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lunes, 23 de octubre de 2023

ESTATURA

 

Estatura

Daniel Díez Carpintero

Sloper

Palma de Mallorca, 2023

271 páginas

 



Uno se pasa veinte años de la vida creciendo, y a pesar de ello seguirá siendo bajito. En realidad, esto de la estatura tiene que ver con aquello que comentaba Pessoa cuando sostenía que «soy del tamaño de lo que veo» y no del tamaño de mi estatura. Ese «lo que veo» puede ser un rasgo permanente. El problema es que no somos muy dueños de elegir lo que vemos o cómo lo vemos, o que para conseguirlo, no nos quede más remedio que salir huyendo.

Aquí tenemos a un chico con el narcisismo blando, de hecho, por momentos se diría que está derretido o que es todo lo contrario al narcisismo que nos sana, que es un antinarcisismo. Es un muchacho crítico, engañado y que desde los ocho años hasta los veinte se somete a sí mismo a una estrecha vigilancia. Es alguien que se esfuerza en pasar por la vida con cuidado, vigilando mucho, porque no le ha quedado más remedio que aprender a sobrevivir moralmente así. Su padre es un energúmeno, un bastardo con el cerebro de un crío de dos años, un periodista que ha conseguido cierto éxito socioeconómico, un reconocimiento de esos que a todos nos importa un comino, excepto a él, y es muy violento. Su madre es un cero a la izquierda y a juicio de nuestro protagonista, ojalá esa pusilanimidad significara un poco de ternura. El deseo de amor desde la madre, por parte de la madre, tiene mucho de lástima, la que siente el hijo por ella, y de no haber podido ni siquiera atravesar un complejo de Edipo en condiciones.

Así pues, sólo le queda navegar en el olor a rancio de lo cotidiano, entre otros chicos y chicas de su edad, a lo largo de los años, preocupándose casi en exclusiva por algo tan animal como es el sexo. A pesar de ello, sueña con ser escritor, una actividad que le arroja a los libros, donde no existe el dolor de las presencias ni de las ausencias, y a una seguridad intelectual que de poco sirve a la hora de entablar relaciones con los demás.

Una novela de iniciación suele contener una aventura, que estructura la narración para el lector, dando sentido a la evolución del protagonista porque debe salir del enredo. En esta ocasión, Daniel Díez Carpintero (Madrid, 1979) elige sustituir la aventura por el sexo. A este hijo único ni siquiera le queda el consuelo de vivir su propio Bildungsroman como se les ha permitido a tantos otros muchachos en la literatura antes: tiene que mantenerse en lo marginal, cuando todo apuntaba a que podría haber sido uno más. Será él quien nos hable todo el rato, y parece estar describiendo unos años de vida, pero eso será lo literal, pues en realidad a lo que atiende es a sus miedos. Miedos, sexo, aprendizaje, marginación… lo normal será salir huyendo. Estatura es una novela que se libra de lo atosigante gracias al humor, a un acertado tono que nos remite a la dosis exacta de caricatura, pues de lo contrario sería difícil de leer como el relato de una vida. Ahí estriba su principal valor: nos muestra una ruta de escape, una propuesta de exorcismo.

domingo, 8 de octubre de 2023

CADILLAC RANCH

 

Cadillac Ranch

Antonio Tocornal

Sloper

Palma de Mallorca, 2023

194 páginas



 

El mundo está lleno de gente que no ha escrito El Quijote ni ha asesinado a nadie. Y lo más terribles es darse cuenta de que tienen voz, que nos pueden hablar con toda la carga de lo que sea que están viviendo. Tener sentido del humor y soportar el fracaso supone convivir con antagonistas, pero también fomentar una faceta creativa, tal y como exponía Gianni Rodari en su Gramática de la fantasía, cuando da por supuesto que de una pareja sorprendente sólo puede salir un relato muy vivo. Ese parece ser el principio sobre el que se asientan estos textos de Antonio Tocornal (San Fernando, Cádiz, 1964), a los que cabe añadir la carga de soledad que soportan. Narrados todos en primera persona, invitándonos a habitar durante unos minutos dentro de la piel y el cráneo de los protagonistas, nos sorprenderemos con la facilidad con que uno puede quedarse aislado en un mundo en el que la intercomunicación es la constante. Todos se comunican entre sí, menos yo. Eso conlleva que nuestros personajes padezcan la enfermedad de no entender nada, ni siquiera en las materias en las que se supone que son expertos.

Tocornal escribe con una imaginación que nos remite en ocasiones a Juan José Millás, por ejemplo, pero también a Kafka. En realidad, se trata de una voz personal, un extrañamiento que bordea demasiado lo mundano: esto no puede estar ocurriendo, nos decimos durante la lectura, pero estas cosas sí ocurren. O seguro que ocurre algo parecido, pero a los demás, a los infelices. Y, sin embargo, la facilidad con que escribe Tocornal nos arroja dentro del relato en el que se transgrede, pero sin hacer daño, en el que se escruta la posibilidad de doblegar la imposible salud mental. Al fin y al cabo, ¿en qué consiste estar cuerdo?

Un tipo intenta emular a Jack Kerouac en On the Road y le sale una huida entre ambientes desagradables, con sexo y obsesiones vulgares. Otro vive la expansión de su hogar como la antítesis de la Casa tomada de Julio Cortázar, hasta acabar en el limbo. Un tercero no sabe qué hacer con la senectud y el siguiente se dedica a retirarse del mundo instalándose en el centro de él. O aislándose en el parque, a donde le lleva su muerte de éxito, y el éxito es absurdo. Un tipo se vende por un plato de lentejas que es algo frecuente y es algo absurdo. Así se mueven estos personajes en territorios que son fronterizos no por poco visitados, sino por encontrarse entre lo conocido y lo desconocido. La decadencia no tiene porque ser amarga y las musas bien pueden ser las moscas. Total, basta con cambiar alguna letra. De este cariz es el ingenio de Antonio Tocornal, que en estos relatos se muestra como un escritor en plena forma.

miércoles, 4 de enero de 2023

UNA HEROÍNA INTERGALÁCTICA

 

Una heroína intergaláctica

Román Piña Valls

Sloper

Mallorca, 2022

266 páginas

 



La principal característica de la adolescencia es su brevedad. Si uno ha tenido algo de suerte, podrá recordar en esos días cierta belleza concentrada, que le ayudará a afrontar lo que viene después, que suele ser muy largo, con optimismo. Como toda explosión, termina y luego queda un campo que puede parecerse al paisaje después de la batalla o a un valle de cerezos en flor. La explosión no es sólo una maldición de los aparatos de guerra: también explota la primavera. Lo que es común a cualquier experiencia adolescente, eso sí, es sorprenderse a uno mismo por saberse vivo. Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) ha creado a su propio antihéroe para retratar la adolescencia, haciendo que hable como si pensara que ese es el final de nuestros días, que más allá no hay nada. Al contrario que en cualquier novela de iniciación, aquí no se crece para transformarse en un adulto, aquí se llega hasta la adolescencia y se vive la explosión con intensidad. Nuestro protagonista nos hablará desde la cárcel, desde la real, no desde la madurez como prisión metafórica, en la que nos ponen grilletes a cada paso. En la adolescencia soñamos mucho con la libertad, pero la libertad es algo que todavía no sabemos definir.

