miércoles, 21 de octubre de 2026

GLIFO

 

Glifo

Ali Smith

Traducción de Magdalena Palmer

Nórdica

Madrid, 2026

231 páginas


 


Preocuparse por la maternidad, por lo que significa ser madre, o por lo que supone ser padre, está en muchos de los sustratos narrativos. Con menos frecuencia encontraremos el tema de los hermanos, de esa otra relación que se rompe en la leyenda de Caín y Abel, y se diviniza en las películas de Disney. Ser hermano implica compartir un pasado, pero no unos vínculos incontestables, indestructibles, incondicionales. Por eso puede dar pie a relatos, porque nos encontramos en el territorio del conflicto. Ese por el que vaga este Glifo, la última novela de Ali Smith (Inverness, 1962). Vamos a asistir a dos partes de un relato entre hermanas. La primera parte contada desde la perspectiva de una de ellas, la mayor, y la segunda narrada desde la tercera persona. En la primera parte trabaja la memoria, lo cual supone afrontar la melancolía. Para tratar con la melancolía no hay mejor recurso que el lenguaje sencillo. Y para tratar con la memoria debemos tener en cuenta cómo funciona, porque no es lineal, porque se permite saltos temporales, porque se permite interpretaciones incrustadas. Pero la esencia va a ser esa relación entre hermanas.

Una de ellas presume de hablar con los muertos o, al menos, de hablar con un muerto que le puede dictar lo que dicen otros muertos. La distancia y la implicación de la memoria supone no terminar de definir si estamos frente a una fantasía o una realidad. Lo que sí es seguro es que en ese acto puede haber tanto de farsa como de deseo, es decir, los dos componentes que siempre van implícitos en los afectos, en el amor. Y cuando desaparece el ser amado, ¿cuál es la consistencia de lo que queda? Uno de los personajes nos lo aclarará de forma contundente: «Ah, eso está bien, muy bien, dice Patricia. Especialmente porque las prótesis tratan, ya sabes, de la ausencia. Y de lo que pones en lugar de la ausencia». Dicho de otro modo: ¿Cuánta de nuestra identidad real es prótesis?

En este caso, hay una elipsis, una ausencia, muy intrigante, que es la de los padres. Apenas llegamos a saber nada de ellos. Las pistas nos llevan a sospechar algo feo sobre la muerte prematura de la madre, y algo violento sobre el padre. Pero lo que duele es la ausencia: ¿Dónde han estado los padres de estas criaturas mientras ellas establecían el vínculo de hermandad? La consecuencia, es fácil de imaginar, son los fantasmas. Especialmente el fantasma de un caballo ciego. De hecho, Smith no cierra la puerta a la explicación mágica de su relato. Al fin y al cabo, la memoria son hilos fragmentados y para anudarlos hace falta esa prótesis que debemos crear. Y en la memoria también actuarán las historias que nos afectan, que es memoria prestada, y por las que Smith siente especial predilección. Somos relato en mucha más medida de lo que damos por supuesto. De ahí esa segunda parte en la que la hermana pequeña, a la que sigue el narrador, intenta educar con el relato a una hija en acogida. De hecho, en esta parte se impone bastante la narración dialogada. Y dada la elipsis temporal entre el final de una parte, que termina cuando la infancia llega al final, y el inicio de la otra, que comienza cuando la pequeña toma decisiones de adulto, nos quedaremos preguntando qué ha sucedido realmente entre las hermanas, sometidas a una separación aparentemente acordada entre ellas, pero que no deja de intrigarnos, porque algo de dolor ha debido existir en ese tiempo. «La familia nunca es un caso cerrado» es una afirmación que aparece en alguna de las páginas del libro. Esa intención hace crecer a esta novela, porque será raro que dos lectores lleguen a las mismas conclusiones, dado que no existen dos lectores que hayan tenido idéntica vida familiar. Glifo es una excelente manera de retomar el pulso a la lectura activa.

