Historia
de una montaña
Élisée
Reclus
Traducción
de Marcos Nava García
Errata
Naturae
Madrid,
2026
218
páginas
Que
el ser humano debería actuar como la conciencia de la Tierra, es el eje sobre
el que gira buena parte del pensamiento de Élisée Reclus (Sainte-Foy-la-Grande,
Francia, 1830 – Thourout, Bélgica, 1905). Geógrafo, viajero incansable,
activista que participó en la Comuna de París, anarquista, colaborador de
Bakunin y amigo de Kropotkin, Reclus fue un pionero en la defensa de la
emancipación de la mujer y de los derechos de los animales. Criticó el
capitalismo, vinculando sus críticas al ecologismo, que era, en buena medida su
refugio moral, donde sentía que no podía estar equivocándose, pues había una
ruta hacia el optimismo gracias al contacto con la naturaleza. A ese ciclo
pertenece este libro, Historia de una montaña, en el que el autor
elabora lo que podría llamarse literatura de paisaje. Pero un paisaje no es un
lugar para una estampa, no es un lugar tieso. Un paisaje es un lugar vivo, como
demuestra que al caminar por él no cesen de salirnos al paso detalles de evolución
vital: «la intimidad de la roca, el insecto y la brizna de hierba», son las
últimas palabras de esta obra, que responden al mismo tono lírico con que está
trenzada por completo.
El
lirismo de Reclus obedece a un proyecto de humildad. Uno no pasea por la
montaña siendo protagonista de su paseo, sino que todo el protagonismo lo cede al
paraje. En buena medida, concibe la naturaleza como el mejor antidepresivo. Así
los paseos están repletos de momentos vivos, de vapor, niebla, sol, sombra,
nieves, glaciares, esplendor, sueños y recuerdos, aunque a los recuerdos
recurra muy de vez en cuando. Lo prioritarios es el presente, generar las buenas
sensaciones, que son las buenas imágenes, que generarán los mejores recuerdos
cuando ya no estemos allí. La montaña que recorre no es un lugar habitable,
allí donde uno desearía fundar un hogar, sino un paisaje donde encontrarse
bien, un lugar salubre. Para ello se vale de la geografía, la geología, la
etología y cualquier ciencia vinculada a la naturaleza, aunque su uso es muy
divulgativo, nada categórico y siempre basado en la experiencia. Y eso incluye,
de vez en cuando, a las leyendas, los mitos y la religión. Una vez separada la
montaña del hombre, queda plantearse cómo vivirla: «Para la mente que contempla
la montaña a lo largo de los siglos, esta se presenta tan flotante y tan incierta
como la ola del mar azotada por la tormenta: es una marea, un vapor; cuando
haya desaparecido, no será más que un sueño».
Estamos
en una época sin cámaras fotográficas, de modo que los registros podrán llegar
a través de la pintura o de la literatura. Es una época en la que no tanta
gente camina por las montañas, aunque Reclus ya denuncia a los alpinistas por
su ambición y la suciedad que esta produce en montañas y valles. Reclus sabe
que es una suerte poder dar testimonio y así opera, centrando cada capítulo en
uno de los hechos naturales que se encuentra ahí arriba: los bosques, los
animales, el glaciar, las nieves, la tormenta, los espíritus, etc. Reclus nos
habla sabiendo que hay un tiempo geológico, que es casi eterno, y un tiempo
humano, que es el que contempla las variaciones que se producen en el paisaje, que
es el tiempo de las estaciones. Se muestra como un observador sensible,
dándonos una lección de cómo deberíamos mostrar respeto cuando salgamos ahí,
afuera, a la vez que convenciéndonos para que en lo tocante a la naturaleza
seamos conservadores. Es más realista que impresionista, a pesar del enfoque de
oda que tiene la obra. Le gustaría que la belleza estuviera contenida en lo que
se detiene a escribir, para lo cual recurre a un estilo sencillo, inocente, que
nos impulsa a recordar que vivir libre, morir libre, son síntomas de un
acertado desarrollo moral.
Fuente: Zenda

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