lunes, 26 de septiembre de 2022

INOCENCIA INTERRUMPIDA

 

Inocencia interrumpida

Susanna Kaysen

Traducción de Sandra Caula

Big Sur

Barcelona, 2022

185 páginas



 

La vida, según Samuel Beckett, es un caos entre dos silencios. Lo mejor a lo que podemos aspirar, es a habitar en ese caos con serenidad. Ojalá pudiéramos librarnos de cualquier atisbo de agresividad, pero esta sociedad y este tiempo, hay que decirlo aunque caigamos en lugares comunes, ofrece una amplísima gama de opciones, algunas muy impuestas, para caer en las peores formas de la neurosis. Aunque no todos los trastornos tienen que ser neuróticos. Lo psicótico o la esquizofrenia, por ejemplo, pertenecen a ese mapa del cerebro o de la biología que está todavía por trazarse. Si bien sus devastadores efectos tienen que ver con la mente o, si quisiéramos mirar más allá de lo científico, con el alma. La serenidad afecta más al alma que a la mente, se supone. Lo que es seguro es que cuando uno está sereno, lo siente también en las células del cuerpo que no están encerradas dentro del cráneo. Esa búsqueda de la serenidad afecta a Susanna Kaysen (Estados Unidos, 1948) cuando hace memoria de su paso por un hospital psiquiátrico.

Más de veinte años después de ser diagnosticada como trastorno límite de la personalidad, Kaysen se propone cerrar capítulo, rendir cuentas, y mostrarnos cómo funciona la mente de alguien a quien se considera insano. Para ello se convierte en observadora de sí misma, pues no se trata sólo del testimonio, sino también de cómo lo reduce a los huesos y lo expone de manera fragmentada, conduciéndonos así a un mundo hostil e inevitable. En ocasiones, resulta tan extraño que nos preguntamos cuánto podría haber de alucinación. Sin embargo, todo lo que se relata no puede ser más real. Hasta el punto de llamar a la vida “este lado del suicidio”, una expresión que nos remite al famoso comienzo de la obra de Camus, El mito de Sísifo: el único tema filosófico serio es el suicidio, porque el suicidio versa sobre si la vida merece la pena ser vivida. Así nos vamos encontrando con un testimonio en el que todo brota del esfuerzo; nos esforzamos por culpa de la enfermedad, pero nos esforzamos para mantenernos sanos. Nada ofrece ese descanso que nos llevaría a la serenidad:

«Lisa siempre sabía lo que necesitaba. Decía: “Necesito unas vacaciones de este lugar”, y luego se escapaba. Cuando volvía, le preguntábamos cómo era el mundo.

«-Es infame -decía. Siempre se alegraba de estar de vuelta-. No hay nadie que cuide de ti allá afuera.»

Jamás creeremos a alguien a quien consideramos loco. Lo cual nos llevaría a intentar definir qué es la verdad, si somos capaces de subirnos a su mirada. Pero algo tan poco cartesiano, tan poco útil, tan poco mundano, está muy alejado de la vida de una persona con afecciones como las de las compañeras de centro de Kaysen. Las conocemos desnortadas, mientras nos preguntamos qué tenemos todos de demente. Algo que se refleja en nuestra falta de seguridad, en nuestra necesidad de seguridad:

«Lo que quería decir era que ahora estaba a salvo, ahora estaba realmente loca, y nadie podría sacarme de allí.»

El efecto enfermizo, o enfermante, de la reclusión va calando en el lector, que termina por convivir en un microcosmos que resulta ser lo bastante amplio como para dedicarle toda una vida. Kaysen observa mucho las relaciones entre las internas, y busca alguna pauta de amistad. Pero va a resultar complicado cuando tu mente funciona bajo ciertos parámetros:

«Creo que mucha gente se mata simplemente para no seguir discutiendo si suicidarse o no.»

Aunque si salían del mundo en el que les encerraba la locura y encontraban eso que el consenso llama realidad, también regresaban a lo atroz:

«Si nuestras familias dejaban de pagar, dejábamos de quedarnos y nos metían desnudos en un mundo en el que ya no sabíamos vivir.»

