¿Están
vivos los ríos?
Robert
MacFarlane
Traducción
de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Random
House
Barcelona,
2026
433
páginas
Está
claro que Robert MacFarlane (Halam, Inglaterra, 1976) sabe a quién llorar. Su
proyecto literario está vinculado a la naturaleza, que es donde uno encuentra
vida en estado más puro. Nuestras vidas son los ríos, el río como metáfora de
la vida. En obras anteriores lo fueron las montañas, los retazos de naturaleza
virgen y hasta el subsuelo. Ahora vuelve al río, al lugar donde podríamos
bautizarnos. La pregunta que da título a la obra, ¿Están vivos los ríos?,
es significativa: si acabamos con ellos, acabamos con algo más que un curso de
agua. Los ríos son todo lo que llevan dentro y todo lo que sobrevive a su
alrededor. No son solo cauces llenos de líquido. Conviene preguntarse, antes de
entrar a responder, qué es esto a lo que llamamos río. Para ello MacFarlane
programa tres viajes: el primero a la selva nubosa de Ecuador, el segundo a los
alrededores de Chennai, en la India, y el tercero a un lugar alejado de Canadá.
Cada viaje con diferentes compañeros y con diferente espíritu.
A
la hora de trasladar su experiencia, de reflejarla en negro sobre blanco,
MacFarlane elige una estrategia más próxima al libro de viajes que en sus obras
anteriores. Aquí las reflexiones las pondrá el lector, mientras el autor va
desvelando sus pasos, que son pasos que nos van encaminando hacia el conocimiento,
hacia el respeto. Lo que uno tiene la impresión todo el rato es de estar
participando, junto a él y a sus amigos, de una lucha contra una larga derrota.
Que estemos perdiendo esta lucha se ve, sobre todo, en el segundo de los
viajes, donde los ríos que entran en la ciudad de Chennai y en las de sus
alrededores, han muerto: demasiada polución, demasiada manipulación. Cabe, eso
sí, alejarse un poco y dirigirse hacia zonas costeras próximas a las
desembocaduras, donde desovan tortugas oliváceas, que se convierten, un poco,
en el animal fetiche de este relato. Acompañado por un joven biólogo que
padeció maltrato infantil, conoce este trozo de mundo que padece ecocidio y el
reto de salvar algo, lo que se pueda, aunque sea durante unos pocos segundos. Y
va aprendiendo algo así como una teología de la naturaleza.
Antes
hemos paseado junto a él y a unos compañeros muy peculiares, por la selva de Ecuador,
donde el ser fetiche no es un animal, sino una seta. El riesgo en que está esta
región no es por desarrollo urbanístico, sino por extracciones mineras. Pero
Ecuador ha sido el primer país en recoger en una constitución los derechos de
la naturaleza, algo sobre lo que se habla de vez en cuando: si los ríos están
vivos, deberían estar protegidos jurídicamente. El camino que emprende en esta
región boscosa estará lleno de naturaleza, de un tipo de naturaleza que es tan
sugestiva y rica como poco amable. Más amable resultará la que conoce en
Canadá, donde las amenazas son las presas. Allí acude acompañado de un buen amigo,
un genio excéntrico, y junto a un extraño grupo emprenderá un aventurado viaje en
kayak por ríos y lagos. Antes, ha podido conocer algo de la magia indígena, de
las atribuciones de significado que una cultura moribunda proyecta en los ríos.
El
viaje a pie, el viaje vertical y el viaje deportivo, tres modalidades de desplazamiento
que MacFarlane pone en marcha, compatibles con una espiritualidad bastante
corriente, sin alardes, humana, habitual. MacFarlane jamás habla sobre la
hipótesis de Gaia, pero en algún punto de la obra se ve que tanto él como sus
compañeros dan por supuesto que es cierta. A lo que se dedican es, por encima
de todo, a rescatar lo que merece la pena, que es vida natural, los regalos de
la naturaleza. Hay que enamorarse del mundo para poder cuidarlo en condiciones.
Hay que ser consciente de que por mucho que sepamos, nos queda mucho por
conocer, y desear que ese conocimiento siga llegando. Ese es el punto fuerte de
este extraordinario libro de viajes.
Fuente: Zenda



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