martes, 20 de octubre de 2026

EL DERECHO A QUEDARSE QUIETO

 

El derecho a quedarse quieto

Marina Perezagua

Galaxia Gutenberg

Madrid, 2026

165 páginas

 



Parecemos destinados a exterminar la belleza incluso donde damos por supuesto que no la hay. Algo de belleza debe caber en la supervivencia tipo Robinson, aunque solo sea la belleza de ser autónomo, de tomar la decisión de vivir donde no quiere vivir nadie porque, como diría Pessoa, la realidad no le necesita. Ese lugar es un paraje baldío a cuenta de una catástrofe nuclear, y quien ahí sobrevive es hijo de una superviviente de las bombas atómicas que se arrojaron sobre Japón. Marina Perezagua (Sevilla, 1978) ya había explorado la construcción de estos seres, sometidos al arranque más duro posible para una vida que no le queda más remedio que llevar, en su extraordinaria novela Yoro. Ahora regresa, pero con otra suerte de identificación, más semejante a la de un espectador que a la de quien calibra identificarse con ellos, meterse en su piel, compadecerse célula a célula. Eso sí, debemos aclarar que la virtud de compadecerse sigue presente en esta obra, pues es imposible no anclar algún tipo de identificación con quien tiene por primera norma la de no hacer daño.

En un lugar en el que no hay más vida que la de unos perros callejeros, que acompañan al protagonista y de ahí que tengan nombre, alguien descubre que un superviviente aislado se empeña en mantener la lejanía y apañarse con cuatro cosas y un puñado de comida para salir adelante. Es zona radiactiva, así pues, este hombre se convierte en noticia y alguna periodista se acerca hasta él. El problema será la popularidad que eso genera. Este hombre nos presenta un resquicio de pureza, de salud, frente a un mundo hipermediatizado a través de redes sociales que replican todo hasta el hartazgo, incluidas las escenas de muerte. Es posible que consiga salir adelante gracias a una inmunización, pues bebió leche radiactiva siendo bebé. Es posible. Lo que sabemos es que los demás no entienden a esta persona y la convierten en show. Lo que demuestra el protagonista es que la pureza reside en la actitud, en la convicción de que lo primero que debemos hacer es no molestar, no ser agresivos ni causa de agresión, aunque uno viva en un lugar horrendo en el que cualquiera se estresaría y buscaría un cuchillo para degollar ratas. De ahí que sea tan importante mostrar la pacífica convivencia con los perros, que se transforma en el último apunte de nuestro vínculo con lo natural, eso que tanto nos beneficia.

Hay una segunda voz, al margen de la de la narradora omnisciente, que es la de una madre con serios problemas para conseguir que la leche mane de sus pechos, y así poder alimentar a su bebé. Esta parte, potente, compensa cierta necesidad de distancia que se mantiene en el grueso del relato, porque para relatar una tragedia que es absolutamente incomprensible uno debe blindarse un poco, lo cual, en este caso, supone alejarse del interior de la condición humana, ser más testigo que fiscal de los sentimientos. Ese acierto consigue el efecto adecuado para que sea el lector el que se involucre, e involucrarse, en este caso, significa no entender nada, pero saber que las reacciones humanas que se describen en el último tercio de la obra son una angustia, una catástrofe, un desatino. Y pensar que esto podría suceder, estar sucediendo, esa particular denuncia, es lo que nos empuja a querer modificar esa parte del mundo que está dentro de nuestra piel. Ojalá baste esa frase de Pessoa, la que mencionaba que la realidad no nos necesita, para mantenernos dignos.

lunes, 19 de octubre de 2026

HISTORIA DE LA LITERATURA INGLESA CONTADA EN UNA HORA

 

Historia de la literatura inglesa contada en una hora

José María de Romero Barea

El Desvelo

Santander, 2026

125 páginas

 



