martes, 16 de junio de 2026

HISTORIA DEL INFIERNO

 

Historia del infierno

Georges Minois

Traducción de Susana Prieto Mori

Siruela

Madrid, 2026

165 páginas

 



Averno es el lugar donde no hay pájaros. Eso dice el origen de la palabra, la griega aornos que significa sin aves. Para Sartre, el infierno son los demás, que es una expresión bastante cursi que significa que tenemos que acostumbrarnos a que nos pisen los pies cuando estamos entre una multitud. Pero si sumamos ambas ideas, resulta que el verdadero paraíso sería ese lugar donde cantan los pájaros al salir el sol, y las demás bestias celebran que no exista ningún humano que se dedique a talar árboles. Estamos rodeados de peligros y los más gordos los ocasionamos nosotros. Para controlarlos creamos las ideas de vigilar y castigar, sobre las que Foucault escribió unos estupendos ensayos en los que entendía que esa estrategia es una maldición y algo de lo más inútil. El ejemplo más extremo es la creación del infierno, y la implantación de esa idea en nuestras mentes, para que estemos controlados por el miedo y la culpa, que son hermanos siameses.

Lo que conviene hacer es salirse un poco de los mitos para mirar el cuadro desde fuera, como hace el historiador Georges Minois (1946) en este entretenidísimo ensayo que trata de lo oscuro, pero está lleno de color. Escrito hace veinticinco años, no hay ninguna posibilidad de que pierda la frescura. Minois se dedica a relatar la historia del infierno en las culturas, desde la prehistoria hasta nuestros días, y el resultado es un elogio a la fantasía, a la literatura fantástica. Borges reconoció en algún momento que había recopilado varias antologías de literatura fantástica, pero que en ninguna de ellas había introducido al creador de Dios, que es lo más fantasioso que se lo podía ocurrir. No vamos a llevar la contraria a Borges en asuntos como este. Si nos atenemos a Minois, efectivamente la fantasía y la fe forman un dúo que da lugar a grandes obras, a obras monumentales. Hay que tener en cuenta que en la literatura fantástica la lógica irracional debe convivir con algo de lógica racional para que nos resulte creíble. Esto genera cierta incertidumbre, y nada mejor que quitarle a uno el suelo bajo los pies para empezar a sentir miedo. Como uno no sabe dónde colocar el miedo, lo que nos indican los creadores de estos infiernos es que debemos temer a Dios, o a los dioses, si el panteón es plural. Así nos será más sencillo aceptarlo.

Minois recorre todas las creaciones de infierno, detallándolas con un saber hacer que nos lleva de sorpresa en sorpresa, hasta llegar al siglo XX, donde nos encontramos con los pareceres de grandes filósofos. Historia del infierno es un tratado de historia, teología, filosofía y literatura fantástica, de esa que no parece tener dueño, que no podemos atribuirle a un único creador, como no se puede atribuir a la literatura popular, a muchos cuentos de hadas. Es un libro que nos demuestra que la historia cultural puede resultar tan seria como maravillosa. Una obra que no conviene perderse.

EN PALABRAS SENCILLAS

 

En palabras sencillas

Richard Ford

Traducción de Damià Alou

Feltrinelli

Barcelona, 2026

127 páginas

 

 


Que se añada el adjetivo político a cualquier actividad no tiene por qué ser tratado como un tumor. En primer lugar, uno no debería asustarse. Y, en segundo lugar, convendría aclarar a qué se refiere este adjetivo, coordinar una definición. Política viene del griego politikós, que significa de los ciudadanos, y a su vez deriva de la palabra pólis, que se traduce como ciudad, es decir, el espacio común, todo lo que afecte a la vida que compartimos. En algún momento de este ensayo, pensado como una conferencia, Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) habla de política refiriéndose a la sensibilidad pública, si es que fuera posible separarla de la sensibilidad privada: «La novela sería política solo si el lector interiorizaba de manera inconsciente la máxima de Aristóteles de que la vida pública es una extensión de la vida privada, y a continuación se olvidaba de la política». De la pregunta que parte Ford es la de cuestionarse si su obra, sobre todo sus novelas, son narraciones políticas.

