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jueves, 30 de abril de 2026

SIEMPRE EN CASA, SIEMPRE LEJOS DE CASA

 

Siempre en casa, siempre lejos de casa

Hannah Kent

Traducción de Laura Vidal

Alba

Barcelona, 2026

349 páginas

 



Cuando uno es un ser hipersensible, necesita encontrar dónde refugiarse. Está muy bien eso de tener una cueva o una cabaña en el bosque, pero el refugio no tiene por qué ser siempre un lugar concreto, pues también puede ser el mejor año de tu vida. Esta es una de las funciones salvadoras de la memoria: regresar siempre que quieras a los momentos en que fuiste feliz. Antes, los refugios eran sueños, hasta que la vida, y tu lucha en la vida, te permitió ese año maravilloso en que viviste de forma casi idéntica a como te hubiera gustado que fuera la vida. Nadie dijo que ni siquiera esa etapa fuera a ser del todo sencilla, pero no hay camino sin baches y la memoria sabrá destilar lo que nos interesa, que es una lección de felicidad que tiene que ver con el entorno y, sobre todo, con el entorno humano.

Esto es lo que refleja Hannah Kent (Adelaida, Australia, 1985) en esta obra, que ya revela su intención en el título: Siempre en casa, siempre lejos de casa. Kent viajó a las antípodas de su país, a Islandia, para conocer la nieve durante un año de transición, el equivalente a segundo de Bachillerato en nuestro país. Con diecisiete años quiere conocer lo que se supone que es su antimundo, lo contrario a la zona de confort, para sentirse viva. A estas alturas, ese atrevimiento puede considerarse como una aventura. Aquí habría que definir qué es una aventura, dado que no vamos a explorar selvas ni a subir cumbres vírgenes. Aventura es lo que nos empuja a madurar, aventura es las vivencias que nos son especiales y que podemos compartir, porque los demás pueden identificarse con ellas y sentir envidia, dado que ellos no ponen en marcha los mecanismos para algo tan sencillo y tan significativo. Aventura es un relato de iniciación, de crecimiento de transición al mundo adulto, aunque esto nos obligaría definir en qué consiste ser adulto. En el relato de Kent está claro: adultos son aquellos que se comportan de forma humana, generosa, pacífica, social. Adultos son los que facilitan la integración y te enseñan a querer.

Hay que tener en cuenta que nos habla un adulto, pero la voz trata de reproducir las sensaciones de un adolescente, que es pura emoción. Kent es muy sensible a la belleza, que reconoce en todos los lados, en los copos de nieve, en el viento y en los paisajes. Como es fácil imaginar, Kent es una muchacha que se está enamorando sin que el amor esté dirigido hacia una persona concreta. Esta será la esencia de la primera parte del libro. Luego pasarán los años y Kent regresará en varias ocasiones a Islandia, el país del que sigue enamorada. De hecho, el relato más amplio de sus retornos lo ocupa aquél en que nos habla de la investigación para su primera novela, Ritos funerarios, centrada en el caso de una asesina, bastante popular en el país, que fue la última mujer decapitada por la justicia, a la que Kent se esforzará por comprender.

En realidad, de lo que nos va hablando Kent en esta obra es acerca de los pasos más importantes en su formación, de cómo va creciendo en ella es espíritu creativo, sin que nos aturda con lecturas y ensayos sobre lecturas. Porque demuestra que lo más importante incluso en este ámbito, sin duda, será conocer buena gente.

lunes, 13 de abril de 2026

LA LÍNEA DE SOMBRA

 

La línea de sombra

Joseph Conrad

Traducción de Marta Salís

Alba

Barcelona, 2026

162 páginas

 



Para Joseph Conrad la mayor virtud del hombre es la lealtad. Así lo hace ver en la nota de autor que acompaña a esta nueva edición de La línea de sombra, cuando habla del aprecio imperecedero hacia la tripulación que le acompañó en el viaje que dio pie a esta novela. Imperecedero quiere decir inmortal, pero en términos humanos, es decir, que no puede morir mientras uno viva. Lo que haya más allá de la muerte propia es asunto de otras meditaciones, no de las que afectan a Conrad, siempre dándole vueltas a lo que nos construye como seres que habitan este planeta y entre esta gente. Será esa parte de la gente que le acompañó veinte días al borde de una lenta y agonizante destrucción, los que generen en él aprecio, un afecto capaz de motivar la creación de esta obra maestra.

«Solo los jóvenes conocen momentos así. No me refiero a los muy jóvenes. No. Los muy jóvenes, en realidad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa maravillosa continuidad de la esperanza ajena a toda pausa e introspección, es el privilegio de la primera juventud». Así comienza esta obra en la cuidada traducción de Marta Salís. Sabremos que estamos frente a un narrador, trasunto del propio Conrad, que se dispone a abandonar la última parte de la juventud, esa que es más reflexiva, preparándose para entrar en lo otro, en lo que viene después. Es una etapa de cambio, pero esto no significa que suponga un avance en madurez. La cuestión a la que nos lleva el narrador es puramente emocional, y lo hará con la densidad de estilo tan propia de Conrad, ese polaco que aprendió a escribir guardando reverencias al inglés que fue su segundo idioma. Eso es lo que sucede en las etapas de cambio, que nos despellejan por dentro: «Y aún era demasiado joven, aún seguía en ese lado de la línea de sombra, par no sorprenderme ni indignarme ante algo así».

