jueves, 30 de abril de 2026

SIEMPRE EN CASA, SIEMPRE LEJOS DE CASA

 

Siempre en casa, siempre lejos de casa

Hannah Kent

Traducción de Laura Vidal

Alba

Barcelona, 2026

349 páginas

 



Cuando uno es un ser hipersensible, necesita encontrar dónde refugiarse. Está muy bien eso de tener una cueva o una cabaña en el bosque, pero el refugio no tiene por qué ser siempre un lugar concreto, pues también puede ser el mejor año de tu vida. Esta es una de las funciones salvadoras de la memoria: regresar siempre que quieras a los momentos en que fuiste feliz. Antes, los refugios eran sueños, hasta que la vida, y tu lucha en la vida, te permitió ese año maravilloso en que viviste de forma casi idéntica a como te hubiera gustado que fuera la vida. Nadie dijo que ni siquiera esa etapa fuera a ser del todo sencilla, pero no hay camino sin baches y la memoria sabrá destilar lo que nos interesa, que es una lección de felicidad que tiene que ver con el entorno y, sobre todo, con el entorno humano.

Esto es lo que refleja Hannah Kent (Adelaida, Australia, 1985) en esta obra, que ya revela su intención en el título: Siempre en casa, siempre lejos de casa. Kent viajó a las antípodas de su país, a Islandia, para conocer la nieve durante un año de transición, el equivalente a segundo de Bachillerato en nuestro país. Con diecisiete años quiere conocer lo que se supone que es su antimundo, lo contrario a la zona de confort, para sentirse viva. A estas alturas, ese atrevimiento puede considerarse como una aventura. Aquí habría que definir qué es una aventura, dado que no vamos a explorar selvas ni a subir cumbres vírgenes. Aventura es lo que nos empuja a madurar, aventura es las vivencias que nos son especiales y que podemos compartir, porque los demás pueden identificarse con ellas y sentir envidia, dado que ellos no ponen en marcha los mecanismos para algo tan sencillo y tan significativo. Aventura es un relato de iniciación, de crecimiento de transición al mundo adulto, aunque esto nos obligaría definir en qué consiste ser adulto. En el relato de Kent está claro: adultos son aquellos que se comportan de forma humana, generosa, pacífica, social. Adultos son los que facilitan la integración y te enseñan a querer.

Hay que tener en cuenta que nos habla un adulto, pero la voz trata de reproducir las sensaciones de un adolescente, que es pura emoción. Kent es muy sensible a la belleza, que reconoce en todos los lados, en los copos de nieve, en el viento y en los paisajes. Como es fácil imaginar, Kent es una muchacha que se está enamorando sin que el amor esté dirigido hacia una persona concreta. Esta será la esencia de la primera parte del libro. Luego pasarán los años y Kent regresará en varias ocasiones a Islandia, el país del que sigue enamorada. De hecho, el relato más amplio de sus retornos lo ocupa aquél en que nos habla de la investigación para su primera novela, Ritos funerarios, centrada en el caso de una asesina, bastante popular en el país, que fue la última mujer decapitada por la justicia, a la que Kent se esforzará por comprender.

En realidad, de lo que nos va hablando Kent en esta obra es acerca de los pasos más importantes en su formación, de cómo va creciendo en ella es espíritu creativo, sin que nos aturda con lecturas y ensayos sobre lecturas. Porque demuestra que lo más importante incluso en este ámbito, sin duda, será conocer buena gente.

miércoles, 29 de abril de 2026

SIRENAS, LEONES Y OTROS ENCUENTROS INESPERADOS

 

Sirenas, leones y otros encuentros inesperados

Jacinto Antón

Salamandra

Barcelona, 2026

334 páginas

 

 