Ford no se asusta por la duda, porque sabe que no se trata de literatura que pretenda actuar, afectar a la vida política, a la vida de los ciudadanos como ciudadanos, pues los presupuestos de los que parte tienen que ver con la condición humana y sus conflictos. Lo cual, expone, es la fuente de la que beben los mejores novelistas. Pero sí quiere centrarse en resolver, si fuera posible, esa cuestión, dado que la convivencia del ámbito literario y político, su cooperación, beneficia al resultado de la obra. En caso de resolver esa tensión con acierto, se conectará «de forma explícita y desgarradora la historia con el destino de los individuos», en expresión que Ford utiliza para referirse a Huéspedes de la nación, un relato de Frank O’Connor.

Para explicar a lo que se refiere, Richard Ford recurre a lo vivido. Parte de momentos autobiográficos, seleccionando aquellos que pudieron afectar más a su carrera creativa, a sus principios literarios y a las modificaciones que estos han ido sufriendo. Conoció la segregación racial, padeció una dislexia que le obligó a ser un lector lento, y fue evolucionando en su idea de lo que debe ser una narración, en su idea de lo que es literatura, en cómo debe construirse un relato en el que poco a poco, inevitablemente, se van acumulando datos, hechos, cosas, y nada es desdeñable de afectarnos. Ford sabe que es importante elegir bien qué contar, y se rebela contra los tópicos: «Las convenciones intentan contarnos cómo funciona normalmente el mundo. Pero los escritores de ficción, como dice Frye, se esfuerzan por mantenerse imparciales en estos asuntos para poder plantear libremente lo novedoso». A lo que cabe sumar lo que uno hace con sus influencias, cómo las asimila y las traduce en obra personal.

Y luego viene la tarea con el lenguaje, ese pico y pala al que se suma un sentido placentero. Escribir una novela se gesta sobre la inquietud y se organiza de forma creativa. Pero para Ford no conviene perder de vista que habrá un lector: «las reglas las establece el escritor y pueden complacer al lector lo bastanteo como para que las acepte, aunque no se las crea de verdad». Eso sí, el autor debe poseer algo que desee insertar en la obra, y embutirlo en un contexto lógico, que tenga sentido, aunque sea provisionalmente. Para Ford, la novela es una forma de abordar el mundo, la suya, la que encuentra que justifica su vida, en la que él es un escritor más, alguien que no se trata a sí mismo como ejemplo universal y que viene a exponer aquí un parecer propio en palabras sencillas. «¿Acaso la narrativa no ha de pretender siempre aumentar nuestra porción de realidad disponible?». Esa frase, expuesta entre interrogaciones, resume la intención de esta exposición de ideas de uno de los grandes novelistas vivos.

 

Fuente: Zenda

jueves, 11 de junio de 2026

NEGRO

 

Negro

Destellos de un no color

Alain Badiou

Traducción de Susana Prieto Mori

Siruela

Madrid, 2026

95 páginas

 



El negro es el color del tanatorio y también de la amnesia. Su opuesto sería, entonces, el placer de los sentidos. Aunque esta afirmación contiene, eso sí, un poco de maniqueísmo: el negro es el color de la muerte, y por tanto su opuesto es vivir. La dalia negra, el humor negro, la viuda negra, e incluso la oscuridad como boca de lobo, pueden ser temibles, pero el negro sirve, también, para vestir a alguien con elegancia. Tal vez pueda achacarse que en este caso el tipo llevaría un atuendo aburrido, elegante pero aburrido. Uno podría seguir desarrollando este tipo de ideas durante varias páginas, y esa es, seguramente, la intención de Alain Badiou (Rabat, 1937) en este ensayo sobre ese color, o ese no color si nos atenemos a los colores luz, donde el negro es la ausencia de color. Sin embargo, en la paleta de un pintor la suma chapucera de todos los colores da como resultado el negro. Y así, de nuevo, nos embarcaríamos en disquisiciones, que es la intención, repetimos, de Badiou, completar este ensayo con nuestra experiencia y los datos que hemos recogido a lo largo de nuestra vida.