Conrad entiende al lector como si se tratara de un amigo que le está escuchando la narración, y a los amigos se les respeta, se respeta su inteligencia y su estado de ánimo. No debe contarse aquello que carece de valor, y el valor se mide por las posibilidades de transformación. En eso consiste el respeto de Conrad y de sus narradores. En este caso, nos habla de una etapa en la que hay que comenzar a tomar decisiones y esas decisiones se toman en serio. En primer lugar, porque todo sucede en el mar, en ese mar romántico, existencialista y en ocasiones con un punto gótico: «Un súbito arrebato de nerviosa impaciencia recorrió mis venas, y despertó en mí una sensación de intensidad de la existencia que no me había asaltado antes ni he vuelto a experimentar jamás. Descubrí hasta qué punto yo era marino, de corazón, de alma y, por decirlo así, físicamente: un hombre hecho únicamente para el mar y los barcos. El mar era el único mundo que importaba; y los barcos, la prueba de la hombría, del temperamento, del valor y la fidelidad… y del amor».

Y luego está todo esto que ya conocíamos acerca de La línea de sombra y que vuelve a intrigarnos cuando la leemos: la posibilidad del fantasma, que se hace real cuando devora a alguien importante a la hora de salir adelante; el contraste entre la calma y la más extrema inquietud; una tripulación sin apenas rostro en la vida del autor con la mayor capacidad de descripción que ha existido; y, por encima de todos, ese personaje, Ransome, ese héroe disfrazado de antihéroe, el guardián del secreto de la serenidad, una actitud a la que le obligan sus debilidades, pero que no cae enfermo. Todo este misterio regresa y, una vez más, nos aturde. Bienvenidos, de nuevo a una de las más grandes obras maestras de la literatura.

jueves, 22 de enero de 2026

LA ISLA DEL TESORO

 

La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson

Traducción de Marta Salís

Alba

Barcelona, 2026

257 páginas

 



Leer una novela incontaminada sigue siendo una forma de definirse social y personalmente. Y nada contiene menos toxinas que La isla del tesoro. Ahí dentro está la pureza del álgebra que puede guardar la construcción de una novela, con su estructura que funciona como un reloj en función de la narración pura. Nada hay más balsámico que meterse en la cama a las diez de la noche con esta novela, para fomentar los sueños azules, mientras la memoria de la aventura perdura en nuestro subconsciente. Tal vez esta sea una postura ética de apariencia banal, algo de una estética egoísta, pero Stevenson nos salva de todas las formas de vanidad. En realidad, estamos frente a una experiencia que nos reconcilia con lo clandestino y la belleza de lo clandestino, pues leemos La isla del tesoro reconciliándonos con la vida: ¿cómo puede ser malo un mundo en el que vivió alguien capaz de escribir esta novela? El día siguiente amanecerá limpio, planteándonos qué lecciones morales podemos sacar de la aventura de Jim Hawkings. Hemos salido de nosotros mismos, sin dejar de estar encerrados en nuestra cabeza. Ese efecto mágico está presente en la experiencia de leer cada línea de esta obra. No exige nada al lector, que se transforma en un militante de la aventura sin levantar la voz.

Al volver a leer la novela, en esta cuidadísima edición de Alba, un libro que merece la pena acuñar, uno se da cuenta, desde la primera línea, que estamos ante un narrador hipersensible: la voz de Jim Hawkings, que jamás abandona el espacio narrativo para atender a digresiones, es la de una persona sensitiva, dotada de la intuición propia de un adolescente dispuesto a aprender a partir de todo lo que caiga en su camino. Y lo que más va cayendo son las relaciones con las personas, el descubrimiento de las diferentes naturalezas humanas. Hay idealizaciones en todos los aspectos, no solo en el positivo, como en mirada al pirata, una figura que bien podría haber sido la que representa la libertad, pero mantiene el punto exacto de codicia, de lo siniestro que cabe dentro de la codicia, como para que desconfiemos de ellos. Apenas se menciona, pero sabemos que son perdedores a la vez que victimarios. ¿De qué otra manera podría haber llegado John el Largo a ser quien es, contradictorio, noble y violento? Y luego está la búsqueda del tesoro, otro mito, que aquí no es nada más que la chispa que enciende el motor, que da pie a la aventura, a la emoción.

Y la aventura supone una modificación del protagonista. La genialidad de Stevenson es conseguir que esa modificación no sea una experiencia como la caída del caballo camino de Damasco, sino que se vaya produciendo párrafo a párrafo, pues cada acto, como no puede ser de otra manera, afecta al protagonista. Y le va haciendo madurar. De hecho, estamos frente a un personaje que sin buscarlo, sin pretenderlo, demuestra que ser valiente está al alcance de cualquiera, de ahí que se limite a relatar lo que va sucediendo, la acción a la que empuja la ambición de otros y la supervivencia consecuente. Es imposible obviar que la principal exploración de Stevenson atañe a la naturaleza humana. La confrontación entre el mundo de los piratas y el de quienes representan a la clase social integrada, pero honesta —el doctor, el capitán, el armador—, consolida un imaginario en el que caben todos los debates morales, incluido esa intuición a que nos va llevando la lectura, una intuición que dicta qué fácil es la muerte, largarse a la región donde no se cuece el pan. Y, sin embargo, lo que más contiene La isla del tesoro es vida, una cantidad infinita de lo que supone la vida si la aprendemos a vivir, si nos olvidamos de los sufrimientos y elegimos ver como una aventura la superación constante a la que nos obliga.