Uno se pregunta cuánto de serenidad puede lograrse en este planeta, cuyas imposiciones no dan tregua, y da por sentado que lo mejor es estar dormido, en un mundo donde lo onírico, que no tiene sentido, compensa las desavenencias de la vigilia. Pero el valor consiste en afrontar la vigilia y afrontar la memoria. En ese sentido, este ejercicio literario cumple todas las expectativas.

viernes, 23 de septiembre de 2022

COLONIA DMZ

 

Colonia DMZ

Don Mee Choi

Traducción de Rubén Martín Giráldez

Rayo verde

Barcelona, 2022

150 páginas

 



Se puede vivir con miedo o se puede vivir con poesía. De hecho, a medida que uno va haciéndose más viejo, se da cuenta de que ambos conceptos son incompatibles. Es posible incluso que estemos hablando de antónimos: lo opuesto al miedo, dicta el diccionario, es el coraje. Sobre lo contrario a la poesía no se dicta apenas nada. Tal vez podríamos hablar de fascismo, de molicie, de basura. Todo ello implica miedo. El problema de sentir miedo es que uno desea que le pongan suelo bajo los pies, sea al precio que sea. Y acaba comulgando con ruedas de molino, con barbaridades que obligan a poner en marcha eso que se conoce como disonancia cognitiva, o directamente el autoengaño: o tuerzo las explicaciones para acomodarlas al suelo que piso, por muy idiota que sea el suelo o muy idiota que sea la explicación, o me veo de nuevo en el vacío. Todo esto se sana con la poesía.

Don Mee Choi (Seúl, 1962) es consciente de ello y de ahí que construya este precioso libro sobre la tragedia de Corea. Y decimos construya, pues el libro está formado no sólo por texto, sino también por unas imágenes y un diseño que funciona como la reivindicación de la buena memoria. Mee Choi regresa a Corea y reúne testimonios de quienes sufrieron la violencia militar y colonial, y hablamos de una colonización como ha llevado a cabo el imperio de Estados Unidos, no de las propias del siglo XIX. Los testimonios son breves, muy breves, son fragmentos. Como está hecha a base de fragmentos la memoria de su padre, que se refleja en las fotografías, cuyo valor testimonial se encarece en el momento en que nos explican su origen, su singularidad, su trascendencia. En cualquier caso, todo afecta al plano personal. No se nos habla de la sociedad, de un decurso histórico. Aquí estamos tratando con lo más íntimo, con lo humano, con lo que podría significarnos a cada uno de nosotros.

Pero ¿qué sentido tiene la memoria? La memoria, como la utopía, si está bien trazada sirve para caminar. Uno camina hacia horizontes, y tras la propuesta de Mee Choi sólo cabe la luz. Colonia DMZ es como se titula este libro, haciendo referencia a la zona desmilitarizada que separa las dos Coreas. La desmilitarización real debería atenerse al espíritu que nos llega a través de estos fragmentos, que cuando se aparta de los testimonios se sumergen en una poesía que imita a las aves en vuelo.

Esta obra debería acompañarnos mucho tiempo, el suficiente como para que aprendamos que poesía es el antónimo del miedo.

martes, 13 de septiembre de 2022

CAPITÁN FANTASTIC

 

Capitán Fantastic

 



La decisión del muchacho es un ejercicio de sabiduría: le han admitido en las mejores universidades del país, y ahora que el microcosmos que construyó con sus padres se desarma, ahora que ya no tiene que ser necesariamente salvaje, puede elegir qué avión tomar para largarse a estudiar a Los Ángeles o a Boston. Cuando llega al aeropuerto, descubrimos que ha optado por viajar a Namibia con una pequeña mochila. La sabiduría no está, necesariamente, en las universidades ni en los libros, que pueden no ser del todo ajenos a ella. Se trata, sencillamente, de saber ir eligiendo en cada momento el bien frente al mal, o el mayor de los bienes posibles o, a modo de consuelo, con procurar hacer el menor mal a quienes afecte nuestra acción, si es que el mal es inevitable.

