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martes, 17 de marzo de 2026

CUANDO TODOS SABEN QUE TODOS LO SABEN...

 

Cuando todos saben que todos lo saben…

Steven Pinker

Traducción de Pablo Hermida Lazcano

Paidós

Barcelona, 2026

357 páginas



 

En la conciencia, pero escondido, guardamos al niño que gritó que el emperador estaba desnudo. La diferencia entre nosotros y el protagonista del aviso es un océano de capas, esas que van formando la principal característica de la conciencia, que es la que se forma por pactos sociales, por pudores sociales y por la necesidad de no hacer daño mientras convivimos. Pero para no caer en el desánimo, de vez en cuando debemos profundizar en la conciencia para asegurarnos que ese crío todavía habita allí, aunque sea muy al fondo. Si se nos ocurre sacarlo a la luz, señalar que tal vez algún emperador esté desnudo, nos encontraremos con una marea social censurándonos, con aquellos que perdieron buena parte de su sinceridad por no bucear hasta su crío a la hora de revisar la conciencia.  Pero en algún momento, todos debemos darnos cuenta de que el emperador está desnudo y darle la razón a quien lo pronunció, aunque luego decidamos que hay que meterle en la cárcel.

El asunto del cuento de Andersen sirve para iniciar este ensayo de Steven Pinker (Montreal, 1954) acerca del conocimiento común. En primer lugar, Pinker debe definir en qué consiste este conocimiento común, para lo cual recurrirá, con frecuencia, a la enumeración sin fin: yo sé que tú sabes, y tú sabes que yo sé que tú sabes, y yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes… No importa, nadie se detiene tanto en ello. Pero no es un mal principio para estudiar el conocimiento común en un mundo hiperconectado, en el que no cesamos de recibir estímulos que buscan la alta intensidad en tiempo corto. A mayores, están los riesgos de las falacias o la hipocresía, de las censuras, de las ambigüedades, de las tensiones entre la expansión agresiva de nuestro conocimiento para promover el entendimiento y el mantenimiento de conocimientos privados. La intención de Pinker será la de intentar explicar cómo preservar cierta armonía humana, que debería ser inherente a nuestra condición.

Partiendo del hecho de que lo que nos hace sociales no es el enfrentamiento, sino la cooperación y coordinación, Pinker elabora un ensayo muy entretenido, en el que da la sensación de estar manejando todo el rato paradojas y juegos de lógica, aunque si nos detenemos a analizar sus tesis, resultará que eso se refiere solo al aspecto, porque hunde su estudio en el conocimiento humano, en intentar explicar parte de la humanidad que nos compone. Hay que decir que en el texto subyace la idea de lo complicado que puede resultar entenderse, al tiempo que navega entre el éxito que es haberlo hecho. El optimismo es parte del proyecto de Pinker, y eso se agradece. Ese optimismo se basa en lecturas, estudio, experimentos psicológicos, y un sinfín de buenos ejemplos que ayudan a hacer del ensayo algo bastante divulgativo. Pinker siempre ha sabido cómo dirigirse al lector para hablarle de las cosas que le afectan o que el lector considera, durante la lectura, que son las que le afectan. El efecto que consigue es el de encontrarnos, por fin, con una cabeza bien estructurada que nos ayuda a poner orden en lo aprendido y en las intuiciones que deberían pasar a formar parte de lo aprendido. Algo que se hace imprescindible cuando nos encontramos con que la comunicación, que conviene tener a buen tono para facilitar la cooperación y la coordinación, pasa por textos, subtextos, lenguaje no verbal, segundas intenciones, todo esto que podría separarnos, y a pesar de ello forman parte de lo común. Pinker vuelve a acertar con este sugestivo ensayo.

sábado, 23 de agosto de 2025

POR EL RÍO

 

Por el río

Olivia Laing

Traducción de Nuria de la Rosa Regot

Paidós

Barcelona, 2025

254 páginas


 


Las ideas con más valor se suelen formular a modo de preguntas: ¿Y acaso no es necesario disolver el yo si se quiere ver el mundo desprotegido?». Eso expresa Olivia Laing (Buckingamshire, 1977) mientras viaja siguiendo el cauce del río Ouse, el mismo en el que se sumergió Virginia Woolf cuando decidió que vivir no tenía sentido. El viaje que describe convive al mismo tiempo de los fantasmas de la escritora y de la naturaleza con la que todavía se puede convivir en las riberas de los ríos. El tono que brotará de la inteligencia y la sensibilidad de Laing nos invita a haber querido acompañarla en el viaje, pero nace, esencialmente, de un espíritu contradictorio, algo así como de «los deseos irreconciliables de la soledad y la compañía» que también están presentes en la literatura de Virginia Woolf. Esta vida contradictoria es la misma que está presente en la vida de la escritora, sobre la que se vuelve una y otra vez a lo largo de estas páginas, pues la lectura de cabecera de Laing serán los diarios de Woolf. Aunque no será la única referencia presente: por ahí circula Kenneth Grahame y las criaturas de El viento en los sauces, por ejemplo, o la depresión melancólica de Irish Murdoch. En realidad, cuando Laing sale de la descripción del viaje, no se molesta en ocultar las costuras, dejando al lector la tarea de asociar lo que uno ve con lo que uno sabe o siente.