Lo primero que se puede decir, tras leer esta recopilación de artículos de Jacinto Antón (Barcelona, 1957), es que nos engañaron, que la geografía no consiste en la enumeración de cabos siguiendo el contorno de la península en el sentido de las agujas del reloj: la geografía es, en mano de Antón, la ciencia más entretenida, lo que más merece la pena estudiar, conocer. Y, a ser posible, de primera mano. Uno quisiera haberse dado cuenta antes, cuando estaba a tiempo de saltar de lugar en lugar, de interés en interés, para llevar ese tipo de vida que se refleja en las palabras de Antón: a tono con el buen humor, con la curiosidad más sana, mostrando que vivir supone no enfadarse y dejarse sorprender incluso por aquello que uno esperaba encontrar, que es algo que contradice un poco el título de la obra: Sirenas, leones y otros encuentros inesperados. No importa. De lo que se trata es de llenar la vida de energía, de esa energía que nos transmite que pasar por este planeta es interesante, es estar en las cimas. Nuestro punto de vista, nuestra postura, será la que nos libre de la idea de que hemos venido al mundo a sufrir, a penar en este valle de lágrimas. Por eso leemos agradecidos a Jacinto Antón. No pudimos protagonizar nosotros estos recorridos, pero no se nos niega disfrutarlos a través de los cinco sentidos de los demás.

Dado que el espacio del que dispone el autor es limitado, al tratarse de textos que se reproducirán en un periódico, vamos a encontrarnos con lecturas que son más explosivas que líricas, y de una épica muy a ras de tierra, con la que resulta sencillo identificarse. No es fácil reproducir un trozo de mundo, una experiencia transformadora, en un número limitado de caracteres, así pues, Antón elige hacerlo mostrándose como el coprotagonista, siendo el otro partícipe de la crónica el centro de interés que le lleva al destino: un suceso histórico, un personaje, algo extraño, un animal. Asistimos al reencuentro con leyendas, expresados de tal manera que tenemos la sensación de que el trabajo de Antón se asemeja al de los paleontólogos, desenterrando leyendas que ya existían y que estaban un poco echadas en el olvido. El oficio de aprender es aquí el oficio de recordar lo que un día se supo. La única lástima que sentimos es esta impresión que va quedando de que los desplazamientos serán breves, intensos, pero demasiado breves. Aunque lo que importa es lo que han significado para el autor, cuya suerte compartimos. En realidad, estamos aprendiendo junto a él.

Tal vez el alma del libro sea el ansia de libertad o de las libertades, pues esta emoción no es única, como iremos comprobando a través de los encuentros que conoceremos. De hecho, no podemos dejar de sospechar que tras estas libertades está un cierto espíritu de gente valiente, en el sentido en que son valientes los héroes de las películas: «El esplendor y la noche se precipita para devastarnos, el amor y su desintegración; lo que hemos vivido», concluye cuando habla de James Salter. Aunque es más concluyente, en este sentido, cuando reproduce las palabras de Fenimore Cooper: «Carecía de ese valor moral sin el que ningún hombre es verdaderamente grande». Salter, Fenimore Cooper, pero también Conrad, Patrick Leigh Fermor, Jan Morris, las lecturas, los autores míticos, la otra cara del viaje, sin la cual no podríamos saber nada de ello ni de la aventura, que es la de quien supo sentarse luego a escribir, dar testimonio de que uno ha vivido, o al menos ha vivido momentos tan buenos como para que merezca la pena compartirlos.


Fuente: Zenda

miércoles, 22 de abril de 2026

OBJETOS PERDIDOS

 

Objetos perdidos

Karla Suárez

Comba

Barcelona, 2026

217 páginas

 

 


Enfrentarse a las regiones más oscuras de la vida es algo muy personal. Será complicado que triunfen las recetas universales, lo cual nos lleva a buscar entre las opciones que podamos idear cuál es la que mejor funciona para nosotros. Por ejemplo, como le sucede a la protagonista de esta novela, bailar. Bailar incluso sin música, en la calle, en soledad, con el ruido del tráfico o de los turistas que se agolpan en los alrededores de la Sagrada Familia. Pero Karla Suárez (La Habana, 1969) crea algo más que una mujer necesitada de terapia en esta obra, porque la complejidad del personaje, que es lo que sostiene al relato, es lo bastante potente como para que nos importe, y mucho, su suerte. De entrada, la conoceremos como a una persona desubicada, como a alguien que padece el síndrome de Ulises, pues no deja de ser una cubana alejada de su tierra. Aunque en su tierra tampoco pudo ser feliz.