Es posible que a la hora de tratar con la historia de algo tan forjado como el arte, incluida la literatura, lo que haga falta sea luchar contra esa tendencia a entender que vamos a hablar sobre un contenedor con aire de sarcófago, habitado por fantasmas más o menos propios. La historia de la literatura debería ser algo menos filológico de lo que estamos acostumbrados a entender, porque esa atmósfera lo que consigue es crear un ambiente de museo de cera. En realidad, deberíamos tratar con nuestros mejores sueños, dándonos cuenta de que se trata de todo lo contrario a sueños perdidos. Esta es la finalidad que buscan los libros que El Desvelo está publicando acerca de literaturas nacionales contadas en una hora. Toca el turno de la literatura inglesa, cuyo encargo ha caído en el oficio de José María de Romero Barea (Córdoba, 1972), que encuentra el tono adecuado para afrontar el reto y transmitir lo que más importa, que es el cariño por lo literario.

El planteamiento tiene que ser, por fuerza, fugaz: vamos a asistir a un resumen a toda pastilla, en el que lo que no podemos es perder lo imprescindible. No entraremos a debatir a fondo todas y cada una de las obras de los autores seleccionados, que comienzan en la literatura medieval y terminan con gente como Julian Barnes, a quien queremos muchísimo. Pero de lo que se trata es de aprender a querer a todos los demás. Así pues, el planteamiento tiene que ser fugaz, sí, pero también una invitación, un regalo y una fiesta. Todo lo que uno recibe en el mejor día de cumpleaños. Para ello Romero Barea no se refugia tanto en la erudición como en las virtudes que tiene un gran lector: cada obra será tratada con respeto y con ansia de extraer qué es lo fundamental que podemos aprender de ella. Porque resulta que la literatura, en esta voz, no es un depósito en el que meterse de cabeza en plan filólogo, semiólogo o esteta. Estamos ante un planteamiento en el que lo humanista atiende a la conciencia, a eso que a falta de una expresión menos explotada llamaremos alma. Esa alma se mantiene firme a lo largo de la historia, o eso podemos deducir de esta lectura, porque otro de los aciertos es el de enfrentarse a las obras como si fueran contemporáneas, atendiendo mayormente a lo que permanece y permanecerá. Leer a George Elliot como si acabara de terminar de escribir Middlemarch es una demostración nada arrogante de saber leer en los libros como se debería leer fuera de ellos, leer las líneas de la vida.

Este breve ensayo deja, inevitablemente, obras y autores un poco al margen. No importa. Cualquiera puede echar de menos a Martin Amis o Kazuo Ishiguro en las páginas finales y no pensar que el planteamiento se resiente por ello. De lo que se trata, por encima de todo, es de pensar que debemos volver a leer todo a lo que hace referencia el autor, porque hay más en ello de lo que recordábamos, o de leerlo por primera vez, porque está ayudándonos a descubrir. Si uno no era anglófilo, en términos literarios, antes de comenzar la lectura de esta pequeña historia, sin duda lo será una vez la termine.

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

EN ESTA HORA TARDÍA

 

En esta hora tardía

Garous Abdolmalekian

Traducción de Tea Vardosanidze Rusadze y Alfredo Gutiérrez Kavanagh

Cielo eléctrico

Madrid, 2026

147 páginas

 



A la hora de la verdad, no tenemos una conciencia de la muerte en condiciones. Pero lo que sí puede ser nuestro es la conciencia de algo que limita con la muerte, de ese momento final que se barrunta, de una frontera con lo que no terminaremos de definir. Con ese concepto uno puede crear los mejores versos:

 

Me mantiene con vida

(…)

La ambigüedad de la muerte,

no un nacimiento luminoso

 

No somos mucho más que hojas arrojadas al viento, no somos mucho más que cierto malestar, cierto desasosiego:


Hoy liberé al último pájaro,

pero estoy triste.

Hay algo

en esta jaula vacía

que no se libera.