La base, tanto de las lecturas como de la observación, de lo que transmite Laing es la necesidad de prestar atención. A partir de ahí, a partir de considerar que el mundo es un sitio donde hay millones de cosas que descubrir, brotará este espíritu que contiene casi toda la literatura de Laing, esa poesía en la que el estudio contribuye a construir la sensibilidad. Es cierto que lo que uno ve es lo que uno sabe, pero también que uno no cesa de cambiar lo que uno sabe y, en las mejores ocasiones, incluso incrementarlo. Para ello lo mejor es viajar sin prisa: «Unas veces, el caminante solitario siente que vuelve atrás en el tiempo, y otras, que se encuentra en el umbral de un mundo distinto, aunque es imposible adivinar si se trata del cielo o del infierno». Ni los regresos en el tiempo ni los umbrales son sitios donde uno va a encontrar certezas. Como no lo es la naturaleza, a no ser que uno sea biólogo. A la hora de la verdad, una disciplina como la historia natural, a la que también acude Laing de vez en cuando, con lo que mejor se relaciona es con la magia. Los mitos, las leyendas y los cuentos están más cerca del mundo secreto de la mente que las taxonomías científicas.

En ese mundo secreto se esconde, además, un sentimiento tan trágico y conmovedor como es la aflicción, que parece ser el que caracterizó a la vida de Virginia Woolf. Para intentar comprender, mientras uno trata de conocer, mientras busca el contacto con los recodos sanos de la naturaleza que van quedando, la única pauta imprescindible es la soledad. De hecho, aunque a lo largo de los días que dura el viaje Laing menciona encuentros, en ningún momento aparece un diálogo, ni siquiera un saludo. Si los hubo, Laing parece querer obviarlos para que en el texto sólo aparezca aquello que ella considera que de verdad nos construye, y que tiene que ver con el pasado, con la memoria, y con ir haciendo memoria como quien hace alma. Que es el objetivo final de esta obra. Como siempre, Laing demuestra que es una de esas escritoras que nos ayudan a sentirnos más humanos. ¿Qué otra cosa merece más la pena?


Fuente: Zenda

 

martes, 9 de abril de 2024

DOPPELGANGER

 

Doppelganger

Naomi Klein

Traducción de Ana Pedrero e Ignacio Villaro

Paidós

Barcelona, 2024

461 páginas

 



El proyecto de Naomi Klein (Montreal, 1970) pasa por la certeza de que las sociedades son porosas y están interconectadas. Frente a las tendencias actuales de supervivencia económica, frente al darwinismo social, Klein tiene plena fe en los conceptos básicos de comunidad. Ella misma describe su labor de investigación y denuncia como «reconocimiento de patrones», contra los que pide una revolución sin agresividad, un cambio de paradigma, centrado, siguiendo el consejo de John Berger, en la calma «para atemperar el caos que reina a mi alrededor, en mi propia mente y también en la de mis lectores», confiesa. Por lo que ella aboga es por la inteligencia sensible, y esta sólo puede venir si el caldo sobre el que trabaja contiene todos los ingredientes, si conocemos cómo funciona este planeta, que tiene una innegable tendencia al embrutecimiento, donde las palabras se están sustituyendo por gruñidos. En esta ocasión el detonante de su libro es una confusión de identidades, en la que se implica otra escritora, Naomi Wolf, que es una activista de posturas que pertenecen a lo que hoy conocemos como la derecha institucional. La descripción que hace de su doble intenta ser respetuosa, pero no es improbable que se interprete como una caricatura: en cualquier caso, es un asunto serio, pues ya no existe forma de separar lo serio de lo ridículo, que conviven como animales simbiontes.

Lo terrible del tema del doble, del doppleganger, es que las naciones y las culturas también pueden tenerlo, facilitando, al igual que la convivencia de lo serio y lo ridículo, la convivencia de lo democrático y lo autoritario, de lo secular y lo teocrático, de lo pluralista y lo fascista. Klein pretende la calma, Wolf la agitación. Por regla general, pensaríamos que una representa a la izquierda institucional y la otra a la derecha reaccionaria, y es cierto que se oponen en los dos lados de la balanza, pero lo que nos expone Klein en todo momento es que entre lo bueno y lo malo lo mejor no es lo regular. La mayoría estamos acostumbrados a los ritmos y los hábitos del lugar del que venimos, de ahí el desconcierto cuando comprobamos cómo nuestros seres queridos se comportan de manera desconocida, orientando sus pareceres por el principio de si ellos creen esto, yo tengo que pensar lo contrario.

