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miércoles, 13 de noviembre de 2019

TEORÍA DE LA GRAVEDAD


Teoría de la gravedad
Leila Guerriero
Libros del Asteroide
Barcelona, 2019
196 páginas

El estado natural del alma es la duda. El dilema de Hamlet sigue siendo el humus en el que echamos raíces: “lo que más amamos, y lo que mejor nos ama, es, también, lo que mejor nos aniquila”. La paradoja, la aporía, el oxímoron, la contradicción, lo extraño dentro de lo que somos y lo que somos de cara al exterior, forman la esencia de estos textos de Leila Guerriero (Junín, 1967) que ahora recopila Libros del Asteroide bajo el título Teoría de la gravedad: “La única salida de emergencia es la que llevamos dentro”. Y así descubrimos, o redescubrimos, la cara B de esta cronista que nos ha acostumbrado a indagar en lo dorado y lo sacrificado de las personas, a través de unos perfiles tan potentes como hermosos, incluso en la derrota. Y esta cara B resulta ser un escrutinio hacia el interior, hacia ella misma o hacia quien cree que pude ser ella misma, hacia los temores y hacia los deseos, que son la sustancia de la que están hechos los sueños.
Si algo caracteriza y unifica a estos textos es el coraje. Y en este caso, para continuar con las paradojas, el coraje resulta casi sinónimo de poesía. Guerriero escribe como una forma de resistencia, convencida de que leer y escribir son balsas en una tormenta, naves pequeñas pero lo bastante sólidas como para salvarnos la vida: “Siempre preguntan lo mismo: si a uno, periodista, no le da miedo hacerse daño escuchando las historias dolorosas de la gente. A mí no. Lo que me da pavor es la escritura, ese bicho inhumano”. Inhumano, sí, y por esa misma razón capaz de llevarnos hacia la superficie y mantenernos a flote, una actitud que difícilmente somos capaces de llevar a cabo por nuestras virtudes intrínsecas. De ahí ese afán de remontada que se va desplegando en el aliento del lector a medida que vamos leyendo las columnas aquí recogidas: todavía tenemos un lugar hacia el que ir, todavía podemos navegar en el tifón sabiendo que hay una isla, la literaria, con las costas amables incluso en la desdicha.
Por esa razón Guerriero jamás pierde de vista el lenguaje, que es el instrumento del periodismo, de la literatura, de la comunicación y una de las herramientas más baratas y universales que nos permiten acercarnos a la belleza: “La ciudad estaba envuelta en una luz puritana, de lentitud enferma (…). Había una luz espectral, el sol como un ojo ciego, blando”. Para los amantes del lápiz les hacemos una advertencia: en este libro hay mucho, muchísimo que subrayar. Porque no es difícil encontrarse, en la memoria de la autora, la memoria propia. De hecho, da la sensación de que la memoria lo es todo para Guerriero, y ese todo incluye un estado emocional, la gran mayoría de los estados emocionales, pero también a la persona: parece mentira que por muchos devaneos sentimentales que nos sacudan, nos empeñemos en seguir siendo siempre la misma persona. Eso es lo que caracteriza lo que ella denomina, en algún momento, como el río dentro de mí: “la vida no es la vida sino una patética declamación de buenas intenciones, una renovación del permiso de postergarlo todo, una fe idiota en que nunca será demasiado tarde para nada”. A pesar de lo cual, ella se empeña en demostrar que sí, que merece la pena la resistencia, agitar los pies para no hundirnos en el Maelstrom, porque, como refleja citando a William Faulkner: “Entre la pena y la nada elijo la pena”.

martes, 12 de noviembre de 2019

LOS SABIOS DE LA OSCURIDAD


Los sabios de la oscuridad
Salim Barakat
Traducción de Haj Mahmoud y Jaume Ferrer Carmona
Karwán
Barcelona, 2019
347 páginas

