viernes, 11 de septiembre de 2026

LO QUE PODEMOS SABER

 

Lo que podemos saber

Ian McEwan

Traducción de Eduardo Iriarte

Anagrama

Barcelona, 2026

378 páginas

 



Lo mejor del futuro es que nos lo podemos inventar y nadie nos va a achacar nada porque no se produzca lo que vaticinamos. En 1984 no existió un ojo de Gran Hermano, aunque más tarde iría llegando el reguero de cámaras que sirven a la policía para seguir a los delincuentes en caso de delito, y los teléfonos móviles propagándose por el mundo para grabar incidentes y fotografiarse frente al Taj Mahal. En 2001 no se descubrió un prisma negro en la luna que llevaría a un astronauta a convertirse en un dios tras tocar a su gemelo a un montón de años luz de la Tierra. Y va a ser complicado que en el año 2119 la geografía de Europa se corresponda a estas islas que Ian McEwan (Aldershot, 1948) expone en su última novela, esta Lo que podemos saber, que es un artefacto intrigante y seductor.

En algún momento ha sucedido la gran inundación que ha elevado el nivel del agua de los océanos, y millones de personas han fallecido. Pero la vida parece haberse estabilizado de tal manera que a un profesor universitario le está permitido entretenerse en una investigación acerca de unos poemas escritos cien años atrás. Esto convierte a McEwan en un autor que está ideando a otro autor en el futuro, para hablar, eso sí, sobre nuestro tiempo, sobre el presente. Es como si estuviera diciendo que sus ideas, su imaginación, que son las ideas del narrador, serán certezas. Esa convicción nos lleva a emprender una lectura en la que esta distopía se expone con la contundencia del realismo. El contraste entre distopía y realismo, que el autor consigue que parezca armonía, crea la atmósfera más adecuada para que nuestro intelectual, el narrador, navegue exponiendo cómo es el trozo de mundo en el que se mueve, la isla, las islas. En realidad, la novela es una reflexión sobre qué es lo que más importa, y la conclusión parece indicar que lo que sea que importe estará relacionado con la cordura y, posiblemente, con su contrario.

Al fin y al cabo, estamos en un mundo en el que todavía se imponen los traumas y estamos frente a unos personajes que no se empeñan en combatirlos, sino en llevar una vida normal. Hay una pareja, hay un trabajo, hay unos alumnos, hay poemas de por medio. Es cierto que los niveles de lectura nos llevan, también, a preguntas ecológicas, a contextos políticos y a las soluciones sociales. Todo eso está bien encajado y perfectamente disimulado en un artefacto narrativo que McEwan ejecuta con oficio y talento. Llega, incluso, a aparecer el alzhéimer y la cura del alzhéimer, pero como algo que ha tardado demasiado en aterrizar, en afectarnos.

«Nunca lo habríamos consignado en nuestras propuestas ni reconocido entre nosotros, pero era precisamente nuestra juventud lo que nos llevaba a interesarnos en el periodo. Qué brillante inventiva y qué codicia tan estúpida. Qué música, qué harte de mal gusto, qué correrías disparatadas y sentido del humor: gente que volaba tres mil kilómetros para unas vacaciones de una semana; edificios que alcanzaban las nubes; la asolación de selvas enteras a fin de fabricar papel para limpiarse el trasero. Pero también desentrañaron el genoma humano, inventaron internet, arrancaron con la IA y situaron un hermoso telescopio dorado a más de un millón de kilómetros en el espacio». Dígannos ustedes si esta exposición, esta intriga, no es motivo suficiente como para empujarse dentro de una obra escrita con el buen pulso a que McEwan nos tiene acostumbrados. Un libro estupendo para comenzar el curso.

miércoles, 19 de agosto de 2026

SAGRADA LA MATERIA

 

Sagrada la Materia

Annie Dillard

Traducción de Raquel Bada

Bamba

Madrid, 2026

75 páginas

 



