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martes, 7 de marzo de 2023

LAUREN ELKIN

 

 

Lauren Elkin

 



“Empecé a desconfiar de toda una cultura basada en un vehículo (…). Hay algo autoritario en ella”.

 

Con un automóvil embalado a 220 kilómetros por hora, uno puede sentirse el amo del vacío. En cambio, caminar te hace dueño de cada segundo, de cada latido, de cada inhalación, aunque se trate de tragos de un aire algo impuro, como el de las grandes ciudades, millones de veces respirado, sudado y podrido de polución.

“El principal problema existente en el corazón de la experiencia urbana: ¿somos individuos o parte de la multitud? ¿Queremos destacar o fundirnos con ella? ¿Acaso es posible? ¿Cómo queremos, seamos del género que seamos, que se nos vea en público? ¿Queremos atraer las miradas o escapar de ellas? ¿Ser independientes o invisibles?”

La cita pertenece al extraordinario libro Flâneuse, de Lauren Elkin, una joven escritora neoyorkina que nos altera el espíritu: antes estábamos convencidos de que la aventura, la que es propia de los piratas, estaba en grandes espacios naturales -montañas, océanos, cielos, selvas-; pero Lauren nos demuestra que está en la mirada. Tal vez pueda creerse que se trata de una interpretación superficial, pero uno tiende a creer que la mirada es el alma. Lauren vaga por ciudades como Nueva York, París, Venecia, Londres o Tokyo con la intención abierta de alterar los sentimientos. El mapa que va trazando es emocional, impresionable, se mueve y modifica, se afecta por la curiosidad innata de la paseante, que se impregna de cultura, de antropología y nos muestra una serie de confesiones personales atractivas, sinceras, poniendo su corazón al desnudo, por utilizar la expresión de Baudelaire, uno de los primeros flaneurs de la historia.

El flaneur es un caminante que se deja llevar por la ensoñación un tanto burguesa, teniendo por esta acepción la más original del término: el habitante del burgo que se acomoda, con mejor o peor fortuna, entre las calles y los edificios. Si la personalidad del clásico flaneur era idealista, Lauren rompe los techos del aventurero urbano al reivindicar esta condición para la mujer, saltándose el confinamiento en el hogar, que se le ha atribuido, socialmente, con cierto desdén. Lauren es tan soñadora como Ellen MacArthur, como Edurne Pasabán, como Amelia Earhart. Su mundo urbano posee un corazón emocional de igual calado al que se impone en Emelíe Forsberg, en Lynn Hill, en Lieve Joris. El aspecto es más modesto, sí, pero el atrevimiento es el mismo:

“El flâneur entiende la ciudad como pocos de sus habitantes, porque él la ha memorizado con los pies. (…) En sintonía con los acordes que vibran por toda su ciudad, sabe sin saber.”

Lauren añade a sus paseos, a sus lances de la percepción, esa otra fuente de pasión que es la literatura. Entre sus pasos va resumiendo la literatura itinerante de Jean Rhys, de Jane Jacobs, de Sophie Calle o de George Sand. Flâneuse se va convirtiendo en una cartografía de sensaciones, esas impresiones destinadas a convertirse en emoción, que a su vez serán germen de sentimientos: “Yo andaba en busca de residuos, texturas, descubrimientos y hallazgos fortuitos, aberturas inesperadas”. Aunque no renuncia a las huellas masculinas, a todo aquel que camine para provocar un cambio, a los “infradiarios” -expresión de George Perec-, que son quienes están atentos a lo que pasa cuando no pasa nada, atentos a la inesperada belleza de lo cotidiano, una expresión que bien entendida arrebata el sentido de oxímoron que se nos antoja en primera instancia: lo cotidiano, se supone, es tan frecuente que no debería esconder belleza. Pero Elkin demuestra que sí, que la paradoja es real, que es viable y que depende de nosotros. El secreto está en la mirada, es decir, en el alma. El secreto está en esos anhelos que comparte con los piratas.

La mayor ilusión que uno destila de la lectura de la obra de Lauren Elkin es la de certificar que tanto las horas de libertad como la inseguridad de las fugas pertenecen a cualquiera. También a quienes no se atreven a correr grandes riesgos, a quienes carecen de genes de atleta, a quienes consideran que si viven demasiado deprisa dejarán un cadáver demasiado joven. El viaje brota en cuanto acariciamos la maleta. Esas maletas recitan una poesía vital sin necesidad de acarrearlas por medio mundo. Sólo la tentación ya nos lleva a lugares fantásticos. A la hora de la verdad, la mimamos con la imaginación.

¿Qué aporta la ciudad?: “La ciudad nos ofrece mayores oportunidades de hacer un mundo justo. La libertad de movimientos forma parte de ello”. En la ciudad el caminante rehace el espacio, asegura Elkin, para quien lo fundamental es no mirar para otro lado, que es como se aprende a ver. En la calle, nos dice, nos convertimos en entidades observadoras, en “parte de ese amplio ejército republicano de anónimos caminantes”. Lauren Elkin se crio en un barrio residencial donde resultaba imposible salir a caminar, porque no había aceras. Las excursiones a Nueva York competían en excitación -por los estímulos a los que es sensible en caminante- y temor -por penetrar en un territorio desconocido y por tanto con la alternativa del peligro siempre presente-. Pero este riesgo ha ido disminuyendo con el tiempo, al menos para las mujeres, que ya gozan del anonimato en las rutas por Venecia o Tokyo.

Es cierto que Lauren Elkin elabora todo un tratado de sororidad, en el que la amistad entre mujeres se desarrolla en el ámbito de los caminantes libres. Pero la conclusión tiene más relación con la serenidad que propone el taoísmo o los monjes vestidos de naranja y granate en los monasterios de Asia, y que Elkin resume en una frase cuya moral compartirían todas las hijas de Eva de las que hemos estado disertando: “Pasear, paradójicamente, hace posible la quietud”.

