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miércoles, 5 de noviembre de 2025

LA VIDA INTERRUMPIDA

 

La vida interrumpida

Pedro Plaza Salvati

Libros de la Catarata

Madrid, 2025

189 páginas


 


Se conoce como síndrome de Ulises al que padece el inmigrante, con su cuadro de estrés debido al duelo que provocan los kilómetros que le separan de sus raíces y su gente. Los síntomas de este síndrome —anhedonia, ansiedad, irritación— dificultan las opciones de construir una nueva vida, una vida que merezca la pena. En cuanto al síndrome de Estocolmo, todo el mundo sabe en qué consiste, ese que lleva al rehén a identificarse con el captor. Será la extraña ambivalencia que surge de una pequeña combinación de estos dos síndromes la que otorgue especial relevancia a este libro, a la experiencia que Pedro Plaza Salvati en un retorno a su Caracas natal que se prolongará por causas excepcionales.

Nos hallamos en el año 2020, cuando el mundo puso cerrojazo a casi todos los movimientos por culpa de un virus. Plaza Salvati, afincado en Barcelona desde hace año, español por adopción, marcha a Caracas en uno de sus viajes habituales. Su intención es la de apagar la melancolía que poco a poco va cargando en su interior según pasan los días, recorriendo lugares de la infancia, reencontrándose con lo que le fue propio entonces, amortiguando el síndrome de Ulises. Pero las semanas de estancia se verán prorrogadas, a la fuerza, transformándose en un periodo superior al año. Si la ciudad se convierte entonces en una cárcel, y esa cárcel es un lugar del que guarda buenos recuerdos, recorrerla supondrá lidiar un poco con el síndrome de Estocolmo. Pero será, precisamente, esos recorridos los que le anclarán a la realidad, y será la realidad lo que le libre del desconsuelo, de la locura.

Plaza Salvati rompe suelas por todos los caminos de Caracas y nos va presentando lo que ve como si lo registrara de inmediato para el lector. Al mismo tiempo que nos ofrece los cuadros, va exponiendo las reflexiones que le acompañan. El efecto podría ser bastante desolador, por tratarse de una ciudad desnutrida, especialmente desnutrida en una época en la que, en ocasiones, salir a la calle suponía toparse con la distopía, con el mundo yermo. Pero Plaza Salvati escribe y piensa con respeto. En realidad, lo que apodera de él es la extrañeza: «Siento que soy un personaje secundario en una película del futuro». Un personaje no es lo mismo que una persona, una película no es lo mismo que la realidad, y el futuro puede no tener nada que ver con el presente. Desde el inicio, sabemos que estamos frente a un texto personal, y ese efecto se va incrementando a medida que avanzamos en la lectura, porque acompañamos al autor en sus paseos, pero también en su soledad. Al fin y al cabo, en los momentos de crisis estamos solos.

Uno termina por preguntarse si lo que ha leído es una confesión y, por tanto, un autorretrato. Estamos frente a un libro diletante escrito por alguien que, de haberse dado otras circunstancias, podríamos calificar como un flâneur. Al mismo tiempo que le hemos ido conociendo, hemos ido trazando la cartografía del lugar, dibujando un atlas que en lugar de extenderse en el espacio, lo hace en el tiempo. Este atlas se ha ido enriqueciendo, sin querer, a cuenta del Covid: al no poder estar dentro de los recintos, la gente estará en la calle, enriqueciendo los registros del autor, lo que pasará a ser su memoria. Y en esa memoria, la experiencia queda como una gran paradoja, porque nos ha expuesto que se puede estar encerrado en el presente y moviéndose, mientras va reconstruyendo el reflejo de sus raíces dentro de la cabeza y en las emociones. La vida interrumpida puede tratarse de una experiencia muy personal, pero la pregunta que nos haremos, cuestionarnos hacia dónde va todo esto y cómo nos afecta la deriva, es muy universal.