Suárez idea una narración en la que lo que está sucediendo es bastante sencillo, pero lleva, constantemente, a la protagonista a revisitar periodos de su vida en una ida y vuelta con la memoria, que muestra ser pendular y responder a estímulos que avivan. La trama es muy sencilla: la protagonista emprende un viaje con su pareja, les roban, discuten, sale corriendo, se pierde; en lugar de vagar por Barcelona, que es donde sucede el desencuentro, decide ponerse a bailar en un lugar de la calle, cerca de la Sagrada Familia, porque sabe que su mejor amigo vive por esa zona, confiando en que sea él quien la encuentre. Se comportará como un vagabundo, recogiendo el dinero que le dejan los transeúntes, durmiendo en los bancos de las plazas, comiendo pan y bebiendo leche. Todo sucederá en un periodo de cinco días, entre los que se incluyen los dos últimos, en los que la resolución y, sobre todo, lo que motivó el problema, el trauma, comienzan un posible exorcismo. Digamos, sin ambages, que esta última parte es de un valor enorme, que cuando descubrimos los porqués nos quedaremos helados y nos mantendremos fieles junto a esta mujer, Giselle, para quien vivir es una heroicidad. Nada hay como comprender para darse cuenta de qué lado debemos estar.

A todo esto, lo que irá formando parte de la terapia no será solamente el baile, pues el hallazgo de una cartera perdida, propiedad de un desconocido, y el diálogo que Giselle entabla con ella, contribuirán a ordenar los pensamientos y los sentimientos de la protagonista. Reconstruir a los demás ayuda a reconstruirse a uno mismo. Así es como va comprendiendo lo que le sucedió en el pasado: su infancia y esa adolescencia en la que se quedó embarazada y entregó a su madre al bebé, para que lo criara como si fuera su hermana; o la relación, que no termina de ser cómoda, con su novio. Todo irá quedando en su lugar a medida que vayamos conociendo primero los hechos y luego las explicaciones, primero las pesadillas y luego el desahogo. Lo que nos recuerda Suárez, una vez más, es que los secretos, los grandes secretos, agreden, aunque nos parezcan algo inerte. En el caso de Giselle, la llevarán a una pérdida enorme de la confianza en sí misma, que tendrá que inventar para sobrevivir a unos días de vagabundeo. Su única certeza, su único cimiento, era el baile. Su dificultad para las relaciones, para las amistades y para los vínculos tras el enamoramiento, eran demasiado patentes, excepto con el amigo a quien busca en Barcelona, que tal vez fue su único refugio, la única persona que pareció comprenderla. Con todo esto, Karla Suárez construye una novela magnética, dinámica, en la que no sobre una sola frase, en la que todas las palabras están puestas al servicio de la actuación, que sucede a pleno galope. Objetos perdidos será una experiencia que le merecerá la pena al lector, eso seguro.

lunes, 20 de abril de 2026

UN LIBRO

 

Un libro

Fabrice Gaignault

Traducción de Vanesa García Cazorla

Muñeca infinita

Madrid, 2026

89 páginas

 



De los dioses que hemos creado, los más próximos a una verdadera divinidad tienen que ver con la poesía y no con la ciencia. La ciencia implica ramas del conocimiento que son capaces de medir, mientras que nadie sabe las cantidades que se implican en la poesía. De hecho, el mal es mensurable, mientras que el bien no tiene medidas. Se sabe a cuántos niños ha matado un bombardeo, cuántos adolescentes fallecieron en un tiroteo a un instituto, y hasta se mide en dinero el daño que supone a la economía de un país el resultado de una guerra. Se pueden contar los soldados que componen un ejército y hasta las balas que compran para disparar al enemigo que está compuesto, a su vez, por otras personas. Pero no podemos medir la belleza, no podemos medir la generosidad ni la solidaridad. ¿Cuántas vidas han salvado las flores? Sabemos a cuánta gente consiguió librar Schindler de una condena en un momento determinado, pero no podemos medir todo el bien que hubo en ello, porque las consecuencias no terminan allí. Como no podemos medir de cuántas depresiones ha librado al mundo la música, pero sí saber cuántas pastillas de neurolépticos se venden.