Al fin y al cabo, Badiou se vale de la suya para escribir, en buen orden, sus impresiones acerca del negro. Observamos que utiliza constantemente proyecciones, impresiones propias acerca del color, lo que él ha aprendido y no oculta. De este modo, lo que se nos revela es una confesión acerca de la construcción del pensamiento, y esa es la parte más sugerente de este libro. Para ello compara constantemente la cultura contemporánea y la sociedad actual con el pasado y entre sí, entre lo que sucede en diferentes geografías. Como no puede ser menos, las páginas recogen buena parte del simbolismo, sobre todo del simbolismo occidental. Debemos advertir aquí que en el idioma original en que está escrito, francés, la palabra que define negro, noir, también se emplea para oscuridad: le noir. Tener eso presente nos ayudará en un par de ocasiones a comprender mejor a lo que se refiere Badiou, porque navega por lo religioso, lo legendario, lo político y hasta un poco por lo sexual, además de comentar lo que supone este color en ciertos escritores.

Y luego está todo lo referido al racismo, al humanismo y a la siempre vigilante idea de igualdad, esa que es como el horizonte: a medida que uno cree acercarse a ella, vuelve a alejarse sin remedio. Negro. Destellos de un no color es un libro diletante y ecléctico, una invitación a pensar, a no dejar de poner en marcha esos mecanismos de análisis, aunque sea en cosas no relevantes, que serán los que nos pongan a resguardo cuando tengamos que afrontar los capítulos más atronadores de nuestros días. Negro puede ser el color de la corbata, pero también el motivo para comenzar una redada esclavista.

miércoles, 10 de junio de 2026

LLAMADA POR LAS MONTAÑAS

 

Llamada por las montañas

Anuradha Roy

Traducción de Gala Sicart Olavide

Fiordo

Madrid, 2026

165 páginas


 


Hay libros que no necesitan nada más que la bondad para explicarse. El riesgo es intentarlo y verter, sin darse cuenta, parte del trabajo en el tarro de lo cursi, que nos alejará de la belleza. Evitar esto es obra de algunos pocos, que han conseguido transmitir los mejores sentimientos: Mary Oliver, Annie Dillard, Henry Beston, Amy Liptrop, William Fiennes, Nick Jans… y ahora Anuradha Roy (Calcuta, 1967), que en este hermosísimo libro, Llamada por las montañas, nos habla de lo que estamos hechos, de cómo sentirnos bien cuando conseguimos convivir con lo que de verdad nos construye, que es la naturaleza. Después de veinticinco años viviendo allí, en una ciudad del Himalaya indio, Roy decide relatar parte de sus memorias en unos textos que tienen la extensión propia de los artículos de revista. Es cierto que tanto su dedicación como las condiciones de vida contemporáneas se lo permiten: Roy tiene, junto a su marido, una editorial pequeña, que para sostenerse no necesita las condiciones de vida y de economía que ofrece una ciudad como Nueva Delhi. Así pues, deciden marcharse a la montaña, al encuentro con la naturaleza, y con todas las promesas que la naturaleza ofrece y que tienen que ver con la felicidad y con la belleza.

Hay un par de elipsis que nos intrigan a lo largo de la lectura: la más evidente es la escasa, casi nula, mención a su compañía humana en estos años, a su pareja, aunque sí habla en primera persona del plural muchas veces, enfocando su conciencia en el nosotros, en algo así como la familia; y la segunda es la omisión de las calidades del lugar del que salen despedidos, de la gran ciudad. Roy opta por centrarse en lo que ocasiona bienestar, al margen de la mala oferta vital que se ha ido gestando en buena parte del planeta. De ahí que cada movimiento que ella va protagonizando se transforma en un descubrimiento, en una sorpresa. Aprender, nos dice, significa aprender cosas buenas. Sus descripciones, que abundan, tienen como función dar fe de la forma respetuosa con que interacciona con la naturaleza. Se preocupa por lo que tiene que ver con la botánica, o por las aves, pero apartando el conocimiento científico para centrarse en la observación.