Sucede en tiempos de cambio, en tiempos entre estaciones: un impulso, cualquier impulso, pone en marcha movimiento. El movimiento se multiplica, se desplaza, se agranda, se estira, se fractura o cualquier otra de sus modalidades, o todas a la vez, pero no deja de ser movimiento: crece y se desarrolla, y con él crece y se desarrolla todo lo que se sube a la ola, al viento, al terremoto, al fenómeno que está generando. El resultado puede ser el absurdo o puede ser una distorsión de la realidad; o puede ser la mismísima realidad vista con un telescopio, un microscopio o con una aguja clavada en la retina. Puede, incluso, ser el realismo mágico, esa creación que supuestamente nos llegó de América Latina pero que siempre tuvo cabida en África, en Asia, en las leyendas populares, y hasta en la Biblia.
Ahora podemos comprobar cómo ese movimiento, esos días entre estaciones que jamás terminarán de cuajar, también existió, y existe, y existirá, en países como Siria, en regiones de Siria como el Kurdistán, al margen de convenciones, al margen de los sucesos cotidianos: no sabemos si allí la gente se lava los dientes cada mañana, y también ignoramos dónde van a hacer la compra o la calidad de su fe, si es que es fe lo que se apodera de sus voluntades. Sobre ese terreno construye Salim Barakat su primera novela, este ‘Los sabios de la oscuridad’ que ahora nos entrega la valiente editorial Karwán. En la familia de un mulá nace un muchacho que crece y envejece a una velocidad pasmosa. Antes de veinticuatro horas ha decidido casarse y a tal fin elige a una muchacha de pocas capacidades intelectuales. El suceso sacude como un peñasco de una tonelada arrojado al estanque de las ranas que se transformarían en príncipe tras un beso. El asunto se desarrolla a gran velocidad y da pie a una serie de temas superpuestos que se despliegan por debajo de la trama: el conflicto kurdo, el amor y el desamor filial, los engaños de los enamoramientos, el cuestionamiento de la realidad, la necesidad de la fantasía, la ilusión de echarnos los días y las noches a las espaldas, la disonancia cognitiva.
Se podría pensar que se trata de un milagro, pero como se narra en un flash back libérrimo, el origen en pura quimera, tiene la consistencia de los sueños. De hecho, por momentos pensamos que estamos frente a una novela surrealista, un texto sin plan previo, una de esas experiencias que van surgiendo a medida que el autor despliega frase tras frase. Y, sin embargo, solo el contraste entre lo concreto, como es la familia y las reacciones de la familia, y lo ambiental, como es la naturaleza y la calle, basta para hacernos caer en la cuenta de que Barakat tiene muy claro cuál es su intención: plantear dilemas, exponer que el estado natural del hombre es la irresolución. Para ello se vale de una narración metafórica. Ahora bien, ¿de qué es metáfora esta novela? Las claves son complicadas de entender, pues tienen demasiado afecto por lo cultural y se trata de una cultura que desconocemos en gran medida. Pero, al mismo tiempo, esta obra es una ocasión dignísima de comenzar a conocerla. A nuestro juicio, la metáfora habla de la desolación que produce darnos cuenta de que no somos dueños de la realidad. Cualquier empujón ha echado a rodar al mundo por completo, y ante ese movimiento nos presentamos como una mera brizna de hierba sujeta al capricho de la tormenta.

