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lunes, 6 de enero de 2025

EL TIEMPO DE LOS LIRIOS

 

El tiempo de los lirios

Vicente Valero

Periférica

Cáceres, 2024

215 páginas

 

 


«Su elevado idealismo: autenticidad, religiosidad, pureza, devoción, sentimiento y, por descontado, formas y colores de los maestros antiguos». Así se refiere Vicente Valero (Ibiza, 1963) a la esencia de los pintores alemanes de la Hermandad de San Lucas, que buscaban esencias pictóricas y morales a principios del siglo XIX. La intención, sin duda, se puede trasladar al espíritu de este libro, un diario de viajes que abarca un par de semanas recorriendo la región de Umbría, en el centro de Italia. El tiempo de los lirios es el reflejo de un viaje que busca afectar al pathos, es decir, al atractivo emocional, a los sentimientos gestados tras las impresiones que llegan a lo más profundo. Con aspecto de diario, en el que la entrada de cada día es larga, Valero estructura la obra como si se tratara de una guía de viajes: retratando cada paso que da, y a partir de lo que encuentra asociándolo con referencias que atañen a lo que consideramos alta cultura o cultura clásica: literatura, pintura, arquitectura. Así vamos acompañándole en lo que ve, en lo que reconoce y en su erudición.

El libro está afectado por la admiración a la leyenda de San Francisco y los términos en los que éste entendía la espiritualidad. De hecho, el autor se mueve dentro de una burbuja que sugiere que solo puede gestarse en un lugar tan hermoso y sereno como esta región italiana, y lo que caracteriza a la atmósfera que se respira en la burbuja es una religiosidad que entiende que el bienestar espiritual es la mejor expresión de felicidad posible. No sabemos si para Valero hay otras formas válidas de espiritualidad fuera de esta tan próxima al misticismo, porque defiende la artística, la silenciosa, la que se aproxima a los rezos católicos, en definitiva, la religiosa. Y para expresar estos principios recurre a un estilo que contrasta con la prosa entrecortada que tan frecuentemente leemos en la actualidad: sus frases son largas, llenas de subordinadas, y siempre buscando el efecto de algo que llamaríamos sublime, de no creer que este adjetivo puede suponer un defecto si lo entendemos como algo pretencioso. No es el caso. La escritura de Valero es culta y sosiega. Surge de lo emotivo, pero pasa por un filtro poético.

A pesar de tratarse de un intento de viaje, que viene a significar un intento de sentirse viajero, la obra está atravesada por el turismo cultural: «Las nuestras están siendo, ciertamente, unas vacaciones espirituales», reconoce, distinguiéndose así de las formas más frecuentes de turismo, el de diversión, el de actividad, el de playa. Esta espiritualidad está dentro de él, como no puede ser de otra manera, y brota con los constantes encuentros que el arte ha tenido en la historia con la iglesia, sobre todo los más humildes, los alejados del mármol y las enormes dimensiones. Ahí es donde transpira un amor de connotaciones románticas que ya existía dentro del autor antes de ponerse en marcha. Valero viaja, eso sí, ratificando que la educación sentimental que le ha ido construyendo es una buena educación sentimental. Como lo demuestran ciertos pasajes de la vida de San Francisco, que para él son la representación idónea de la sabiduría. Es posible que no hubiera hecho falta emprender el viaje para llegar a estas conclusiones, pero el viaje ratifica, el viaje consuela, el viaje sirve de acicate para escribir esta obra en la que estamos leyendo constantemente quién es Vicente Valero, como sucede en los mejores ensayos. El propio Montaigne lo expresó en alguna ocasión: el objeto de sus ensayos era él, el cuidado de sí mediante el autoconocimiento. Esa es la línea que Valero ha elegido seguir para trasladarnos lo que supuso para él este viaje.


Fuente: Zenda

miércoles, 28 de agosto de 2024

LA LIGEREZA

 

La ligereza

Juan Cárdenas

Periférica

Madrid, 2024

128 páginas

 

 


Los cuatro ensayos que componen este volumen componen una declaración de principios de su autor, Juan Cárdenas (Popayán, Colombia, 1978), sobre los vínculos entre ética y estética, sobre la identificación de la una con la otra, que tiene que ver con nuestra relación con la realidad. Y dentro de la realidad se incluyen las formas del arte. Las intenciones de Cárdenas no se quedan en mostrarnos un parecer, porque lo que nos va expresando tiene un buen carácter universal, es algo con lo que se nos permite comulgar a todos, un denominador común. De hecho, el ensayo que da título al libro, La ligereza, es un diálogo de este fenómeno, de esta sensación, con todo. Todo tipo de cultura tiene cabida en los supuestos de los que parte, como expresa cuando llega a hablar de su país de origen, Colombia: «El país modesto pero bien educado que había ganado un Nobel en literatura mientras naufragaba simultáneamente en los años de la cocaína y el plomo». Entre García Márquez y Pablo Escobar cabe casi todo lo que existe en el planeta. En realidad, lo que viene a sostener, con un estilo en el que no se demuestra dogma, sino diálogo, es que la ligereza es una cualidad, una emoción, común a lo que percibimos como bueno, como agradable, y también como alta cultura o como cultura popular. La ligereza es un beneficio que obtenemos a través de las posibles interpretaciones de todo, pues es con todo con lo que él elabora el ensayo, porque todo está sujeto a interpretación. Nuestra tarea consiste en hacer que esa interpretación merezca la pena.

Que ética y estética son un mismo asunto, es un principio que se defiende en el segundo ensayo, Dos jergas de la autenticidad, en el que Pasolini y Cien años de soledad, y la lectura que el italiano hizo del clásico colombiano, son los ejes sobre los que gira esta divagación: «Hay que desconfiar, como dijo Gómez Dávila, de la prosa que no sonríe». Espero que se nos disculpe, pues esta es la frase con la que se cierra el ensayo y la que contiene la hipótesis: sonreír es bueno estética y éticamente. Tal vez el único gesto en del que se puede deducir esto sin que se pueda discutir.