domingo, 13 de abril de 2025

SOY SENSIBLE

 

Soy sensible

Anna Romeu

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Alba

Barcelona, 2025

177 páginas

 



Que la felicidad sea un concepto muy difícil de explicar, pero una sensación muy clara, lo demuestra el recuerdo que tenemos de aquel paseo que nos dimos de niños, en pleno verano y en bicicleta, junto al grupo de amigos con el que nos bañábamos en las pozas que formaba el río. Atrás quedaba la autoridad implacable de los padres, encerrada en casa, y la del colegio, apagada tras finalizar el mes de junio. Aunque si uno se pone hoy a razonar, se plantea si esa misma felicidad era la que sentían los demás niños, que hoy son probos funcionarios o regentan una tienda de moda. Cuando hablas con ellos, no parece que les brille el mismo destello de vino blanco en los ojos que a ti te aparece a la hora de recordar el sol batiendo contra el agua de la poza, en la que nadaban los zapateros. Todos somos sensibles, como lo demuestra que todos seamos capaces de echar de menos, pero no todos lo somos de idéntica manera. Pertenecer al grupo de la gente con alta sensibilidad, a ese veinte por ciento de la población, te permite emitir más luz, pero también sentir que la nostalgia llega a acribillar. Aprender a vivir con esa cualidad no es sencillo y no estaría de más que nos propusiéramos divulgar cómo conseguirlo.

Hasta la fecha en España no se había publicado mucho sobre el tema, y obras como Vivir con alta sensibilidad, de Antje Sabine Naegeli, era una voz en el desierto. Hoy la psicóloga Anna Romeu (Villafranca de Penedés, 1972) une sus esfuerzos a esta buena causa, y nos entrega este volumen, sensato, divulgativo, en el que se resume el mundo de las personas con alta sensibilidad. La propia autora se encuentra entre las personas con alta sensibilidad, y ella misma ha tenido que aprender a conocerse, y conocerse a uno mismo supone mejorar las posibilidades de convivencia. La obra comienza definiendo qué es sensibilidad y abriendo una puerta a este territorio, sin considerar, en ningún momento, que se trate de nada semejante a una patología. Aunque lo más importante vendrá a continuación, cuando irá dando pautas sobre estrategias para afrontar el día a día si eres una persona con alta sensibilidad, porque ahí fuera llueven ladrillos de canto y vuelan los cuchillos. En ese sentido, Soy sensible ejerce como manual, aunque propone, eso sí, mantener una postura terapéutica a lo largo de toda una vida, dado que la hipersensibilidad no es algo que pueda quedar atrás. Finalmente, terminará hablando sobre la educación de los niños con alta sensibilidad, de la que uno concluye que debería educarse a todos como si fueran altamente sensibles, y sobre la adaptación al entorno laboral de estas personas.

El autoconocimiento, la gestión emocional, los patrones sociales, las estrategias de compensación, fomentar la autoestima y otras cuantas facetas, que ella ha ido aprendiendo y poniendo en práctica en su labor como psicóloga, se ponen sobre la mesa para mostrar que una vida digna es posible, aunque sufras más que los demás cuando toque sufrir, y disfrutes más que los otros cuando es el tiempo de la gloria. Romeu acude constantemente a ejemplos de casos que ha tenido en su trabajo, y que han superado los inconvenientes que brotan de vivir en un mundo no pensado para seres sensibles, animando así a las personas con alta sensibilidad, pero también dictando a los demás una advertencia seria: que todos debemos ser siempre delicados y respetuosos. No es la fragilidad lo que caracteriza a las personas altamente sensibles, porque esto puede ser un valor de otros rasgos, ni las considera especiales en grado sumo: Romeu sencillamente llama la atención sobre ese grupo de personas y esa cualidad a la que no hemos estado suficientemente atentos. Y esa, repetimos, es una buena causa.

lunes, 14 de diciembre de 2020

VIAJEROS

 

Viajeros

De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst

(1726 – 2017)

Marta Salís, ed.

Traducción de AA.VV.

Alba

Barcelona, 2020

892 páginas

 


Tras la lectura de este volumen, Viajeros, de Jonathan Swift a Alan Hollinghurst, uno se preguntará qué tiene en común la ficción y el viaje. Se reúnen sesenta y seis relatos escritos entre 1726 y 2017, en una demostración de la versatilidad de la literatura, en los que el centro de interés es el viaje que, en este caso, quiere decir los viajeros, los que se mueven, los que se desplazan y se encuentran en situación extraña. La variedad es tal, que resultaría complejísimo describir el libro; basta con enunciar a varios de los autores, de los que se incluye algún relato que ya es un clásico: Maupassant, Arthur Schnitzler, Kipling, Chéjov, Conrad, Marcel Schwob, Willa Cather, Pessoa, Joyce, Katherine Mansfield, Kafka, Cesare Pavese, Bowles (tanto Paul como Jane), Flannery O’Connor, Rulfo o Richard Ford. Las inquietudes, los proyectos, varían enormemente, desde el naturalismo a la ciencia ficción, desde la ironía a la denuncia. Cada relato posee su alma, sí, pero a través de ellos nos iremos preguntando por los vínculos, los lazos entre la ficción y el viaje. Su aspecto no puede ser más contrario: mientras que la ficción se practica en la inmovilidad, el viaje requiere, a la fuerza, movimiento.

