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viernes, 23 de marzo de 2018

CANADÁ


El aventurero apócrifo

 Ricardo Martínez Llorca

 Cartográphica

 

Andrew me saludó con un muy perezoso “buenos días” envuelto en un tono neumático. Durante la noche anterior, yo había leído La Regenta. Me encontraba en el albergue de Tadoussac, una gigantesca casa de campo que adolece de una grave carencia de puertas que separen las estancias y dormitorios, de modo que cualquier ruido puede circular por los rincones forrados de pino negro con idéntica libertad de movimientos con que se prodigan los olores. Esa noche, un búfalo de Vancouver que dormía con un bañador de ojos estampados roncaba a metro y medio de mi litera. Roncó sin interrupción durante ocho horas, a pesar de la terapia de codazos a que le sometió su azorada mujer. Los ronquidos atestaron la atmósfera juvenil, desfigurando los segmentos de gregoriano que el coro de una facultad inglesa entonaba en la cocina, en un piso inferior, con unas voces que iban fermentando por efecto de una combinación de licores de fruta. El búfalo, con ciento cincuenta kilos de sebo abrazados a la cintura y unas descomunales fosas en la nariz en las que se veían vibrar las mucosidades sonoras, no permitió a nadie conciliar el sueño en toda la noche. Pero no le guardo rencor, porque gracias a su involuntaria hostilidad leí La Regenta. Cargué todos los cartuchos de la paciencia y abrí el libro por la página cincuenta y dos, que era donde había interrumpido mi lectura durante el viaje en autobús. Al tiempo que Ana Ozores sentía el vientre de un sapo en la boca, yo veía despuntar el día a través del ojo de buey que hacía las veces de ventana.

Recuerdo que por la mañana me lavé los dientes tres veces pensando que esa higiene me ayudaría a despejar el gusto a sopor arisco, a flema y a adulterio reverente que el tránsito de la noche había infiltrado en mi lengua. Desde los cerros próximos al río Saguenay y a su desembocadura en el San Lorenzo, acudía al villorrio la brisa mentolada que se refina en los bosques de coníferas. Los huéspedes del albergue partieron en sus coches o en bicicletas alquiladas al encuentro del origen de aquel viento muy ligero. Tan sólo una persona permanecía hundida sin condiciones en el colchón de su cama. Esa persona había llegado ayer, a última hora, y le fue adjudicado el peor lugar del albergue, el más cercano a la entrada, donde era constantemente incomodado por el tránsito de las personas. Tras una noche tan divergente, y envuelto por la ligera canícula pastosa que siempre se apodera de las lindes de las grandes masas de agua, yo sentía una galbana en carne viva que me impelía a no hacer nada; así pues, me limité a sentarme en los escalones del porche, y permití a mi mirada vagar por el césped y la quebrada línea del cielo que dibujaban los pinos sobre las lomas. En Canadá es fácil tocar el silencio vivo e inmóvil del mundo vegetal. Sé que me hubiera quedado dormido de no ser porque unas nubes finas como un velo filtraban la potencia de los rayos de sol.
Ignoro cuánto tiempo transcurrió sin que se me antojara cambiar de postura, antes de que unos pasos renqueantes hicieran crujir despaciosamente las tablas de la tarima. Andrew, demostrando ser, tal vez, el único sensato de todos nosotros, había esperado a que se despertara el búfalo para comenzar a dormir. Aunque, según supe más tarde, apenas superaba los cincuenta años, su aspecto era centenario; su cuerpo menudo no era el propio de un hombre bajito cuyo crecimiento se hubiera estancado en el metro sesenta, y cuyo esqueleto no se dilató lo bastante como para soportar una masa muscular digna de un levantador de pesas; se diría, más bien, que Andrew ya había encogido desde el tamaño mediano que alcanzó en su juventud. Tenía tantos pliegues en la cara que las ranuras de sus ojos se disimulaban como un valle más en una cordillera. Cuando más tarde pude observar su rostro con calma, comprobé que sus iris eran de una inocencia tan celeste como la que tiñe el éter de los desiertos.
