A
media luz
Joyce
Carol Oates
Traducción
de Carme Camps
Lumen
Barcelona,
2026
712
páginas
En
algún punto de las tripas de esta extraordinaria novela, Joyce Carol Oates
(Lockport, Nueva York, 1938) hace decir a uno de sus personajes: «Quizá Lionel
quiere salvar su propia vida, cariño». Sobre esto trata A media luz, la
obra que recupera Lumen, publicada por primera vez, en el idioma original, hace
veinticinco años. Nos encontraremos acompañando a un grupo de personajes que han
superado los cincuenta años o tienen una relación muy especial, de
enamoramiento, con personajes que han superado esa edad y contienen mucho
magnetismo. De hecho, la acción se inicia con la heroica muerte de un hombre al
que admiran y quieren varias mujeres de una localidad que hasta ese momento
bien podría haber sido un ambiente cerrado. No sabemos nada del pasado de este
personaje, y averiguar algo sobre él será la misión final de alguien que se ha
visto muy afectada por la desaparición. Pero antes hemos ido siguiendo a cada
una de las personas que han orbitado en ese ambiente casi de aldea, en el
sentido en que podrían ser ambiente de aldea los lugares donde suceden los
relatos de Carver, y hemos ido descubriendo que cada uno de estos personajes es
dueño de su propia novela. Lo que sucede es que todas las vidas orbitan, a su
vez, en las vidas de los demás, y no solo a través de los enlaces con el tipo
muerto.
Joyce
Carol Oates teje con maestría esta estructura en la que se impone la sensación
de lo imposible que es rellenar con nada ciertos vacíos. Pero, a pesar de todo,
no conviene bajarse del tren de vivir y cada uno de los personajes buscará una
forma de reinventarse. Todo comienza con el empuje de la muerte, de ese sentido
de lo efímero que a uno le queda al tomar conciencia de ella. Algo que cobra
especial relevancia al encontrarnos en una sociedad media tanto por la clase
social, aunque varios tengan la vida demasiado bien resuelta, como por la edad
y la formación. Y luego está este misterio coral en el que todos parecen
participar, y que tiene que ver con la atracción que el personaje ocasionó
entre mujeres que necesitaban salir de una vida más bien gris. Carol Oates se
va deteniendo en las reacciones, físicas y emocionales, de cada personaje, que
van alternando el protagonismo según comenzamos un nuevo capítulo. La verdad es
que consigue darles tal empaque que al lector le parece que lo más interesante
es lo que le está sucediendo al personaje con el que trata en la página en la
que se encuentre.
Pero
el retrato coral es el retrato de la mediana edad, en la que casi todos han
elaborado una doble vida, la segunda con aspecto volátil, porque en esa segunda
vida el combustible es el deseo. Nos encontraremos con las luces y las sombras,
con las pequeñas miserias y con un desarrollo que bien puede tener final
trágico o feliz, o no tener un final. En cualquier caso, todos pretenden que
algo se desencadene en su vida, y, en buena medida, a partir del fallecimiento
deciden que algo, pequeño o grande, tienen que hacer para provocarlo. Tal vez
un enamoramiento, tal vez intentar seguir la estela artística de este hombre
que hacía esculturas con la técnica del object touvée, tal vez idealizar
la soledad, tal vez la adopción insensata de perros cuando tu marido, que tiene
alergia al pelo de las mascotas, se ha alejado, tal vez comenzar un romance con
una amante punki, tal vez huir intentando no dejar rastro. Como suele suceder al
terminar las novelas de Joyce Carol Oates, uno sale observando a su alrededor
con un espíritu diferente, considerando que debería conocer el relato completo
de la vida de cada persona con la que se cruza y tener en cuenta que está, muchas
veces sin darse cuenta, elaborando su propio relato.
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