Lo
que podemos saber
Ian
McEwan
Traducción
de Eduardo Iriarte
Anagrama
Barcelona,
2026
378
páginas
Lo
mejor del futuro es que nos lo podemos inventar y nadie nos va a achacar nada
porque no se produzca lo que vaticinamos. En 1984 no existió un ojo de Gran Hermano,
aunque más tarde iría llegando el reguero de cámaras que sirven a la policía
para seguir a los delincuentes en caso de delito, y los teléfonos móviles propagándose
por el mundo para grabar incidentes y fotografiarse frente al Taj Mahal. En
2001 no se descubrió un prisma negro en la luna que llevaría a un astronauta a
convertirse en un dios tras tocar a su gemelo a un montón de años luz de la
Tierra. Y va a ser complicado que en el año 2119 la geografía de Europa se
corresponda a estas islas que Ian McEwan (Aldershot, 1948) expone en su última
novela, esta Lo que podemos saber, que es un artefacto intrigante y seductor.
En
algún momento ha sucedido la gran inundación que ha elevado el nivel del agua
de los océanos, y millones de personas han fallecido. Pero la vida parece
haberse estabilizado de tal manera que a un profesor universitario le está
permitido entretenerse en una investigación acerca de unos poemas escritos cien
años atrás. Esto convierte a McEwan en un autor que está ideando a otro autor
en el futuro, para hablar, eso sí, sobre nuestro tiempo, sobre el presente. Es
como si estuviera diciendo que sus ideas, su imaginación, que son las ideas del
narrador, serán certezas. Esa convicción nos lleva a emprender una lectura en
la que esta distopía se expone con la contundencia del realismo. El contraste entre
distopía y realismo, que el autor consigue que parezca armonía, crea la atmósfera
más adecuada para que nuestro intelectual, el narrador, navegue exponiendo cómo
es el trozo de mundo en el que se mueve, la isla, las islas. En realidad, la
novela es una reflexión sobre qué es lo que más importa, y la conclusión parece
indicar que lo que sea que importe estará relacionado con la cordura y,
posiblemente, con su contrario.
Al
fin y al cabo, estamos en un mundo en el que todavía se imponen los traumas y
estamos frente a unos personajes que no se empeñan en combatirlos, sino en
llevar una vida normal. Hay una pareja, hay un trabajo, hay unos alumnos, hay
poemas de por medio. Es cierto que los niveles de lectura nos llevan, también,
a preguntas ecológicas, a contextos políticos y a las soluciones sociales. Todo
eso está bien encajado y perfectamente disimulado en un artefacto narrativo que
McEwan ejecuta con oficio y talento. Llega, incluso, a aparecer el alzhéimer y
la cura del alzhéimer, pero como algo que ha tardado demasiado en aterrizar, en
afectarnos.
«Nunca
lo habríamos consignado en nuestras propuestas ni reconocido entre nosotros,
pero era precisamente nuestra juventud lo que nos llevaba a interesarnos en el
periodo. Qué brillante inventiva y qué codicia tan estúpida. Qué música, qué
harte de mal gusto, qué correrías disparatadas y sentido del humor: gente que
volaba tres mil kilómetros para unas vacaciones de una semana; edificios que
alcanzaban las nubes; la asolación de selvas enteras a fin de fabricar papel
para limpiarse el trasero. Pero también desentrañaron el genoma humano, inventaron
internet, arrancaron con la IA y situaron un hermoso telescopio dorado a más de
un millón de kilómetros en el espacio». Dígannos ustedes si esta exposición,
esta intriga, no es motivo suficiente como para empujarse dentro de una obra
escrita con el buen pulso a que McEwan nos tiene acostumbrados. Un libro
estupendo para comenzar el curso.