 

La editorial Cielo eléctrico nos trae este poemario de Garous Abdolmalekian (1980) que contiene una belleza muy perturbadora, sin que esto sea un oxímoron. Ya habíamos sentido ese tipo de emoción leyendo, por ejemplo, Poeta en Nueva York, de Lorca, un autor a quien Garous Abdolmalekian adora. Como en el poemario del español, aquí las contradicciones se convierten en dos entes imposibles que se reclaman: «Un pájaro picotea una esquina corroída del cielo…». Esto es algo de lo que nos damos cuenta nada más comenzar la lectura de los poemas, que debemos hacer despacio con respeto, que es una de esas cualidades que el autor hereda de lo mejor de la poesía persa más intimista, más metafórica, esa que también se pregunta qué ha sido de la belleza:

 

Hemos obligado a las abejas

a recolectar miel de flores venenosas.

 

En esta indagación intuitiva, en esta búsqueda, Abdolmalekian no renuncia a lo onírico, al conocimiento que podría venir de la sorpresa de los miedos y los deseos que se imponen cuando somos menos dueños de nuestro pensamiento, pero que nos llevan a reconocer el trauma:

 

Y el pececillo negro

que un día echó a nadar desde los capilares de mis dedos

ahora gira en mis sienes

 

Es fácil de imaginar, entonces, que el contenido de la obra bien pudiera ser la relación que existe entre la tristeza y lo incómodo. Como si para ser una persona inquieta uno necesitara saber en condiciones que existe lo triste. Es posible que esa sea la pregunta que nos lleva acompañando desde el inicio de la poesía lírica en todas las partes del mundo. Eso hace de Abdolmalekian un autor muy universal, porque nos podremos reconocer en la herida, que es algo concreto, y nos podrá incomodar la causa de la herida, que siempre será algo más ambiguo. De lo que sí podemos tener certeza es de que el mar y el cielo se presentan como entes vivos a los ojos de los que creen en la belleza.

Este es un poemario en el que el autor vuelve a intentar explicar el mundo, desde la sensibilidad, desde la intuición, pero que nos va dejando bien claro que esa búsqueda no hará que sea más sencillo vivir el mundo. Lo mejor que descubriremos será que vamos a encontrar una excelente compañía en ese recorrido.

martes, 13 de octubre de 2026

EEG

 

EEG

Daša Drndić

Traducción de Juan Cristóbal Díaz

Automática

Madrid, 2026

507 páginas

 



Se escribe para ahuyentar los terrores de la soledad y de la muerte, aunque tal vez invocándolos. Terror tiene una relación directa con demencia, con cualquier suerte de demencia, con cualquier mal neurológico. De ahí este extraño título, EEG, que cobra todo su sentido cuando uno cae en la cuenta de que responde a las siglas de electroencefalograma. Estamos hablando, entonces, acerca de males neurológicos que pueden tener orígenes diversos, desde los congénitos a los adaptativos. Pero, sobre todo, a una respuesta literaria de lo que podría ser el electroencefalograma del narrador de esta potente novela, porque de eso se trata en buena medida, de la construcción de una voz que resonará con tanta intensidad como las de Marcel Proust o Thomas Bernhard. Aquí se trata de retratar como en el caso de los dos autores mencionados, las grandes obsesiones de quien nos habla, obsesiones por las que salta, como el suicidio, las tragedias, la locura, los terrores de la guerra y los efectos de los regímenes postbélicos. Daša Drndić (Zagreb, 1946 – Rijeka, 2018) crea a un narrador muy culto, hipersensitivo y por momentos con un punto exacto de cinismo, que está sujeto a los estímulos que le empujan de un asunto a otro. En cada espacio, eso sí, conserva la misma potencia, que sucede por la necesidad de poner las cosas en su sitio. ¿Y cuáles son esas cosas? La verdad es que hablamos de todo. Mientras indaga en el pasado, en buena parte de la historia del siglo XX, introduce al mundo entero en la novela. Eso sí, lo hace encadenando, porque la memoria, ni siquiera la memoria intelectual, no actúa como si construyera el guion de una película.

