miércoles, 10 de julio de 2024

LAS FIERAS

 

Las fieras

Clara Usón

Seix Barral

Barcelona, 2024

374 páginas

 



La novela y el periodismo tienen la misma sustancia: intentar explicar narrando, intentar que el relato sirva para colocar razones, para conocer los porqués de los sucesos, para aprender a tratar con los conflictos que genera la condición humana. Este principio lleva a Clara Usón (Barcelona, 1961) a escribir una novela en la que la crónica ocupa el cuerpo central de la obra sin que por ello se resienta la ficción. Esta ficción parte de la creación de un personaje, una chica cuyo padre forma parte de los GAL en los años ochenta, y sus vínculos con otro que, este sí, ha sido real y su existencia impone, sin necesidad de adornos, pues es la terrorista Idoia López Riaño, conocida como la Tigresa. Como novela híbrida, a Las fieras se le ven en ocasiones las costuras. Pero eso no importa. Lo que importa es ayudarnos a conocer cómo funciona la cabeza de estos dos personajes, que actúan con fiereza, convencidas de sus motivos, empeñadas en su razón. De hecho, Usón no tiene ningún problema en darle voz a López Riaño de vez en cuando, en los momentos en que no se podría narrar mejor desde fuera.

La novela funciona como un tiro. Todo sucede deprisa, sin que apenas se nos permita instantes reposados. Está despejada de todo aquello que podría interrumpir la acción. Y nos habla, por un lado, de un momento que ya podemos catalogar como histórico, a pesar de que la gente de cierta edad lo recuerde casi como algo que sucedió hace bien poco, y por otro de una edad, una juventud que solo puede ser impulsiva. Nos transporta a una época en la que están presentes ciertas personas reales, muchas de ellas todavía vivas, que aquí funcionan como atrezo, ayudan a crear el ambiente en el que estas dos mujeres gestionan su rabia, sus dudas y sus certezas. De hecho, en algunos momentos de la lectura vamos teniendo la impresión de que lo que realmente pretende Clara Usón es hablarnos de las dificultades para ser mujer, exponiendo a sus protagonistas a los extremos, tensionando la cuerda hasta el límite. Lo que seguro que les resulta imposible es ser femeninas. Porque la hostilidad que se transmite solo es latente en los momentos en que estamos dentro de la vida familiar de ellas, mientras que es explícita en cuanto la vida pasa a ser pública. Esto nos lleva a preguntarnos si el terrorismo puede considerarse vida pública, dado que para nuestros personajes es imposible mantener una vida al margen, algo parecido a una vida normal, esa que tiene quien lee el periódico en una terraza los domingos por la mañana.

En realidad, están siempre conviviendo con el enemigo, sin que este sea necesariamente la persona a la que uno le pegaría un tiro en la cabeza. De ahí esta atmósfera escasa de oxígeno que posee la obra, que se resuelve sin agobiar al lector gracias a la actividad constante que va describiendo. Las fieras están convencidas de su justicia y su causa. Hemos comenzado hablando del intento de explicar los conflictos de la condición humana, y deberíamos terminar afirmando que está condenado al fracaso, dado que resulta imposible de resolver. Pero esto no es un fracaso. Sin ser conscientes de que jamás llegaremos a la solución no se habrían escrito las mejores novelas de la historia de la literatura. El terrorismo nacionalista y el terrorismo de Estado son un sustrato de sangre y violencia en la que no se puede crecer de una forma que no sea violenta. Esta violencia sirve para aportar una pequeña dosis que nos ayuda a conocer cómo somos mostrándonos lo que podríamos ser si las condiciones nos hubieran llevado a otro lugar en una época llena de escombros.


Fuente: Zenda

jueves, 4 de julio de 2024

ABRÁZAME, OSCURIDAD

 

Abrázame, oscuridad

Dennis Lehane

Traducción de Jofre Homedes Beutnagel

Salamandra

Barcelona, 2024

445 páginas

 



A la hora de construir lo que se conoce como una novela urbana, se tiende a reunir a un grupo de personas, dedicadas a labores que no se dan mucho en el mundo rural, alrededor de un cadáver. A la hora de redactar un thriller, lo que importa es la sangre. Un thriller urbano reunirá, por tanto, a la gente alrededor de varios cadáveres. No basta con uno, hay que aumentar la cuota. Ese incremento de violencia generará que de todos aquellos que puedan reunirse alrededor de los cadáveres sólo se mantengan en pie los más fuertes, los vacunados, los profesionales o quien tiene una motivación que le ayude a pasar por encima de las vísceras y los cuerpos despellejados.

