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domingo, 25 de marzo de 2018

HIELO NEGRO

Hielo negro
Juan Luis Conde
Desnivel
Madrid, 2018
200 páginas

El misterio es, para la religión, una zona inaccesible que rodea a Dios y le protege de los humanos. Solo los santos, y gracias a ciertos ritos ideados por hombres, pueden acceder a esa región tan esotérica. Existen, sin embargo, unos seres que se encuentran en ella por virtud de su nacimiento, por ser hijos de un dios y una humana. Esa es la estirpe de los héroes, a mitad de camino entre la mitología, que es divina, y la leyenda, que es humana. De entre todos los héroes, no hay más que uno que sea universal a cualquier cultura y que aquí, en Europa, llamamos Hércules. Conocido por sus doce trabajos, en los que utilizó la fuerza guiada por la astucia —se me ocurre, ahora, cómo resolvió limpiar en una noche las cuadrigas de Augías—, era un tipo que se ganó nuestro afecto no por esos portentos, sino por consagrar el resto de su vida a ayudar a los demás. Como en cualquier religión, ese paso tuvo una ceremonia de iniciación que, si sucede en un solo momento, solo puede ser traumática. Viviendo ya con su familia, retirado como campesino, Hera le hizo enloquecer mientras dormía y asesinar a su mujer y a sus hijos. Tras despertar y ver la masacre, en lugar de volverse loco, eligió lanzarse a los caminos para socorrer a los necesitados.
Ese es el Hércules universal, en el que confiamos todos, y no el que se exhibe en los nuevos templos religiosos a los que llamamos cines. De hecho, la adaptación audiovisual que mejor representa a Hércules fue una serie de televisión un tanto infantil, protagonizada por Kevin Sorbo, a la que tal vez deberíamos volver a prestar atención. Por desgracia, Hércules necesita del mal para permanecer como leyenda. Para ser mito le bastó con el relato de unas hazañas de otro planeta.
Nuestra cultura narrativa, por su parte, hace tiempo que se dio cuenta de que los ritos de iniciación, el paso de adolescente a hombre, no suceden en un solo golpe, tras despertar o durante una ceremonia en la que uno debe velar armas sin quedarse dormido. La iniciación requiere de un tiempo más largo, al menos tanto como el que se representa en una novela. De hecho, existen novelas de iniciación, tantas como vidas, en las que la transformación no es hacia lo que llamamos adulto. La inmensa mayoría comienzan, eso sí, con detalles de adolescencia: soñar con tener una fuerza invencible, como Hércules, o como los alpinistas que aspiran a culminar ese rito que es fotografiarse en lo alto de las catorce cumbres de más de ocho mil metros. Ese sueño adolescente puede ayudar a algunos a sentirse mejores, pero raramente salvará a ningún refugiado de la tortura que le supone vivir, raramente pondrá sobre la mesa al Hércules que es leyenda en cualquier cultura. Ese será el tipo de sueños de juventud, en el que destacan héroes como Mallory y Shackleton, a pesar de que ninguno de ellos logró culminar sus aventuras: Mallory no regresó de la cumbre del Everest y Shackleton jamás llegó al polo sur.
El gran mito de las montañas surge con Reinhold Messner, posiblemente lo más semejante al primer Hércules que ha existido. Ordino, el protagonista de Hielo negro, es un homenaje a Messner, o al menos así nos lo presenta Juan Luis Conde en las primeras páginas. Ordino suma las catorce cumbres y ha decidido pasar el resto de sus días inmerso en un valle alpino, acaso en los Pirineos, alejado de la civilización, viviendo en un castillo restaurado. En el retiro le acompaña su mujer y su hijo, como Hércules, quien, tras las doce pruebas, se dedicó a ser granjero hasta que le azotó el castigo de Hera.
El paralelismo es inevitable. Ordino-Messner-Hércules son un mismo personaje. Al menos hasta ese momento. Porque a Ordino le queda por pasar una prueba, que también superó Messner, aunque en este caso con fines más bien publicitarios, cuando la publicidad es lo opuesto a los pasos de fe en los ritos de iniciación. Una vez que ya se ha superado de largo lo más alto que permite el alpinismo en vertical, a Ordino le queda la aventura de ese oxímoron que conocemos como alpinismo horizontal: le queda la prueba de los polos, le queda sumar a Mallory y a Shackleton en una única persona y salir con vida en un viaje en el que la pondrá en riesgo por razones que van más allá de las condiciones geográficas y climatológicas. Conocemos los resultados de esa larguísima ceremonia de iniciación en Messner, así como las del instante traumático en Hércules. Ahora nos queda por conocer si Ordino saldrá de allí diferente, si pasará de la adolescencia no ya a la madurez, sino a lo que sea que venga a continuación. O de la madurez a la leyenda.
La novela, novela de una intensidad descriptiva que nos hace imposible salir de ella, es puro itinerario. Rindiendo tributo a La Odisea, está estructurada como La Eneida: cuando Ordino llega a la Antártida, desconoce en buena medida el propósito de su viaje. Durante la travesía, como a Eneas, aquellos a quienes va conociendo le van marcando el rumbo a seguir. Pero en el horizonte, más allá de lo que figura en el viaje de Eneas por el Mediterráneo, está el anhelo de Ulises, está el anhelo de Ítaca, que es al anciano lo mismo que la fuerza de un superhéroe al adolescente.
En la vejez se desea el reposo, como en la juventud uno quiso ser Supermán, Messner, Mallory, Shackleton o el primer Hércules, el que no perdía ninguna batalla, por muy dura que fuera la bestia. En cualquier caso, tanto la energía del hombre nuevo como el descanso del hombre viejo, son dos formas de derrotar a la bestialidad que es la vida diaria, esa que lleva grabada Ordino en la cruz de las cejas. De ahí que esté dispuesto a sacar lo mejor de sí mismo en una aventura con tantas incertidumbres como una novela negra que, eso sí, pura paradoja, se desarrolla sobre el lienzo blanco de la Antártida y en una temporada sin noches. Ordino sabe que tiene que volver a ser el Hércules de las doce pruebas para regresar transformado en Ulises.
Es difícil idear una novela de iniciación con más fuerza, con más literatura, más universal y que podamos leer con más entusiasmo.
Prólogo de Ricardo Martínez Llorca a ‘Hielo negro’, de Juan Luis Conde. (Desnivel, 2018)

domingo, 18 de marzo de 2018

WALTER BONATTI


Walter Bonatti
Mi hermano en el alma
Reinhold Messner y Sandro Filippini
Traducción de María Eugenia Frutos
Desnivel, 2015
288 páginas