Y, sin embargo, ambos suponen, casi siempre, descanso. Y decimos casi siempre porque en el libro no se olvidan del viaje del exiliado, que es alguien a quien se le niega el derecho a la nostalgia, o el del preso que se fuga, que jamás dejará de mirar hacia su espalda y hacia su pasado. Es por eso que en el viaje de ficción, también en el de estos casos extremos, nos hallamos frente al deseo, al deseo de descanso que será, a la postre, el que se imponga en cada voluntad. Hasta la aventura terminará por ser un anhelo de hallar reposo, pues la fatiga la produce lo que conocemos como vida real, esa de la que escapamos durante la lectura o durante el viaje, la que acosa por exceso de lo cotidiano.

“En muchas líneas llegaron a conocerlo como el hombre que quería continuar el viaje; cuando la gente le preguntaba qué era y qué hacía, él respondía:

“-Soy la persona que quiere vivir, y ahora estoy intentando hacerlo.”

La cita es del relato El judío errante, de Ruyard Kipling, y expone el espíritu de las almas que pueblan, o luchan por poblar, estos relatos: sentirse dueño de la propia vida. El viaje, o el deseo del viaje, supone el encuentro con la sensación de libertad. Y esa es, seguramente, la única impronta que exigiremos para emocionarnos, para sentirnos viajar, la misma que implica saberse vivo, estar descubriendo a través de los propios ojos y a través, también de los ojos de los extraños. Hay que poner mucha voluntad en el viaje, tanta como posee la fuerza de la buena ficción, para forjarse una existencia al margen del aburrimiento, que es una de las características de lo cotidiano, de la supuesta realidad, de lo convencional. Asistimos a la necesidad de cambiar de rumbo, que se nos impone constantemente, a cualquier hora pero, sobre todo, a las mismas en las que nos agarramos a un libro -o al cine- para que algo nos rescate del suelo que estamos pisando, el que no hemos podido elegir, aquel del que saltaremos encantados cuando emprendemos un viaje.

“Yo que, no sabiendo qué es la vida, ni siquiera sé si soy yo quien la vivo o es ella quien me vive a mí (tenga ese verbo hueco que es “vivir” el sentido que quiera tener), no os juraré nada, desde luego.”

Es ahora Fernando Pessoa el que resume el tema de la antología -que tan bellamente vuelve a editar Alba-: la ida y venida constante que tenemos en nuestra relación con lo que sucede, esa impresión de que son los demás quienes están eligiendo por nosotros, de venirnos todo impuesto, de tener que dar por supuesto que existe el destino y que el destino será fracaso a no ser que nos larguemos del lugar donde estamos. Los encuentros extraordinarios, pero también los ordinarios, nos ayudarán a ver cumplir los deseos: los del viaje, los de la ficción, los del descanso, los de la aventura. De ahí que en los relatos se vaya imponiendo la articulación de un momento clave de vida, es decir, el cambio. Lo embarazoso será reconocer que, a pesar del viaje, a pesar de la ficción, seguimos empeñados en ser las mismas personas que éramos antes de ponernos en marcha. O, tal vez, sea la vida, la vida que nos vive, la que esté empeñada en colocarnos, una y otra vez, de regreso a la casilla de salida desde la que tendremos la suerte, por otra parte, de saber que cualquier movimiento puede ser viaje.


Fuente: La línea del horizonte

jueves, 14 de noviembre de 2019

BAJO LA VERDE FRONDA


Bajo la verde fronda
Thomas Hardy
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba
Barcelona, 2019
251 páginas

Antes de escribir Lejos del mundanal ruido, Tess de los d’Uberville o Jude el oscuro, es imprescindible entrenarse en la literatura. Para conocer tan bien el material del conflicto, sobre el que montará Thomas Hardy sus obras maestras, deberá haber explorado el del puro relato. De ahí este ambiente rural e ingenuo en el que respiran los protagonistas de esta novela, llena de buenas intenciones y mejores personajes. Hay mucha melancolía, como reconoce en la nota introductoria: “pretende ser una estampa veraz y de primera mano de gentes, usos y costumbres que eran comunes en orquestas de pueblo hace cincuenta o sesenta años”. La novela es casi naturalista, a pesar de la contradicción que supone esta revelación: difícilmente un autor joven podrá escribir “de primera mano” un reflejo del modo de vida que existía hace sesenta años, a no ser, claro está, que el mundo haya cambiado muy poco, casi nada, en ese tiempo.
En un tiempo en que la literatura se está fermentando en experiencias nacidas en la lectura, en lugar de gestarse sobre la propia vida, se agradece retornar al origen, a los autores clásicos, aunque sea en un tono próximo a las leyendas populares, que basaban su literatura no en estructuras complejas o lenguaje impresionista, sino en la realidad. Hardy nos habla de nuestros vecinos, de nosotros, en un ambiente casi ideal en el que lo que mueve a los personajes es el miedo, el miedo al cambio, el miedo al futuro. Y los personajes se agarran a los valores universales: el amor y la música. De esta combinación no puede salir nada dañino. Y eso se agradece.

sábado, 8 de diciembre de 2018

CULTURAMAS 2018

Estos son los mejores libros de viajes, crónicas y aventuras reseñados en la sección de Culturamas 'viajes y libros' durante el 2018:

Estos son nuestros libros favoritos de 2018:

El complot de las damas muertas

Jessa Crispin

Traducción de Elvira Herrero Fontalba
Alpha Decay
Barcelona, 2018
280 páginas
Divergente, inteligente, con una capacidad insólita para reírse de sí misma, este autorretrato es la obra de alguien con la salud mental lo bastante bien amueblada como para saber que tiene que salir distinta de la experiencia. Un libro magnífico sobre la neurosis.