Klein entra de lleno en la forma en que construimos la realidad, o para ser más exactos, las dos realidades con las que convivimos: la tangible y la virtual. Nos habla de lo capcioso que es la generada en redes, la anónima, a la que poco le importa la convivencia pues en lugar de conectarnos lo que consiguen es extraer algo de nosotros. Estudia qué miedos y rabias se explotan en la economía de la atención, para tratar de colocarse en la mente de otros, para entender cómo funcionan los resortes de cabezas cuya mayor representación es uno de los colegas de su doble, Steve Banon. A provechando las situaciones que surgieron durante la crisis del COVID, analiza cómo se crean verdades alternativas y concede a la gente el derecho a creérselas, mientras expone algo que ya ha sido todo un clásico en la historia de las corrientes fascistas: el robo del lenguaje de la rebelión, sin la apropiación de las auténticas causas de justicia. En realidad, en su proyecto por conseguir calma, se preocupa por el envenenamiento consecuente a la polarización: ¿hay algún síndrome que explique este fenómeno que divide a una sociedad en dos facciones opuestas, cada una de ellas convencidas de que la otra ha sido sustituida por su doppelganger? «Nosotros pataleamos, ellos abrazan». «Es como si, en cuanto el mundo del espejo encuentra un problema con algo, eso mismo dejase automáticamente de importar fuera de él», dice.

Y al fondo está el asunto que más ha venido reivindicando Klein desde No logo hasta Esto lo cambia todo, pasando por La doctrina del shock, que es la estructura que sirve para salvaguardar los intereses de los poderosos. Aquí estudiando cuál puede ser el proceso que sigue una sociedad hasta convertirse en su doble fascista, un mundo tacaño cuando se trata de ayudar, que sucumbe a las tendencias conspirativas, en el que los haters siempre verán en ti un representante del grupo que desprecian, en el que «tú no eres tú; eres tu doble étnico, racial o religioso, y no puedes desprenderte de ese doble porque no lo creaste tú». De nuevo lúcida, Naomi Klein vuelve a construir un libro que no importa, un retrato que nos afecta, una obra que nos explica. Doppleganger es un ensayo magistral.


Fuente: Zenda

jueves, 26 de octubre de 2023

OBRAS ESENCIALES

 

Obras esenciales

Michel Foucault

Paidós

Barcelona, 2023

1095 páginas

 


Noam Chomsky llegó a decir que Michel Foucault le pareció una persona amoral, porque no entendía su rechazo a la posibilidad de que existiera una moralidad universal, a su rebelión contra la idea de que el concepto y las estructuras de justicia pudieran estar arraigadas en la razón humana, sosteniendo que no existe la naturaleza humana fija, y por tanto no existen facultades humanas ingénitas. Las estructuras innatas frente a las estructuras sociales fue el tema del debate que mantuvieron en 1971. «Me parece que la verdadera tarea política en una sociedad como la nuestra es criticar el funcionamiento de las instituciones, que parecen ser a la vez neutrales e independientes; criticar y atacar ellos de tal manera que la violencia política que siempre se ha ejercido oscuramente a través de ellos sea desenmascarada, para poder luchar contra ellos», sostuvo Foucault.

Crítico con las instituciones sociales, crítico con la medicina, con las ciencias humanas y con los sistemas de internamiento, estudioso de la sexualidad humana, Foucault no cesa de aportar dudas y convicciones, convenciéndonos de que ambos son lo mismo. Dudas porque aporta ideas que hacen tambalear nuestros prejuicios. Convicciones porque tras su lectura, esas ideas son difícilmente rebatibles desde el momento en que nadie duda de que el poder es un ejercicio, es conocimiento y es discurso. El pensamiento de Foucault se centra en el ser y en las relaciones que se establecen entre seres, y está fundamentado en la observación crítica de la actualidad, de la sociedad, del mundo contemporáneo. En su estructura de pensamiento el cambio resulta un engranaje inevitable, pues trabajar sobre la realidad le obliga a uno a modificar sus esquemas en tanto la realidad es móvil y la comprobación de los juicios la altera todavía más. Lo importante, a su juicio, era ser mejor al final de lo que uno era al principio. Su obra, confesó, está concebida como una caja de herramientas donde cualquiera puede buscar la adecuada para profundizar con ella en su propia área de conocimiento.