lunes, 11 de noviembre de 2019

BORGES INVISIBLE

Borges invisible

Claudia Capel
El Desvelo
340 páginas


"La literatura es para Borges una forma de felicidad, el refugio poético para superar cualquier obstáculo. Descubre a los ocho años que le fue dado ser poeta y publica su último poemario un año antes de morir. Cumple su destino, como dice al recibir el Premio Cervantes. Y disfruta de su Oriente personal, el incesante amarillo del presente y el continuo amor invisible".
Quien así habla es Claudia Capel, escritora argentina afincada en España, que acaba de publicar 'Borges invisible' (El Desvelo Ediciones), una biografía poética en la que Capel escarba en el mito literario del autor de 'El Aleph' para encontrar al Jorge Luis Borges más humano con sus anhelos, sus decepciones, sus incertidumbres. Para ello la autora ha recurrido a sus poemas, sus cartas y sus recuerdos.
Capel hace hincapié en la búsqueda del hombre que se esconde tras el mito literario, lo que ella llama, el 'Borges invisible'. "'Borges invisible' es la biografía del Borges menos conocido, más íntimo", afirma. "No habla del hombre público y famoso sino del poeta que escribe en busca de un nuevo lenguaje, que trabaja la síntesis, el estilo, la voz personal inconfundible. Es el poeta que conserva el asombro para escribir hasta los 85 años con fervor y verdad".
Pero ¿queda aún algo por descubrir de un hombre del que se ha escrito hasta la saciedad? Para la autora argentina, la respuesta es afirmativa. "Creo que sí hay un Borges por descubrir; esa es la intención de mi libro. Un hombre tímido, divertido, sensible, asombrado. Y me gusta este año porque se cumplen 120 años de su nacimiento y un siglo de la publicación de su primer poema, en Sevilla, en 1919", comenta Capel.
Nacida en Buenos Aires, adoptada por Sevilla, Claudia Capel es poeta, traductora, gestora cultural. Autora de varios libros de poesía, ha sido directora de las revistas literarias de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, 'Prisma' y 'Proa', entre 2010 y 2017. Actualmente, dirige talleres literarios para Fundación Cajasol (Sevilla, Córdoba y Cádiz) y en la Fundación Caballero Bonald de Jerez.
Hay dos puntos clave en la biografía borgiana abordada por Capel: la querencia especial por el trabajo poético del escritor argentino y su relación con las mujeres. "Cuando le preguntan siempre lo mismo, por los mismos cuentos y los mismos tópicos, él desvía la conversación hacia la poesía. No le importan las preguntas, siempre se las arregla para hablar de poesía y citar a sus maestros y amigos invisibles", explica la autora.
Sobre su relación con las mujeres, Capel destaca la relación estrecha que tuvo con las hermanas Lange, y sobre todo, a lo largo de su vida, con su madre, que fue también confidente y colaboradora.
"Su relación con las mujeres es lírica; él siente una gran admiración por la mujer, empezando por Leonor, su madre. Creo que los arquetipos son 'la eterna presencia noruega' de las hermanas Lange y el idioma inglés como lengua confesional. Su única autobiografía, sus dos míticos poemas de amor y lo más personal de su correspondencia, están escritos en inglés", concluye.

Fuente: Eldiario.es

LA CASA INTACTA

La casa intacta
William Frederick Hermans
Gatopardo
75 páginas

En la edición española de La casa intacta, una breve y brutal novela de Willem Frederik Hermans (Amsterdam, 1921- Utrecht, 1995), el lector recibe 60 golpes, al menos uno por página. Es una de esas historias –bendita traducción española de Gatopardo– que perdura: un relato sobre la locura y la risa macabra de la guerra que incluye la bancarrota moral de sus protagonistas. Cuando su batallón se desvía hacia una ciudad balneario, un soldado vencido y harapiento se encuentra solo en una casa grande y lujosa, que aparece como un respiro a su alrededor: la vana ilusión de que la guerra es simplemente un espejismo. El soldado, que es a la vez el narrador, se hace pasar por el propietario de la finca y proyecta sobre él su propia imagen. No es tan fácil salir de la propia cabeza y meterse en la de otra persona, aunque sí usurpar el papel del prójimo para seguir siendo uno mismo. Se ha visto en la espléndida película de Robert Schwentke, El capitán (2017), en Hermans cuenta en La casa intacta el horror de la guerra a través de un impostor que refuta el papel de la resistencia la que un soldado desertor del ejército alemán halla el uniforme abandonado de un oficial nazi y transfigurándose toma el mando de un campamento donde están recluidos otros prófugos. A partir de ese momento empieza a transformarse usando la autoridad que le proporciona su nueva identidad. Agua caliente, por fin. El impostor okupa se baña, duerme y despierta para darse de bruces con los nazis tocando el timbre en busca de hospedaje. El encuentro es tenso. Convence a los soldados alemanes de que la propiedad es suya y se presta a convivir con ellos, desesperado por ocultar su verdadera identidad y reacio a escapar del torbellino de la guerra. Si a partir de ese momento alguien pretende encontrar en el protagonista un atisbo de esperanza o de heroicidad frente al enemigo se equivoca. No lo va a conseguir. El narrador resulta un ser tan poco simpático como sus falsos huéspedes y el horror se desencadena alrededor de ellos. La casa intacta vio por primera vez la luz en 1951, cuando el discurso imperante en Holanda era el de la heroica resistencia antinazi. Leyéndola ahora no cuesta imaginarse el choque que debió suponer en aquel momento para los lectores la victoria del caos y de la bajeza frente a la altura ética que las epopeyas destinaban a los resistentes. A Hermans, que vivió la guerra y la ocupación apenas habiendo salido de la adolescencia, le interesaban más las desviaciones sádicas de la condición humana que el discurso oficial. Jamás se creyó las paparruchas sobre la unidad de los holandeses para combatir a los nazis. No todos fueron leales patriotas, por el contrario hubo colaboracionistas y aprovechados, como él mismo se encargaría de demostrar en el desenmascaramiento en los años setenta del economista Friedrich Weinreb, que se había lucrado vendiendo a sus correligionarios judíos falsas rutas para evadirse durante la Segunda Guerra Mundial. En el mundo salvaje y comprimido por la guerra de Hermans cualquiera puede disfrazarse pero resulta imposible salir de su propia enajenación mental para convertirse en otro. La empatía no existe en las situaciones límite. La casa que aparece al principio como una especie de oasis a salvo de la escabechina exterior es, al final, un pozo de inmundicia y violencia. Nada se mantiene a salvo, como escribe Cees Nooteboom en el epílogo, del “clímax pandemónico de locura, asesinato y destrucción”. En la misión sagrada del versátil escritor holandés –Hermans publicó ensayos, estudios científicos, poesía, cuentos y novelas– siempre estuvo fustigar las conciencias de los lectores con la verdad, que no coincidía con la versión interesada o paniaguada de los hechos con la que el establishment pretendía contentar a la sociedad. Se dedicó a combatir ese relato oficial, en el caso de la guerra utilizando las imágenes de la ocupación que habían quedado grabadas en su memoria juvenil.