Fuente: Zenda

jueves, 3 de abril de 2025

LA CRISIS DE LOS POLINIZADORES

 

La crisis de los polinizadores

Anna Traveset

Libros de la Catarata

Madrid, 2025

127 páginas

 



En alguna región de China, se contratan trabajadores para polinizar terrenos agrícolas. Recorren las plantas con pinceles en la mano, sustituyendo así a los polinizadores naturales, que ya no sobrevuelan esa región. Hablamos de un país en el que existen hectáreas de suelo laterítico por culpa de la sobreexplotación agrícola, suelos muertos, sin nutrientes. Hablamos de un país que compra territorio en África para garantizar la producción de alimentos. Hablamos de una deriva que no es ajena a la evolución del resto de territorios del planeta, que parece ir encaminado hacia ese mismo desastre. Uno tiene la sensación de que los insectos, y la mayor parte de los polinizadores pertenecen a este reino, siempre fueron algo molesto que zumbaba a nuestro alrededor, pero se va dando cuenta de que los echa de menos cuando ya no están tan presentes.

Este libro de Anna Traveset resume de forma muy académica el tema que no nos queda más remedio que afrontar, pues buena parte de nuestro bienestar depende de la polinización a través de animales. No nos referimos únicamente a las almendras, los melocotones o las mandarinas, que es donde se centra buena parte del estudio de Traveset, sino también a poder disfrutar de la belleza natural. La fragilidad del mundo de los polinizadores, demostrada por la deriva hacia la desaparición, nos habla de la dependencia de una manera contundente, que no deberíamos ignorar.

El libro comienza con una reseña, desde un punto de vista entomológico, acerca del proceso de la polinización, valorando así la importancia global de los polinizadores. A continuación, se resumen las causas de su declive, desde las más evidentes y conocidas, incluida el cambio climático, a las afecciones consecuentes de la luz artificial, pasando por los pesticidas. Se lamenta un poco la escasez de estudios completos que se refieran a este problema, tanto análisis locales como a conclusiones de carácter universal, pues de ellos se podrían extraer distintos enfoques para promover estrategias de conservación, o de recuperación en caso de que sean precisas. Finalmente, entramos en el análisis político en dos sentidos: cómo se percibe desde los sectores sociales este problema y cómo se plantea desde los sectores institucionales. La autora, profesora de investigación de CSIC, reclama una mayor profundización para tomar más conciencia y actuar consecuentemente. El desafío es global. Pero soluciones como las que se están promoviendo en China, o en Estados Unidos donde existen empresas que transportan colmenas de abejas melíferas de región a región, coincidiendo con las temporadas de polinización de los almendros, no son las mejores soluciones. Este libro, didáctico y académico, es muy oportuno, y uno solo puede rezar para que no llegue demasiado tarde una advertencia tan necesaria.

sábado, 25 de enero de 2025

ANARQUÍA PARA JÓVENES

 

Anarquía para jóvenes (y para los que no lo son tanto)

Carlos Taibo

Libros de la Catarata

Madrid, 2025

126 páginas

 



Un día Robin Hood decidió refugiarse en el bosque, pero eso que parecía una huida no consistía tanto en esconderse como en crear una nueva sociedad. Allí reunió a un grupo de proscritos, cuenta la leyenda, con todas sus familias, y crearon una comunidad resistente. Todo se gestionaba entre ellos. La escala de las decisiones sólo podía ser humana, porque todos se conocían y todos se querían. Al fin y al cabo, les había reunido un malestar común, la persecución y el acoso de un tirano. Refugiados en el bosque, que convirtieron en su territorio, se encontraban a salvo y aunque Robin Hood tuviera las características de un líder, sobre todo en la batalla, cada voz era escuchada y cada decisión que se tomaba tenía que ser aprobada por la mayoría de la tribu. Podríamos interpretar esta leyenda como la primera experiencia popular e intencionada de socialismo libertario, o comunismo libertario o comunidad anarquista, que se lleva a cabo en Occidente. Es una leyenda, pero el fundamento es el bienestar, es generar bienestar convenciéndonos de que es posible una civilización, una sociedad, amable, de escala humana.

Carlos Taibo (Madrid, 1956) lleva años solicitando permiso para exponer que este tipo de sociedades son posibles. Ahora vuelve a indicarlo con este ensayo pensado en cómo explicar este tipo de sociedades a los jóvenes, pero cuyas garantías de comprensión se extienden mucho más allá. No está mal revisar en qué consiste en anarquismo en un momento en que se da por supuesto que la sociedad no puede ser otra que esta, dividida en Estado y gobernada por la avaricia de una economía capitalista que no tiene freno. Taibo divide el ensayo en tres partes: una consideración general del proyecto anarquista/libertario, que ocupa el grueso del volumen; unas reflexiones y observaciones sobre la juventud, que no dejan de ser subjetivas y cariñosas; y unas conclusiones en las que se incluyen las principales reflexiones que se han ido gestando a lo largo del libro. El lenguaje es, como siempre en este autor, divulgativo, claro y sencillo, lo cual equivale a decir que su elaboración está bien fraguada. No es fácil escribir sin caer en la oscuridad.