Que Capitán Fantastic sea una comedia es un principio que debemos tener en cuenta a la hora de enfrentar la película. Recordemos: un padre solo, a cargo de sus seis hijos, les educa en el bosque enseñándoles supervivencia -desde cazar corzos con cuchillo a escalada en condiciones penosas-. Estudian mucho, leyendo a Dostoievsky, a Jared Diamond y a Noam Chomsky, que se convierte en el principal referente cultural de la familia. La presentación de los personajes puede parecernos brutal, tal vez hiperbólica, pero la hipérbole es un recurso que la comedia se puede permitir para ofrecer un retrato de la realidad. Eso sí, esta reacción del padre, que podría parecernos tan exagerada, ¿a qué se debe? Se debe a un rebote contra una realidad que, esta vez sí, no tiene nada de cómica y sí es muy exagerada: se trata de nuestro mundo enfermo. Querer vivir fuera de una sociedad patológica es síntoma de salud. Ese es el planteamiento del padre de la familia. Y aquí, al hablar de la patología de la civilización, no cabe caricatura. De hecho, cuando se nos muestra cuál es el tipo de sociedad contra la que se ha rebelado, nuestro enfado no será contra un personaje de ficción, sino contra el malestar provocado por la distribución de la riqueza, por la farsa del bienestar a partir de la explotación, por los mecanismos de dominio, por la complicidad entre poderes y policía, por la autoridad económica, por un mundo falso y podrido, que genera una miseria que se menciona, pero cuya presencia en la película se escatima porque, al fin y al cabo, estamos frente a una comedia y no se trata de provocar fiebre en el espectador.

Dado que no se trata de un estreno, podemos atender al final para interpretar las intenciones de la película. Si la propuesta frente a la sociedad neurótica, en grado muy patológico, es lo salvaje, entendiendo por lo salvaje una forma de vida similar a la de los indios canadienses hace cuatrocientos años, la solución no parece ser una forma de vida tan escandalosamente fuera de lo que llamamos, con poco acierto, la realidad. La propuesta definitiva es el Beatus Ille que, recordemos, resulta ser más una leyenda que una terapia. No iremos al bosque a cazar ni nos curaremos con hierbas, no se impondrá una vida al margen, pues dentro de los márgenes está, por ejemplo, el hospital donde nos curarán una fractura; lo suyo es hacerse con una granja, recoger huevos, plantar lechugas. Esa forma de estar fuera de la sociedad sí es admitida por la sociedad. Esta aporía estremece: hay que ser civilizados, aunque la civilización destruya. De hecho, desde que vi la película por primera vez, este final me hace echar de menos el ímpetu casi bélico con que plantea el padre la lucha en la naturaleza en los primeros minutos. No es extraño, ni es casualidad, que los guionistas decidieran que el trastorno que acaba con la vida de la madre sea el bipolar. ¿Cabe alternativa entre los dos extremos? Uno, el de la sociedad neurótica, es parte de nuestra vida. El otro, el de la práctica de lo salvaje, es parte de la ficción. No hay dos extremos, pero al inventar el segundo, el que brota del efecto rebote, nos invitan a elegir. ¿Y qué elegimos? Las citas sociales, los lugares comunes, las ideas implantadas en nuestra pereza mental nos sugieren moderación. Hay que ser precavidos. Con frecuencia esa moderación supone algo así como un mandamiento en el que se dicta que lo sensato es no quedarse en los extremos, que bien pueden ser lo bueno y lo malo, y por tanto el ideal está en lo regular. Esto es molicie.

Las reflexiones que puede generar que esta película entre en nuestra cabeza son de bastante calado. O lo pueden ser. Entre lo prosistema y lo antisistema hay un mundo por explorar. Pero, sobre todo, ¿cuál de los dos extremos es más violento?

Eso sí, uno no puede dejar de querer a los personajes durante un funeral que, sin duda, firmaría como modelo para la celebración del propio: una pira en la naturaleza, junto a un lago y entre bosques de coníferas, y con tus seres queridos vestidos de colores, como en una celebración de cumpleaños, mientras danzan al ritmo de la mejor versión que se hará jamás de Sweet Child of Mine. Frente a esta improvisación, tan personal, sugerente y elegante, la pesadumbre insoportable del funeral con rito cristiano nos indica que la neurosis puede tener también formas tristes, sombrías y solemnes.

martes, 6 de septiembre de 2022

ATLAS DEL CAMINO BLANCO

Atlas del camino blanco

Ricardo Martínez Llorca

Baile del sol

120 páginas




Atlas del camino blanco, cuyo título se debe al reflejo de las nubes sobre los charcos del sendero, presenta la historia de un profesor de filosofía con cierta costumbre de viajar, y ninguna de caminar por las montañas, empeñado en encontrar a su mejor amigo, perdido mientras trataba de ascender el Annapurna siguiendo la ruta de los primeros alpinistas que conquistaron la cumbre. Los senderos barridos por las lluvias y unos ríos desbordados, casi imposibles de atravesar, marcarán la ruta.

