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martes, 27 de febrero de 2018

SIGUIENDO MI CAMINO


Siguiendo mi camino
Mauricio Wiesenthal
Acantilado
Barcelona, 2013
476 páginas



Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943) es un escritor que desde hace un tiempo ha proyectado convertir la melancolía en su estilo. O su estilo en melancolía. De tal manera que su propósito como escritor se mueve en el peligroso filo de la pretensión: resulta complicado conseguir la tristeza intentando ser triste, la decadencia tratando de ser decadente o hacer de un texto una memoria cuajada de saudade buscando transmitir la saudade en cada frase que exprime un recuerdo. En esta entrega autobiográfica, Wiesenthal toma como referencia las canciones de su vida. Al igual que otros autores componen textos a partir de las imágenes, bailan alrededor de fotografías libremente, él prepara una selección de las formas musicales que significaron algo en su vida: boleros, tangos, baladas, nanas… se trata, la mayoría de las veces, de música con ritmo triste. Partiendo, además, del hecho de que de todas las artes, la música es la que conserva siempre un trasfondo de tristeza, dado que es la que atiende más directamente a la emoción y, por tanto, a los sentimientos que nos construyeron, es decir, al pasado.
Escrito a modo de correspondencia, los diversos capítulos son una confesión sin pudor de quien Wiesenthal ha querido ser. Y la conclusión fundamental es que nos encontramos frente a un adorador del arte, que ve en el arte la salvación. Frente a alguien que hubiera deseado nacer en otra época y que esa época permaneciera congelada hasta su muerte. Un individuo que pretende ser un romántico, que es la forma más franca de perder cualquier viso de romanticismo. Para ello recurre a una prosa en que reluce el exceso de conciencia de ser maestro, maestro de la vida, maestro de la estética. Un lenguaje que pretende vestir la erudición de sabiduría a base de delicadeza.
Así Wiesenthal construye una obra homocéntrica en la que predomina la hipersensibilidad, con los riesgos que supone el exceso de sensibilidad en la literatura del yo: caer en el narcisismo y que este narcisismo esté tamizado por un punto de soberbia, el que dicta que considerarse diferente es tenerse por alguien que no comete los mismos errores que el resto de la humanidad. Para deslumbrar en este planeta lleno de palabras inútiles, Wiesenthal, que tiene como referentes de la literatura de la memoria a Proust o a Chateubriand, defiende la idea de que las cosas estaban fundamentalmente mejor en el pasado. Un principio que, como él sabe, va a dictarnos la idea de que algo de reaccionario se cristaliza en unos textos de hombre mayor, en su forma de saldar cuentas. Contra el posible resentimiento, no cesa de traer a colación la belleza. De modo que Siguiendo mi camino es, en buena medida, una enumeración de las cosas, situaciones y personas de las que el autor ha disfrutado y, aunque más elípticas, también de las que ha aborrecido. Es una obra que Wiesenthal se ha propuesto escribir, aunque luche por adjetivarla como uno de esos libros que a uno se le imponen y, en consecuencia, destacan por una sinceridad que está más allá del espacio de la mente.
Excéntrico, anacrónico, autosuficiente, presumido, resistente, culto. Wiesenthal reúne en su obra lo que más podemos adorar y lo que podemos dar por superado, un resumen de nuestras relaciones con nuestros propios complejos desnudando los suyos. De ahí que la impresión que dan estas memorias de su camino es que caminó para contarlas. Hasta el punto de representar una forma de melancolía arrogante: se llama a sí mismo “viejo lobo de las ruinas” o afirma que “los humanistas debemos recuperar la figura del Ángel”, por poner dos ejemplos de sus principios. Pues de principios estamos hablando, dado que no ha existido canción en su vida que haya sido capaz de modificar la secuencia de ideas que componen una melancolía atípica, pues en esa melancolía no muestra debilidades.

Fuente: Quimera