Taibo atiende a cada faceta en un capítulo corto, aunque a lo que mas importancia irá dando será a factores ecológicos, a la autogestión, a la dimensión social y colectiva. El anarquismo, sostiene, cuestiona la jerarquía, rechaza todas las formas de dominación, defiende cabalmente la igualdad y contesta a lo que significa la propiedad privada. El anarquismo supone apoyo mutuo, democracia participativa y construye una sociedad emancipada producto de la libre decisión de las personas. Para ello es preciso convencernos de que el Estado es un sistema de distribución del poder que siempre beneficia a unos privilegiados. De ahí que Taibo se refiera constantemente a cuestiones éticas, que son las más abandonadas por la política actual y las corrientes mediáticas, que la limitan a la corrupción, algo inherente al Estado, como es inherente el latido al corazón. Sus ejemplos sobre los beneficios y las dimensiones humanas de la sociedad anarquista (o libertaria, pues usa ambos términos como sinónimos y lamenta la apropiación que de este segundo hacen políticos salvajes, como Milei) son constantes y atienden a momentos históricos, pero también a situaciones comprometidas en las que el pueblo tuvo que organizarse al margen de las autoridades, y este pueblo suele ser el pueblo humilde. La renuncia a los tópicos es una de las apuestas de divulgación de nuestro autor, que nos sugiere que desde hoy mismo se puede empezar a demostrar que las cosas se pueden hacer de una manera diferente, más humana, más próxima a nosotros.

Tal vez no haga falta ni siquiera reformular la teoría anarquista, da por supuesto Carlos Taibo, pues basta con prestar atención a los beneficios de la vida a pequeña escala, de la convivencia, para darse cuenta sus buenas aportaciones. Lo que sí conviene, en temporada de huracanes, es repetir el mensaje con calma, serenamente, para combatir lo que siempre quiso combatir el anarquismo: la desigualdad y la pobreza.

