miércoles, 27 de mayo de 2026

LA VIDA IMAGINADA

 

La vida imaginada

Andrew Porter

Traducción de Ce Santiago

Muñeca infinita

Madrid, 2026

329 páginas

 



Cabe preguntarse en qué punto de nuestro pasado se esconde la dignidad, hacia dónde debemos viajar para recuperarla. Siempre existirá un punto ciego, ese momento que nos transformó y del que no nos libra ningún relato, ninguna explicación. Solo cabe pensar que somos lo que somos gracias también a ese agujero, y que eso que somos no está tan mal, al fin y al cabo, como se encarga de recordarnos alguien que nos aprecia. Recurrir a que ese trauma sea la desaparición del padre tal vez no sea una idea muy novedosa, pero tal y como la trata Andrew Porter merece la pena retomar esta iniciativa. Digámoslo desde ya: La vida imaginada es una buena novela, en la que se parte de una causa a la que merece la pena darle más y más vueltas, por todo lo que nos afecta, y construida con mucho oficio; Porter nos entregará, además, unos personajes en cuyo interior el conflicto no cesa, y su decantación es constante. Si están buscando una obra de ficción estupenda para sus próximas lecturas, si eligen La vida imaginada van a acertar, seguro.

El narrador es un hombre que perdió de vista a su padre cuarenta años atrás, siendo él un púber. El padre era profesor de literatura en una universidad, un lector obsesionado con Proust, que está postulándose para un puesto de trabajo definitivo, para lo cual necesita publicar un libro sobre teoría literaria. El narrador es alguien que, como cualquiera de nosotros, ante lo que nos aprieta, ante lo que nos hace sentir amargura o tristeza, se sabe solo. Es alguien hipersensible, que admira lo que se ve incapaz de tener, sobre todo la determinación, queriendo ver pasar la vida como si estuviera refugiado en un búnker. La vida familiar que ocupa el grueso de la obra es el recuerdo de los años que compartieron en una casa de Los Ángeles. Se trata de uno de esos chalés con piscina y jardín, donde se puede reunir bastante gente con frecuencia para celebrar fiestas o preparar barbacoas. Poco antes de la desaparición del padre, el narrador, a punto de reventar en la adolescencia, descubre que su padre es homosexual y que uno de los amigos que le visitan con frecuencia es su amante. Estamos en los años ochenta, una época en la que la maldición por algo así estaba presente. Convenía ocultarse para que no te trataran como a un maldito.

El relato nos lleva de vez en cuando al presente, a la actual situación del narrador, casado y con un hijo, en situación bastante simétrica a la que tenía él cuando sucedió la desaparición del padre. Su situación familiar actual también es delicada. Es por eso que mientras narra con mucho oficio, podemos deducir que los dos impulsos que corren detrás de él, que le persiguen, de los que huye, los que le hacen sentirse solo, son los deseos y los miedos. Miedo al abandono, como es fácil deducir, y a las frustraciones más pequeñas. Y los deseos que nos hacen ser egoístas, los que se traducen en pequeñas miserias. Tal vez Porter tenga razón, pues tal vez no haya respuestas fuera de conseguir el bienestar emocional, que es lo que busca nuestro narrador, y para ese bienestar está bien conseguir explicaciones, pero no es lo que más nos consuela. Para saber qué es lo que consuela, lo que nos permite poner pie en tierra y sentirnos bien, no tendrán más remedio que leer esta novela. Y no saldrán decepcionados.

TRENVIAJEROS

 

Trenviajeros

Javier Sáez de Ibarra

Menoscuarto

Palencia, 2026

179 páginas

 

 


En algún momento de la novela, uno de los personajes comenta sobre otro que su atractivo es su infierno. Esta podría ser la sentencia que resume la última novela de Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961), este Trenviajeros que se lee con una intriga que toca bastante los escollos de lo humano. ¿En qué consisten esos escollos? Lo más probable, a juzgar por lo que nos atañe en el contacto con los demás, y tal y como se deduce de este relato, es que tengan que ver con que somos seres muy contradictorios. Existe cierto magnetismo en el mal, pero también en ayudar a los otros. En realidad, todo surge de lo difícil que es conocerse a uno mismo. Aunque para ello, lo mejor es entrar a conocer las vidas de los demás. Ese conocerse es clave, porque estamos rodeados de desconocidos y corremos el riesgo de enamorarnos de alguno de ellos.

