La
fosa abierta
Brigitte
Vasallo
Anagrama
Barcelona,
2026
310
páginas
Si
la vida tiene mucho de conflicto, también vivir nos ofrece algo con lo que
compensar ese daño, y ese algo son las lealtades. Uno es leal a lo que sabe que
es bueno, aunque el conocimiento de lo bueno se modifique a medida que
comprueba como los actos afectan a las personas. Uno es leal a sus amigos y
puede ser leal hasta a su linaje, que es algo que no tendría por qué perjudicar
a nadie. Pero es posible que uno sea leal, para siempre, a sus inquietudes, eso
que está tan ligado a las pasiones, a los enamoramientos. Esta obra contiene
mucho de las lealtades de Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973), expresada a
través de un intento por explicar lo que supone para ella ser txarnega «desde
un lugar que no tenga que ver con la tierra, sino con la emigración», le dirá
una amiga. Hay que eliminar todo lo peyorativo que puede contener el término
txarnego, para buscar algo más parecido a un asunto de familia, a una identidad
familiar.
La
piedra que arroja Vasallo al estanque es el intento de contactar con un
aristócrata francés, al que atendió su madre como empleada doméstica. La
pregunta consecuente, la que se repite en cada mensaje que envía, sin expresarla,
es ¿por qué éramos pobres? Ser txarnego, ser pobre. Hablar de los emigrantes,
de los campesinos, de los perdedores, y de sus contrarios: «Los que hacen la
revolución en la asamblea y después maltratan al camarero. Esos eran, y son
aún, los caciques». Y una comparación entre esa emigración y la que ella puede
celebrar en propia persona, pues parte de este ensayo está escrito en Roma,
donde la autora disfrutó de una beca. En el primer caso, el de los emigrantes,
la necesidad era económica; en el suyo será la de establecer distancia,
intentar mirar al pasado como se mira a un paisaje.
El
espíritu de Vasallo, su inquietud, la llevará a tocar todos los palos, a
saltos, transmitiéndonos una aparente actitud nerviosa, pero sabiendo muy bien
a dónde quiere llegar, cuáles son sus reivindicaciones, cuáles son las buenas
causas. De hecho, va desplegando capítulos cortos entregándonos la impresión de
que estamos frente a una autora que es intelectual, a pesar de no querer serlo,
de no identificarse con los intelectuales, sino con los emigrantes y los hijos
de emigrantes, esos que no saben en qué agua nadar, esos que podrían estar
viviendo una vida fragmentada. A la pregunta constante que es de dónde venimos,
ofrece la alternativa de quiénes somos, con lo cual nos quedamos en la duda, en
la impresión de que la identidad no es algo estable. Así pues, el texto orbita
entorno a los temas, sin llegar a otra conclusión que no sea la de declarar su memoria,
que es propia y es, al mismo tiempo, plural. Nos hablará de su experiencia y de
la de su familia, y también de la historia de los perdedores, esos para los que
cada paso es también una forja de la identidad propia y plural.
Vasallo
nos demuestra que para aprender hay que tener voluntad. Ha escrito un ensayo
vehemente, ocurrente, propio de alguien que sabe que en este mundo hace falta
mucha rebeldía y que una demostración de rebeldía es la indisciplina social,
porque la disciplina social solo sirve para cortar alas, para colgar bolas de preso
en los tobillos.



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