Nos encontraremos con un hombre sin atributos que busca su identidad en el escenario simbólico de la épica: las grandes montañas. El protagonista padece esa enfermedad que es el sueño de conciliar un pasado en el que destaca la búsqueda de la nada, con el único hecho que ayudaría a restablecer una personalidad. Buscará a su mejor amigo y esta búsqueda se convierte en una reflexión acerca de la identidad. El sorprendente final nos sugerirá que cualquier exploración, cualquier viaje, interior o exterior, es un intento de explicarse a uno mismo como si se tratara de una psicoterapia.

“¿Crees que a tu amigo le gustaría saber que le estás buscando?”, le preguntará uno de los personajes con quien se cruza. En su ruta encontrará monjes, escolares, policías, soldados, trabajadores de correos, camareros, ancianos desocupados o porteadores, que le preguntarán por qué los occidentales no pueden permanecer en su hogar.

A partir de sus propias experiencias como viajero y alpinista, el autor traza un itinerario que nos recuerda que todos perseguimos a la persona que deseamos haber sido cuando terminamos la adolescencia para soportar lo que viene después.

lunes, 5 de septiembre de 2022

LA PARTICULAR MEMORIA DE ROSA MASUR

 

La particular memoria de Rosa Masur

Vladimir Vertlib

Traducción de Richard Gross

Impedimenta

Madrid, 2022

436 páginas



 

Lo que nos estremece tras leer estas páginas es darnos cuenta de en qué consiste esa metáfora de la vida como lucha: no se trata de salir a bregar contra viento y marea; no se trata de librar batallas contra molinos de viento ni contra los poderes económicos; no se trata de implicarse de una forma más o menos voluntaria en la supervivencia, con todo el desgaste que eso supone; en realidad, la lucha no es algo que uno protagonice, no es algo en lo que uno participe haciendo uso, con más o menos sentido de la justicia, de la voluntad, no; en realidad, la lucha es algo que a uno le sucede, como nos suceden tantas otras cosas, desde la necesidad de respirar hasta la muerte.

Esa es la enseñanza que ocultan estas memorias de Rosa Masur, una mujer normal que atraviesa un siglo de vida con una fortuna que en ocasiones nos recuerda a ciertos personajes de Dickens, pero que no deja de contener la experiencia vital y literaria propia de Rusia: nacer, crecer, morir, sin lujos amorosos ni de honor, como suceden en otras tradiciones artísticas. Existe, eso sí, un intento constante de asfixiar la dignidad, como una imposición de lo que supone cualquier alternativa al suicidio, es decir, como algo natural a la condición de estar vivo, y un deseo constante de mantener esa dignidad. La asfixia es el acoso exterior. El deseo es lo que caracteriza al ser humano. En ese sentido, esta novela, es un estudio del individuo frente al colectivo. Su autor, Vladimir Vertlib (San Petersburgo, 1966) nos deja esa afirmación casi propia del anarquismo, la de quien asegura que tiene fe en las personas, pero no en las grandes agrupaciones.

Rosa Masur atraviesa tanta historia, y esta influye tanto en la suerte de la protagonista, que uno se atreve a considerar la opción de catalogar la novela como histórica. Se trata de una falsa biografía, en la que el adjetivo “falsa” cabe ser muy cuestionado. Vertlib plantea la obra con mucho realismo, incluso con cierta inclinación al naturalismo. La voz de la protagonista, que es la que nos narra su vida, no se plantea nada que parezca afectar al terreno de la imaginación; no sentimos que nada de lo descrito sea figurado, tenga una lectura metafórica, nos deslumbre porque el acontecimiento no se nos hubiera ocurrido nunca. Parece, más bien, que el tratamiento es documental: esto que sucede es lo mismo que nos hubiera sucedido a cualquiera de haber nacido en esa misma tesitura. La compatibilidad de la imaginación con la verosimilitud será una de las constantes dudas que le puedan surgir al lector mientras va conociendo la vida de Rosa Masur. Acostumbrados a que la imaginación toque demasiado el reino de la fantasía, esta obra nos recuerda que también afecta a lo más mundano.