El pasado sobre el que habla el protagonista es más bien lamentable, un desastre, y a pesar de todo lo echa de menos. Esa es una de las razones por las que nos consterna tanto la memoria, porque uno siente melancolía, o puede sentirla, hasta de los peores momentos. Al fin y al cabo, ese derecho está trabajado gracias a que salimos adelante. Pero en este caso, Román Piña nos ayuda a cuestionarnos si el mundo era mejor antes, que es algo que todos pensamos en cuanto nos aprieta un poco el zapato. Gracias a ese principio, se evita la nostalgia fácil, la molicie sensiblera, y se nos enfrenta a un Peter Pan que no pretende seguir siendo niño, sino adolescente:

«—Lo malo es que ese tiempo ya nunca lo viviremos —añadió Tobi—. Nuestro tiempo es feo y sucio. Las chicas ya no llevan vestidos, ni los colegios organizan concursos de baile, ni se hace una música tan buena. En el caso, digo, de que realmente alguna vez todo eso existiera, como dice Jorge.»

Jorge es nuestro protagonista y Tobi su principal interlocutor, que es un amigo y será un fantasma. Y a los tiempos a los que se refiere es a los que aparecen en la película Grease, uno de los referentes generacionales que van desfilando por esta novela, que en ocasiones pretende recopilar todos los que lo fueron para quienes nacieron en los años sesenta, desde el Madelman hasta Olivia Newton John. De hecho, la relación de ocurrencias que van sucediendo parecen estar construidas sobre la memoria —la propia y la colectiva—, además de sobre la imaginación. Tal vez porque no puede existir la una sin la otra. Aunque los referentes principales no son tanto objetos o sucesos, apariciones o detalles, sino los asuntos que son más propios de la adolescencia de los chicos: las chicas y con ellas el gran amor por la chica idealizada, la música con los Beatles y John Lennon a la cabeza, la intimidad y la amistad, y también la tentación de los robos y el consuelo de hablar con un fantasma. En cuanto a lo tocante al sexo y a la pornografía, se nos muestra de forma dosificada, en función de provocar las reacciones de nuestro narrador, que es un muchacho vehemente. Todo ello contado con un lenguaje sin trabas, natural, en un ejercicio de estilo que se adecúa a las intenciones del narrador, y en el que florece el sentido del humor de Román Piña Valls, que es de las pocas personas a las que se le ocurriría describir los encuentros con las muchachas adolescentes como un «susto biográfico».

lunes, 9 de mayo de 2022

CERCA DEL FUEGO

 

Cerca del fuego

Pablo Gonz

Sloper

Palma de Mallorca, 2022

102 páginas

 



Uno todavía está preso de la fantasía que nos libraría de falsos pudores. Así, resultaría natural, y en ocasiones hasta elegante, que alguien delatara que le atraes sexualmente, a la primera de cambio, y de ahí dar pie a una relación que carece de cortapisas. Las fantasías están reñidísimas con el pudor y la única manera que encontramos de expresarlas es a través de los medios que el hombre ha creado para su expresión, que bien entendidos, y mejor sentidos, dieron lugar al arte. En una novela nos podemos convertir hasta en objeto de deseos y permitir a quienes nos desean que practiquen con nuestro cuerpo lo que les plazca, mientras insistimos en identificar la virtud con el orgasmo.

Si a la fantasía sexual cumplida añadimos la rendición de clases, las únicas grandes expectativas que podremos no ver colmadas pertenecen a otro mundo. Así, uno de nuestros protagonistas es un adolescente con las calderas del sexo funcionando a todo trapo, y el otro una mujer para quien el pudor es una apisonadora de pasiones. La conciencia sigue siendo una construcción social, con el único propósito de coartarnos para, supuestamente, permitir una convivencia, y ella le convence a él de que el fuego es el lugar donde está la esencia de la vida.

Y todo esto tiene lugar en una ciudad de provincias, descrita como tal, como algo carpetovetónico, por el autor, Pablo Gonz (Sevilla, 1968). Las descripciones del ambiente no pueden generar un entorno menos propicio para el desarrollo de una relación, a la que asistimos perplejos: no se nos ocultan las dificultades, pero se nos muestra con una desenvoltura que se asemeja demasiado a la alegría. Hay juego, pero este tendrá una función superior a medida que avancemos en la lectura. El final, logradísimo, nos obliga a reinterpretar cada recurso, desde los eróticos hasta los antieróticos, desde los literarios hasta los sociales, que se han puesto en la construcción de la novela. No hablamos de un texto displicente, porque hay un sustrato de tragedia, que tiene bastante que ver con la memoria del narrador, que desde el principio conoce cómo va a ser el desenlace y lo que éste significa.

Una obra muy recomendable dentro del panorama narrativo español.

sábado, 26 de febrero de 2022

NUNCA SE SACIA EL OJO DE VER

 

Nunca se sacia el ojo de ver

Daniel Díez Carpintero

Sloper

Palma de Mallorca, 2022

130 páginas

 



Hace cuatro años aterrizó Daniel Díez Carpintero (Madrid, 1979) en las librerías con un magnífico libro de relatos, El mosquito de Nueva York, al que ahora sucede este Nunca se sacia el ojo de ver, para confirmar que ese talento que elogiamos no fue una casualidad. De nuevo con las palabras justas y la expresión acertada, con una buena pegada, pero sin intentar aturdir, de nuevo con ritmo acertado y con la decantación de historias fruto de una gran capacidad de observación, nos deleitamos con los relatos y nos reconciliamos con la distancia corta. Subrayemos un ejemplo, una frase que encontramos nada más empezar el libro: “En la incoherencia entre los pechos enormes y la menudez de lagartija estaba ese quedarse sin aliento -ese puñetazo en el esternón- que producen los seres no bellos sino insólitos”. Ahí está la paradoja, la ironía, la observación vertida tanto hacia el exterior como hacia el mundo emocional, y la conclusión sorprendente.