«Cada día es un dios, cada día es un dios y lo sagrado se despliega en el tiempo». Así comienza este libro de Annie Dillard (Pittsburgh, 1945), empujándonos a reflexionar que implica ser espiritual. Dios (en minúsculas), lo sagrado y el tiempo, tres ejes que pueden producir ternura y a la vez llevarnos a reflexionar sobre cuánto mundo cabe dentro del este mundo, sobre las sombras de la caverna de Platón y cuál es la verdadera esencia de ese ser que proyecta esas sombras. Dillard no va a huir de lo religioso, de su creencia en un dios, en algo que daría sentido a todo lo creado, pero su idea sigue siendo la de trascender, la de meditar, con o sin palabras, acerca de la parte en la que deberíamos ser más alma y menos carne: «La gran piedra de molino del espacio es una ilusión, porque Dios es espíritu y los mundos, sus sueños más leves».

Ese Dios debería ser la única cosa grande en la que centrarse, pero el mundo de Dillard, como demostró en Una temporada en Tinker Creek o en Enseñarle a hablar a una piedra, es el de las cosas pequeñas. Ese Dios es, sobre todo, una intriga, pero donde ella quiere vivir es en el lugar donde están los insectos y el polvo que se acumula con el tiempo sobre los objetos bellos. Ahí es donde demuestra que es una de las autoras más sensitivas que podremos leer. Sus reflexiones son líricas y son intimistas, porque carece de certezas. Sagrada la Materia vuelve a ser una invitación a leer, a escuchar, a estar presente, a la atención y la serenidad. La única rebeldía posible, deducimos de la lectura de las obras de Dillard, es la de comulgar con la naturaleza, que es donde se encuentra su dios, una esencia que se parece mucho a la libertad.

Para ello Dillard se permite escribir con infinita libertad, desenvolverse en una prosa por momentos efectista, que nos recuerda algo al surrealismo, donde las frases no estaban previamente, sino que iban surgiendo a medida que corría el bolígrafo sobre el papel: «Tenemos menos tiempo del que creíamos, y ese tiempo es boyante, y amado, y lúcido, y explosivo, y salvaje». Esta secuencia de adjetivos es solo una demostración de la libertad que se permite, pues en ella están las contradicciones a la vez que los énfasis. «En este libro no va a ocurrir nada. Solo un poco de violencia en el lenguaje aquí y allá, en la esquina donde la eternidad roza el tiempo», dice, y es que la eternidad no es la suma del tiempo hasta que no encontremos su final, sino la ausencia de tiempo. En ese lugar es donde debería producirse lo que más desea Dillard, que vuelve a estar relacionado con la ligereza, con el proceso de conocerse, de explicar y explicarse, que está lejos de ser una meta.

La vida es vacío y uno puede aceptar ese vacío, como un monje budista, o llenarlo con lo que le plazca, que es algo a lo que tiene derecho siempre y cuando no haga daño. Dillard reclama ese derecho y nos muestra una buena ruta, la que comulga con lo sencillo y con lo espiritual sin pretensiones místicas. Es una autora homeopática, pues no intenta impactar, sino ir calando poco a poco. Es lenta y nos deslumbra con una imaginación que puede extrañarnos, porque no nos queda nada lejos lo que propone, pero no se nos había ocurrido pensar como ella piensa, y no sabemos por qué renunciamos a esa mirada. Dillard es una voz que nos ayuda a dar sentido a la lectura, y nos muestra que leer es algo que también existe fuera de las páginas de los libros, también existe a nuestro alrededor.


Fuente: Zenda

VIAJAR en Portugal

Viajar

Ricardo Martínez Llorca

Bookout 

Lisboa, 2026

248 páginas




Sobre la edición portuguesa de 'Tal vez viajar'

REIVINDICAR O DIREITO À VIAGEM LIVRE E BELA

 

Viajar é uma homenagem e um lamento, mais uma prova de que o amor, incluindo o amor pela viagem, é um conflito entre a realidade e o desejo. Gostaríamos de passar a vida a viajar, mas a viagem não faz sentido se não for acompanhada de beleza, poesia e amor pelos lugares percorridos e sentidos.