A continuación, Cárdenas entrara en el terreno de la política y de la literatura como forma política, como actuación que genera o modifica la polis, a través de dos escritores que representan dos generaciones diferentes: José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. El ensayo Alrededor de una crisis de fe versa sobre la utopía y el realismo, sobre ese eterno debate acerca de su compatibilidad, y lo hace sin intención de cerrarlo, pero contribuyendo a él desde una perspectiva que no le supone al pensador quedarse flotando lejos de la superficie del planeta.

Finalmente, Parábola del no retorno nos enfrenta al lenguaje a la vez que a la inmigración. Aquí Cárdenas no rehúye su experiencia personal como migrante, como exiliado, y se plantea qué supone este mestizaje a partir del yo: «A veces, sin embargo, me despierto de mis pesadillas pensando que ambos habitamos una misma ciudad espiritual hecha de fragmentos de muchas ciudades, donde somos casi nadie, un poco nada, al abrigo de tantos nombres». La pregunta ¿quiénes somos? busca una solución en el destino de los escritores latinoamericanos, que han descubierto el lenguaje de los españoles —«Los españoles son, básicamente, rapsodas, repetidores arrebatados, casi siempre involuntarios, de un poema legendario cuyo original se ha perdido para siempre—» para aportar a la comunicación creatividad, ligereza, a pesar de su trauma: «la imposibilidad de fundar, la fundación imposible, el imposible de la fundación, que a su vez da lugar al viaje errático». Lo que más transmite este libro es un espíritu positivo, la idea de que toda creación está disponible para hacernos sentir mejor. De nosotros depende dejar que ese sentimiento triunfe.


Fuente: Zenda

lunes, 26 de abril de 2021

ARBOLEDA

 

Arboleda

Esther Kinsky

Traducción de Richard Gross

Periférica

Madrid, 2021

329 páginas

  


Esther Kinsky (Renannia, 1956) nos propone en esta Arboleda un idilio con la tristeza:

“En la carretera de la playa me topé con un cementerio de aspecto nuevo: un parque de hormigón en mitad de los labrantíos, donde picoteaban las cornejas. Unas hierbas y hierbajos con flores amarillas rodeaban consoladoramente la tapia circundante, cuya pétrea geometría no brindaba mucho sostén ni sosiego a la vista”.

En este tono se desgrana toda la obra, que es un texto en el que el tono se impone, marca la lectura, marca la impresión, que es lo que pretende la autora. Kinsky es valiente porque atiende al patetismo en el sentido más estricto del término: infundir en el ánimo del lector una tristeza, una lástima, que se corresponde con el momento vital de la protagonista, en pleno duelo. Y para solventar ese duelo, la narradora emprende un viaje al sur, que es la dirección tradicional en la que la gente que viene del mundo del frío encuentra la felicidad, al menos en nuestra Europa. De Alemania viaja a Italia y el viaje resulta ser un contraparaíso. La decadencia emocional la acompaña y se proyecta en todo aquello que cae bajo su percepción, siendo la percepción mayoritariamente visual:

“El corazón de plomo se amalgamaba con todo lo que había visto y que se depositaba en mí. Con la imagen de los olivares en la niebla, de las ovejas en la ladera, del barranco de las encinas, de los caballos que, en ocasiones, pacían sin ruido detrás del cementerio, con la perspectiva de la llanura y sus pequeños bancales de tenue resplandor, escarchados las mañanas frías de color azulado. Con las diarias columnas de humo de las ramas de olivo ardiendo, con las sombras de las nubes, con los matojos de palidez invernal y las zarzas violáceas en los bordes de los caminos”.

El tema del duelo no es la muerte, sino la ausencia. Y esta, la del ser amado, flota a lo largo de un texto que nos define a una narradora que ha sustituido le felicidad de vivir por el pathos. No cae en la sensiblería ni en la autocompasión, pues el desarrollo de los paisajes en su mirada nos habla de la búsqueda de consuelo, no de la lástima por uno mismo. Se le podría atribuir un lirismo que a veces nos fatiga, pero eso es lo que pretende y en nosotros está elegir como leer la obra, que enfrenta a la depresión con la libertad: a la incomodidad de vivir con el anhelo de disfrutar de la vida moviéndose libremente tanto con el cuerpo como con la memoria.

Kinsky va recorriendo los parajes habitados por unos seres sonámbulos, a los que la narradora apenas atribuye todavía rasgos de la condición de seres humanos. Pero los que conservan, son determinantes, pues tienen que ver con la esencia de pasar por el valle de lágrimas con dignidad. Y la dignidad tal vez sea uno de los grandes temas de la literatura, incluso cuando, como en este caso, se impone el pesimismo. Y ahí es donde nos lleva a habitar, al mismo lugar en el que se imponen el pesimismo y la dignidad, dentro de la cabeza o de esa región de la cabeza que con frecuencia llamamos alma. Respecto al resto del cuerpo, es un recipiente sensible que da lugar al mejor solipsismo: sólo se conoce, o sólo se quiere conocer, lo que entra directo por los sentidos. En estos momentos, uno no está para erudiciones.

Este aspecto, el de separarse del conocimiento erudito, es el que separa a Kinsky del primer referente que a uno se le viene a la mente durante la lectura, que es Sebald. Se menciona, también, la influencia de Thoreau, en buena medida por el amor por la naturaleza o por la vida rural, o el deseo de amarla. Sin embargo, cuando uno entra en la segunda parte del relato y se inmiscuye, junto a la narradora, en la vida de una familia expresada a partir de la memoria propia y de la memoria prestada, descubre que el gran maestro sólo puede ser Proust. Como el autor francés, consigue un texto que sabe a pasado a pesar de recurrir en algunas ocasiones a tiempos verbales presentes, es decir, a la presencia. La obra es muy delicada y se construye sobre enumeraciones exquisitas. Uno de los grandes referentes artísticos de la narradora serán las pinturas de Fray Angelico:

“La madera de los chopos siempre me había parecido astillosa y de calidad inferior, pero en algún momento me fijé en el gran número de cuadros que, pintados sobre la madera de chopo, habían perdurado siglos. Fra Angelico, cuyo azul provocaba en mi padre estados de arrobo francamente consternadores y siempre le inspiraba prolíficos comentarios, pintaba sobre madrea de ese árbol”.

