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sábado, 2 de junio de 2018

POR CARRETERAS SECUNDARIAS


Por carreteras secundarias
Alfonso Armada
Malpaso
Barcelona, 2018
395 páginas

En algún momento, entre las tripas de este sencillo (una virtud que está en decadencia y por tanto cabe valorar más) libro de viajes, Alfonso Armada (Vigo, 1958) se pregunta por el papel que los medios de comunicación están haciendo a la hora de dibujar España. O este condado al que llamamos España, este trozo de tierra que una serie de avatares por lo general vinculados a la guerra, ha dado en trazar unas fronteras, que no dejan de ser una ficción, y recibir el nombre de España. La expresión que Armada utiliza es “dibujo arbitrario” y el adverbio de modo “históricamente”. Dicho de otra manera, esto es lo que sucede ahora y apenas tiene una validez fugaz. Pero él quiere dejar registro del paisaje que abarca la mayor parte del territorio, unido por el crepúsculo, unido, incluso, por la elegía, en lugar de las batallas geopolíticas que, por costumbre, tienen lugar en las grandes poblaciones. Antes de mencionar que este libro es un humilde tratado sobre el tema de la España vacía, algo muy actual a lo que él aporta la periferia, también vacía, el país que hay detrás de los grandes edificios que limitan las playas, por ejemplo, habla de Faulkner. Y es que el proyecto literario de quien tal vez sea el mejor escritor de los últimos cien años se centra en la creación del condado de Yoknapatawpha, novela a novela, relato a relato. El condado resulta ser un lugar provinciano pero un retrato del mundo. El mundo, al fin y al cabo, es provinciano. Nadie ha nacido y ha crecido en todos los lugares a la vez. Lo que lamenta Alfonso Armada es que los periódicos cierren filas en torno a una España que consiguen que se asemeje más al condado de Yoknapatawpha, que amplíen miras mostrando a la gente que hay vida más allá del horizonte. Y en algunos casos, hay belleza.
Por carreteras secundarias es un libro de viajes en constante movimiento, en el que los protagonistas apenas se detienen, pero ese movimiento, eso sí, es lento. La ventaja de la lentitud es que a uno le da tiempo a ser buena persona, a meditar ese gesto, esa palabra, de manera que no haga daño. El libro, que recorre los lugares moribundos, no puede sino ser pesimista, con el patetismo de Unamuno, que a la par que siente morir el mundo oye el canto de los pájaros. Escrito con un estilo moroso, cuidado, mimando las expresiones, Armada iguala el paisaje con el pasado, la noticia con la erudición. Es un observador que nos refleja los lugares y las personas para que pensemos. A lo largo de la obra se mencionan algunos de los escritores que pueden haber influido en ella. La sensación que pretende dar es que es fundamentalmente española, en el mismo sentido en que son españoles las generaciones del 98 y del 27. Hemos mencionado a Unamuno y es inevitable acordarse, como se acuerda él durante el viaje, de Azorín. O como se acuerda Ignacio Martínez de Pisón en el prólogo, nos viene a la cabeza Josep Pla. Nosotros queremos añadir a los artículos costumbristas de Gabriel Miró, si Miró no estuviera tan obsesionado por la metáfora y la utilizar solo allí donde es conveniente, como hace Alfonso Armada, cuyo talento para la crónica hace tiempo que no deja lugar a dudas.
El vehículo es un Seat Ibiza, último representante de los pequeños coches nacionales, y los contertulios son gente mayor. Los ancianos son quienes le ayudan a construir esta Yoktapanwpha nacional, en la que destacan las capillas mudéjares, las obras abandonadas, los últimos de su especie en ciertas labores y el odio por los centros de interpretación, como si el mundo precisara de técnicos para que lo interpretaran en lugar de un conocimiento directo. El libro trata sobre un mundo que ya no reconoce quien escribe. Y posiblemente quien lo lea. Es un lamento y en ese sentido tiene algo de generacional. Lo cual nos ha llevado a una reflexión. Ahora que se recuerda Mayo del 68, se recuerdan los paraísos perdidos de Mayo del 68 y también los que deja la España vacía, hay un tema de fondo que Alfonso Armada no se atreve a sacar, pero que en algún momento el lector se planteará. Aunque apenas tuviera diez años cuando los estudiantes de París comenzaron ese movimiento, él es un heredero del mismo, porque reniega de lo que nos intentan vender como algo efímero y que fue la semilla de lo mejor de nuestra civilización: los movimientos ecologistas, los movimientos por la igualdad de género, los movimientos contra la explotación laboral, los movimientos a favor del respeto étnico y la denuncia de la muerte de las culturas, y tantas otras cosas. Entre ellas, esta ola de libros y espacios sobre el lamento de una pérdida, de la que Por carreteras secundarias participa. Lo que llama la atención es que esos movimientos fueran, en gran medida, conservadores. No cabe duda, por ejemplo, si hablamos de la protección de la naturaleza. No es este un espacio para entrar en el debate, sino para arrojarlo al aire, esperando que alguien recoja el guante. Nuestra intuición, tras la lectura de este libro, es que en el mundo neoliberal los movimientos más progresistas, en el sentido en que se decía progresista en Mayo del 68, son conservadores. Pero el problema radica en el “dibujo arbitrario” y en ese “históricamente”. Porque tal vez lo que debamos corregir sea un modelo económico neoliberal, basado en el crecimiento, un invento de los economistas de principios del siglo XX. Es decir, que los economistas deberían tener más imaginación. Eso por una parte. Pero por otra está el concepto de estado en la historia. Estamos hablando de otra creación de corte napoleónico. Tal vez ya sea hora de que la sociedad civil se ponga en marcha y salte sobre la política de estados modernos para crear otro orden social. Porque damos por supuesto que la sociedad tiene que estar ordenada en estados, y eso es una idea implantada, como lo es la del crecimiento económico. Dos algoritmos en el ordenador de nuestra cabeza que deberíamos desterrar, para recuperar así lo bueno de esos territorios que se mueren, para resucitar el crepúsculo que empaña el tono de este magnífico libro, y convertirlo en la ilusión de un nuevo día, de un nuevo Mayo del 68.

