miércoles, 18 de marzo de 2026

LA ISLA

 

La isla

Jérôme Ferrari

Traducción de Pablo Martínez Sánchez

Libros del Asteroide

Barcelona, 2026

176 páginas

 



«Las pequeñas islas son todas grandes prisiones; no se puede mirar el mar sin desear tener las alas de una golondrina». La frase, de Richard Francis Burton, es el colofón con que termina esta novela, La isla, en la que Jérôme Ferrari (París, 1968) plantea que liquidar el mundo es todo lo que se hace bajo el imperativo de la codicia. En este caso, la que surge en un entorno cerradísimo, una isla, a cuenta de la explosión del turismo. Utilizar el término explosión no es gratuito, porque la llegada e instalación del mismo, la colonización consecuente, se produce en un tiempo muy breve, que imposibilita cualquier tipo de digestión. De ahí el episodio violento, un apuñalamiento que aparenta ser gratuito, que da pie a la puesta en escena del pequeño territorio y a los movimientos sensoriales y de duda de sus habitantes. Para ello Ferrari se vale de varias voces, incluida la exterior a los personajes, la del observador autónomo, de manera que vamos conociendo no solo lo que implica la maldición del turismo en cuanto a actitudes, sino también en lo que se refiere a emociones.

De hecho, entraremos a la novela a través de un personaje digresivo, en el sentido en que puede ser digresiva una persona que no sabe bien qué es lo que está haciendo, qué supone para los demás lo que hace. Luego nos encontraremos con voces más explicativas o incluso nostálgicas. Y también con alguna en la que destaca la potencia, la densidad, eso que nos lleva a imaginar la dificultad que supone abrirse camino en un mundo bastante espeso, incómodo, mostrenco. Lo que se nos expone, claramente, es una visión del absurdo a través de la muerte de lo natural. Y lo natural, en esta isla que los turistas ven como un nuevo paraíso, era entender que esa costa de cara al mar no tenía valor alguno, eran terrenos que no deseaban sus habitantes, porque resultaban demasiado agresivos para vivir, para cultivar o para anclar los barcos de pesca. Pero esa forma de lucha por dejar atrás lo miserable no tiene con qué combatir la entrada fácil de dinero que supone el turismo. Dejaremos de ser quienes somos, incluso dejaremos de ser buenas personas, pero tendremos dinero. Esa codicia se complementa con la del turista, que ambiciona sol, buenas sensaciones y repetir esa imagen tópica del descanso que es mirar al océano, y que Ferrari decide que hoy no es ocasión de comentar. Hay que mostrar el ambiente en el que se va modificando el agresor, el tipo que apuñala a alguien en una playa pobladísima, entre personas que no dejan de grabar el crimen con el teléfono móvil. La imagen es justo la opuesta a la del asesinato que protagoniza Mersault, el protagonista de El extranjero, que dispara en una playa solitaria. Es difícil que Ferrari no lo haya tenido en cuenta y no nos esté llamando la atención acerca de lo que debería significar el existencialismo del que habla Camus actualizado tras años de explotación turística.

Mientras tanto, alguna de las voces ha ido hablando acerca de la violencia que existía antes dentro de la isla, y también acerca de la tristeza. Incluso nos llega a presentar una atmósfera que contiene un punto de magia, algo que se respira y que tal vez sea lo que ha respirado el criminal. Lo que se impone es la sensación de nula higiene, que nada está limpio, que lo que respiran los personajes es pecado, culpa, daño, todo lo que provoca pesadillas. Y que lo mejor sería huir. Ferrari escribe sobre lo inexplicable, que es responder a la pregunta de por qué hacemos lo que hacemos. Para ello nada mejor que una isla, una sociedad cerrada, como supo William Golding cuando escribió El señor de las moscas. Esta novela es una denuncia que no olvida su función narrativa, una experiencia que no nos deja indiferente.


Fuente: Zenda

martes, 17 de marzo de 2026

CUANDO TODOS SABEN QUE TODOS LO SABEN...