El narrador y protagonista de esta novela emprende un viaje en tren, que es algo de lo más normal, aunque no es tan normal un tren así de inmenso, que no solo tiene restaurante, sino también enfermería. Pero enseguida comenzamos a encontrarnos lo extraño ahí, dentro de lo corriente, al conocer a una compañera de viaje que se sale de lo frecuente y podría perturbar el tiempo que van a compartir. No se nos indicará de dónde parte el tren ni hacia dónde se dirige, y hasta se nos reservará la sorpresa de descubrir que se trata de un trayecto largo, que incluye un par de pernoctas en litera. Estaremos, pues, ante un relato lineal, pero que el autor decide fragmentar, obviando los momentos no significativos. En cuanto a los significativos, debemos comentar que se trata de aquellos instantes en los que uno se pregunta si lo que se impone es la lucidez o la sorpresa de encontrarnos frente a algo estúpido. A veces, incluso, nos hará dudar sobre si una y otra cosa no son lo mismo, como en el caso tópico de los borrachos que, se supone, siempre dicen la verdad.

Y es que las conversaciones son bastante importantes en la obra. Se trata de uno de esos relatos en los que varias personas coinciden en un espacio cerrado, formando un grupo heterogéneo, creando una atmósfera inquieta, componiendo un cuadro que bien podría haber servido para generar una obra de teatro, es decir, una representación de la realidad. Dado que todos son desconocidos desde el inicio, lo que tenemos delante es una suma de soledades, lo cual supone encontrarnos frente a los resortes narrativos que surgen de la casualidad. Pero quien acompaña al narrador, incluso en los momentos en que se ausenta, será esa mujer, que es intriga y es magnetismo. Lo cual nos lleva a otra de nuestras grandes contradicciones, que es el enamoramiento: uno se enamora de las flores hasta tal punto que puede cometer el crimen de arrancarlas para oler su perfume. Pero no nos confundamos: hemos utilizado la expresión crimen y aquí no hay nada oscuro; hay indefinición por conflictos interiores, eso sí, lo cual nos lleva al extrañamiento, nos lleva más hacia preguntas que hacia intrigas. Trenviajeros es una novela en la que está cuidado lo humano, los intereses y las dudas, sin aturdirnos con realismo ni psicología. Sáez de Ibarra crea un lugar pequeño, que es un tren enorme, para dar a entender que aunque nos hable de nosotros, nosotros también somos lo que ocurre en sueños, en lugares indefinidos y casi imposibles. Ese recurso será el que nos indique, mejor que ningún otro, que estamos frente a un relato sobre lo que nos atañe. Y no hay un planteamiento literario más importante.


Fuente: Zenda

sábado, 23 de mayo de 2026

UNA CONVERSACIÓN ANIMAL

 

Una conversación animal

Andrés Cota Hiriart, Gabi Martínez y Mariana Matija

Almadía

Madrid, 2026

225 páginas

 



A veces uno tiene la impresión de que para que el corazón de las calderas del infierno no se apague, los humanos tienen que hacer un esfuerzo continuo. Aunque para que no se extinga basta con algo tan sencillo como alejarse de la belleza, dejar que esta se diluya, como se diluye cualquier memoria si no la trabajas en condiciones. Si te congelas, acabas en el caldero, con un demonio armado de un tridente pinchándote las nalgas. Pero previamente pasarás por las deformaciones de la vejez, que es algo que no se combate con cirujanos plásticos, sino alertando a la memoria para que no olvide que no debemos consentir la injusticia. A lo mejor no se requiere desgaste para tomar esta postura, porque no supone envidar a ningún tipo de energía, sino sacar a la luz la sensibilidad que no tiene por qué desgastarse. El mundo nos ofrece una amplia caterva de motivos para endurecernos, pero mantener el amor por lo que merece la pena no es un esfuerzo, sino una bendición, una suerte, una felicidad. A los amantes de Casablanca siempre les quedará París, y a nosotros siempre nos quedarán las flores, las aves, el océano, las puestas de sol y las constelaciones. También Las hilanderas de Velázquez, El clave bien temperado, de Bach, y Deseando amar, de Wong Kar Wai.

