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martes, 20 de febrero de 2018

POR LOS MARES DEL SUR CON JACK LONDON


Por los mares del sur
con Jack London
Martin Johnson
Traducción de Beatriz Iglesias Lamas
Ediciones del viento
A Coruña, 2016
294 páginas



Aunque viajes por los caminos que pisaron millones de personas antes que tú, aunque recorras la ruta mirando el mapa y la cartilla que te facilitaron en la agencia de viajes, aunque estés en la cuarentena del viaje en grupo organizado, con sus autobuses y sus horarios de visita a monumentos, aunque no hagas otra fotografía que no sea la de la postal, debes tener en cuenta que sigues siendo pionero en lo único que de verdad posees, que es tu propia vida. El valor se mide en la presencia que tuviste el día que operaron a tu hermano pequeño, y no en ese viaje en solitario hasta las montañas Altai. Pero, eso sí, todos, mochileros y aventureros, turistas y vagabundos, miramos con envidia ese gran viaje que ya no podremos protagonizar por culpa de la globalización a la baja que ha igualado el aspecto del mundo. Ese viaje al paraíso, que es el viaje a los mares del sur, el viaje al Pacífico, cuando las islas eran una alegría perpetua. El viaje que protagonizó Stevenson y, en buena medida, el que pudo hacer Jack London acompañado por su mujer a bordo de un barco que construyó él mismo, en compañía de una exigua tripulación. En esa tripulación destacaba un muchacho muy joven, alto y de buena planta, que se llamaba Martin Johnson (1884 -1937). Humilde, trabajador, vividor, con ganas de aprender, observador nato hasta el final. Cuando los London tuvieron que abandonar su proyecto de dar la vuelta al mundo en el velero, atrapados en un hospital australiano, Johnson decidió continuar el viaje por su cuenta contando por equipaje poco más que aquello que le cabía en los bolsillos. Y dio la vuelta al planeta.
En este libro biográfico, apoyándose en los apuntes que tomó en su diario personal a lo largo de los meses que duró el viaje, Johnson revive la aventura con la memoria. En lugar de ser una trampa para la melancolía, esta vez la memoria sirve para recrear la alegría de vivir, la alegría de cada momento. Johnson no es un gran redactor, no destaca por sus cualidades escribiendo, pero sí por lo que nos deja entrever del viaje. Cuando uno cierra el libro no lamenta haber terminado de leerlo, lo que lamenta es que se haya terminado el viaje. Esta aventura que emprenden una serie de marineros de agua dulce, de gente poco experimentada, navegando por el Pacífico con un manual a su alcance y, sobre todo, con una ingenuidad romántica que da envidia. Para Johnson se tratará de un viaje iniciático: el mundo, ya lo sabía él, es una maravilla, pero su supervivencia, su deseo de ser el primero no caucásico en llegar a ciertas islas o valles de ciertas islas, su permanente conciencia de mantener buen humor y serenidad, hacen de él el compañero perfecto para los London. Durante la travesía cambiarán varias veces de capitán. Pero jamás de compañero.
Esta es la persona que nos narra el viaje, el hombre que busca las huellas de Stevenson, sí, pero que se emociona con la calma y la tormenta, con los días en la explotada Hawai o en los desconocidos atolones entre Bora Bora y Samoa. El que concede igual importancia a presenciar un banquete caníbal que a administrar mostaza para calmar la indigestión de un marinero japonés. A lo largo del volumen, inserta aquí y allá trozos de su diario. Al contrastarlos con el relato posterior, comprobamos la fresca dureza con que vivió el día a día, pero también la ternura sana del recuerdo. Y mientras tanto, no solo conocemos las costumbres de etnias que parecen vivir en la filosofía de la felicidad del instante, sino también una serie de pendencieros y pintorescos marineros, misioneros, comerciantes de diversa calaña que, Dios sabe por qué, dieron con sus huesos en esos paraísos. Aunque tal vez no los vivieran como tal. Cosa que sí hizo Martin Johnson, que con este libro intenta dar cuenta de la deuda emocional que guarda con el paraíso.


Fuente: La línea del horizonte