Carreteras azules

William Least Heat-Moon

Traducción de Gemma Deza Guil
Capitán Swing
Madrid, 2018
615 páginas
El relato es narración pura. Y las dudas siguen y seguirán quedando en el aire. Porque este viaje, que leemos casi de una sentada a pesar de las seiscientas páginas, pretende responder a la pregunta de si tiene sentido intentar darle sentido a lo que sencillamente es. Así pues, se puede ser existencialista y a la vez formar parte de la gente normal, no escribir para tratar de transformar el mundo. Ese es el gran mérito de esta obra. Y es mucho.

El ladrón de recuerdos

Michael Jacobs

Traducción de Martín Schifino
La línea del horizonte
Madrid, 2018
273 páginas
Al final, todo es memoria o, como dice Jacobs, el miedo a perder los recuerdos. Ese miedo le lleva a escribir un libro de viajes que nos hace sentir doble envidia durante la lectura: por la experiencia que vive y por su logro literario.

Campo visual

Kathleen Jamie

Traducción de Pilar Vázquez
Volcano
Madrid, 2018
232 páginas
Aunque sea paseando por islas remotas, a veces abandonadas, por lugares viejos donde hasta el romanticismo caducó hace tiempo. Pero si nos hablara del tiempo, nos estaría hablando del destino. Jamie tiene la cortesía de no molestarnos con esos temas. Aquí no está el cáncer ni las infecciones. Están los buenos sentimientos.

Hasta la frontera de mi sueño

Ricardo Martínez Llorca

El Desvelo
Santander, 2018
170 páginas
Martínez Llorca es un escritor que no se atiene a corrientes, que no cree en los géneros, que va por libre, como iba por libre Henri Rousseau en pintura, al margen de las corrientes impresionistas, expresionistas o fauvistas. Es un escritor que convoca todo lo que es en cada frase y nos regala obras de peso, capaz de llevarnos casi hasta las lágrimas, como en Luz en las grietas o en Tan alto el silencio, y de engañarnos con una imaginación de una madurez sólida y versátil en Hijos de Caín o Después de la nieve. Es, posiblemente, uno de los cuatro o cinco mejores escritores de su generación. Y aquí vuelve a demostrarlo.

Secuestrado

Robert Louis Stevenson

Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba
Barcelona, 2018
285 páginas
Todos hemos lamentado los tiempos duros, cuando la pureza campaba a sus anchas porque no había escollos vulgares que salvar. Pero lo hemos hecho de la manera en que lo representa Stevenson en boca de Balfour: a través de un relato que se parece tanto como somos capaces de reconstruir con la memoria. Lo que hace de Stevenson un autor tan grande es esa empatía a través de la imaginación. De nuevo nos llega otro libro para nuestra biblioteca particular de ineludibles. Una de las mejores novelas de la historia.

La casa de los lamentos

Helen Garner

Traducción de Alba Ballesta
Libros del K.O.
Madrid, 2018
300 páginas
Aunque la conclusión, como la de todo tipo de fracaso, pasa, a su juicio, por un defecto de pensamiento, por un abandono de humanidad, del recuerdo del esplendor en la hierba y toda la belleza que nos ha legado, algo que ella ha reclamado a lo largo de toda su obra: “¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”.

martes, 30 de octubre de 2018

SECUESTRADO


Secuestrado
Robert Louis Stevenson
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba
Barcelona, 2018
285 páginas

El título siempre ha sido engañoso: el protagonista de esta novela de aventuras, con todo lo que ello supone y atravesada por el mejor narrados de la historia, sufre un secuestro, sí, pero la esencia de la novela no está ahí. En realidad, el secuestro desencadena los mejores actos que definen la aventura, que coinciden con los que se muestran en los juegos de la infancia: correr y esconderse. David Balfour y su acompañante, un noble pendenciero, valga el oxímoron, corren por las tierras de Escocia sobreviviendo a situaciones extremas. El clima no acompaña, ni las gentes. Es una novela en la que se nos habla de la gestación de una amistad. Es un Bildugsroman, una novela de crecimiento, en la que el protagonista va abandonando la adolescencia para adentrarse en lo que viene a continuación. Es un nuevo ejercicio magistral de oratoria narrativa y termina siendo, cómo no, un lamento por los amigos que uno deja atrás, por los que nos acompañaron en los malos tiempos.
La vida no ha sonreído al joven Balfour, huérfano de ambos padres muy joven y al que nada le ata a su aldea. Así, con apenas algo de dinero y no más ropas que las puestas, se encamina a Edimburgo, donde se supone que debe acogerle un familiar, un tío que resulta tener muy malas pulgas. De hecho, es él quien gestiona el secuestro para quitárselo de encima. A partir de entonces, la novela será un itinerario en el que no faltan los naufragios, ni las luchas con espada, ni la intriga, ni las apariciones en último momento para ser rescatados. Balfour conocerá a un experto en el mundo de la supervivencia, que será su mentor a la hora de conocer a fondo la aventura. Junto a él va aprendiendo a conocer la condición humana y a distinguir entre el bien y el mal, en el sentido más ingenuo del término. Y el más ingenuo resulta ser, también, el más sabio.
Otros personajes les acompañarán y representarán las distintas caras de la tragedia y de la comedia. Como en una obra de teatro, aparecen retratados desde el primer momento por sus gestos y sus palabras. Aunque en esta ocasión Stevenson convierte a su tierra natal, Escocia, en otro personaje. La dureza de la supervivencia en las tierras altas, y el entorno hostil, en el que un jacobita con espada no es bienvenido entre los protestantes, determinarán la suerte de los protagonistas. A pesar del viento y las mareas, Balfour y Alan Beck se empeñan en escribir su suerte. Esa intención de vivir es lo que define a la aventura. Se puede escarbar mucho en la novela, hablar de los contrastes de caracteres, que hacen brillar con luz propia a cada uno por separado, por ejemplo. Se podría mencionar la amistad, que es un tema que lleva aparejado el recuerdo de la felicidad, pues el narrador de la historia es el propio Balfour rememorándola, y el lamento por la pérdida de esa felicidad, que jamás se produce cuando las condiciones son de confort supremo. Todos hemos lamentado los tiempos duros, cuando la pureza campaba a sus anchas porque no había escollos vulgares que salvar. Pero lo hemos hecho de la manera en que lo representa Stevenson en boca de Balfour: a través de un relato que se parece tanto como somos capaces de reconstruir con la memoria. Lo que hace de Stevenson un autor tan grande es esa empatía a través de la imaginación. De nuevo nos llega otro libro para nuestra biblioteca particular de ineludibles. Una de las mejores novelas de la historia.