Aunque no es tan mundana la vida de la protagonista. Es cierto que podríamos pensar que cualquiera la hubiéramos imaginado, porque la mayoría de los episodios nos pueden sonar a conocidos, pero también es cierto que es raro comprobar cómo alguien puede relatar su biografía con esa distancia que le da la consciencia de ser testigo a la par que protagonista. Aún más complicado resulta darnos cuenta de en qué consiste la esencia de la adaptación de Rosa Masur. Frente a la dureza de las circunstancias, ella sigue empeñada en ser buena persona. Tal vez sea eso, la bondad, lo que obligue a darse cuenta de que la lucha es una metáfora de la vida que significa que vivir es algo que a uno le sucede, no algo que uno protagoniza.

martes, 9 de agosto de 2022

EL VIAJE DE CHIHIRO

 

El viaje de Chihiro

 



Tal vez sea la categoría más asombrosa, entendiendo por asombroso algo lleno de entusiasmo, que un lector pueda elaborar: la de los libros que tras su lectura piensa que hubiera deseado escribir él mismo. En mi espacio personal enmarco muy pocos así, y los conservo en las mejores estanterías de la memoria, donde están siempre expuestos, siempre listos para regresar al primer plano de los pensamientos sentimentales. Por ahí anda Pedro Páramo, El desierto de los tártaros, Helena o el mar del verano y, por supuesto y siempre, Mientras agonizo. Como espectador de cine, resulta más complicado pensar en esos términos, pues una película es una obra plural y tal vez no sabría decir si me hubiera gustado escribir el guion, dirigir o, sencillamente, idear Sin perdón, Plácido o Una historia verdadera. Con El viaje de Chihiro me sucede todo ello a la vez: ojalá la hubiera imaginado, ojalá la hubiera puesto en escena, la hubiera dibujado, la hubiera producido, ojalá hubiera sido el director de arte y el guionista. Ojalá fuera mi criatura. La única forma que tengo de integrarla en mi vida es volver a verla. Y es mucho. Así participo de ella con credulidad y, por tanto, con entusiasmo: ¿cómo puede ser malo el mundo si ha permitido la creación de un Bildungsroman como El viaje de Chihiro?

Como relato de iniciación, sorprende el ambiente: lo que lleva a madurar no es el enfrentamiento al mundo de los adultos, ni la supervivencia social, ni siquiera la aventura para la que su cuerpo se supone que no está capacitado, pues el viaje de iniciación tiene lugar, como no habíamos visto nunca, en un mundo que suele atribuirse como propio de los niños: el mundo de la fantasía. Hay fantasmas, monstruos, seres raros, magos, dragones… Uno crece desde el mundo de la infancia, no desde los presupuestos que imponen sus mayores.

El viaje comienza con una familia compuesta por unos padres y su hija, que abandonan la ciudad para irse a vivir cerca de los bosques. Allí, en uno de los escasos rincones donde pervive o se permite pervivir al bosque y a los seres del bosque que se alejan de los hombres, comienza lo que se supone que es extraño. Decimos se supone porque enfrentarse a duendes y hadas, a trols y fuegos fatuos, no entra en los criterios de lo cotidiano del urbanita. Sí fue parte de la vida de los pastores durante siglos: en el bosque había fenómenos y ruidos inexplicables. Nada más empezar, nuestra protagonista debe integrarse en el mundo de la imaginación: “Tienes que comer algo de este mundo, sino desaparecerás”, le advierte el que será su salvaguarda. Luego convive con los ocho millones de dioses que acuden de noche al hotel de aguas termales. Pero ¿quiénes son esos dioses? ¿Qué se supone que son los dioses en una cultura tan alejada? Hablamos de seres deformes, algunos horribles, otros graciosos, que se mueven como un banco de medusas. En la mitología japonesa los dioses representan elementos naturales: agua, fuego, luna, viento, etc. De hecho, serán los que representen al río quienes cobren un protagonismo más especial en una reivindicación ecológica que aquí se oculta, pero que en La princesa Mononoke, otras de las grandes películas del estudio Ghibli, saltaba a primer plano.