«Lo que hago es la historia de la manera en que las cosas se problematizan; es decir, la manera en que las cosas se vuelven problemas», su intención, por tanto, no es tanto decir algo que no se ha dicho como indagar en lo que está presente, pero a lo que prácticamente nadie presta atención. Al contrario que la mayoría de los pensadores, la mayor parte de su obra no se concentra en lo que puede aportar a una enciclopedia, sino en universos más periféricos, y hasta microscópicos, en las cárceles, en los internados para enfermos mentales, en las escuelas. Indaga en la locura, en las fallas del sistema legal, en la reclusión. Era un intelectual incómodo. Para él no existían los saberes que no fueran fruto de determinadas condiciones de posibilidad, de determinadas prácticas sociales, marcadas, a su vez, por las características de cada época. Los sistemas de ideas, dentro de los cuales nos creemos libres, se manejan dentro de un ambiente condicionado por circunstancias que deciden dónde concentrar los esfuerzos, cómo elaborar una escala de lo que debe ser conocido y lo que no. Preocupado por el concepto de poder, Foucault sostuvo que no era un ejercicio piramidal el que se imponía, sino una serie de relaciones de fuerza múltiples, porque el poder es ubicuo y está presente en cada gesto y recodo del entramado social, en los espacios productivos, en las organizaciones políticas, en los vínculos familiares, en cualquier institución. El poder conllevará, eso sí, ejercicios de resistencia entrelazada. Se rebeló contra la inscripción de la ley en las almas a través de la disciplina, que es un invento de la sociedad contemporánea para sustituir al miedo al castigo que evita que cualquiera se salga de la norma, que no respete los sistemas jerárquicos ni las normativas. Pero ¿cuál es el fin de esta disciplina? Sin duda la productividad y el pensamiento metódico adaptado a la sociedad, sea del corte que sea. Observar, seguir, medir, clasificar, jerarquizar… son verbos que atañen a la normalización de los integrantes del cuerpo social, formas de saber que configuran situaciones de poder, donde se puede administrar y controlar los procesos vitales. Hoy en día, los sistemas de vigilancia atraviesan lo digital, creando una sociedad controladísima donde la disciplina se impone a través de la seducción, el consumo, la seducción, y añoramos saber qué opinaría Foucault al respecto.

Foucault fue uno de esos pensadores que encienden la linterna dentro de la cueva para que podamos seguir huellas que nos orientan hacia la salida. Sobre todo en lo que atañe a sus diagnósticos acerca de las formas secretas del poder, más que en lo relacionado con el relativismo sexual, que fue su otra gran dedicación. El poder, que tanto lo obsesionaba, y que tanto debería obsesionarnos a nosotros, se refiere a cualquier actuación directa de autoridad, a las relaciones de dominación, que están ligadas a lo económico, a lo familiar, a lo productivo. Lo que le interesa a Foucault es el sistema de dominación: conocerlo supondrá poder rebatirlo, aunque los intelectuales, cree, también forman parte del sustrato del poder, son, en buena medida, su conciencia. Al fin y al cabo, el uso del lenguaje se interpenetra con las relaciones de poder, y ayuda a legitimar órdenes específicos de autoridad.

Si alguien afirma que no existe la objetividad, no podemos considerar que su sentencia sea objetiva. En esta paradoja se centran las críticas que se han hecho al pensamiento de Foucault. Pero la misma paradoja hace de quien emite la frase, conociendo su debilidad, un seductor. Esa capacidad de seducción, que volvemos a encontrarnos en esta nueva edición de sus Obras esenciales, hace que la lectura, o la relectura, sea obligada, no diremos necesaria, pero sí muy conveniente.

martes, 25 de enero de 2022

EL LIBRO DE LA ESPERANZA

 

El libro de la esperanza

Jane Goodall y Douglas Abrams

Traducción de Antonio Francisco Rodríguez Esteban

Paidós

Barcelona, 2022

270 páginas

 



“Me sorprendió descubrir que la esperanza es muy diferente al deseo o a la fantasía. La esperanza conduce al éxito futuro de una forma que la ilusión no consigue. Aunque ambas implican pensar en el futuro con una rica imaginación, sólo la esperanza nos incita a una acción dirigida al objetivo deseado”.

Durante docenas de páginas, Douglas Abrams busca la definición de esperanza que se adapte a lo que Jan Goodall propone: algo en positivo. Esperanza es, en buena medida, un término traicionero. Basta recordar el mito de Pandora: cuando abrió la caja escaparon los males para esparcirse por la Tierra; excepto la esperanza, que es el que guardó para sí, el que conservan los hombres, el que estaba al fondo de la caja. ¿Por qué? Según algunas interpretaciones, porque se trataba del peor de todos ellos. Los griegos identificaban la esperanza con la resignación, que es un mal que conduce a la inmovilidad. Sin embargo, Goodall se empeña en hablar de una emoción que nos conduce a sacer lo mejor de nosotros mismos y ponernos manos a la obra. Todo lo contrario a la esperanza griega y más parecido, en ocasiones, a los resultados que provoca la desesperación: nadie va a sacarme las castañas del fuego si yo no lo intento.

Lo que ocurre es que los términos en los que Goodall propone actuar implican serenidad y, sobre todo, bonhomía. A lo largo de todas las horas de conversación que se reflejan en este libro, Goodall transmite calma, compasión, paciencia, capacidad de perdonar, generosidad. Tal vez esa sea la gran enseñanza, más que lo concreto, más que las reflexiones, que son bastante juveniles, bastante humildes, bastante libres y bastante cordiales. En realidad, se trata de una obra pensada para un público que necesita este tipo de empuje, para la gente que posee el fuego, para la juventud, a la que tanto admira nuestra primatóloga. Pero nosotros tenemos que pensar en ellos. Es posible que no tengamos la energía, pero sí los fundamentos.