martes, 2 de octubre de 2018

COLOMBINE


Carmen de Burgos, “Colombine”
Un perfil

En el verano en que estalla la Gran Guerra, una mujer de cuarenta y siete años recorre Europa de sur a norte y de oeste a este, las direcciones contrarias a las de los itinerarios románticos, los que se dirigen hacia la puesta del sol, cuando se ve atrapada en Alemania sin apenas otros recursos que su inteligencia. Junto a ella ha estado navegando por deliciosos parajes una hija, María, que con veintidós años estaba a un paso de casarse con un actor de teatro y engancharse a las drogas. Carmen de Burgos y Seguí (Almería, 1867 – Madrid, 1932) se encaminaba hacia Rusia, tras haber recorrido paisajes y ciudades de Francia, Suiza o los países escandinavos. Hasta entonces su viaje había sido un soplo tras otro de aire fresco, incluso en las criptas donde las catedrales esconden unos tesoros ambiguos, almacenes en los que no se distingue entre el envejecimiento y la belleza. La crónica de su gran viaje se ve cortada por una guadaña que les siega la hierba bajo los pies. Carmen había vivido casi tanto tiempo fuera de España como en el país donde nació, recorriendo territorios en condiciones en las que, en ocasiones, pasó hambre y frío y sueño, aprendiendo recursos de los que tirar cuando intenta atravesar un país embravecido. Sorprende, en el relato y en la realidad que se ha repetido tantas veces, como la gente deja de ser buena persona, de la noche a la mañana, para ser mala multitud. Se impone, por ejemplo, la consigna de que hay que matar a los todos los rusos con los que se crucen en las calles. Cualquier papel, expedido por un consulado extranjero, es sospechoso y cualquier soldado analfabeto tiene el poder de hacerlo trizas. Durante algún momento, Carmen y María, con la bayoneta sobre el pecho, sienten angustia al pensar que no podrán regresar a sus casas. En tiempo de guerra, la única certeza son las balas.
Los puestos militares se han prodigado como en una epidemia de peste, y el paso de cada uno de ellos es, a medida que van pasando los días, más idiota y más violento. Pero Carmen es una mujer de recursos y se abre paso hasta llegar a Hamburgo, donde se embarcan en un pequeño mercante, junto a otros españoles que se fugan de un país que arde, aunque en el barco no hay condiciones para acoger pasajeros. Lo urgente, en cualquier caso, es salir del país y, con hambre y frío y sueño, se acomodan en unas hamacas compradas en un mercadillo de segunda mano. Al llegar al Canal de la Mancha, el capitán del barco recibe órdenes y se ve obligado a cambiar de rumbo. El mar estrecho se ha vuelto peligroso en apenas dos días. Mejor dirigirse a un país seguro, como Inglaterra, donde desembarcarán los veintitantos pasajeros a los que ha salvado de la marea bélica. Para Carmen y su hija el momento es clave, uno de esos en los que tienen que tomar una decisión: volver a Madrid o quedarse. O como deciden, con elegancia, seguir viajando. No llegarán a Rusia, pero recorrerán Inglaterra y, más tarde, Portugal, un vecino desconocido que casi descubrió como destino de descanso para los españoles. Leer su paso por ese país no es una invitación a visitarlo, sino a quedarse allí para siempre. Carmen escribe con calma el relato de sus viajes. No le importa acumular sustantivos y adjetivos, antes de terminar con una metáfora pues, excepto durante el acoso de la guerra, su intención es describir. En un paisaje hermoso, no basta con dictarlo de forma escueta: hay que demorarse tanto como sea necesario, pues si la vista no se cansa de contemplar, no hay razón para que ella se detenga al escribir. Carmen es escritora, pero adora la pintura, y eso se traduce en su prosa.
La lectura de los lugares que visita vuelve a ser estética, una vez que recuperan el rimo del viaje. Y para que alguien sea sincero en ese tipo de hacer de la imagen un verbo, es necesaria la premisa del respeto. En la vida de Carmen de Burgos este es el sustantivo, el concepto, que jamás se pierde de vista: el respeto. Como en esta muestra de sus viajes, donde el respeto es tal que todo nos parece encantador, y esta palabra, el encanto, tiene varios significados: es magia, es atracción, es carisma, es esplendor. Observa, y mucho, y siempre lo hace con amor por lo diferente, porque como diría de ella su pareja durante veinte años en el baile de la vida, Ramón Gómez de la Serna, Carmen es “toda esa cantidad exuberante de corazón, cuando el corazón es lo más raro de encontrar”. Gracias a ella, o a través de ella, que sería la expresión que utilizaría Carmen para no empañar su humildad, a España llegan las culturas de otros países. Y esos dibujos de lugares y de gestos, de vestidos y costumbres, construyen los arquetipos de los que a fecha de hoy todavía nos valemos. En buena medida, Carmen ha cimentado los que sabremos seguro sobre las culturas modernas, los pilares que apenas han cambiado, mientras que la civilización tiende a convertirse en la misma masa madre para todo el planeta.