Esta forma de vida, compasiva, que va exponiendo tiene otros protagonistas, que son los perros. Adora a los perros, que va adoptando o que, en alguna ocasión, parece que son ellos los que la eligen. Hay más compañeros en este viaje vertical. Escribirá sobre alguno de ellos, como la anciana con la que está inevitablemente ligada a vivir, pero parece que serán los perros leales los seres con los que más se identifique. Hasta el punto de que la enigmática pérdida de uno de ellos nos podría llevar al llanto, de no ser por la aceptación con que lo expone, entendiendo que forma parte de un ciclo natural. Aunque no natural del todo, dado que los animales se ven obligados a cambiar de hábitat por el empuje de los cambios forzados por el hombre, entre los que destaca el cambio climático.

Ojalá todo esto no se pierda, parece ser la conclusión de la lectura del libro. Roy se expresa con muchísima sencillez, como una persona que anda sin correa, en expresión que ella misma utiliza. Demuestra ser una persona sensible, una escritora sensible —«Como siempre, cuando compiten la ciencia y la emoción, a mí me gana el sentimiento»—, y nos enseña que alejarse de la civilización no significa aislarse si uno posee el don de la mirada, si uno entiende que vivir no es lo mismo que abundancia de estímulos, incluidos los estímulos culturales. Roy pertenece a esa estirpe de escritores que están convencidos de que no hay más cultura en un aria de ópera que en el canto de un zorzal. Y sabe cómo mostrar esa enseñanza encauzando una gran sensibilidad.


Fuente: Zenda

martes, 9 de junio de 2026

MAL DE BOSQUE

 

Mal de bosque

Izaskun Gracia Quintana

Alberdania

Irún, 2026

103 páginas

 



Es posible que la narración que nos lleva a explorar los límites del terror sea necesaria para aprender a convivir con el miedo. Ahí están los relatos infantiles, donde estamos acostumbrados a que el terror se atenúe, muchas veces gracias a las imágenes que los acompañan. Pero si nos detenemos a pensar en ello, pocos cuentos dan más miedo que El flautista de Hamelin o Hansel y Gretel. Abuelas extrañas, adultos inexplicables, niños en riesgo o el bosque, el tupido bosque que parece un ser que digiere lo que entra en él, en vez de un lugar hermoso, son algunos de los elementos comunes a estas historias. En cuanto a su función psicológica en la educación infantil, ya ha quedado explicada por autores como Bruno Bettleheim. Sobre lo que tal vez no se haya tratado tanto es sobre lo que significa esa semántica cuando hablamos de literatura para adultos. Por eso nos siguen intrigando cuentos como La pata de mono, de W. W. Jacobs, o películas como La semilla del diablo, de Polanski. Esta novela, este Mal de bosque, tiene algo en común con Hansel y Gretel, pero también con La semilla del diablo. Y de nuevo nos habla sobre cosas que nos importan, aunque no sabemos bien por qué, ni en qué grado, ni siquiera si deberían importarnos. Como todo lo que sale a la luz durante una psicoterapia en condiciones.