Existe la intención de mantenerse en un universal registro sublime, de voz alta, cosa que no podemos sino agradecer en este planeta habitado por el ruido del reggaetón, de las manifestaciones en automóvil y de voces desde los púlpitos de gente que está de vuelta sin haber ido a ninguna parte. No decepcionará esta Arboleda a quien siga creyendo en la literatura como una experiencia estética.


Fuente: Revista de letras

martes, 19 de noviembre de 2019

TESTAMENTO DE JUVENTUD


Testamento de juventud
Vera Brittain
Traducción de Regina López Muñoz
Errata Naturae y Periférica
2019
846 páginas

“Muy pocas características del ser humano resultan tan desconcertantes como la capacidad de reducir acontecimientos de escala mundial a su propia dimensión”.
Y esta bien podría ser una de las virtudes de un gran libro: ser capaz de insertar todo el mundo en una sola historia. Una virtud que posee, con una combinación exacta de peso y ligereza, Testamento de juventud, de Vera Brittain (Newcastel-under-Lyme, 1893 – Wimbledon, 1970). Ligereza por su medida capacidad expresiva y el logro preciso de imágenes narrativas, que nos lleva a leer las más de ochocientas páginas de memorias sintiendo que somos parte de la historia, una historia que retrata mucho más que a una persona, mucho más que a una generación. Peso por la impresionante potencia que sentimos que estalla a cada paso, con su dosis de poesía y su espíritu de reconciliación. Pues tal vez éste, la reconciliación, sea el gran tema de un libro que a día de hoy se lee como historia y como humanidad. Es un retrato moral de una mujer que se abre camino a partir de algo inevitable: ayudar a los demás es un acto que, sencillamente, sucede, debe suceder, está sucediendo.
Se trata de una descripción sobre la resiliencia de la clase media y sobre la resiliencia de la mujer. En una etapa en la que ellas intentan que se las vea, que se igualen derechos, que se sienta su presencia más allá de los hogares e incluso dentro de los hogares, Brittain se ve inmersa en la Primera Guerra Mundial participando como enfermera voluntaria. Su relato, pura narración expresada con una sencillez que da envidia, estructurada con una sencillez inaudita y agradecida, trata con mimo a la memoria y, sobre todo, a los sentimientos que provoca la memoria, que son tan intensos como los del presente. Y así nos vemos siendo la propia Brittain durante la lectura. Es inevitable participar del relato, de esta evolución desde la ingenuidad hacia lo que viene después de la ingenuidad, que tal vez sería la vida adulta si el mundo se lo permitiera. Mientras ella lucha, no hay lugar ni permiso para las neurosis: aquí solo cabe seguir viviendo y provocar desencuentros con resentimientos, con la tradición estreñidísima que impregnaba Europa, contra las segregaciones -de clase, de género, de edad, de cuna, de nación-.
La sensación que se impone es la de un paseo. Brittain revisa años de su vida, en los que la poesía marca las etapas, revisitando aquí y allá si diario y sus cartas, como si caminara meditando. Pasear y pensar devienen sinónimos, se convierten en la misma cosa, en el mismo acto, en el mismo pecado. Porque el libro es demasiado brillante como para no considerar que contenga culpa, propia y social, como para pensar que saldremos de él igual que entramos. Es un despliegue de estados de ánimo que apenas se preocupa de recrearse en ellos de forma directa, estados de ánimo que debemos ir deduciendo, porque se nos habla con una distancia contemplativa que nos hace pensar, constantemente, hasta qué punto no habrá, a pesar de todo, una búsqueda de la belleza. En cualquier caso, se nos adiestra en la serenidad. Brittain consigue no caer en ningún tipo de patetismo y sortea las tentaciones de la autocompasión. Construye el libro del modo más sencillo posible y nos entrega un libro en el que hallamos valor y consuelo. Uno de los mejores que leeremos este año.

martes, 23 de abril de 2019

LA NOVELA DE LA COSTA AZUL


La novela de la Costa Azul
Giuseppe Scaraffia
Traducción de Francisco Campillo
Periférica
Cáceres, 2019
430 páginas



El ejercicio consiste en equilibrar relato y cartografía. No es una novela y difícilmente se trata de un libro de viajes. Es un compendio narrado de amor por una época, sobre todo las primeras décadas del siglo XX, en el que la Costa Azul sirvió de circo y de hogar que facilitara la producción de buena parte de la mejor literatura de la historia. En La novela de la Costa Azul no solo los autores europeos entran en juego y agradecen un clima y un ambiente que les facilita algo más que la literatura, sino que se permite que arriben a sus playas y sus paisajes americanos como los Fitzgerald o Hemingway, ese escritor que parecía estar en todas partes y condicionar todo cuanto tocaba. Giuseppe Scaraffia (Turín, 1950) es muy generoso y nos regala un cuadro de un lugar, en una época, que no carece de impresionismo. Nos habla mucho de sensaciones, proyectando los vínculos que la literatura pueda tener con la vida; nos acerca a los sentimientos, desde una visión en la que se apunta a un profundo análisis de cada personaje, a un gran conocimiento de su psicología, de la que destila sus rasgos principales, los que afectan a cada uno en su relación con los demás; hay mucho hedonismo, reflejado en las constantes versiones del amor humano, es decir, del amor entre hombres, pues las tensiones sexuales condicionan no solo los días y las noches de nuestros autores, sino también su oficio, sus ganas de escribir, su creatividad.
Que todo esté compensado, cuando igualmente nos acerca a la familia Mann que a Jean Cocteau, desde lo exquisito a los avatares en callejones, es un mérito de innegable valor literario. El libro se lee como una sucesión de perfiles fragmentados, pero bien diseñado como para no perdernos entre capítulos. Scaraffia opta por los lugares -ciudades, aldeas, fincas- como centro de interés, pues por cada uno de ellos fueron pasando, y dejando tanto rastro como el que el lugar les dejó en ellos, la mayoría de los escritores. La caterva va aumentando, como una bola de nieve, sin que se pierda el ritmo amable, vivo, locuaz y sano del relato o de los relatos, unificados por un estilo conciso que nos acoge como nos acogen los mejores amigos. La Costa Azul puede haber sido sanatorio o manicomio, pero, en todo caso, un lugar del que salir transformado, un lugar tal vez de guerra, pero al que los escritores saben llevar chocolate, imaginación y una pasión que no se acaba.
La lista sería muy extensa: desde Chéjov hasta Gide, desde Maypassant hasta Katherine Mansfield, desde Somerset Maugham a Blasco Ibáñez, con algunas intervenciones de otros personajes ubicuos, como Picasso o Chagall. Es un tiempo en el que a los artistas les ha podido ir bien y hasta poseer su fortuna. Pero también un tiempo en el que la gran mayoría de ellos han conocido una bohemia que difícilmente puede seguir sobreviviendo en las calles de París o Londres, demasiado ingratas, demasiado incómodas. La exploración que Scaraffia hace es acerca de la influencia del paisaje en la construcción de lo que somos. Su reflejo en la literatura tiene un motivo básico: es el lugar donde queda mejor registro, donde identificamos un examen más sincero, donde reconocemos mejor las proyecciones. El libro es un homenaje lleno de luz, es un compendio de los préstamos que nos ha legado la literatura, algo que, a fin de cuentas, también nos ha construido, también forma parte de lo que somos, al menos forma parte de esa región humana en la que se identifica el objetivo de la vida: vivirla con ciertas garantías de no limitarse a sobrevivir. Para ello el hombre ideó las artes, la literatura, la creatividad. Para ello el hombre descubrió que se reconocía mejor en unos paisajes que en otros, que existen tantas almas como lugares. La novela de la Costa Azul es una bienvenida a lo mejor de la formación de una condición humana que sí, parece exquisita, pero tal y como la narra Scaraffia, con mucha espuma de los días, está al alcance de todos.