Fuente: La Nueva España

lunes, 4 de noviembre de 2019

LA HERENCIA


La herencia
Vigdis Hjorth
Traducción de Kristi Baggethun y Asución Lorenzo
Mármara y Nórdica
2019
441 páginas

Lo expresó Malraux en algún momento lúcido o cáustico: el problema de este mundo es que no hay adultos:
“Habían acordado tácitamente salvar su reputación, su autoestima, hacía mucho tiempo que habían establecido un pacto tácito, que no podía romperse, de que ellos eran víctimas de la traición e insensibilidad de su hija mayor, mientras esa historia estuviera en vigor serían objeto de una compasión sin la cual no podían vivir, se nutrían de ella”.
Aun sin alcanzar la madurez que debería tener un adulto, se puede desarrollar, y afinar, eso que en psicología se conoce como disonancia cognitiva, la estrategia de razonamiento por la cual uno se libra de toda responsabilidad sobre las consecuencias de sus actos, pues encuentra la forma de justificarse y, lo que es más grave, se la cree. Si a eso añadimos el peso del confort de la autocompasión, nos encontramos frente al tipo de soledad que practica, o se ve obligado a practicar, la narradora de esta novela, La herencia, potente y enigmática. De sus claves emocionales podemos deducir que la familia no solo es una farsa, sino hasta un fraude. El camino está trufado de mentiras y rencores enconados, y esa herencia a la vista, la disputa sin guerra por una partición más o menos equitativa de algo que es imposible dividir por igual, hace saltar por los aires cualquier tentativa de mantener el fraude en paz. De hecho, solo el alejamiento ha hecho soportable que existan unos supuestos lazos de sangre pero, eso sí, muy en la distancia.
Vigdis Hjorth (Oslo, 1959) utiliza un lenguaje mínimal para describirnos una inteligencia y una sensibilidad, entremezcladas por no decir que se trata de la misma materia, en disputa consigo misma. Hay claves existencialistas en la narración, pero se trata de un existencialismo del siglo XXI, el que hereda el tipo de pensamiento que se nutre de redes sociales a la hora de expresarse, no de la filosofía debida a la actuación directa sobre la piel del mundo. Y eso que la protagonista no puede dejar, como desearía, de participar de un destino común. El relato empieza con el intento de suicidio de una madre acostumbrada a ejercicios histéricos. Los hábitos egoístas y lamentables de esa madre han condicionado la vida, si es que se le puede llamar así, de unos hijos dispersos. De hecho, la narradora prácticamente con quien se comunica es con el lector, como si quisiera contemplar el mundo como un paisaje pero no le resultara posible por culpa de los demás, los no adultos, el infierno según Sartre.
Los enamoramientos cruzados y no correspondidos, el discurso claustrofóbico pues está impedida para salir de su existencia, la incomunicación existencial, dictan los pocos recursos con los que se afronta una situación conflictiva, muy superior en presión sentimental a las toneladas que es capaz de soportar alguien que es experto en teatro. No sabrá resolver el suyo y el drama está servido, un drama de lo cotidiano, que hace que una frase de lo más corriente, sin aspiraciones sintácticas, cobre su peso en la memoria. Todos los fantasmas familiares se acumulan, atorando el sumidero por el que se podrían fugar a medida que pasa el tiempo. Sin posibilidad de liberación, la narradora está condenada a no saber perdonar, a no entender por qué debería perdonar. La novela versa sobre lo que nos impide vivir, pero también sobre los que nos impiden vivir, dando la sensación de que actúan impunemente y por propia voluntad. La representación a la que asistimos es una denuncia del modela social occidental, tan elogiado en los países escandinavos, el paradigma de un tipo de bienestar que esconde maldad, lo más sórdido, incluido el incesto. La narración no servirá de terapia y el malestar se quedará con nosotros como otra condena más, una que añadir al castigo de no poder quedarnos dentro de nuestra propia piel:
“En las Comisiones de la Verdad creadas después de las guerras había al menos un alto grado de acuerdo sobre quiénes eran las víctimas y quiénes los verdugos. ¿Cómo puede haber una reconciliación cuando ni siquiera hay acuerdo sobre eso?” 

