Cuando
todos saben que todos lo saben…
Steven
Pinker
Traducción
de Pablo Hermida Lazcano
Paidós
Barcelona,
2026
357
páginas
En
la conciencia, pero escondido, guardamos al niño que gritó que el emperador estaba
desnudo. La diferencia entre nosotros y el protagonista del aviso es un océano
de capas, esas que van formando la principal característica de la conciencia,
que es la que se forma por pactos sociales, por pudores sociales y por la
necesidad de no hacer daño mientras convivimos. Pero para no caer en el
desánimo, de vez en cuando debemos profundizar en la conciencia para asegurarnos
que ese crío todavía habita allí, aunque sea muy al fondo. Si se nos ocurre
sacarlo a la luz, señalar que tal vez algún emperador esté desnudo, nos
encontraremos con una marea social censurándonos, con aquellos que perdieron
buena parte de su sinceridad por no bucear hasta su crío a la hora de revisar
la conciencia. Pero en algún momento,
todos debemos darnos cuenta de que el emperador está desnudo y darle la razón a
quien lo pronunció, aunque luego decidamos que hay que meterle en la cárcel.
El
asunto del cuento de Andersen sirve para iniciar este ensayo de Steven Pinker
(Montreal, 1954) acerca del conocimiento común. En primer lugar, Pinker debe
definir en qué consiste este conocimiento común, para lo cual recurrirá, con
frecuencia, a la enumeración sin fin: yo sé que tú sabes, y tú sabes que yo sé
que tú sabes, y yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes… No importa, nadie se
detiene tanto en ello. Pero no es un mal principio para estudiar el
conocimiento común en un mundo hiperconectado, en el que no cesamos de recibir
estímulos que buscan la alta intensidad en tiempo corto. A mayores, están los riesgos
de las falacias o la hipocresía, de las censuras, de las ambigüedades, de las
tensiones entre la expansión agresiva de nuestro conocimiento para promover el
entendimiento y el mantenimiento de conocimientos privados. La intención de
Pinker será la de intentar explicar cómo preservar cierta armonía humana, que
debería ser inherente a nuestra condición.
Partiendo
del hecho de que lo que nos hace sociales no es el enfrentamiento, sino la
cooperación y coordinación, Pinker elabora un ensayo muy entretenido, en el que
da la sensación de estar manejando todo el rato paradojas y juegos de lógica, aunque
si nos detenemos a analizar sus tesis, resultará que eso se refiere solo al
aspecto, porque hunde su estudio en el conocimiento humano, en intentar
explicar parte de la humanidad que nos compone. Hay que decir que en el texto
subyace la idea de lo complicado que puede resultar entenderse, al tiempo que
navega entre el éxito que es haberlo hecho. El optimismo es parte del proyecto
de Pinker, y eso se agradece. Ese optimismo se basa en lecturas, estudio,
experimentos psicológicos, y un sinfín de buenos ejemplos que ayudan a hacer
del ensayo algo bastante divulgativo. Pinker siempre ha sabido cómo dirigirse
al lector para hablarle de las cosas que le afectan o que el lector considera,
durante la lectura, que son las que le afectan. El efecto que consigue es el de
encontrarnos, por fin, con una cabeza bien estructurada que nos ayuda a poner
orden en lo aprendido y en las intuiciones que deberían pasar a formar parte de
lo aprendido. Algo que se hace imprescindible cuando nos encontramos con que la
comunicación, que conviene tener a buen tono para facilitar la cooperación y la
coordinación, pasa por textos, subtextos, lenguaje no verbal, segundas intenciones,
todo esto que podría separarnos, y a pesar de ello forman parte de lo común.
Pinker vuelve a acertar con este sugestivo ensayo.

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