 

Viajar revolta-se contra a viagem que serve apenas
para aparecer nas redes sociais e decalca um autor
que andou de um lado para o outro com um
orçamento reduzido e muito tempo para refletir.
Um ensaio que entrelaça a melhor tradição literária dos livros de
viagens com uma
reflexão sobre o turismo de massas e os seus efeitos.


RICARDO MARTINEZ LLORCA

Nasceu em Salamanca, Espanha, em 1966. É escritor, viajante e já foi
alpinista e professor de desenho.

Descobriu tarde a sua vocação literária, mas hoje a sua obra abrange vinte títulos, que vão desde a ficção, homenagens a vidas de aventuras e outros géneros como a literatura testemunhal, de viagens e ensaios.

Colaborou em diversas revistas especializadas em viagens e
atualmente, colabora com as revistas «Zenda» e «Culturamas».
Pode segui-lo no seu blogue.


Más información aquí



miércoles, 5 de agosto de 2026

LA TORMENTA

 

La tormenta

Cynan Jones

Traducción de Matías Battiston

Chai

Madrid, 2026

162 páginas

 



Somos unos cuantos kilos de carne que con un poco de suerte vivirán alguna dulzura entre tantas tinieblas. Al parecer, retratar las tinieblas es el objetivo de buena parte de la producción artística y literaria, y esta obra, esta recopilación de seis cuentos, entra de lleno en el asunto, sin esconderse, sin mostrar la grieta entre las nubes por la que asome el rayo de sol. La tormenta es un libro en el que se aúna al miedo una extraña tristeza, entre otras razones porque nos coloca frente a lo que puede ser la realidad de una vida a la que estamos más acostumbrada a conocer por términos líricos, e incluso nostálgicos. Los cuentos de Cynan Jones (Gales, 1975) están ambientados en la naturaleza o el entorno rural, en los lugares donde los edificios y el asfalto no imponen su envergadura ni su color. Y lo que nos encontramos es con cuadros de Constable donde las nubes y el viento, y los senderos y las bestias, se tornan malas compañías, incomodidad, aprensión y motivos parar cargarse de ansiedad.

En realidad, Jones muestra poco, es parcial, lo cual viene a significar tanto como que es sincero. Su misión no es reflejar todo, sino intrigar, y para ello debe imaginar los minutos concretos, la atmósfera parcial. En cada cuento, acompañamos a un único protagonista, del que tampoco sabremos demasiado, del que apenas se nos descubrirá los suficiente como para entender el relato, el momento del relato. Es posible que intervenga algún otro personaje, pero el protagonista es único y solitario, como son solitarios los personajes de muchos cuentos de Jack London. Solo que aquí no hay aventura, porque la intención es, más bien, mostrarnos la posible vida en otro lugar, con lo que los cuentos están dotados de un incómodo costumbrismo. En ese lugar, al que nos lleva Jones, la atmósfera está cargada de una luz monótona, gris, la que corresponde al lenguaje sencillo, voluntariamente limitado, del que se vale el autor. En cualquier caso, es un lenguaje suficiente como para crear lo que a él más le interesa, que son imágenes inquietantes en la mente del lector.

Flota en el lugar algo que es más fuerte que la voluntad humana, algo que hace que los personajes sean muñecos afrontando la rutina y lo excepcional solo con sus fuerzas, que no son muchas. Se impone cierta tentación a pensar que nos está mostrando el terreno opuesto al lirismo, dado que las emociones no son amables, pero el lirismo también sirve para esto, para caminar entre el miedo y la dureza, para expresar lo crudo, para inquietar. Una inquietud que se incrementa por la falta de comunicación entre la gente, pues no es posible comunicarse con quien no existe o existe, pero muy poco. De hecho, sabemos que es un lugar con múltiples vidas gracias a que alguien se ha molestado en hacer una recopilación de los cuentos, dado que si solo leyéramos uno, nos quedaríamos con la soledad en la tormenta. Pero es la suma lo que da una buena entidad al libro, lo que crea mundo, lo que nos descubre una parcela de mundo que no sabemos si realmente nos apetecía conocer. Esta última frase pretende ser más un elogio que un reproche: un buen lector no se arredra ante lo que puede inquietar, y mucho menos si el origen de la inquietud viene de lo real, de algo que podría estar conviviendo con nosotros, aunque fuera en un lugar lejano de la geografía. Es posible, y de ahí el desasosiego, que ese lugar se esté expandiendo y amenace con colonizar el ánimo que flota en la atmósfera de nuestro planeta. Conseguir que la amenaza sea un valor literario es algo que uno descubre leyendo a Cynan Jones.

