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viernes, 16 de febrero de 2018

NUEVA YORK HISTORIA DE DOS CIUDADES


Nueva York:
Historias de dos ciudades
AA.VV.
Traducción de Magdalena Palmer
Nórdica
Madrid, 2015
397 páginas
22,95 euros



El alma humana es una olla podrida. Todos los trances del espíritu forman un único guiso en el que no distinguimos si se nos felicita por amenazar de muerte a alguien, o somos regañados por salir del restaurante con un palillo entre los dientes. Si la neurosis se está convirtiendo en un género literario, Nueva York sufre la consecuencia de portar el estandarte y ser la cazuela donde mejor se condimenta el guiso. En este libro, treinta autores contemporáneos ponen cada uno su raíz de apio o su rama de canela para condimentar la neurosis. Aunque los registros sean muy variados, desde la ficción a la crónica, desde el verso a la memoria o al microrelato, sí cabe reconocer una serie de mecanismos y condimentos comunes a casi todos ellos. En primer lugar está ese estigma americano que es el estilo próximo al minimalismo. Partiendo de esa fórmula sensata, correcta para retratar nuestra época, o al menos nuestra época en lugares como Nueva York, donde se impone lo real y lo inmediato. Luego cada autor aportará sus pequeñas dosis de personalidad estilística. Aunque no será en la prosa donde encontremos las mayores diferencias. Otros rasgos comunes a la ciudad son el cuestionamiento de la democracia, caracterizado en dos lugares socorridos pero no por ello menos angustiosos: por un lado está el acceso al seguro médico, que no es universal, y por otro la situación inmobiliaria, las dificultades para sentirse digno bajo un techo que sea, no necesariamente en un alto porcentaje, propio. A esto cabe unir, como último rasgo, la obsesión por diferenciar el cosmopolitismo de la Gran Manzana de la inmigración. La idea es más fácil de sentir que de explicar. Se nos presenta Nueva York como crisol de razas, fruto de la inmigración jaleada por el sueño americano. Pero todo sucede en estratos y columnas impermeables. Cosmopolitismo e inmigración son como agua y aceite. Y es que sucede que si existe una certeza que caracteriza a cualquier ciudad, y que por tanto debería ser el eje de cualquier relato urbano, es que la gente no se conoce.
Como apunta Muñoz Molina en el prólogo, Nueva York fabrica espejismos para traficar sin vergüenza con ellos. Eso es lo que genera la brecha entre ricos y pobres, que no cesa de ser denunciada por los escritores que participan de Nueva York: Historias de dos ciudades. Algunos de ellos son tan conocidos y consagrados como Zadie Smith, Teju Cole, Junot Díaz o Lydia Davis. Otros son un descubrimiento: Garnette Cadogan, Lawrence Joseph, Sarah Jaffe, Tim Freeman…Y cada uno de ellos aportando su carne o pescado a la olla podrida: el deseo de vivir de un inmigrante jamaicano; la oferta de servicios y pérdidas de la gran ciudad; la dificultad para reconocer el absurdo al vivir inmerso en él; la incomunicación mientras se está de compras; la leyenda del pueblo topo; la fatídica estandarización de la enseñanza; la nueva y estúpida lucha de clases; la universalización de la inmigración y el juego del azar en los contactos humanos; la transexualidad que convierte a un integrado en un inmigrante; la ingenuidad; el barman como el estrato social más emblemático; el sueño americano como privilegio reservado para los que pueden soñar; ver a los seres queridos un día a la semana, al asistir a misa, lo cual implica, por elipsis, que los otros seis días están reservados a la soledad. Estos temas son algunos de los que separan el detalle neurótico a que atiende cada autor. Algunos con más genialidad que otros, libros como Nueva York: Historias de dos ciudades cumplen varios propósitos. El primero dar fe como dan fe los notarios. El segundo recordarnos que la literatura es un amor plural.

Fuente: La línea del horizonte