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miércoles, 14 de febrero de 2018

NATURALEZA VIRGEN


Naturaleza virgen
Robert Macfarlane
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba
Barcelona, 2012
347 páginas



A través de minúsculos itinerarios por la geografía de las islas británicas, Robert Macfarlane construye un libro muy hermoso sobre la necesidad de reconocerse en la naturaleza. Porque el verdadero hogar está donde está la vida.

Marcovaldo es un conjunto de relatos escritos por Ítalo Calvino en el que un personaje descubre restos de naturaleza entre la arquitectura urbana. Marcovaldo, que es el nombre del protagonista, se detiene a observar, con ternura, unas setas que nacen al pie de una farola o una fila de hormigas en la grieta de una fachada. Entre este tipo genial y la convivencia extrema con la naturaleza, la que aparece en obras como El peor viaje del mundo, de Cherry-Garrard, o Arenas de Arabia, de Wilfred Theisiger, cabe un amplísimo espectro de formas de relación con la naturaleza, que es la esencia de la que venimos y, por tanto, la materia que somos. Por mucho que nos empeñemos en identificarnos con la urbe, a la que vinculamos, engañándonos, con la civilización (“una cultura no es mejor que sus bosques”, nos recuerda W. H. Auden), será la terapia del contacto con la naturaleza la que resuelva para nosotros la disyuntiva de Shakespeare: entre ser y no ser, en ese lugar, a través de la naturaleza, es donde escogemos, definitivamente, ser.
De eso trata este libro, esta mirada de Robert Macfarlane (Halam, Nottinghamshire,1976), esta necesidad de consuelo del hombre que vive en la ciudad. Porque en algún momento surgirá la añoranza, sobre todo cuando uno pone al día su sensibilidad. En un tiempo en el que utilizamos las neurosis para cubrir las carencias emocionales, para evitar enfrentarnos a nuestros sentimientos, a las pasiones y a la piedad, al mundo sensitivo y al afectivo, en un planeta en que se impone el antipaisaje, que es la cárcel urbana, el aire millones de veces respirado y contaminado, el mundo de la polución lumínica (“Las ciudades existen en un permanente crepúsculo de sodio”), Macfarlane se convierte en un autor imprescindible. Aquí elige ser lírico, porque se niega a ser elegíaco, y así es como emprende pequeños periplos a lugares de Gran Bretaña e Irlanda donde todavía reconoce la génesis de la Tierra. No es casualidad que siempre que tiene ocasión, el autor decida darse un baño aunque sea en aguas frías. No es casualidad que se bautice en cada parada, que dedique unos minutos al rito que significa volver a nacer, retomar la vida y aceptarla.
“Empezó a soplar el viento y salí hacia el bosque”. Así comienza este hermoso libro. Cuando por lo general es al contrario, cuando uno espera a que terminen las inclemencias para abandonar el edificio en el que vive, Macfarlane aguarda a que se manifieste la naturaleza para acudir a ella. Porque ese es su verdadero hogar. Porque el hogar está donde uno se siente libre, y la libertad tiene un estrecho vínculo con la armonía. Y la armonía se reconoce en lo natural, en las capas del universo que limitan con lo salvaje. Pues de eso también trata este libro, de la difusa frontera entre la belleza y lo temible, que es un espacio muy frecuentado por la poesía. Y por tanto un espacio que para describirlo uno debe tomarse su tiempo. Macfarlane se demora tanto como es conveniente para describir los detalles que visten a las cuatro estaciones que, de alguna manera, para él constituyen el esqueleto de la naturaleza. Algo que no es casualidad, pues son ellas las que definen el tiempo real, un tiempo que no es una dimensión: “El tiempo encuentra allí sus formas minerales y aéreas; no está en la esfera del reloj, ni tampoco en la agenda”. El tiempo no existe, dado que en esencia sólo existe el hoy: “aquella jungla en miniatura hundida en la caliza era puro presente, puro proceso; existía en un fecundo y permanente ahora”.
Como Thoreu en Walden, pero inventándose periplos de peregrino hacia ningún lugar, Macfarlane da paso a su educación sentimental. Y así el libro, y su sabiduría, se organizan en las etapas que configuran la naturaleza del cosmos, que son siempre las mismas, estemos hablando del microcosmos de Marcovaldo o del macrocosmos de Robert Scott. La enumeración de las mismas, y el tema que aborda en cada una de ellas, es concluyente: del hayedo surge la motivación; la isla es una metáfora del exilio; el valle expone la convivencia de la belleza con el horror; en la turbera se vincula a la naturaleza con las leyendas, que son refugio en tiempos difíciles; el bosque es el encantamiento y los árboles la vida; del paso por el estuario deducimos que todo existe para ser poesía; en el cabo sentimos la soledad gracias a la contemplación inmensa; en la cumbre la convivencia con formas de hostilidad; las tumbas nos ayudan a reconciliarnos con la muerte; la sierra nos demuestra que la nieve y el invierno son formas de purificación; de la existencia de las cañadas deducimos que no todas las cicatrices son perniciosas para los ecosistemas; en la playa de tormenta comprobamos que la propia naturaleza nos relata su historia; en la marisma comprobamos cómo la lentitud de la naturaleza es una terapia contra la tristeza; y el peñasco viene para imponer la idea de que la naturaleza siempre recompensa, siempre te devuelve en la medida en que te entregas.
Naturaleza virgen es, en definitiva, un libro repleto de bondades, de buenas cosas buenas. Existen los libros bondadosos en el mismo sentido en que existen personas bondadosas. Y este es uno de ellos. Un libro para leer a tramos lentos, poco a poco. Un libro para colocar en la mesilla de noche y consultar un rato antes de apagar la luz.