  Epílogo del libro SUEÑO Y VERDAD (Ediciones Desnivel)

martes, 31 de agosto de 2021

AL MARGEN

 

Al margen

Rafael Barrett

Malpaso

Barcelona, 2021

237 páginas

 


El mundo ha ido adquiriendo un color de rata tan mezquino, que hace falta poner mucho entusiasmo en la denuncia para que asomen rayos de luz. El entusiasmo, lo sabían los griegos, lo poseen a raudales los poetas y los enamorados. Es imposible enamorarse del color de rata, a no ser que uno sea un psicópata, pero es probable enamorarse del bote de pintura con el que se puede cambiar ese color por un azul cobalto, un verde esmeralda o incluso un rosa chicle. Hoy los que supuestamente enarbolan las banderas de la denuncia son una pandilla de desalmados llenos de ruido y furia. Vivimos bajo un fuego cruzado de improperios, pero incluso en ese estercolero crecen las amapolas. Lo que necesitamos es mucho entusiasmo para verlas, y una pasión desaforada para pensar que una amapola se transformará, sí o sí, en una campiña llena de flores porque sí existe el alma y en las secciones buenas del alma.

Rafael Barret (Torrelavega, 1876 – Arcachón, Francia, 1910) forma parte de esos divulgadores, o periodistas o escritores, tal vez cronistas, que siguen demostrando que no se trata tanto de un juego de equilibrio, entre la denuncia y el entusiasmo, como de una clara toma de partido a favor del segundo. Para que crezcan las amapolas en el estercolero, será necesario abonarlo. Con un estilo tan pasional como el de Julio Camba, por ejemplo, enfoca cuestiones de poder y de justicia. Barret parece considerar que no existe verdadero poder sin justicia social, sin que se permita el bienestar individual, que no consiste tanto en la posesión de lo codiciado como en desalojar la codicia de los pulmones. Es necesaria esa bondad para eludir la tiranía: “No hay verdadero amor a los hombres donde no hay cólera contra la estúpida injusticia de los dolores humanos. Entre seminaristas se emparentará tal vez la mansedumbre de Pellico con la del cordero pascual. Si embargo Jesús azotó a los mercaderes, maldijo a los ricos y a los poderosos, y llamó a los fariseos raza de víboras”.

“La humanidad se parecerá al hombre”.

La impresión que da es la de estar pontificando. Sin embargo, a medida que nos adentramos en los artículos que aquí se recopilan, nos damos cuentas de que su afán es sembrar dudas. Barret nos obliga a cambiar de dirección, a pensar de forma divergente cuando sentimos la tentación de guiarnos por tópicos, por ideas acomodadas que nos facilitan flotar en el mundo color de rata. Pero de lo que se trata no es de flotar, es de navegar. De ahí que sus mejores expresiones surjan cuando abandona temas de política institucional y se entregue a la naturaleza: entonces descubrimos que en este hombre el lirismo se imponía a cualquier clase de rencor y nos damos cuenta de que ser valiente y ser sincero son sinónimos. Por eso agradecemos tanto la recuperación de su obra.

lunes, 12 de abril de 2021

EL MAL CAUTIVO

 

El mal cautivo

Maurizio Torchio

Traducción de César Palma

Malpaso

Barcelona, 2021

203 páginas

 


Lo más sorprendente puede ser que el extrañamiento sea así de sencillo: “Esta no es mi casa, este ya no es mi cuerpo”. Para no reconocerse no es necesaria una experiencia como la de despertarse una mañana transformado en un insecto gigante. Basta con darse cuenta de que uno no obedece a las leyes de su registro genético, a las leyes que dictan lo que debería ser y que le inculcó el destino social. El narrador de El mal cautivo, por ejemplo, sabe que debería haber sido un delincuente con atribuciones limitadísimas, y se encuentra con que ha sido capaz de elaborar sentimientos y actos que le resultaban impensables tiempo atrás. Se suponía que debería vigilar a una joven secuestrada y se ve en una emoción que se asemeja a un síndrome de Estocolmo inverso: el secuestrador admira al rehén, hasta intuir un enamoramiento que no quiere que cuaje. Y, por otra parte, se le suponía un atrevimiento físico de andar por casa, al menos entre las categorías de los delincuentes, y, sin embargo, fue capaz de acabar con la vida de uno de los guardas de la prisión en un arrebato de cólera.

Por una parte, acabará en prisión a cuenta del secuestro. Por otra, acabará en aislamiento durante una temporada larga, larguísima, la que le lleva a escribir estas memorias carcelarias que, una vez más, nos exponen la vida con un lenguaje seco, como los huesos expuestos al sol del desierto. Cabe preguntarse a qué se debe este tipo de lenguaje en los relatos penitenciarios o postpenitenciarios. No hay lugar para la lírica, no hay lugar para la belleza. De hecho, se retrata al narrador como un tipo con unas limitaciones no sólo de educación o naturales, sino a través del poco espacio en el que han crecido sus cualidades emocionales y su desarrollo intelectual. Apenas ha podido saber en qué consiste la sensibilidad. Pero, eso sí, ha pasado de ser protagonista a ser observador. De tener algo de iniciativa en sus actos delincuentes a ser testigo de la forma de vida en la cárcel. En ese sentido, nos hallamos frente a una novela de situación, la propia de la recreación de la soledad, de una forma extrema de soledad.

Maurizio Torchio (Milán, 1970) recrea a toda una caterva de canallas o de perdedores. Abocados a una vida miserable en una prisión de alta seguridad, trasladados desde la infame creada en una isla a una nueva, también destinada a la decadencia, Los encuentros entre ellos no por previsibles dejan de ser potentes. El comandante, que rige la prisión preso, a su vez, de sus pasiones, Toro, el gran matón o jefe de matones, la pandilla violenta a la que conocemos como los Ene, o Martini, una suerte de dandi de los calabozos, acompañarán al narrador actuando frente a él o al otro lado de las puertas. Con pocos mimbres, bien trenzados, y con un lenguaje que nos acompaña con soberbia para recrear el ambiente, Torchio ha escrito una buena novela.