miércoles, 29 de julio de 2026

ESTA IMPROBABLE TIERRA PROMETIDA

 

Esta improbable tierra prometida

Alma Guillermoprieto

Traducción de Laura Emilia Pacheco

Debate

Barcelona, 2026

271 páginas


 


Escribir una crónica supone, en primer lugar, participar de un descubrimiento. El periodista se entera de todo lo que no sabía, o procura enterarse de todo. Tal vez todo sea demasiado ambicioso, por lo que el propio periodista debería tener muy en cuenta sus limitaciones: todo lo que está a mi alcance, todo lo que puedo percibir, todo lo que puedo leer, todo lo que puedo deducir de las entrevistas. Vamos a ser honestos, eso sí, porque el trabajo consiste, al fin y al cabo, en conseguir que los demás sean los que descubren y yo no soy otra cosa que un instrumento, un medio, un camino. Se trata, en definitiva, de ampliar el mundo para aquellos que no tienen la oportunidad de llegar hasta donde él ha llegado. Y es fácil deducir, a través de ellos, que la ampliación supone incrementar dudas. Ser honesto implica alejarse de los tópicos y las ideas demasiado fáciles, demasiado rígidas, mientras se indaga en la luz y la sombra.

Estamos hablando de Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949), a la que si volvemos a leer recibiremos de nuevo una lección de maestría literaria. En este caso, Esta improbable tierra prometida, se reúnen crónicas sobre América Latina escritas a lo largo de los últimos veinticinco años, y muchas de ellas matizadas con postdatas para actualizar la situación o a las personas. El ejercicio de sensatez que vuelve a ser su escritura nos ayuda a construir la fisonomía de una tierra en la que uno puede vivir sin esperanza, pero conservar la ilusión. Guillermoprieto consigue que nos importe lo que narra, aunque sea la receta de los tamales, aunque suele elegir asuntos bastante potentes, desde un retrato de Evo Morales hasta la biografía reducida de un cura pederasta. Se toma a sí misma como centro, eso sí, pero no se coloca como figura protagonista. Es más agua que roca y relata sin abusar de recursos líricos. Busca la brevedad que impresiona, el esqueleto más que lo que pueda operarse mediante cirugía estética. Y no se esconde cuando se trata de hablar sobre lo truculento, o sobre la locura y los crímenes.

La honestidad, como saben los lectores de Guillermoprieto, comienza por la elección del destino. Hay que acercarse a lo difícil, y cuando no es posible físicamente, se hará a través de lecturas. El efecto que consigue la autora es el de recrear la realidad: todo lo que nos cuenta es creíble, pero seguro que cabe más todo en lo que sucede. Si ella ha sido capaz de ampliar así el mundo, eso quiere decir que el mundo no tiene bordes. De hecho, mientras leemos las crónicas, nos damos cuenta de lo bien documentada que está la autora, de la serenidad con que afronta incluso los casos de desapariciones y tortura, y por un momento sentimos la tentación de concluir que sus ideas son incuestionables. ¿Pero qué conclusiones? No existen. Puede que exista objetividad, tanta como es posible en un observador, pero las conclusiones serán obra del lector, y para que sean determinantes, lo mejor es seguir ampliando el territorio. Esa es la única conclusión, la invitación al conocimiento del mundo en que vivimos, una invitación que toca al periodismo, a la política, a la antropología y a casi todas las formas de humanismos que se nos pueden ocurrir. En la literatura de Guillermoprieto está prohibido mitificar, porque el sentido de la justicia con que afronta su labor está en construcción permanente, está siendo afectado por cada idea que recibe, por cada dato que recopila, por cada descubrimiento que se le facilita. Cuando hablamos de voces necesarias, de voces insustituibles, nos estamos refiriendo a gente tan sensible como Alma Guillermoprieto.


