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sábado, 17 de febrero de 2018

LA FORJA DE LOS REBELDES


La forja de los rebeldes

El patriotismo es una versión más del Síndrome de Estocolmo. No es necesario pasar por la experiencia de ser un rehén o un prisionero de guerra para permitir que brote una reacción afectiva, un vínculo en el que se proyecta algo de humanidad en el espíritu del secuestrador. Porque en alguna parte debe esconderse un secuestrador cuando existe un encierro. Y no hay encierros sin fronteras y las fronteras son una invitación al patriotismo. Dentro de la figuración del espacio nacional, de mayor o menor tamaño, sea tan pequeño como un calabozo o de la extensión de medio continente, el sentimiento patriótico es una idealización geográfica. Se define por un efecto rebote contra los ataques a lo que el secuestrador nos enseñó a sentir como nuestro, como una identidad propia de un carácter tan incondicional como la pertenencia a la más estrecha de las sectas. Y el nacionalismo es una suerte de patología de ese sentimiento.
De ahí que resulte tan conveniente definir qué es la patria. Para quien no quiera renunciar a un afecto que puede guardar tanto calor, no estaría de más recordarle que esa patria, ese calor, puede pertenecer al universo de la poesía. O a ese otro cosmos, el que uno llamaría “amor” si esa palabra no estuviera tan fregada por el mal uso. Ni en la poesía ni en el amor cabe el conflicto. Pero el patriotismo de contenido geográfico es choque, es batalla. No resulta complicado rastrear cuáles han sido las verdaderas patrias dentro de tantos pechos: una infancia con el sol bruñendo la piel; las partituras de los clásicos y un trasfondo de música de violín; el humanitarismo consagrado a intentar vaciar el océano con un cubo; la búsqueda de la felicidad, que como saben los buenos comediantes, tal vez solo consista en sonreír y provocar carcajadas; el cariño por los pájaros y las flores y los paisajes; la memoria de la humanidad y la construcción de una memoria propia; la conquista del espíritu o la sanación de las almas; unos ideales que impiden soportar la injusticia; el sudor, las lágrimas, el mar. Todos ellos son verdaderas patrias. Ninguno marca un contenido geográfico.
De ahí los problemas para metabolizar esa afirmación de que los hombres de las montañas, los alpinistas, los escaladores, los himalayistas, pertenecen a un solo país: pertenecen a las montañas. Porque las montañas también son un accidente geográfico.
Pero también son mucho más que eso, son promesa de tantas y tantas cosas, de tantas y tantas emociones. Incluso son una promesa de que el tirano dios del tiempo va a dejar de existir. Esa es la conclusión a la que uno llega tras seguir de cerca la última aventura que gestionó Sebastián Álvaro. Con dos alpinistas de la altura de Alex Txikon y José Manuel Fernández ejerciendo de quilla rompehielos, la expedición invernal al hermosísimo Laila Peak regresó con eso que se conoce como éxito en el bolsillo: regresó tras hacer cumbre.
Pero no es esas presencias lo que más llama la atención en esta aventura, sino la incorporación al grupo de dos veteranos, tan aguerridos como bondadosos, que se llaman Ramón Portilla y Juanjo San Sebastián. Hace tiempo que no protagonizaban una empresa que requiriera tanta energía, que no se enfrentaban al frío, a cientos de horas sin luz en tierra inhóspita, al encierro en la altura, constreñidos de hielo y nieve. Posiblemente, ya habían dejado de pensar en las grandes cumbres como si se tratara de su patria o de su sueño, pues al final sueño y patria comparten demasiados atributos como para no sospechar que pueda tratarse de la misma cosa. Durante este tiempo, han seguido enamorados del aire libre, de las paredes y los collados, de las cimas y los cielos que presiden las cimas. Pero hasta ahora, no habían vuelto a bregar en una pendiente tan técnica, calzados con crampones y vestidos con monos de altura, trabajando para que la expedición cincelara una vía muy bella, tocara la capa más alta de la atmósfera y regresara sin pérdidas. Tuvo que ser Sebastián Álvaro quien les convenciera para retornar a su antigua patria. Quizás esa victoria del jefe de viaje, el triunfo del ejercicio de persuasión, resultara sencilla, dado que esgrimió, a su vez, el argumento de la verdadera patria para doblegarles. Y esa patria es la amistad. Cualquiera ha podido seguir de cerca docenas de expediciones tan atrevidas como esta. En pocas de ellas, o en ninguna, la emoción de la amistad ha estado tan presente.
Una amistad labrada en la montaña y que en la montaña se reconoce tan llena de buenas certezas.


Fuente: La línea del horizonte