Nuestra protagonista, la niña Chihiro, enseguida es aceptada con ternura por los seres más humildes que habitan entre los sirvientes del hotel. Y se irá ganando el afecto de los demás mostrando que no rendirse significa no rendir la sonrisa, la generosidad, la buena disposición, sentir el valor de los demás para sostener el valor propio. Hay un detalle que me hace recordar, cada vez que la veo, a Los libros de Terramar, la trilogía de magos y dragones de Ursula K. Leguin que leí con diecisiete años: la importancia que se concede al nombre verdadero, a no olvidarlo, a conocer el nombre de los demás. Nombrar es conocimiento: sé quién eres, sé quién eres en verdad. Cada vez que reviso esta película siento la misma forma de felicidad que sentí en la adolescencia leyendo aquellos libros de fantasía. La felicidad es imposible definir, a no ser que seamos capaces de poner nombre verdadero a lo que sale del corazón. Y para eso todavía no se ha creado un lenguaje.

miércoles, 22 de junio de 2022

EL CABALLO CIEGO

 

El caballo ciego

Kay Boyle

Traducción de Magdalena Palmer

Muñeca infinita

Madrid, 2022

165 páginas

 



Nos pasamos la adolescencia soñando con mil cosas y la etapa que viene después soñando con que deberíamos haber mantenido los sueños de la adolescencia. Uno sabe que ha envejecido cuando ya no siente que le enfadan las injusticias que le enfadaban siendo joven, dijo André Gide. Ese es el termómetro que nos indica nuestra calidad energética. En realidad, cuando decimos que maduramos sosteniendo qué bonitos y estúpidos fueron los sueños de juventud, que parece mentira todo lo que te enseña la vida, no hemos aprendido nada. Lo único que hacemos es señalar que nos hemos vuelto unos acomodados que perdieron escrúpulos por el camino. No volveremos a tener la fuerza ni el fuego que teníamos entonces, es cierto, pero sí es posible conservar las ilusiones que arrojamos por la borda como si fueran pescado podrido. De ahí que debamos enfrentarnos a relatos como El caballo ciego, donde todos los recursos están puestos al servicio de despertar la humanidad que una vez tuvimos. Decimos humanidad y eso significa ser sensibles y dejarse llevar por la sensibilidad.

Una chica adolescente se enamora de un caballo ciego al que pretenden liquidar adultos con la piel de lagarto y la mente de un pragmatismo indomeñable. Si está ciego no podrá saltar y, por supuesto, un caballo que no pueda saltar no será feliz. Atribuirse el derecho a decidir sobre la felicidad de un ser que no puede expresarla, y por tanto no sabemos si puede sentirla, es un atrevimiento que nos hace suponer que podemos jugar a ser dioses. La chica escucha el latido de un corazón y con ello le basta para estar convencida de que la vida se impone, de que existe una potente voluntad de vivir. Para recuperar la esencia de ese eje que sigue la humanidad, la sensibilidad, la compasión, pocas cosas son tan convincentes como las terapias con animales. El caballo que siente confianza devuelve confianza. Esta obra trata sobre las ilusiones que deberíamos seguir manteniendo, y lo hace con un estilo que refleja su época: la prosa algo barroca, muy expresiva, que se tuerce en la exploración de las razones que la razón no entiende y busca explicarnos, que atrapa y sorprende, que ya vimos en algunos de los contemporáneos de Kay Boyle (1902 – 1992) como Thomas Wolfe. No importa que se nos hable de pequeñas cosas, de hecho, es a partir de las pequeñas cosas, de los pequeños gestos, cuando la ética que lleva a un estilo tan hábil y lleno de simbolismos en el que nos reflejamos.