 

sábado, 11 de abril de 2020

LA ABUNDANCIA


La abundancia
Annie Dillard
Traducción de Ignacio Villaro Gumpert
Malpaso
Barcelona, 2020
229 páginas

Un proyecto literario se puede sostener sobre una pregunta básica:
“Releía el recorte entero cada mañana. El momento crucial es ahora, lo es cada minuto. ¿Puede alguien explicarle a Alan McDonald, con toda su dignidad, al ciervo de Providence, con toda su dignidad, que está pasando? Y que me ponga en copia”.
Annie Dillard escribe ensayos como poemas, con una libertad de expresión que nace de la libertad que se permite para buscar respuestas. Sabiendo, a mayores, que un proyecto literario que busca respuestas encuentra su sentido en su fracaso: lo importantes es la ruta, no la meta, que se nos negará, una y otra vez, a cada frase, a cada pensamiento. De ahí que nada interrumpa al yo reflexivo, y bastante narrativo, que es Annie Dillard en el momento en que se expresa. De ahí la consistencia de esta comunión con la experiencia sensorial, que es la esencia de vivir en el misticismo de Dillard.
La impresión que nos da, con cierta frecuencia, es la tentación del sueño. Dillard nos habla, porque habla con el lector, aunque permitiéndose la autonomía de un espíritu creativo consciente del reino interior, desde una vigilia somnolienta o, para ser más precisos, desde algo así como una tendencia al sueño, pero un sueño controlado, un pensamiento sin férulas, pero programado desde la intención clara de la terapia. Es una terapia personal, sí, porque algo de psicoanálisis rezuma de los textos, pero es una terapia compartida, en la que expone sus curas, como la naturaleza, y sus refugios, como la memoria de la infancia y de la adolescencia. Para conocerse mejor, para conocernos mejor, Dillard nos refiere, constantemente, a la formación sentimental: “Si no hubiera reconocido su asombro, no habría perseverado”, comenta, cuando habla del fundamento que une literatura y vida, si es que se trata de cosas distintas.
El otro pilar de su literatura es la observación. Los detalles son tan precisos como cotidianos, y nos asombran tanto como para perseverar en la indagación. La de Dillard es directa, la nuestra es la lectura. Dillard también reflexiona acerca del proceso de escribir –“Escribe como si te estuvieras muriendo. Al mismo tiempo, hazte a la idea de que escribes para un público compuesto exclusivamente por enfermos terminales”- y lo hace con un sentimiento vehemente: “La sensación de escribir un libro es la de dar vueltas como una peonza, cegados de amor y atrevimiento Es la sensación de pararse sobre la punta inclinada de una brizna de hierba y otear en busca de un camino”.
Dillard se ha convertido en una autora de referencia, casi de culto, en el planeta del Nature Writting, sintiéndose completa en su Tinker Creek, junto al arroyo, los árboles y un fondo de montañas. Cuando más se aproxima a ese centro de paz, comprobamos mejor su lirismo natural, su serenidad al saberse una parte prescindible del universo: “Los riachuelos -el Tinker y el Carvin- son un misterio activo, renovado a cada minuto. El suyo es el misterio de la creación continua y de todo lo que la providencia implica: la incertidumbre de la visión, el horror a lo inamovible, la disolución del presente, la complejidad de la belleza, la presión de la fecundidad, la esquivez de lo libre y la naturaleza fallida de la perfección”. El tiempo allí es un pálido interlineado de la eternidad, y sobre él vuelve a los mismos estratos de la búsqueda, de la ruta, que afronta como un alma heredera de Thoreau, claro, pero también del misticismo que había en las expediciones polares o en las arqueológicas al desierto de Mongolia. Y el resultado es, para nosotros, la obra de una maestra en el viejo sentido del término: alguien que nos acompaña y nos guía, un poco, mientras vamos creciendo.

sábado, 27 de julio de 2019

DE DUBLÍN A NUEVA YORK


De Dublín a Nueva York
Maeve Brennan
Traducción de Isabel Núñez
Malpaso
Barcelona, 2019
539 páginas

Ser memoria es una bendición. No mencionamos la memoria como una virtud o una cualidad, ni siquiera como un valor intelectual o espiritual. Nos referimos a ser memoria, a que la memoria lo sea todo, que se confunda con la literatura, que sea literatura. En una época en la que se está sustituyendo la literatura por la literatura, es decir, la esencia por el virtuosismo, en un momento en el que la literatura se cocina a partir de las lecturas de letras, frases, párrafos, y no de la fuente original, que es la vida, un libro como De Dublín a Londres nos ayudará a recordar -otra vez mencionamos a la memoria- cuál es el origen de la necesidad del relato. Maeve Brennan (Dublín, 1917 – Nueva York, 1993) defiende la pureza de la literatura con una intensidad que, por momentos, iguala a Chejov, aunque sus pretensiones están muy alejadas del autor ruso. Para quien quiera hacerse una idea, diremos que el libro está dividido en dos partes, la irlandesa y la norteamericana, y que en la primera de ellas comienza recordándonos a Edna O’Brien, pero a medida que avanzamos nos remite a William Faulkner. En cuanto a las imágenes sobre Nueva York que forman las crónicas del segundo bloque, debemos significar que su sencillez y humildad provocan envidia.
Este será uno de los grandes libros de este año y, sin duda, una de las mejores lecturas para cualquier momento. Comienza con la inocencia de la infancia y Brennan demuestra saber estar en paz con su pasado, un ejercicio más complejo de lo que se nos figura. Como escritora, no interpretará en ningún momento, ni en la etapa juvenil ni en la vida adulta en Manhattan. Se vale de registros que incitan a la interpretación psicológica, o que quedarán guardados en el recuerdo para que los hagamos aflorar de vez en cuando y revisemos lo que pudieron sentir los personajes, y nosotros con ellos. Así van creciendo sus personajes irlandeses, formando parejas en las que las aristas se imponen al contacto, en el que se sufre el condicionamiento social. Aunque el talento de Brennan es tal que uno no puede calificar a los relatos de costumbristas, porque son tan personales que no se reconocen las costumbres. Cada acto, cada frase, va significando sin llegar a puntualizar, a anclar, porque si uno abre y cierra un paréntesis en una vida, ponga los corchetes donde los ponga, nada es una obra cerrada. Y mucho menos el paso por la Tierra.
El tema que unifica a los relatos es una pregunta: ¿qué se necesita para mantener cuerpo y alma unidos? Nos remite a un Dublín algo aislado, que uno catalogaría como provinciano si no tuviera terror del sentido peyorativo de ese adjetivo, pues es imposible haber nacido en todo el planeta a la vez. Aunque, eso sí, sus narraciones poseen una de las cualidades propias de este género: el personaje central soporta la angustia de la autocompasión, o de evitar la autocompasión. Se nos habla del patriarcado, de la pereza, de la abulia y de la maldición que supone vivir por inercia, una corriente por la que nos dejamos llevar con demasiada enjundia, un infierno, del que Brennan supo huir.
Y para ello pasó buena parte de sus años en Nueva York. Una vez que supo emular a Faulkner, hacer del alma emoción y recordarnos que no disponemos de tiempo suficiente como para procesar las emociones y transformarlas en sentimientos, colaboró con varios medios escribiendo momentos urbanos. Brennan entiende la ciudad como un lugar habitado y es la gente quien llama su atención. Se transforma en una activa voyeur que adora el gesto pequeño. Ve, y parece indicar que ya pensará más adelante sobre aquello que registra. Con lo cual evita que sus artículos sean algo parecido a actas notariales. Nos habla de nosotros, nos facilita la empatía, y esa sensación es muy agradable. Nueva York es una ciudad caótica, neurótica, llena de músicos solistas interpretando cada uno una pieza, y además desafinan. Pero ella sabe reconciliarnos con la locura, nos muestra un lugar que invita a que sucedan pensamientos y sueños.
Una maravilla, un gran acierto editorial.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