 

Cuando todos saben que todos lo saben…

Steven Pinker

Traducción de Pablo Hermida Lazcano

Paidós

Barcelona, 2026

357 páginas



 

En la conciencia, pero escondido, guardamos al niño que gritó que el emperador estaba desnudo. La diferencia entre nosotros y el protagonista del aviso es un océano de capas, esas que van formando la principal característica de la conciencia, que es la que se forma por pactos sociales, por pudores sociales y por la necesidad de no hacer daño mientras convivimos. Pero para no caer en el desánimo, de vez en cuando debemos profundizar en la conciencia para asegurarnos que ese crío todavía habita allí, aunque sea muy al fondo. Si se nos ocurre sacarlo a la luz, señalar que tal vez algún emperador esté desnudo, nos encontraremos con una marea social censurándonos, con aquellos que perdieron buena parte de su sinceridad por no bucear hasta su crío a la hora de revisar la conciencia.  Pero en algún momento, todos debemos darnos cuenta de que el emperador está desnudo y darle la razón a quien lo pronunció, aunque luego decidamos que hay que meterle en la cárcel.

El asunto del cuento de Andersen sirve para iniciar este ensayo de Steven Pinker (Montreal, 1954) acerca del conocimiento común. En primer lugar, Pinker debe definir en qué consiste este conocimiento común, para lo cual recurrirá, con frecuencia, a la enumeración sin fin: yo sé que tú sabes, y tú sabes que yo sé que tú sabes, y yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes… No importa, nadie se detiene tanto en ello. Pero no es un mal principio para estudiar el conocimiento común en un mundo hiperconectado, en el que no cesamos de recibir estímulos que buscan la alta intensidad en tiempo corto. A mayores, están los riesgos de las falacias o la hipocresía, de las censuras, de las ambigüedades, de las tensiones entre la expansión agresiva de nuestro conocimiento para promover el entendimiento y el mantenimiento de conocimientos privados. La intención de Pinker será la de intentar explicar cómo preservar cierta armonía humana, que debería ser inherente a nuestra condición.

Partiendo del hecho de que lo que nos hace sociales no es el enfrentamiento, sino la cooperación y coordinación, Pinker elabora un ensayo muy entretenido, en el que da la sensación de estar manejando todo el rato paradojas y juegos de lógica, aunque si nos detenemos a analizar sus tesis, resultará que eso se refiere solo al aspecto, porque hunde su estudio en el conocimiento humano, en intentar explicar parte de la humanidad que nos compone. Hay que decir que en el texto subyace la idea de lo complicado que puede resultar entenderse, al tiempo que navega entre el éxito que es haberlo hecho. El optimismo es parte del proyecto de Pinker, y eso se agradece. Ese optimismo se basa en lecturas, estudio, experimentos psicológicos, y un sinfín de buenos ejemplos que ayudan a hacer del ensayo algo bastante divulgativo. Pinker siempre ha sabido cómo dirigirse al lector para hablarle de las cosas que le afectan o que el lector considera, durante la lectura, que son las que le afectan. El efecto que consigue es el de encontrarnos, por fin, con una cabeza bien estructurada que nos ayuda a poner orden en lo aprendido y en las intuiciones que deberían pasar a formar parte de lo aprendido. Algo que se hace imprescindible cuando nos encontramos con que la comunicación, que conviene tener a buen tono para facilitar la cooperación y la coordinación, pasa por textos, subtextos, lenguaje no verbal, segundas intenciones, todo esto que podría separarnos, y a pesar de ello forman parte de lo común. Pinker vuelve a acertar con este sugestivo ensayo.

viernes, 13 de marzo de 2026

MI VIAJE CON BYRON

 

Mi viaje con Byron

John William Polidori

Traducción de Javier Fernández Rubio

El Desvelo

Santander, 2026

174 páginas

 



La mayoría de nosotros necesitamos mover todo el cuerpo a la hora de expresar un sentimiento. Solo así conseguimos que los demás comprendan a qué nos referimos y lo importante que es aquello que estamos expresando. Solo unos pocos han aprendido a no gesticular, ni siquiera frotándose las manos, cuando se les viene a la cabeza un pensamiento malvado. Para conseguirlo hace falta toda una educación y mucho entrenamiento, pues la inercia natural es a ratificar lo que uno dice con los gestos más locuaces. Ahí está la cruz de las cejas, con todas las versiones de sus arrugas, para corroborarlo. Pues bien, John William Polidori (Londres, 1795 – 1821) consigue ser una de esas personas capaces de mantener siempre el pulso firme, los rasgos intactos, sea lo que sea lo que le sale al paso, sea la que sea la decisión que tome.

