miércoles, 8 de julio de 2026

OLA

 

Ola

Sonali Deraniyagala

Traducción de Tania Gaviño

Capitán Swing

Madrid, 2026

183 páginas


 


Tras una tragedia personal, tras una muerte en la familia o la muerte de tu mejor amigo, uno tiene que comenzar por perdonarle al mundo que no se detenga, que apenas nada cambie de un día para otro. ¿Cómo es posible que los desconocidos no sepan de la injusticia que acaba de caer sobre ti? ¿Cómo es posible que el mundo no se congele cuando lo que sientes es superior a cualquier moral y al impulso de los planetas? Hay que hacerse a la idea de que para seguir viviendo, uno debe comenzar por perdonar que la vida de los demás, sobre todo la de los desconocidos, no cambie. Es a la vez fácil y complicado imaginar en qué medida se exacerba esto en el caso de Sonali Deraniyagala (Colombo, Sri Lanka, 1964), que sobrevive al gran tsunami de 2004, pero pierde a su familia, a su marido, a sus dos hijos y a sus padres. El libro que tenemos entre manos es estremecedor, y aquí debemos aclarar que este adjetivo es un elogio, porque mientras leemos y tratamos de sentir lo que Deraniyagala siente nos damos cuenta de que somos humanos. Es un libro que infunde valor, que transmite ganas de vivir, aunque nos esté hablando literalmente de la muerte y el duelo.

El impulso que lleva a Deraniyagala a escribir es el sentido de culpa. En algún momento, alcanzada la mitad de la lectura de Ola, ella lo confiesa: «Y quizá renuncia a ser su madre porque a veces me siento irremediablemente responsable de su muerte (…) no consigo quitarme de encima la sensación de que los conduje al peligro cuando confiaban en mí (…). No soporto recordar cuánto dependían de mí». Si la culpa es la chispa que enciende el motor, el combustible será, como se puede deducir de la cita anterior, el miedo. La culpa, el miedo, ¿qué otra cosa vamos a encontrar si miramos dentro de nosotros mismos? Estamos ante una autopsia en vida, ante una biopsia en la que hay algo más que vísceras y músculos. Es un libro que nos habla de dolor, de despedida y hasta de violencia. Es un texto emocional en el que durante la primera mitad todo lo que sucede tiene lugar dentro de la narradora, en su confesión. Asistimos a sus intentos casi imposibles de enterrar, a su incapacidad de reinventarse y a su mayor anhelo, que es recordar para que ellos sigan acompañándola. Y, mientras tanto, desea su propia muerte.

El libro nos lleva de una etapa a otra con grandes saltos cronológicos. Y así vamos comprobando como el dolor se transforma en nostalgia, no sabemos si a pesar de la propia Deraniyagala: «Durante meses y meses después de la ola, apenas podía soportar oír los nombres de los amigos de mis hijos. Y cuando empecé a verlos de nuevo, me daba miedo que me recordaran cómo serían ahora mis hijos, miedo a saber todo lo que se estaban perdiendo. Ahora veo a los amigos de mis hijos con frecuencia. Cuando nos encontramos, rebosan entusiasmo y me encanta su vitalidad. Y hacen que mis hijos sean reales de nuevo». De lo que sí estamos seguros es de que este es un caso de resiliencia que hace empalidecer a los que nos ponen como ejemplos habituales: «¿Cómo es posible que gran parte de mi vida ni siquiera parezca mía?». Que vaya aprendiendo a integrar esa gran tragedia lo demuestra que a medida que avanzamos en la lectura descubrimos que Deraniyagala va siendo menos reflexiva, si entendemos reflexionar por una introspección, y más narradora. Va hablando de sus recuerdos, de su juventud, del cabeza loca de su marido, y reconciliándose con los lugares que compartieron y que llegó a odiar, en algunos casos incluso por ser demasiado hermosos. Y es que nada es lo bastante extenso como para contener el dolor. De eso trata este libro, de mostrarnos cómo reconciliarnos con el mundo cuando se hace más pequeño que el dolor que sentimos. Y que alguien sepa hacer eso sin caer en falsos sentimentalismos es una maravilla.


Fuente: Zenda

 

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