Diarios
indios
Chantal
Maillard
Tusquets
Barcelona,
2026
209
páginas
Para
relatar un viaje es necesario estar quieto. Los aventureros que supieron dar
forma literaria a sus viajes lo hicieron cuando se hallaban quietos, en sus
casas, alejados de las colinas africanas o las selvas del sur de América.
Richard Burton escribió su paso por las Montañas de la Luna en el mismo sitio
en que redactó un manual de esgrima. Pero sí existe un género en el que
combinar literatura y viaje, y este es el de los diarios. Ahora recuperamos los
de Chantal Maillard (Bruselas, 1951), preciosos, que son poemas en prosa, que
están diseñados para leer despacio y nos lleva a preguntarnos, en consecuencia,
a qué velocidad viajó esta mujer. «Cuanto más desacostumbradas sean las situaciones
a las que tengamos que enfrentarnos, más sencillo es proceder a la observación de
la propia mente», explica en el prólogo, aclarándonos cuál debe ser el
fundamento del viaje. «En Jaisalmer (…) experimenté con intensidad los límites
de lo acostumbrado. En Bangalore me inicié en la dureza de la compasión y
comprendí que este sentimiento nace más de la fiereza que del dulce y decadente
apiadarse propio de la burguesía cristiana, pues, lejos de ser una modalidad
del enternecimiento, arranca de la conciencia del dolor ineludible y del mal de
existir», aclara, un poco más adelante, para que sepamos qué debería suponer
viajar a la India. Estamos frente a una autora que nos hablará sobre los
sentidos, los sensitivo, lo sensible, y lo hará con un tono lenitivo, de esos
que consiguen que veamos las emociones: «Aprendo mis límites proporcionalmente
al deseo que tengo de convertirme en mirada y descansar en ella».
La
constante es preguntarse quién es uno y luego relativizar esa pregunta, porque
uno es el que está aprendiendo y aprender no puede suponer estancarse. De ahí que
la cuestión de la identidad esté siempre en movimiento. Pero sí busca una
verdad, y esa verdad tiene que ser poética, a la fuerza tendrá que ver con la
poesía y con la transformación perenne. El presente es infinito y, nos atreveríamos
a decir mientras leemos a Maillard, debe de ser eterno. Como la poesía, que se centra
más en lo que es o en lo que está que en el punto de vista: «Estamos donde nos
proyectamos. Fuera. El error fue establecerse dentro». Por tanto, hay que
centrarse en lo que nos afecta, que son más las dudas que las soluciones. Solo
podemos seleccionar de entre las dudas, de entre lo que se cruza por nuestra
mirada, contemplarlo, antes que resolverlo. Afrontamos así lo inestable, lo
vulnerable: «A menudo la locura deja de parecerlo cuando forma sistema. Su verdad
es su eficacia. A menudo también el sistema se convierte en locura cuando pierde
su unidad infringiendo sus límites».
Pero
¿cómo ser observador y sentir compasión sin intervenir? Primero lo poético,
después vendrá lo político, porque lo poético hunde sus raíces en el respeto y
lo político corre el riesgo de romperlo si no ha conocido antes la poesía. De
ahí que convenga comenzar por libros como este, donde Maillard muestra los
movimientos del pensar, las intuiciones y las contraintuiciones, deseando un
ojo inocente. Será crítica con las religiones desvelándolas sin rencor, y
regresará mostrándose menos asombrada, pero más limpia, tanto como para atreverse
a versificar. De lo que trata estos diarios, en definitiva, es de la necesidad
de construir un templo interior. ¿Por qué un templo? Porque es el edificio
humano más respetable, donde todos tienen cabida, menos los mercaderes.