Para que un autor de cuentos encuentre voz propia, será fundamental la mirada, elegir bien la mirada, saber situar el punto de vista y acertar con el tono de la prosa, con la forma en que propondrá cabalgar al lector sobre lo que cuenta. Díez Carpintero parte de la pregunta ¿qué somos? ¿Resulta demasiado convencional? La pregunta sí, el acento en que la plantea no tanto. Nos lleva al filo de la locura, pues los relatos son, básicamente retratos en los que vemos a un personaje que es consecuencia de todo el pasado que tiene por detrás. Y a muchos de ellos les atoran los problemas económicos. Pero esta situación será parte de la contribución a la caricatura, a una caricatura que, y este es el planteamiento que a nosotros nos sorprende y al autor le dignifica, es real, es parte de un mundo tan posible y tan probable como el que habitamos. Uno no puede dejar de preguntarse cuánto de humanidad hay en las caricaturas. Y de concluir que son una estrategia para revelar la esencia de lo que somos, pudiendo expresarnos con una libertad de la que carecemos al pretender la pura fidelidad al original.

Entramos a la obra acompañando a un profesor de filosofía, que es un viejo verde, que acepta la visita de una joven pareja de religiosos sólo para imaginar el sexo con la muchacha. La combinación de sexo y religión, de deseo carnal y deseo espiritual, es una especie de revuelta contra la soledad. Y la soledad será una de las características de nuestros personajes, pues hablamos de adultos solos o a los que acompaña un niño, en alguna ocasión, que será un acicate para volver a recordarnos que estamos solos. Y en la soledad es donde suben el volumen las perturbaciones, sobre todo en la soledad del adulto, y no digamos en la del anciano. Díez Carpintero afronta el tema del miedo colocando a los personajes frente a la incertidumbre. Lidiar con ella es una tarea de Hércules, a no ser que aceptemos que las incertidumbres no se resuelven, que las incertidumbres son las gotas del océano en el que nadamos todos los días. Aunque la mayor incertidumbre, tal vez, surja de la convivencia con uno mismo. Los otros, en realidad, son mera parte de la incomodidad; o puede que una de nuestras mayores limitaciones sea la de no ver nada más que la incomodidad en la presencia de los demás.

El hombre asustado llegará a preguntarse qué hacer, porque debe hacer algo, lo que sea, y llegará a discurrir una barbaridad. Y, lo que es más grave, llegará a ejecutarla para así sentirse dueño de su destino. Como sucede en alguno de los relatos. Aunque Díez Carpintero también es capaz de construir un cuento a partir de una expectativa, pues preguntarse quién va a venir y si yo seré lo bastante bueno como para soportarlo, es otra de las incertidumbres con que topamos con frecuencia. El problema, nos viene a sugerir, es que la imagen que tenemos de nosotros mismos es también una construcción social. Y necesitamos sentir que somos alguien. Lo más frecuente, el intento de sanación más frecuente, es el recurso al sueño. Sueña el pobre con ser rico y, en cuanto puede, deja que ese sueño se cumpla durante un pequeño rato.

Y así llegamos al final de un libro que vuelve a dejarnos satisfechos, como en muy pocas ocasiones nos sentimos, y con el deseo de que esta fiesta en la que la realidad se deforma con franqueza siga llegándonos. A ser posible con más frecuencia.


Fuente: Revista de letras

viernes, 4 de octubre de 2019

EL REFUTADOR


El refutador
Santiago Cobo Quevedo
Sloper
Palma de Mallorca, 2019
721 páginas


En el planeta en el que se mueve el protagonista de El refutador, existen los ególogos y los gestores de incertidumbres.
“Estamos hablando de los maestros de la manipulación, en todos sus niveles. La creación de apariencia. La verdad no existe. No existe la realidad. La identidad no existe. Eso son supersticiones de los clientes. Solo existe una mercancía: las apariencias. Y solo existe una esencia.”
Y esa esencia es el dinero. O al menos es el dinero mientras el mundo sea mera apariencia. Porque cuando se le despoja del disfraz de farsa, lo que Santiago Cobo Quevedo (Tomelloso, 1972) nos muestras es un lugar, el campo después de la batalla de su personaje, de su narrador, en el que campa a sus anchas ese sentimiento negro al que llegamos con frecuencia, la versión oscura de la dignidad: la humillación. Cuestionarse si ha sido humillado, si vive en ese fango, es el tema sobre el que orbita una narración que tiene mucho de teatro del esperpento y mucho de surrealismo.
El refutador es el sobrenombre, o el oficio, que adoptará el personaje un arquitecto al que han despedido de un trabajo que, como los sucesos en las novelas de Kafka, jamás se ha llevado a término. Refutador es una palabra que hace referencia a una labor como sicario, con lo cual, podemos imaginar, tras doscientas páginas de una puesta en escena un tanto surrealista, como si no existiera un plan previo, como si el texto se fuera descubriendo a sí mismo a medida que se va desplegando, el tono adquiere un matiz de novela negra. Pero no de una novela negra al uso, porque las referencias son inevitables, pero volátiles: de vez en cuando aparece alguna acción propia de matones de medio pelo para ambientarnos y, dándole a la novela un toque de género, ayudar al lector a quedarse anclado a la obra.
Cobo Quevedo se vale de frases cortas y con un tipo de glosa que no busca la exquisitez, ni el deslumbramiento, sino el contraste con esas frases contrarias a la glosa: su ímpetu está en desquiciar, en hallar asociaciones libérrimas, a veces geniales, a veces un tanto grotescas, teniendo en cuenta que el genio y lo grotesco no están reñidos. De hecho, cada vez que sentimos que el relato tiende hacia un humor absurdo, algo trasnochado en la línea nacional, pero que triunfó hace cincuenta años, se imprime a la narración una nueva tendencia hacia lo siniestro. Porque siniestro es, a fin de cuentas, recordarnos que todos somos hombres sin atributos, que la egología es una ciencia que debería existir, dado los problemas que mantenemos a la hora de conversar con nuestro narcisismo, es decir, con nuestra humillación. Ahí aparecen, de vez en cuando, referencias a un tutor castrante, a trabajos de poca monta, al nulo valor de la vida, a la delación sin culpa, al teatro de la vida, al humor vulgar pero cáustico del fanfarrón.
El mundo de El refutador es un lugar donde es inútil echar a correr, pero no es menos inútil quedarse quieto. En realidad, aunque la realidad no exista, es un lugar donde uno acelera sin moverse del sitio. De ahí esos diálogos que dejan la acción en el mismo lugar donde se iniciaron. De ahí esas digresiones sobre las experiencias que uno padece, sobre la experiencia que uno coge, y que no termina de aterrizar en nada. No hay conclusiones. Hay una suerte de reflexión, eso sí, sobre lo que en psicología se conoce como disonancia cognitiva, ese autoengaño por el cual torcemos la interpretación de lo que sucede, porque no existirá la verdad pero sí existen los sucesos, de modo que cuadre sobre nuestros prejuicios o, si ya llevamos suficiente carga de humillación a nuestras espaldas, sobre nuestra supervivencia, sobre el pilar de nuestra supervivencia que es un ego fraguado, aunque sea fraguado en el teatro.

