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domingo, 18 de febrero de 2018

PASEOS POR BERLÍN


Paseos por Berlín
Franz Hessel
Traducción de Manolo Laguillo
Errata Naturae
Madrid, 2015
281 páginas



Lo que debe distinguir al flâneur, para evitar esa connotación despectiva que conlleva, es un virtuosismo en la mirada. Que sepa reconocer la distinción tanto en una baldosa como en un cuadro de Vermeer. Y que esa distinción sea digna de saltar a unas páginas desde las que llamar la atención a cualquiera: la baldosa se ha agrietado con idénticas roturas a las que presentan los óleos del pintor holandés por culpa del pasado. Aunque para las segundas haga falta una mirada microscópica, no están menos ocultas que las primeras, diluidas entre el fárrago de la ciudad, a no ser que alguien meta el pie en ella y se provoque un esguince. Para el flâneur el dolor de ese esguince limita con el síndrome de Stendhal frente al cuadro de la costurera de Vermeer.
Franz Hessel           (Stettin, 1880 – Sanary-sur-Mer, 1941) es uno de los ejemplos de flâneur más significativo: paseante sin rumbo, con un espíritu que roza el del perezoso que reniega de cualquier trabajo, atento a los detalles de una urbe de la que no veían necesario salir, al tiempo que se mostraban incapaces de permanecer quietos. Hessel es una suerte de voyeur de la ciudad. Independientemente de su situación económica, no parece necesitar el dinero y dedica su atención a lo circunstancial y a los posibles pasados y futuros de lo circunstancial. Hessel convierte así el pasear en un arte que tiene algo de burgués, pero de un tipo de burguesía que en el Berlín de los años veinte estaba al alcance de cualquiera.
Y es de esta forma como los flâneurs se convierten en viajeros sin travesía, de pasos voluntariamente perdidos. Hedonista y con un reconocido solipsismo, ocioso, porque se puede permitir ser así ya que la vida se irá resolviendo de una u otra forma, pero se irá resolviendo. Desea ser invisible, eso sí, debido a que no siempre es bien recibida su presencia por quienes no desean ninguna presencia. Así comienza este libro. En respuesta, el tono de sus cuadros tiene algo de hiperbólico, como si su prosa fuera la herramienta precisa para darnos a conocer la importancia inerte, inane, que raramente afecta al orden universal de las cosas, a través de enumeraciones o el uso de adverbios. Viajamos con él, pues, a los detalles equívocos y secretos, participando de la conciencia de ser un observador que no pretende modificar nada, ni siquiera su propia vida. Leído casi un siglo más tarde, el Berlín que nos describe Hessel resulta fantasmagórico en un doble sentido: si para él a los detalles, grandes como la organización urbanística o pequeños como una farola, ya les falta un toque de vida, a estas alturas sabemos que ese toque de vida ha sido arrasado y sobre las ruinas se ha construido otra ciudad.
Hessel ve para escribir, no para ser la persona que estuvo allí. Excepto en algunos episodios en que participa de la vida nocturna o trata de empatizar con los ridículos detalles con que se ambientan a las bestias en el zoo, como si un camello fuera más feliz por posar frente a un minarete de cartón piedra. Aunque por norma general es muy descriptivo, en ocasiones, como cuando se pregunta qué significarán para la próxima generación los vestigios mitológicos en los remates de la arquitectura, consigue inquietarnos. O con las repeticiones que nos indican el cansancio de seguir viviendo más de lo mismo, sin encontrar la emoción de la primera vez. Al fin y al cabo, Hessel lee la calle, y leer varias veces la misma calle es una rutina en la que muchos encuentran acomodo, pero para quien tiene cierto deseo de ser sorprendido, como Hessel, resulta mortificante. La mejor opción será cambiar de calle, pero seguir en la misma ciudad. Seguir viajando sin travesía, para tropezarse con pequeños nuevos tesoros.

Fuente: La línea del horizonte