Se supone que la narradora y su hermana acuden a un caserío rodeado de bosque en un momento de duelo, para liquidar una herencia. Lo primero de lo que nos advierte la narradora es que la familia es una farsa. Luego comenzaremos a sospechar que hay un secreto que condiciona toda su vida, desde la concepción hasta lo que vendrá después, incluso después de terminada la última página de la novela. Como en todo buen relato, ese secreto no se le confiesa al lector, pero a medida que se avanza en la lectura va cargando más y más la atmósfera, un tanto cerrada, en la que se mueven las protagonistas. Que se nos hable de una familia, de amor entre hermanas, de la losa que supone en ellas el suicidio de la madre, del extraño comportamiento de la abuela o la incomprensible presencia de un padre bastante ausente, consigue que nos importe el destino de estas mujeres. Al fin y al cabo, lo que ellas viven solo se distingue de lo que vivimos cualquiera de nosotros por las licencias literarias. Ahí está, sin ir más lejos, el miedo a la oscuridad, el que todos hemos sentido, y que forma parte de la cascada de sensaciones que la narradora nos va describiendo que acuden a medida que indaga.

Tenemos el cóctel que conforman las leyendas, la superstición, la dosificación de datos acerca de la madre, que parece ser la persona con mayor peso en el relato, para ir creando, a su vez, un fantasma que es el propio relato, lo que tal vez esté oculto, lo que las aísla y convierte en seres especiales. Pero ¿especiales para quién? De eso se trata, de ir descubriendo ese vínculo que aterra, ese pasado que atemoriza, esas deudas pendientes. Lo que importa, en estos casos, es narrar sin perder el pulso a la narración, la intensidad que debe ir agrandándose a medida que pasan las páginas. Izaskun Gracia Quintana (Bilbao, 1977) lo consigue, nos regala una sencilla e inquietante novela corta que no desmerece en nada a los mejores relatos de misterio y terror que hemos leído o visto en televisión, como La pata de mono o La semilla del diablo.

miércoles, 3 de junio de 2026

ANUNCIOS

 

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Camila Cañeque

La uña rota

Segovia, 2026

239 páginas

 

 


El efecto que consigue Camila Cañeque (Barcelona, 1984 – 2024) es sorprendente: en una novela construida sobre todo a dos voces, una de las dos voces es muda. Es más, no solo es muda, sino que es nuestra voz, la voz del lector, que actúa exactamente igual a como actúa el narrador, que es tanco como decir observando. Cañeque divide la novela en dos secuencias que van alternándose. En la primera, quien actúa, al que llaman Don, está encerrado en su mísera buhardilla junto al narrador, al que escucha. La segunda secuencia tiene lugar en un bar y será, como es previsible, más plural. En la primera a lo que asistimos es a un extrañísimo monólogo; en la segunda casi llega a suceder un diálogo.

Pero antes que nada conviene ubicarse: estamos en Nueva York, la ciudad por excelencia donde suceden los grandes males de la civilización: la neurosis, las miserias, la soledad entre cuerpos, la supervivencia, el empuje hacia el nihilismo, la agresividad consecuente a la necesidad de salir adelante a toda costa, la fábrica de sueños junto con la frustración por la imposibilidad de conseguirlos, las diferentes versiones de la maldad, incluidas aquellas que triunfan. En esta ciudad Don intenta abrirse paso, desde hace años. Es músico, pura melomanía, y es un excéntrico, alguien que se pretende un vividor, pero que esta pose no parece ser nada más que una forma de justificar su estado de vida: no puede ni pagar el alquiler de una buhardilla tan minúscula que no es posible estar de pie en ella. Allí es donde se produce la actuación, delante de la narradora, que nos contará el monólogo interviniendo para poco más que acotar.

La narradora también acompañará a Don al bar, donde poco a poco se sumarán otras voces, otras personas que intuimos que son, también, corazones solitarios. Aun así, la narradora no abandonará su postura, su intención de limitarse a dar fe, a ser espectador, a acotar de vez en cuando, como podríamos estar acotando nosotros, los lectores, si deducimos el humor de quien está hablando a partir de la literalidad de sus palabras. Lo que sucede es que la vida al margen no es potestad de una sola persona, pero para vivir al margen es imprescindible saberse una persona única, y no parte de un rebaño.