Por suerte para la chica, siempre quedarán algún adulto al que le revivan las brasas de una juventud que no fue en balde. Y ahora lo demuestra. A veces eso se conoce como amor.

lunes, 20 de junio de 2022

UNA POÉTICA EDITORIAL

                                                                                Una poética editorial

Constantino Bértolo

Trama editorial

Madrid, 2022

170 páginas

 



Reunidos en un volumen los artículos y entrevistas en los que Constantino Bértolo (Lugo, 1946) reflexiona sobre su experiencia en el mundo literario, a partir del bagaje como editor, este Una poética editorial, uno concluye que el pesimismo es el estado natural del ser humano que se mueve en el mundo literario. No hablamos tanto de un pesimismo del mundo del libro como del literario, pues existe otro tipo de edición, como la de los libros de fotografía, y existe otra forma de entender ese mundo, como es la propia de los mercaderes. Da la sensación de que apenas queda nada que hacer, fuera de oponer una resistencia personal, y de que los mejores tiempos ya pasaron. La mayor ventaja es que siempre podemos volver a ellos, pues siempre podremos regresar a los autores que formarán parte de nuestra educación sentimental. Aquí está, a modo de ejemplo, una de las enumeraciones que el propio Bértolo propone en algún momento: Racine, Montaigne, Garcilaso, Valéry, Proust, Stendhal, Gil-Albert o Juan Benet. Si alguien intenta deducir cómo entiende la literatura Bértolo, será más sencillo crear una definición autónoma a partir de pasiones como éstas. Por otra parte, no hace tanto pudimos leer Quienes somos, esa selección de cincuenta y cinco obras españolas del siglo XX, a través de las que Bértolo intentaba explicarnos de dónde venimos.

Esta es una de las constantes de su pensamiento: indagar en el pasado para hablar de la consistencia de lo que estamos creando, para explicarnos, si es que existe explicación posible o si es que esa explicación merecerá la pena ser escrita. Al fondo de sus palabras, se encuentra, constantemente, la historia social. Y en la historia social uno se encuentra con que el “quiénes somos” debate con el “quiénes nos gustaría ser”.

El supuesto centro de interés del libro es el fundamento de la labor del editor literario. Frente al agente cultural, siempre se contraponen las leyes del mercado. El comercio y el espíritu del mercader provocan los grandes lamentos: “Editar como tarea «espiritual», cultural, humanista, erudita, técnica, estética, política. Y editar como tarea económica, comercial, empresarial. (…) Y como diría Calderón, ya es sabido que «Casa con dos puertas es difícil de guardar»”. Las circunstancias en las que Bértolo tuvo que ejercer como director literario, y posteriormente editor, posiblemente no hayan resultado las más sencillas como para regirse por criterios puramente literarios. La sociedad que describe se viene abajo a cuenta de un conservadurismo exagerado y una tiranía de producción y de los dueños de los medios de producción. En buena medida, se pueden extender sus apreciaciones a casi todos los ámbitos, no sólo los culturales. En realidad, su mejor justificación como profesional se encuentra en los márgenes, donde también es necesario escribir para completar el cuadro.

Pero los párrafos más deliciosos del volumen son aquellos que atañen a la lectura. Bértolo ha sido, y es, uno de los lectores más inteligentes de este país. Ahora bien, ¿qué es la inteligencia? Nos habla, constantemente, de erudición y sensibilidad, de inteligencia emocional, y se muestra un perseguidor tenaz contra los lugares comunes. Como hombre político defiende eso que los mismos lugares comunes que tanto odia llama causas perdidas, tal vez utopías. Como lector se entrega a intentar extraer conclusiones acerca de cómo podemos ser mejores a través de la lectura, sin llegar a presumir de ser mejores. Y para ello sería imprescindible reconocer desde dónde leemos, encuadrar la lectura en nuestro contexto social y humano. Por norma general, se expresa con una rotundidad intelectual sin fisuras, aunque pude llegar a ser bastante sedicioso, como cuando se expresa sobre las listas de libros más vendidos:

«Como editor entiendo que estos libros tienen derecho a existir, (…) pero entiendo también y sobre todo que si una sociedad debe volcar sus recursos, siempre escasos, en fomentar la lectura, debería hacerlo fundamentalmente en apoyo de aquellos textos que mejoren la salud semántica de la sociedad, que ayuden a elevar el nivel crítico de la sociedad en que vivimos, que permitan desvelar los mecanismos de dominio y consentimiento bajo los que transcurren nuestras vidas cotidianas, y nos faciliten horizontes de convivencia justos y razonables. (…) los malos libros tienen efecto contaminante, rebajan los niveles de exigencia, nos maleducan como lectores, nos acostumbran a la molicie intelectual, a la pereza mental, a la pasividad lectora.»

