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sábado, 17 de febrero de 2018

LA RISA, ESA TERAPIA


La risa, esa terapia

El problema de la risa como terapia es creer que uno practica la sanación de quererse mucho. A la hora de la verdad, no somos un agente profundo que quiera a un agente que actúa. Dado que la risa no es intemporal, no es eterna, su valor reside en el sustrato sobre el que crece, cuyo mejor abono es sentirse amigo. En caso de carecer de un cimiento tan sólido como ese, el peligro de la risa es la tentación de la melancolía, fraguar instantes que un segundo más tarde recordaremos con la tristeza que nos da el querer vivir en los mejores tiempos pasados. En un mundo en el que el infierno ya no son los demás, como quiso Sartre, sino inventos como la Nintendo, morirse de risa está sustituyendo, con frecuencia, a divertirse; estar a gusto es el único significado que le queda a la palabra disfrutar, y bienestar quiere decir calzar unas chanclas de dedo cuando la temperatura exterior ronda los veintiocho grados.
En cierta medida, en esto consiste el riesgo de sostener la vida humana sobre unos periodos de vacaciones sometidos al turismo. La pregunta es: ¿puede el turismo ser savia, como lo fue la vida del pescador, la vida del explorador, la vida sin propaganda de los pioneros de la montaña o la vida del hombre que quiso mantenerse al margen de esta crisis que llamamos sistema?
Una hora antes de la puesta de sol, la pequeña multitud se reúne en la cima de la montaña para ver un cielo de sangre. A lo largo de los minutos, dedican a la estampa los adjetivos más conmovedores que se encuentran en el diccionario de términos usados, y uno se vuelve a cuestionar la relación que existe entre la poesía y el silencio. Disparan fotos, charlan y muestran ciertas reticencias a consentir el silencio. Y al adjetivar estamos envasando. Así, los elementos del paisaje –nieve, arista, cielo, nube, bosque, senda, pico, roca, acantilado- comienzan a presentarse frente a nosotros tan envasados como cualquier producto que se pueda comprar con una tarjeta de crédito. O pasan a formar parte no de nuestra vida, sino del decorado de nuestra vida, no de nuestros sabores, sino del aderezo confitado de nuestros menús. El problema no es que el hombre mate aquello que ama, como dictó Oscar Wilde en su peor alarde de pesimismo, sino que fulmine el acto de amar privándolo de su sana pasión. ¿Qué queda en sitios frecuentados por las hordas turistas que pueda ser amado? En los antiguos puertos pesqueros, ni siquiera permanece el gesto del anciano que arroja una colilla a la calle. En las arriesgadas actividades de montaña se delata con demasiada evidencia su gestación en una cocina o en un laboratorio: si se han diseñado para exhibirse, su esencia delata una presunción. Y presumir no es la mejor de las calidades que puede poseer el cadáver que todos guardamos en el armario. El monje protagonista de la novela Kim diría que para alcanzar la senda media es imprescindible ventear el orgullo hasta que se diluya en el cosmos.
Y, sin embargo, renegar de la risa, de los crepúsculos atados a sus epítetos, de la adrenalina que supone entregarse al vértigo de la montaña porque consideremos que estamos participando de esa parte del turismo que ronda la patraña, sería un suicidio, o al menos una estupidez. El problema más grueso del turismo es que quien trabaja en él traba lucha contra la los demás trabajadores, en que añade el horror del comercio al de la esclavitud, en que saca a colación la parte menos social y más competitiva del hombre entendiendo que el vecino es un rival, consiguiendo falsificar hasta las sonrisas. Por lo demás, no nos entreguemos a maldecir al turismo. Por mucho artificio con que se vista el viaje, a nadie que conserve un resto de humanidad, aunque sea enterrado junto a las culpas que escondemos en el jardín, deja de subyugarle la solidez del Himalaya.


Fuente: La línea del horizonte