viernes, 3 de mayo de 2019

LEJOS DEL CHAMPAGNE


Lejos del champagne
Carlos Torrero
Sloper
Palma de Mallorca, 2019
167 páginas

Lo primero que llama la atención es lo que da de sí la frase corta. Acostumbrados a leer con este tipo de sintaxis una literatura mínimal, hija de Carver, por ejemplo, sorprende el uso que hace de ella Carlos Torrero (Cuenca, 1979), tan alejado del cinismo cotidiano, de la mirada breve, pero cautiva de la necesidad de indagar en los apuntes del natural del autor americano. En este libro de cuentos, la ingenuidad se impone e impide el menor asomo de cinismo. Lo cual, dicho sea de paso, es un elogio. En la antigua Roma ingenuo quería decir hombre libre, y heredando esa libertad Torrero hace gala de un humor que se nos antoja necesario, imprescindible, incluso, para mantenerse a flote en lo que sea que hemos construido entre todos. Esa libertad le permite, por otra parte, romper las reglas de la estructura clásica de la obra corta, y consigue, en un ejercicio literario de altura, que con nuevas directrices acordes a las formas de comunicación que han ido surgiendo, el cuento no deje de ser un relato redondo.
La mirada de Torrero es oblicua, atraviesa los lugares comunes para enhebrar unos relatos muy dinámicos, en los que los hábitos humanos, esa parte nuestra que nos tomamos tan en serio, dejan de ser buenos por el hecho de ser frecuentes. Y pasan a ser un motivo de celebración, aunque de ese tipo de celebraciones para las que no se abre una botella de champán. Hace falta mucho ingenio, pero también un sentido crítico de calado, como vamos comprobando con esta suma de fragmentos que nos hablan de una realidad ingrata, pero a la que podemos sobrevivir si aprendemos a reírnos con ella. Torrero nos demuestra cómo se puede convivir con lo feo y se cuestiona en qué estamos transformando esto que llamamos, a falta de otra expresión, vida normal. La creatividad toma partido por el humor como tabla de náufrago.
Estamos frente a uno de los libros de relatos más agradecido que leeremos en este año. Siendo un libro de acciones, actos, sucesos, tropiezos, no deja de ser un libro de personajes. Los seres que habitan en las páginas que crea Torrero son tipos que han perdido, en algún momento, la inercia de lo cotidiano, de la costumbre de vivir con unos hábitos a los que loamos, pero que están fragmentados y nos fragmentan. Se trata de una obra muy entretenida, sí, pero de un libro muy serio. Tal y como desearíamos que fueran nuestros días.

lunes, 1 de enero de 2018

POR ORDEN DE DESAPARICIÓN

Por orden de desaparición

David Torres

Obra gráfica de  Javier Gella

Sloper
Palma de Mallorca, 2017
354 páginas

Con este libro, David Torres (Madrid, 1966) celebra la mayoría de edad. Hace dieciocho años que se publicó su primera obra, Nanga Parbat, ganadora de la primera edición del Premio Desnivel. Ha pasado mucha agua por debajo del puente en estos años, muchísima. De hecho, al leer estos breves perfiles, uno se da cuenta de que aquella novela era un ejercicio de estilo en el que lo lírico cojeaba por metáforas repetidas y la imaginación por intentar abarcar el cielo que, como dice David Torres, poniéndolo en boca de Pedro Reyes, es infinito y estrecho. O al menos lo fue en ese momento. Desde entonces, el tiempo dedicado a la literatura ha sabido aprovecharlo. Sus novelas son más consistentes. Pero, sobre todo, se ha visto obligado a ejercitarse en la distancia corta, por imperativo monetario, y de esa presión han salido unos textos en los que lo que era truco, se ha transformado en estilo.
El volumen recopila las filias de David, aunque también alguna fobia, pues es difícil comprender que entre tanto esteta figure Patton, un general caracterizado por su instinto de victoria, es decir, por saber cómo matar más enemigos. Excepto este caso, y algunos arranques violentos de algún músico, por ejemplo, o autistas de algún escritor, los demás son tipos sensibles, o David Torres da por supuesto que deberían serlo, pues los perfiles demuestran sensibilidad incluso en los suicidios. Decimos perfiles, cuando se trata de obituarios, por no decir de necrologías. Excepto en un par de casos, Torres no ha conocido ni entrevistado personalmente a la persona, pero si escribe sobre ella es porque ha fallecido o porque se cumplen tantos años, un número redondo, desde su fallecimiento. Pero el diálogo con el escritor, con el músico, con el físico nuclear, con el actor, con el director de cine, con el alpinista es una celebración de la vida, no una melancolía por su ausencia. El mundo es mejor porque ellos han existido, no más feo desde su desaparición. Aunque, bien es cierto, que a todos nos gustaría que John Ford siguiera dirigiendo películas o que Borges, de quien bebe, y mucho, David Torres, tenga una obra que ya hemos leído más de una vez. Nombramos a Borges, pero se nos ocurre también Marcel Schwob. La diferencia es que mientras en uno y otro algo de la enciclopedia se incrusta en la ficción, en estos textos todo es real. O al menos las anécdotas son leyenda, lo que quiere decir que se han hecho realidad. Al homenajear a Groucho Marx se menciona el célebre epitafio ‘Perdone que no me levante’; tal epitafio es leyenda. Pero es real, porque a nadie más que a él se le ocurriría una disculpa tal para grabarla en su lápida.
David Torres coge el toro por los cuernos nada más empezar el perfil, pero aguarda unas pocas líneas antes de soltar el momento en que la personalidad de Sibelius o de Buñuel se desatan, se manifiestan. Consigue mantener el pulso, de modo que no nos cansemos, acertando siempre con el tono y las metáforas, porque escribir es cuestión de oído, hasta que intenta llegar a un final deslumbrante. Sin embargo, donde nos ha sorprendido ha sido antes de esa última frase, que deja a modo de recuerdo, a modo de cariño. Por ejemplo: en el perfil de Marilyn Monroe termina apelando a nuestro deseo, el de los hombres, no el de las mujeres, representado en forma de sueño, y por tanto toma como referencia el mito de Orfeo y Eurídice. Es cierto que todos soñamos con protagonizar la película del mito, en la que nosotros tendríamos el papel de Orfeo, en tanto que Monroe es la Eurídice más universal de los sueños. Pero el golpe bajo nos lo ha pegado antes, cuando tras referir la infancia sexualmente violenta que sufrió Norma Jean Baker, asegura que no aprendió que el amor no se hace en defensa propia. En cualquier caso, Norma Jean Baker, como aseguraba Billy Wilder, era la actriz con más talento de la historia: si conseguía tanta presencia presentándose en los rodajes con resaca y sin haberse leído el guion, lo que hubiera conseguido de consagrarse a su oficio. Pero no es del mérito de lo que nos habla David Torres en los perfiles, es del talento. Ese es el eje sobre el que orbita su entusiasmo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