El lector se enfrenta a este Walter Bonatti. Mi hermano en el alma confiándose al relato romántico de la montaña. Porque un guerrero como Reinhold Messner, coautor junto a Sandro Filippini, pero ingeniero de la obra, indagará en aquello que le hermanaba con Bonatti en lo que a falta de otro nombre llamaremos aventura, aunque el término quede un poco incompleto y, tal vez, demasiado arriesgado. El hilo de Ariadna que recorre la obra hermanando a uno y otro podría ser la soledad. Con algo de desacierto, hablan del espíritu de medirse con uno mismo como parte de la vivencia plena de la montaña. Desacierto, porque la competición aniquila la obra romántica y porque si esta se ejerce contra uno mismo sugiere la lucha a brazo partido por aceptar uno quién es. Con sabiduría, sin embargo, trazan el deseo de saber y esa dimensión de la montaña y los espacios abiertos como un hogar, como el hogar de la niñez, rodeado de un paisaje purísimo, al que los especuladores le rompieron el alma. Y así también rompieron la suya. Todos los lugares son santos para mucha gente, de ahí la necesidad que tenían los antiguos de inventar un dios protector para sus hogares. Una vez perdida la santidad, los ejercicios deportivos en la montaña los ejecutan almas muertas que deambulan pisando muy fuerte. Esa parece ser la conclusión.
Una conclusión que nos lleva a pensar en el gran mito del aventurero solitario que viaja con el anhelo del hogar grabado a fuego sobre su alma. Y este es el espíritu de Ulises. En tanto que Jasón se vio acompañado de los argonautas, hasta el punto de que su búsqueda del Vellocino de Oro les hace inseparables, porque se arrojaron al desafío de la inmortalidad con un tanto de avaricia, a Ulises se le puede entender sin sus navegantes. Todos ellos pretendían lo mismo, encontrar el hogar, con lo cual solo es necesario mitificar a uno, al líder, para comprenderles. Ulises termina por ser un navegante solitario. Messner y Bonatti también.
Pero Messner, de un espíritu mucho más práctico que Homero, señala con precisión los momentos de mayor soledad de Bonatti al retratar su biografía. Sobre todo el polémico vivac por encima de ocho mil metros, cuando la expedición italiana hizo cumbre por primera vez en el K2. Y los años consecuentes, en los que la versión oficial hizo sufrir en silencio a Bonatti unos injustos reproches. Hoy en día, nadie ignora que él se comportó como un héroe. El relato de la expedición se introduce al inicio de cada capítulo, de un libro que no sigue un orden cronológico y en el que podemos seguir la historia del alpinismo, hasta la llegada del fragor de los guerreros. Lo importante, en esta deslavazada estructura, es la asociación de ideas, y estas saltan aquí y allá, de la anécdota de la infancia al encuentro entre los personajes, de la entrevista al relato del oficio, del desafío alpinístico a la otra cuestión que recorre el libro de cabo a rabo: la de si, finalmente, Bonatti fue un hombre que estuvo en paz.
Por parte de Messner, siempre queda ese instinto de supervivencia que se delata en todos los escritos, al que no es ajena la obsesión de desagravio o el orgullo. Dos cualidades que han hecho de él, en contra de lo que pueda parecer, un narrador con potencia. Al igual que la leyenda del hombre solo. Ulises, como hombre solo a pesar de navegar con lo que en el ambiente de montaña llamaríamos compañeros de cuerda, representa mucho mejor los valores humanos que Jasón. Como también lo representan las expediciones a la naturaleza que protagonizó para la revista Época Walter Bonatti. Durante quince años, escribió acerca de los sueños y de la curiosidad, demostrando que somos más sinceros cuando somos más naturaleza.
De esa calidad es la esencia de valores humanos que destilan los emocionantes relatos de una vida, la de Bonatti. Y cualquier emoción, una vez pasada por el tamiz de la inteligencia, una vez que se ha dejado reposar el agua turbia para que la arena acabe en el fondo y se vea clara, se transforma en un sentimiento. Este es un libro sentimental en el que el alpinismo es el símbolo de la aventura. Un libro que nos deja con la impresión de la dificultad que seguirá siendo, para siempre, eso en lo que puede resumirse la sabiduría: separar el trigo de la paja y dejar que las pequeñas cosas se las lleve el viento.

Fuente: La línea del horizonte

viernes, 16 de marzo de 2018

VIDA DE UN SUPERVIVIENTE


Vida de un superviviente
Reinhold Messner
Traducción de Pedro Chapa
Desnivel
Madrid, 2015
303 páginas