El Desvelo publica esta pieza, los diarios del viaje que emprendió junto a Lord Byron, atravesando Europa, en una edición muy cuidada, traduciendo la del crítico William Michael Rossetti (1829 – 1919), con un aparato de notas a pie de página que no conviene perderse, pues van enriqueciendo el texto y nos transportan a posibles relaciones e interpretaciones históricas y culturales.

Es inevitable estar atento, durante la lectura, a cualquier referencia que nos vuelva a hablar de la relación de Polidori con Byron, o con Shelley o con cualquier otra persona de ese círculo, así como indagar acerca de qué es lo que pudo llevarle a idear al vampiro romántico. Pero esa historia ya se ha contado muchas veces, y aunque en el diario se asome en algún momento, de lo que se trata, sobre todo, es de dibujar un autorretrato involuntario. A lo que Polidori atiende es a reseñar qué es lo que le afecta, pero no descalabra su compostura, y a dejarnos intuir cómo le afecta. Estamos frente a un autor de corte sensitivo, un tipo que busca la belleza y que trata de trasladar al texto qué momentos definen esa belleza, que le llega, mayormente, a través de la vista. Esa es su intención, pero no su constante vital. Porque a medida que avanza, atravesando Europa, a lo que presta atención es a lo diferente, a lo que ve por primera vez, a lo que sospecha que no existe en el lugar de donde procede, en un Londres limpio y un tanto aristocrático. Y por momentos se encuentra con una pobreza que le es ajena y que ve con más espíritu de retratista que empatía. Porque con lo que se identifica es con aquello que llamamos alta cultura, con el arte, que será lo que sí busque a intención.

Hasta que llega a las ciudades italianas, donde sí comienzan las interacciones con otras personas, donde pasa a ser actor además de espectador, hasta el punto de darse una situación con un conato de duelo. De modo que el Polidori que se muestra en estos diarios no es un ser ajeno al mundo, sino que participa de él, y será esa participación la que podamos leer como algo tangencial a la creación de su vampiro romántico, aunque aquí destaca más el adjetivo, romántico, que el sustantivo, vampiro.

El diario se lee a buena velocidad, una con la que nos sorprende el autor, pues contrasta con el ritmo pausado al que debió tener lugar el desplazamiento. Para los amantes de aquel encuentro del que surgieron algunos de los monstruos clásicos, para los amantes de las atmósferas de época, este libro resultará delicioso. Los demás, disfrutaremos de conocer mejor a una de esas personas que tanto contribuyeron, posiblemente sin darse cuenta, a crear una mitología contemporánea. Y esa inmersión merece la pena.

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL MENSAJE

 

El mensaje

Ta-Nehisi Coates

Traducción de Paula Zumalacárregui

Capitán Swing

Madrid, 2026

159 páginas

 

 


Siguiendo la estela de autores como James Baldwin o Angela Davis, Ta-Nehisi Coates (Baltimore, 1975) elabora su proyecto literario con una clara intención política: «Pero soy escritor y abanderado. Soy escritor y representante». Preocupado por lo que le atormenta y por qué le atormenta, así como por el sonido y el ritmo de las palabras, sabe que el trabajo de un escritor que pretende dar voz a quien no la tiene, herederos de quienes no la han tenido, es el de esclarecer. No pretende deslumbrar, sino encontrar y transmitir las explicaciones, y oponerse a los embusteros. El mensaje nace bajo el auspicio de unos encuentros con alumnos de periodismo a los que habla en términos literarios, planteando que todos los recursos narrativos y estilísticos están en función de la necesidad, de la historia tormentosa, de afectar al lector con la importancia de lo que nos estamos jugando. Coates es un activista, como lo eran Baldwin y Davis, y, además, nos demuestra en la transcripción de estos tres viajes, un autor de garantías, con potencia, con sobriedad, con recursos. Procede, confiesa él, de una estirpe de escritores autodidactas que sintieron que alguna verdad se les imponía y creyeron su deber atestiguarla.