Pero nos quedará siempre, para lo mejor, las conversaciones con los buenos amigos y con desconocidos corteses, sensatos y que nos hacen enamorarnos de sus pasiones. Aunque estas tengan la forma de uno de esos animales que representan el mal, el horror, lo feo, como son las arañas. Pero sacar a las arañas de esa mirada, que es costumbre, que es tópico, que está en la línea de crearnos como gente seriada, está a nuestro alcance. Los beneficios de convivir con las arañas se encuentran dentro del marco de los beneficios de convivir con el mundo natural. Ese es el territorio de los tres autores que dialogan en este volumen: Andrés Cota Hiriart, Gabi Martínez y Mariana Matija; un mejicano, un español y una colombiana. De ellos hemos conocido su trabajo en el mundo de la Liternatura o Ecoescritura, o como queramos definirla. La propuesta es la de un diálogo escrito con intervenciones largas, tres por cada una de las partes, a modo de literatura epistolar, en la que las referencias a los otros dos están presentes, pero, sobre todo, en la que cada uno de ellos expone sus inquietudes: Cota Hiriart mirando siempre por la vida de los animales, Gabi Martínez manteniendo su postura de convivencia y respeto activo, y Mariana Matija invitándonos a un descubrimiento que tiene también que ver con los sonidos de las palabras como parte del ecoentorno.

El resultado es un texto sencillo, que se hace necesario precisamente por la facilidad con que nos hacen entender que el mundo sigue siendo un lugar hermoso, o sigue teniendo posibilidades hermosas. Los tres son conscientes de que no puede habitarse un mundo en el que defender durante la vejez las causas justas de la juventud si no tenemos mundo. Para que las calderas del infierno se apaguen, basta con dejarnos llevar por los pensamientos y los sentimientos buenos, en el buen sentido de la palabra bueno. En cualquier caso, ¿de qué sirven que las llamas de esas calderas estén vivas? Las arañas son imprescindibles para una vida digna, pero también las lagartijas que comen arañas. Y los niños que juegan en los columpios.  No es cierto que la vida solo nos enseñe resignación: contra esa inercia nada mejor que hablar con los amigos. Como hacen estos tres autores, que se están ganando nuestro cariño en cada línea que escriben.

miércoles, 20 de mayo de 2026

IDEAR LO INSÓLITO

 

Idear lo insólito

Mario Pérez Antolín

Instituto alicantino de cultura Juan Gil-Albert

Alicante, 2026

169 páginas



 

Reflexiones más o menos prácticas, fórmulas más o menos concisas, resumen de doctrinas en unas sentencias, cierto dogmatismo y un impulso a la reflexión, ampliando lo leído. Algo así debe ser un aforismo, separándose un tanto de las máximas y los proverbios. Que el aforismo deba ser concluyente no quiere decir que concluya cuando termina su lectura. El objetivo es abrir una brecha y entrar en algo que puede ser dogmático si no nos detenemos a reflexionar sobre ello, que es algo que podría llevarnos a una conclusión diferente a la expresada. De hecho, grandes aforistas han sido capaces de defender una idea y, unas páginas más tarde, su contraria. Se trata de epatar un poco, de sorprender. Para ello quien escribe aforismos debe ser alguien que cumpla una exigencia básica: escribir bien. Es decir, guardar los buenos sonidos de las palabras mientras estas se reúnen para crear ideas, dejándonos la impresión de haber leído un fuerte perfume. Y las mejores ideas son esas de las que uno necesita beber para vivir dignamente.

Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1963) posee el oído y posee el ingenio. Y la convicción de que hasta un género tan aparentemente cerrado como es el aforismo puede estar sujeto a mestizaje. De hecho, en ocasiones buscará la aporía: «Nos deja sin libertad no poder ser libres», o «El ideal del deseo sería absorber sin que lo absorbido se extinga dentro de nosotros. Algo así como tragar sin digerir». No todo lo breve y potente es aforismo, para lo cual basta citar a Ramón Gómez de la Serna, pero puede rozarlo, orbitar alrededor del género y enriquecerlo: «Cruje el techo de madera de mi casa, el grifo gotea, el polvo adquiere formas extrañas… Ellos quieren comunicarse conmigo, pero no los entiendo ni cuando gritan, ni cuando lloran, ni cuando callan».

Hay que señalar, eso sí, que la escasa longitud del aforismo nos lleva a pensamientos que con frecuencia son blancos o negros: «La prepotencia del todo y la humildad de la nada. Acopio insaciable sin límite y despojamiento inevitable hacia el cero. La desmesura frente a la falta». No importa. Cualquier lector sabe que el mundo no se lee con maniqueísmo, que existen los grises, lo que nos aleja de los fanáticos. En buena medida, el único fanatismo al que parece acercarse el autor es al de la debilidad por el lenguaje, a veces demasiado culto, rebuscado: «El acaparamiento de macrodatos indexados por rastreo es solo el principio. La primera frase de un proyecto que pretende, en última instancia, controlar nuestra capacidad volitiva mediante herramientas de prognosis que nos van marcando la ruta con sistemas computacionales de asistencia virtual teleinducida. Algo así como “te lo ofrezco, antes incluso de que me lo pidas, porque conozco anticipadamente tus preferencias”. La magnum opus del capitalismo.» (El subrayado es nuestro).

La capacidad de cambio del autor, que nos lleva de las sorpresas al gesto de humor, es uno de los puntos fuertes de esta recopilación de aforismos, que termina sosteniendo que «La máxima cohesión se consigue entre partes heterogéneas que se consolidan. No hay nada más compacto que la mezcla de lo distinto. El refuerzo compatible de unidades abiertas a la pluralidad crea supercomponentes conectados que superan las estructuras básicas del simple equilibrio». Supongo que, a la hora de la verdad, el aforismo, como cabe concluir durante la lectura de este volumen, debería ser fruto de ensoñaciones de caminantes solitarios, fruto de los movimientos que se forman gracias a los momentos de solitud más lúcidos. Como demuestra esta colección.

ELOGIO DE LA LITERATURA. OBRAS PARALELAS

 

Elogio de la literatura. Obras paralelas

Santiago Alba Rico

Akal

Madrid, 2026

550 páginas

 

 


Habíamos leído Nadie está seguro con un libro en las manos y Leer con niños, que nos dieron el tono con que Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) defiende la literatura y la ficción como parte de la obra que nos ayuda a crecer, cuando, para la mejor de las satisfacciones, llega esta otra entrega, Elogio de la literatura. Obras paralelas. Alba Rico vuelve a plantearse que la ficción, la autonomía de la ficción, es el mejor camino para acceder a la verdad. A tal fin, selecciona doce obras y a sus autores, elaborando una serie de parejas sorprendentes con el fin de demostrar que los clásicos no terminan nunca. De la pareja que forman Kafka y Beatrix Potter concluirá que antes de reconstruirnos, tendremos que sufrir desasosiego, pasar por lo onírico y lo distópico, por la fragilidad que nos hace sentir la violencia contemporánea. La libertad será el asunto que unifique a Tintín con Moby Dick, ese sentimiento ambiguo que nos habla de cadenas a través de la ironía o la ingenuidad. En cuando a Los dos idiotas, que es como se titula el capítulo dedicado a El idiota y El buen soldado Svejk, cabe destacar el trato con el dolor y con la juventud, aunque uno sea idiota por no encontrar su sitio en el mundo, y el otro porque el mundo es su sitio; pero con ambos nos podemos reír a cuenta del lío que han organizado los más listos. Tanto Pickwick como Don Quijote serán personajes que traten, de manera muy diferente, con la fuga, con la lucha y contra el destino, ese que han creado las instituciones que a su vez crearon los humanos y que tanto se asemeja a ruinas. Tanto el monstruo de Frankenstein como los que aparecen en El corazón es un cazador solitario, tratan con las dificultades del amor, con la soledad, con los medios cuerpos que en realidad somos. Para finalizar, hablaremos de Jane Austen y de Marcel Proust, dos enormes observadores que nos llevarán a conclusiones estremecedoras: «En el momento de nuestra muerte no se nos preguntará si habríamos preferido no nacer; tampoco si habríamos podido hacer menos daño del que hemos hecho; se nos preguntará si habríamos preferido, condenados a estar vivos, no haber conocido el dolor, el amor, el jeroglífico del color rojo, el alivio repentino de la lluvia».