Y son necesarios para actuar sobre los cuatro pilares de maldad que Goodall denuncia como remediables, pues está convencida de que estamos a tiempo: mitigar la pobreza para no esquilmar el planeta, limitar el estilo de vida insostenible que tienen los ricos y quienes los imitan, eliminar la corrupción y afrontar los problemas derivados de la creciente población humana y su ganado. Goodall nos va hablando de una ética sencilla, en la que será el individuo el que modifique el curso de la Tierra, que es un barco que se aproxima a un iceberg. Los cambios serán a partir del individuo, porque Goodall cree en las personas, y no tanto en los Estados.

Estos fundamentos se van retratando con un toma y daca de situaciones, anécdotas, datos y experiencias, en las que la biografía y lo vivido por Goodall se combina con las de su entrevistador, Douglas Abrams, que intenta no ser ajeno a las bondades y los mensajes que transmite la científica. En este caso, comprobaremos que ciencia y humanismo hacen música dentro del mismo enjambre. Y la observación, la inusitada capacidad de observación de Goodall, que se nos antoja una buena forma de meditar. Estamos frente un libro bueno, en el buen sentido de la palabra bueno.

lunes, 15 de noviembre de 2021

RACIONALIDAD

 

Racionalidad

Steven Pinker

Traducción de Pablo Hermida Lazcano

Paidós

Barcelona, 2021

535 páginas

 


A Steven Pinker (Montreal, 1954) le encantaría aquella historia que contaba Stendhal:

Un hombre regresa antes de lo previsto a su hogar y se encuentra a su mujer en la cama, haciendo el amor con otro hombre; la mujer empieza su respuesta con el consabido “no es lo que parece” y comienza un diálogo en el que a medida que transcurren los minutos ella va olvidando el susto para ser presa del furor; tras varios minutos, termina por gritar al marido: “Crees más a lo que ves que a lo que yo te digo. No te lo perdonaré jamás”. La historia lleva al límite la irracionalidad convertida en un argumento racional. Se trata de un ejemplo de disonancia cognitiva y sus resultados: cuando dos ideas entran en conflicto y sabemos que hemos ejecutado la peor, tenemos que encontrar un razonamiento que nos ampare, que nos permita seguir respirando por mucho mal que hayamos hecho. De hecho, son los prejuicios, algo que uno se siente tentado a llamar emociones preconcebidas antes que ideas preconcebidas, los que imponen el sentido irracional sobre el que versa este maravilloso ensayo. En realidad, lo que se esconde detrás de la persistencia de algo que cualquiera que no tengamos el estilo de Pinker llamaría estupidez, es la idea de secta; necesitamos que nadie nos mueva los pilares de lo que creemos que tanto nos ha costado pensar, de lo que creemos que es nuestro humus, para sentirnos seguros: en caso contrario, nos veríamos como desamparados, como parias, nos sentiríamos exiliados de un reino que sólo se ha creado en nuestra imaginación. Pero cuando todo lo demás falla, la imaginación seguirá acompañándonos. Así pues, le debemos la mayor de las obediencias.

Estos prejuicios sostienen el deseo de los individuos de salirse con la suya o de actuar como sabelotodo, imponiéndose al deseo de aprender que, deberíamos aceptar, muchas veces para por intentar comprender los argumentos del otro: “nuestra capacidad de razonamiento está orientada por nuestros motivos y limitada por nuestros puntos de vista. (…) Así pues, la imparcialidad es también el núcleo de la racionalidad: una reconciliación de nuestras ideas sesgadas e incompletas con una comprensión de la realidad que trascienda a cualquier de nosotros. Por tanto, la racionalidad no es solo una virtud cognitiva, sino también moral”. Es fácil suponer, dado el argumento y mirando a nuestro alrededor, que esta parcialidad que mostramos está sesgada por varios criterios -de edad, de religión, de clase social-, pero que el que se impone es el sesgo de pensamiento político de izquierdas o de derechas -o de izquierda parlamentaria y derecha parlamentaria- hasta el punto de mostrarse totalmente excluyentes. Ese riesgo hacia lo irracional es la conclusión sobre la que trabaja Pinker.

Previamente, nos ha desmenuzado el concepto de racionalidad en un ensayo que es tan divulgativo como científico. Cada apartado de lo que podría componer la tesis de racionalidad viene justificado con una definición cabal, basada en experiencias de psicología cognitiva que rozan la filosofía, la sociología o psicosociología, y la medicina. Nos habla de qué entiende por lógica, correlación y causalidad, los razonamientos bayesianos, la probabilidad y la aleatoriedad, los ruidos y las señales, etc. Todo en función de una especie cuyo uso de la racionalidad parece tener un fin claro: “Tantos de nuestros razonamientos parecen hechos a medida para vencer en las discusiones que algunos científicos cognitivos, como Hugo Mercier y Dan Sperver, creen que tal es la función adaptativa del razonamiento. No hemos evolucionado como científicos intuitivos, sino como intuitivos abogados”.