Dennis Lehane (Dorchester, Massachusetts, 1965) además es especialista en tramas, en conseguir mantener al lector atento dosificando los golpes de efectos, los giros de la historia, la contundencia de la trama. Abrázame, oscuridad es una novela negra perfecta como artefacto narrativo. Se trata de una de las primeras novelas de Lehane, ahora recuperada por Salamandra, en la que ya demuestra su vocación y su talento. Más tarde vendrá Mystic River o los guiones de la serie The Wire. Hay un pequeño apunte en esta obra que la hace trascender al género, y que tiene que ver con el pasado de los personajes, sobre todo con el del protagonista, el detective Patrick Kenzie: su infancia ha sido durísima. En el caso de Kenzie, por culpa de un padre muy violento. El contraste entre este pasado y el empeño con el que desarrolla su oficio está más apuntado que elaborado, y daría para seguir investigando en él. Por el momento, lo que más nos preocupa no es que pueda desenredar la maraña de la memoria y el alma, sino resolver el caso que trae entre manos. Hablamos de varias muertes muy violentas que se anuncian con fotografías enviadas a los familiares.

La fuerza del caso supera con creces al protagonista, que cuenta con apoyo policial. En realidad, como en tantas ocasiones en la novela negra actual, el protagonista es un muñeco en el río del destino, y bastante tiene con intentar mantenerse a flote mientras trata de descifrar las pruebas. Hasta que llega el momento en que duda de poder proteger a su familia y salvarse él mismo.

La obra funciona a la perfección, con secundarios que van aportando a la trama momentos intensos, en función de su personalidad, o de sus carencias de personalidad. Con frecuencia nos damos cuenta de que estamos tratando con la locura, de la que nos rescata el oficio de Lehane como escritor y constructor de tramas. Abrázame, oscuridad es una novela que encantará a los aficionados al género, y que resultará bastante adictiva para quienes sean lectores ocasionales del mismo. Una novela estupenda sobre el bombardeo urbano constante, ese que nos llega con diferentes rostros agresivos y que puede llegar a torcerse para indagar por caminos oscuros y sangrientos.

SI UNA MAÑANA DE VERANO, UN VIAJERO

 

Si una mañana de verano, un viajero

José Carlos Llop

Alfaguara

Barcelona, 2024

113 páginas

 

 


«Y lo que ocurría era plácido y bueno». La sentencia aparece como una acotación y, sin embargo, resume el espíritu de Si una mañana de verano, un viajero. José Carlos Llop (Palma, 1956) nos remite a cultivar lo que nos complace, lo que nos hace mejores, olvidándonos de lo mundano, como que cada día es más difícil aparcar porque el mundo está demasiado lleno. El mundo es también un viaje interior, ese que él ejecuta cada mañana de verano acompañado de su perro, la música del romanticismo, Patrick Leigh Fermor, los parajes mallorquines y el mismísimo Ítalo Calvino al que homenajea en el título de esta obra. Enseguida reconocemos el tipo de poesía que Llop adora, la que nos acerca al territorio la belleza, la que nos han dedicado los hombres y las mujeres que tienen un gusto adorable y que jamás caerán en la pedantería. «Escribir es una forma de impedir la disolución de nuestra experiencia. Evitar que se diluyan todos los sentimientos y al hacerlo hallar en el arte no tanto su mausoleo como su recuerdo vivo», señala, aclarándonos de dónde surge la necesidad de esta obra, que a él le congracia con la confesión consecuente a la pregunta ¿por qué escribir?, y a nosotros con la idea de la bondad que supone leer.

Llop destaca por poseer una cultura amplia, que bebe de lo que nos agradaría que fuera popular porque sin duda posee armonía. Hay que congraciarse con el paisaje y con lo que recibimos por los sentidos. Y él ha encontrado en los veranos y en Mallorca la esencia de esta armonía. En realidad, ama el Mediterráneo como se pueden amar las cosas sencillas. De hecho, destaca la sencillez en su prosa y en sus intenciones: de lo que se trata es de compartir lo que le hace sentirse bien, y esta es una de las funciones, tal vez de los fundamentos, de la literatura: compartir supone aportar, ayudar, facilitarnos el paso por el valle de lágrimas, aprender a ver el vaso medio lleno e incluso a terminar de llenarlo con nuestra manera de entender el mundo. Lo que nos enseña Llop es a elegir de qué rodear la soledad que esencialmente somos. Y para ello nos muestra el contenido de su felicidad.