ESPAÑA EN EL CORAZÓN

España en el corazón

Adam Hochschild

Traducción de Mariano López
Malpaso
Barcelona, 2018
520 páginas

El escritor, periodista e historiador Adam Hochschild (Nueva York, 1942), un prestigioso colaborador del diario The New York Times y de la revista New Yorker, ha investigado durante una década la gesta de aquellos miembros de la Brigada Abraham Lincoln. El resultado es el libro España en el corazón (Malpaso), un magnífico ensayo escrito con el rigor de un historiador y la amenidad de un periodista, que acaba de publicarse en nuestro país y que repasa el papel de Estados Unidos en la guerra. Desde la actitud de personajes famosos como el presidente Franklin D. Roosevelt o los reporteros Ernest Hemingway o Herbert Matthews, hasta empresarios profranquistas, como el ejecutivo de Texaco, Torkild Rieber, y pasando sobre todo por infinidad de historias personales de los brigadistas de la Lincoln.
Hombres y mujeres, blancos y negros, burgueses y obreros, sanitarios y periodistas integraron la amalgama de aquellos idealistas, la mayoría de ellos comunistas, que abandonaron familias, hogares y trabajos para luchar en las batallas del Jarama o de Teruel. “¿Qué los llevó a ir a España? ¿Qué aprendieron tanto de sí mismos, como de la guerra, del país que se habían comprometido a defender o del país que habían dejado?” se pregunta Hochschild en el prólogo del libro. A responder a estos interrogantes dedica el autor, muy esquivo con la prensa y que declinó una entrevista con este periódico, las 500 páginas de un libro apasionante.
Estas biografías de tantos brigadistas anónimos salpican todo el libro y contraponen el idealismo inicial con la terrible realidad de miseria, hambre, frío y enfermedades de una contienda muy cruel. A pesar de la imagen de la Brigada Lincoln como un nido de rojos, Otero insiste en que su llegada a España fue voluntaria y motivada por un anhelo de defender la libertad.
El libro de Hochschild muestra, en ese sentido, la presión de intelectuales yanquis que pelearon en España para decantar a Estados Unidos hacia el apoyo a la República. Un ejemplo muy significativo fue la insistencia de la periodista Martha Gellhorn ante Eleanor Roosevelt, partidaria del bando republicano. Pese a ello, la primera dama no consiguió convencer al inquilino de la Casa Blanca.
Sin embargo, y a modo de consuelo, España en el corazón demuestra que los estadounidenses que se implicaron en la guerra civil lograron ganar la batalla de la opinión pública en su país de origen. A partir del salvaje bombardeo de Gernika por la aviación alemana en abril de 1937, periodistas, escritores, artistas e incluso actores famosos de Hollywood impulsaron manifestaciones contra Franco, organizaron recogidas de fondos para la España republicana y dieron mítines a lo largo y ancho de Estados Unidos.”Desgraciadamente”, afirma Aurora Bosch, “la presión fue incapaz de cambiar la política de Roosevelt”.
De cualquier modo, las huellas de la Brigada Lincoln no desaparecieron y sus nombres no se han borrado de la Historia. De hecho, el título del libro de Hochschild, España en el corazón, representa todo un símbolo.
Adam Hochschild, el aclamado autor de El fantasma del rey Leopoldo, evoca este período tumultuoso a través de las vidas de los estadounidenses involucrados en la guerra, entre los que se encontraban ciudadanos anónimos e intelectuales de la talla de Ernest Hemingway.
Qué motiva a alguien para luchar por un país que no es el suyo? Desde los primeros compases de la Guerra Civil española, esta se convirtió en una cuestión política internacional. Hitler y Mussolini enviaron aviones, tropas y suministros a los generales golpistas empeñados en derrocar al gobierno electo de España. Ante esta situación, millones de personas en todo el mundo sintieron que el fascismo que asolaba Europa debía ser detenido en España. Más de 35.000 voluntarios de decenas de países ayudaron a defender la república española.
España en nuestros corazones muestra cómo las atrocidades de la guerra calaron en el espíritu de los voluntarios y reflejaron en sus palabras. Este libro muestra cómo un grupo de personas lidió con la guerra y la interpretó para sus contemporáneos; y como, en especial el periodismo y la correspondencia entre personas influyentes, modelaron la dirección y el resultado de la contienda.
«Los hombres de mi generación hemos tenido a España en nuestros corazones», escribía Albert Camus en L’Espagne Libre, dando título a este elegante compendio de diarios de soldados, memorias periodísticas, reportajes, estrategias de batalla y cartas de amor tempestuosas.

domingo, 17 de junio de 2018

POR CARRETERAS SECUNDARIAS


En algún momento, entre las tripas de este sencillo (una virtud que está en decadencia y por tanto cabe valorar más) libro de viajes, Alfonso Armada se pregunta por el papel que los medios de comunicación están haciendo a la hora de dibujar España. O este condado al que llamamos España, este trozo de tierra que una serie de avatares, por lo general vinculados a la guerra, ha dado en trazar unas fronteras, que no dejan de ser una ficción, y recibir el nombre de España. La expresión que Armada utiliza es dibujo arbitrarioy el adverbio de modo “históricamente”. Dicho de otra manera, esto es lo que sucede ahora y apenas tiene una validez fugaz. Pero él quiere dejar registro del paisaje que abarca la mayor parte del territorio, unido por el crepúsculo, unido, incluso, por la elegía, en lugar de las batallas geopolíticas que, por costumbre, tienen lugar en las grandes poblaciones.