miércoles, 23 de octubre de 2019

LUGARES SIN MAPA


Lugares sin mapa
Alastair Bonnett
Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria
Blackie Books
Barcelona, 2019
247 páginas

Que la realidad supera a la ficción es un lugar común. Lo que no es tan común son estos lugares, reales, a los que nos lleva Alastair Bonnett (Eppig, 1964) y que, sin duda, vuelven a superar a la ficción por goleada. Y decimos vuelven porque el libro se trata de una continuación de Fuera de mapa, una especie de obra maestra de lo raro en un terreno, la geografía, en el que se supone que la ciencia debe ser muy concreta. Pero no lo es. Estamos ante una entrega de lo real y extraño que incita a seguir con el descubrimiento de un mundo del que, nos damos cuenta, apenas sabemos nada. Y estamos frente a un libro que nos indica que la geografía no es ese estudio de las capitales, los ríos y la enumeración de cabos y golfos con que nos azotaron en la escuela. Hay un territorio por descubrir, grande como terreno, pero pequeño en cuento a la escala, y ese territorio es un tesoro, un cofre de los secretos. Visitarlo de casi la única forma que podemos hacerlo, de la mano de Bonnett, se ha convertido en una de las experiencias literarias, y geográficas, más gratas que nos hemos encontrado en los últimos años.
Bonnett comienza planteándonos qué es la geografía. Sin solución de continuidad, expone treinta y nueve paradojas de distinta índole: algunas parecen anacronismos, otras una sencilla estupidez, y las últimas un producto de la innovación técnica, tanto la informática como la de la ingeniería. No todos los lugares se refieren a sitios concretos, pues los hay que flotan por todo el planeta, como los creados por Google Earth, o los que han resultado del contagio de modas de construcción civil, como las pasarelas. Los hay que atienden a la densidad de población y los que surgen por conflictos, e incluso los que son fruto de anomalías legales como la Ley de las Islas de Guano, por la que Estados Unidos puede reclamar cualquier isla en la que haya cagadas de pájaro. Existen archipiélagos multiocéanicos que se reúnen en las Micronaciones Unidas y estados que caben en un piso; hay falsas colonizaciones, muchas, y lugares resistentes frente a la globalización, que es la gran farsa colonial, pero triunfante, en nuestros días. Todas las paradojas expuestas nos llevarán a cuestionarnos, directamente, qué significa lugar hoy.
Pero el libro no solo nos sirve para cuestionarnos la realidad o qué es la realidad para nosotros; estamos frente a un tratado sobre lo que los descubrimientos despiertan en nosotros. Al igual que si se tratara de un libro de relatos, cada episodio nos guía a través de un conflicto que podemos vivir como pequeño, pero con el que nos identificamos sin duda. En ocasiones nos despertará la sonrisa, y en otras una suerte de melancolía por lo que pudo ser, o por lo que fue, o por lo que debería haber sido. En realidad, y sin hacer de ello un drama, Bonnett nos habla de traumas, y de respuestas a traumas, que surgen de nuestra relación con el mundo o de la relación con el resto del universo de estos lugares a los que se atiende. Y lo hace con mucho estilo, sin perder jamás un pulso narrativo ni dejar de atender a una ideología de fondo, una intención que radica en intentar que se vea lo invisible, que es, una vez más, un toque de atención acerca de la dignidad y la impronta que la dignidad debería seguir teniendo en cada aliento.
“Cada vez estoy más convencido de que la única forma auténtica de viajar es a pie: lo demás es pasar zumbando por los sitios”, nos enseña. Porque el libro destila la calma del caminante, pese a los grandes saltos por los que nos guía. Seguramente, Bonnett pertenece a la estirpe de la gente convencida de que caminando se piensa mejor, se reflexiona mejor y funcionan mejor los engranajes de la creación.