Denso, con tantísimas cosas que contar, el narrador escribe tras una severa labor de catalogación: «Vidas caleidoscopios. Como dibujos de pacientes esquizoides». Es posible que no exista otra opción cuando hablamos de consecuencias como las que trajo el fascismo o, como sostuvo Cartarescu, esa otra forma de fascismo que fueron los regímenes comunistas. En ese sentido, esta es también una novela documental, en la que lo que se documenta es un mundo plural, habitado, al que el narrador intenta mirar con la distancia de un ser sensible que quisiera mostrarse un poco misántropo para poder afrontar lo que padece como consecuencia de su paso por el mundo ejerciendo de espectador. La duda entre caer en la locura o mantenerse en la sensatez hace de él un ser inquieto y vital, también en términos literarios.

El planteamiento poliédrico, mostrando muchas caras de lo vivido, nos habla de lo imperfecto y consigue un efecto sorprendentemente realista: «¿No fue Plinio quien escribió que nada en nosotros es tan frágil como la memoria, esa dudosa capacidad que conforma al hombre y lo desbarata? ¿A quién puedo preguntarle ahora? ¿Cómo desentrañar esa derrota familiar?

»¿Es eso importante para mí? No lo es. Pero es interesante»

Es fácil imaginar que volvemos a encontrarnos en una reivindicación de los humillados y ofendidos, de la derrota y la dignidad, en la que el narrador reniega de asuntos absurdos en la literatura, como los tochos de Knausgård o la obsesión por la identidad. El tiempo, nos recuerda, no es lineal, o no es lineal del todo. Tal vez lo sea su relato, pero no el tiempo, que no funciona como una dimensión, como demuestra al hablar de la búsqueda sin sentido del tiempo perdido. La memoria también guarda los crímenes horrendos y para la memoria el tiempo no existe más que de una sola manera: lo que uno recuerda sucedió ayer, y lo que olvida no sucedió nunca. La pregunta pertinente, entonces, es cómo y por qué seguir adelante. La manera que tiene nuestro narrador de responder es con la necesidad de expresarse. Y lo hace con una voz que aturde, que nos mantendrá en vela durante muchas noches.

EL ARTE DE VIAJAR SIN MOVERSE DEL SITIO

 

El arte de viajar sin moverse del sitio

Hilario J. Rodríguez

Barlin

Valencia, 2026

130 páginas

 



Uno muere cuando desaparecen las cosas que sin saberlo le sustentaban. Los amigos de la plazuela viajaron a distintos lugares para instalarse allí a cuenta del trabajo; se acabaron aquellos campamentos de verano y el color del océano ya no es tan azul; es imposible volver a bailar esa canción de Radio futura mientras coqueteas con la joven tan tierna que te acaban de presentar o con el chico tan simpático que se sienta a tu lado en el aula de la facultad. El tiempo corre y junto a esa maldición han ido pasando frente a nuestras vidas todo lo que olía a sinceridad. Es complicado encontrar nada que no tenga cierto tufo a farsa, a no ser, por ejemplo, aquello en lo que la farsa era su esencia, como en el cine. Por suerte podemos volver a ver las películas de John Ford o descubrir las de Michel Haneke. Tal vez donde mejor se pueda apreciar esa lástima, ese daño, sea en los viajes, porque seguramente ya no sea posible convertirse en un viajero. La afirmación me gusta viajar sería imposible de pronunciar si la gente expusiera la expresión más adecuada: me gusta hacer turismo. A nadie le gusta sentirse turista, pero a todo el mundo le encanta hacerse la fotografía con el Taj Mahal para colgarla en Instagram. El viaje se ha instagramizado y así cubre toda la superficie del planeta. De ahí que uno deduzca que, sin duda, ahora mismo viajar es un deseo.