Andrew me saludó con un perezoso “buenos días”, bajó al jardín, se descalzó y se estiró sin pudor para terminar de desvelarse con la cara vuelta hacia un sol tamizado. Volvió a calzarse, me saludó de nuevo, ahora con más brío, y regresó al interior del albergue mascullando. Pude oír cómo se hacía entender con una de las personas que regentaba el albergue, ralentizando su acento de Manhattan y obligando a su interlocutor a repetir una y otra vez las respuestas que articulaba en el francés de Quebec.
-Hablan un inglés perfecto –le diría yo más adelante-, y al contrario de lo que se asegura, no tienen ningún reparo en expresarse en ese idioma.
-Lo sé. Ha sido cosa mía: no les he permitido responderme en otro idioma que no sea francés, porque me he propuesto aprenderlo.
Andrew confesaría varias veces, a lo largo del día, que la gente que en Nueva York ha tenido un trabajo como el suyo no ha podido aprender casi nada, ni siquiera a cocinar. Nunca he conocido a nadie que tuviera menos vergüenza a la hora de revelar su ignorancia. Tampoco recuerdo que la justificara por falta de tiempo, que es la más frecuente de las excusas.
-¿En qué trabajas? –pregunté.
-No trabajo. Me jubilé. He sido agente de bolsa durante veinticinco años. Tanto tiempo en Wall Street basta para fundir una vida -me confesaría más tarde.
Cuando Andrew se asomó nuevamente al porche, tras un debate bilingüe que más bien pareció dos monólogos superpuestos, portaba en una mano un mapa dibujado a lápiz en el que se indicaba la ruta para llegar a la mejor pescadería de los entornos, situada en un puerto de la región en que el río San Lorenzo es tan ancho como el mar, o el mar ya se ha adueñado del río. Había que recorrer más de veinte kilómetros por la costa, llegando casi a la desembocadura del río San Lorenzo. Andrew se detuvo a mi lado, miró a su derecha, miró a su izquierda y miró al cielo, a ese lugar donde un círculo de un amarillo entumecido indicaba la posición del sol; luego se dirigió a mí:
-Voy a desayunar. ¿Quieres acompañarme?
-¿Hacia dónde vas?
-Aquí –afirmó, mostrándome los garabatos que se pintaban en el plano-, a comprar pescado aquí y comerlo junto al mar. ¿Quieres venir?
Siento la perplejidad del somnoliento.
-¿Por qué no? –respondo.
Aquel año mi situación económica había sido desahogada, y pude permitirme viajar durante unos meses por Estados Unidos y Canadá. Tracé un itinerario que me guió hacia varios puertos de mar: el pandemónium de mástiles recién barnizados que adornan el urbano muelle de la alta sociedad de Manhattan, recortándose contra rascacielos de cristal azul; el organizado y casi victoriano de Boston; el pequeño puerto de Bar Harbour, en el parque nacional de Acadia, donde la niebla recrea una atmósfera mística en la que se respira con limpieza; y varios de los situados en la costa de Nueva Escocia, una de las zonas del planeta donde los segundos caen más despacio: la pausada belleza de Lunenburg, la brumosa soledad de Blue Rocks, o la inmensidad del puerto natural de Halifax; también recorrí las costas de la Isla del Príncipe Eduardo, donde los fondeaderos confunden su dedicación a los botes de recreo con su acogida a los barcos de pesca. Hasta que llegué al puerto de agua dulce de Tadoussac, donde conocí a Andrew.
Andrew había arribado conduciendo, desde Nueva York, un Ford Fiesta de catorce años con la carrocería hecha un higo de lata. La tapicería de los asientos no era más fuerte que una gasa; no había repuesto la varilla del limpiaparabrisas que le robaron en un aparcamiento de la Séptima avenida, y se habían roto los mecanismos manuales que sirven para subir y bajar las lunas de las ventanas. En la parte posterior, sujeta al vehículo por unos amarres de bricolaje casero, una bicicleta de principios de siglo se exponía a todas las inclemencias climatológicas y al humo graso y espeso que se escurría del tubo de escape. Ningún centímetro cuadrado de la bicicleta carecía de herrumbre. Andrew intentó poner en marcha el motor del coche. Algo bajo el capó rezongó con una tos semejante al ronquido de Vancouver que no nos había permitido dormir. Andrew hurgó en unos cables forrados de cinta aislante que asomaban bajo el salpicadero. Giró la llave de contacto con una insistencia pueril y violenta. Cuando yo estaba a punto de advertirle que de seguir insistiendo quemaría el encendido, el artefacto arrancó. Tampoco funcionaba la aguja de la velocidad, y Andrew se orientaba por el indicador de las revoluciones.