El primero de los viajes le lleva a Dakar, el puerto desde el que salieron tantísimos barcos cargados de esclavos, de los que desciende él. Es una estancia breve, pero en la que va tomando conciencia de dónde procede y desde donde llegaron los que sufrieron la injusticia de la esclavitud. Hay un trasfondo de inseguridad en su relato, que proviene del hecho de mostrarse como un ser sensible, como alguien que ha ido allí para sentir el lugar y para sentir a la gente. Y después de visitar los lugares principales y encontrarse con el tipo de gente con el que se encuentra el viajero, terminar por hallar al tipo de gente que le enamora, activistas que luchan contra la corrupción del Estado o ahondan en la homofobia.

El segundo viaje le lleva a Carolina del Sur, donde defenderá su posición antirracista en un lugar donde se dieron las leyes más terribles contra ciertas razas. Mientras tanto, nos habla de su educación, formal o no, defendiendo que esta debe de producirse mediante el asombro y no utilizando la fuerza. Y enuncia los principios sobre los que se centra su proyecto como escritor, que tienen que ver con utilizar la palabra contra cualquier movimiento opresor, defender valores éticos que considera absolutos, como los defendía bell hooks, que es otro de sus referentes.

Finalmente, Coates llega a Israel cargado de unos principios intensos acerca del sufrimiento del pueblo judío y una necesidad que hay que reparar, pues con la redención no basta. Todo esto está muy bien, pero se da de bruces con la perpetración salvaje de otra injusticia, esta vez sobre el pueblo palestino: «se me ocurrió que seguía habiendo un sitio en el planeta —bajo patrocinio estadounidense— que se parecía al mundo en el que habían nacido mis padres». Su alegato será contra el colonialismo, su conversación con todos los que le salen al paso, en la que destacan los arrepentidos; su investigación se centrará, al margen de en lo vivido, en el relato que ha ido amparando al sionismo, y sobre éste lanza palabras enérgicas, pero el punto justo de cordialidad como para pensar que no le faltan razones: «Quiero deciros que vuestra opresión no va a salvaros, que ser víctima no os iluminará, que pude engañaros igual de fácilmente (…). Así pues, esta es otra historia sobre la escritura, el poder, los ajustes de cuentas; una historia no de redención, sino de reparación». Coates da una lección de periodismo y literatura a un grupo de alumnos, y una lección de defensa del que padece la injusticia a cualquier lector que se acerque, que ojalá sean muchos.


Fuente: Zenda

domingo, 8 de marzo de 2026

LA FOSA ABIERTA

 

La fosa abierta

Brigitte Vasallo

Anagrama

Barcelona, 2026

310 páginas

 



Si la vida tiene mucho de conflicto, también vivir nos ofrece algo con lo que compensar ese daño, y ese algo son las lealtades. Uno es leal a lo que sabe que es bueno, aunque el conocimiento de lo bueno se modifique a medida que comprueba como los actos afectan a las personas. Uno es leal a sus amigos y puede ser leal hasta a su linaje, que es algo que no tendría por qué perjudicar a nadie. Pero es posible que uno sea leal, para siempre, a sus inquietudes, eso que está tan ligado a las pasiones, a los enamoramientos. Esta obra contiene mucho de las lealtades de Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973), expresada a través de un intento por explicar lo que supone para ella ser txarnega «desde un lugar que no tenga que ver con la tierra, sino con la emigración», le dirá una amiga. Hay que eliminar todo lo peyorativo que puede contener el término txarnego, para buscar algo más parecido a un asunto de familia, a una identidad familiar.

La piedra que arroja Vasallo al estanque es el intento de contactar con un aristócrata francés, al que atendió su madre como empleada doméstica. La pregunta consecuente, la que se repite en cada mensaje que envía, sin expresarla, es ¿por qué éramos pobres? Ser txarnego, ser pobre. Hablar de los emigrantes, de los campesinos, de los perdedores, y de sus contrarios: «Los que hacen la revolución en la asamblea y después maltratan al camarero. Esos eran, y son aún, los caciques». Y una comparación entre esa emigración y la que ella puede celebrar en propia persona, pues parte de este ensayo está escrito en Roma, donde la autora disfrutó de una beca. En el primer caso, el de los emigrantes, la necesidad era económica; en el suyo será la de establecer distancia, intentar mirar al pasado como se mira a un paisaje.