EN LOS MÁRGENES DE LA BIBLIOTECA EUROPEA

En los márgenes de la biblioteca europea

Jesús Pérez Caballero

Sloper
Mallorca, 2017
215 páginas

Aquello que en su día rompió algunos moldes literarios y se llamó flujo de conciencia, a fecha de hoy es un ensayo social. Somos en la medida en que nos medimos frente al entorno. Y esas reflexiones se ven afectadas por las decisiones que tomamos durante nuestra actuación en la novela. Si es que es una novela o un híbrido. En cualquier caso, Jesús Pérez Caballero (Gandía, 1981) es de los pocos que han sabido integrar este efecto para construir una obra digresiva sobre el malestar, que es algo que solo puede fructificar en digresión. La obra nos lleva de Gandía a Rumanía, Hungría, Moldavia o Sarajevo, con una constante tipo espejo roto: la realidad son las promesas que suceden en pasado, en pretérito pasado. Pero, eso sí, promesas. Porque existe lo inevitable y también la fantasía, que es con lo que uno llena el tiempo que no le ocupa lo inevitable, aunque la fantasía pueda ser algo feo. Lo inevitable puede ser un padre reaccionario y la fantasía algo escatológico. Y entre ambos extremos, en algún sitio tiene uno que encontrarse. ¿Dónde? La pregunta no es esta, la pregunta es cómo hace uno para encontrar su lugar.
Pérez Caballero es miembro de una generación que vivió esa confusión entre el Mediterráneo y la Comunidad Valenciana. Para afrontar ese malestar, pues como tal lo vive, se embarca en proyectos de voluntariado, es decir, se embarca el narrador de la historia, que llevan a una Rumanía donde descubre que la pobreza supera su voluntad. El país sigue condicionado por el oscurantismo y la burocracia del terror rojo, sigue rodando con la forma de la sociedad comunista: los ricos no han cambiado y la redistribución de la riqueza a la que deberían contribuir las organizaciones no gubernamentales no existe. La democracia es una farsa y uno de sus sostenes, el altruismo humanitario, es un poder oscuro útil para el márquetin, inútil para la reconstrucción. Todos los habitantes de Rumanía están a punto de largarse, pero como miembros de una novela de Kafka, todos se quedan. De alguna manera, siente que retrocede a tiempos medievales, la morralla de la historia. Las organizaciones de cooperación se limitan a mantener el civismo de quienes les vigilan o manipulan.
Hay que seguir huyendo, acompañado por una chica, a una Hungría que es frontera donde se machaca a los emigrantes que pretenden entrar en Europa, a una Moldavia donde todavía ríen los rusos y, finalmente, a Sarajevo, que es metáfora de tantas versiones del mal. El recorrido por la ciudad lo escribe con tanta brevedad como fantasmagoría. Se imponen las leyendas, tal vez verídicas, actuales, del estilo de las que ideó Isaac Bashevis Singer: el relojero sefardí, el re-inmigrante sin pasado o el soldado español que se vistió el uniforme para viajar, para conocer mundo, y terminó por quedarse en Sarajevo, donde la pena capital a que estuvo sometida la ciudad resultó demasiado magnética y ya no será capaz de abandonar sus calles y, sobre todo, sus sótanos. Pérez Caballero ha escrito una obra a la que nos cuesta ponerle nota, porque parece que está en plena búsqueda literaria y que esa búsqueda ya merece la pena. Si tenemos suerte, seguirá buscando.

Fuente: Culturamas

miércoles, 18 de octubre de 2017

Y DIOS IRRUMPIÓ DE BUEN ROLLO

Y Dios irrumpió de buen rollo
Román Piña Valls
Sloper
Palma de Mallorca, 2015
246 páginas