sábado, 22 de julio de 2017

DICCIONARIO DE NUEVA YORK

Diccionario de Nueva York
Alfonso Armada
Península
Barcelona, 2017
398 páginas

Nueva York es una cascada de estímulos en época de monzón. Esa es la música (uno no se atreve a escribir melodía) de la gran urbe, de la sinécdoque de la civilización. Y ese es el sonido que reproduce este diccionario, en el que cada entrada la ocupa un único párrafo, excepto cuando se introduce una cita, de prosa en la que no hay una sola palabra barata. Esa sucesión ininterrumpida de estímulos es lo que busca y consigue Alfonso Armada (Vigo, 1958). La forma de diccionario le sirve para escoger centros de interés desde los que arrancar a escribir sobre todo, porque todo es lo que se concentra en la cascada neurótica que es la Gran Manzana. Y eso incluye lo que ha sucedido y no solo lo que está sucediendo. Durante su estancia en la ciudad, conoce Nueva York a pie de calle, desde su apartamento o a través de los libros que hablan de su historia. En el caso de Nueva York, se da la paradoja de que su historia no es un cadáver que arrastra el presente en volúmenes enciclopédicos. Su historia está viva, permanece, como si la ciudad o lo que sea que construye la ciudad, algo que tiene más fuerza que la suma de vidas de sus habitantes, siga danzando y formando parte de la decadencia. Porque cuando uno se queda sin respiración, solo cabe decaer. Y eso es lo que sucede durante la lectura de este estupendo diccionario, como sucede cuando uno pasea por Broadway o el Down Town: las dimensiones no son humanas, el tiempo transcurre a una velocidad de tal magnitud que deja de existir. Reproducir esa idea es un gran logro de Alfonso Armada, quien a través de sus crónicas ya demostró su talento para la literatura. Este diccionario le ha permitido menos urgencia, pero igual premura, porque la ciudad no permite descanso.
Si nos atenemos a la literalidad del texto, Nueva York es y no es a la vez: es un estado de ánimo pero es un monstruo inorgánico, es la ciudad de los top ten y la de todos los demás, es triste y alegra porque siempre es dos emociones contrariadas, es barrera y es puente, es libertad y cárcel, es el Aleph y es un bar nocturno. Pero también es Alfonso Armada, porque a la hora de escribir, Armada convoca a todo su pasado para reflejarlo a la par que habla de Nueva York, como si fuera algo inevitable agarrarse al tarro de mermelada de la abuela mientras conoce la supuesta modernidad y las millones de versiones de la cultura que abundan en el centro de occidente. De ahí el peligro de convertirse en una droga que, en este caso, toma forma de literatura y de referentes literarios: si la cascada tiene que actuar como fuente, es una fuente inagotable. Hay perversión, sí, pero también unos encuentros formidables que no podrían haber tenido lugar en otro sitio.

En realidad, este diccionario es todo lo contrario a lo que se supone que debe cumplir como función, ya que plantea más preguntas que respuestas propone. La única regla es la alfabética. Por lo demás, se nos muestra un lugar que carece de límites. Armada no cesa de buscar símbolos a los que anclar el antropos, lo humano, y para nuestra sorpresa, el escritor más mencionado es Kafka. Tal vez porque Kafka sea para la literatura lo que Nueva York para la civilización. De esta forma, en una época en que todo el mundo parece querer escribir su libro sobre Nueva York tras una estancia larga, este diccionario resulta uno de los más aconsejables escritos en nuestro idioma. Para terminar, se incluyen las crónicas que Armada escribió a partir del 11-S. A lo largo del diccionario este suceso condiciona muchas entradas, pero no es suficiente exorcismo. Lo que sucedió es incomprensible y necesitamos darle forma, entenderlo. Pero en Nueva York no hay nada que entender. Simplemente, sucede.

Fuente: Culturamas