sábado, 2 de junio de 2018

POR CARRETERAS SECUNDARIAS


Por carreteras secundarias
Alfonso Armada
Malpaso
Barcelona, 2018
395 páginas

En algún momento, entre las tripas de este sencillo (una virtud que está en decadencia y por tanto cabe valorar más) libro de viajes, Alfonso Armada (Vigo, 1958) se pregunta por el papel que los medios de comunicación están haciendo a la hora de dibujar España. O este condado al que llamamos España, este trozo de tierra que una serie de avatares por lo general vinculados a la guerra, ha dado en trazar unas fronteras, que no dejan de ser una ficción, y recibir el nombre de España. La expresión que Armada utiliza es “dibujo arbitrario” y el adverbio de modo “históricamente”. Dicho de otra manera, esto es lo que sucede ahora y apenas tiene una validez fugaz. Pero él quiere dejar registro del paisaje que abarca la mayor parte del territorio, unido por el crepúsculo, unido, incluso, por la elegía, en lugar de las batallas geopolíticas que, por costumbre, tienen lugar en las grandes poblaciones. Antes de mencionar que este libro es un humilde tratado sobre el tema de la España vacía, algo muy actual a lo que él aporta la periferia, también vacía, el país que hay detrás de los grandes edificios que limitan las playas, por ejemplo, habla de Faulkner. Y es que el proyecto literario de quien tal vez sea el mejor escritor de los últimos cien años se centra en la creación del condado de Yoknapatawpha, novela a novela, relato a relato. El condado resulta ser un lugar provinciano pero un retrato del mundo. El mundo, al fin y al cabo, es provinciano. Nadie ha nacido y ha crecido en todos los lugares a la vez. Lo que lamenta Alfonso Armada es que los periódicos cierren filas en torno a una España que consiguen que se asemeje más al condado de Yoknapatawpha, que amplíen miras mostrando a la gente que hay vida más allá del horizonte. Y en algunos casos, hay belleza.
Por carreteras secundarias es un libro de viajes en constante movimiento, en el que los protagonistas apenas se detienen, pero ese movimiento, eso sí, es lento. La ventaja de la lentitud es que a uno le da tiempo a ser buena persona, a meditar ese gesto, esa palabra, de manera que no haga daño. El libro, que recorre los lugares moribundos, no puede sino ser pesimista, con el patetismo de Unamuno, que a la par que siente morir el mundo oye el canto de los pájaros. Escrito con un estilo moroso, cuidado, mimando las expresiones, Armada iguala el paisaje con el pasado, la noticia con la erudición. Es un observador que nos refleja los lugares y las personas para que pensemos. A lo largo de la obra se mencionan algunos de los escritores que pueden haber influido en ella. La sensación que pretende dar es que es fundamentalmente española, en el mismo sentido en que son españoles las generaciones del 98 y del 27. Hemos mencionado a Unamuno y es inevitable acordarse, como se acuerda él durante el viaje, de Azorín. O como se acuerda Ignacio Martínez de Pisón en el prólogo, nos viene a la cabeza Josep Pla. Nosotros queremos añadir a los artículos costumbristas de Gabriel Miró, si Miró no estuviera tan obsesionado por la metáfora y la utilizar solo allí donde es conveniente, como hace Alfonso Armada, cuyo talento para la crónica hace tiempo que no deja lugar a dudas.
El vehículo es un Seat Ibiza, último representante de los pequeños coches nacionales, y los contertulios son gente mayor. Los ancianos son quienes le ayudan a construir esta Yoktapanwpha nacional, en la que destacan las capillas mudéjares, las obras abandonadas, los últimos de su especie en ciertas labores y el odio por los centros de interpretación, como si el mundo precisara de técnicos para que lo interpretaran en lugar de un conocimiento directo. El libro trata sobre un mundo que ya no reconoce quien escribe. Y posiblemente quien lo lea. Es un lamento y en ese sentido tiene algo de generacional. Lo cual nos ha llevado a una reflexión. Ahora que se recuerda Mayo del 68, se recuerdan los paraísos perdidos de Mayo del 68 y también los que deja la España vacía, hay un tema de fondo que Alfonso Armada no se atreve a sacar, pero que en algún momento el lector se planteará. Aunque apenas tuviera diez años cuando los estudiantes de París comenzaron ese movimiento, él es un heredero del mismo, porque reniega de lo que nos intentan vender como algo efímero y que fue la semilla de lo mejor de nuestra civilización: los movimientos ecologistas, los movimientos por la igualdad de género, los movimientos contra la explotación laboral, los movimientos a favor del respeto étnico y la denuncia de la muerte de las culturas, y tantas otras cosas. Entre ellas, esta ola de libros y espacios sobre el lamento de una pérdida, de la que Por carreteras secundarias participa. Lo que llama la atención es que esos movimientos fueran, en gran medida, conservadores. No cabe duda, por ejemplo, si hablamos de la protección de la naturaleza. No es este un espacio para entrar en el debate, sino para arrojarlo al aire, esperando que alguien recoja el guante. Nuestra intuición, tras la lectura de este libro, es que en el mundo neoliberal los movimientos más progresistas, en el sentido en que se decía progresista en Mayo del 68, son conservadores. Pero el problema radica en el “dibujo arbitrario” y en ese “históricamente”. Porque tal vez lo que debamos corregir sea un modelo económico neoliberal, basado en el crecimiento, un invento de los economistas de principios del siglo XX. Es decir, que los economistas deberían tener más imaginación. Eso por una parte. Pero por otra está el concepto de estado en la historia. Estamos hablando de otra creación de corte napoleónico. Tal vez ya sea hora de que la sociedad civil se ponga en marcha y salte sobre la política de estados modernos para crear otro orden social. Porque damos por supuesto que la sociedad tiene que estar ordenada en estados, y eso es una idea implantada, como lo es la del crecimiento económico. Dos algoritmos en el ordenador de nuestra cabeza que deberíamos desterrar, para recuperar así lo bueno de esos territorios que se mueren, para resucitar el crepúsculo que empaña el tono de este magnífico libro, y convertirlo en la ilusión de un nuevo día, de un nuevo Mayo del 68.

lunes, 5 de marzo de 2018

TUMULTO


Tumulto
Hans Magnus Enzensberger
Traducción de Richard Gross
Malpaso
Barcelona, 2015
249 páginas