jueves, 17 de octubre de 2019

GORILAS EN LA NIEBLA


Gorilas en la niebla
Dian Fossey
Traducción de Marcela Chinchilla y Manuel Crespo
Pepitas
Logroño, 2019
460 páginas

Quemado todo el cuerpo del planeta a causa de una estupenda falta de decoro humano, con apenas, si es que hay alguno, margen de reacción, con mares condenados al plástico y sin vida, con la tierra emponzoñada de agrotóxicos y el aire en una expansión caótica a cuenta de los gases, recordar a Dian Fossey (San Francisco, 1932 – Ruanda, 1985) ayuda a que aterricen las cuentas, casi abstractas de tan abultadas, para conocer el daño concreto. Cuando marcha a Ruanda, al encuentro de los gorilas de la montaña, la lucha ecológica no hacía tanta referencia al cambio climático, ni siquiera al agujero de la capa de ozono. Por aquel entonces las extinciones de especies eran la gran batalla que libraban los naturalistas. Los gorilas de montaña formaban parte del grupo exclusivo de hermosos seres al borde de la extinción a manos de cazadores o del acoso humano, junto al oso panda, al lince ibérico, al oso grizzli o a la ballena azul. En ese sentido, Dian Fossey, o Jane Goodall, izaron la bandera que todos podríamos seguir. Se transformaron en el guía que porta la linterna cuando nos adentramos en la caverna.
Incapaz de entender el espíritu del hombre, Fossey se embarca en una investigación que había comenzado, unos años antes, el mítico naturalista George Schaller, el mismo caminante que invitó a Peter Mathiessen a un viaje por Nepal que acabaría descrito en el fabuloso libro El leopardo de las nieves. Schaller, como biólogo pero también como humanista, sobrenada, de alguna manera, todo el texto que Fossey recopiló en este Gorilas en la niebla: su forma de trabajar, de observar sin intervenir, de no forzar situaciones, de encariñarse, de respetar, de estar enamorado de su oficio hasta el punto de ser incapaz de distinguir entre éste y el significado de la vida. La implicación de Fossey, sin embargo, va subiendo de volumen y se hace más y más parcial. En algún momento da la sensación de que para ella deja de existir la periferia del corazón del universo, que son las montañas Virunga. Su familia, o sus familias, pasan a ser los diversos grupos que las habitan, de los que da, a conciencia, fe de vida y fe de existencia. La primera, la fe de vida, reflejada en un espíritu de conciencia humana que proyecta, tal vez porque sí esté presente, en las almas de los gorilas. La segunda, la fe de existencia, en el detalladísimo tratado etológico que ha desarrollado a lo largo de años.
Al mismo tiempo, el libro contiene esa faceta autobiográfica que nos reclama abandonar el calor de la cocina. Es una invitación a salir, a conocer, antes de que la belleza del planeta dé con los huesos en el vacío y no quede ni una raspa de sardina para demostrar que hubo, y mucha, vida en la Tierra. Fossey se dio cuenta de que a Gaia solo la puede atender un individuo si se centra en una pequeña parcela. En este caso, las familias de gorilas y la lucha contra los cazadores furtivos. Algunas de las invitaciones a estudiantes, o a gente de paso, que aparecen someramente descritas, nos indican que no se trata de alguien empachado de misantropía, como dice cierta leyenda, que al igual que la expresión máxima de su trabajo se daba mientras hacía cosquillas a los gorilas, agradece la generosidad como solo lo sabe hacer alguien volcado con los mejores valores éticos que el hombre ha ideado, pues, recordemos, al fin y al cabo, incluso la protección de los gorilas de montaña, y de todas las especies, es una invención del hombre. Es cierto que contra la desdicha que el mismo hombre crea, pero hay que pensar, cuando leemos obras como Gorilas en la niebla, que el planeta podría estar en buenas manos, y no resignarse a un futuro que a lo que más se asemeja es al pintado en Mad Max, la obra opuesta a Gorilas en la niebla.