Fuente: Zenda

miércoles, 22 de julio de 2026

EL LIBRO MOEBIUS

 

El libro moebius

Catherine Lacey

Traducción de Nuria Molines

Alfaguara

Barcelona, 2026

220 páginas

 



Lo primero que llama la atención, es el doble comienzo; se trata un juego juvenil original, pero que no aporta gran cosa a la lectura, ya que El libro moebius está compuesto por dos novelas breves y, al margen de por la que elijas empezar, necesariamente leerás una detrás de otra. La verdad es que el efecto de la cinta de Moebius es casi imposible de ser reproducido en una narración: si uno agarra una tira de papel y la dobla para formar un círculo, girándola media vuelta, obtendrá una cinta que son dos caras y una sola cara a la vez, como comprobamos recorriéndola con un dedo sobre la superficie. En cualquier caso, la innovación formal se agradece, aunque solo sea porque invita a leer la primera página de ambas novelas antes de decidir por cuál empezar.

Ambos relatos versan sobre experiencias de amor, en las que el amor es fuente de acidez, desencanto e incomodidad. Pero los enamoramientos son inevitables. En una de ellas, la protagonista sale de una relación con otra mujer, junto a la cual ha tenido dos hijos gemelos, siendo la otra quien se queda con los derechos de custodia, por motivos adquiridos al haber sido ella la que estuvo embarazada. Lo primero que cabe concluir, es que nos está hablando de la falta de certezas que rige el mundo, en el que es complicadísimo aceptar que la vida es un cúmulo de inseguridades y ambigüedad. Hay, también, un triángulo amoroso en el pasado, al que se va haciendo referencia, que como todo recuerdo de juventud es una memoria bastante platónica. Debemos advertir que el texto no es muy narrativo, y que gana viveza en los momentos en que se muestra más dispuesto al relato. De hecho, por momentos nos mete dentro de una cabeza que se asemeja a la de un adolescente autofagocitándose, un efecto del que nos salva que en lugar del yo se refiera al deterioro hablando de ella, de otra persona diferente a la que sostiene la voz que nos habla. Y es que el riesgo de cualquier ruptura es el de obsesionarse con uno mismo. La expresión que la autora pone en boca de la narradora, y que nos aclara bastante las intenciones, es «su necesidad de automitología».

En la otra novela se nos advierte, desde el inicio, que hay un cierto espíritu metaliterario, que va a escribir sobre escribir, porque eso es lo mismo que escribir sobre la memoria. Aquí las familias ya serán más complejas, pues al margen de las parejas se tendrán en cuenta a los abuelos, a los padres. Lo que sí tiene en común con el otro relato es la necesidad de recomponerse tras un fracaso amoroso, o tras un fracaso amoroso tras otro. En este caso, se nos explica un poco más acerca del origen de esas dificultades, pues se habla del pasado de quien sufre, donde una formación religiosa bastante simple y unos episodios de autodestrucción juvenil, incluyendo anorexia, han marcado su camino, su inseguridad. Mientras en su cabeza intenta dar sentido a los sucesos, intervienen amigos, algunos bastante poco típicos, que la ayudan a moldear el presente. Pero el asunto básico sigue siendo eso que llamamos tóxico en las relaciones, un término que tampoco ayuda a concretar nada, porque tóxico es cualquier cosa que nos envenene, aunque solo sea un poco, y no todos tenemos el umbral de tolerancia ajustado y en buena línea. Y ese umbral de tolerancia se vincula, como no podía ser menos, al sentido de culpa.