El estudio de Alba Rico es exhaustivo y su expresión formada por los mejores profesores de retórica. Ya conocíamos su estilo, su tendencia a la glosa, sus sorprendentes asociaciones, sus enunciados explicativos, todo ello ordenado de manera que podríamos afirmar, por delante de todo lo demás, que estamos ante alguien cuya especialidad es la construcción del pensamiento. Pero esta obra es mucho más que eso. Es un compendio que invita a comprender, no a criticar o a analizar: aquí entra en juego la psicología, la filosofía, los valores poéticos, la política, la sociología y hasta la teología. Todo interpelando al lector de manera que lo que propone es una invitación al descubrimiento, busca la complicidad del lector y propone a este como autor del texto que va leyendo, pues leer es construir el texto. Alba Rico es subjetivo, sí, y de vez en cuando nos lo va reconociendo, no se esconde y nos lleva a preguntarnos si la realidad, que debería ser objetiva, se puede componer a partir de la suma de las únicas formas que tenemos de conocer, que son subjetivas. Y, aun así, y como los autores a los que se refiere, se rebela contra el relativismo, porque sabe que existe el sol y que existen las mareas. Alba Rico hablará de los procesos de creación y de la humanidad, de todo lo humano, entre lo que se encuentra la gran literatura, llegando a tomar la postura de Don Quijote, sobre la que el propio Alba Rico expresa que «empieza defendiendo la realidad de los relatos y acaba defendiendo su verdad». Realidad, relato, verdad, humanidad, todo lo que contiene, siempre, el buen hacer de uno de nuestros escritores más inquietos. Un libro para leer varias veces antes de volver a leer los que el autor propone.


Fuente: Zenda

lunes, 18 de mayo de 2026

YOSHE KALB, EL PECADOR

 

Yoshe Kalb, el pecador

Israel Yehoshua Singer

Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís

Xordica

Zaragoza, 2026

270 páginas

 



Nos movemos en un mundo que es pura caricatura. Hemos creado una serie de paradigmas que solo sirven para congestionar nuestros días. Todo es una deformación, una serie de convenciones sociales que damos por verdades, cuando se trata de maldiciones. No es posible que la vida sea algo tan rígido. Sobre esto parece estar protestando, todo el rato y sin misericordia, Israel Yehoshua Singer (Bilgorai, Polonia, 1893 – Nueva York, 1944) construyendo una buena novela en la que nos enfrenta a la realidad, y en la que nos enfrenta, al mismo tiempo, a la inmovilidad y la imposibilidad de fuga frente a esa constreñida realidad.