Bértolo no se orienta por corrientes literarias, las que dictan la actualidad narrativa, cree que editar consiste en hacer públicos determinados textos privados y que «en cuanto quehacer se relaciona con lo material, en cuanto hacer públicos con el poder, en cuanto textos privados con la propiedad, y en cuanto a determinados con la selección o el criterio». Da por supuesto, junto a Raymond Williams, que la cultura es un sistema de actividades encaminado a cubrir algo que llama la necesidad de ser mejores, o al menos eso es a lo que se corresponde la definición de cultura burguesa. No oculta su ideología y compromete mucho la labor del crítico literario, en algunas de las páginas más interesantes de esta recopilación: «Se trataría de poner en interacción la institución literaria con el más vasto y amplio marco sociocultural done nuestras vidas se inscriben», que es algo que echa en falta. O: «lo que hoy se llama crítica no deja de ser un gran cartel de publicidad indirecta que funciona como una especie de patio de Monipodio donde editoriales, autores, reseñistas, mercaderes y mercachifles, gestores culturales, párrocos del canon, cátedros de fin de semana, arribistas, profesionales del escepticismo, conseguidores y curadores digitales, trafican con las mercancías literarias en busca de beneficios y prebendas personales sin poseer capacidad intelectual, ética o política para asumir las responsabilidades propias de quien interviene públicamente en algo tan relevante como son las historias y las palabras colectivas». Este comentario, bien afirma él, se podría aplicar por extenso para mejorar cualquier tipo de relato, no sólo el que viene a partir de las publicaciones literarias. Bértolo vuelve a comentar y, como siempre, sus opiniones deberían pasar a formar parte del debate. No se nos ocurre mayor elogio.


Fuente: Revista de letras

UN MILLÓN DE PASOS

 

Un millón de pasos

Álvaro Machín

El Desvelo

Santander, 2022

300 páginas

 



Los tipos corrientes viajan una vez al año, tal vez dos si a la operación retorno le añadimos la operación salida. Nada muy bueno sale de estos desplazamientos, en los que a los humos que contienen dióxido de carbono se añaden los muy malos con los que uno va cargando su humor durante el viaje. Ahí se acaba la aventura, en los esfuerzos de contención que se ejercitan al no poder salir del coche y no poder acelerar el tiempo. La aventura pasa siempre por una experiencia de la soledad, y la soledad nos la encontramos, casi siempre, a la hora de medirnos con lo peor de nosotros mismos: el enfado, la cobardía, el egoísmo, el placer por el placer o la codicia, por ejemplo.

He aquí un libro en el que un tipo corriente, de esos que uno espera encontrarse conduciendo a tu lado por la autovía, nos demuestra que no es tan complicado forjarse unos trozos de vida soñada. Un millón de pasos reúne testimonios de los viajes de un periodista, por Asia, África, América o Europa, en desplazamientos que no son de larguísimo aliento ni de intenciones aguerridas. Sencillamente, nos lleva a otros lugares a través del relato de unas anécdotas que bien pudieran habernos ocurrido a nosotros. Tendremos diarrea, correremos cierto riesgo a que nos roben, beberemos, conoceremos a buenos samaritanos, pasearemos por paisajes atractivos. Iremos siguiendo el sonido encantador de algún lugar o tras un amor frustrado. Nos acompañará un amigo o sentiremos que no existe nada más que uno y el lugar del mundo donde se encuentra.

En realidad, como reconoce el autor, estamos frente a una experiencia de viajes que no deja de ser turismo. Podemos ejercerlo de una forma más o menos sofisticada, pero da la impresión que de una vez acabada la época de las grandes exploraciones, las que suponían ausencias de años, y una vez superada la idea colonial de descubrimiento, pues ellos siempre estuvieron allí, sólo queda la experiencia personal. Dicha experiencia puede ser más o menos atrevida, más o menos convencional, más o menos vistosa, pero siempre estará dentro de unos cauces en los que uno no se expone a grandes riesgos. A no ser que practique el salto base, que es la modalidad deportiva con más fallecimientos por practicante.

Álvaro Machín tratará al lector como a un colega, y despachará con él en un tono que nos remite al tuteo. Un millón de pasos no es una experiencia literaria desbordante, como leer a Faulkner o a Proust, ni pretende serlo. Sus pretensiones son mucho más sencillas, en el sentido en que puede resultar sencillo volverse más humano. Y eso es muy sagrado.