Ahora que llega a nuestro país el último libro escrito por Reinhold Messner, Vida de un superviviente, cabe revisar su figura, su obra, sobre todo la no escrita, lo que representa y las regiones de él que han hecho que, al margen de ser lo más parecido a Supermán que se ha conocido en la historia, un hombre. La humanidad se distingue por la facilidad con que uno cae enamorado. Y el enamoramiento real tiene consigo el mal de pronunciar en voz alta, aunque agradable, cada uno de los sentimientos, hasta agotar la lista que manejan los que se sientan a la cabecera del diván vienés. Si Vida de un superviviente es un canto del cisne, a nosotros, a través de este libro y de los recuerdos, de las lecturas pasadas, de sus entrevistas, de su leyenda, se nos debería permitir entonar cómo nos ha afectado su existencia, antes de que caiga el mito bajo las lápidas mastodónticas de las églogas a un dios fallecido.
Destacado reportero, Messner siempre supo mantener el pulso en la narración de sus aventuras. Pero ya no se trata de aventuras, ahora lo que ocupa el espacio humano junto a ellas son las reflexiones vitales que cierran una vida, esas que se enumeran en el índice del libro: muerte, tiempo, pasión, camino, coraje, justicia, tristeza, terror, tabú, arte, riesgo… envejecer. Porque de eso trata el capítulo final. De nuestro envejecer y del contenido que ha tenido nuestra vida, que echa raíces en la búsqueda de la felicidad. Al envejecer, uno ha aprendido de la naturaleza y su vínculo inequívoco con el sentimiento. Pero en el caso de Messner, su relación con la naturaleza ha sido de carácter explosivo, como él mismo reconoce: las pasiones se producen a lo bestia o no son pasiones sino un eufemismo de las mismas. Así se ha relacionado con la montaña. Y para ello ha resuelto que a lo largo de su vida debía domesticar el miedo hasta hacer de él un gato meloso, y trabar lo que pudiera ser ambición, ambición maldita, sustituyéndola por la vehemencia de sobra conocida. Ese rasgo de su carácter, en esta hora de saldar cuentas, le transforma, en buena medida, como se comprueba a través de estas páginas, en un hombre que considera que las cosas eran mejor antes que como son ahora. Mira al presente con una desconfianza que no sabemos cuánto tiene de hostil y cuánto de honrado: en buena medida, la relación pura con las montañas se ha fulminado, parece decir. Le gente ya no corre riesgos en la montaña y eso es una cadena que traba la libertad.
El problema que plantea ese régimen de vida moral es la traba que supone relacionarse ahora con el mundo. Messner ha sido el mejor alpinista de la historia. Y él lo sabe, tal vez con demasiada certeza. Sus exploraciones le han permitido estudiar el alma humana, por su relación con los compañeros de cuerda y por una mirada algo antropológica hacia los habitantes de los lugares recorridos. Si dejamos al margen sus conclusiones sobre asuntos de relación cotidiana, sobre la memoria operativa, el uso de la memoria RAM con la que solventamos decisiones y contactos a diario en este régimen de vida que a su juicio es adocenado, sus pareceres no son especialmente sagaces, ni tienen por qué serlo. Suponemos que compartimos demasiado ADN con él y por tanto hemos llegado a conclusiones similares. Pero para compartir su enamoramiento, si es que existe, debemos dejar a un lado el genoma. Messner, como cualquier otra persona, sabe que en el diseño actual de la superficie del planeta humano, el semáforo es un buen invento y que en las cenas a las que es invitado debe abstenerse de robar las croquetas al vecino. Esas convenciones son las que a él le incomodan. Porque le hubiera gustado que el productor de esta película hubiera tomado otras decisiones.
Hubiera deseado que su espíritu anarquista, que refleja el miedo a no ser autosuficiente, ese en el que ha insistido hasta la hipérbole y que magnifica en la soledad de la cima, en los sueños tan improbables que sólo se cumplen si uno es un superhombre, fuera el espíritu común. Messner se considera heredero de buenas cosas buenas, entre otras de esa paradoja que le consagra como nómada, al tiempo que le otorga el beneficio de tener raíces. Y el nomadismo le ha llevado a lugares hermosos. Como hermosa es la tierra donde nació y en la que vive casi en soledad. Messner hubiera deseado que todos fuéramos hombres de acción, porque sólo en la intensidad de la acción pura –nada de expediciones comerciales ni sesiones de gimnasio para fortalecer el deltoides que se precisa tener a la hora de hacer búlder– uno se sabe vivo. Esa receta, parece decir ahora, cuando sabe que la vejez ha llegado, es universal.
Y si cabe aplicársela a cualquiera, eso significa que él ha descubierto el contenido de la felicidad: Mover montañas, Mi vida al límite, La montaña desnuda, Espíritu libre, La zona de la muerte, terreno fronterizo. Son los títulos de alguna de sus obras. Y no son casualidad. De ellos se puede deducir dónde ha encontrado él la felicidad: en la naturaleza, en el baile de la pasión, que limita con lo terrible, y el dolor, que nos obliga a sobreponernos con humildad. Eso es la montaña para Messner. Eso es lo que nos lleva a ser al final lo que somos: memoria, emociones, ilusiones, sentimientos e incluso los demás, porque también vivimos las vidas de los demás, de los compañeros de cuerda, de los habitantes de las regiones remotas cuando alcanzamos a pisar esa aldea del valle del Mustang a cuatro mil quinientos metros de altura. Ese es el Messner enamorado. El que ahora, como un anciano que conserva mucho músculo y escribe sus memorias al tiempo que reflexiona sobre lo aprendido, considera que transmitiéndonos su verdad nos ayudará a ser mejor personas. Pues, a fin de cuentas, ese será el sello que certifique que nos hemos enamorado: sabernos mejor personas. Como Messner en una vida brutal, cruda, implacable, impetuosa, en las montañas. Messner ha necesitado de ello para sentir con intensidad el enamoramiento de la vida. Aunque también esa intensidad podría estar en un verso escondido de Rilke:He rezado por mi niñez, y ha vuelto a mí, y siento que sigue siendo tan pesada como antes, y que no ha servido de nada hacerme mayor”.