domingo, 11 de febrero de 2018

LA ALTA RUTA

La alta ruta

Maurice Chappaz
Traducción de Rafael-José Díaz
Periférica
Cáceres, 2017
160 páginas
Antes que nada, debemos avisar de que leer este libro, La alta ruta, supone, en gran medida, leer a Rafael-José Díaz. Este es uno de esos casos en los que, por obligación y por devoción hacia la literatura, hacia el lenguaje, el traductor es un escritor o, si se prefiere, un reescritor. En cualquier caso, un prosista, porque el libro no está escrito en verso, a la vez que un poeta, porque las intenciones del autor, Maurice Chappaz(Lausana, 1916 – Martigny, 2009) son las de comenzar a crear una base para la literatura de montaña y la literatura, todos lo sabemos, comenzó siendo oral, versificada, con cantares de ciego o La Ilíada. En cualquier caso, lírica o épica, comenzó por la poesía. Chappaz parte de la idea de que no existe literatura de montaña. Existen, sí, escritos de gesta protagonizados por guerreros de la montaña. Existen los libros de Messner, por ejemplo, o de Simpson o de Whymper. Pero no existe la literatura de montaña, como existe la del mar, regresando a los clásicos Conrad y Melville, porque en el mar existe el comercio y en la montaña no. Es rara esa hipótesis, la que vincula el comercio con la literatura, dado que nada puede haber menos comercial que el contenido de La Odisea o de La Eneida, siendo puramente mar. Aunque es cierto que buena parte de la obra de Conrad se debe a su oficio como marino mercante, y la caza de la ballena no deja de ser un Macguffin para hablar sobre el contenido del mal en Moby Dick. No se menciona a Stevenson, amante del mar sin contexto comercial, por ejemplo, a no ser que consideremos que la piratería sea propia de los océanos. En realidad, donde habitan los peores piratas es en tierra firme. En el mar son figuras románticas.
Y es ese romanticismo lo que invade a un viejo montañero para emprender este proyecto. Nada hay más propio del romanticismo que la memoria. Y es con ella con la que juega a recorrer, una vez la edad le ha vencido, la ruta que tantas veces atravesó por las altas líneas de los Alpes, del Mont Blanc y sus alrededores. No estamos frente a un atleta de primer grado, sino confrontando a un amante de la naturaleza. Tal vez la clave para valorar la literatura de la montaña y cotejarla a la par con la marina sea esta, precisamente, la naturaleza. Si la literatura del mar, en teoría de Chappaz, brota gracias al comercio, la de la montaña es un subgénero de la literatura de naturaleza. Poca literatura de la naturaleza existe referida al mar, excepto en versos de Alberti y referencias al ocaso, por ejemplo. Pero abundan los vínculos de la literatura de naturaleza. En ese caso, podríamos incluir a Walden y los libros sobre los bosques, a John Muiry a Annie Dillard, en la literatura de montaña o, si se prefiere, del monte. Todo lo que suceda en un valle, sucede, a fin de cuentas, en la montaña.
Chappaz se ubica en el valle para comenzar su ascenso, que atraviesa bosques y glaciares. En lugar de versos, utiliza frases cortas. Cada una de ellas elaborada con ternura, tratando de reproducir lo irreproducible por las limitaciones del lenguaje: una sensación. Así vamos paseando junto a él por momentos fugaces, por escamas, recortes, grietas, geranios o deshielos. Es puramente emocional, lírico y solipsista por necesidad. Claro que el contenido de la poesía romántica, al fin y al cabo, es puro solipsismo: solo se conoce lo que se siente. Chappaz va poco a poco metiendo toda la naturaleza en un libro pequeño, decantado a lo largo de una vida, publicado en 1995, contando él con casi ochenta años. Es espiritual y su religión es Gaia, pero la escala de la religión es humana, no divina, es el mythos, no el logos, porque nada hay menos humano que la ciencia. Ver y oler son los sentidos que más practica, que más le ayudan a rememorar. El río es un personaje, como lo es la savia de los árboles, y son feéricos. El pastor es una especie de deportista, el campesino es un hombre bajo el peso de la obligación, el alpinista profesional un tipo con la misma conciencia que el oficinista. Solo los guardas de los refugios se salvan, auténticos maridos de la montaña. Y en algún momento los guías, aunque presupone que llevan demasiado peso dentro de las botas. Siguiendo su itinerario, Chappaz nos muestra el secreto de la sabiduría, algo que a él se le ha abierto cuando la montaña ha dejado de ser actividad para ser literatura.