Pero esa historia no es la de Carmen. Ella no cesa de descubrir, también gracias a los libros que lee con una capacidad de análisis tal, que uno sentiría miedo de entregarle un texto porque acabaría por conocernos mejor de lo que uno se conoce a sí mismo. Gómez de la Serna dijo que durante medio año la dirección de Carmen era la lista de correos. Esa costumbre de viajar tiene el objetivo, como ella reconoce de buscar el encanto ancestral de las ciudades antiguas, románticas, y el encanto de la naturaleza. De nuevo aparece aquí en encantamiento, y de nuevo el respeto. A la naturaleza no se puede acudir maltratándola.
Hay una expresión que ella escribe, y que resume, por efecto rebote, mejor que ninguna otra cuál es su espíritu en la aventura y como cronista. En cierta ocasión, encontrándose frente a un monumento militar, una de esas grandes obras escultóricas con placas de mármol en memoria los caídos y algún nombre célebre esculpido en letras góticas, suelta aquello de que “honrar a los que mataron me parece una cosa perjudicial; la humanidad no podrá llegar a una mayor perfección ética mientras admire la gloria de los héroes”. Gloria y héroes son los antónimos de encanto y respeto. Los primeros hablan de la guerra, los segundos de la buena gente. Su pacifismo convencido es un sentimiento simbionte de su lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer. Solo su anhelo por los viajes, en los que aprende también a construir el alma con esta ética, la aleja por momentos de una lucha en tiempos en que la conquista de los derechos de la mujer era por momentos de una violencia similar a darse de cabezazos contra un muro de lamentaciones. Tal vez de ahí venga esa expresión que utilizó Gómez de la Serna para resumir los motivos de los viajes de Carmen: “Huye, sencillamente”. En este caso, el adverbio es casi un oxímoron, pues huir no es nada sencillo para Carmen. Aunque si nos atenemos a la duda que plantearía Chatwin en el futuro, huir es salir ganando, pues, según el inglés, la gente se divide en dos tipos: los que huyen y los que se esconden. En ese sentido, a Carmen se le podrían reprochar muchas cosas, pero jamás se escondió. Y lo que es huir, no se puede decir que huyera. Para eso hace falta algo como la autocompasión, una cualidad que aborrecía, porque para Carmen la pose digna, aunque solo sea pose, es una forma de dignidad. Tal vez la última, porque la primera forma seguramente sea el viaje.
“Es ella oriental y siente en sí la idea de oriente. Nuestra Andalucía es el oriente y ella es de allí”, rezó sobre ella Ramón Gómez de la Serna. Ese espíritu se expresa en parte de su obra, como en las novelas breves. Pocas obras más orientales se han escrito en nuestro idioma que Puñal de claveles, donde los amados y los intereses se cruzan como en un cuento de las mil y una noches sin lámparas mágicas. La realidad de la Andalucía que conoció era que los corazones se compraban o se raptaban. Carmen, que era la mayor de diez hermanos e hija de un vicecónsul dueño de tierras y cortijos, se casó a los dieciséis años con un hombre bohemio que debería haber heredado el principal periódico de Almería. Estudió magisterio y aprobó la oposición para ejercer de maestra. Su marido resultó ser un tipo deshonesto, fumador, bebedor y mujeriego. No fue el hombro sobre el que llorar cuando los tres primeros hijos del matrimonio fallecieron, y eso que apenas habían aprendido a respirar: el primer bebé murió a las trece horas de nacer, la segunda a los dos días, el tercero llegó a vivir ocho meses. Esa experiencia secaría a cualquiera por dentro, pero Carmen despertó de la mala fortuna llena de insubordinación, y fue llenándose de la necesidad de combatir y de liberarse y liberar a la mujer, para que fuera compañera, alguien igual a los hombres, para que la mujer colaborara con el hombre, trabajara a su lado. Con treinta y cuatro años, Carmen agarra a su hija María, otra superviviente, y se larga a vivir a Madrid. Allí lo primero que conoce es el mundo de los señores que ostentan riqueza y posición, esos que meten mano a la criada mientras la prometen abandonar a su esposa para largarse a oriente con ella. De hecho, su tío, senador, que la acoge, intenta levantarle la falda con el mismo ánimo con que se la levanta a las jovencitas de la taberna y ella abandona la casa.
Abandona casa, familia y tradición. De hecho, su compromiso en posteriores escritos, en colaboraciones periódicas, en buena medida iba dedicado a mellar, eso sí, sin ofender, los paradigmas de la tradición: el machismo, el matrimonio, los duelos, la heterosexualidad, la dieta carnívora, la historia bendita, el folclore insensato, y todo lo siniestro que se oculta en lo que conocemos como tradición y creemos que es la cultura que nos ha construido: “Conservan mucho de la negligencia árabe”, escribió sobre el papel tradicional de la mujer en Andalucía, “sentarse a tomar el sol en las horas de descanso es el más grato de sus placeres. Viven resignadas con su suerte, con una especie de fatalismo morisco y una inconsciencia de sus derechos que no las invita a la rebeldía. Es común ver en los caminos el padre subido en una mula, mientras la mujer y los chiquillos siguen detrás a pie. Se cree que el hombre para mostrar su fuerza y ser varonil ha de ser despótico y hacer sentir siempre que es el amo y el señor».