En el cuadro de Goya donde dos hombres intentan tumbarse a garrotazos, los detalles más llamativos no son, en realidad, los metafóricos, sino el hecho de que ambos tengan el as de bastos dispuesto a lanzar el golpe, y no sacudiendo, y que sus piernas estén hundidas en un fango que imposibilita la escapatoria. Esta situación es la del destino de la amenaza condenado no a repetirse, sino a perpetuarse. En buena medida, el cuadro repite el mito de Sísifo: cuando está a punto de alcanzar la luz de la cima, la piedra cae de forma que su ida y vuelta sea, también, una permanencia, y Sísifo esté citándose con la violencia que no llega a suceder: Sísifo suda, pero la piedra jamás le arrolla.
Ese estado de la historia condenada a repetirse es el de la humanidad cumpliendo una y otra vez idénticos paradigmas. Y de ellos no se puede salir ileso, aunque las torceduras en las articulaciones y los ardores de estómago tampoco impidan imaginar que existe una vida. Que en el caso de la propuesta de Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) en este Y Dios irrumpió de buen rollo, se centra en la vida social y en la articulación de la Polis; es decir, en el hecho inevitable de que cada acto que intenta modificar un trozo de la vida en común es política. La novela está escrita en este tiempo presente, cuando la irrupción de Podemos y el separatismo catalán supone la pérdida de los clásicos partidos entre el Real Madrid y el Barcelona. La presencia de lo propio de nuestros días, como los twits o las redes sociales tampoco impiden la universalización de esta obra. Aunque habrá que ver cómo resiste el paso del tiempo.
Por un lado, se trata de una novela de género: la actualidad. Y por otro no deja de representar algo que ha sucedido en más ocasiones a lo largo de la historia: durante los reinados de los borbones, por ejemplo, o al principio de los años ochenta. Los protagonistas son dos personajes antagónicos, una monja y un periodista que se confabulan para tratar de salvar los muebles de la patria. Si es que eso que aparece delimitado por líneas que llamamos fronteras en los mapas, es la patria. En medio de este naufragio, que es un lugar común desde antes de los tiempos de Goya, de vez en cuando aparecen escritores como Román Piña Valls, dispuestos a sentarse sobre su propia ironía para traducirnos el espectáculo del momento, ese que abre los telediarios. Esta novela es un órdago a tomarnos todo como una sátira seria y un relato de humor. Román Piña es de esos escritores capaces de descubrir en mitad de un bosque a una pareja de ratas grises encaramadas a las ramas para comer cerezas encendidas, y sabe que de ahí cabe sacar una novela que nos ayude a mirar con sonrisa cómo se apaga otro día.

Fuente: Culturamas


martes, 17 de octubre de 2017

QUERIDO MIEDO

Fuente: Culturamas

Querido miedo
Jesús Zomeño
Sloper
Palma de Mallorca, 2016
193 páginas

Agarrado al tarro de mermelada de la abuela, Jesús Zomeño (Alcaraz, 1964) surfea las mejores olas del relato queriendo lo que no se puede querer, que es el miedo. Así, como ente global, el miedo. Nada de miedos concretos. Lo concreto en la literatura de Zomeño, tan bien cimentada como sorprendente, es un puzle, un arroz, un cubata, un bolsillo sin dinero, la música de Village People, en concreto In the Navy, la tele encendida a todas horas, pongan lo que pongan la vecina, el gruñido del orgasmo. Junto a eso uno sobrevive al miedo queriéndolo. El miedo es una proyección hacia el futuro. Digamos que ahora mismo, sin ir más lejos, no está sucediendo nada: usted está tranquilamente sentado delante del ordenador leyendo esta reseña, pero se siente inundado de miedo. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que tiene memoria. Porque no puede estar tan tranquilo como cree, dado que existe movimiento en cuanto uno supone lo que va a venir basándose en la experiencia, uno revive, imagina. Sobre todo, siguiendo la senda de Zomeño, imagina. Pues imaginación es uno de los valores que desborda este conjunto de relatos.
En un principio, nos engañamos pensando que leeremos es suerte de melancolía que todos tenemos. La juventud perdida, en este caso en la famosísima y sobrevalorada década de los ochenta. La juventud no sería juventud si no queda idealizada, y los ochenta son la juventud de casi toda la población española. Los tiempos felices que se reproducen una y otra vez, pertenecen a esos años. Incluso los adolescentes mencionan los ochenta con nostalgia. Pero en manos de Zomeño los tópicos de la década dorada se atopizan. Pierden su iconicidad, pasan a ser un trámite como cualquier otro. Con lo cual nos queda una sensación de teatro del absurdo, de comedia demasiado cómica, tanto como para que nos tengamos que tomar la cosa en serio. Cualquier lector conoce para qué se sirve el escritor de la hipérbole. Y si la juventud fueron los años benditos, también fueron los arrogantes: esa travesía la ejecutamos estando de vuelta sin haber ido a ninguna parte. En el sentido de los relatos de Zomeño, no distinguimos lo sucio de lo justo. Uno cree que tiene carácter, cuando en realidad lo que le sobra es lo mundano. Queríamos haber vivido, no estar viviendo. Y mientras tanto, nos limitábamos a rellenar el aburrimiento. El mito es abstracto e ingenuo, y su desmitificación será concreta y miserable. Los años ochenta serán una película de serie B. Eso sí, trufados con un humor de novela negra deslumbrante. Pongamos un ejemplo: “Me pregunto si las hormigas verán el arco iris en el cielo cuando haya sol y alguien orine de pie por encima de ellas”.

La mayor parte de los relatos mantienen esta consistencia, que casi les da forma de novela breve. Pero el volumen contiene una segunda parte variada tanto temática como formalmente: la batalla del abuelo, un mal día en la playa, una conversación por chat, Frankestein, un dietario, etc., con humor metanarrativo. ¿Qué quiere decir metanarrativo? Ni idea, pero seguro que a Zomeño le encantará que un filólogo lo analice. Ese Frankestein que se construye a sí mismo con piezas de otros y un trozo de manguera, esos borrachos imberbes que saltan por encima de un yonqui muerto en los baños de una discoteca sin denunciarlo, no sea que la policía les estropee el baile y el buitreo, o ese suicidio por desidia, el que protagoniza un fotógrafo que se instala en Chernóbyl, son relatos metanarrativos. O algo parecido a eso. Creo.

POR ORDEN DE DESAPARICIÓN

Por orden de desaparición
David Torres
Obra gráfica de  Javier Gella
Sloper
Palma de Mallorca, 2017
354 páginas