Ambas novelas comulgan con el mismo espíritu, el que nos empuja a preguntarnos si no seremos contra natura, si no seremos algo diferente a la razón y los sentimientos que deberíamos ser. El libro moebius es una obra que comulgaría bastante con cierto género juvenil, el que habla del desamor, y que nos recuerda que en buena medida seguimos y seguiremos siendo adolescentes.

Fuente: Zenda

miércoles, 15 de julio de 2026

DULCENOMBRE

 

Dulcenombre

Marina Arrabal

Blackie Books

Barcelona, 2026

235 páginas

 



Algunos de los instrumentos de los que se ha valido Dios han sido tan elocuentes como una lluvia de fuego, y algunas de las coacciones tan determinantes como matar a tu hijo. Hay que destruir Sodoma con toda la furia y hay que demostrar amor con un sacrificio que supone derramar mucha sangre amada. Más tarde este Dios se corregiría y diría aquello de bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la Tierra. Estamos muy lejos de que los mansos hereden la Tierra, pero no cabe rendirse, no cabe dejar de ser buena persona. El problema surge cuando se confunde la bondad con el cilicio. Esa confusión requiere una dosis de locura, y de eso trata esta novela, Dulcenombre, con la que Marina Arrabal (1988) nos recuerda que hay causas ocultas y que para sanarlas conviene sacarlas a la luz.

Dulcenombre es la joven protagonista que, uno se puede imaginar, nace y se desarrolla marcada por un nombre elegido como sendero que atraviesa su vida dedicada a Dios. Pero no a un Dios contemporáneo, no a un Dios totalmente piadoso, no a un Dios que comprende que no es necesario castigarse con la culpa si estás limpiando los mocos a un refugiado de tres años. Conocemos a la protagonista a la vez que a su madre, en una tarea tan poco corriente como es la de acompañar moribundos, estrecharles la mano durante los últimos alientos. Cuando la madre fallece, Dulcenombre se queda sola, y será esa soledad la que concentre el tema que tratará Marina Arrabal en esta obra. A pesar de haber pertenecido a una familia numerosa, lo que la protagonista entiende que es un estigma marcará su actuación, solitaria y respondiendo a una culpa que no parece tener sentido. En realidad, lo que se va desplegando es la idea de que la fe es un refugio, como también lo puede ser la demencia. Haría falta un neurocirujano muy fino para separar una de otra sin hacer daño al resto de la mente, o al resto del alma, que seguramente también esté en la cabeza.

Para ayudar a la muchacha, alguien la propone un psicoanálisis en diferido: grabará en unas cintas unas memorias, saltando de tiempo a tiempo, construyendo lo que para nosotros es lo más significativo de la memoria y lo que ella desearía que fuera una hagiografía, un tratado sobre la vida de un santo. A lo que asistimos es a un ejercicio, por parte de la autora, en el que se nos intenta explicar cómo se construye una mentalidad beata, pero con un tipo de beatitud de otra época. Estamos frente a una autora muy preocupada por la salud mental, que utiliza la literatura para añadir un contundente punto de vista que parte de una pregunta bastante pertinente: ¿qué es el misticismo, en qué consiste, cuando es una meta, un logro, un horizonte buscado? A lo que lleva esta pretensión es a creer a pies juntillas en una farsa. Algo que, de una u otra manera, todos estamos ejerciendo. Lo que nos distingue es el grado, que en este caso es lo bastante preocupante como para que la protagonista tenga que ser internada.

Marina Arrabal nos habla de esta mujer con un lenguaje sencillo, pero nada burocrático, porque sí nos empuja a entrar al texto, a seguir la lectura con interés. Crea una estructura en dos etapas temporales, el presente y las narraciones que contienen las cintas. Esas dos voces no se superponen, porque saltamos de una a otra con facilidad, sin interrumpir la continuidad del relato. Dulcenombre es una novela que obedece a una causa a la que merece la pena prestar atención, tal vez mucha atención. Y es posible que sea el detonante de un proyecto literario que merecerá la pena seguir.