¿Qué es lo que más necesitamos? ¿Qué es lo que de verdad andamos buscando? Lo diremos utilizando el concepto al que Llop apunta pero que no llega a escribir: al final, todos anhelamos el descanso. Es cierto que cada uno de nosotros está hecho de distintas materias, pero hay un par de ellas que son comunes: el tiempo, que Borges tachaba de deleznable, y la aspiración a la calma. Llop indaga en todo ello a lo largo de estas páginas en que se entrega a la memoria, o a las memorias, porque uno va deduciendo que no es una única memoria la que nos construye. Hay una memoria sensorial, una memoria cultural y luego están los recuerdos, que eso sí son totalmente propios. Y además están las elecciones, lo que uno ha ido escogiendo para ser quien es, hasta el punto de que «los momentos en los que dejamos de ser otros, en los que dejamos que pase la posibilidad de serlo, son tan importantes como nuestras acciones».

Llop cierra un ciclo de treinta y tres veranos de su vida en una casa junto al mar, con memoria sin nostalgia, con poesía, son el saber estar que siempre ha caracterizado su obra. Cuando uno pone sinceramente su corazón al desnudo, y posee talento para la expresión, a los demás sólo nos cabe sentarnos a admirar.


Fuente: Zenda

lunes, 1 de julio de 2024

LOS VERDADEROS HÉROES DEL HIMALAYA

 

Los verdaderos héroes del Himalaya

Bernadette McDonald

Traducción de Rosa Fernández-Arroyo

Desnivel

Madrid, 2024

270 páginas


 


Ladakhi, astori, magari, sherpa, hunza, rai, gurung, bhotia... gentilicios con los que se conocen a los habitantes de distintos lugares del Himalaya y el Karakórum que han trabajado como porteadores, guías y que, finalmente, ellos mismos se han convertido en alpinistas tan buenos como los mejores en las grandes cumbres del Himalaya. Desde las primeras expediciones, hace más de cien años, hasta la actualidad, con todos los triunfos y todas las tragedias que pueden haber ocurrido en uno de los territorios donde la aventura no puede sino producirse encadenada al sencillo hecho animal de seguir respirando. Bernadette McDonald (Biggar, Canadá, 1951) nos trae en esta ocasión la historia de los escaladores de Nepal y Pakistán, volviéndonos a mostrar que su calidad como escritora supera, con mucho, a la que podría considerarse propia de alguien dedicado a un género tan magnético como es la literatura de montaña. McDonald posee el ritmo, el frenesí, el talento narrativo, la motivación, la capacidad creativa, la sabiduría enciclopédica y el amor por los personajes que precisa tener todo gran escritor.

Habíamos leído su biografía de Voytek Kurtika o su libro dedicado a los grandes alpinistas polacos de los años ochenta, Escaladores de la libertad, y ahora se entrega a rescatar a los que siempre han estado ocultos porque los medios de comunicación atienden, sobre todo, a la suerte de los alpinistas del país propio. Conocemos bien a los europeos y a los americanos, también a algún japonés y coreano, incluso sabemos de alpinistas de Sudáfrica, pero reconocer la valía y las grandes aportaciones de los alpinistas locales nos enfrenta a un nuevo punto de vista. A medida que avanzamos en la lectura, nos damos cuenta de que todas las historias que nos contaron, incluida la de la primera cordada en hacer cima en el Everest, estaban truncadas. Faltaba esta parte vital en la conciencia de la narración: conocer las emociones de quienes comenzaron estando al servicio de los alpinistas occidentales y terminaron protagonizando grandes hazañas. En este sentido, este libro es un motín necesario.