De este poema químico, que es la transformación de un átomo de carbono en un protozoo, hemos nacido todos. Y juntos formamos eso que se conoce como vida, en la cual uno puede participar de muchas maneras: fumigando mosquitos o sentándose a observar cómo se fumigan los mosquitos, por ejemplo. Tanto el que fumiga como el observador sabe que es carne mortal, pero que a diferencia de los mosquitos posee en los pulmones unos atributos que puede llamar alma. El magnesio entre los alveolos nos indica los movimientos del alma, es decir, nos ayuda a separar lo que está bien de lo que está mal. Si quieres, puedes llamar a eso humanismo, para luego adentrarte en territorios que pertenecen al cine documental o al ensayo político. Aunque, a la hora de la verdad, sabes que siempre estarás hablando sobre ti, sobre tus andanzas más o menos revolucionarias, sobre tu amor al ocio y tu amor al trabajo, sobre las cualidades atmosféricas con las que quieres a tu amante y a los hombres desconocidos. A esta casta pertenece Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, Alemania, 1929), uno de los intelectuales mejor considerados de los últimos cincuenta años. Y que, al parecer, ha decidido que ha llegado la hora de rendir cuentas, de echar la mirada atrás para no escribir una autobiografía. Pero sí para dejar testimonio. Tumulto es el nombre que propone para esta pequeña epopeya, centrada principalmente en sus estancias en la Unión Soviética y en Cuba.
En la primera parte, narra su paso por la URSS para participar en un encuentro con otros escritores. Su relato está lleno de gente estrafalaria o vulgar, pero a la que atiende bajo los mismos principios: el de no olvidar ese tono de humor ante lo transcurrió frente a él, esa falta de respeto a lo solemne que hace que merezca la pena la visita. Regresaría a la URSS en 1966, un recuerdo que exhibe en forma de crónica, utilizando los verbos en presente, buscando esa falta de malicia o seriedad que nos hace ser personas bajo cualquier régimen político. Enzensberger se retrata ya como un observador escéptico a quien le interesa por igual Sartre que los poetas oficiales soviéticos. La memoria le lleva a preguntarse qué pintaba él ahí, entre tanto acto oficial que ocultaba intimidades escandalosas, viajando por el corazón perdido de la Asia colonizada, para descubrir que la mayor decepción es el reparto de la pobreza. Su diario es el delirio envuelto en un país gris hormigón, mientras que en occidente se preparaba la revolución del Flower-power.
Cuando cambia a Cuba como destino que ocupa la mayor parte de lo que reconoce su memoria, decide ligar sus recuerdos haciéndose preguntas. Construye un diálogo sobre las pequeñas revoluciones y las grandes rebeliones que tenían lugar mientras él estaba convencido de que debía existir una fórmula para autorrealizarse, como pudiera ser en el amor por Masha, quien fuera su esposa en los años en que uno siente las energías de mejor calidad. Recuerda sus viajes pensando qué se le habría perdido a él por el mundo. Y concluye que fue un testigo privilegiado, un observador participante. Mientras describe el mundo, como por ejemplo en el dolor del recuerdo de Cuba, se describe a sí mismo. Y luego asiste a la desintegración de la pureza de las revoluciones que tienen lugar en Praga, en París, en el Mekong… Y reflexiona sin acidez sobre cómo se desenamoró de la Cuba de Castro por culpa de las zonas de indefinición que implicaron detalles infames. Enzensberger es una especie de etnólogo de las revoluciones. De los tumultos que, concluye, no fueron en vano aunque se apagaran a partir de los años 70: ahí siguen las reivindicaciones ecológicas, la lucha por la igualdad, la denuncia de la pobreza y la conciencia de que a este mundo chambón, que diría Eduardo Galeano, le falta poesía.


Fuente: Quimera

domingo, 25 de febrero de 2018

SARAJEVO


Sarajevo
Alfonso Armada
Malpaso
Barcelona, 2015
199 páginas



Hace más de cien años, durante la revolución industrial, cientos de miles de hectáreas de bosques fueron esquilmadas en el norte de Europa y en las islas británicas. De la escabechina apenas se libraron unos pocos árboles, aquellos cuya madera no entraba en combustión con la potencia precisa y aquellos cuyos troncos no eran lo bastante duro como para formar parte de la quilla de un barco o ser viga en una catedral laica forrada de hierro y cristales. Ahora su presencia es la más necesaria. Su inutilidad de entonces ha dado paso a una sacralización gracias a un pequeño dios que conocemos como clorofila. Sin ellos, el mundo se iría al garete mucho más deprisa.
De esta índole es el trabajo de un reportero que visitó Sarajevo y otras ciudades en guerra durante la época de estigma que supuso la Guerra de los Balcanes, dividiendo, para Europa, el tiempo en dos partes, con mucho más rigor que el día en que cambió el siglo. Leídas años después, las crónicas de Alfonso Armada (Vigo – 1958) durante el asedio a Sarajevo, poseen la precisa inutilidad literaria que hace para el lector, y para cualquiera, una lectura tan valiosa como el oxígeno que producen las plantas que se salvaron en su día. La impresión de recuperarlas en la colección Lo Real, que dirige Jorge Carrión para la editorial Malpaso, es la de retornar al velero que ha permanecido olvidado en el amarre durante el invierno. A lo largo de los años, sabemos que no han cesado de crujir los amarres, porque sabemos que no hay invierno sin temporales. Pero Alfonso Armada se prometió volver a navegar esas aguas, porque a lo largo de los años no ha dejado de pensar un solo día en el velero y en las tempestades. La memoria viene a ser imprescindible para no considerarse un náufrago.
Al azote que en su día supusieron estas crónicas, que reflejan la hora punta de la guerra para la gente, se añaden las anotaciones que iba reflejando en sus cuadernos personales. De esta manera, a la crueldad que gestiona el afán de crueldad se enfrenta, a vuela pluma, la insignificancia del saberse humano. Al dolor social y al arrojo humanitarista que supone intentar ponerse del lado de aquel indefenso a quien le cercenaron su vida, se añade unos tintes de una humanidad que regresan a la esencia de no entender nada que tienen los adolescentes con la sensibilidad puesta al día. Frente a la dignidad de los demás, se lee el miedo propio; el coraje cívico contrasta con algo que no es enfado ni ganas de echarse a llorar, pero que se parece a ambas cosas con el volumen subido a plena potencia. Armada hace de la guerra algo suyo durante su viaje como cronista, y se da cuenta de que el dolor le supera y con el diccionario no le basta para expresarlo. Se siente vivo, desgarrado pero vivo, todo él carne cruda, tanto en las crónicas que escribe con un oficio impecable, como en los diarios en los que leemos que él ha sido algo más que un agente de la realidad.
La experiencia no es nueva. Hace unos años, una combinación idéntica se fraguó para dar lugar al libro Cuadernos africanos, que no estaría de más que volvieran a editarse. Al igual que en África, son los perdedores, los que han perdido no mucho, sino todo, los que muestran más compasión. Seguramente sea cierto eso de que existe mucha más humanidad, mucha más dignidad en el sufriente que en el vencedor. Las fotografías de Gervasio Sánchez, que acompañó a Alfonso Armada en los viajes, dan fe de ello en un reino que parece condenado a sufrir la violencia. Algo que también parece deducirse de esa gran crónica sobre la historia de la región que se titula Un puente sobre el Drina, escrita por Ivo Andric.