Nos trasladamos a una sociedad judía en la que la tradición se ha instalado sin saber cuáles serán las consecuencias de la misma. Los principios de los dogmas deben respetarse, sin que se justifique por qué se crearon ni cuáles son sus verdaderos beneficios. En realidad, parece que se ha impuesto el fanatismo, como se impone en muchos relatos distópicos. En la primera parte de la novela nos encontramos con un adolescente que se casa, pero al que le atrae la nueva mujer de su suegro, mucho más joven que su marido. Está rodeado de una multitud o, para ser más precisos, está rodeado de tumulto, de personas que forman un mar agitado. Si meternos en su cabeza, solo guiándonos por las reacciones que el autor describe, sabremos que se cuestiona toda la rigidez que acompaña a su modo de vida. Y eso incluye a la familia que, nos da a entender, es una institución de mentira, una farsa, una imposición. Ante tanta duda, a él solo le cabe ayunar y rezar, dos actos bastante inútiles para superar un malestar tan profundo, porque a lo que se enfrenta es a su naturaleza desde la convicción de su condicionamiento, que es bastante extremo. El personaje se dibuja como alguien inseguro, alguien que terminará por actuar de forma imprevisible, pero silenciosa.

La segunda parte nos traslada a otra aldea, a la que llega un mendigo. Es un lugar que padece el mismo fanatismo, el mismo malestar. Aunque cambie de nombre, no será difícil imaginar que ese mendigo es el mismo protagonista de la primera parte, que está ejerciendo el que considera su mayor derecho: la libertad de imponerse una penitencia en condiciones. Pero a la población a la que llega sufre una epidemia, en la que fallecen niños, y entre la confusión se buscarán culpables. La culpa debe de ser de quien actúa de forma divergente, y este tiene que ser alguien que ha venido de fuera, dado que los habitantes del lugar nacieron con la vida ya escrita. Entonces se acusará al extranjero de haber mantenido relaciones con una muchacha deficiente, y le obligarán a casarse con ella. Todo contiene una exaltación religiosa que más bien parece histeria, que es un tanto violenta, pero que quien vive dentro de ella, quien la respira, considera que eso es lo natural.

La tercera parte consistirá en el choque entre los dos mundos, las dos poblaciones, las dos miserias, de un modo que no desvelaremos. Lo que importa, lo que nos afecta, es darnos cuenta del mal que supone el fanatismo, ese que corremos el riesgo de entender que es nuestro ambiente natural, como para el pez lo es el agua. Ese que los grandes escritores, que son grandes observadores, no pueden dejar de ver como una caricatura, porque han sido capaces de tomar distancia y de hacerse las preguntas adecuadas. La publicación de esta novela es uno de los grandes aciertos de esta temporada, a la vez que un grito de advertencia.

viernes, 15 de mayo de 2026

EL RAYO QUE NO CESA

 

El rayo que no cesa

Miguel Hernández

Ilustrado por Pedro Oyarbide

Lunwerg

Barcelona, 2026

127 páginas

 



A la hora de recuperar a un gran clásico, solo cabe emprender la tarea de editar de forma madura. Eso es lo que se consigue con esta maravillosa edición de El rayo que no cesa, una obra que no termina nunca. La gente de Lunwerg ha encargado las ilustraciones a Pedro Oyarbide, que ha hecho un trabajo impecable e inquietante. No se trata de aportar belleza, sino de encontrar todo el magnetismo que contienen los poemas, aunque sea un atractivo incómodo, y traducirlo de manera tan limpia como concluyente. Algo barroco cuando es necesario ser barroco, con cierto aire retro cuando las ilustraciones nos remiten a grabados al linóleo, y acompañando a esos colores que no presentan grandes contrastes, porque el contraste lo facilitan las formas, Oyarbide ha hecho un trabajo muy digno para acompañar a algunas de las mejores poesías de la historia de nuestro país.

Esta edición es un libro que disfrutarán los amantes de regalar poesía, y los amantes de recibir esos regalos. Aunque, como es sabido, el rayo que no cesa nos habla de la dificultad de seguir caminando en un mundo que no deja de arrojar cuchillos. Ahí está la presencia de la muerte y, anticipándose a los diagnósticos contemporáneos, la presencia de la depresión. Estamos frente a poesías tristes, pero que no invitan tanto a la tristeza como a la revisión de nuestro entorno. Comprender qué sentimos cuando sentimos lo que refleja Miguel Hernández nos ayuda a cargarnos de ese valor que uno necesita cuando la vida no va bien. En realidad, lo que se reivindica es el amor en un mundo en el que la oscuridad está muy presente.