El espíritu de Vasallo, su inquietud, la llevará a tocar todos los palos, a saltos, transmitiéndonos una aparente actitud nerviosa, pero sabiendo muy bien a dónde quiere llegar, cuáles son sus reivindicaciones, cuáles son las buenas causas. De hecho, va desplegando capítulos cortos entregándonos la impresión de que estamos frente a una autora que es intelectual, a pesar de no querer serlo, de no identificarse con los intelectuales, sino con los emigrantes y los hijos de emigrantes, esos que no saben en qué agua nadar, esos que podrían estar viviendo una vida fragmentada. A la pregunta constante que es de dónde venimos, ofrece la alternativa de quiénes somos, con lo cual nos quedamos en la duda, en la impresión de que la identidad no es algo estable. Así pues, el texto orbita entorno a los temas, sin llegar a otra conclusión que no sea la de declarar su memoria, que es propia y es, al mismo tiempo, plural. Nos hablará de su experiencia y de la de su familia, y también de la historia de los perdedores, esos para los que cada paso es también una forja de la identidad propia y plural.

Vasallo nos demuestra que para aprender hay que tener voluntad. Ha escrito un ensayo vehemente, ocurrente, propio de alguien que sabe que en este mundo hace falta mucha rebeldía y que una demostración de rebeldía es la indisciplina social, porque la disciplina social solo sirve para cortar alas, para colgar bolas de preso en los tobillos.

jueves, 5 de marzo de 2026

GEOGRAFÍA ESCRITA

 

Geografía escrita

Álex Chico

Candaya

Barcelona, 2026

292 páginas

 



Todo comienza, y todo va a seguir sin resolverse, con el mito que supone intentar separar al turista del viajero. La definición ha ido cambiando, pero uno se siente tentado a decir que ante una figura como Marco Polo, todos somos turistas. Tal vez turistas sofisticados, en régimen de viaje barato, casual, pero turistas, al fin y al cabo. Aunque si la diferencia está en los sentimientos, es posible que el viajero sea aquel que cuando regresa prefiere que la gente piense que ha estado tocando el piano en un burdel antes que recorriendo el mundo. Relatar el viaje supone reconocer errores. Pero los errores son algo muy personal, como también son personales las causas que uno defiende. De lo que se trata es de no confundir la sensación de que te perforaba el estómago aquella comida en un mercado de Bombay con una crisis económica mundial. Viajar implica hacerte pequeño, no dar lecciones a nadie, y una cierta conciencia de antihéroe que no te va a permitir presumir ni del viaje ni de la conciencia. Viajar debería ser lo más parecido a desaparecer que pudiéramos lograr sin saltar al otro lado de la tumba. En el viaje ni siquiera va uno a administrar la derrota, así pues, lo que no hace el viajero es considerar su desplazamiento como una victoria. Para hablar de lo que sabe, piensa el viajero, ya habrá tiempo, porque recorrer mundo supone no terminar nunca un doctorado.

Estas reflexiones vienen a cuento de la lectura de Geografía escrita, la recopilación de artículos de Álex Chico (Plasencia, 1980) que con acierto publica Candaya. Chico parece muy consciente de cuál es la posición del viajero, la de la persona que desearía desaparecer, no estar presente, pero no dejar de caminar por un planeta que tiene tantísimas cosas buenas que ofrecer. Se llama aprendizaje, espíritu de aprendizaje, y Chico hace una buena demostración de en qué consiste, sin dejar de atender a sus puntos fuertes como lector de literatura y de parajes: es una personalidad inquieta. «Los nexos entre lo que está fuera y lo que permanece dentro», es el leitmotiv del autor, que va descubriendo despacito lo que es, lo que va siendo y lo que habría podido ser de haber girado por la calle anterior. Reflexivo, sensato, con el punto justo de presunción para no imponer sus pareceres, que quedarán flotando como dudas, Chico va construyendo un mundo particular en el que lo importante es que todo esté bien escrito, y con ello no nos referimos solo al texto en sí: ojalá todo esto tenga sentido.