Con este libro, David Torres (Madrid, 1966) celebra la mayoría de edad. Hace dieciocho años que se publicó su primera obra, Nanga Parbat, ganadora de la primera edición del Premio Desnivel. Ha pasado mucha agua por debajo del puente en estos años, muchísima. De hecho, al leer estos breves perfiles, uno se da cuenta de que aquella novela era un ejercicio de estilo en el que lo lírico cojeaba por metáforas repetidas y la imaginación por intentar abarcar el cielo que, como dice David Torres, poniéndolo en boca de Pedro Reyes, es infinito y estrecho. O al menos lo fue en ese momento. Desde entonces, el tiempo dedicado a la literatura ha sabido aprovecharlo. Sus novelas son más consistentes. Pero, sobre todo, se ha visto obligado a ejercitarse en la distancia corta, por imperativo monetario, y de esa presión han salido unos textos en los que lo que era truco, se ha transformado en estilo.
El volumen recopila las filias de David, aunque también alguna fobia, pues es difícil comprender que entre tanto esteta figure Patton, un general caracterizado por su instinto de victoria, es decir, por saber cómo matar más enemigos. Excepto este caso, y algunos arranques violentos de algún músico, por ejemplo, o autistas de algún escritor, los demás son tipos sensibles, o David Torres da por supuesto que deberían serlo, pues los perfiles demuestran sensibilidad incluso en los suicidios. Decimos perfiles, cuando se trata de obituarios, por no decir de necrologías. Excepto en un par de casos, Torres no ha conocido ni entrevistado personalmente a la persona, pero si escribe sobre ella es porque ha fallecido o porque se cumplen tantos años, un número redondo, desde su fallecimiento. Pero el diálogo con el escritor, con el músico, con el físico nuclear, con el actor, con el director de cine, con el alpinista es una celebración de la vida, no una melancolía por su ausencia. El mundo es mejor porque ellos han existido, no más feo desde su desaparición. Aunque, bien es cierto, que a todos nos gustaría que John Ford siguiera dirigiendo películas o que Borges, de quien bebe, y mucho, David Torres, tenga una obra que ya hemos leído más de una vez. Nombramos a Borges, pero se nos ocurre también Marcel Schwob. La diferencia es que mientras en uno y otro algo de la enciclopedia se incrusta en la ficción, en estos textos todo es real. O al menos las anécdotas son leyenda, lo que quiere decir que se han hecho realidad. Al homenajear a Groucho Marx se menciona el célebre epitafio ‘Perdone que no me levante’; tal epitafio es leyenda. Pero es real, porque a nadie más que a él se le ocurriría una disculpa tal para grabarla en su lápida.

David Torres coge el toro por los cuernos nada más empezar el perfil, pero aguarda unas pocas líneas antes de soltar el momento en que la personalidad de Sibelius o de Buñuel se desatan, se manifiestan. Consigue mantener el pulso, de modo que no nos cansemos, acertando siempre con el tono y las metáforas, porque escribir es cuestión de oído, hasta que intenta llegar a un final deslumbrante. Sin embargo, donde nos ha sorprendido ha sido antes de esa última frase, que deja a modo de recuerdo, a modo de cariño. Por ejemplo: en el perfil de Marilyn Monroe termina apelando a nuestro deseo, el de los hombres, no el de las mujeres, representado en forma de sueño, y por tanto toma como referencia el mito de Orfeo y Eurídice. Es cierto que todos soñamos con protagonizar la película del mito, en la que nosotros tendríamos el papel de Orfeo, en tanto que Monroe es la Eurídice más universal de los sueños. Pero el golpe bajo nos lo ha pegado antes, cuando tras referir la infancia sexualmente violenta que sufrió Norma Jean Baker, asegura que no aprendió que el amor no se hace en defensa propia. En cualquier caso, Norma Jean Baker, como aseguraba Billy Wilder, era la actriz con más talento de la historia: si conseguía tanta presencia presentándose en los rodajes con resaca y sin haberse leído el guion, lo que hubiera conseguido de consagrarse a su oficio. Pero no es del mérito de lo que nos habla David Torres en los perfiles, es del talento. Ese es el eje sobre el que orbita su entusiasmo.

Fuente: Culturamas

lunes, 9 de octubre de 2017

EL MOSQUITO DE NUEVA YORK

El mosquito de Nueva York
Daniel Díez Carpintero
Sloper
Palma de Mallorca, 2017
131 páginas



La categoría de escritor de cuentos, la corona de laurel por ganar el campeonato en la distancia breve, es una carrera en la que participan muchos, pero ganan muy pocos. Descubrir a un autor con la capacidad de condensación y la fidelidad a unos temas, es un hallazgo que conviene celebrar, porque tardaremos meses, puede que años, en volver a leer con tanta satisfacción. Este elogio no es desmesurado en el caso de Daniel Díez Carpintero (Madrid, 1979), que nos sorprende con este compendio de relatos que ganó el Premio Café 1916. Colocar a Díez Carpintero por delante de los tópicos de tantos autores consagrados, no sería ninguna exageración. Los nueve cuentos poseen el ritmo y la articulación, la trama y la estructura redonda que requieren las pocas páginas de cada uno. Pero al margen de ello, existe un mundo personal que explorar.
Excepto los niños, los personajes que habitan dentro de los cuentos son seres que han superado la adolescencia, sí, pero que se han quedado estancados en ese limbo que existe entre la adolescencia y ser adulto. Han pasado de la adolescencia a lo otro. Aunque tengan docenas de años. Son tozudos y desconocen que los actos tienen consecuencias. Prefieren quedarse en el grado de lo mediocre y no saben qué hacer con el tiempo que les sobra. Con lo cual, cuando se encuentran de vacaciones surge una suerte de trauma, que es común a la realidad, por no disponer del suficiente ingenio para inventarse algo. El tema que palpita es la responsabilidad de ser adulto. Crecer duele, y por tanto es mejor no dar el último paso.
Díez Carpintero elimina cualquier palabra barata. Los hechos que nos muestra son pequeños, es decir, percibimos que hay una periferia, un mundo inmenso. Pero los caprichos son individuales. Como lo puede ser una amnesia o un trastorno obsesivo compulsivo. O el recurso barbitúrico a la felicidad, que parece ser el único al alcance de quienes protagonizan los encuentros que dan lugar al relato. El manejo del arquetipo, sobre todo el recurso a la familia, que está idealizada por los habitantes de las páginas, pero aparenta ser una farsa para el lector, es otra de las constantes de la literatura que encierra este libro en el que los padres quieren el hábito como norma de vida y algunos niños descubren que no existe la felicidad si no rompen esa regla. Aun así, los padres y madres se enfrentan a las situaciones como si estuvieran de vuelta, sin haber ido antes a ninguna parte. Por eso pueden ser alarmistas frente a lo nuevo. De hecho, ni siquiera reconocen una tensión sexual. Las apenas ciento treinta páginas de este libro son muy pocas. El lector, inevitablemente, queda satisfecho, pero no deja de ser un primer plato en una comilona que deseamos que, poco a poco, vaya sucediendo.