Fuente: Zenda

miércoles, 8 de julio de 2026

OLA

 

Ola

Sonali Deraniyagala

Traducción de Tania Gaviño

Capitán Swing

Madrid, 2026

183 páginas


 


Tras una tragedia personal, tras una muerte en la familia o la muerte de tu mejor amigo, uno tiene que comenzar por perdonarle al mundo que no se detenga, que apenas nada cambie de un día para otro. ¿Cómo es posible que los desconocidos no sepan de la injusticia que acaba de caer sobre ti? ¿Cómo es posible que el mundo no se congele cuando lo que sientes es superior a cualquier moral y al impulso de los planetas? Hay que hacerse a la idea de que para seguir viviendo, uno debe comenzar por perdonar que la vida de los demás, sobre todo la de los desconocidos, no cambie. Es a la vez fácil y complicado imaginar en qué medida se exacerba esto en el caso de Sonali Deraniyagala (Colombo, Sri Lanka, 1964), que sobrevive al gran tsunami de 2004, pero pierde a su familia, a su marido, a sus dos hijos y a sus padres. El libro que tenemos entre manos es estremecedor, y aquí debemos aclarar que este adjetivo es un elogio, porque mientras leemos y tratamos de sentir lo que Deraniyagala siente nos damos cuenta de que somos humanos. Es un libro que infunde valor, que transmite ganas de vivir, aunque nos esté hablando literalmente de la muerte y el duelo.

El impulso que lleva a Deraniyagala a escribir es el sentido de culpa. En algún momento, alcanzada la mitad de la lectura de Ola, ella lo confiesa: «Y quizá renuncia a ser su madre porque a veces me siento irremediablemente responsable de su muerte (…) no consigo quitarme de encima la sensación de que los conduje al peligro cuando confiaban en mí (…). No soporto recordar cuánto dependían de mí». Si la culpa es la chispa que enciende el motor, el combustible será, como se puede deducir de la cita anterior, el miedo. La culpa, el miedo, ¿qué otra cosa vamos a encontrar si miramos dentro de nosotros mismos? Estamos ante una autopsia en vida, ante una biopsia en la que hay algo más que vísceras y músculos. Es un libro que nos habla de dolor, de despedida y hasta de violencia. Es un texto emocional en el que durante la primera mitad todo lo que sucede tiene lugar dentro de la narradora, en su confesión. Asistimos a sus intentos casi imposibles de enterrar, a su incapacidad de reinventarse y a su mayor anhelo, que es recordar para que ellos sigan acompañándola. Y, mientras tanto, desea su propia muerte.

El libro nos lleva de una etapa a otra con grandes saltos cronológicos. Y así vamos comprobando como el dolor se transforma en nostalgia, no sabemos si a pesar de la propia Deraniyagala: «Durante meses y meses después de la ola, apenas podía soportar oír los nombres de los amigos de mis hijos. Y cuando empecé a verlos de nuevo, me daba miedo que me recordaran cómo serían ahora mis hijos, miedo a saber todo lo que se estaban perdiendo. Ahora veo a los amigos de mis hijos con frecuencia. Cuando nos encontramos, rebosan entusiasmo y me encanta su vitalidad. Y hacen que mis hijos sean reales de nuevo». De lo que sí estamos seguros es de que este es un caso de resiliencia que hace empalidecer a los que nos ponen como ejemplos habituales: «¿Cómo es posible que gran parte de mi vida ni siquiera parezca mía?». Que vaya aprendiendo a integrar esa gran tragedia lo demuestra que a medida que avanzamos en la lectura descubrimos que Deraniyagala va siendo menos reflexiva, si entendemos reflexionar por una introspección, y más narradora. Va hablando de sus recuerdos, de su juventud, del cabeza loca de su marido, y reconciliándose con los lugares que compartieron y que llegó a odiar, en algunos casos incluso por ser demasiado hermosos. Y es que nada es lo bastante extenso como para contener el dolor. De eso trata este libro, de mostrarnos cómo reconciliarnos con el mundo cuando se hace más pequeño que el dolor que sentimos. Y que alguien sepa hacer eso sin caer en falsos sentimentalismos es una maravilla.