Tal vez el sufrimiento no sea necesario, pero de él uno puede extraer enseñanzas y hasta algunos versos maravillosos, por mucho que nos parezca encontrarnos frente a los límites de la tristeza. Pasen y lean. La admiración no requiere de más explicaciones:

 

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

 

Sobre la pena duermo solo y uno,

pena es mi paz y pena mi batalla,

perro que ni me deja ni se calla,

siempre a su dueño fiel, pero importuno.

 

Cardos y penas llevo por corona,

cardos y penas siembran sus leopardos

y no me dejan bueno hueso alguno.

 

No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y cardos:

¡cuánto penar para morirse uno!

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

AL LAGO

 

Al lago. Un viaje balcánico de guerra y paz

Kapka Kassabova

Traducción de Cristina Lizarbe

Armaenia

Madrid, 2026

445 páginas

 

 


Para descubrir de donde venimos, uno tiene que estar dispuesto a reconocer el castigo que sufrieron los demás. Este ejercicio de empatía requiere una disposición meticulosa, un viaje lento, como el que ejecuta Kapka Kassabova (Sofía, 1973) en este libro, para el cual viajó dos veces hasta las orillas de los lagos Ohrid y Prespa. Estamos hablando de una región balcánica, un lugar que se ha visto afectado por guerras, religiones, civilizaciones, idiomas, un lugar semejante al puente sobre el río Drina que inventó Ivo Andrić. Hablamos de mestizajes casi imposibles, de combinaciones irresolubles. Allí donde eso ha supuesto sufrimiento, Kassabova se empeña en encontrar lo único positivo que uno puede hallar en este planeta, que es la bondad. Destacarán las personas que va conociendo y su disposición, su apertura, su entrega a la creación de un relato en el que no existan rencores. Y eso que estamos hablando de lucha, lucha entre pueblos y lucha por el territorio. Kassabova llega a hablar de matrimonio y guerra entre el cristianismo y el islam y el judaísmo, entre Occidente y Oriente, entre la tendencia oriental a contener todas las corrientes y la occidental a unificar.

Lo que lleva a la autora hasta esa región es la necesidad de tener raíces, de encontrar raíces. La experiencia es sorprendente, porque los viajes requieren alas, y es imposible volar si uno tiene raíces. No se puede huir de la propia familia. Así pues, busca esa geografía que ha moldeado la historia, pero no solo la historia, pues también moldea el paisaje interior. En ese sentido, su experiencia es universal, pues lo local será inseparable de lo global. De hecho, uno se construye como se construye la identidad de los lugares, a partir de múltiples experiencias, de muchos contactos. La región que visita, que recorre trozos de Albania, Macedonia del norte y Grecia, se ha formado así, a partir de una extensa miscelánea de caracteres. Que sea complejo de entender no hace sino incrementar la necesidad de comprenderlo. Este será el motor del viaje y la expresión del viaje, que a nosotros nos resulta de lo más atractiva, pues vamos conociendo una región y unas gentes que de otra manera nos resultaría anónimas, casi increíbles. De hecho, las personas que va conociendo en el camino resultan tan especiales que cobra mucha relevancia las palabras de Rebecca West, que también recorrió estas regiones hace casi cien años, cuando habla de la discrepancia entre nuestras vidas y su contexto. Nuestras vidas son lo intangible, los afectos. El contexto en el que se mueven las de las personas que Kassabova conoce es de anhelo y de tristeza. Resulta duro vivir allí, pero ha resultado más duro, al parecer, en el pasado. El recorrido que hace por la zona de Albania así lo demuestra.