Fuente: La línea del horizonte

jueves, 11 de enero de 2018

EL CLUB DE LOS MENTIROSOS

El club de los mentirosos
Mary Karr
Traducción de Regina López Muñoz
Periférica y Errata Naturae
2017
517 páginas

Los adjetivos, aunque sean ciertos, no hacen justicia a lo más sagrado que contiene el libro: hilarante, cautivador, mordaz, divertido, placentero… No, porque este no es un libro que se limite a ser una voz. Este es un libro sobre el derecho a la absolución. Y ese es, tal vez, el asunto que dejaremos sin resolver durante muchas más generaciones. No conceder a los demás ese derecho, no concedérselo a uno mismo, es de tal gravedad que no se arregla en millones de sesiones de diván vienés. Lo que consigue Mary Karr (Texas, 1955) es una hazaña literaria y humana. Es depuración psicológica y bienestar. Se vale, es cierto, de un lenguaje en el que predominan los verbos, la acción, y una mirada sobre su pasado en la que el manierismo se aplica bordeando la caricatura. De no tratarse de un libro de memorias, sincero, uno pensaría en la invención de la picaresca como modelo literario. Pero tampoco llega a eso. Porque la voz nos induce a la sonrisa, no a la carcajada. Mary Karr es consciente de que una de las cosas más tristes por las que puede atravesar una persona es un taller de risoterapia. Así pues, se toma con humor dos años de vida de su pasado, cuando tenía siete y ocho, en los que el divorcio de sus padres ejerce de bisagra. Y con él, el cambio de escenario y personajes.
Pero tanto Texas como Colorado son dos lugares en los que uno se va a encontrar con lo peor del ser humano, incluyendo el propio lado oscuro. La reconciliación es necesaria y para llegar a ella Karr ha debido de pasar por mucho más que la escritura de estas memorias. Su familia se compone de dos padres que se llevan a matar, no descubriremos las razones hasta el final, ella y su hermana. Su hermana es su ángel guardián y su némesis, su compañera y la única persona que no pretende ser excéntrica. Porque esa impresión dan los personajes, que pretendan ser tan diferentes, tan sorprendentes, como para que se les considere dignos de una novela. Así es como los trata Karr, que será una niña rebelde, o que se ve a sí misma como rebelde, lo cual es tanto como decir que si un miedo le inunda, al margen de los encontronazos con su abuela y alguna otra persona, es el de haber sido convencional.
No será el punto de vista, la deliciosa manera de narrar lo que la salve en ese sentido. Antes o después, el lector se dará cuenta de que esta es una obra en la que se trata a la vida muy en serio:

“Los mejores están sin convicción, y los peores
“Llenos de apasionada intensidad

Los versos son de Keats y en buena medida representa la intención del libro, excepto sus cien últimas páginas. Partiendo de una suerte de folie a deux de los padres, las hermanas aprenden cuáles son las causas nobles y justas. Para ello, Karr debe pasar por purgatorios terribles, sobre los que trata de una manera cautivadora, porque así, descubriremos, es como conserva la integridad. De hecho, al final de las vidas de sus padres le servirá para afrontar lo peor de todo con un lirismo triste, gracias a que ha sabido inventarse la dignidad tras una vida desastrosa, incluso terrible y violenta, muy violenta. La gente que la rodea puede ser cruel, malvada y estar como una regadera perjudicando seriamente a los demás. Al margen de aprender a tomárselo con vitalidad, Karr sabe que para volverse adulta ha de ser capaz de sentir un pasado que cualquier otro enterraría.

“(He llegado a creer que el silencio puede engrandecer a una persona. Y el dolor también. La emanación de un silencio pesado y triste puede investir a alguien de una dignidad absoluta)”


Ese detalle de sabiduría viene entre comillas. Porque Karr pretende escribir para todos y nadie soportaría unas memorias demoledoras, como lo que refleja en la cita, pero sí las que se afrontan con una franqueza que no elude la sonrisa, excepto cuando describe el agotamiento final de sus padres. Karr prefiere acercarse a la caricatura, al teatro, a la representación de la realidad antes que a la realidad. Porque nos creemos que lo que nos sostiene es la realidad, cuando no se trata de nada más que un andamio para evitar que el edificio de lo que somos se venga abajo. Karr ha conseguido sustituir ese andamio por “su” realidad. Algo que en literatura solo logran aquellos frente a los que nos rendimos y llamamos maestros.