Es también una lección de geografía y de historia. Vamos a adentrarnos en los hábitats de pueblos que serían desconocidos de no aparecer en imágenes de documentales sobre alpinismo. Y así sabremos de su pobreza, que es la primera razón que les impulsó a dejar atrás un modo de vida que apenas daba para comer, y sabremos también de su energía, de su afán de superación. McDonald insiste, con frecuencia, en el viejo espíritu de cordada, narrándonos como grandes éxitos no ya las cumbres que se alcanzan, sino la solidaridad entre alpinistas, sean de la nacionalidad que sean. Es ahí donde se entretiene y muestra los puntos fuertes de su literatura: cuando la amistad se impone. Al fin y al cabo, los mejores momentos literarios no tienen tanto que ver con el despliegue de recursos filológicos como con la sensación de comulgar con un instante emotivo. McDonald nos hablará de quienes cargaron a sus espaldas durante días a montañeros lesionados, de Tenzing Norgay —el compañero de cuerda de Edmund Hillary en la primera ascensión al Everest—, de gente como Little Karim a quien se deben tantos éxitos en el K2, de quienes han subido docenas de veces al Everest para garantizar la cumbre de escaladores extranjeros. Nos iremos dando cuenta de que la historia que nos han contado sobre las grandes cumbres estaba mutilada por un espíritu que también es colonialista. Será ese amotinamiento el que trascienda en esta ocasión, el que otorgue al libro ese punto de azúcar que nos empuja a definirlo como necesario. Por lo demás, ya lo conocíamos de obras anteriores, Bernadette McDonald vuelve a mostrarse como una gran escritora, alguien con un enorme talento y una inmensa capacidad de trabajo.


Fuente: Zenda

viernes, 28 de junio de 2024

LAS VOCES DE QUIMERA

 

Las voces de Quimera

Jofre Casanovas (editor)

Montesinos

Barcelona, 2024

614 páginas

 

 


Para aprender a estar en este planeta conviene prestar atención a cómo se han girado hacia él nuestros maestros. En buena medida, eso es lo que esperamos descubrir cuando leemos una entrevista a alguien que admiramos: «por favor, dime qué es lo que tengo que hacer para entender que puedo ser feliz en este mundo». Si su obra, su efecto, su paso por la superficie de la tierra nos ha ayudado, confiamos en que también nos ayude su saber estar. Esta selección de entrevistas que se publicaron en la revista Quimera en la década de los ochenta es un cubo de Rubik en el que se atiende no sólo a la literatura, sino también a proyectos vitales. Aunque debemos aclarar que en cada entrevista el protagonista se centra, mayormente, en una de las facetas de su vida: su creación literaria, su forma de ver el mundo, sus circunstancias vitales. Leídas cuarenta años después, siguen siendo, eso sí, reveladoras.

Quimera nace en noviembre de 1980 como una revista de fondo. No se trata tanto de atender a la actualidad como de atender a la literatura, que carece de caducidad. Miguel Riera, su fundador, en la entrevista que se le hace a modo de prólogo, califica esta etapa literaria como deslumbrante, por la irrupción de la literatura latinoamericana, por la divulgación de la gran literatura europea y por coincidir con un periodo, en España, de instauración democrática. Las entrevistas son extensas, fruto de encuentros en los que el entrevistador se puede entretener con el escritor, lo cual nos sorprende en esta época, en la que se busca el impacto de una opinión en pocos caracteres. Cabe destacar, también, que quienes llevan a cabo las entrevistas —Miguel Riera, Carme Riera, María Dolores Aguilera, Ciro Bianchi Ross, Luis H. Castellanos, Juan Francisco Martín Gil, Ubaldo de Casanova Todoli, Susana Camps, Ramón Freixas, Ana Rodríguez Fischer, Daniel Fernández, Alicia Giménez o Ana María Moix— demuestran conocer al dedillo la obra del autor entrevistado. En algunos casos puede no ser muy complejo, dado que se acercaron a él tras el éxito de alguna de sus primeras obras, que ocasionaron bastante impacto —Bernardo Atxaga, Antonio Muñoz Molina, Eduardo Mendoza—, pero esto se vuelve más valioso cuando se habla con autores muy consagrados: Susan Sontag, Thomas Bernhard, José Lezama Lima, Gonzalo Torrente Ballester. En total son cincuenta las aproximaciones que hacemos a escritores que, al echar la vista atrás, nos damos cuenta de todo lo que les hemos querido.