Consciente de ello, Fabrice Gaignault (1956) reivindica el bien a través de un caso concreto, el de Primo Levi y su situación al límite en el campo de concentración de Auschwitz. Levi está a punto de extinguirse y los presos están a punto de ser liberados. Cualquiera de las dos cosas podría suceder en los próximos días. Pero un médico griego arroja a Levi una tabla de náufrago, un libro. Gaignault, como Levi, pertenece a la estirpe de los tipos que beben el elixir de la vida en la literatura, de la gente a la que los libros le salvan del desconsuelo de existir. Al fin y al cabo, la literatura, la música y, en definitiva, el arte no tiene otro sentido. Cualquier estudio dará vueltas para entretenernos con las órbitas del arte, pero el contenido seguirá siendo la búsqueda de la felicidad. Incluso en momentos límites, momentos perversos, de maldad, cuando el resultado de lo que uno está viviendo se podría medir: se sabe cuánta gente pereció en campos de exterminio, cuántas familias se destrozaron. Y se sigue ignorando a qué se agarraron los que salvaron la vida, los que luego, como Levi, no fueron capaces de entender por qué ellos no habían muerto. Porque el límite de la literatura, la música, el arte, es la incapacidad de explicar el mal, que es medible, pero inexplicable.

Un libro es un relato breve que se construye a partir de un hecho pequeño, pero significativo, demoledor. Gaignault limpia la prosa para permitir que nos centremos en lo emocional, y añade alguna referencia a otros autores, como Shalámov, que vivieron experiencias semejantes a la de Levi. Los destellos de lo humano, que no siempre aparecen en los hombres, son lo que nos mantendrá a flote. Y estos destellos, esta humanidad, siempre tendrán que ver con el bien, con la bonhomía, con lo inconmensurable. Como nos recuerda, este precioso libro, a partir de uno de los casos más misteriosos de la historia de la literatura.

miércoles, 15 de abril de 2026

¿ESTÁN VIVOS LOS RÍOS?

 

¿Están vivos los ríos?

Robert MacFarlane

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Random House

Barcelona, 2026

433 páginas


 


Está claro que Robert MacFarlane (Halam, Inglaterra, 1976) sabe a quién llorar. Su proyecto literario está vinculado a la naturaleza, que es donde uno encuentra vida en estado más puro. Nuestras vidas son los ríos, el río como metáfora de la vida. En obras anteriores lo fueron las montañas, los retazos de naturaleza virgen y hasta el subsuelo. Ahora vuelve al río, al lugar donde podríamos bautizarnos. La pregunta que da título a la obra, ¿Están vivos los ríos?, es significativa: si acabamos con ellos, acabamos con algo más que un curso de agua. Los ríos son todo lo que llevan dentro y todo lo que sobrevive a su alrededor. No son solo cauces llenos de líquido. Conviene preguntarse, antes de entrar a responder, qué es esto a lo que llamamos río. Para ello MacFarlane programa tres viajes: el primero a la selva nubosa de Ecuador, el segundo a los alrededores de Chennai, en la India, y el tercero a un lugar alejado de Canadá. Cada viaje con diferentes compañeros y con diferente espíritu.

A la hora de trasladar su experiencia, de reflejarla en negro sobre blanco, MacFarlane elige una estrategia más próxima al libro de viajes que en sus obras anteriores. Aquí las reflexiones las pondrá el lector, mientras el autor va desvelando sus pasos, que son pasos que nos van encaminando hacia el conocimiento, hacia el respeto. Lo que uno tiene la impresión todo el rato es de estar participando, junto a él y a sus amigos, de una lucha contra una larga derrota. Que estemos perdiendo esta lucha se ve, sobre todo, en el segundo de los viajes, donde los ríos que entran en la ciudad de Chennai y en las de sus alrededores, han muerto: demasiada polución, demasiada manipulación. Cabe, eso sí, alejarse un poco y dirigirse hacia zonas costeras próximas a las desembocaduras, donde desovan tortugas oliváceas, que se convierten, un poco, en el animal fetiche de este relato. Acompañado por un joven biólogo que padeció maltrato infantil, conoce este trozo de mundo que padece ecocidio y el reto de salvar algo, lo que se pueda, aunque sea durante unos pocos segundos. Y va aprendiendo algo así como una teología de la naturaleza.