Cuando pasa por Tánger recuerda las palabras de Eduardo Jordá (otro gran viajero y mejor escritor): «patria moral que se han buscado todos aquellos que jamás podrán tener una patria», antes de calificar a la ciudad como el lugar donde desearía encontrarse. Ese lugar es, en cada capítulo, el lugar donde se encuentra —La Paz, Berlín, Lisboa, su natal Plasencia—. En el capítulo dedicado a Lisboa comienza diciendo: «Cualquier escritura corre este riesgo: el de no acceder al objeto que designa, porque es imposible captar la avasalladora plenitud del otro». De eso se trata. A la hora de reflejar el viaje uno debe ser consciente de sus limitaciones y de las limitaciones del lenguaje. Así es como Chico construye este yo desde el que nos habla, un yo que necesita para recordar que ha viajado, aunque es, por otra parte, alguien con el que debatir si uno no debería desprenderse de él a la hora de retratar el viaje. Por todas estas ideas que brotan durante la lectura, Geografía escrita es un libro que se merece la mejor de las suertes.

miércoles, 4 de marzo de 2026

¿QUÉ BUSCAS, LOBO?

 

¿Qué buscas, lobo?

Eva Viežnaviec

Traducción de Andréi Kozinets

Gatopardo

Barcelona, 2026

169 páginas

 



Lo primero es el alcohol y el porqué del alcohol. El personaje que nos presenta de inicio Eva Viežnaviec (seudónimo literario de Sviatlana Kurs, Minsk, 1972) es a una mujer alcohólica, en un grado que la lleva a tener problemas para la integración social, y lo primero que nos preguntamos, nada más empezar la lectura de este impactante libro, ¿Qué buscas, lobo?, es a qué se debe tanta necesidad de alcohol. Ryna, la protagonista, sin querer, de la historia de su aldea, regresa varios años después de una emigración que a medida que avancemos en la lectura nos daremos cuenta de que es un exilio que se impone a sí misma. Pero ni el alcohol, ni el exilio, ni los años han conseguido curar la gran herida que supuso la vida de la aldea. Enseguida nos daremos cuenta de la tristeza incómoda del lugar, y poco a poco iremos conociendo la violencia que allí se ha sufrido durante un largo periodo del siglo XX.

Comenzamos en una época en la que apenas había medios de comunicación, en la que las cartas tardaban semanas en llegar, lo cual permite hacer verosímil este lugar, que Viežnaviec reproduce tras una atenta investigación. Es un microcosmos, una aldea aislada, como lo era Comala o Macondo, solo que este lugar ha existido. Viežnaviec trabaja sobre algo tan real como es la memoria de quienes allí habitaron, para retroceder en el tiempo junto a Ryna. Lo que consigue es un efecto de ficción, de crónica inventada, pero lo que nos aturde es saber que se trata de un testimonio. Otro autor se habría valido de este material para escribir una saga familiar o un voluminoso libro plural, pero Viežnaviec reduce todo lo que ha obtenido a lo que impresiona. Ni siquiera hay adjetivos. Narra sin recursos estilísticos, porque el estilo se pega a lo importante como la piel a los huesos del cráneo. Hay que sobrevivir a tiempos de sangre, de plomo, a las guerras y a las entreguerras, a los pogromos y a las revoluciones. Estamos rodeados por el bosque, que es la marca de la frontera, y así protegemos nuestras costumbres, nuestros prejuicios, pero corremos el riesgo de quedarnos sin aire cada vez que entre una nueva violencia. De hecho, el lugar tiene mucho de los entornos clásicos de los cuentos de hadas que vinieron del Este, pero aquí se ha sustituido cualquier posible magia por un realismo de lo más crudo.