Pero al leerlas actualmente no es el cariño lo único que se impone: acudimos al recuerdo y reconocimiento de lo que nos ha formado. Nos ayudan a desvelar de dónde venimos, nos explicamos por qué hemos construido estas leyendas, y a qué se debe que necesitemos de que permanezcan con nosotros: hablamos de ideales, hablamos de creación, hablamos de comprensión, hablamos de esa paradoja que conlleva la coexistencia de la literatura con la vida, que nos orienta por tantos caminos. Da igual que estemos tratando de técnicas literarias o de poner el corazón al desnudo, lo que importa es conocer lo que les ha construido, que es lo que nos está construyendo a nosotros. Recuperar estas entrevistas es mucho más que un acierto editorial: antes hemos dicho que la literatura no caduca, a lo que debemos añadir su carácter universal. No se trata de competir por saber en qué país han crecido los mejores autores, sino de darnos cuenta de que su obra está ahí para todos. Por eso cuando se expresan en una entrevista, tienen en cuenta que hay mucha más gente detrás del entrevistador, de ahí que nos encante encontrar en ellos trozos de humanidad. Sólo cabe invitar a los lectores a enfrentarse a este volumen, que actualiza lo que no debería haberse escondido jamás.


Fuente: Zenda


lunes, 24 de junio de 2024

TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

 

Triste, solitario y final

Osvaldo Soriano

Altamarea

Madrid, 2024

171 páginas

 



Una aventura es un suceso extraño. Extraño por lo poco frecuente, y extraño por lo complejo que resulta salir de allí, terminar el suceso, liquidarlo para volver a lo normal. Extraño es que dos de tus mitos se encuentren. Por ejemplo, uno de los reyes de la comedia cinematográfica y uno de los reyes de la novela negra: Stan Laurel y Philip Marlowe. Osvaldo Soriano (Mar de Plata, 1943 – Buenos Aires, 1977) recurre a esta estrategia, la de reunir dos ideas casi imposibles de combinar, como principio creativo de Triste, solitario y final, la que fue su primera novela. Pero la dupla no responde del todo a sus pretensiones, por lo que elimina a uno como objeto activo, pasando a ser objetivo de la investigación, y se coloca a sí mismo como compañero del investigador, que no puede ser otro que Marlowe, quince años más tarde de que nuestros dos admirados héroes se conocieran. Hay que averiguar qué ha sido de Stan Laurel, de la persona que representa el mito del humor. No se trata tanto de un recurso metaliterario, que como tal funciona a modo de ironía al romper la cuarta pared, como de representarse a uno mismo en una situación soñada. Triste, solitario y final responde, en buena medida, a la forma de soñar de los adolescentes: Me gustaría verme involucrado en una aventura de acción, luchando por mi ideal a puñetazos, si es necesario, y teniendo siempre en boca una respuesta con el punto de cinismo exacto para dejar a los demás sin palabras; y, además, ir acompañado por el aventurero mítico en ese ambiente, por Tarzán, Flash Gordon o Philip Marlowe.

Junto a tu ídolo descubres que no siempre la aventura, la acción, será agradable, porque de serlo no habría nada por lo que actuar, pero que lo mejor será ir descubriendo que puedes igualarte a tu ideal. La estructura que Soriano idea es muy sencilla, y nos remite a un encadenamiento de sucesos. A ritmo de galope no se le permite al lector ningún descanso, ni siquiera entreteniéndose cuando otras estrellas de Hollywood aparecen por allí, y demuestran no ser nada encantadoras. No importa, Soriano nos demuestra que son asequibles mediante los sueños y nos advierte de lo que puede suceder, el desencanto, si saltaran de la pantalla del cine de verano a la realidad, si dejaran de ser publicidad y gloria. De lo que se trata es de demostrar que el aburrimiento se combate con la imaginación o que, de hecho, el aburrimiento es el mejor sustrato sobre el que hacer crecer la imaginación, es motivación, es chispa. Y lo que se prende es acción, es movimiento, aunque se limite a estar dentro de la cabeza, que es el lugar idóneo para permitirse rozar lo absurdo, saltarse las reglas de la verosimilitud, soñar lo prohibido, pensar contra corriente.