Fuente: La línea del horizonte

jueves, 15 de marzo de 2018

KURTYKA

Kurtyka. El arte de la libertad

Bernadette McDonald

Traducción de Rosa Fernández Arroyo
Desnivel
Madrid, 2018
325 páginas

El mundo del alpinismo le debe la vida a Voytek Kurtyka. El subtítulo que acompaña a su apellido, hace referencia a un deseo de los vivos. Es decir, la libertad es un privilegio restringidísimo: solo lo poseen las personas durante un corte espacio de tiempo. Y la inmensa mayoría, cree carecer de él. Que se califique como arte, significa que hace falta ser muy creativo, porque ese sentimiento no viene como regalo en el ADN. Algo que no es totalmente cierto. Hay personas que nacieron con el don de sentirse libres hasta en un calabozo, y otras a las que les basta la piel para creer que los muros la contienen sin remisión. Lo único que sabemos, con certeza, es cuando nos sentimos libres. Y sobre ese sentimiento se podría hacer un análisis sociológico que distinguiera claramente algunos lugares: la naturaleza, por norma, ayuda a gestar la sensación de libertad con más frecuencia que la invención de Caín. Aun así, uno debe estar tocado con el don que es llevar esa sensación siempre consigo. De eso es de lo que trata esta biografía.
Bernadette McDonald nos había regalado un par de libros preciosos, corales, sobre los alpinistas polacos y eslovenos. Pura épica. Sorprendentemente, encerrado en la ciudad, encerrado en casa, en un día de lluvia, iluminado por un flexo, sabiendo que al día siguiente uno tiene que apagar el despertador para ir a trabajar, leyendo Guerreros alpinos uno se siente muy libre. Sus protagonistas son nuestros compañeros y si ellos son libres, nosotros lo somos a su lado. Quedaba por saber cuál iba a ser el planteamiento de McDonald a la hora de centrarse en una sola personalidad, en alguien con fama de misántropo, arisco pero cortés, muy exquisito a la hora de elegir compañeros de cuerda, fuerte e inteligente, y sobre todo, alguien que ha salvado vidas al innovar en el alpinismo, haciendo de él una actividad más ligera y rápida, menos expuesta, y dando a sus congéneres más ocasiones para ser libre.
Kurtyka es un hombre parco. Estrecho y preciso. Retirado a la soledad de su jardín. Pero con un bagaje alpino incuestionable. Es una de esas personas que nació para la gran montaña. Si el terreno no es vertical, el espíritu no es libre. Excepto si uno ha conseguido decantar la sabiduría de su experiencia en la escalada. Ese es el caso de Kurtyka, que a cuentagotas nos va dejando saber que para él el alpinismo es una meditación. Pensar poco, en el vacío, respirar y saberse en el mundo. Y confiar en un compañero. Este es el punto donde McDonald se muestra más respetuosa. Los vínculos que Kutyka establece con cada uno de sus amigos son de una categoría que apenas asoma en el libro. Es posible que él mismo se muestre críptico, para lo bueno y para lo malo, más aun cuando ha sobrevivido donde otros cayeron. Pero también que McDonald no quiera intuir. Apenas esboza la condición humana, en tanto que, para los amantes de las aventuras, se extiende en condiciones, con un pulso envidiable, al detallar las ascensiones más significativas del alpinista polaco.
A Kurtyka no le gusta la competición, ni los patrocinadores, ni los registros. Ha querido más a sus aventuras piratas que a las de pago. Ha sido siempre fiable y seguro, pero nunca ha dado la sensación de entregarse a fondo a los amigos. Al menos esa sensación da, que siempre ha guardado cierta distancia con Loretha, con Kukuzka, con Porter… excepto con Alex Macintyre, su alma gemela, fallecido demasiado joven. Son pocos y excepcionales los momentos de libertad que él ha conquistado. Sí, pero ha aprendido a mantener esa respiración en casi todos los momentos de su vida, de su vejez. Eso se parece mucho a la sabiduría, y la sabiduría se parece mucho al aire, que al parecer no es nada. Pero goza de toda la libertad.

sábado, 24 de febrero de 2018

PURA VIDA


Lho Gyelo. La victoria de los dioses


-En la vida sólo hay una cosa que de verdad importa: querer y ser querido.
De este modo, anulando el sentido de la conjunción, se expresaba alguien sentado en la terraza de una cafetería. De repente, querer y ser querido se introduce en el corazón como un único espectro. Deja de existir la división direccional, que tan convencionalmente aceptamos, la que forja la razón, porque el poder del cerebro es demasiado pequeño para aceptar las verdades demasiado sencillas. No hay diferencia entre querer y ser querido, pues el enamoramiento se parece más a un aura que a una flecha, a pesar del pequeño dios griego.
-No hay mayor acto de amor que dar la vida por un amigo.
Esta vez, la frase no proviene de un desconocido, si no de Don Bowie, el alpinista americano que colabora en el intento de rescate de Iñaki Ochoa de Olza. Él es uno de los responsables de que descubramos que la amistad, la amistad más creíble, es un enamoramiento. Como lo es hacer de las montañas la verdadera patria, en palabras del kazajo Denis Urubko, que podemos escuchar en otro momento de esa gran película que es Pura vida.
Envuelta en el hojaldre de la amistad, Pura vida nos acerca a las personas que hay dentro del grupo de rescate tan cosmopolita que actúo al límite de lo humano, superando riesgos extremos gracias al arma de la ternura: al suizo Ueli Steck, para quien no cabe rendirse; al médico polaco Robert  Szymczak, que iguala la pasión por las montañas con la pasión por la música; al ruso Alexei Bolotov, que es lo más semejante al retrato del ogro bueno que uno ha encontrado en mucho tiempo; a la canadiense Nancy Morin, capaz de la acrobacia mayor que puede hacer el ser humano: saltar por encima de sus lágrimas; a los rumanos Alex Gavan y Mihnea Radulescu, al veterano Sergei Bogomolov; a los nepalíes Nima Nuru y Mingma Dorji. Pero, sobre todo, a Horia Colibasanu, el último amigo de Iñaki, alguien a quien la amistad, a quien querer y ser querido, ese acto único, le permite protagonizar uno de los episodios de supervivencia que más han conmovido nuestros cimientos.
Olvidándose de intentar explicar esa hambre desordenada por las montañas, representada en el deseo de Himalaya, los responsables de Pura vida consiguen reflejar ese entusiasmo mejor de lo que nadie lo había hecho hasta la fecha. Porque no se empeñan en describir algo que ningún gramo de ninguna ciencia puede descifrar. Porque la verdad es algo demasiado inmenso para los límites de la filosofía o del lenguaje, para las capacidades de la mente. Porque lo que de verdad importa es querer y ser querido.
De ahí que merezca tanto la pena ir a ver esta película. Pura vida es un documental sencillo, hermoso y muy optimista. Es un canto a la vida, tal y como debe serlo una auténtica elegía. Es un acto de armonía recién nacida. Es una cesión del cetro que dirige nuestros días y nuestras noches a la única regla que debería orientar nuestros pasos: es un canto, tal vez el canto definitivo, a la amistad.