Antes hemos paseado junto a él y a unos compañeros muy peculiares, por la selva de Ecuador, donde el ser fetiche no es un animal, sino una seta. El riesgo en que está esta región no es por desarrollo urbanístico, sino por extracciones mineras. Pero Ecuador ha sido el primer país en recoger en una constitución los derechos de la naturaleza, algo sobre lo que se habla de vez en cuando: si los ríos están vivos, deberían estar protegidos jurídicamente. El camino que emprende en esta región boscosa estará lleno de naturaleza, de un tipo de naturaleza que es tan sugestiva y rica como poco amable. Más amable resultará la que conoce en Canadá, donde las amenazas son las presas. Allí acude acompañado de un buen amigo, un genio excéntrico, y junto a un extraño grupo emprenderá un aventurado viaje en kayak por ríos y lagos. Antes, ha podido conocer algo de la magia indígena, de las atribuciones de significado que una cultura moribunda proyecta en los ríos.

El viaje a pie, el viaje vertical y el viaje deportivo, tres modalidades de desplazamiento que MacFarlane pone en marcha, compatibles con una espiritualidad bastante corriente, sin alardes, humana, habitual. MacFarlane jamás habla sobre la hipótesis de Gaia, pero en algún punto de la obra se ve que tanto él como sus compañeros dan por supuesto que es cierta. A lo que se dedican es, por encima de todo, a rescatar lo que merece la pena, que es vida natural, los regalos de la naturaleza. Hay que enamorarse del mundo para poder cuidarlo en condiciones. Hay que ser consciente de que por mucho que sepamos, nos queda mucho por conocer, y desear que ese conocimiento siga llegando. Ese es el punto fuerte de este extraordinario libro de viajes.


Fuente: Zenda

lunes, 13 de abril de 2026

LA LÍNEA DE SOMBRA

 

La línea de sombra

Joseph Conrad

Traducción de Marta Salís

Alba

Barcelona, 2026

162 páginas

 



Para Joseph Conrad la mayor virtud del hombre es la lealtad. Así lo hace ver en la nota de autor que acompaña a esta nueva edición de La línea de sombra, cuando habla del aprecio imperecedero hacia la tripulación que le acompañó en el viaje que dio pie a esta novela. Imperecedero quiere decir inmortal, pero en términos humanos, es decir, que no puede morir mientras uno viva. Lo que haya más allá de la muerte propia es asunto de otras meditaciones, no de las que afectan a Conrad, siempre dándole vueltas a lo que nos construye como seres que habitan este planeta y entre esta gente. Será esa parte de la gente que le acompañó veinte días al borde de una lenta y agonizante destrucción, los que generen en él aprecio, un afecto capaz de motivar la creación de esta obra maestra.

«Solo los jóvenes conocen momentos así. No me refiero a los muy jóvenes. No. Los muy jóvenes, en realidad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa maravillosa continuidad de la esperanza ajena a toda pausa e introspección, es el privilegio de la primera juventud». Así comienza esta obra en la cuidada traducción de Marta Salís. Sabremos que estamos frente a un narrador, trasunto del propio Conrad, que se dispone a abandonar la última parte de la juventud, esa que es más reflexiva, preparándose para entrar en lo otro, en lo que viene después. Es una etapa de cambio, pero esto no significa que suponga un avance en madurez. La cuestión a la que nos lleva el narrador es puramente emocional, y lo hará con la densidad de estilo tan propia de Conrad, ese polaco que aprendió a escribir guardando reverencias al inglés que fue su segundo idioma. Eso es lo que sucede en las etapas de cambio, que nos despellejan por dentro: «Y aún era demasiado joven, aún seguía en ese lado de la línea de sombra, par no sorprenderme ni indignarme ante algo así».

Conrad entiende al lector como si se tratara de un amigo que le está escuchando la narración, y a los amigos se les respeta, se respeta su inteligencia y su estado de ánimo. No debe contarse aquello que carece de valor, y el valor se mide por las posibilidades de transformación. En eso consiste el respeto de Conrad y de sus narradores. En este caso, nos habla de una etapa en la que hay que comenzar a tomar decisiones y esas decisiones se toman en serio. En primer lugar, porque todo sucede en el mar, en ese mar romántico, existencialista y en ocasiones con un punto gótico: «Un súbito arrebato de nerviosa impaciencia recorrió mis venas, y despertó en mí una sensación de intensidad de la existencia que no me había asaltado antes ni he vuelto a experimentar jamás. Descubrí hasta qué punto yo era marino, de corazón, de alma y, por decirlo así, físicamente: un hombre hecho únicamente para el mar y los barcos. El mar era el único mundo que importaba; y los barcos, la prueba de la hombría, del temperamento, del valor y la fidelidad… y del amor».