Hay una participación también del alcohol en la obra, pues tanto Don como los otros personajes van bebiendo. Ahí es donde entra ese conflicto que es todo un clásico, acerca de si el que ha bebido más de la cuenta dice cosas muy sensatas o se limita a referir ideas extrañas, esas que nadie proferiría estando sobrio. En realidad, lo que lleva a esta gente al alcohol tiene que ver con el otro gran protagonista de esta novela, que es un protagonista elíptico, ausente, y que es la ciudad. Algo así de extraño, incluida la decisión de la narradora de guardar silencio y limitarse a ser testigo, solo puede ocurrir en el corazón de una civilización a la que en algún momento se referirán, un lugar que se trata sin cuartel, porque aunque sean escasas las veces en las que se refieren a factores ambientales, cuando lo hacen deducimos la crueldad de los mismos.

Somos lo que pretendemos ser, pero también lo que no nos queda más remedio que ser. Camila Cañeque compone aquí una interesantísima novela, no solo por hallazgo formal que encuentra, y que nos sorprende, sino también por ese trasfondo de denuncia, que bien podría estar afectándonos a todos en diferentes grados. La sensación que tenemos es la de haber sido nosotros los autores de este libro, porque somos nosotros los que asistimos a la representación, y esta contiene mucho, muchísimo magnetismo.


Fuente: Zenda

miércoles, 27 de mayo de 2026

LA VIDA IMAGINADA

 

La vida imaginada

Andrew Porter

Traducción de Ce Santiago

Muñeca infinita

Madrid, 2026

329 páginas

 



Cabe preguntarse en qué punto de nuestro pasado se esconde la dignidad, hacia dónde debemos viajar para recuperarla. Siempre existirá un punto ciego, ese momento que nos transformó y del que no nos libra ningún relato, ninguna explicación. Solo cabe pensar que somos lo que somos gracias también a ese agujero, y que eso que somos no está tan mal, al fin y al cabo, como se encarga de recordarnos alguien que nos aprecia. Recurrir a que ese trauma sea la desaparición del padre tal vez no sea una idea muy novedosa, pero tal y como la trata Andrew Porter merece la pena retomar esta iniciativa. Digámoslo desde ya: La vida imaginada es una buena novela, en la que se parte de una causa a la que merece la pena darle más y más vueltas, por todo lo que nos afecta, y construida con mucho oficio; Porter nos entregará, además, unos personajes en cuyo interior el conflicto no cesa, y su decantación es constante. Si están buscando una obra de ficción estupenda para sus próximas lecturas, si eligen La vida imaginada van a acertar, seguro.

El narrador es un hombre que perdió de vista a su padre cuarenta años atrás, siendo él un púber. El padre era profesor de literatura en una universidad, un lector obsesionado con Proust, que está postulándose para un puesto de trabajo definitivo, para lo cual necesita publicar un libro sobre teoría literaria. El narrador es alguien que, como cualquiera de nosotros, ante lo que nos aprieta, ante lo que nos hace sentir amargura o tristeza, se sabe solo. Es alguien hipersensible, que admira lo que se ve incapaz de tener, sobre todo la determinación, queriendo ver pasar la vida como si estuviera refugiado en un búnker. La vida familiar que ocupa el grueso de la obra es el recuerdo de los años que compartieron en una casa de Los Ángeles. Se trata de uno de esos chalés con piscina y jardín, donde se puede reunir bastante gente con frecuencia para celebrar fiestas o preparar barbacoas. Poco antes de la desaparición del padre, el narrador, a punto de reventar en la adolescencia, descubre que su padre es homosexual y que uno de los amigos que le visitan con frecuencia es su amante. Estamos en los años ochenta, una época en la que la maldición por algo así estaba presente. Convenía ocultarse para que no te trataran como a un maldito.