Fuente: Culturamas

lunes, 8 de enero de 2018

REGRESO A BERLÍN

Regreso a Berlín

Verna B. Carleton

Traducción de Laura Salas Rodríguez
Errata Naturae y Periférica
2017
405 páginas

A partir de un viaje a Alemania que la autora hizo con su íntima amiga la gran fotógrafa Gisèle Freund, Verna B. Carleton tuvo ocasión de conocer el ambiente alemán tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial y el comienzo del llamado “milagro alemán”. Hay mucho de ruinas y mucho de rejuvenecimiento, lo cual es tanto como decir que hay mucho de melancolía en una etapa en la que, obligados a pasar página, los actores secundarios son melancolía en la juventud, derrota en la lucha, dignidad en la pérdida y necesidad de seguir respirando durante la búsqueda de ilusión. La narración, en primera persona, coloca la mirada en una periodista norteamericana que se encuentra a bordo de un viejo barco italiano que navega por el Caribe recogiendo pasajeros para Southampton y Génova. En el barco conoce a un matrimonio inglés que regresa a su país, Nora y Eric Devon. Desembarcados en Inglaterra, la narradora, y nosotros con ella, pues ya somos parte de la tensión narrativa, decide acompañarlos en un viaje a Berlín.
A diferencia de los referentes que designan los editores, Graham Greene o Somerset Maugham, la tensión narrativa proviene de la definición. Nos explicamos. Greene mantiene tensiones en los conflictos morales de los personajes, muchas veces definidos por el reflejo religioso o pseudoreligioso, y Maugham lo fía casi todo a su solvencia magnética, a la inevitable preocupación que sentimos por la suerte de los personajes. La historia que leemos está tan bien construida como la mejor de los maestros y, tal y como hemos expuesto, enseguida acompañamos a los protagonistas, porque es inevitable la empatía y hasta la compasión: no solo comprendemos sus sentimientos, sino que los sentimos. Y para eso es necesario mucha sensibilidad, lo cual quiere decir mucha inteligencia. Todo está en función de la idea base: cómo renacer, cómo resurgir desde el año cero.
Eric, que casi sin querer pasa a ser el actor más importante, es un hombre lleno de prejuicios y rencores, producto de la narración que conoce, tal vez de la mentira que validaba el exilio y de la muerte en la cárcel de su padre. Viaja a Berlín, con la familia en la cabeza, como un tumor, y ni siquiera sabe dónde vive su hermana Käthe. Visitan la vieja casa familiar, convertida en escombros. Buscando en la guía telefónica encuentra su apellido en una dirección que le sorprende, pues se trata de la casa que compró su padre, a la que se mudaron y que suponen confiscada por los nazis. Deciden acudir a ver quién la habita. Es allí donde conoce de primera mano a su tía Rosie. Rosie, que para Eric es la traidora, la que abandonó a la familia a su suerte, apoyada en su marido nazi, la que regentó las llaves de la delación a los de su sangre. A partir de aquí, sucede un cambio dramático que hará de la tía Rosie el personaje más principal de la novela, a su pesar y a pesar de la distancia desde la que la conocemos, pues seguimos tras la mirada de los ojos de la narradora, que acompaña a Eric, un recién conocido.
La novela se convierte entonces en un viaje en el tiempo, un viaje espiritual, físico, emocional y por tanto emocionante, en el que Eric se adentra en “el otro lado”, el que él no vivió y que reconstruyó, del que se hizo una composición de lugar en la que el odio tuvo protagonismo fundamental; es aquí donde más se acerca a Graham Greene, en la obligación a mantener una doble visión sobre los hechos, a proyectar la interpretación desde dos ángulos, ambos sufrientes: el exilio y la derrota de quien sufrió el régimen nazi. Como en Greene, la decencia y la dignidad no son blanco y negro, aunque a los protagonistas, y a nosotros con ellos, les gustaría que fuera: así no se verían forzados a la lucha interior. Todo es más sencillo cuando solo hay rencor, o incluso solo hay miedo: porque el rencor y el miedo dictan fácilmente las normas éticas y heroicas. Pero la supervivencia no es una moral tan sencilla. La tortura interior de Eric, también nos remite a Maugham, sobre todo por el desconcierto, ese no llegar a ver toda el alma del protagonista, o de los protagonistas: Eric y su tía Rosie.
Todo lo demás que cabría decir, es que la novela es un artefacto perfecto: por su estructura, por su escritura, por su sinceridad, por las calidades de la moral que fluyen y por la sensibilidad, es decir, por la inteligencia, de su autora.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA LIBRERÍA AMBULANTE

La librería ambulante
Christopher Morley
Traducción de Juan Sebastián Cárdenas
Periférica
Cáceres, 2012
182 páginas


Una mujer viene al mundo


Al calor de la clásica novela itinerante, de la tradición picaresca, Christopher Morley (Haverford, Pensilvania, 1890-1957) escribe esta obra, La librería ambulante, con más facilidad que potencia. Se trata de una obra sencilla, de desarrollo y prosa ágil, con una estructura lineal, diseñada para leerse en dos noches, mientras uno espera a que el calor del sueño le cierre los ojos y le mande al país de los absurdos. Uno abre la novela pensando que se va a encontrar una narración que le debe algo a Tom Jones, o que va a ser un antecedente de los road movies tipo Thelma y Louise, y sin embargo se encuentra con algo mucho menos gracioso que el primero y mucho más desenfadado que la película de Ridley Scott. Se trata del relato de un trozo de vida de una mujer de cuarenta años, Helen McGill, que, empujada por la necesidad de no introducir cambios en su vida, emprende un viaje de un mes en un carro que transporta una librería y un hogar de campamento. Durante el trayecto, le acompañará el antiguo propietario del negocio, Roger Mifflin, una mula y un chucho que no sirve ni siquiera para ladrar a la luna. A lo largo de su escapada, se sucederán una serie de encuentros y aventuras que tienen más de vulgar que de gracioso, excepto por alguna de las salidas de pata de banco con que nos sacude el señor Mifflin, un experto caradura, un veterano del cambalache, del ilusionismo verbal. Con estos mimbres, Morley teje una novela que en la que, a primera vista, lo único que importa es pasárselo bien. Ese parece ser el primer mensaje de la obra: para la señora McGill el viaje es el descubrimiento del mundo, de un planeta divertidísimo, pese a reducirse al interior de los Estados Unidos, mientras que para el lector lo que cuenta es pasar un par de horas entretenido. Sería algo así como la defensa de un hedonismo de andar por Iowa: “Cuando rememoro la experiencia me parece un poco alocada, pero a la vez llena de un aura casi evangélica. Pensé que si mi propósito era vender libros también era necesario que me divirtiera haciéndolo”. Esa es la confesión de la señora McGill, la narradora de su historia.
Pero de La librería ambulante pueden extraerse otras conclusiones mucho más satisfactorias. Está, por ejemplo, ese planteamiento de fondo propio de las novelas de iniciación, esa idea de que uno aprende caminando. También leyendo, pero sobre todo caminando. De ahí que el ambiente comulgue de la ruta y comulgue del mundo del libro. Lo cual da pie a una nueva reflexión sobre la necesidad del movimiento frente a la necesidad de echar raíces, opción, esta última, que parece la favorita de la protagonista y también de Morley. Aun así, se deja traslucir la idea de lo contradictorio que es el ser humano. Aunque la conclusión no deja de ser un tanto conservadora: tras emprender una etapa de su vida que la va a transformar, la señora McGill opta por regresar al hogar. A los cuarenta años huye, sin saberlo, de todo lo que le pesa, de esa educación reaccionaria que se le impuso, que la transformó en una mujer gordita que sacrificaba la propia existencia para cocinar pasteles de carne que devorara su hermano, el artista de la familia. El mundo rural americano se presenta como un entorno mediocre, pero termina imponiéndose como un entorno acogedor. Hay una idea latente, a punto de explotar en alguna ocasión de la novela, relacionada con la liberación de la mujer, como, por ejemplo, cuando se denuncia la falta de autonomía doméstica del hombre y, por encima de todo, cuando se descubre el amor. Pero también hay un mensaje demasiado conservador en la idea final de compromiso matrimonial, una imposición como una verdad pura que se impone hasta en el espíritu del que ha sido el maestro en el arte de vivir. O bien esa es la idea que maneja el autor, o nos engaña con un entretenido juego de autosecuestros y provocación intencionada del síndrome de Estocolmo. Pero esta representación parece alejada de sus intenciones. Posiblemente se trata de una obra más pensada para los votantes del partido Republicano que para gratificar a las mujeres que reclamaban un poco de dignidad.