Fuente: La línea del horizonte

martes, 6 de febrero de 2018

LAS ALTAS MONTAÑAS DE PORTUGAL

Las altas montañas de Portugal
Yann Martel
Traducción de Julia Osuna Aguilar
Malpaso
Barcelona, 2016
310 páginas



Al margen de presagios nefastos para la economía, como las caídas en picado de la bolsa de Nueva York, a pesar de las calamidades que suponen suicidios por bebida de glifosato cuando el agricultor comprueba la estafa a que le somete la multinacional con tantas patentes de semillas transgénicas, queda un rincón del mundo por explorar y ese, a pesar de Conrad, no es el corazón de las tinieblas. No es la selva, sino un paraje amable donde llaman altas montañas a cerros y dientes de roca que apenas asoman seis metros sobre el nivel del mar. La catástrofe económica no ha afectado, a lo largo de cien años, a los habitantes y a las aldeas de esa región, un recodo de Portugal, desde la llegada del primer automóvil, conducido por un tipo requemado, al exilio de un senador canadiense que posee un chimpancé por mascota. No hay crisis económica que desbarate a quien se alumbra con un quinqué de aceite y practica la economía del trueque. Esa es la región del mundo que, sin saberlo, estamos echando de menos. Da igual que la hayamos conocido o que ni siquiera una postal nos revele su aspecto. Allí, seguro, uno descansa.
Uno de los grandes beneficios del descanso es el impulso de la imaginación. Esa es la sensación que trasmite esta novela de Yann Martel (Salamanca, 1953). Aunque en otra medida, se sigue conservando la magia de La vida de Pi. Aquí, a lo largo del tiempo, puede suceder cualquier acto que se asemeje al realismo mágico, sí. Pero además, las páginas de esta Las altas montañas de Portugal, contienen no solo magia, también humor, un sentido del humor muy amable, que nos lleva a cuestionar si no deberíamos de volver a leer la novela, porque ese humor debe contener una alegoría que se nos escapa. No puede ser casualidad el juego de azar que detalla en actitudes como el contagio de caminar hacia atrás. El protagonista de la primera de las tres historias que configuran la novela adopta ese hábito como un avance hacia la huida. Y allí donde termina, con un coche hecho fosfatina tras mil avatares, los aldeanos adoptan esa costumbre tal vez como señal de duelo. La disección acrobática que supone la segunda historia, debería ser un disparate. Pero los elementos que contiene no son gratuitos. De un cadáver se extrae no su carne y sus huesos, sino lo que ha sido: una vida. Cien años más tarde de la primera de las historias, y cincuenta después de la segunda, un senador canadiense ve fallecer su vida y, al igual que el protagonista de la primera historia, decide volver a nacer. No importa la edad. Su emblema será un chimpancé, que también tiene un relato. Como contiene un relato el emblema del primer actor, que porta el diario de un sacerdote que atendía a los esclavos que viajaban de Sao Tomé a Brasil. África, pues, está en el nudo del círculo.

Un círculo con tres colinas por historias y con mucha música de azar. El lector no debe perder detalle si pretende completar la ficción. La lectura de Las altas montañas de Portugal exige tanta atención por su trama como las novelas de Agatha Christie, a las que el forense de la segunda historia es tan aficionado. No hay que perder detalle. Pero la lectura es tan grata como en su obra anterior. Yann Martel domina la escritura popular y la literatura tan sencilla, que no puede ser más elaborada. Finalmente, durante unas horas habitaremos, porque esta novela no se lee, se habita, en un territorio pobre, en un paisaje pobre y, por consecuente, en un lugar donde el encanto reside en la calma. Solo por eso bastaría para aventurarse en los tres itinerarios. Luego, cuando volvamos a leer la novela, hablaremos del sentido de culpa, del extrañamiento, de cómo se fragua un paradigma y cosas así de serias.

