Ola
Sonali
Deraniyagala
Traducción
de Tania Gaviño
Capitán
Swing
Madrid,
2026
183
páginas
Tras
una tragedia personal, tras una muerte en la familia o la muerte de tu mejor
amigo, uno tiene que comenzar por perdonarle al mundo que no se detenga, que apenas
nada cambie de un día para otro. ¿Cómo es posible que los desconocidos no sepan
de la injusticia que acaba de caer sobre ti? ¿Cómo es posible que el mundo no
se congele cuando lo que sientes es superior a cualquier moral y al impulso de
los planetas? Hay que hacerse a la idea de que para seguir viviendo, uno debe
comenzar por perdonar que la vida de los demás, sobre todo la de los desconocidos,
no cambie. Es a la vez fácil y complicado imaginar en qué medida se exacerba
esto en el caso de Sonali Deraniyagala (Colombo, Sri Lanka, 1964), que sobrevive
al gran tsunami de 2004, pero pierde a su familia, a su marido, a sus dos hijos
y a sus padres. El libro que tenemos entre manos es estremecedor, y aquí
debemos aclarar que este adjetivo es un elogio, porque mientras leemos y
tratamos de sentir lo que Deraniyagala siente nos damos cuenta de que somos
humanos. Es un libro que infunde valor, que transmite ganas de vivir, aunque
nos esté hablando literalmente de la muerte y el duelo.
El
impulso que lleva a Deraniyagala a escribir es el sentido de culpa. En algún
momento, alcanzada la mitad de la lectura de Ola, ella lo confiesa: «Y
quizá renuncia a ser su madre porque a veces me siento irremediablemente
responsable de su muerte (…) no consigo quitarme de encima la sensación de que
los conduje al peligro cuando confiaban en mí (…). No soporto recordar cuánto
dependían de mí». Si la culpa es la chispa que enciende el motor, el
combustible será, como se puede deducir de la cita anterior, el miedo. La culpa,
el miedo, ¿qué otra cosa vamos a encontrar si miramos dentro de nosotros mismos?
Estamos ante una autopsia en vida, ante una biopsia en la que hay algo más que
vísceras y músculos. Es un libro que nos habla de dolor, de despedida y hasta
de violencia. Es un texto emocional en el que durante la primera mitad todo lo
que sucede tiene lugar dentro de la narradora, en su confesión. Asistimos a sus
intentos casi imposibles de enterrar, a su incapacidad de reinventarse y a su
mayor anhelo, que es recordar para que ellos sigan acompañándola. Y, mientras
tanto, desea su propia muerte.
El
libro nos lleva de una etapa a otra con grandes saltos cronológicos. Y así
vamos comprobando como el dolor se transforma en nostalgia, no sabemos si a
pesar de la propia Deraniyagala: «Durante meses y meses después de la ola,
apenas podía soportar oír los nombres de los amigos de mis hijos. Y cuando
empecé a verlos de nuevo, me daba miedo que me recordaran cómo serían ahora mis
hijos, miedo a saber todo lo que se estaban perdiendo. Ahora veo a los amigos
de mis hijos con frecuencia. Cuando nos encontramos, rebosan entusiasmo y me
encanta su vitalidad. Y hacen que mis hijos sean reales de nuevo». De lo que sí
estamos seguros es de que este es un caso de resiliencia que hace empalidecer a
los que nos ponen como ejemplos habituales: «¿Cómo es posible que gran parte de
mi vida ni siquiera parezca mía?». Que vaya aprendiendo a integrar esa gran tragedia
lo demuestra que a medida que avanzamos en la lectura descubrimos que
Deraniyagala va siendo menos reflexiva, si entendemos reflexionar por una
introspección, y más narradora. Va hablando de sus recuerdos, de su juventud,
del cabeza loca de su marido, y reconciliándose con los lugares que compartieron
y que llegó a odiar, en algunos casos incluso por ser demasiado hermosos. Y es
que nada es lo bastante extenso como para contener el dolor. De eso trata este
libro, de mostrarnos cómo reconciliarnos con el mundo cuando se hace más
pequeño que el dolor que sentimos. Y que alguien sepa hacer eso sin caer en
falsos sentimentalismos es una maravilla.
Fuente: Zenda

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