Y luego está todo esto que ya conocíamos acerca de La línea de sombra y que vuelve a intrigarnos cuando la leemos: la posibilidad del fantasma, que se hace real cuando devora a alguien importante a la hora de salir adelante; el contraste entre la calma y la más extrema inquietud; una tripulación sin apenas rostro en la vida del autor con la mayor capacidad de descripción que ha existido; y, por encima de todos, ese personaje, Ransome, ese héroe disfrazado de antihéroe, el guardián del secreto de la serenidad, una actitud a la que le obligan sus debilidades, pero que no cae enfermo. Todo este misterio regresa y, una vez más, nos aturde. Bienvenidos, de nuevo a una de las más grandes obras maestras de la literatura.

viernes, 10 de abril de 2026

OCHO OSOS

 

Ocho osos

Gloria Dickie

Traducción de Silvia Moreno Parrado

Errata naturae

Madrid, 2026

310 páginas

 



Si uno sale un poco del asombro, se da cuenta de que los invasores somos nosotros. El planeta funcionaría perfectamente sin nuestra presencia, como funcionó en la época de los dinosaurios, cuando lo natural era comer o ser comido, y a eso se le puede llamar armonía. Nadie se esperaba un meteorito que cambiara la existencia total, pero ese fenómeno pertenece al universo de la naturaleza, al que no pertenece este meteorito que hemos lanzado nosotros, el cambio climático, que baja muy despacio, pero acelera a lo bestia el proceso de calentamiento. Si no existiéramos como especie civilizada, tampoco habríamos podido construir nuestros mitos, incluidos los que aparecen pintados en las paredes de las cuevas, los refugios por los que teníamos que combatir con otros habitantes del planeta, como los más gigantescos rivales, que eran los osos. Este mundo es más suyo que nuestro, porque ellos se integran en el desarrollo que debería seguir el curso natural, mientras que nosotros no hacemos nada más que modificarlo. Este extraordinario libro, Ocho osos, nos enfrenta a quiénes somos a la hora de relacionarnos y modificar el mundo para satisfacer nuestros caprichos, que justificamos como necesidades.

Gloria Dickie es una periodista canadiense especializada en medio ambiente y cambio climático, que elige un ser mítico, uno de los gigantes de la Tierra, para mostrarnos la deriva que hemos impuesto al mundo natural. Cada uno de los ocho osos seleccionados habita en un lugar diferente del planeta y a cada uno le corresponde una suerte distinta, pero en todos los casos la intervención humana supone algún grado de peligro. Es estremecedor el capítulo dedicado al oso malayo, donde se acerca a las granjas en que están encerrados para extraerles la bilis. Es significativo el dedicado al oso polar, centrado en la vida en una población donde llega a ser una amenaza física, y condenado a la desaparición a cuenta de la licuación del hielo. Es contundente el dedicado al oso de anteojos de Perú, porque se centra en la búsqueda, que resultará infructuosa, como resultó la de Peter Mathiesen cuando buscaba el leopardo de las nieves, pero nos introducirá en el mundo de crónicas de viajes atractivas, dinámicas, que espolean la curiosidad y animan al descubrimiento. En cada uno de los casos, la lectura nos ayuda a encontrar cierto sentido a la investigación, nos espolea ayudando a sentir ganas de vivir, de movernos, de protagonizar encuentros. Incluso durante la lectura del capítulo dedicado al oso panda, que es el más elaborado a partir de fuentes escritas, el que refleja menos viaje.