Y aquí tropezamos con otro de los conceptos claves que esconde el ensayo: la intuición. Y su papel en la racionalidad, que tiene que ver con algo que uno se atrevería a llamar el pensamiento contraintuitivo. De hecho, una de las funciones de la racionalidad, a juicio de Pinker, es desconcertar a esta intuición con una suerte de nuevo pensamiento científico cuyo fin sea determinar la verdad. En medio de este proceso, que exige un esfuerzo casi de algoritmo, está la merma de la confianza, que es lo que nos lleva al conflicto. Estamos, de nuevo, hablando de los prejuicios y de las ideas que jamás se nos hubieran ocurrido, porque creemos que mellan nuestros prejuicios o porque nos obligan a una defensa propia de la disonancia cognitiva. Pero Pinker no desfallece: “Los principios de la psicología cognitiva sugieren que es preferible trabajar con la racionalidad que posee la gente y mejorarla a descartar a la mayor parte de nuestra especie como crónicamente incapacitada por las falacias y los sesgos. Lo mismo sugieren los principios de la democracia”. En cuanto a falacias y sesgos, Pinker demuestra su aversión por las fake news y las mentiras de gente como Donald Trump, cuyo único objetivo es incrementar el mal, lo inmoral. De hecho, este ensayo es, en buena medida, un resultado del efecto rebote de toparse con esas frases repartidas por la superficie del trozo de planeta en que habita:

“Las reglas se diseñan para dejar de lado los sesgos que se interponen en el camino de la racionalidad: las ilusiones cognitivas incorporadas en la naturaleza humana, así como el fanatismo, los prejuicios, las fobias y los -ismos que infectan a los miembros de una raza, una clase, un género, una sexualidad o una civilización. Estas reglas incluyen los principios del pensamiento crítico y los sistemas normativos de la lógica, de la probabilidad y del razonamiento empírico (…). Son implementadas entre personas de carne y hueso por instituciones sociales que evitan que los individuos impongan sus egos, sesgos o engaños a todos los demás”, sostiene, defendiendo la función de instituciones como la universidad, que es la fuente de la que extrae la mayor parte de la solidez con la que justifica sus argumentos. Si alguien sabe expresar qué necesitamos, en un mundo en el que llueven ladrillos de canto, es Steven Pinker.

viernes, 26 de marzo de 2021

EN LLAMAS

 

En llamas

Naomi Klein

Traducción de Ana Pedrero Verge y Francisco J. Ramos Mena

Paidós

Barcelona, 2021

383 páginas

 


Estas son algunas de las cosas que más se echan en falta en este mundo: la poesía, la sensibilidad, la inteligencia, la madurez, la armonía, la imaginación, el respeto, el descanso, la compasión y hasta un sentido del prójimo que se asemeje al del Nuevo Testamento. A cambio, nos presenta toda una caterva de sociópatas y versiones de la sociopatía que estamos demasiado hartos de soportar. Frente a la empatía y los mejores deseos para que triunfe lo que debería ser más humano, la bondad, la sociopatía ha impuesto sus normas y ha ido implementando sus programas de miseria planificada, que es la acertada expresión que utilizó Rodolfo Walsh. A su alrededor se ha elaborado un discurso emocional que afecta a la parte más egoísta de nuestro ADN, y en muchas personas, demasiadas, esa parte ocupa casi toda la doble hélice. De ahí que se permita imponer una explotación planetaria que acabará con la vida, sin duda, amparándose en que su oposición oculta la privación de libertades, y se entiende por libertades los derechos de posesión. En realidad, la ley de la selva que esconde el discurso neoliberal ha demostrado ser una fórmula para asesinar banalmente a la naturaleza, y a nosotros con ella.

Naomi Klein será una de las voces más representativas de quienes se niegan a ceder, de quienes reclaman que otro mundo es posible y que estamos a tiempo de alcanzarlo, pues todavía asomamos la nariz por encima de la superficie del agua. No nos hemos ahogado y a tiempo estamos de recuperarnos, de salir a flote. Pero eso supone un esfuerzo no sólo individual. De eso versan estos artículos recogidos bajo el título En llamas. Klein demuestra una fe inquebrantable en lo que ella llama la comunidad: no parece tratarse de lo mismo que el Estado, aunque bien podría ser el Estado el sistema si consiguiéramos que ésta fuera algo más que una forma de distribución de riqueza en manos de sociópatas. La comunidad sería cualquier fórmula digna en la que se organizara la sociedad con un único fin: hacer del planeta un lugar mejor. Y no sólo para uno mismo, ni para su vecino, sino también para el desconocido. Será en ese sentido en el que se refleje el espíritu del prójimo que defendía Jesucristo, ese que reflejó en la parábola del buen samaritano. Klein sigue confiando en el hombre en tanto que ser político y desconfiando en los economistas, porque éstos han demostrado una falta de ilusión que les impide ahondar en la materia gris para buscar soluciones. La fe en el crecimiento económico como fórmula única es descorazonadora, entre otros motivos por la escasa imaginación que demuestra.

