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Camila
Cañeque
La
uña rota
Segovia,
2026
239
páginas
El
efecto que consigue Camila Cañeque (Barcelona, 1984 – 2024) es sorprendente: en
una novela construida sobre todo a dos voces, una de las dos voces es muda. Es
más, no solo es muda, sino que es nuestra voz, la voz del lector, que actúa
exactamente igual a como actúa el narrador, que es tanco como decir observando.
Cañeque divide la novela en dos secuencias que van alternándose. En la primera,
quien actúa, al que llaman Don, está encerrado en su mísera buhardilla junto al
narrador, al que escucha. La segunda secuencia tiene lugar en un bar y será,
como es previsible, más plural. En la primera a lo que asistimos es a un
extrañísimo monólogo; en la segunda casi llega a suceder un diálogo.
Pero
antes que nada conviene ubicarse: estamos en Nueva York, la ciudad por excelencia
donde suceden los grandes males de la civilización: la neurosis, las miserias,
la soledad entre cuerpos, la supervivencia, el empuje hacia el nihilismo, la
agresividad consecuente a la necesidad de salir adelante a toda costa, la
fábrica de sueños junto con la frustración por la imposibilidad de
conseguirlos, las diferentes versiones de la maldad, incluidas aquellas que
triunfan. En esta ciudad Don intenta abrirse paso, desde hace años. Es músico, pura
melomanía, y es un excéntrico, alguien que se pretende un vividor, pero que
esta pose no parece ser nada más que una forma de justificar su estado de vida:
no puede ni pagar el alquiler de una buhardilla tan minúscula que no es posible
estar de pie en ella. Allí es donde se produce la actuación, delante de la
narradora, que nos contará el monólogo interviniendo para poco más que acotar.
La
narradora también acompañará a Don al bar, donde poco a poco se sumarán otras
voces, otras personas que intuimos que son, también, corazones solitarios. Aun
así, la narradora no abandonará su postura, su intención de limitarse a dar fe,
a ser espectador, a acotar de vez en cuando, como podríamos estar acotando
nosotros, los lectores, si deducimos el humor de quien está hablando a partir
de la literalidad de sus palabras. Lo que sucede es que la vida al margen no es
potestad de una sola persona, pero para vivir al margen es imprescindible saberse
una persona única, y no parte de un rebaño.
Hay
una participación también del alcohol en la obra, pues tanto Don como los otros
personajes van bebiendo. Ahí es donde entra ese conflicto que es todo un clásico,
acerca de si el que ha bebido más de la cuenta dice cosas muy sensatas o se limita
a referir ideas extrañas, esas que nadie proferiría estando sobrio. En
realidad, lo que lleva a esta gente al alcohol tiene que ver con el otro gran
protagonista de esta novela, que es un protagonista elíptico, ausente, y que es
la ciudad. Algo así de extraño, incluida la decisión de la narradora de guardar
silencio y limitarse a ser testigo, solo puede ocurrir en el corazón de una
civilización a la que en algún momento se referirán, un lugar que se trata sin
cuartel, porque aunque sean escasas las veces en las que se refieren a factores
ambientales, cuando lo hacen deducimos la crueldad de los mismos.
Somos
lo que pretendemos ser, pero también lo que no nos queda más remedio que ser.
Camila Cañeque compone aquí una interesantísima novela, no solo por hallazgo
formal que encuentra, y que nos sorprende, sino también por ese trasfondo de
denuncia, que bien podría estar afectándonos a todos en diferentes grados. La
sensación que tenemos es la de haber sido nosotros los autores de este libro,
porque somos nosotros los que asistimos a la representación, y esta contiene
mucho, muchísimo magnetismo.
Fuente: Zenda






