a las diez de la noche con esta novela, para fomentar los sueños azules, mientras la memoria de la aventura perdura en nuestro subconsciente. Tal vez esta sea una postura ética de apariencia banal, algo de una estética egoísta, pero Stevenson nos salva de todas las formas de vanidad. En realidad, estamos frente a una experiencia que nos reconcilia con lo clandestino y la belleza de lo clandestino, pues leemos La isla del tesoro reconciliándonos con la vida: ¿cómo puede ser malo un mundo en el que vivió alguien capaz de escribir esta novela? El día siguiente amanecerá limpio, planteándonos qué lecciones morales podemos sacar de la aventura de Jim Hawkings. Hemos salido de nosotros mismos, sin dejar de estar encerrados en nuestra cabeza. Ese efecto mágico está presente en la experiencia de leer cada línea de esta obra. No exige nada al lector, que se transforma en un militante de la aventura sin levantar la voz.

Al volver a leer la novela, en esta cuidadísima edición de Alba, un libro que merece la pena acuñar, uno se da cuenta, desde la primera línea, que estamos ante un narrador hipersensible: la voz de Jim Hawkings, que jamás abandona el espacio narrativo para atender a digresiones, es la de una persona sensitiva, dotada de la intuición propia de un adolescente dispuesto a aprender a partir de todo lo que caiga en su camino. Y lo que más va cayendo son las relaciones con las personas, el descubrimiento de las diferentes naturalezas humanas. Hay idealizaciones en todos los aspectos, no solo en el positivo, como en mirada al pirata, una figura que bien podría haber sido la que representa la libertad, pero mantiene el punto exacto de codicia, de lo siniestro que cabe dentro de la codicia, como para que desconfiemos de ellos. Apenas se menciona, pero sabemos que son perdedores a la vez que victimarios. ¿De qué otra manera podría haber llegado John el Largo a ser quien es, contradictorio, noble y violento? Y luego está la búsqueda del tesoro, otro mito, que aquí no es nada más que la chispa que enciende el motor, que da pie a la aventura, a la emoción.

Y la aventura supone una modificación del protagonista. La genialidad de Stevenson es conseguir que esa modificación no sea una experiencia como la caída del caballo camino de Damasco, sino que se vaya produciendo párrafo a párrafo, pues cada acto, como no puede ser de otra manera, afecta al protagonista. Y le va haciendo madurar. De hecho, estamos frente a un personaje que sin buscarlo, sin pretenderlo, demuestra que ser valiente está al alcance de cualquiera, de ahí que se limite a relatar lo que va sucediendo, la acción a la que empuja la ambición de otros y la supervivencia consecuente. Es imposible obviar que la principal exploración de Stevenson atañe a la naturaleza humana. La confrontación entre el mundo de los piratas y el de quienes representan a la clase social integrada, pero honesta —el doctor, el capitán, el armador—, consolida un imaginario en el que caben todos los debates morales, incluido esa intuición a que nos va llevando la lectura, una intuición que dicta qué fácil es la muerte, largarse a la región donde no se cuece el pan. Y, sin embargo, lo que más contiene La isla del tesoro es vida, una cantidad infinita de lo que supone la vida si la aprendemos a vivir, si nos olvidamos de los sufrimientos y elegimos ver como una aventura la superación constante a la que nos obliga.

miércoles, 14 de enero de 2026

OBRA COMPLETA

 

Obra completa

Gilda Holst

Pre-textos

Valencia, 2025

437 páginas

 



Reiterar que somos seres con carencias, llenos de culpa, de miedos y atrapados en nuestros deseos, frente a algo que se conoce como realidad, y hacerlo sin perder la compostura es todo un arte. Esta es la intención y el temperamento que Gilda Holst (Guayaquil, 1952 – 2024) muestra a lo largo de toda su obra, que ahora recupera Pre-textos en un solo volumen. No se trata de un proyecto voluminoso, pues esta se reduce a tres libros de relatos y una novela corta, pero nos permite comprobar cuáles son las constantes en el proyecto de una autora bastante desconocida en nuestro país, y que estas constantes son vitales. Holst ama la distancia corta, en ocasiones tan corta como la del microrrelato, que es el arte del gesto, como si estuviera convencida de que al mundo se le puede retratar a base de retazos. Tal vez sea verdad, tal vez el mundo no tenga consistencia en la continuidad. Peor Holst sabe, también, que para retratar el mundo debe elegir una parte de él y convertirla en un microcosmos. Esa parte es la que mejor conoce, la ciudad donde nació, vivió y murió, Guayaquil.

Lo primero que llama la atención, cuando uno comienza la lectura, es la capacidad que tiene la autora para narrar y al mismo tiempo reflexionar acerca de la persona que narra. La voz va a ser siempre tranquila, correcta, sin alardes. Pero sí se irá permitiendo alardes de un carácter más posmoderno en lo narrativo, llegando, incluso, a las aproximaciones metaliterarias. De lo que se trata es de mantener activa la teoría del iceberg, esa que apunta que es mucho lo que no nos muestra, esa que nos sugiere, con intriga, que no estaría mal conocer lo que sucedía antes y lo que sucederá después, tras el fogonazo digno de relatar que ella ha elegido. El efecto es el de encontrarnos frente a vidas movidas, no agitadas. Hay que decir, eso sí, que estas vidas tienen lugar en un estrato social que nos atreveríamos a llamar, sin tono peyorativo, como burgués: no estamos entre gente muy adinerada, pero tampoco pisando el barro, estamos entre gente que se permite algo más que sobrevivir, pero no lo suficiente como para que sobrevivir no sea prioritario. Hay que hablar sobre lo que se conoce, parece indicarnos Holst, porque ahí está la esencia de lo que nos importa y atenaza: el miedo, la culpa, los deseos.

Esa presencia constante de lo que pesa en el alma produce un efecto bastante peculiar, que tal vez sea lo más logrado en la obra que estamos tratando: para el narrador los demás son tipos extraños, como si hubieran llegado a su vida desde un exilio, y uno se pregunta desde dónde han llegado estos exiliados. Lo que van a protagonizar es un trozo de vida, junto al narrador, que afronta la existencia como una sucesión de actos, de momentos que van encendiéndose y apagando en las existencias de los otros, ya que damos por supuesto que la propia tiene continuidad, aunque solo debido a la que da que la respiración no se detenga. El caso es que apuntar a estos apagados y encendidos se debe a tratar, tenga la edad que tenga, con gente en formación. Nadie estamos nunca cuajados del todo. Y cabe preguntarse, incluso, si nuestro entorno terminará alguna vez de cuajar. Todo esto supone un baile, que Holst resuelve con destreza narrativa, con ingenio sin destellos gratuitos, demostrando que puede ser más elegante el relato que la vida y provocando, al final de cada cuento, que nos baile alguna pregunta acerca de lo absurdo que es la vida, sobre todo, con qué grado de absurdo deberíamos catalogar la vida, si es que hubiéramos sido capaces de crear una escala para ello.


Fuente: Zenda