Contamos con el apoyo de seres marginados, entre los que destaca la abuela de Ryna, la curandera, que no debe hacerse notar porque ya pesa demasiado su fama. Todos ellos son seres que ven como su vida se decide desde otro lugar, más allá del bosque, donde están los poderosos. A ellos apenas les queda otra certeza que no sean las viejas supersticiones. Ni siquiera la memoria es un buen refugio, como nos damos cuenta cada vez que Ryna recurre a ella y se encuentra, por ejemplo, con un padre sanguinario o con la trágica ausencia de una madre, pues quedó huérfana desde muy joven. ¿Qué pasa, lobo? es un viaje a los que sufren el efecto de lo miserable. El efecto es de lo más desconcertante, porque uno se da cuenta de que está leyendo algo con forma de apuntes —subcapítulos cortos, toques de atención, miradas breves hacia uno y otro lugar— y, sin embargo, sale de la obra con la impresión de haber estado tratando con alguien que tiene un conocimiento profundo, y ese conocimiento es contagioso. Y es que esta obra contiene, sobre todo, un fuerte impulso vital.

 

Fuente: Zenda

miércoles, 25 de febrero de 2026

TELÉFONO

 

Teléfono

Percival Everett

Traducción de Javier Calvo

De Conatus

Madrid, 2026

290 páginas

 

 


Tal vez esta sea la regla número uno para mantenerse vivo: si te quedas quieto, no eres nadie. No se puede vivir por inercia. En algún momento, por mucho que tu pretendas que todo se congele, lo que sucede a tu alrededor te afecta y te obliga a tomar partido. En esta novela de Percival Everett (Fort Gordon, Georgia, 1956) se utiliza el concepto de necesidad a esa toma activa de postura, y se representa de manera extrema: el azar empuja al protagonista, a nuestro narrador, a querer salvar a un grupo de mujeres sometidas a esclavitud. Eso que hemos designado como azar sucede dentro de un contexto brutal, bajo el empuje de una enfermedad terrible que sufre la hija del narrador, que será el verdadero motor de la acción de nuestro protagonista. La novela, debemos decirlo desde el principio, funciona como una maquinaria perfecta. Hay una tensión que no decrece, hay intriga y hay, sobre todo, unas relaciones entre los personajes que son de muy alto calado humano.

Lo primero que sabremos es que el narrador es consciente de que va a contar algo que es muy interesante. A pesar de ello, tarda unas cuantas páginas en soltar la noticia, la enfermedad de su hija, que le lleva a plantearse que todo lo que es, todo lo que ha sido durante cuarenta y dos años, no sirve de nada. La niña tiene doce años cuando la diagnostican una enfermedad rara, degenerativa y si tratamiento. Pero durante esas cien primera páginas hemos asistido a lo cotidiano como construcción de lo que va a salirse de lo cotidiano, manteniéndose, eso sí, dentro de los cauces de la realidad. Un profesor universitario mantiene una bonita relación con su hija, en la que cobra especial importancia las partidas de ajedrez, mientras nos va describiendo una vida en la que nos preguntamos qué traumas le han construido y cuáles son los límites de su personalidad. Es un tipo que está descontento con casi todo y no tiene ningún reparo en expresarlo. Apenas le saca de su rutina las insinuaciones de una alumna y la relación con una colega. Mientras tanto, vamos recibiendo, desde un segundo plano, una relación con su mujer que está construida sobre la rutina familiar. Hay respeto a la vez que costumbre, y sospechamos que, de haber escuchado la voz de ella, ese respeto sería mutuo. No sabríamos decir si existe una crisis de pareja.

Pero a partir de la noticia, asistimos a un cambio de percepción del narrador, que se preocupa más por los detalles, sin terminar de interpretarlos, y también se preocupa por la afectación sobre su familia. La sensibilidad hacia su mujer y la extrema preocupación por su hija, se imponen. La demostración es el viaje a París, el sueño, el mito, pero también el último deseo. Al protagonista le sigue resultando imposible naturalizar la muerte, que ha sido, en buena medida, lo que le ha inmunizado contra tantas cosas, pues las de sus progenitores fueron trágicas, la del padre, y complacida, la de la madre. En cualquier caso, inusuales y prematuras. Hasta que una nota encontrada en una camisa comprada por internet le lleva hasta un lugar perdido de Nuevo México, donde comienza una investigación en la que tendrán lugar nuevos encuentros, con gente que le apoya o le advierte, y también con dos personajes cuya aparición nos lleva a recordar la de otros dos tipos siniestros que serán la asfixia del protagonista de Victoria, la novela de Conrad. A partir de ahí, y contra cualquier desarrollo posible de los acontecimientos, lo que se impone es la necesidad. Necesidad de salvar, necesidad de sentir que salva, ya que no puede hacer gran cosa por la persona que más quiere. La novela tiene un desarrollo que nos intriga y mantiene atados a ella, pero es, por encima de todo, una representación muy emocionante de las relaciones humanas.