Sobre ese deseo, sobre esa ilusión, Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, 1963) escribe este ensayo, en el que lo que se impone es la sensibilidad. Para poder sentir que uno tiene sus instantes de viaje, debe reconocer que algo recorre su sensibilidad en canal. Pero la sensibilidad no es un ser inerte que llevamos dentro. La sensibilidad requiere de un aprendizaje para el que no sirve estarse quieto. Por eso conviene desplazarse a otros lugares, también con la mente, como hace el autor cuando afronta las lecturas. La obra, de hecho, comienza con referencias a uno de los libros de viajes más intrigantes que se han escrito, Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky. Se trata de una obra que a cualquiera le hubiera gustado haber ideado y llevar a cabo, es decir, se trata de volver a relacionarnos con el deseo. Pero no será solo Schalansky la que nos llegue a través del autor, pues por aquí circulan Borges, Sebald, Solnit o Kapuściński.

El arte de viajar sin moverse del sitio versa sobre la contrariedad de querer ser nómada y escritor a un tiempo. Caminar es una tarea que aporta mucho a la creatividad, pero para poner algo en negro sobre blanco es imprescindible detenerse. Cabe la opción de leer la geografía, como hace Hilario J. Rodríguez, que entiende esta ciencia de una forma muy holística: en su ideario, la geografía es volátil, se mueve a capricho, y abarca, a su vez, cualquier otra forma de saber. El mundo es el mundo y al mismo tiempo su representación. Eso permite regar el ensayo de anécdotas y momentos, de historias que van enriqueciendo el anhelo de quien se ve como viajero, como reducto de ese espíritu que hay que buscar con ahínco para encontrar sus últimos residuos.

Por poner alguna pega, se puede pensar que las notas al pie, tan interesantes como el texto primario, interrumpen un poco la lectura y que a uno le hubiera gustado encontrar esos textos integrados. Pero ese es un problema menor en un ensayo de estas características, en el que son pocas las ocasiones en que las referencias a la experiencia propia se impone, por riesgo a caer en alguna interpretación neocolonial, y lo que se impone es ese recurso con el que combatir a la nostalgia que puede provocar el deseo, y que no es otro que el beneficio de la imaginación.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

LAS MUJERES DE MI PADRE

 

Las mujeres de mi padre

José Eduardo Agualusa

Traducción de Rosa Martínez-Alfaro

Nota al margen

Madrid, 22026

412 páginas

 



Cualquier tendencia a comentar por parte de un europeo que África no se acaba nunca cae en el riesgo de ser considerada neocolonialismo. ¿Cómo expresar esta idea sin pecar de una mirada sobreprotectora o admirativa, como se admiran las postales de los lugares más bellos? Tal vez recurriendo a los propios africanos, refugiándonos en la lectura de los africanos que sostienen a su manera esta misma idea: Mia Couto, Chinua Achebe, Wole Soyinka, Adbulrazak Gurnah, Coetzee, Ngugi Wa Thiong’o, Chimamanda Ngozi Adichie, NoViolet Bulawayo, y muchos más, entre los que se incluye al autor que aquí nos convoca, el angoleño José Eduardo Agualusa (Huambo, Angola, 1960). En esta novela, Las mujeres de mi padre, Agualusa escribe como si él mismo se estuviera dando cuenta del descubrimiento que es su región natal, su espacio educativo, lo que se supone que le ha ayudado a construirse, a construir su naturaleza.

Para ello comienza por construir a un personaje, una mujer, que intenta reconstruir la vida de quien se supone fue su padre biológico a través de múltiples encuentros en Angola y Mozambique, dos países a los que une el idioma. El padre en cuestión resultó ser un mujeriego lo bastante encantador, un compositor y cantante, como para proyectar una película sobre él. La historia de una documentalista que viaja a Luanda para asistir a un funeral y decide reconstruir el itinerario de alguien que no permanecía más de dos o tres años en cada ciudad, fundaba una familia y volvía a la carretera, es más el impulso para la creación que la creación misma. Se intentarán recoger los testimonios de las viudas y de otras personas que le conocieron, y se terminará por descubrir el secreto que guardaba.