Aquí va denunciando la nueva colonización, el espíritu reaccionario, la política impuesta desde arriba por administraciones como la de Trump, frente a la política real, que sería la del hombre como miembro activo de la polis, la comunidad. Reniega del paradigma económico y reconoce que sí, que cualquier estrategia para salvar el planeta del cambio climático -y por ende de todo lo demás, pues sin planeta no habrá causas de justicia- pasa por lo que se conoce como políticas de izquierdas frente al egoísmo narcisista de la rabia:

“Tendremos que reconstruir la esfera pública, revertir privatizaciones, relocalizar grandes parcelas de la economía, reducir el consumo excesivo, recuperar la planificación a largo plazo, regular e imponer impuestos contundentes a las corporaciones e incluso tal vez nacionalizar algunas de ellas, recortar el gasto militar y reconocer nuestras deudas con el sur global”.

“Tener razón sobre algo tan aterrador no le hace ilusión a nadie. Pero a los progresistas nos hace sentir responsables”.

El truco que se maneja en la bancada de la derecha es el de afirmar que cada uno es dueño de su destino, que nos labramos nuestra propia suerte. De esta manera, uno elude hasta la responsabilidad de sentir un poco de culpa por no contribuir a mejorar la situación de otro ser humano. Y mucho menos del planeta, cuando la salud del planeta depende de lo más invisible que existe, que es el aire. Pero Klein no se queda en el análisis de la perdición climática y las relaciones entre la economía y el calentamiento global; Klein reivindica el espíritu holístico de la lucha por las causas que merecen la pena, que todas ellas tienen que ver con formas de violencia, con los abusos, con la maldición de la sociopatía, y que estamos hartos de enunciar: sí existe un lado débil en cada una de las decisiones que tomamos, y es por ello que debemos tomarlas pensando en lo mejor para quien no puede defenderse por sí solo con la eficacia con la que se defienden los directivos del IBEX 35:

“El cambio climático actúa como un acelerador del muchos de nuestros males sociales (desigualdad, guerras, racismo, violencia sexual…), pero también puede actuar en sentido contrario, como un acelerador de las fuerzas que trabajan por la justicia económica y social y contra el militarismo”.

viernes, 18 de septiembre de 2020

EL AFÁN SIN LÍMITE

 

El afán sin límite

Hope Jahren

Traducción de Ana Pedrero Verge

Paidós

Barcelona, 2020

232 páginas

 


Las malas horas entre conflictos nos deberían enseñar que uno sólo debe hablar de lo que sabe. Mientras tanto, es mejor quedarse escuchando, aunque debamos armarnos de paciencia, en ocasiones, esperando discernir una palabra nueva, un nuevo concepto, entre tanta morralla. Encontrar a alguien que hable y no escupa es un valor al alza, una joya que deberíamos cuidar, algo a lo que tendríamos que agarrarnos como a una tabla de náufrago o como al tarro de mermelada de la abuela. La científica Hope Jahren (Minnesota, 1959) cuenta, desde hace unos años, con nuestro mejor aval, por su sensatez, por su prudencia, por su contundencia y por su serenidad. No es que no sea vehemente, es que no lo aparenta. La vehemencia la deduciremos de sus intenciones y su aliento, no de la pesadez y la musculatura de lo que escribe. Que, en este caso, es un alegato divulgativo, bastante general y mucho más que creíble, sobre el cambio climático.

El libro habla, fundamentalmente, sobre cómo se generó el cambio climático. Cuenta la historia geofísica y biológica del planeta, y también la intervención del hombre que, atrapado en las políticas de mercado, ha podrido la naturaleza, parece determinado a exterminar la vida, tal y como la conocemos, en la Tierra. Dicho así, no da la sensación de que nos encontremos frente a una nueva voz. Pero Jahren ha decantado mucha información para nosotros, y la ha resumido de una forma en la que es imposible no entenderla. No entra en el debate con los negacionistas, sencillamente, expresa lo necesario: “Vayamos al grano: si algún día tu vida se desmorona y lo pierdes todo, ¿a qué lugar recurrirás y regresarás?”. Sin duda, al tarro de mermelada de la abuela. Porque Jahren va de lo particular, casi de lo privado, de sus asuntos, a lo mundial, a la humanidad, en un balanceo armonioso, sin alardes y sin fallecer: “Todas las necesidades y todo el sufrimiento del mundo -sí, todo- surgen de nuestra incapacidad de compartir, no de la incapacidad de la Tierra de producir”. Y ésta es una estupenda definición del neoliberalismo, que está matando al planeta.