 Pero también se trata de encontrar trazos de la familia propia, de ir narrando algo acerca de ella, mientras hace una crónica que contiene periodismo y antropología. Todo ello a la orilla de masas de agua, y el agua es bendición, purifica y es la sustancia elegida para el bautismo, para significar que hemos nacido o hemos renacido. Como renace la región que nos presenta Kassabova a medida que profundizamos en esta lectura en la que «tus antepasados te deben una casa, y tú les debes tu alma». Somos lo que fuimos, somos el paso del tiempo y algunos lugares pertenecen a un tiempo diferente al nuestro. De ahí que la literatura de viajes sea también una forma de exploración, de descubrimiento. De ahí que sea tan importante encontrar quien sepa hacer buena literatura a partir de un viaje, como la que escribe Kaspa Kassabova.


Fuente: Zenda

viernes, 8 de mayo de 2026

LOS OSCURECIMIENTOS

 

Los oscurecimientos

Tomás Sánchez Bellocchio

Alianza

Madrid, 2026

302 páginas

 



Hay una causa común a todos, en cualquier lugar en que estemos o en que nos fuercen a estar, y esta es la memoria de aquellos tiempos de inflexión. Da igual que nos lleven a uno de esos sitios inverosímiles y a uno de esos tiempos compungidos, porque allí cualquiera ha dejado un buen recuerdo, uno de esos recuerdos que tienen que ver con las personas. Y donde hay personas, hay amigos. Recordar se convierte, entonces, en idealizar. Pero al transformar en relato aquellos recuerdos, estas idealizaciones, uno entabla un diálogo entre lo que le construyó y lo que le gustaría haber aprendido. Sobre este sustrato Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981) teje esta buena novela, en la que la tensión se ve mitigada por un estilo cuidado, sencillo y amable. La tensión la pondrá la ubicación a la que nos lleva y el tiempo en que nos desenvolveremos. Por otra parte, la amabilidad será fruto de la memoria del narrador, que no renuncia a la dureza de los tiempos, pero optará por el beneficio de los amigos.

Nos vamos a la Patagonia, al sur de Argentina, donde el clima sería suficiente como para imponer carácter. Pero, además, estamos cerca de la frontera con Chile en un tiempo convulso, los años setenta, donde la atmósfera es bastante bélica. Y nos encontramos con un grupo de cuatro amigos, entre los que destaca Quito, un adolescente huérfano de madre y criado por un padre que no se resiste a ser, de vez en cuando, un maltratador. Quito será el personaje enigmático, por su magnetismo, por su imprevisibilidad, dentro del grupo que lleva buena parte de sus juegos hacia un terreno en el que ha aparecido un tanque abandonado. Lo militar, lo bélico, será territorio de juegos, hasta que se impondrá lo real, las cohibiciones que ocasiona la presión de la guerra real. Entre las que se encuentran los oscurecimientos, que consisten en proteger a la población cegando todas las puertas y ventanas, cualquier resquicio por el que se pueda escapar algo de luz que delataría la posición del pueblo.

Este territorio, que es frontera, y es aislamiento, parece un lugar abonado para ser maldito. Pero nos centraremos en la novela de crecimiento, que en este caso no le sucede a un único personaje, sino al pequeño grupo que tiene anhelo de probar cosas nuevas de experimentar. Y, sobre todo, se trata de muchachos a los que se le impone la necesidad de emocionarse, de enamorarse de las emociones, las gratas y las turbias. A medida que avanzamos en la lectura, Sánchez Bellocchio irá acumulando personajes secundarios sorprendentes, imaginativos, que tallarán un poco la educación de los protagonistas, y nos irá refiriendo sucesos de época que constituyen la espuma de los días, como el mundial de fútbol que sucedió en Argentina. Con todo, lo más significativo de esta etapa será darse cuenta de que la guerra pudo ser un juego en la última infancia, en la primera adolescencia, pero nos noqueará cuando nos demos cuenta de que es una brutalidad. Pero será el vaticinio de un conflicto que no termina de llegar, como en El desierto de los tártaros, al que rinde homenaje el autor, lo que cargue de sentido cada movimiento, porque no sabemos cuál será el que decante el final hacia uno u otro tipo de tragedia. Al lector le habrá merecido la pena descubrir este rincón del planeta que Sánchez Bellocchio nos descubrirá desde la invención o la memoria.