Aventura se llama a los avatares amorosos fuera del matrimonio, a los viajes improvisados, a la conquista de los polos, de los tres polos, el norte, el sur y el Everest. Aventura se llama a adentrarse en territorios no aptos para la vida humana o a convertirse en un justiciero nocturno disfrazado de murciélago. Pero la aventura, la que nos iguala, esa a la que todos tenemos derecho y que a todos nos es dado protagonizar, ese suceso extraño que nos saca de la rutina, tiene lugar dentro de la cabeza, con los engranajes de la imaginación. Ahí podemos no ser dueños de nuestro destino el tiempo que nos dé la gana, y terminar por dominarlo, por volver a tomar las riendas de nuestra vida. Esta aventura es descanso a la vez que acción. De esto trata esta novela de Osvaldo Soriano, de esta necesidad adolescente que permanece para siempre diluida en la materia de la que estamos hechos.


Fuente: Zenda

viernes, 21 de junio de 2024

LOS EXPERTOS ESTÁN PERPLEJOS

 

Los expertos están perplejos

Laura Riding

Traducción de Paula Zumalacárregui Martínez

Greylock

Navarra, 2024

153 páginas

 



Escribir una narración sin héroes ni traidores, sin fracasados ni suicidas, nos lleva a la calle por la que uno camina esquivando la basura que se arroja al pavimento, al lugar donde la gente es feliz si lleva una bolsa con algo recién comprado, que ha sido el acto que le salvó del bostezo de tedio. Es muy poca la ideología que hoy reclama una revolución, aunque sí campa a sus anchas la rabia. Esto es algo que sabemos o intuimos todos, lo extraño es pensar que alguien sintiera algo parecido en la etapa entre guerras. Este es el caso de Laura Riding (Nueva York, 1901 – 1991), o al menos esa es la impresión que uno tiene tras leer Los expertos están perplejos. Publicada por primera vez en 1930, cuando la autora era muy joven y se dedicaba sobre todo a la poesía, nos lleva en tromba hacia el desconcierto. Las piezas que componen este libro son muy neuróticas, aunque se trate de una neurosis intencionada. El juego que nos propone la autora es el de llevar las paradojas al extremo, las pequeñas paradojas, las de la vida cotidiana, a base de contradicciones en el lenguaje. Leemos estas piezas asistiendo a un balanceo constante. Y los balanceos, ya es sabido, suponen un movimiento constante, pero no llevan a ningún sitio. De lo que se trata es de agitar, de incomodar.

Pero ¿qué necesidad existe hoy, y existió entonces, de expresarse así? Riding nos lleva al absurdo de la condición humana, ese fenómeno que no se superará jamás y que conviene recordar constantemente: podemos progresar en ciencia, en filosofía y en arte, pero nos mantenemos absurdos. Las apelaciones al lector desconcertado son constantes, y si el lector no acude al texto desconcertado, saldrá así de él. Estamos hechos de la contradicción del orden y el caos; estamos hechos de los antónimos de la palabra certeza, pero nos resistimos a vivir con los pies en el aire. Riding escribe con trucos de trilero, nos demuestra esa forma de creatividad que puede ser popular y no carece de inteligencia, y resuelve la reivindicación de la libertad creativa con una escritura que roza el automatismo, pero posee ritmos. En buena medida, lo que pretende es recordarnos que hablamos mucho, pero apenas decimos nada.

Aunque lo mejor, para saber a qué va a enfrentarse el lector, tal vez sea una cita extensa. Con este párrafo comienza la pieza titulada Un mensaje para lo Estados Unidos de América:

«Esto es un mensaje. Muchas personas en la historia del mundo han deseado mensajes y, en respuesta, muchas personas han tratado de darles mensajes. Muchas personas han tenido claro que no querían mensajes tras observar que los que se transmitían en respuesta a los deseos de mensajes de las personas resultaban ser tontos, incomprensibles o al menos no tenían nada que ver con los asuntos sobre los que se pedían mensajes. Y las personas que tenían claro que no querían mensajes, es decir, poesía, obtuvieron lo que querían, es decir, filosofía, es decir, sus propias opiniones, es decir, nada definido, es decir, nada que interfiriera con su libertad de acción. Así pues, la filosofía sucede allí donde la gente aún tiene margen de desarrollo y sus características no están determinadas del todo, del mismo modo que la poesía sucede allí donde la gente ha llegado tan lejos como podía y necesita que se le diga que se ha detenido y la religión sucede allí donde la gente aún no ha terminado consigo misma y aún no está preparada para recibir un mensaje, pero le gustaría recibir un mensaje porque está cansada: la religión es el cansancio de la gente».

martes, 18 de junio de 2024

SÉ MÍA

 