El libro es un compendio en el que se entrelazan, a la perfección, periodismo, etología, conservacionismo, geografía y etnología. El artefacto literario funciona muy bien, regalándonos uno de los libros del año. Lo que no termina de funcionar bien es lo que refleja, la imposible convivencia de los osos, y la naturaleza, con los humanos. Y, en este caso, entre los osos y los hombres nos vemos con frecuencia en la tesitura de elegir a los osos. Comprendemos a los habitantes de Churchill, la ciudad canadiense en la que alguna gente ha sufrido ataques de oso, como a los que viven en las regiones indias y tiene por vecinos al oso perezoso, el más peligroso de todos ellos. Pero nos molesta el espíritu de los cazadores de Estados Unidos empeñado en conseguir como trofeos cabezas de oso Grizzly. Pero también conoceremos a los compañeros de viaje maravillosos, la gente que aporta lo mejor de la humanidad en el proceso de relaciones con la naturaleza, lo cual nos lleva a pensar que otra armonía es posible. Para ello, Dickie ha conseguido que pensemos en los osos como seres casi humanos, como perdedores que tuvieron mala suerte, como tipos sintientes. Dickie ha escrito un librazo.

miércoles, 8 de abril de 2026

ENTRE LAS HOJAS ESCONDIDO

 

Entre las hojas escondido

David Muñoz Mateos

Muñeca infinita

Madrid, 2026

270 páginas

 

 


En realidad, no hemos sido capaces de crear un mundo que pueda integrar a lo salvaje. Decimos salvaje y tal vez deberíamos decir natural. En ese mundo es en el que se cría Samuel, el protagonista de esta historia, un niño feral que se reencuentra con el narrador, compañero de infancia y adolescencia, en la que Samuel sobrevivió al intento por parte de los adultos de integrarle en nuestra sociedad. Entre las hojas escondido nos habla del fracaso, pero nos habla, sobre todo, de la amistad y de la exploración de la amistad. Para ello David Muñoz Mateos (Zamora, 1988) se vale de un narrador, el compañero, que emprende un trabajo de investigación acerca de Samuel, una labor de la que debería salir un libro. Ese libro, el que tenemos entre manos, resultará ser una descripción del proceso de reencuentro, en el que se va buceando, en ocasiones, en el pasado, en los hechos comunes, los más significativos, de un intento de educación formal.

Recordemos que un niño feral es aquel que ha vivido sin contacto humano, como Mowgli o Tarzán, entre animales, sin los estímulos del lenguaje ni los condicionamientos de la civilización, aquellos que llevan a desarrollar estrategias para el engaño, por ejemplo. Casos célebres son el de Victor de l’Aveyron, que retrató Truffaut en El pequeño salvaje, o el de Marcos Rodríguez Pantoja, que creció entre lobos y sobre el que también se llegó a rodar una película, Entre lobos, de Gerardo Olivares. El tema del que se habla en estos relatos, y también en esta novela, es sobre la maldición de ser diferente. Muñoz Mateos muestra, desde el inicio, un respeto reverente por el lugar en el que se crio Samuel y que supone un alivio para el narrador, pues ha introducido un poco de belleza en su vida; hablamos de la Sierra de la Culebra. El paisaje no será ajeno a la bendición de haber conocido, y seguir conociendo más, poco a poco, a alguien que es capaz de entender esa naturaleza de una manera íntegra, sana, completa. Samuel se sabe parte de allí, con una facilidad que es justo lo opuesto a su dificultad para expresarse en nuestro lenguaje. En buena medida, lo que se va desplegando es una contraconvivencia, los problemas de integración que han ido construyendo escollos, lejanías, que ahora suponen un problema a la hora de comunicarse entre ellos. En realidad, el autor nos lleva a un lugar que divide el mundo en dos: por un lado, está Samuel y por otro todos los demás. El efecto es el de cuestionarnos nuestra civilización, una vez más, pero en esta ocasión completamente, porque nada de lo que hemos creado sirve para descifrar al protagonista, que al igual que el mundo al que pertenece parece estar agonizando.

