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martes, 20 de febrero de 2018

POSTALES DEL JOVEN MOSS


Postales del joven Moss
Alexander Benalal
La línea del horizonte
Madrid, 2014
281 páginas



¿Qué es la realidad? “La cámara, como sabéis, saca lo que el que la dispara ve, por lo que no garantizo que sea exactamente lo que hay en realidad”. La sentencia es de Moss, el protagonista y narrador que Alexander Benalal inventa para relatar un periplo de dos meses tocando alguno de los puntos más significativos del planeta. Y refleja uno de los epicentros de cualquier debate. Si uno asiste, por ejemplo, a un accidente, acompañado de otra persona, y como testigo es llamado a declarar, descubrirá que su testimonio no es idéntico al de aquel que contemplo el suceso a su lado. Cuando en teoría ambos vieron lo mismo, con una exactitud que apenas se diferencia en una perspectiva cambiada en decenas de centímetros. Sirva el ejemplo como muestra de lo imposible que resulta crear la realidad, de lo cierta que es la afirmación de Moss. No hay visión objetiva. Y puestos a ello, lo mejor es dejarse llevar por la subjetividad como abono para reconocer que lo único válido es ir aprendiendo. Como hace este joven Moss, un habitante del imaginario planeta Glll, enviado a la Tierra para investigar sobre nosotros, sin que en ningún momento se declare cuál es el objetivo de tal investigación. Porque el aprendizaje no requiere de ninguna coartada para justificarse, porque aprender da validez y sentido a cualquiera de nuestros actos, de nuestras decisiones, de nuestros puntos de vista.
De este modo, cuando Benalal se propone reflejar un periplo que se define por visitar las ciudades más significativas de Rusia, China, Japón, Argentina o Estados Unidos, se cuestiona la belleza de esa realidad a la que se supone está asistiendo. Y a partir de ella se plantea una denuncia interrogativa de la dirección que ha tomado nuestra forma de vida, regido, en buena medida, por la americanización y su hepatitis, que es el capitalismo. Si uno reconoce que el mundo no es tan hermoso como hubiera deseado, se transforma en un viajero al que le supone gran esfuerzo encontrar sentido al viaje. Una ecuación que Benalal resuelve dándole sentido de humor a la visita. Es cierto que hay algo de Eduardo Mendoza y, tal vez, de Bill Bryson en este libro, pero a diferencia de Bryson, Benalal no ha encontrado un extrañamiento divertido en cada accidente del trayecto. Benalal necesita inventarse a una pareja de personajes en crisis matrimonial, un punto de vista lejano, para aumentar la distancia que le separa con los hechos y dar cabida al ingenio. Esta táctica provoca un mayor distanciamiento del lector, quien ya no comparte el viaje con quien escribe, sino algo tan importante como el viaje, que es la sonrisa.
En buena medida, Postales del joven Moss no es un libro de viajes, aunque el conflicto de amor que viven los personajes esté influido por la distancia de su hogar y un itinerario. Hay algo de Road Movie, porque las situaciones se suceden y los diálogos, que ocupan buena parte de las postales, no afectan tanto a la acción como a los propios diálogos: hablamos para descubrir. Hasta el punto de que la conclusión más importante es que para entender el mundo no hay que hacer esfuerzos. Lo obligatorio es aceptarlo. Por eso el fundamento real de este libro es la confrontación entre la pareja protagonista. Ella, la mujer de Moss, sólo busca placer en el viaje, y al no encontrarlo se plantea regresar a su planeta de origen. Moss, más trágico, aspira a dar con el sentido del mundo porque, por narices, todo esto tiene que tener algún sentido. Por narices y porque se lo mandan descubrir las autoridades de su planeta.
Y así, prestando atención en cada capítulo a las peculiaridades de los centros de interés de las ciudades, al acento y el vocabulario bonaerense, o a los hábitos alimenticios de Beijing, reflejando una idiosincrasia que todos conocemos, aunque no hayamos ido allí, Benalal construye un entretenido juego al que no está de más dedicarle un tiempo de lectura.