La
isla
Jérôme
Ferrari
Traducción
de Pablo Martínez Sánchez
Libros
del Asteroide
Barcelona,
2026
176
páginas
«Las
pequeñas islas son todas grandes prisiones; no se puede mirar el mar sin desear
tener las alas de una golondrina». La frase, de Richard Francis Burton, es el
colofón con que termina esta novela, La isla, en la que Jérôme Ferrari (París,
1968) plantea que liquidar el mundo es todo lo que se hace bajo el imperativo
de la codicia. En este caso, la que surge en un entorno cerradísimo, una isla, a
cuenta de la explosión del turismo. Utilizar el término explosión no es
gratuito, porque la llegada e instalación del mismo, la colonización
consecuente, se produce en un tiempo muy breve, que imposibilita cualquier tipo
de digestión. De ahí el episodio violento, un apuñalamiento que aparenta ser
gratuito, que da pie a la puesta en escena del pequeño territorio y a los
movimientos sensoriales y de duda de sus habitantes. Para ello Ferrari se vale
de varias voces, incluida la exterior a los personajes, la del observador
autónomo, de manera que vamos conociendo no solo lo que implica la maldición
del turismo en cuanto a actitudes, sino también en lo que se refiere a
emociones.
De
hecho, entraremos a la novela a través de un personaje digresivo, en el sentido
en que puede ser digresiva una persona que no sabe bien qué es lo que está haciendo,
qué supone para los demás lo que hace. Luego nos encontraremos con voces más
explicativas o incluso nostálgicas. Y también con alguna en la que destaca la
potencia, la densidad, eso que nos lleva a imaginar la dificultad que supone
abrirse camino en un mundo bastante espeso, incómodo, mostrenco. Lo que se nos
expone, claramente, es una visión del absurdo a través de la muerte de lo
natural. Y lo natural, en esta isla que los turistas ven como un nuevo paraíso,
era entender que esa costa de cara al mar no tenía valor alguno, eran terrenos
que no deseaban sus habitantes, porque resultaban demasiado agresivos para
vivir, para cultivar o para anclar los barcos de pesca. Pero esa forma de lucha
por dejar atrás lo miserable no tiene con qué combatir la entrada fácil de
dinero que supone el turismo. Dejaremos de ser quienes somos, incluso dejaremos
de ser buenas personas, pero tendremos dinero. Esa codicia se complementa con
la del turista, que ambiciona sol, buenas sensaciones y repetir esa imagen
tópica del descanso que es mirar al océano, y que Ferrari decide que hoy no es ocasión
de comentar. Hay que mostrar el ambiente en el que se va modificando el
agresor, el tipo que apuñala a alguien en una playa pobladísima, entre personas
que no dejan de grabar el crimen con el teléfono móvil. La imagen es justo la
opuesta a la del asesinato que protagoniza Mersault, el protagonista de El
extranjero, que dispara en una playa solitaria. Es difícil que Ferrari no
lo haya tenido en cuenta y no nos esté llamando la atención acerca de lo que
debería significar el existencialismo del que habla Camus actualizado tras años
de explotación turística.
Mientras
tanto, alguna de las voces ha ido hablando acerca de la violencia que existía
antes dentro de la isla, y también acerca de la tristeza. Incluso nos llega a
presentar una atmósfera que contiene un punto de magia, algo que se respira y
que tal vez sea lo que ha respirado el criminal. Lo que se impone es la
sensación de nula higiene, que nada está limpio, que lo que respiran los
personajes es pecado, culpa, daño, todo lo que provoca pesadillas. Y que lo
mejor sería huir. Ferrari escribe sobre lo inexplicable, que es responder a la
pregunta de por qué hacemos lo que hacemos. Para ello nada mejor que una isla,
una sociedad cerrada, como supo William Golding cuando escribió El señor de
las moscas. Esta novela es una denuncia que no olvida su función narrativa,
una experiencia que no nos deja indiferente.
Fuente: Zenda

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