Fuente: La línea del horizonte

miércoles, 14 de febrero de 2018

MORIR POR LA CIMA



Morir por la cima. Carlos Suárez. Autoedición. 178 páginas. ISBN: 978-84-615-2846-2. http://libromorirporlacima.blogspot.com.es/

A favor de los cuerpos magnéticos

Al final, somos limaduras de hierro moviéndose de imán a imán. Pero no tropezamos con cualquier tipo de imán a lo largo de nuestra vida. La suerte nos la hacemos. Basta con ejercer nuestro derecho a elegir los retos que nos mejorarán como persona. Se puede ascender de mil formas a una montaña. Lo importante es encontrar la propia. Y caminar hacia el cielo. Durante la ruta se nos echarán al camino toda suerte de incidencias, incluidas las tentaciones. Caeremos a los pies de los caballos y veremos al cóndor sacar a pasear al sol de madrugada. No podemos decidir si somos rubios o morenos, altos o bajos, torpes o gatos. Pero aun así, sí podemos reclamar que somos dueños de nuestro destino.
Ese es el mensaje que se esconde tras los párrafos que forman esta autobiografía de Carlos Suárez, centrada en sus episodios vinculados a un tipo de aventura, que es el deporte de naturaleza y las situaciones de riesgo. Puede que a lo largo de su existencia Carlos Suárez se haya transformado, se haya visto atraído por imanes distintos, aunque siempre relacionados con la ruta que se trazó en los pasos verticales de la montaña. Pero permanece fiel al destino que quiso para él: evolucionar es necesario, pero no lo es perder la inocencia.
Estructurado como en una carrera de relevos, Morir por la cima es un viaje al mundo de la escalada contemporánea. Aparecen referencias constantes a los grandes mitos de las montañas, mientras se van presentando personajes clásicos y pintorescos que se cruzaron en el camino de uno de los grandes de la progresión en vertical. Y, mientras tanto, una pasión va dando el relevo a la siguiente. Una versión de los deportes de montaña sucede al anterior. Porque la vida es un transformación constante, bailando de imán a imán. Aunque los imanes puedan confundirse con la ambición o con el deseo. De ahí esta necesidad de poner los puntos sobre las íes. Esta reivindicación de casi doscientas páginas, en negro sobre blanco, del camino propio para llegar a la cumbre. Hay millones de maneras de alcanzar una cima. Lo importante es encontrar la propia.
Y Carlos Suárez ha elegido una en la que prevalece un sentimiento por encima de los demás, eso tan difícil de explicar con palabras que conocemos como libertad. Él lo identifica con la ligereza, con la independencia, con la soledad y con la desnudez. Y con el ahora. Y junto a la libertad, corre por su vida esa intensidad que lucha por separarse de la vida cotidiana, de los hombres grises. Todas estas palabras buscan reunir algo semejante a una filosofía del “más allá de la montaña”. Pero lo que sea que sucede entre la montaña y nosotros, entre la montaña y Carlos Suárez, no está en la cabeza. Como la verdad, es algo demasiado grande como para pretender que quepa en dentro del cerebro.
Al igual que tantos otros antes que él, Carlos Suárez ha sentido que era el momento ideal para explicarse, para explorar ese espacio que está detrás de las escaladas. Y ha dado como fruto un libro que demuestra la honradez que un hombre debe tener consigo mismo. Un libro, eso sí, al que no le hubiera venido mal una revisión de la prosa. Pero eso, me temo, pertenece al ámbito que importa a los lectores que han hecho de la literatura la misma pasión que Carlos Suárez pone sobre el tapete a la hora de enfrentarse a las montañas.
 