No fue posible la transformación del niño feral, algo que parece, más bien, propio de un relato romántico, lo cual nos lleva a plantearnos, también, que existen miles de formas de abandono. Y eso implica tratar con otro de los grandes asuntos que nos preocupan, como es la soledad. El narrador trabaja solo, pero su trabajo le sirve de explicación vital, de motivo para seguir caminando; sin embargo, Samuel vive solo, tras haber incluso intentado la convivencia con una mujer, y esa soledad no tiene consuelo, a no ser los momentos en los que se acerca más a la naturaleza, que es lo que mejor entiende. En buena medida, nos enfrentamos a una forma de nobleza que nos cuesta comprender que, de hecho, nos cuesta hasta definir. Samuel carece de maldad, como carece de nada parecido a la astucia social. ¿Qué nos puede ofrecer? ¿Qué puede ofrecer alguien cuya autoestima es tan especial o está tan especialmente dañada? La pregunta queda sin respuesta concreta, permitiendo que cada lector encuentre la suya. Que la obra sea abierta no hace sino darle más calidad a esta novela, que nace con muchos planteamientos muy dignos.


Fuente: Zenda

jueves, 2 de abril de 2026

LA VIDA EN UN PLANETA POCO CONOCIDO

 

La vida en un planeta poco conocido

Elizabeth Kolbert

Traducción de Francesc Pedrosa

Debate

Barcelona, 2026

374 páginas



 

Es casi imposible no sentir la tentación de cerrar los ojos cuando a uno le llegan imágenes de hambruna, de cadáveres en tierra bombardeada, del dolor y el sufrimiento de los mendigos o de un perro degollado por un tipo alcohólico que acaba de sufrir el suicidio de su madre. Pero cerrar los ojos no consigue que el mal desaparezca. Hay que atreverse a saber. Lo bueno de mantener los ojos abiertos es que también te permitirás conocer la belleza de un campo de flores, la astucia de las raposas, la magia que transforma a una oruga en crisálida, los cielos despejados y los impactantes cielos de las tormentas, la elegancia de una manta raya nadando o la ternura que brota en el encuentro de una leona con sus crías. Si uno está dispuesto a defender el planeta, es porque previamente se ha enamorado de él. Todavía hay muchas cosas hermosas, un amplio abanico de cosas buenas por las que merece la pena seguir en la brecha. Lo único que no vale es rendirse.

En esta lucha, y por este motivo, es en la que está Elizabeth Kolbert (Nueva York, 1961), reconocida periodista ambiental que publica sus artículos en The New Yorker. De hecho, este libro es una recopilación de ellos y nos muestra que el mejor activismo, el que más merece la pena, también requiere de las buenas palabras, de los mejores relatos, de grandes narradores. Kolbert emprende una serie de viajes bajo una motivación que parece ser la más urgente: uno no puede luchar por mejorar el planeta si no hay planeta, o al menos si no hay un planeta habitable. El eje sobre el que giran los artículos no puede ser otro que el cambio climático, que es el gran enemigo de la naturaleza. Y la naturaleza es lo que nos sostiene. Los viajes de Kolbert recorren una buena parte de la geografía mundial y la redacción de los artículos no se limita a expresar qué es lo que encuentra, pues en todos ellos cuenta, y mucho, con quién se encuentra. Hasta el punto de que los que conforman el último grupo, Todo lo que podemos salvar, podrían catalogarse como perfiles. Destaca la inquietud de la gente con la que se encuentra, pero también el ingenio, que Kolbert nos retrata como no pudiera existir el uno sin el otro. Es cierto que valora mucho el salirse de los lugares comunes para poder atender a la diversidad y afrontar los problemas desde una perspectiva diferente. Lo que atañe a la humanidad debería tener escala humana.

Pero Kolbert no se limita a mostrarnos a personas de manera que sintamos que cualquiera de nosotros podría pertenecer a esa estirpe. A lo largo de los artículos despliega toda serie de datos, con frecuencia estremecedores. Sabe que conviene enunciar los argumentos que certifican la razón de la causa. Y más si esta causa es tan noble como la defensa y restauración de especies, en la que se empeña tanta gente creativa. Hay que ser optimista, que es una invitación que surge de la energía con que Kolbert desarrolla sus artículos. Si el mundo se está destruyendo, es porque se destruye a imagen y semejanza de alguien que no parece muy humano. La humanidad reside en quien se preocupa por aquello de lo que está enamorado, y uno se enamora de lo que conoce, no se enamora en abstracto. Y conocer el asombroso mundo natural será clave para mejorar el mundo total, y hacerlo más habitable. La vida en un planeta poco conocido es un maravilloso encuentro literario con lo mejor de la lucha por la naturaleza. Una lección magistral de periodismo y anhelo de armonía.