Fuente: Quimera

jueves, 9 de noviembre de 2017

EN EL RÍO DEL AMOR

En el río del amor

Joseph Delteil

Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica
Cáceres, 2017
130 páginas

El libro clave para conocer el progreso, y las regresiones, de la humanidad, al menos de los publicados en las últimas décadas, puede ser Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (Debolsillo). No guarda ninguna relación con la historia que nos atañe, excepto por el hecho de que el aspecto básico, el que define los vínculos, es la verticalidad y la horizontalidad de los continentes. Es Eurasia donde con más facilidad se ha producido movimientos de armas, de gérmenes y de acero, dado que África o América, dos continentes en canal, para que los humanos o las bacterias, los inventos y las revoluciones prosperen, deben superar obstáculos geográficos del tamaño del Sáhara o la selva amazónica. El viaje horizontal a través de Eurasia ha quedado reflejado en líneas como la del Transiberiano, con mayor fuerza que la Ruta de la Seda o los océanos, por su rapidez. A lo largo de ese país inmenso y horizontal que es Rusia han podido suceder hasta la abducción de una etnia entera por los extraterrestres sin que tuviéramos noticia de ello.
Con lo cual, bajando a lo humano, cualquier historia de amor ha sucedido. Esta novela breve es una invención, sí, pero no cabe duda de que el juego cruzado de enamoramientos entre dos oficiales amigos de la infancia y una mujer reclutada del bando contrario, durante el periodo de la Revolución Bolchevique, ha sido más probable que posible. De todas las flechas de Cupido solo una no será platónica, la que enlace a uno de ellos con la mujer. Pero las demás serán las que marquen el sentido de los actos. Delteil (Villar-En-Val, 1894 – Hérault, 1978) construye una fábula en la que el romanticismo convive con el ambiente bélico en equilibrio precario. Cualquier otra opción no habría sido sincera. Con un estilo tan escueto como si se tratara de una sinopsis glosada, con la prosa que se corresponde más al amor que a la guerra, con una supuesta oralidad, un cierto manejo de recursos para dar la sensación de improvisar, los personajes viajan de los sueños a la realidad. Del algodón de azúcar a la carne viva. De granjas que se antojan palacios a un viaje atroz por Siberia, de este a oeste, cruzando Eurasia en horizontal y, por tanto, pudiendo conocer casi todo lo que ha creado el hombre. Y también lo que ha sufrido. Las armas, los gérmenes y el acero. Y los lazos de un amor que nace en China, los celos demasiado carnales y la extorsión afectiva. Ella les exige regresar a su patria y ellos le conceden el deseo, huyendo de la batalla de Pekín, que para unos es pintoresca y para otros una ocasión de hacer negocio, en uno de los mejores episodios de la novela.
Finalmente serán los gérmenes, la enfermedad, lo que comience a resolver el drama. Porque de drama se trata, de una lección de falta de humanidad a favor del embrutecimiento, por muy comprensible que este sea.

Fuente: Culturamas

domingo, 15 de octubre de 2017

LO QUE ESCUCHA LA LLUVIA

Lo que escucha la lluvia
Francisco Solano
Periférica
Cáceres, 2015
115 páginas
15 euros

La marca del olvido

Las novelas río, esas inmensidades que comienzan en Proust y acaban, por el momento en el sueco Karl Ove Knausgård, enlazan la idea de esa absurda pretensión que mantenemos de pretender, de estar convencidos de seguir siendo la misma persona, por mucho que pasen los años. La hierba se ha vuelto roja cientos de veces, pero nuestra mirada mantiene la calidad poética que roza la desnudez, lo traslúcido o la fatigosa rémora de un sedimento de barro. Cientos de páginas son reflejo de una obsesión por la memoria que no cesa, a pesar de la cual las mutaciones no alteran el corazón que desgarrado de amor sigue latiendo. El polvo se posa sobre los anaqueles y las magdalenas saben a infancia. El reto es largo, como el arte, a pesar de que la vida siga siendo corta.
Sin embargo, Francisco Solano (La Aguilera, Burgos – 1952) escribe un libro de menos de cien folios en Times New Roman a espacio y medio, y consigue incluir en él toda esa referencia al polvo de la memoria. La prueba del ADN no es necesaria para recuperar científicamente una identidad, porque para eso está la literatura. Lo que escucha la lluvia podría catalogarse como literatura del yo, autoficción, autorretrato, reflexiones o como una combinación de géneros. Pero es básica y únicamente algo más importante que eso: es un testimonio. Lastrado por la muerte de un padre que no llegó a conocer lo suficiente como para que su imagen quede grabada en la memoria, Solano demuestra que incluso sin recuerdo existe el estigma. Como si fuéramos más olvido que memoria, o como si los instantes concretos que de vez en cuando evocáramos pudieran enviarse, sin ambages, al exilio. En el exilio también se encuentra su propio ser, ajeno al cuerpo que le encierra, un gesto de extrañeza que nos acompañará a todos hasta la fosa común. Porque ahí es donde pretende quedarse, donde es uno más.
Consciente de lo paradójico que es pretender pasar inadvertido al tiempo que se escribe sobre ello con intención de que el testimonio lo lean conocidos y extraños, Solano escribe con sobriedad y con una melodía que resuena como en las bóvedas de crucería, un desahogo contra la adversidad. Asiste a lo cotidiano como espectador, en tanto que el niño que hacía barquitos de corcho se halla ya en el estrato en que habitan los ángeles. Más que el éxito de una literatura psicoanalítica, Solano se entrega a la terapia transacional, esa en la que intentamos descubrir que parte de nosotros es hijo, adulto, padre. Como en toda terapia, la parálisis se produce. Una parálisis que se rompe como consecuencia de la relación de palabras que componen un hermoso texto, y no debido al movimiento físico. El hijo es el niño apartado que comprueba que su barco se hunde; el padre existe en un plano que no aparece en la novela y que debemos dar por supuesto como algo astral. En cuanto al adulto, yo soy el otro, nos indica, yo soy el que me acompaña, el que se extraña de la carcasa que es el cuerpo que no produce ni habla: “Al despertar, nada es menos imprevisible que el asombro de conservar la misma identidad”. Tal y como está organizada una frase tan meditada, asombro e imprevisible no parecen ser un oxímoron. Pero lo son. E incluso son algo más: son una aporía que es, a su vez, una paradoja, dada la facilidad con que nos reconocemos en ella. Otro tanto ocurre con sugerentes ideas como esa de confesar que somos o hemos sido “todo un programa, si bien se mira, que constituye el basamento sobre el que construir una elegía”. Pero no se trata de uno de esos libros dispuestos a confundirnos hasta la melancolía. Lo que escucha la lluvia tiene una cadencia de adagio, sí, pero ideas que ayudan a comprender que no es tan difícil justificar que la vida merece la pena: “Nadie se despide nunca, nada se pierde, llamamos pérdida a un vacío deslumbrante”.