El relato nos lleva de vez en cuando al presente, a la actual situación del narrador, casado y con un hijo, en situación bastante simétrica a la que tenía él cuando sucedió la desaparición del padre. Su situación familiar actual también es delicada. Es por eso que mientras narra con mucho oficio, podemos deducir que los dos impulsos que corren detrás de él, que le persiguen, de los que huye, los que le hacen sentirse solo, son los deseos y los miedos. Miedo al abandono, como es fácil deducir, y a las frustraciones más pequeñas. Y los deseos que nos hacen ser egoístas, los que se traducen en pequeñas miserias. Tal vez Porter tenga razón, pues tal vez no haya respuestas fuera de conseguir el bienestar emocional, que es lo que busca nuestro narrador, y para ese bienestar está bien conseguir explicaciones, pero no es lo que más nos consuela. Para saber qué es lo que consuela, lo que nos permite poner pie en tierra y sentirnos bien, no tendrán más remedio que leer esta novela. Y no saldrán decepcionados.

TRENVIAJEROS

 

Trenviajeros

Javier Sáez de Ibarra

Menoscuarto

Palencia, 2026

179 páginas

 

 


En algún momento de la novela, uno de los personajes comenta sobre otro que su atractivo es su infierno. Esta podría ser la sentencia que resume la última novela de Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961), este Trenviajeros que se lee con una intriga que toca bastante los escollos de lo humano. ¿En qué consisten esos escollos? Lo más probable, a juzgar por lo que nos atañe en el contacto con los demás, y tal y como se deduce de este relato, es que tengan que ver con que somos seres muy contradictorios. Existe cierto magnetismo en el mal, pero también en ayudar a los otros. En realidad, todo surge de lo difícil que es conocerse a uno mismo. Aunque para ello, lo mejor es entrar a conocer las vidas de los demás. Ese conocerse es clave, porque estamos rodeados de desconocidos y corremos el riesgo de enamorarnos de alguno de ellos.

El narrador y protagonista de esta novela emprende un viaje en tren, que es algo de lo más normal, aunque no es tan normal un tren así de inmenso, que no solo tiene restaurante, sino también enfermería. Pero enseguida comenzamos a encontrarnos lo extraño ahí, dentro de lo corriente, al conocer a una compañera de viaje que se sale de lo frecuente y podría perturbar el tiempo que van a compartir. No se nos indicará de dónde parte el tren ni hacia dónde se dirige, y hasta se nos reservará la sorpresa de descubrir que se trata de un trayecto largo, que incluye un par de pernoctas en litera. Estaremos, pues, ante un relato lineal, pero que el autor decide fragmentar, obviando los momentos no significativos. En cuanto a los significativos, debemos comentar que se trata de aquellos instantes en los que uno se pregunta si lo que se impone es la lucidez o la sorpresa de encontrarnos frente a algo estúpido. A veces, incluso, nos hará dudar sobre si una y otra cosa no son lo mismo, como en el caso tópico de los borrachos que, se supone, siempre dicen la verdad.

Y es que las conversaciones son bastante importantes en la obra. Se trata de uno de esos relatos en los que varias personas coinciden en un espacio cerrado, formando un grupo heterogéneo, creando una atmósfera inquieta, componiendo un cuadro que bien podría haber servido para generar una obra de teatro, es decir, una representación de la realidad. Dado que todos son desconocidos desde el inicio, lo que tenemos delante es una suma de soledades, lo cual supone encontrarnos frente a los resortes narrativos que surgen de la casualidad. Pero quien acompaña al narrador, incluso en los momentos en que se ausenta, será esa mujer, que es intriga y es magnetismo. Lo cual nos lleva a otra de nuestras grandes contradicciones, que es el enamoramiento: uno se enamora de las flores hasta tal punto que puede cometer el crimen de arrancarlas para oler su perfume. Pero no nos confundamos: hemos utilizado la expresión crimen y aquí no hay nada oscuro; hay indefinición por conflictos interiores, eso sí, lo cual nos lleva al extrañamiento, nos lleva más hacia preguntas que hacia intrigas. Trenviajeros es una novela en la que está cuidado lo humano, los intereses y las dudas, sin aturdirnos con realismo ni psicología. Sáez de Ibarra crea un lugar pequeño, que es un tren enorme, para dar a entender que aunque nos hable de nosotros, nosotros también somos lo que ocurre en sueños, en lugares indefinidos y casi imposibles. Ese recurso será el que nos indique, mejor que ningún otro, que estamos frente a un relato sobre lo que nos atañe. Y no hay un planteamiento literario más importante.