-En cualquier caso –aseguraba- va a ser difícil que supere los límites de velocidad permitidos por mucho que pise el acelerador de este trasto.
Fue durante esos veinte minutos de trayecto cuando Andrew me comentó que había bregado demasiado tiempo como tiburón en Wall Street.
-Y exactamente, ¿qué es lo que hacías? –indagué.
-No sé si prefiero no recordarlo, o simplemente no hubo tiempo suficiente como para que se grabara en mi memoria.
Me explicó que si sus cálculos habían sido correctos, sus inversiones en propiedades bastarían para permitirle vivir de las rentas sin precariedades. Para él vivir cómodamente significaba viajar en un Ford moribundo, pasear sobre una bicicleta que ya hace lustros superó la fecha de caducidad y alojarse en albergues de dormitorios compartidos donde cualquier búfalo hostil te impide dormir. El que no desea nada, lo posee todo.
-En cualquier caso –aseveraba-, los años que estuve trabajando yo no poseía mucho más, y si lo tenía no me enteraba, pues cuando se vive el mito de Wall Street no se recibe la oportunidad de ocupar la cabeza en otros asuntos.
Con los pocos ahorros que puede obtener alguien de su posición, se había comprado un apartamento en la zona baja de Manhattan, “donde te puedes alojar cuando te acerques por allí”, me invitó:
-Lástima que no lleve otro juego de llaves encima para prestártelo por si acaso llegas y yo no estoy –y a continuación me explicó cómo era su apartamento-: es una simple habitación con baño. Si te colocas en el centro y estiras los brazos, mientras con una mano tocas la cama con la otra puedes preparar una tortilla.
Mostré mi extrañeza ante un nivel de vida en apariencia inferior al que yo consideraba que debía tener alguien que había ocupado su posición social.
-En primer lugar –aclaró-, debes tener en cuenta que Manhattan es muy caro. En segundo lugar, te informo de que los agentes de bolsa ganan menos dinero del que la gente cree, pero deben fingir riqueza para mantener un estatus social tal que los clientes no dejen de confiar en él. Los clientes son, en realidad, el enemigo de los agentes de bolsa. He visto circular miles de millones de dólares por mis manos, de los cuales yo retenía una miseria. Ten en cuenta que nuestras ganancias se gestionan por comisiones, y que los clientes juzgan que el dinero que recibimos se lo estamos robando a ellos, que debería ser parte de sus beneficios, con lo cual los porcentajes de nuestras comisiones son mínimos. Nuestros clientes no se cansarían de acumular fortuna aunque nos estuvieran asesinando a mordiscos. Y si un día pierdes, el cliente te despide y se las arregla para que quedes endeudado.
Otra de las cosas para las que Andrew no había tenido tiempo en toda su vida, fue para casarse o formalizar una relación al menos durante unos meses. A lo largo de veinticinco años sólo había hecho el amor pagando y sin alternar previamente. Del único amigo del que le oí hablar fue del director editorial del Reader’s Digest.
-Lee mucho, aunque bien mirado no sé si es un hombre culto –comentó-, pero es un tipo muy informado.
Llegamos a nuestro destino, una villa portuaria dócil bajo el cielo inmenso y de un azul abierto tan característico de la tierra que se arrima al mar.
Durante las maniobras para aparcar, del automóvil se fugaron todos los ruidos de aceite y chatarra que transportaba bajo la carrocería. Me pareció que había una fragua de duendes infernales, gremlins,  masacrando los tornillos y la chapa, chapoteando en la gasolina.