El libro está proyectado desde diferentes voces y en capítulos cortos, porque es un aparato poliédrico, plural, rico en texturas, una serie de cualidades que comparte con dos de nuestras grandes debilidades: el viaje y la memoria. En realidad, lo que nos viene a decir es que es imposible conocer el cuadro completo, que lo que tenemos a nuestro acceso son fragmentos y que con ellos deberíamos estar contentos. Ni ser originario de un lugar ni regresar a él como una persona muy preparada para el conocimiento nos van a otorgar el don de la sabiduría, sino el del desconcierto, aunque sea en diferente grado. Y lo que más desconcierta suele ser la frustración de compaginar el amor y el odio, y aceptar que el mal hubiera sido la indiferencia. Y también descubrir que encontrarse con muchas vidas es lo mismo que encontrarse con mucha vida, solo que cambia el ritmo, porque mucha vida podría suceder lentamente, pero a través de vidas múltiples el ritmo será bastante más rápido.

Agualusa nos vuelve a llevar a esos lugares donde sucede lo imposible, como que un pianista carezca de manos o un ciego padezca de vista cansada. El viaje, nuevamente, merecerá mucho la pena, aunque sea a través de la mirada de los demás.

domingo, 20 de septiembre de 2026

AÑOS LUZ

 

Años luz

Jacobo García

Anagrama

Barcelona, 2026

226 páginas

 



La pregunta es si todos los átomos de tu cuerpo te pertenecen o pertenecen a todo el mundo. Algo semejante a esa cuestión se encuentra en la poesía de Walt Whitman. Pero esa duda no se resuelve únicamente con poesía, porque la sensibilidad no es exclusiva de los poetas. La afirmación de que el nacionalismo se cura viajando intenta defender la idea de que la sensibilidad está al alcance de todos. Basta con embarcarse en un vagón de metro para que el viaje te llegue, aunque lo ideal, cualquiera lo sabe, es poder perderse en la selva de Borneo con un espíritu aventurero semejante al de los que se encontraban a Tarzán en las viejas películas. En realidad, la sensibilidad ya está presente en una serie de personas, en mayor o menor grado, que son las mismas que no necesitan salir de su habitación para curarse del nacionalismo, pero que prefieren viajar, sí, para saberse curados. La gente no viaja, la gente hace turismo. Aunque aún nos quedan testimonios de algunos que llegaron hasta los lugares con intenciones distintas a las del turista, como son los cronistas inquietos. Poder leerlos es sentirse privilegiado, curado del nacionalismo y otra forma de compartir viaje. Entre estos cronistas está Jacobo García (Monforte de Lemos, 1976), que trabajó para varios medios en distintas partes del planeta, pero demuestra en esta obra, Años luz, toda su pasión por la región del mundo que queda entre el sur de Río Grande y el norte del estrecho de Panamá, con alguna incursión a Colombia o Venezuela.

Lo mejor de la obra es ese espíritu con el que la afronta, esa manera de intentar completar conocimiento: no es fácil saberlo todo, por lo cual yo, que estuve allí, ofrezco parte de lo que sé, pues tampoco alcanzo a todo. A partir de esa humildad, se enfrenta a la memoria de veinte años de convivencia en México y Centroamérica. Y decimos convivencia y no estancia, porque la impresión que nos llega es la de un observador que confía en que observar sea una forma de participar de la vida. La suerte para el lector es conseguir que la vida que nos llega a nosotros, gracias a estos cronistas, es la que nos atrevemos a conocer de ninguna otra manera. García se enfrenta a lugares en catástrofe humana, penal o natural, para extraer las crónicas que ha publicado como freelance o corresponsal para distintos medios. De esas crónicas apenas se extraen media docena de párrafos, que aquí aparecen, porque de lo que se trata es de hablar cómo llegó hasta ellas, cómo se gestaron, qué recorrido supone para un cronista este trabajo. El resultado compone un recorrido autobiográfico en el que cabe un poco de esperanza: no todo el mundo es malo, no todas las consecuencias son letales, pero lo que no cabe es cruzarse de brazos, ser insensible.