Sé mía

Richard Ford

Traducción de Damiá Alou

Anagrama

Barcelona, 2024

393 páginas


 


Envejecer significa darse cuenta de que ha sido imposible, y lo será los días que a uno le quedan por delante, tener un ápice de control sobre el destino: «Si buscas una característica de la vejez es esta: no olvidarte de lo que sabes y de que tienes poco o ningún control sobre lo que ocurre». Esto nos lo dice Frank Bascombe, que está entre los primeros puestos de los personajes más interesantes que se han creado en las últimas décadas. Tras El periodista deportivo, El día de la independencia, Acción de gracias y Francamente Frank, Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) le coloca en la última situación en la que nos gustaría encontrarnos, solitario y enfrentado a la enfermedad terminal de su hijo. Un viaje al monte Rushmore como ceremonia de despedida, como demostración de que siempre ha sido y será un padre digno, nos hablará, a la vez que hunde los pies en los efectos de la senectud, de lo que supone la paternidad. Verse como anciano y verse como padre son los dos filtros por los que circula la literatura, que vuelve a ser de altísimo calado, muy humana, que transmite esta novela.

Ya sabemos que Ford es capaz de encontrar en la descripción de lo que se ve durante una vida cotidiana toda la profundidad que se esconde tras las fachadas. «El agua circula por las tuberías de detrás de las paredes», comenta Frank Bascombe, en una frase que podría significar la reducción metafórica de la literatura de Richard Ford. Conoce esa agua por lo que ha vivido y por lo que ha leído, y por lo que se ha detenido a contemplar lo que ha leído y lo que ha vivido. Hay un cierto espíritu naturalista en esto, por la naturalidad y cotidianidad que aparecen representadas, pero el naturalismo de Ford es parcial, es subjetivo, y en este caso, se impone la duda, que es lo contrario a la realidad: «Que, al fin y al cabo, es para lo que estamos aquí: para darle a la vida todo lo que se merece, sin importar el tipo de persona que seamos. ¿O me equivoco?». Frank Bascombe tiene aquí setenta y cinco años, y su hijo cuarenta y siete y un estado avanzado de una esclerosis lateral amiotrófica galopante. Sus dudas, porque en esta situación es imposible mantener certezas, se equilibran con el tono natural que siempre ha impuesto a su comunicación con el lector: «De todos modos, espero que no sea así; cuando a esas horas me pregunto qué estoy haciendo (una buena pregunta para plantearse en cualquier momento), mi respuesta es: intento que vivir le gane la partida a morir, permanezco con vida para que el momento en que mi hijo deje atrás la vida no se sienta solo». Elude la reflexión concluyente, excepto en las maravillosas páginas finales, donde tampoco impone su punto de vista, porque está todo el rato dudando acerca de qué es lo que constituye la realidad, cuestionándose qué supone vivir en los tópicos, en lo vulgar o frecuente, en lo que ya damos por supuesto que es lo propio, porque está instalado a conciencia, en la variedad de cosas y asuntos que esconden o construyen la realidad norteamericana de clase media. En ese sentido por un lado desvela, saca a la luz lo que no está oculto pero es evidente, como el niño del traje nuevo del emperador, y por otro construye ese mundo para el lector.

Con la duda de estar siempre en la posibilidad de equivocarse, nos sugiere que tal vez en eso consista la única sabiduría que nos facilita el haber vivido, que tal vez no haya versión más humana de la sabiduría. Así describe el entorno alguien que en el terreno del amor revive la crisis de la mediana edad. No se trata tanto de que sucedan muchas cosas a lo largo de las casi cuatrocientas páginas de la novela, como de demostrar que son muchas las cosas con que ha ido llenándose una vida, la vida de este tipo solitario que comparte su soledad con su hijo enfermo: «Siempre ha sido mi problema: el aislamiento espiritual delo demasiado malo y lo demasiado bueno». Estamos frente a un ser moral, sí, de una moralidad que puede afectarnos porque podríamos reconocer en él a alguno de nosotros: «Una parte cada vez mayor de la vida se parece extraordinariamente a todo lo que no es la vida…, al menos para mí. La salud a la enfermedad, el sueño al despertar, la alegría a la pena, la sorpresa a la indiferencia». En realidad, no sabemos si la vida va bien o no, porque la vida no se trata de resolverla a golpe de éxitos, sino de tolerar, tolerar lo que hay que hacer y lo que hay que ser a la hora de convivir. Frank Bascombe tiene en el lector un efecto tan devastador como agradecido: es enormemente sincero, incluso con lo que más le importa: «A veces mi hija tiene en mí efectos perturbadores. A decir verdad, no me cae muy bien». Estamos hablando de una creación genial, de una saga maravillosa que hará de Richard Ford uno de los mejores novelistas de los últimos cincuenta años. Tal vez el mejor.