domingo, 11 de febrero de 2018

LA ALTA RUTA

La alta ruta

Maurice Chappaz
Traducción de Rafael-José Díaz
Periférica
Cáceres, 2017
160 páginas
Antes que nada, debemos avisar de que leer este libro, La alta ruta, supone, en gran medida, leer a Rafael-José Díaz. Este es uno de esos casos en los que, por obligación y por devoción hacia la literatura, hacia el lenguaje, el traductor es un escritor o, si se prefiere, un reescritor. En cualquier caso, un prosista, porque el libro no está escrito en verso, a la vez que un poeta, porque las intenciones del autor, Maurice Chappaz(Lausana, 1916 – Martigny, 2009) son las de comenzar a crear una base para la literatura de montaña y la literatura, todos lo sabemos, comenzó siendo oral, versificada, con cantares de ciego o La Ilíada. En cualquier caso, lírica o épica, comenzó por la poesía. Chappaz parte de la idea de que no existe literatura de montaña. Existen, sí, escritos de gesta protagonizados por guerreros de la montaña. Existen los libros de Messner, por ejemplo, o de Simpson o de Whymper. Pero no existe la literatura de montaña, como existe la del mar, regresando a los clásicos Conrad y Melville, porque en el mar existe el comercio y en la montaña no. Es rara esa hipótesis, la que vincula el comercio con la literatura, dado que nada puede haber menos comercial que el contenido de La Odisea o de La Eneida, siendo puramente mar. Aunque es cierto que buena parte de la obra de Conrad se debe a su oficio como marino mercante, y la caza de la ballena no deja de ser un Macguffin para hablar sobre el contenido del mal en Moby Dick. No se menciona a Stevenson, amante del mar sin contexto comercial, por ejemplo, a no ser que consideremos que la piratería sea propia de los océanos. En realidad, donde habitan los peores piratas es en tierra firme. En el mar son figuras románticas.
Y es ese romanticismo lo que invade a un viejo montañero para emprender este proyecto. Nada hay más propio del romanticismo que la memoria. Y es con ella con la que juega a recorrer, una vez la edad le ha vencido, la ruta que tantas veces atravesó por las altas líneas de los Alpes, del Mont Blanc y sus alrededores. No estamos frente a un atleta de primer grado, sino confrontando a un amante de la naturaleza. Tal vez la clave para valorar la literatura de la montaña y cotejarla a la par con la marina sea esta, precisamente, la naturaleza. Si la literatura del mar, en teoría de Chappaz, brota gracias al comercio, la de la montaña es un subgénero de la literatura de naturaleza. Poca literatura de la naturaleza existe referida al mar, excepto en versos de Alberti y referencias al ocaso, por ejemplo. Pero abundan los vínculos de la literatura de naturaleza. En ese caso, podríamos incluir a Walden y los libros sobre los bosques, a John Muiry a Annie Dillard, en la literatura de montaña o, si se prefiere, del monte. Todo lo que suceda en un valle, sucede, a fin de cuentas, en la montaña.
Chappaz se ubica en el valle para comenzar su ascenso, que atraviesa bosques y glaciares. En lugar de versos, utiliza frases cortas. Cada una de ellas elaborada con ternura, tratando de reproducir lo irreproducible por las limitaciones del lenguaje: una sensación. Así vamos paseando junto a él por momentos fugaces, por escamas, recortes, grietas, geranios o deshielos. Es puramente emocional, lírico y solipsista por necesidad. Claro que el contenido de la poesía romántica, al fin y al cabo, es puro solipsismo: solo se conoce lo que se siente. Chappaz va poco a poco metiendo toda la naturaleza en un libro pequeño, decantado a lo largo de una vida, publicado en 1995, contando él con casi ochenta años. Es espiritual y su religión es Gaia, pero la escala de la religión es humana, no divina, es el mythos, no el logos, porque nada hay menos humano que la ciencia. Ver y oler son los sentidos que más practica, que más le ayudan a rememorar. El río es un personaje, como lo es la savia de los árboles, y son feéricos. El pastor es una especie de deportista, el campesino es un hombre bajo el peso de la obligación, el alpinista profesional un tipo con la misma conciencia que el oficinista. Solo los guardas de los refugios se salvan, auténticos maridos de la montaña. Y en algún momento los guías, aunque presupone que llevan demasiado peso dentro de las botas. Siguiendo su itinerario, Chappaz nos muestra el secreto de la sabiduría, algo que a él se le ha abierto cuando la montaña ha dejado de ser actividad para ser literatura.

Fuente: La línea del horizonte

lunes, 29 de enero de 2018

HISTORIAS DE BELLAS MONTAÑAS

Historias de bellas montañas
Ramón Portilla
Desnivel
Madrid, 2016
215 páginas

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Toda revisión de una vida parece estar relacionada con puesta de sol. Aunque uno apenas haya cumplido los veinte años, ha dispuesto de soles suficientes y de suficientes estrellas como para saber que tiene derecho a considerar que ha pasado suficiente agua bajo el puente como para identificar los crepúsculos que marcaron su vida. Si en ese momento quiere condensar tantos crepúsculos en un verso, tiene que ver con ese sentimiento de que todavía le queda mucho por vivir, aunque no se atreva a reconocerlo. Será más adelante cuando se atreva a recopilar en un texto más largo esas pérdidas y esa raíz de sabiduría, cuando pueda reposar porque ya no necesita precipitarse en la escritura: antes cada minuto escribiendo suponía un minuto menos de soles y estrellas. Lo supo muy bien Rebuffat, el mítico guía alpino que lucía hermosos jerséis de lana, el autor de Estrellas y borrascas o Las montañas son mi reino. Y uno de los referentes de Ramón Portilla (Madrid, 1958) a la hora de elaborar este libro que recopila hazañas como si fuera algo bien diferente. Porque las cimas que Ramón selecciona como las que significaron algo en su vida no están relacionadas con una hostilidad como la hostilidad del tifón en la literatura del mar. Se trata de montañas que destacan por la belleza de su trazado, por el dibujo de sus pendientes. Desnivel ha preparado una bonita edición en homenaje a uno de los históricos del mundo de la montaña en nuestro país, en la que al texto le acompañan acuarelas y fotografías en las que uno ve a los alpinistas en los momentos en que reposan la acción, no en forzadas poses de gladiadores.

Ramón Portilla narra su experiencia en cada una de las montañas tras enunciar la historia que esconden detrás. Habla de los grandes montañeros de la historia, de las tragedias y de la épica, antes de meterse en harina él mismo. Portilla es un pirata y los momentos en que se busca la vida como tal, con apenas unas monedas en el bolsillo, son tan felices como las cimas alcanzadas. Como él mismo confiesa, es igual de importante el cumplir el sueño que todo el tiempo que pasó deseando que este tuviera lugar. Pero además, en cada capítulo Ramón Portilla salda alguna deuda, cierra algún capítulo, termina de cicatrizar alguna herida. Siempre que partió dejó algo atrás o vivió alguna pérdida, y esas llagas están presentes en su narración. Como lo está cierta sabiduría de la que todos deberíamos tomar nota: las fracturas de huesos o las enfermedades de hígado le han ido limando. Ha visto, con agrado, como una nueva generación le pasaba por delante en lo más abrupto de la conquista de montañas, pero ha sabido adaptarse a sus nuevas limitaciones sin abandonar el idéntico buen sentimiento que su vida en la montaña le ha supuesto. Esa capacidad de adaptación, ese sentirse igualmente sano, esa razón sensible que le ayuda a aceptar y no aparta la sonrisa, sino que la enfatiza, tras cada revés, es una lección que no está mal aprender. Ese concepto de salud como una mente capaz de adaptarse a algunos deterioros debería hacernos replantear qué es lo que de verdad consideramos como estar sano, lejos de la aritmética de los galenos.

