Amor
Juan
José Becerra
Candaya
Barcelona,
2026
429
páginas
El
colmo de la distopía es imaginar que llegará a existir un mundo sin amor. Y la
máxima representación del amor, al menos en cuanto a la narrativa se refiere,
es el enamoramiento. Lo cual nos lleva a suponer que la distopía mayúscula será
aquella en la que no exista el amor, ni los lugares donde se narró y guardó el
amor desde que existe la escritura, que son los libros. Lo cierto es que ya
estamos creando distopías en las que nos privamos de las más grandes cosas
naturales, las más hermosas: no vemos las estrellas ni el monte, por culpa de
la contaminación lumínica y la vida urbana, por ejemplo. Lo que vemos son pantallas
de cristal en las que se mueven personajes irreales, aunque a veces nos
consolemos porque entre ellos aparecen gatitos cuquis. En el futuro desaparece
el amor, el enamoramiento, pero no la inteligencia, o al menos esa parte de la
inteligencia que es la inquietud. Así pues, alguien puede iniciar una
investigación acerca del amor.
Eso
hace el narrador que crea Juan José Becerra (Junín, 1965), que comienza el
libro explicando cómo se elabora un documental, recogiendo información, archivos,
testimonios, transcripciones, noticias. Hasta que llega a lo que será el grueso
de la novela, que es el diario de quien pretende construir una obra acerca del
amor entre dos personas. El amor, en realidad, es una abstracción, no existe.
Lo que existe es amar y ser amado, convertirse en amantes. Como hacen el poeta
y la editora que protagonizan el estudio que algún día se transformará en ensayo
o novela. Queda este registro, dietario, en el que lo que se nos plantea es
algo de lo que habló Aristóteles: uno sabe que está enamorado porque se
incrementa la intensidad de los sentimientos. Será esta intensidad la que
facilite que los momentos tengan que ser, a la fuerza, significativos, tanto los
momentos en los que el trabajo del autor es de imaginación, como el esfuerzo de
representación es de empatía. De hecho, el narrador terminará hablando, en ocasiones,
sobre sí mismo y su propia infelicidad, por culpa de la historia que va descubriendo.
Becerra
ha construido una novela sobre la construcción de novelas, como quien nos
presenta el sustrato y la semilla, sabiendo que no podremos dominar el
crecimiento de la planta. Lo que es seguro es que tratamos con seres concretos,
con personajes, personas posibles, que son todo lo contrario a los fantasmas
que tanto abundan en la narrativa, seres a los que les puede el malestar que
cargan dentro. Hay una entrada que resulta bastante aclaratoria acerca de las
pretensiones de esta obra, que es una novela muy digna sobre un asunto muy
delicado y, por tanto, merece mucho la pena leer, como toda la obra de Becerra:
«Días
sin saber qué hacer con este libro del orto, hasta que ayer me pregunté: ¿y si
invento una nueva sociología del amor basada en estos dos hijos de puta
desagradecidos, la sostengo con estadísticas apócrifas e ideas viejas moldeadas
a mi gusto, y le doy al mundo la novedad del amor imposible por fin realizado
bajo el rótulo de “amores imposibles realizados”?».








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