Fuente: Zenda

sábado, 23 de mayo de 2026

UNA CONVERSACIÓN ANIMAL

 

Una conversación animal

Andrés Cota Hiriart, Gabi Martínez y Mariana Matija

Almadía

Madrid, 2026

225 páginas

 



A veces uno tiene la impresión de que para que el corazón de las calderas del infierno no se apague, los humanos tienen que hacer un esfuerzo continuo. Aunque para que no se extinga basta con algo tan sencillo como alejarse de la belleza, dejar que esta se diluya, como se diluye cualquier memoria si no la trabajas en condiciones. Si te congelas, acabas en el caldero, con un demonio armado de un tridente pinchándote las nalgas. Pero previamente pasarás por las deformaciones de la vejez, que es algo que no se combate con cirujanos plásticos, sino alertando a la memoria para que no olvide que no debemos consentir la injusticia. A lo mejor no se requiere desgaste para tomar esta postura, porque no supone envidar a ningún tipo de energía, sino sacar a la luz la sensibilidad que no tiene por qué desgastarse. El mundo nos ofrece una amplia caterva de motivos para endurecernos, pero mantener el amor por lo que merece la pena no es un esfuerzo, sino una bendición, una suerte, una felicidad. A los amantes de Casablanca siempre les quedará París, y a nosotros siempre nos quedarán las flores, las aves, el océano, las puestas de sol y las constelaciones. También Las hilanderas de Velázquez, El clave bien temperado, de Bach, y Deseando amar, de Wong Kar Wai.

Pero nos quedará siempre, para lo mejor, las conversaciones con los buenos amigos y con desconocidos corteses, sensatos y que nos hacen enamorarnos de sus pasiones. Aunque estas tengan la forma de uno de esos animales que representan el mal, el horror, lo feo, como son las arañas. Pero sacar a las arañas de esa mirada, que es costumbre, que es tópico, que está en la línea de crearnos como gente seriada, está a nuestro alcance. Los beneficios de convivir con las arañas se encuentran dentro del marco de los beneficios de convivir con el mundo natural. Ese es el territorio de los tres autores que dialogan en este volumen: Andrés Cota Hiriart, Gabi Martínez y Mariana Matija; un mejicano, un español y una colombiana. De ellos hemos conocido su trabajo en el mundo de la Liternatura o Ecoescritura, o como queramos definirla. La propuesta es la de un diálogo escrito con intervenciones largas, tres por cada una de las partes, a modo de literatura epistolar, en la que las referencias a los otros dos están presentes, pero, sobre todo, en la que cada uno de ellos expone sus inquietudes: Cota Hiriart mirando siempre por la vida de los animales, Gabi Martínez manteniendo su postura de convivencia y respeto activo, y Mariana Matija invitándonos a un descubrimiento que tiene también que ver con los sonidos de las palabras como parte del ecoentorno.

El resultado es un texto sencillo, que se hace necesario precisamente por la facilidad con que nos hacen entender que el mundo sigue siendo un lugar hermoso, o sigue teniendo posibilidades hermosas. Los tres son conscientes de que no puede habitarse un mundo en el que defender durante la vejez las causas justas de la juventud si no tenemos mundo. Para que las calderas del infierno se apaguen, basta con dejarnos llevar por los pensamientos y los sentimientos buenos, en el buen sentido de la palabra bueno. En cualquier caso, ¿de qué sirven que las llamas de esas calderas estén vivas? Las arañas son imprescindibles para una vida digna, pero también las lagartijas que comen arañas. Y los niños que juegan en los columpios.  No es cierto que la vida solo nos enseñe resignación: contra esa inercia nada mejor que hablar con los amigos. Como hacen estos tres autores, que se están ganando nuestro cariño en cada línea que escriben.