lunes, 14 de octubre de 2019

EL DIABLO SABE MI NOMBRE


El Diablo sabe mi nombre
Jacinta Escudos
Consonni
Bilbao, 2019
118 páginas
  
En cierta medida, al libro que más se asemeja El Diablo sabe mi nombre, con el que la escritora salvadoreña Jacinta Escudos (San Salvador, 1961) se presenta en nuestro país, es a Las Metamorfosis de Ovidio. Escudos no solo reactualiza mitos clásicos, sino también culturales o, al menos, de nuestra cultura occidental. E incluso se atreve con mitos psicológicos, sobre todo los que tienen que ver con las dos emociones que mueven los sueños: el deseo y el terror. Al margen de esa consistencia, similar a la del clásico de Ovidio, una breve enumeración de algunas de las formas que toman los cambios nos remiten, nuevamente, a Las Metamorfosis: el cambio de sexo debido al cambio de deseo; la pesadilla y su transformación en realidad; el mundo reducido tras un apocalipsis; el anhelo de una mujer por ser serpiente y enfrentar así a la muerte; los hombres lobo; el veneno que nos libra de ver la realidad tal y como se nos ha venido presentando; un cocodrilo que aspira a ser hombre; sobrevivir a la muerte, aunque sea a la muerte del otro, que nos obliga a renacer, a poner el cuentakilómetros a cero.
Las lecturas sobre las que fragua su narrativa tienen tanto calado como las de Borges, aunque a diferencia del autor argentino, Jacinta Escudos carece de pudor. La sensualidad está presente, y está presente el sexo. Está presente la crueldad, y hasta la crueldad extrema, con ablaciones e infanticidios. Se deja llevar por impulsos, aunque controla a la perfección su prosa para seguir una música de lo más sugerente: comedida y exacta, pero con matices de color capaces de inventar expresiones como “resollé mi orgasmo”. Podemos rastrear a Lovecraft entre sus líneas, hasta que nos damos cuenta de que una de sus principales fuentes creativas son los sueños. Si de Borges le separa el pudor, a Lovecraft le adelanta por trama, por estructura: un sueño carece de principio, de final, de consistencia narrativa; es aleatorio y sorprendente; pero Jacinta Escudos sabe darle forma, sin complicaciones, como le dan forma a los relatos breves los grandes clásicos, y al igual que cuando les leemos a ellos, a Chejov, a Maupassant, a Paul Bowles, tenemos la sensación de encontrarnos con alguien que escribe con un impulso que nace no solo del cerebro, sino de todo el cuerpo a la vez.
Ese sustrato apasionado bastaría para ratificarla como una de las grandes autoras de relatos de nuestra literatura, pero su ingenio no se queda ahí. Escudos escribe contra la anestesia emocional, crea unos personajes, en pocas líneas, que se caracterizan por el miedo a no ser, que es la esencia del miedo personal. Dicho de otra manera, sabe meterse en lo que llamaremos alma y en los demonios, también en los demonios de la conciencia. Los personajes practican distintas modalidades de soledad, la mayoría de un carácter más o menos onírico, y, recordemos, el mundo onírico es aquel en el que la vista no nos regala la misma realidad que durante la vigilia, pero las sensaciones son igualmente reales y, a mayores, el volumen de la intensidad sube hasta límites que son difíciles de soportar.
Hay presencias de diablos sin figura, solo sentimentales, y de algunas de sus representaciones más frecuentes, como el insecto gigante de quien no sabemos en qué grado nos hemos enamorado. Pero queda, siempre, de manera más bien implícita, sin que sea preciso expresarlo la idea de que privados del contacto humano, estamos abocados al naufragio.