En la pescadería los filetes frescos reposaban sobre un hielo picado expuesto en una configuración armónica y polar. Recuerdo mi sorpresa ante la variedad de colores que presenta la carne cruda de los pescados de la península del Labrador y la región de Terranova en estado crudo. Andrew fue señalando, una por una, todas las piezas que había sobre el mostrador, y preguntando el nombre del pez. Le envolvieron media docena de filetes en papel de estraza, al tiempo que le indicaban la dirección de un ultramarinos y la calle que debía seguir para alcanzar el malecón. En el ultramarinos compró sal y mantequilla. Nos dirigimos a la costa. No había cerros alrededor y el viento circulaba con la única libertad que posiblemente existe, y que estriba en una facilidad total para moverse por donde a uno le apetezca.
Andrew acomodó con escasa pericia una bombona de camping entre las rocas y la arena, al pie del malecón. Estrenó y enroscó un infiernillo, y probó la estabilidad de la instalación colocando una sartén sobre las varillas. Llevaba consigo un solo plato y un único tenedor.
-Esto para ti –dijo, extendiendo el plato hacia donde yo estaba-, yo comeré en la sartén.
Como el aire giraba caprichosamente, Andrew se veía obligado a cambiar constantemente la ubicación del camping gas. Cada vez que lo situaba de nuevo, equilibrándolo con piedras bajo la bombona, hacía una prueba de estabilidad con la sartén, y cada vez con mayor riesgo.
La costa formaba una pequeña bahía, y frente a nosotros un espigón de tierra se internaba quinientos metros en un mar tan tranquilo y plano como un espejo sin imágenes. Sobre el rompeolas natural se desperdigaban casas para turistas y al final del paseo, al límite del mar, donde las aguas dulces y saladas se confunden, se levantaba una grave cruz de hierro colado.
-Se está bien aquí –dijo Andrew al reparar en que yo contemplaba ese paisaje tan sencillo, hecho una cinta de horizonte. A continuación tornó a su batalla con la sartén, la mantequilla y el equilibrio. Mientras estaba cocinando no cesaba de mascullar interjecciones y tonadillas, de mascar la nada. Los trozos de pescado se migaban al pegarse a la sartén maltrecha. Preparó la mitad de los filetes, que sirvió en el plato y me regaló.
-Cómelo –dijo-, antes de que se enfríe.
Clavé una mirada perpleja en el único tenedor de que disponíamos y que Andrew utilizaba para volver en la sartén las tiras de pescado.
-¿Miras el tenedor? –interrogó Andrew-. Bueno, estoy pensando que quizá sea mejor que yo disponga de él y que tú comas con los dedos. Me quemaría si intentara coger la comida directamente de la sartén.
Entonces vi cómo Andrew se apartaba repentinamente del infiernillo, y pegaba un salto que le hizo tambalearse. Andrew saltó a tiempo, justo antes de que la mantequilla encendida cayera sobre sus pies, cuando la bombona terminó por vencerse y nos sorprendió en un volteo que malogró una excelente pieza de un animal marino cuyo nombre ignoro. La carne del pez se embadurnó de arena. Andrew exclamó en unos murmullos como graznidos lenes, maldiciendo con todas las imprecaciones que se encuentran en los diccionarios de Oxford y de Harlem. Me miró, sonrió y recogió la loncha dorada y sucia. Sacudió la carne con el envés de la mano, recolectó trozos dispersos del pescado, que se había desmigado al chocar contra las piedras, y arrojó todo nuevamente a la sartén.
-Pienso comérmelo sea como sea –afirmó sin complejos y sin rencor-. No voy a dejarlo ahí –sonreía.
-¿Quieres que te cambie el plato? –ofrecí-. Al fin y al cabo, yo no tengo mucha hambre: he podido desayunar.
-Tú limítate a acabar tu ración –ordenó.
Antes de guardar la sartén en el maletero, la frotó con tierra y la remojó en las olas.
Hicimos el camino de regreso bordeando la costa para no perder la dirección que nos podía guiar hasta una gran duna que cae hacia el río San Lorenzo con un desnivel que rozaba los cuarenta y cinco grados, y que superaba una altura de más de cien metros. Es uno de los parajes más populares de la región, y los críos acudían a la playa que se encontraba en la parte de abajo para tratar en vano de ascender la montaña, con las piernas hundidas hasta la ingle en una arena parda. Los adultos preferían aparcar en la zona superior para que el viento les peinara el cabello y la nostalgia. Allí di por concluida mi conversación con Andrew, dado que los rugidos del aire no me permitían descifrar su voz de golosina vieja.