El libro se divide en cinco apartados: en el primero se nos habla de las reglas de la vida humana y cómo se han modificado desde los primates y, sobre todo, en los últimos años. El segundo versa sobre la producción de alimentos, sobre las invenciones y la explotación del suelo y de la carne. En el tercero se utiliza la energía, mayormente la eléctrica, para comentar qué deterioro es excesivo y cuál es inevitable. A continuación, se nos habla sobre los famosos efectos del cambio climático -como la elevación del nivel del mar-, explicando a qué se deben y qué suponen. Por último, se exponen las vías de actuación mejores para ralentizar, al menos, este sendero hacia el deterioro. De este último apartado, y flotando a lo largo del libro desde la primera página, está una suerte de espíritu de voto civil: cada vez que decidimos no encender la televisión, cada vez que elegimos el tren en lugar del automóvil, cada vez que compramos verduras en vez de pescado, estamos emitiendo un voto. La confianza en la parte humana de la humanidad, valga la redundancia, da a la voz de Jahren una consistencia y un sosiego que agradeceremos. Con el lector ha compartido esa virtud de hablar sin escupir. Y así es como mejor se aprende de lo que vamos escuchando.

domingo, 7 de enero de 2018

DECIR NO NO BASTA

Decir no no basta

Naomi Klein

Traducción de Ignacio Villaro y Ana Pedrero
Paidós
Barcelona, 2017
312 páginas

Por desgracia, tampoco basta con escribirlo. Los lectores de Naomi Klein, apasionados, consecuentes y generosos, reciben en este libro un regalo en forma de eso que se conoce como esperanza. Los últimos capítulos no están dedicados a la denuncia, sino a la propuesta. El estado del planeta ya está colapsando, con lo cual urge la actuación. No se trata de implementar políticas de reducción de consumo y emisiones de gases de efecto invernadero. No. Porque ese no, no basta. La actuación ya no puede ser progresiva ni dedicarse a ralentizar. La actuación debe ser inmediata y a escala global. Si ya están consiguiéndose avances en escala más reducida, en cuerpos políticos más pequeños que los estados, por ejemplo, eso significa que es posible. Ahora bien, la sociedad civil no puede dejar en manos de los políticos, en tanto que estatistas, las mejoras. La sociedad civil se está organizando. Al igual que se ha organizado a gran escala en diversas ocasiones, en diversos países, para la denuncia, ya existen los movimientos que fomentan el comercio de proximidad, una nueva visión de la educación, el regreso a la naturaleza, los hogares eficaces, el salario anual y universal (este todavía en deseo, pero cada vez con una voz más potente), las asambleas públicas, el apoyo a los pueblos indígenas, a la mujer, al niño, al trabajador y a todo lo que sea ecológico. La sociedad civil puede conseguir esto, pero también puede conseguir que se derriben tratados de libre comercio que son sogas al cuello de los países más pobres; que se vigile la inversión de dinero público, ahora destinada mayormente a grandes corporaciones; que el estado invierta en el ciudadano y no en barreras contra inmigrantes, fomentando la aporafobia; el fomento de una economía en la que se considere crecimiento la baja emisión de carbono, expandiendo así sectores ahora marginales, y la instauración de impuestos que graven el sector financiero o la eliminación del gasto militar.
¿Utopía? Sí. Bienvenida sea. Porque lo que ha reflejado Naomi Klein en este libro, escrito con tanta urgencia como sentido común, es la distopía. Un mundo echado a perder, caído en la patraña zombi que vaticinaban las peores películas de ciencia ficción… peores en tanto al futuro del planeta. Un mundo en el que el 1% se retirará a una estación espacial de lujo, como en la película Elysium, mientras la superficie del planeta se transforma en una inmensa favela, en una villa miseria, en el lugar donde esos que viven en lo alto arrojan sus residuos, incluidos los residuos humanos. Esa distopía se ha acelerado a un ritmo vertiginoso con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Ese es el detonante de esta obra, tan bien construida y tan bien galvanizada, tan condensada, divulgativa y cimentada sobre información verificada, que Naomi Klein ha escrito en pocos meses. Acostumbrada al trabajo de largo aliento, esta vez provoca que el nuestro se encoja. El descaro con que campa a sus anchas un personaje atroz para los valores humanos, destroza cualquier espíritu. Su único afán, el de acumular poder y riquezas, el del protagonismo burdo, lo consigue rodeándose en su gabinete de los herederos de Milton Friedman y los Chicago Boys, que arrasaron países como Chile o Sudáfrica. En ese sentido, este libro es una coda a La doctrina del shock. Pero una coda sin miramientos, pues esta gente son herederos de fortuna, tipos deshumanizados, sin valores como la solidaridad o el respeto. Incluso mal educados como la misma figura que representa ahora al país con la mayor economía del mundo.
El infortunio de la política climática, el latrocinio al pueblo, el fomento del odio, el populismo barato, la economía en la que impera un único propósito que es, por desgracia, la codicia, el fomento de crisis que les permita implementar sus políticas, todo eso está reflejado en este libro que está escrito con mucho estilo. Donde otros habrían reflejado la aberración como si fuera un vómito, Klein se detiene y espera, se informa y nos relata. Más próximo al activismo político de, por ejemplo, Noam Chomsky que a periodistas de la denuncia, como John Pilger, este es el libro sobre política internacional más urgente. Nadie explica mejor que Klein cómo funciona el mundo. Este es un libro que, a pesar de su apariencia, sirve para sumar optimismo. Ahora sí, ahora tenemos bien claro dónde debemos colocar los ladrillos y trazar los surcos para que crezca la cosecha.

Fuente: Culturamas