Fuente: La línea del horizonte 

miércoles, 24 de enero de 2018

EUFORIA

Euforia
Lily King
Traducción de Jorge Rizzo
Malpaso
Barcelona, 2016
272 páginas


El problema de la Ciencia, o de las ciencias, es el tomar a las matemáticas como modelo. Hasta la teología se convierte en una ecuación en la que nadie es capaz de despejar la X que es el espíritu santo en la tríada del Olimpo cristiano. Y mientras los teólogos se esfuerzan en buscar razonamientos ontológicos para explicar la existencia de un Dios invisible, lo que consiguen crear es una historia repleta de grandes relatos. La psicología, por su parte, que nació como una ciencia humanista va asemejándose cada vez más al trabajo de un fontanero. Y la filosofía, que según Montaigne es una rama de la poesía, pretende resolver acertijos, verificar certezas. Cuando lo que consiguen, a la hora de la verdad, es una serie de buenas narraciones, unos relatos con los que podría sanar parte del mundo. Pero en ese sentido la antropología es quizá quien se lleve la corona de laurel. Porque durante demasiado tiempo se creyó que sus estudios se establecían sobre valores irrenunciables, algo así como si fueran tan buenos por ser los absolutamente occidentales. Hasta que llegaron ciertos autores, como Margaret Mead (Filadelfia, 1901 – Nueva York, 1978) que se plantearon, mientras elaboraban sus estudios de campo, cómo estarían interpretando, antropológicamente, los habitantes de Nueva Guinea los hábitos de los occidentales.
Desde entonces, la antropología es casi un género literario, desde Levi-Strauss a Nigel Barley. Sobre todo con Nigel Barley. Pero quien mejor lo expresa es la autora de esa estupenda novela, Lily King, a través de uno de sus personajes, cuando este reprocha a Nell, la alter ego de Margaret Mead, perder el tiempo escribiendo detalles de los encuentros y no observaciones científicas, a lo que esta responde: “Solo quiero poder regresar a esta situación cuando lo lea otra vez (…) Si consigo recordar la sensación de estar sentada junto a Mudama y Tavi esta tarde, podré recordar todos los detalles que no me parecían lo suficientemente importantes como para escribirlos”. Esta novela, que trata de un falso triángulo amoroso, pues solo dos de los personajes tienen voz, se centra en el momento en que a los antropólogos se les ocurre cuestionarse si de verdad están centrados en el estudio de nuestros orígenes. La época que retrata es aquella en que todo cambió, cuando pasaron a cuestionarse los valores occidentales que creíamos tan decantados y perfectos, como para calibrar con ellos otras culturas. El relativismo cultural, como tantas otras cosas que nacieron en los años sesenta y setenta, es el punto de inflexión hacia la tolerancia con los diferentes.
“-¿Tú crees que es natural el deseo de poseer a otra persona?
“-¿Natural? ¿No eras tú la que me decías que no debía usar esa palabra?”
Ese breve diálogo lo cambia todo. El antropólogo no será el mismo al regresar. Hasta el punto de que el asfalto le parecerá hecho para cobardes sin moral, para hombres que pretenden enriquecerse. Porque la antropología es en sí misma un género literario, y a la literatura acudimos con el ánimo de aprender cosas que no pudimos aprender con el contacto directo con la realidad. De ahí que tras esta novela, que es la historia de la crisis de dos personas, crisis moral, psicológica, humana y espiritual, sea en realidad una narración más antropológica que ninguna otra novela. Porque el tema de la novela es sacar a la luz la pregunta: ¿cuál es nuestro sitio en el amor? El gran tema de la literatura occidental resulta ser el gran tema de la antropología. Y Lily King lo ha comprendido muy bien, construyendo un buen relato sobre la condición humana en conflicto. Sin pretender aturdirnos con expresiones contundentes, King da prioridad a lo narrativo, lo cual nos permite ir aprendiendo a cuestionarnos nuestros valores sin perder de vista el relato. Todo un ejercicio de cómo y para qué se escribe una novela.


Fuente: La línea del horizonte

jueves, 11 de enero de 2018

EL FANTASMA DEL REY LEOPOLDO

El fantasma del rey Leopoldo
Una historia de codicia, terror y heroísmo en el África colonial
Adam Hochschild
Traducción de José Luis Gil Aristu
Malpaso
Barcelona, 2017
515 páginas

Existen diversas denominaciones de origen para el odio: el de los amantes contrariados, el de los teólogos, el de los eruditos también contrariados y el de la codicia. Seguramente cada odio tenga, a su vez, versiones poliédricas y cara únicas, no universales. De niño, uno creía que para odiar hasta el fondo hacía falta ser Alí-Kan, el malvado a quien perseguía el Gerrero del Antifaz, o más tarde alguno de los personajes de las películas de Disney cuyo único propósito es hacer desaparecer al protagonista movido por los celos. Pero leyendo este extraordinario ejercicio de historia, narrativa e investigación, uno concluye que existe un odio particular que no es necesario ejercer en nombre de un dios ni de los complejos de un ser con defectos, como el fantasma de la ópera. Hay un odio muy personal en el rey Leopoldo II de Bélgica, que tiene que ver con la codicia, pero no con la que es tan frecuente en los regentes, vinculada, aunque sea con artificio, a la teología o al patriotismo. Se trata de la única versión conocida de la colonización con fines de ampliar la riqueza personal, en la que corrieron ríos de sangre sobre la mancha del Congo. No hay silogismo que valga. Leopoldo aspiraba a poseer su propia colonia y la encontró en el último vacío de un mapa del mundo. Leer este libro y pensar que es imposible que el rey Leopoldo no fuera consciente de su maldad, nos lleva a pensar que los límites de la psicopatía superan con creces a los de los asesinos a sueldo o los lobos de Wall Street.
Este libro guarda todos los registros, sin entrar a fondo en los horrores particulares. Hace poco Ediciones del Viento publicó La tragedia del Congo, en el que algunas de las personas que aparecen en esta obra dan testimonio de la vesania: Mark Twain, Roger Casement o Arthur Conan Doyle entre ellos. De hecho, Casement fue el principal divulgador de la impunidad con que se torturaba y asesinaba en el Congo, durante la época en la que el caucho era mucho más preciado que el oro. Algunos cálculos hablan de diez millones de muertos y casi otras tantas amputaciones.
Cuando en 1876, Leopoldo II de Bélgica creó la Asociación Internacional Africana y financió luego la expedición de Stanley al río Congo (1879-1884), se estaban poniendo las bases para una de las mayores tragedias de la humanidad. Al principio, tanto Europa como los Estados Unidos apoyaron lo que creyeron que era una misión humanitaria y civilizadora. Pero en realidad se estaba permitiendo que uno de los peores monstruos de la historia, diese rienda suelta a sus ansias de riqueza sin que nadie supiera lo que estaba de verdad ocurriendo en “el corazón de las tinieblas”: el exterminio cruel de los habitantes de la región. Sólo cuando comenzaron a surgir textos de denuncia, la opinión pública empezó a ser consciente de la realidad. La obra sigue todos los pasos, desde las expediciones de Stanley, otro psicópata armado con un látigo, hasta el reflejo desordenado de Joseph Conrad, que no supo expresar lo que vio sino en una novela, El corazón de las tinieblas, y un personaje, Kurtz, cuyo temperamento satánico es más una cocina a partir de los ingredientes temperamentales de los oficiales que regentaban puestos a lo largo del río que una invención del escritor. Stanley, la forma en que se conquistó y colonizó, los sobornos a periodistas y embajadores para compensar las denuncias, los engaños a misioneros y la odisea de la construcción de vías de ferrocarril y barcos a vapor… todo eso está contenido en el libro, en un orden cronológico y con una forma de expresarse que convierten a Adam Hoschild (Nueva York, 1942) en uno de los grandes cronistas de todos los tiempos.

Si quieren leer un libro imposible de soltar, agárrense fuerte a este El fantasma del rey Leopoldo. Y descubran uno de los crímenes de lesa humanidad, por codicia de un loco, que jamás se hayan cometido. Stalin o Hitler, sus compañeros de viaje, se parapetaban detrás de un fallido concepto de estado o de raza. Leopoldo no dispone ni siquiera de una careta para disfrazar su vergüenza.

Fuente: Culturamas