Fuente: Culturamas

sábado, 14 de octubre de 2017

EL CLUB DE LOS MENTIROSOS

El club de los mentirosos

Mary Karr

Traducción de Regina López Muñoz
Periférica y Errata Naturae
2017
517 páginas
Los adjetivos, aunque sean ciertos, no hacen justicia a lo más sagrado que contiene el libro: hilarante, cautivador, mordaz, divertido, placentero… No, porque este no es un libro que se limite a ser una voz. Este es un libro sobre el derecho a la absolución. Y ese es, tal vez, el asunto que dejaremos sin resolver durante muchas más generaciones. No conceder a los demás ese derecho, no concedérselo a uno mismo, es de tal gravedad que no se arregla en millones de sesiones de diván vienés. Lo que consigue Mary Karr (Texas, 1955) es una hazaña literaria y humana. Es depuración psicológica y bienestar. Se vale, es cierto, de un lenguaje en el que predominan los verbos, la acción, y una mirada sobre su pasado en la que el manierismo se aplica bordeando la caricatura. De no tratarse de un libro de memorias, sincero, uno pensaría en la invención de la picaresca como modelo literario. Pero tampoco llega a eso. Porque la voz nos induce a la sonrisa, no a la carcajada. Mary Karr es consciente de que una de las cosas más tristes por las que puede atravesar una persona es un taller de risoterapia. Así pues, se toma con humor dos años de vida de su pasado, cuando tenía siete y ocho, en los que el divorcio de sus padres ejerce de bisagra. Y con él, el cambio de escenario y personajes.



Pero tanto Texas como Colorado son dos lugares en los que uno se va a encontrar con lo peor del ser humano, incluyendo el propio lado oscuro. La reconciliación es necesaria y para llegar a ella Karr ha debido de pasar por mucho más que la escritura de estas memorias. Su familia se compone de dos padres que se llevan a matar, no descubriremos las razones hasta el final, ella y su hermana. Su hermana es su ángel guardián y su némesis, su compañera y la única persona que no pretende ser excéntrica. Porque esa impresión dan los personajes, que pretendan ser tan diferentes, tan sorprendentes, como para que se les considere dignos de una novela. Así es como los trata Karr, que será una niña rebelde, o que se ve a sí misma como rebelde, lo cual es tanto como decir que si un miedo le inunda, al margen de los encontronazos con su abuela y alguna otra persona, es el de haber sido convencional.
No será el punto de vista, la deliciosa manera de narrar lo que la salve en ese sentido. Antes o después, el lector se dará cuenta de que esta es una obra en la que se trata a la vida muy en serio:

“Los mejores están sin convicción, y los peores
“Llenos de apasionada intensidad

Los versos son de Keats y en buena medida representa la intención del libro, excepto sus cien últimas páginas. Partiendo de una suerte de folie a deux de los padres, las hermanas aprenden cuáles son las causas nobles y justas. Para ello, Karr debe pasar por purgatorios terribles, sobre los que trata de una manera cautivadora, porque así, descubriremos, es como conserva la integridad. De hecho, al final de las vidas de sus padres le servirá para afrontar lo peor de todo con un lirismo triste, gracias a que ha sabido inventarse la dignidad tras una vida desastrosa, incluso terrible y violenta, muy violenta. La gente que la rodea puede ser cruel, malvada y estar como una regadera perjudicando seriamente a los demás. Al margen de aprender a tomárselo con vitalidad, Karr sabe que para volverse adulta ha de ser capaz de sentir un pasado que cualquier otro enterraría.

“(He llegado a creer que el silencio puede engrandecer a una persona. Y el dolor también. La emanación de un silencio pesado y triste puede investir a alguien de una dignidad absoluta)”

Ese detalle de sabiduría viene entre comillas. Porque Karr pretende escribir para todos y nadie soportaría unas memorias demoledoras, como lo que refleja en la cita, pero sí las que se afrontan con una franqueza que no elude la sonrisa, excepto cuando describe el agotamiento final de sus padres. Karr prefiere acercarse a la caricatura, al teatro, a la representación de la realidad antes que a la realidad. Porque nos creemos que lo que nos sostiene es la realidad, cuando no se trata de nada más que un andamio para evitar que el edificio de lo que somos se venga abajo. Karr ha conseguido sustituir ese andamio por “su” realidad. Algo que en literatura solo logran aquellos frente a los que nos rendimos y llamamos maestros.