jueves, 22 de febrero de 2018

RELATOS DEL MAR


Relatos del mar
AA.VV.
Alba
Barcelona
Mayo, 2014
583 páginas



Existen algunas metáforas de la vida elaboradas con acierto: la lucha puede ser una de ellas. Aunque nos gustaría elevar a reina en los altares la vida entendida como viaje. Y luego está la intervención de la geografía en nuestra cultura para entender qué es la vida: un río. Un río que va a dar al mar, que es el morir. Entender el mar como la muerte es apartarlo de su anterior designio, privarlo de lo que significó para la humanidad antes de que se colonizaran los reinos del interior, las mesetas, las montañas, los desiertos. El mar, la mar, era entonces la madre de la vida, la fuente de riqueza, las rutas del comercio y el comienzo de la aventura. Y vivir una vida sin aventura es una manera de vaciarla de contenido. O de vaciarla de felicidad. Pero el mar sigue siendo una forma de felicidad en los cuadros de Sorolla, en los versos de Alberti. Puede haber otras versiones de la felicidad, como en el chocolate caliente con la niebla pegada a la ventana, la música de fiesta bajo un emparrado o la solidaridad frente a las tragedias. Pero muy pocas pueden competir con el mar muy azul.
Tal vez no en todos los modelos con que representamos el mar haya felicidad, pero es casi imposible eludir la exégesis romántica. Por muy gótica y oscura que sea su representación, siempre habrá un aspecto emocional que llevará al límite nuestra sensibilidad, nuestros miedos y nuestros deseos. No existe un fenómeno geográfico que lo iguale, o que lo haya igualado hasta la fecha en el mundo literario, a no ser que la abundancia de novelas y relatos urbanos nos obligue a emparejar a la invención de Caín con los fenómenos naturales. Resultaría complicado elaborar una antología de literatura de montaña o de literatura de desiertos, a pesar de la maestría de Paul Bowles o Theodor Monod, del calibre de este Relatos del mar. De Colón a Hemingway, que recientemente ha traído la editorial Alba a nuestras librerías. A no ser que consideráramos el planeta dividido en dos fenómenos geográficos básicos, dada su extensión: el mar y la tierra. Y resultaría más difícil tal propósito si nos atuviéramos a los criterios de edición de esta antología, meditadamente occidental, mezcla de crónicas y ficción, y referida al tiempo contemporáneo, el que abarca desde el descubrimiento de América a nuestros días. Puede señalarse un carácter un tanto eurocéntrico, excepto por las intervenciones de los escritores norteamericanos, y un poco anglófilo, dada la abundancia de autores en lengua inglesa. Pero la literatura del mar más cercana debe demasiado a esos viajeros y escritores, hasta el punto que resultaría comprometida una antología elaborada con otros criterios.
Apenas cabe hacerle algún reproche a la selección. Parte de Antonio de Pigafetta y su relación de la primera vuelta al mundo, y termina con Roald Dahl y sus bromas macabras. Por el medio, la variedad da fe de lo versátil que es la presencia del mar: danzan las leyendas, varían las crónicas personales, nos visitan brutales piratas reales, se da pie al estudio de la condición humana y su carácter moral, se nos introduce en el miedo y el extrañamiento de los esclavos; arribamos a las sensaciones góticas y al mundo de los fantasmas, se desencadena toda la fuerza de la naturaleza, nos hace creíble cualquier presencia en su inmensidad, nos presenta hasta la posibilidad del milagro; se alienta el terror hacia las bestias y los tiburones, afrontamos el horror extremo en los naufragios, nos convertimos en melancólicos observadores que viven en el pasado, aguardamos a lo desconocido con miedo hasta de la calma chicha; el terror alcanza escalas planetarias, la orilla viene a recordarnos la membrana que separa la vida de la muerte, o el mar se convierte en un decorado imprescindible; conocemos a los marineros canallas y vividores, a los capitanes heroicos, a los amotinados de la Bounty cuya leyenda se alimenta de la realidad; un espejismo nos lleva al deseo del mar; mezclamos lo trágico y lo grotesco del hombre en situaciones al límite; exploramos la supervivencia, nos adentramos en la dureza del mundo de los pescadores; viajamos sobre el mar, porque el mar es un camino, agonizamos, confundimos realidad y ficción; el sueño de la libertad se transforma en un peligro o el mar en un reposo; nos encontramos en soledad y la soledad es la aventura; pasamos al otro lado de la tumba, recibimos una lección de surf como una forma noble de relacionarse con el mar; vemos cómo el mar se inmiscuye en territorios secos a través de lo espectral, rescatamos tesoros, descubrimos las horribles tesituras morales en las que nos coloca la guerra, e incluso luchamos por sobrevivir con un habitante de las profundidades.
De la relación de varios de los autores cabe esperar lo mejor –Conrad, Stevenson, Henry James, Hemingway, Maupassant, Melville, Tolstoi, etc.-, y también el descubrimiento de obras significativas en la literatura del mar, como diarios de piratas reales o de traficantes de esclavos. Cabe cuestionarse un poco la inclusión del cuento de Kafka, en el que la presencia de una barca entre los dos lados de la tumba nos remite más a Caronte y la laguna Estigia que a los océanos, haciendo de esta elección algo forzado. Y, como siempre, dentro del excelente nivel que presenta el libro, hay que destacar la aportación de Chejov, quien con su relato, Gúsiev, justifica todas las horas que uno quiera dedicarle a la lectura de un volumen mucho más que recomendable.