Fuente: Culturamas

domingo, 17 de diciembre de 2017

CARLOS SORIA

Carlos Soria y la nieve

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Nos hicieron creer que la poesía se escribe, y que sólo se escribe en verso. Y que lo que ellos denominaban poesía es un género literario. Esa verdad universal es una más de las maldiciones de la escuela rígida en que nos educaron, la escuela de los pupitres y la pizarra, que tanto se parece a la industria y tan poco a la vida. Y, sin embargo, nada hay más falso que esa certeza acerca de la poesía. Porque, en realidad, es la literatura la que se erige en un género poético. Al igual que se puede considerar, también, al cine como un género de la poesía, o al menos a lo que representa en el cine Hierro 3, de Kim Ki Duk, Ni uno menos, de Zang Yimou o la obra maestra de Clint Eastwood, que se titula Sin perdón.
De hecho, en otra época hasta los mercados eran un género poético, cuando se reivindicaban como un lugar de encuentro para la gente, como  un espacio en el que la vida se ponía en plena ebullición. Nada existe, en los tiempos que corren, menos lleno de lirismo que eso que se conoce como los mercados, donde hasta el hambre se convierte en mercancía. Cuando uno piensa en ellos, a estas alturas, no puede evitar echar de menos a un personaje como Charlot, que tan bien ha representado la dignidad del hambre, la dignidad de la pobreza e incluso la dignidad de la derrota. Hasta la derrota a la que estamos sometidos, la derrota frente a los mercados, es sucia, en esta guerra que llamamos crisis.
El verso, el silencio, la infancia con natillas e incluso, por qué no, la fatiga y hasta el fracaso, son formas que puede adoptar la poesía. Como lo es la montaña y el tiempo de la montaña, que es el tiempo épico a la vez que el tiempo lírico, que es la elegía y el romance. Y esa es la única razón posible para explicar por qué un hombre de setenta y tres años, de profesión tapicero, se empeña en hacer suyas las grandes cumbres, con todo lo que ello supone: el aliento helado, las uñas del frío, los latidos a pleno galope durante un intento de sueño condenado a ser una ruina, un salto de escombro a escombro dentro del pecho. En definitiva, el tiempo de la montaña aclara por qué el hombre maduro acepta, con delicia, esa combinación de estética y enfermedad que hay que sufrir para poder disfrutar de las más altas cumbres.

A una edad en que la mayoría de la gente se da cuenta de que la vida ya les ha sucedido, que la vida era esa cosa tan industrial que les atravesó mientras estaban esperando a que llegara algo decente a lo que pudieran llamar vida, Carlos Soria se empeña en demostrarnos que vivir es ejecutar una hazaña, cualquier hazaña, en la que lo más importante no es el récord. Que lo que de verdad se siente, lo que define a la epopeya, es algo que llamamos poesía, tal vez porque carecemos de una palabra más adecuada para definirlo. Todos nos hemos quedado con las frases trabadas cuando alguien nos ha preguntado qué puede haber en la montaña para que alguien, un hombre de setenta y tres años, por ejemplo, se entregue con esa fuerza tan ceremonial. Y no hemos sabido responder porque, efectivamente, la poesía no es algo que se reduzca a la palabra. No hemos sabido responder porque la montaña también es un género de la poesía.

Fuente: La línea del horizonte

lunes, 11 de diciembre de 2017

CITA CON LA CUMBRE

Cita con la cumbre

Juanjo San Sebastián

Desnivel
Madrid, 2005
192 páginas
13,50 euros

Gracias por existir


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Publicada por primera vez hace unos cuantos años en una de esas editoriales que se rigen por criterios periodísticos, es decir, para las que una obra pierde su vigencia con la celeridad con que una noticia desplaza a otra en la cabecera de los telediarios, Desnivel rescata este texto para que conste que merece estar entre los fondos de cualquier biblioteca. También de las particulares.
Juanjo San Sebastián es un alpinista que frecuenta toda clase de aventuras, desde la escalada de paredes norte al boxeo aficionado, desde el vuelo sin motor hasta las grandes alturas. Cargados de prejuicios, uno puede pensar que un tipo duro, un superviviente del Himalaya, apenas ha tenido tiempo para cultivarse o para educar su sensibilidad. Y uno puede engañarse. Estamos ante un escritor que se emociona ante un trago de aire. Y, por supuesto, ante la amistad y su expresión más extrema.
El libro se inicia con unas hermosas páginas acerca del aprendizaje y el sufrimiento. Remontándose a su infancia, Juanjo asocia los hechos que moldearon su vida con el tipo de dolor que le produjo. Y ese aprendizaje le resultará imprescindible no sólo para superar la pérdida de algunos de sus dedos tras un escalofriante episodio en el K2, sino también la amputación interna, la más dolorosa, de la pérdida de un amigo que fallece en sus brazos. Y así, a lo largo de las siguientes páginas, en las que detalla los sucesos que se precipitaron en las alturas, los vivacs por encima de ocho mil metros, la dureza de la escalada, las inclemencias meteorológicas, el desfallecimiento, los accidentes, la flaqueza y los encuentros, Juanjo San Sebastián va refutando ese tópico de la conquista de lo inútil con el que se ha calificado con frecuencia a este tipo de aventuras, y que los propios montañeros han hecho suyo. El contenido del libro, en realidad, es elogiar la versión más pura de la utilidad: lo inútil no es lo opuesto a lo práctico, y nadie con una mente armada para lo práctico se lanzaría a trepar cuatro mil metros de pared en una región empobrecida por el oxígeno; lo inútil es lo opuesto a lo útil, y nada hay más útil que vivir. Ese es el objetivo de este libro, demostrar que se está vivo, que se ha vivido. De ahí que se escoja a la amistad como el reflejo más caro del sentido de la vida. Juanjo debe de pensar, como Joseph Conrad, que la mayor de las virtudes humanas es la lealtad.
Resumamos el contenido del libro: grabando un documental para Al filo de lo imposible, cinco alpinistas afrontar la vertiente norte del K2. Dos de ellos hacen cima y descienden, y unos días más tarde, Atxo y Juanjo hacen cima a su vez. En el descenso se ven atrapados en una tormenta y un accidente les separa. Juanjo corre mejor suerte y puede refugiarse en un campo de altura, mientras Atxo afronta su tercer vivac. Sabiendo que es casi imposible que sobreviva, y a riesgo de su vida, Juanjo llega hasta Atxo mientras dos de sus compañeros acuden en su ayuda subiendo desde el campo base. Otro montañero, un italiano, renunciará a la cumbre del K2 para estar junto a ellos las últimas horas de vida de Atxo. Todos actúan bajo una idea no revelada: que Atxo no se sienta solo.
Cita con la cumbre es un libro elegíaco, escrito por un montañero que carece del don poético de la metáfora pero que, milagrosamente, elude caer en la sensiblería apocada. Es un libro para todos, es un homenaje a lo mejor del hombre: “No me ocurre lo mismo con Atxo, ni con unas cuantas personas a las que he perdido en estos últimos años, cuyo vacío puedo conservar ahora, exento de dolor. Si se pudiera inventar alguna clase de estimulador o artilugio que llenase esos huecos, no me lo pondría jamás”.