Fuente: Zenda

 

miércoles, 1 de julio de 2026

CAMPO VISUAL

 

Campo visual

Jorge Consiglio

Eterna Cadencia

Buenos Aires, 2026

118 páginas


 


Empieza a resultar un problema confiar el magnetismo de un cuento a la potencia de la bomba que suelta el escritor. De hecho, se corre el riesgo de llegar a ser aburrido cuando este es el recurso. Es posible que al lector le enganche mucho más, si uno tiene el pulso narrativo acertado, algo tan sencillo como que un teléfono no suena. Cuando un escritor confía en la realidad como fuente de sus relatos, debe saber tratar con todos sus ángulos, encontrarlos, girarlos, buscar la magia de lo cotidiano, rascar en esa magia y deducir que sí, que sigue siendo lo cotidiano y que por esa misma razón nos importa. Eso es lo que explora, con acierto, Jorge Consiglio (Buenos Aires, 1962) en esta recopilación de nueve relatos, Campo visual. Nos va a encarar con lo que ocurre, y lo hará de manera directa, pero con una lejanía que nos llevará a preguntarnos que si esto que nos cuenta podría ser lo que le sucede a mi vecino, ¿por qué lo sentimos lejos?, por qué lo identificamos como literatura, como narración, como ficción.

Hay que tener en cuenta que la ficción sirve para ampliar los límites de la realidad, que se trata de involucrarse en ella sorprendiéndonos por todas las cosas que podrían suceder, no por lo que está sucediendo. De ahí lo inquietante que supone leer algo que nos sorprende pero que bebe de las fuentes de lo real. Una de ellas, en la que Consiglio parece convertirse en un especialista, es la membrana que separa la cordura de la demencia. Si esto puede ocurrir, entonces ¿qué será lo que impida que ocurra?: porque no sé si está bien que tenga lugar, pensará el lector. Y es que Consiglio no deja de sorprendernos párrafo a párrafo. Un relato puede comenzar indicándonos un suceso que daría pie a una acción y a sus consecuencias, pero el cuento cambia constantemente, los primeros indicios desaparecen y de repente nos enfrentamos a otro ángulo de la realidad que vive el protagonista, a lo que podríamos calificar como diversos mundos dentro del mundo minúsculo de cada personaje. No hace falta que transcurra mucho tiempo para que cambien mucho nuestros asuntos.

Para conseguir este efecto el autor se vale de un estilo aparentemente sencillo, y utilizamos el adverbio aparentemente porque sabemos que cuando uno trabaja mucho lo hace para hacer las cosas más sencillas. La redacción es impecable, funcional, con frases cortas que nos llevan a galope atravesando las líneas sin complicaciones. Todo esto está en función de algo tan significativo como es la mirada, una mirada a la que le importa lo que selecciona, los detalles. Lo que no terminará de aportar gran cosa, aunque nos ayude a definir el ambiente o la psicología de tal o cual personaje, sobra. Vamos a lo que estamos tratando, a los perfiles a que no cesan de actuar a su pesar, porque desearían estar más tranquilos. Este fondo, el hecho de que a nosotros también nos apetece estar en calma, conseguirá que nos entendamos mejor con los personajes. Pero, como hemos dicho más arriba, la ficción sirve para ampliar la realidad, y así conocemos el malestar sin necesidad de padecerlo. A partir de aquí deberíamos confiar no tanto en el talento del escritor, que en este caso es un tipo muy solvente, sino en el talento del lector. Campo visual lo pondrá a prueba, y esto, que no deja de ser un reto, es algo que siempre se agradece cuando uno agarra un libro y lo abre sin saber lo que se va a encontrar, pero desea encontrarse con algo vivo.


Fuente: Zenda