Uno tiende a pensar que para afrontar experiencias como las del terremoto de Haití o la visita a mareros en cárceles hay que tener una coraza sobre el corazón. Nada más lejos. En realidad, la sensibilidad será la armadura, que saldrá a relucir, por ejemplo, cuando en lugar de afrontar casos como los asesinatos y desapariciones en el norte de México entrevista a personajes como Shakira. Al mismo tiempo, recorreremos un buen trecho de la historia social y política de la región, que vuelve a ser un océano sin fondo. Esta obra se alzó con el Premio Anagrama de Crónica / Fundación Giangiacomo Feltrinelli, un título sin duda merecidísimo. Dentro del panorama de las letras y la crónica periodística, destaca por su sencillez, su claridad y, repetimos con miedo a ofender al autor, la humildad bien entendida. Es una obra a la que uno le desea el mejor de los éxitos.

lunes, 14 de septiembre de 2026

SIETE CONSEJOS PARA ESCRITORES

 

Siete consejos para escritores

Javier Argüello

Folch & Folch

Barcelona, 2026

109 páginas

 



Tras veintitantos años de siglo XXI, cabe hacer una selección de los mejores narradores del siglo pasado. Allí pueden estar Faulkner, Borges y un puñado de ellos más, a discreción y según criterios bastante personales. Todo cabe. Pero también podríamos intentar elaborar la lista de los narradores más importantes: Kafka. A lo mejor la enumeración se cerraría ahí. Porque Kafka cambió la forma de entender la literatura y las posibilidades del relato sin intentar ninguna modificación. Kafka no buscó estructuras llenas de rizomas, intertextos sesudos, variaciones musicales con las palabras, juegos gramaticales ni redacciones con interminables subordinadas. Lo que Kafka hizo fue limitarse a ser Kafka, inventar a Kafka.

En cierta medida ese es el espíritu, la reivindicación de este pequeño ensayo de Javier Argüello (Santiago de Chile, 1972). Siete consejos para escritores reúne párrafos cortos en los que se puede resumir toda una filosofía de la creación bastante sencilla: si tienes algo que decir, no encuentres excusas para no hacerlo. Pero si lo que vas a contar no mejora al silencio, es mejor estar tranquilo y seguir escuchando.

La obra no pretende ser un ensayo que diseccione, ni una elaboración argumental. Quien se acerque al libro no tendrá entre manos nada parecido, por ejemplo, a El arte de la ficción, de David Lodge. Lo que va a tener es algo muy a su alcance, algo que, nos atrevemos a decir, se aproximaría más a lo que sería una mirada estoica hacia el impulso creativo. A Argüello lo que le preocupa es la honestidad, la mirada interior, la conciencia temática, el pensamiento que estructura, reconocer la literatura como el medio idóneo para la transmisión de lo que nos embriaga, el relato puro, la empatía con la creación y la humildad. En buena medida, coloca la creación literaria al alcance de todos. Es sencillo, es optimista, es el ensayo de un amigo, no de un erudito.

Por otra parte, Folch & Folch inaugura una colección de breves ensayos, Siete consejos, con una edición muy cuidada, de coleccionista, con ilustraciones de Federico Stempler que nos remiten a collages también sencillos, pero sorprendentes. Incluso cuando uno pretende simplificar las cosas, la imaginación es nuestra aliada. Tal vez, de hecho, sea esa la mejor forma de aplicar la imaginación a todos los aspectos de la vida.