jueves, 10 de octubre de 2019

SEIS FORMAS DE MORIR EN TEXAS


Seis formas de morir en Texas
Marina Perezagua
Anagrama
Barcelona, 2019
281 páginas


En la narrativa de Marina Perezagua (Sevilla, 1978) existe una conciencia de saber que es capaz de superar los escollos literarios que se plantea, que son bastantes y suelen ser muy serios. Entre los libros de relatos, la potentísima novela Yoro y este Seis formas de morir en Texas, Marina tuvo que tomarse un respiro necesario a través de un homenaje al gran clásico, que también era una visión cáustica de la sociedad contemporánea, en Don Quijote en Manhattan; seguramente a que no siempre conviene estar enfrascada en un proyecto del que uno va saliendo, a diario, con el alma hecha un harapo a base de desgastarla en un ejercicio de empatía duro y arriesgado. Porque Perezagua se imagina en una situación compleja, al límite, dentro de la piel de un personaje mutilado, desesperado y sin la posibilidad de mover las piernas para salir corriendo, a la que se le plantea un conflicto de una dificultad estremecedora. Y lo va a resolver sabiendo que tiene que poner todo su buen hacer literario, estructural, de pulso, de recursos narrativos y de prosa, al servicio de ese estremecimiento. Conseguirlo a lo largo de casi trescientas páginas es algo que solo está al alcance de quien, sin duda, es una de las mejores escritoras vivas de nuestra lengua.
Sabemos que habrá una buena historia, un dilema que aprisiona el aliento: una chica ciega, de dieciséis años, asesina a su madre; su padre recupera la relación con ella, mientras está en el corredor de la muerte, y le hace la terrible de propuesta de entregarle su corazón, en el momento de la pena de muerte; la respuesta de la chica no puede ser menos complaciente, pues a cambio necesita las córneas de él para recuperar la vista, cuando todo lo que va a ver en los años que pasará en prisión está regado por luces de fluorescentes y limitado por paredes blancas. Desde el inicio, el narrador nos da cuenta de la brutal imaginación que tendremos que poner en marcha para seguir la historia o, para ser más exactos, el conflicto, pues Perezagua recupera la esencia de los clásicos literarios en ese sentido, vuelve a colocar el conflicto por delante de la trama. Y entra en el cuerpo del personaje, valiéndose de la literatura epistolar. La chica ha crecido y se ha ido formando culturalmente, hasta alcanzar una capacidad expresiva sorprendente y dotarse de una erudición, y de una serie de anécdotas más o menos científicas, que funciona encajándose en la historia central de forma atronadora. A través de las cartas que la protagonista envía a su padre, y algunas a una suerte de enamorado de origen chino, vinculado, no se sabrá cómo hasta el final con un toque de desesperanza metempsicótica, experimentamos cómo a ratos la vida sucede como un oficio, y en otros nos limitamos a la búsqueda de un sentido más o menos tierno, más o menos seguro. Lo importante, como en el personaje central de Yoro, vuelve a ser la creación de una nueva vida y de nuevo los cuerpos son los que generan los límites. La primera cárcel a la que nos enfrentamos, o que podemos vivir como tal, es un cúmulo de piel, huesos, carne y sangre, que no carece de imperfecciones.
Con este planteamiento, asistimos a la tortura de la espera y nos relacionamos con ella, ese aguardar al sacrificio propio, desde la esencia más humana de la bonhomía, o de su forma más sencilla de plantearla: eso que se conoce como generosidad. De cara a conseguir que suba de volumen el trance, se nos habla acerca de las aberraciones cometidas a cuenta del tráfico de órganos, que hasta incluyen extracciones en vivo, una cosecha que se practica, en la China retratada, a merced del odio a un colectivo indefenso y gracias a que la avaricia se ha apoderado del último recurso humano que quedaba en el planeta, nuestros cuerpos, que en la literatura de Marina Perezagua son nuestras almas. Con estos mimbres y estas intenciones, a las que responde con un trabajo encomiable y un talento para la escritura que deja en evidencia a tantos escritores contemporáneos, Perezagua vuelve a construir una novela que nos lleva a plantearnos la cuestión esencial: no importa de dónde venimos ni quiénes somos, pero deberíamos pensar hacia dónde vamos, aunque solo sea porque en este viaje no estamos solos, porque estamos acompañados de otros cuerpos, de otras sensibilidades, de otros sentimientos.