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jueves, 15 de marzo de 2018

KURTYKA

Kurtyka. El arte de la libertad

Bernadette McDonald

Traducción de Rosa Fernández Arroyo
Desnivel
Madrid, 2018
325 páginas

El mundo del alpinismo le debe la vida a Voytek Kurtyka. El subtítulo que acompaña a su apellido, hace referencia a un deseo de los vivos. Es decir, la libertad es un privilegio restringidísimo: solo lo poseen las personas durante un corte espacio de tiempo. Y la inmensa mayoría, cree carecer de él. Que se califique como arte, significa que hace falta ser muy creativo, porque ese sentimiento no viene como regalo en el ADN. Algo que no es totalmente cierto. Hay personas que nacieron con el don de sentirse libres hasta en un calabozo, y otras a las que les basta la piel para creer que los muros la contienen sin remisión. Lo único que sabemos, con certeza, es cuando nos sentimos libres. Y sobre ese sentimiento se podría hacer un análisis sociológico que distinguiera claramente algunos lugares: la naturaleza, por norma, ayuda a gestar la sensación de libertad con más frecuencia que la invención de Caín. Aun así, uno debe estar tocado con el don que es llevar esa sensación siempre consigo. De eso es de lo que trata esta biografía.
Bernadette McDonald nos había regalado un par de libros preciosos, corales, sobre los alpinistas polacos y eslovenos. Pura épica. Sorprendentemente, encerrado en la ciudad, encerrado en casa, en un día de lluvia, iluminado por un flexo, sabiendo que al día siguiente uno tiene que apagar el despertador para ir a trabajar, leyendo Guerreros alpinos uno se siente muy libre. Sus protagonistas son nuestros compañeros y si ellos son libres, nosotros lo somos a su lado. Quedaba por saber cuál iba a ser el planteamiento de McDonald a la hora de centrarse en una sola personalidad, en alguien con fama de misántropo, arisco pero cortés, muy exquisito a la hora de elegir compañeros de cuerda, fuerte e inteligente, y sobre todo, alguien que ha salvado vidas al innovar en el alpinismo, haciendo de él una actividad más ligera y rápida, menos expuesta, y dando a sus congéneres más ocasiones para ser libre.
Kurtyka es un hombre parco. Estrecho y preciso. Retirado a la soledad de su jardín. Pero con un bagaje alpino incuestionable. Es una de esas personas que nació para la gran montaña. Si el terreno no es vertical, el espíritu no es libre. Excepto si uno ha conseguido decantar la sabiduría de su experiencia en la escalada. Ese es el caso de Kurtyka, que a cuentagotas nos va dejando saber que para él el alpinismo es una meditación. Pensar poco, en el vacío, respirar y saberse en el mundo. Y confiar en un compañero. Este es el punto donde McDonald se muestra más respetuosa. Los vínculos que Kutyka establece con cada uno de sus amigos son de una categoría que apenas asoma en el libro. Es posible que él mismo se muestre críptico, para lo bueno y para lo malo, más aun cuando ha sobrevivido donde otros cayeron. Pero también que McDonald no quiera intuir. Apenas esboza la condición humana, en tanto que, para los amantes de las aventuras, se extiende en condiciones, con un pulso envidiable, al detallar las ascensiones más significativas del alpinista polaco.
A Kurtyka no le gusta la competición, ni los patrocinadores, ni los registros. Ha querido más a sus aventuras piratas que a las de pago. Ha sido siempre fiable y seguro, pero nunca ha dado la sensación de entregarse a fondo a los amigos. Al menos esa sensación da, que siempre ha guardado cierta distancia con Loretha, con Kukuzka, con Porter… excepto con Alex Macintyre, su alma gemela, fallecido demasiado joven. Son pocos y excepcionales los momentos de libertad que él ha conquistado. Sí, pero ha aprendido a mantener esa respiración en casi todos los momentos de su vida, de su vejez. Eso se parece mucho a la sabiduría, y la sabiduría se parece mucho al aire, que al parecer no es nada. Pero goza de toda la libertad.