martes, 5 de diciembre de 2017

BAJO LOS CIELOS DE ASIA

Lho Gyelo. La victoria de los dioses (II)



“Cada bocanada de aire duele, porque te recuerda que estás vivo”.
La frase es una de las últimas que escribió Iñaki Ochoa de Olza (Pamplona, 1967 – Annapurna, 2008). Y contiene una extraña asociación entre saber vivir y el imperio del dolor. Entre la necesidad de emocionarse, aunque sea mediante el daño, y el único objetivo que tiene materializarse en lo que somos, que es caminar. Porque resulta posible vivir sin ojos, pero no sin una ruta. Y tampoco sin compañeros. Esa es la gota de sabiduría que se desprende de la lectura de las memoria de Iñaki Ochoa de Olza, centradas, casi en su totalidad, en los episodios más significativos de las aventuras que vivió, o le vivieron a él, en el Himalaya. De ahí que relate de expedición en expedición, y de pérdida en pérdida. Su filosofía es clara: sin arriesgar algo es imposible ganar algo o, dicho de otra manera, o protagonizo con intensidad mis pasiones, o me transformo en un no vivo.
Tras una breve reseña de su juventud pirata, idealizada, porque rememorar también es soñar, Iñaki deviene un pájaro, un espíritu de acción obsesionado por la libertad. Y para él la libertad es soltar lastre y seguir caminando. La libertad es no poseer, no apegarse a nada y sentir lo salvaje. Pues en lo salvaje se encuentra algo que uno se atrevería a llamar la verdad. O al menos una verdad con más certezas que lo opuesto a lo salvaje, y que es la subsistencia en las urbes y sobre esa materia que segregan las urbes que es el asfalto, un paraje donde las relaciones humanas se acomplejan, hasta el extremo de que resulta complicado sobrepasar el contacto superficial. “Esta lluvia que no para de caer es como la misma felicidad que experimento: voluble, caprichosa, pero al mismo tiempo real y profunda”, comenta mientras marcha por los valles de Nepal.
“Y el que se va a bajar del avión es otro hombre”, explica, después de regresar de una de sus aventuras. Y esa sensación, como sabe cualquiera que haya experimentado un viaje, es una droga bastante exquisita. Porque implica a tu amor propio, pero te hace renegar de la vanidad. Este es un debate que subyace entre las líneas de tanta descripción de expediciones a las grandes alturas. Donde resulta que lo que le hace crecer no es sólo la lluvia o la respiración, sino la presencia del otro. De ahí que la integridad de Iñaki se exprese a través de la búsqueda de personas dignas. Gente que no es mejor y no se cree mejor, pero son solidarios. Gente que no se acobarda, que sale al ruedo a vivir. Y el que apuesta por vivir, vive. “Ahora Atxo es mi hermano, mis manos, mi oxígeno”, escribe sobre el desaparecido Atxo Apellániz, en una hermosa metáfora de lo que significa ser un compañero de cuerda.
Intenta “encontrar el camino de menos resistencia, pues nada menos que eso es la escalada”, sostiene. Y entonces uno se pregunta cuánto hay de meditación en este libro de aventuras. Y le va saliendo al paso la manera de entender la vida de Iñaki, donde la realidad es el aquí y el ahora, donde se presta atención a cada bocanada de aire, donde la vida se reduce a lo sencillo. Donde se aprende estando alerta y se busca aprender. Una vida en la que los huecos estén llenos, porque la forma es vacío y el vacío es forma, como formuló Lao Tsé. En la que se renuncie al espíritu de batalla, al conflicto. Una vida en la que se dimita del pecado del reconocimiento social para alimentar el ego, porque se es consciente de la nula importancia que tiene para los demás los récords que uno bata. Porque transformar las expediciones a la montaña en un deporte, en una competición, es meter al diablo en el cuerpo. Todo esto nos lleva a valorar a Iñaki no como el gran alpinista que fue, sino también como un ser humano, un espíritu libre, un nómada, un maestro zen, alguien experto en el arte de conocerse a uno mismo. De ahí su anhelo por trepar, por estos lugares tan eternos, “por encima de las nubes, donde un hombre de coraje puede encontrar los límites de su alma”.

(Fuente: La línea del horizonte)



Bajo los cielos de Asia. Iñaki Ochoa de Olza. Saga editorial, 2010. 353 páginas. 24,50 euros.