Fuente: La línea del horizonte

miércoles, 14 de febrero de 2018

NATURALEZA VIRGEN


Naturaleza virgen
Robert Macfarlane
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba
Barcelona, 2012
347 páginas



A través de minúsculos itinerarios por la geografía de las islas británicas, Robert Macfarlane construye un libro muy hermoso sobre la necesidad de reconocerse en la naturaleza. Porque el verdadero hogar está donde está la vida.

Marcovaldo es un conjunto de relatos escritos por Ítalo Calvino en el que un personaje descubre restos de naturaleza entre la arquitectura urbana. Marcovaldo, que es el nombre del protagonista, se detiene a observar, con ternura, unas setas que nacen al pie de una farola o una fila de hormigas en la grieta de una fachada. Entre este tipo genial y la convivencia extrema con la naturaleza, la que aparece en obras como El peor viaje del mundo, de Cherry-Garrard, o Arenas de Arabia, de Wilfred Theisiger, cabe un amplísimo espectro de formas de relación con la naturaleza, que es la esencia de la que venimos y, por tanto, la materia que somos. Por mucho que nos empeñemos en identificarnos con la urbe, a la que vinculamos, engañándonos, con la civilización (“una cultura no es mejor que sus bosques”, nos recuerda W. H. Auden), será la terapia del contacto con la naturaleza la que resuelva para nosotros la disyuntiva de Shakespeare: entre ser y no ser, en ese lugar, a través de la naturaleza, es donde escogemos, definitivamente, ser.
De eso trata este libro, esta mirada de Robert Macfarlane (Halam, Nottinghamshire,1976), esta necesidad de consuelo del hombre que vive en la ciudad. Porque en algún momento surgirá la añoranza, sobre todo cuando uno pone al día su sensibilidad. En un tiempo en el que utilizamos las neurosis para cubrir las carencias emocionales, para evitar enfrentarnos a nuestros sentimientos, a las pasiones y a la piedad, al mundo sensitivo y al afectivo, en un planeta en que se impone el antipaisaje, que es la cárcel urbana, el aire millones de veces respirado y contaminado, el mundo de la polución lumínica (“Las ciudades existen en un permanente crepúsculo de sodio”), Macfarlane se convierte en un autor imprescindible. Aquí elige ser lírico, porque se niega a ser elegíaco, y así es como emprende pequeños periplos a lugares de Gran Bretaña e Irlanda donde todavía reconoce la génesis de la Tierra. No es casualidad que siempre que tiene ocasión, el autor decida darse un baño aunque sea en aguas frías. No es casualidad que se bautice en cada parada, que dedique unos minutos al rito que significa volver a nacer, retomar la vida y aceptarla.
“Empezó a soplar el viento y salí hacia el bosque”. Así comienza este hermoso libro. Cuando por lo general es al contrario, cuando uno espera a que terminen las inclemencias para abandonar el edificio en el que vive, Macfarlane aguarda a que se manifieste la naturaleza para acudir a ella. Porque ese es su verdadero hogar. Porque el hogar está donde uno se siente libre, y la libertad tiene un estrecho vínculo con la armonía. Y la armonía se reconoce en lo natural, en las capas del universo que limitan con lo salvaje. Pues de eso también trata este libro, de la difusa frontera entre la belleza y lo temible, que es un espacio muy frecuentado por la poesía. Y por tanto un espacio que para describirlo uno debe tomarse su tiempo. Macfarlane se demora tanto como es conveniente para describir los detalles que visten a las cuatro estaciones que, de alguna manera, para él constituyen el esqueleto de la naturaleza. Algo que no es casualidad, pues son ellas las que definen el tiempo real, un tiempo que no es una dimensión: “El tiempo encuentra allí sus formas minerales y aéreas; no está en la esfera del reloj, ni tampoco en la agenda”. El tiempo no existe, dado que en esencia sólo existe el hoy: “aquella jungla en miniatura hundida en la caliza era puro presente, puro proceso; existía en un fecundo y permanente ahora”.
Como Thoreu en Walden, pero inventándose periplos de peregrino hacia ningún lugar, Macfarlane da paso a su educación sentimental. Y así el libro, y su sabiduría, se organizan en las etapas que configuran la naturaleza del cosmos, que son siempre las mismas, estemos hablando del microcosmos de Marcovaldo o del macrocosmos de Robert Scott. La enumeración de las mismas, y el tema que aborda en cada una de ellas, es concluyente: del hayedo surge la motivación; la isla es una metáfora del exilio; el valle expone la convivencia de la belleza con el horror; en la turbera se vincula a la naturaleza con las leyendas, que son refugio en tiempos difíciles; el bosque es el encantamiento y los árboles la vida; del paso por el estuario deducimos que todo existe para ser poesía; en el cabo sentimos la soledad gracias a la contemplación inmensa; en la cumbre la convivencia con formas de hostilidad; las tumbas nos ayudan a reconciliarnos con la muerte; la sierra nos demuestra que la nieve y el invierno son formas de purificación; de la existencia de las cañadas deducimos que no todas las cicatrices son perniciosas para los ecosistemas; en la playa de tormenta comprobamos que la propia naturaleza nos relata su historia; en la marisma comprobamos cómo la lentitud de la naturaleza es una terapia contra la tristeza; y el peñasco viene para imponer la idea de que la naturaleza siempre recompensa, siempre te devuelve en la medida en que te entregas.
Naturaleza virgen es, en definitiva, un libro repleto de bondades, de buenas cosas buenas. Existen los libros bondadosos en el mismo sentido en que existen personas bondadosas. Y este es uno de ellos. Un libro para leer a tramos lentos, poco a poco. Un libro para colocar en la mesilla de noche y consultar un rato antes de apagar la luz.