Fuente: Zenda

martes, 24 de febrero de 2026

A MEDIA LUZ

 

A media luz

Joyce Carol Oates

Traducción de Carme Camps

Lumen

Barcelona, 2026

712 páginas

 



En algún punto de las tripas de esta extraordinaria novela, Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) hace decir a uno de sus personajes: «Quizá Lionel quiere salvar su propia vida, cariño». Sobre esto trata A media luz, la obra que recupera Lumen, publicada por primera vez, en el idioma original, hace veinticinco años. Nos encontraremos acompañando a un grupo de personajes que han superado los cincuenta años o tienen una relación muy especial, de enamoramiento, con personajes que han superado esa edad y contienen mucho magnetismo. De hecho, la acción se inicia con la heroica muerte de un hombre al que admiran y quieren varias mujeres de una localidad que hasta ese momento bien podría haber sido un ambiente cerrado. No sabemos nada del pasado de este personaje, y averiguar algo sobre él será la misión final de alguien que se ha visto muy afectada por la desaparición. Pero antes hemos ido siguiendo a cada una de las personas que han orbitado en ese ambiente casi de aldea, en el sentido en que podrían ser ambiente de aldea los lugares donde suceden los relatos de Carver, y hemos ido descubriendo que cada uno de estos personajes es dueño de su propia novela. Lo que sucede es que todas las vidas orbitan, a su vez, en las vidas de los demás, y no solo a través de los enlaces con el tipo muerto.

Joyce Carol Oates teje con maestría esta estructura en la que se impone la sensación de lo imposible que es rellenar con nada ciertos vacíos. Pero, a pesar de todo, no conviene bajarse del tren de vivir y cada uno de los personajes buscará una forma de reinventarse. Todo comienza con el empuje de la muerte, de ese sentido de lo efímero que a uno le queda al tomar conciencia de ella. Algo que cobra especial relevancia al encontrarnos en una sociedad media tanto por la clase social, aunque varios tengan la vida demasiado bien resuelta, como por la edad y la formación. Y luego está este misterio coral en el que todos parecen participar, y que tiene que ver con la atracción que el personaje ocasionó entre mujeres que necesitaban salir de una vida más bien gris. Carol Oates se va deteniendo en las reacciones, físicas y emocionales, de cada personaje, que van alternando el protagonismo según comenzamos un nuevo capítulo. La verdad es que consigue darles tal empaque que al lector le parece que lo más interesante es lo que le está sucediendo al personaje con el que trata en la página en la que se encuentre.

Pero el retrato coral es el retrato de la mediana edad, en la que casi todos han elaborado una doble vida, la segunda con aspecto volátil, porque en esa segunda vida el combustible es el deseo. Nos encontraremos con las luces y las sombras, con las pequeñas miserias y con un desarrollo que bien puede tener final trágico o feliz, o no tener un final. En cualquier caso, todos pretenden que algo se desencadene en su vida, y, en buena medida, a partir del fallecimiento deciden que algo, pequeño o grande, tienen que hacer para provocarlo. Tal vez un enamoramiento, tal vez intentar seguir la estela artística de este hombre que hacía esculturas con la técnica del object touvée, tal vez idealizar la soledad, tal vez la adopción insensata de perros cuando tu marido, que tiene alergia al pelo de las mascotas, se ha alejado, tal vez comenzar un romance con una amante punki, tal vez huir intentando no dejar rastro. Como suele suceder al terminar las novelas de Joyce Carol Oates, uno sale observando a su alrededor con un espíritu diferente, considerando que debería conocer el relato completo de la vida de cada persona con la que se cruza y tener en cuenta que está, muchas veces sin darse cuenta, elaborando su propio relato.