Una vez que retornamos al albergue de Tadoussac, Andrew me sugirió una despedida mientras descolgaba la bicicleta de los anclajes.
-Si no te importa –dijo- voy a dedicarle un rato a mi bicicleta. Hace mucho que no practico y estoy fuera de forma, por eso quiero que este aparato no se me resista mañana. Voy a ir tan lejos como pueda.
Le vi sacar un estropajo de la guantera y frotar las ronchas de óxido que se acomodaban desde hace lustros sobre el cuadro de la bicicleta como musgo que en otoño se apodera de las rocas. Imaginé qué tipo de óxido debía ser aquel, generado en el aire salino y poluto de Nueva York.
Aproveché esos instantes de la tarde para acercarme a la boca del único fiordo que existe en América del Norte. En verano las ballenas arriban a Tadoussac y remontan el fiordo al encuentro de masas del placton que se reproduce en agua dulce. Llegué a tiempo de ver los lomos de nata de las belugas y los chorros de aire de una familia de ballenas grises. El cielo se había abierto, y decidí permanecer allí sentado en tanto que el sol se extendiera sobre las superficies de las lanchas de roca que cubrían las orillas y, del agua tranquila, interrumpida aquí y allá por colinas del cuerpo de las ballenas. Los espectadores nos dejábamos lamer por un calor tardío y muy tierno.
Volví al albergue con el estómago convenientemente sacudido para la cena, y encontré a Andrew concentrado en una disputa de ajedrez de la que él no era sino un espectador. Al finalizar la partida, Andrew pidió permiso para ocupar la plaza que dejaba libre el derrotado. Pero en lugar de colocar las figuras en disposición de iniciar una nueva partida, las dispuso como si el juego se hubiera desarrollado en gran medida.
-Aquí es donde él cometió el error –explicó mientras señalaba al jugador vencido-, moviendo este alfil. Debería haber sacrificado este caballo.
Su rival aceptó el desafío de retomar el juego allí donde Andrew insinuaba, y perdió en nueve movimientos.
-Hola Ricardo –me saludó Andrew-. ¿Quieres jugar?
-No, lo siento. No me atrae el ajedrez. Quizás es porque soy muy malo, o quizás porque me aburre, y me aburre porque no soy lo bastante inteligente.
-Confundir la inteligencia con jugar al ajedrez es un disparate –me aleccionó Andrew, y por primera vez sus palabras, al adquirir una función docente, se transformaron en vocablos inteligibles, bien articulados-. Esto es una banal actividad de tácticas. Yo apenas he jugado al ajedrez en mi vida, y si lo hago bien no es porque sea inteligente, que no lo soy, sino por su semejanza con la especulación en bolsa.
Andrew quedó enfrascado en otra partida mientras los demás nos dirigíamos al comedor. Esa noche me acosté pronto para madrugar al día siguiente, alquilar una canoa y acercarme al lago más próximo, donde viven castores. El búfalo de Vancouver había partido y caí en un sueño profundo sin tener tiempo para asomarme a ninguno de los libros que me acompañaban. No volví a ver al agente de bolsa retirado. Si la cualidad que se le supone al aventurero es el valor, el mesurado arrojo hacia lo ignorado, Andrew era, sin duda, un aventurero, porque a pesar de haber conocido las cloacas del dinero y la especulación su espíritu parecía mantenerse tan virgen como el de un monaguillo. Y, sin embargo, su imagen no puede estar más alejada de la del viajero corajudo. Su aspecto anciano, recorriendo el mundo en un Ford Fiesta marchito, o como un caballero caduco sobre una bicicleta decimonónica, haciéndose entender con su acento de goma ajada, sus escasas tablas para orientarse en otro lugar que no sean las calles aritméticas de la Gran Manzana, el poco protagonismo que hincha sus pulmones, me hacen pensar en que él es la versión más disimulada que uno puede encontrar de un aventurero. Carecía de muchas cosas, pero no de valor. Lejos de los mitos arrogantes, de la audacia y la temeridad, Andrew era, entre los nómadas, un aventurero apócrifo, por el sencillo hecho de que se negaba a considerarse a sí mismo un aventurero.