Fuente: Zenda

miércoles, 12 de junio de 2024

UNA NOCHE DE LUNA

 

Una noche de luna

Caradog Prichard

Traducción de Ismael Attrache

Muñeca infinita

Madrid, 2024

151 páginas

 

 


Para entender cómo es posible que a Caradog Prichard (Bethesda, 1904 – Londres, 1980) se le ocurriera crear esta novela, una de las mejores que se han escrito el siglo pasado, conviene conocer un poco de su biografía: nació y creció en un pueblo galés dedicado a la extracción de pizarra, desde donde vivió crisis de calado, como la Primera Guerra Mundial; su madre, viuda (su padre falleció contando él cinco meses), terminó internada en un sanatorio mental, tras pasar muchos años de apuros intentando sacar a la familia adelante; él emigró siendo adolescentes para dedicarse al periodismo en cuerpo, y a la poesía en alma, lo cual le facilitó bagaje para expresar nostalgia o culpa, contando con unas formas expresivas que son puramente compasivas. Una noche de luna hace referencia a la luz que embriaga esta magnífica obra, llena de una humanidad que, como se corresponde a los misterios en que nadamos, no cesa de arrojar magia. Es una novela conmovedora, en la que un muchacho de alrededor de diez años nos habla desde el presente, y en ocasiones desde el futuro, cuando será el adulto el que recuerde, el que regrese. Este regreso contiene la materia de los sueños, que es tanto como decir de los deseos y de los miedos. Este regreso literario será una forma de saldar cuentas, o más bien de intentar saldar cuentas, pues al final la literatura no cauteriza ninguna herida. Eso sí, nos ofrece magníficas rutas para convencernos de que las heridas se pueden cauterizar.

Las cuentas que Prichard y su muchacho pretenden saldar tienen que ver con la locura. En las primeras páginas asistimos a tragedias e imágenes terribles, como el epiléptico que tiene un ataque en un sendero, los indicios de alguna perversión sexual o un suicidio, una obsesión que acompañaría al propio Prichard durante buena parte de su vida. Pero el tono en que nos habla es de una ingenuidad acogedora: por momentos pensamos que nos vamos a enfrentar a un Tom Sawyer galés, que habrá felicidad, y es que sí hay indicios de que a poco que cambie la suerte, será un niño feliz. Ahí están los amigos, por ejemplo, para recordárnoslo. Aunque alguno de ellos también fallecerá, y esto no dejará de ser un ancla de realismo en un mundo donde lasa sombras y los recuerdos tienen la consistencia de la luz de la luna.

Este niño debería estar comenzando a aprender a construir su personalidad, apunta a la pubertad, idealiza y convive con todo emocionalmente, tanto cuando participa como cuando es espectador, aunque por lo general es ambas cosas a un tiempo. La presencia de la madre como faro, nos lleva a considerar que por mucho que la muerte o la demencia sean los temas más concretos de la novela, ser hijo, la maternidad considerada desde el punto de vista de un hijo, es el eje sobre el que pivota la necesidad de escribirla. Pero en los momentos en que un verbo nos hace darnos cuenta de que no es tanto un relato en primera persona como un hombre que busca a la madre que tuvo y cuyo fin le resulta complicado de perdonar, no podemos evitar considerar que la novela tiene, también, como finalidad crear una despedida, la que en su momento no pudo producirse. Estamos frente a una de esas obras que se le imponen a su creador, una de las que nos hacen mejores, porque nos habla de la necesidad de ser mejores que han sufrido los demás. Una obra que es a la vez un desafío y un descanso, que impacta y nos da aliento. Es una ceremonia de expiación, cuyo objetivo tal vez no alcance nunca. Pero para nosotros conquista la cima de la literatura y nos sugiere que debemos de leer muchas veces esta novela, tantas como sea posible, porque no cesaremos de encontrar en ella lo que nos hace dignos de ser humanos.


Fuente: Zenda