martes, 6 de febrero de 2018

LAS MONTAÑAS DE LA MENTE

Las montañas de la mente

Robert MacFarlane

Traducción de Concha Cardeñoso
Alba
Barcelona, 2005
358 páginas
20 euros



La idea no es mía, sino del maestro Borges: existe una categoría de libros cuya lectura nos hace más felices. ¿Cómo cabe definir la felicidad que proporciona su lectura? Baste decir que entre estas obras figuran, a su juicio, Las aventuras de Huckleberry Finn o La tierra purpúrea, obras, en definitiva, que nos trasladan a la libertad de los espacios naturales, al río, a las llanuras. No me cabe ninguna duda: Borges hubiera incluido en esa lista a esta obra, una obra feliz, un libro fantástico, un descanso para el lector que se reconcilia con la literatura a través de sus páginas. Nos reconcilia con la literatura y con las montañas, unas contingencias geológicas a las que el ser humano le ha ido atribuyendo el adjetivo de sublime que viene a definir, a grandes rasgos, la idea del poeta Rilke de que la hermosura es la cantidad máxima de lo terrible que el hombre puede soportar. De ahí que el verdadero protagonista de la obra sea la imaginación humana, el sujeto uno que se propone en la sentencia: “las montañas que uno contempla, las que lee, con las que sueña y las que desea no son las que uno escala”.
En realidad, toda la erudicción que muestra MacFarlane, del que sólo sabemos que nació en 1976 y que siendo tan joven la altura de su literatura puede alcanzar un vuelo estelar, está en función de una clave psicológica, oficio que no designa explícitamente. Sí penetra en la evolución interpretativa que el hombre ha otorgado a la presencia de las montañas, partiendo de facetas científicas como la geología, la geografía (mayormente la cartografía), la meteorología, la óptica, y también del humanismo representado a través de la teología y la espiritualidad religiosa, la poesía, la pintura e incluso la etimología. A todo esto cabe añadir una experiencia inclasificable como es el montañismo, que haya su hueco más próximo a los fundamentos de la necesidad humana en el capítulo dedicado a las exploraciones.
Pero tanta explicación se encuentra atravesada por un misterio, algo que escapa a nuestra comprensión cartesiana y que es un flujo que traspasa la barrera de la erudicción para impregnar el libro de conocimiento, casi de sabiduría, y que es la concepción cósmica del tiempo, su relativa importancia, la idea de que este fluye lentamente en el universo infinito y dentro de los parámetros de la propia Tierra, conviviendo así de manera sosegada y armoniosa con la Gran Naturaleza. MacFarlane quiere comprender las razones de lo que está más allá de la razón, las razones del universo y del ánimo. Para ello, recurre a dos redacciones paralelas, una en la que reseña anécdotas de su vida, de su infancia y su abuelo, o de las expediciones y los paseos por las montañas escocesas, y otra en la que narra y comenta los días en que los científicos, viajeros o escritores revolucionaron la concepción de la montaña. Las fechas clave en esta revolución las sitúa en la época victoriana, una edad en la que a los descubridores científicos, algunos para nosotros desconocidos y otros tan populares como Darwin, cabe añadir la exploración que ampliaba el mundo y la visión artística romántica. Todo escrito con una variedad de recursos estilísticos fabulosa, perfecta para transmitir sensaciones, con una gama de metáforas (otro de los temas presentes en el libro: cómo describir las percepciones nuevas a través de la metáfora) rica en sensaciones, con una facilidad expresiva inusual entre la gente de montaña. Además de aportar una capacidad de empatía fabulosa, trasladando al lector la forma de mirar de tanta gente que creyó encontrar la felicidad en las montañas. Y si hay algo semejante a ser feliz, eso es creer haber encontrado la felicidad.


Fuente: Tribuna/Culturas