Fuente: Culturamas

sábado, 7 de octubre de 2017

DOS TONELADAS DE PASADO

Dos toneladas de pasado
David Torres
Sloper
Palma de Mallorca, 2015
219 páginas


Estas son algunas de las reglas que en mayor o menor medida regulan la construcción del relato norteamericano, ese que se enseña en los talleres de escritura creativa: un final sorprendente reducido a las dos o tres últimas líneas; los problemas de comunicación o la incomunicación o los diálogos en paralelo, es decir, sin diálogo; un estrato más o menos profundo de algo más o menos misterioso, sino siniestro, aunque sea suavemente; la ocultación de los rasgos que constituyen la razón de la actuación del personaje, mientras sabemos qué piensan de él los demás a partir de tres o cuatro adjetivos; el realismo de tal o cual calidad o, para abarcar a casi toda la escuela, la alegoría de la nada. Todo ello está presente en los relatos de David Torres (Madrid, 1966), además de su conciencia europea, esa que le lleva a cuidar el sonido de la prosa, a saber que no debería narrar dos historias diferentes con idéntico lenguaje.
Dos toneladas de pasado es una recopilación de algunos de sus relatos, un libro que, por tanto, no está pensado como un volumen único. Así pues, cada narración tiene su enjundia y cada una de ellas debería ser explicada por separado. La norte del Eiger abre el volumen, un relato de juventud en el que dos personas que no son alpinistas acuden a una de las mecas de este deporte buscando una explicación. Pero esa explicación no tendrá lugar, jamás podrá ser puesta en palabras, porque las palabras pertenecen al reino de la razón y el reino de la razón a la inteligencia que manipula la materia gris. Mientras que aquello por lo que se mueve la gente es mucho más instintivo, porque el amor es más instinto que razonamiento, y la pasión y el entusiasmo. A continuación viene el relato que da título al volumen, Dos toneladas de pasado, que surge de un encuentro con borrachera de por medio, entre tres amigas. Una de ellas pretende transformar el síndrome de Diógenes en arte; otra las fotos de familia, también en arte, y la tercera quiere inventar un relato de ciencia ficción. El azar provoca que alguna de ellas pueda inventarse un personaje distinto al que es, lo cual permitirá descubrir su propio secreto.
La guardia nocturna versa sobre esa idea de que todo lo que sucede te roza, pero que uno no es capaz de hallar sentido entre tanto roce hasta que se imponen dos sabores: la locura y la sangre. Escenas del paraíso es un desencuentro de una pareja, en la que ella accedió a llevar la vida de él, la de un arqueólogo tipo siglo XIX, hasta provocar la desaparición del buen salvaje; y en este caso, bueno es lo mismo que rijoso. Mal fario presenta un personaje con la imperiosa necesidad de inventarse ser alguien, por muy cutre que ese alguien sea. La ciudad según Paul Taylor es, por encima de todo, un buen ejercicio de estilo, tomando como referencia a Borges. Mutilaciones recuerda un poco a algún relato de Roald Dahl, aunque aquí alguien pretende hacer del gore una denuncia artística, sin saber muy bien qué es lo que se está denunciando; o sea, que bien puede estar definiendo qué es la locura. Rey de Ítaca es una demostración de que las historias que merecen ser contadas son las historias clásicas, bien mezcladas con las historias de los perdedores. Preparativos habla sobre esa soledad que sentimos, que sabemos, que es la única compañía en los momentos duros; la soledad, o también el ángel de los sueños, ya que los sueños expresan miedos o deseos.

El libro termina con El último concierto de Toño Balandros, una novela corta escrita a varias voces, en la que cada una de ellas crea al mismo personaje, que es distinto, a su vez, para cada uno de los miembros de un espantoso grupo musical. Su trayectoria artística acabó mal, pero siempre quedó un poso de lealtad que sirve un poco para ayudarse, y también para tener la confianza suficiente como para ponerse verdes unos a otros, y reunirse para meterse en un gran lío. Con esta narración termina una recopilación de relatos que mereció la pena rescatar.

Fuente: Culturamas

martes, 23 de mayo de 2017

Y DIOS IRRUMPIÓ DE BUEN ROLLO

Y Dios irrumpió de buen rollo
Román Piña Valls
Sloper
Palma de Mallorca, 2015
246 páginas
En el cuadro de Goya donde dos hombres intentan tumbarse a garrotazos, los detalles más llamativos no son, en realidad, los metafóricos, sino el hecho de que ambos tengan el as de bastos dispuesto a lanzar el golpe, y no sacudiendo, y que sus piernas estén hundidas en un fango que imposibilita la escapatoria. Esta situación es la del destino de la amenaza condenado no a repetirse, sino a perpetuarse. En buena medida, el cuadro repite el mito de Sísifo: cuando está a punto de alcanzar la luz de la cima, la piedra cae de forma que su ida y vuelta sea, también, una permanencia, y Sísifo esté citándose con la violencia que no llega a suceder: Sísifo suda, pero la piedra jamás le arrolla.
Ese estado de la historia condenada a repetirse es el de la humanidad cumpliendo una y otra vez idénticos paradigmas. Y de ellos no se puede salir ileso, aunque las torceduras en las articulaciones y los ardores de estómago tampoco impidan imaginar que existe una vida. Que en el caso de la propuesta de Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) en este Y Dios irrumpió de buen rollo, se centra en la vida social y en la articulación de la Polis; es decir, en el hecho inevitable de que cada acto que intenta modificar un trozo de la vida en común es política. La novela está escrita en este tiempo presente, cuando la irrupción de Podemos y el separatismo catalán supone la pérdida de los clásicos partidos entre el Real Madrid y el Barcelona. La presencia de lo propio de nuestros días, como los twits o las redes sociales tampoco impiden la universalización de esta obra. Aunque habrá que ver cómo resiste el paso del tiempo.
Por un lado, se trata de una novela de género: la actualidad. Y por otro no deja de representar algo que ha sucedido en más ocasiones a lo largo de la historia: durante los reinados de los borbones, por ejemplo, o al principio de los años ochenta. Los protagonistas son dos personajes antagónicos, una monja y un periodista que se confabulan para tratar de salvar los muebles de la patria. Si es que eso que aparece delimitado por líneas que llamamos fronteras en los mapas, es la patria. En medio de este naufragio, que es un lugar común desde antes de los tiempos de Goya, de vez en cuando aparecen escritores como Román Piña Valls, dispuestos a sentarse sobre su propia ironía para traducirnos el espectáculo del momento, ese que abre los telediarios. Esta novela es un órdago a tomarnos todo como una sátira seria y un relato de humor. Román Piña es de esos escritores capaces de descubrir en mitad de un bosque a una pareja de ratas grises encaramadas a las ramas para comer cerezas encendidas, y sabe que de ahí cabe sacar una novela que nos ayude a mirar con sonrisa cómo se apaga otro día.

Fuente: Culturamas