 Carmen era un océano del que sacar cubos de dudas. Tras salir de casa de su tío y trabajar durante una temporada como maestra, comienza a escribir colaboraciones periódicas en diarios y revistas. Al principio, la invitaron a hablar del arte de ser mujer. Ahí es donde comienza a mencionar que la moda es una tiranía, en la que se produce la paradoja de que deberíamos liberar a la mujer rica de ese corsé, que para ella es un goce. Vestir bien, al fin y al cabo, es algo que no siempre cumple una buena función: si le damos una gabardina de lujo a un mendigo, acabaríamos con su forma de vida. En sus columnas expresa verdades que no se aplican solo a la moda: si habla de procurar la alegría de las personas que de la mujer dependan, no se refiere al perfume. De hecho, señala que ya ha comenzado cierto cambio de mentalidad, pues el hombre ya no pretende tener una compañera solo hermosa, sino que también sea agradable y culta. Aunque desgraciadamente delgada: “no falta quien le diga a su docto: envenenadme, pero hacedme adelgazar”. Cuando menciona que se nos quiere vestir a todos igual, lo cual quita, comprime o aplasta sin piedad, no parece referirse solo a lo que mostramos a los sentidos, también a todo lo que afecta a nuestras relaciones: “Muchas personas vulgares creen saber conversar comentando noticias de periódico, que les da ya un juicio hecho y no tienen más remedio que repetirlo”.
Carmen había roto los moldes de la mujer de finales del siglo XIX desde la infancia. Sus juguetes preferidos eran las muñecas, sí, pero también los periódicos. Una bonita forma de desacralizar esos papeles sobre los que la gente se formaba opiniones que repetían como papagayos: los periódicos eran unos recortables estupendos con los que hacer figuras. En último término, no se trata de nada más que de papel y tinta. Además de hacer bolas y barcos con los periódicos, Carmen montaba a caballo y leía con un espíritu que ella llamó “rebeldía de guante blanco”. Romper el sagrado matrimonio, aunque fuera con un rico patibulario de taberna, supuso un enfado casi tan mayúsculo, entre su familia, como lo había sido el contraerlo. De esa experiencia salió prometiendo que jamás volvería a estar con otro hombre. Hasta que contando con treinta y siete años, mientras asistía a una tertulia literaria en un café de Madrid, un joven de dieciocho se acercó a ella por detrás y la besó en la nuca. De este joven llegó a decir Borges que hubiera sido un genio literario de no haber pensado en burbujas. Ramón Gómez de la Serna todavía no estaba alimentándose de sus greguerías. Si nos atenemos a lo que él mismo confiesa, su relación duró veinte almanaques pero solo diez años. La otra mitad la dedicó Carmen a viajar, en ocasiones como corresponsal de guerra.
En palabras de Carmen, su maleta estaba siempre preparada para conocer lugares donde no pesara la mantilla sobre la cabeza de las mujeres. Su primer viaje la llevó a Francia, Italia y Mónaco, con una beca para estudiar los sistemas de educación. Era el año 1905. De allí regresó reivindicando el racionalismo de Francia, porque sin educación un país es una jungla. “La frase célebre de que ‘cada escuela que se abre cierra una prisión a los veinte años’ es allí un hecho”, diría. Y también regresaría con otro de los propósitos que marcarían su vida: reclamar el sufragio para las mujeres.
En 1909 fue enviada a Málaga como corresponsal de El Heraldo. Su misión consistía en cubrir las consecuencias del desastre del Barranco del Lobo, donde los rifeños del norte de África mataron a más de cien soldados españoles e hirieron a otros seiscientos. Las tropas que eran enviadas a Melilla sabían que estaban siendo sacrificadas como corderos. Escribe sobre los heridos y los voluntarios de la Cruz Roja, sobre las enfermedades que causa la falta de agua potable en Melilla, sobre lo humano que contenían las cartas que enviaban los soldados, y que pasaban por Almería, hacia donde Carmen se había desplazado. “Todas las noches, un periódico local expone los telegramas al público en la farola del paseo, uno de los sitios más concurridos de la población, y la gente, hombres, mujeres y niños, forman cola, ávidos de leer las noticias”, nos descubre. Carmen sortea la censura militar y se traslada a Melilla para documentar la guerra, a bordo del vapor que carga el correo. Y a partir de aquí, se olvida con frecuencia de lo que es la crónica y se implica en la tristeza, en la ternura y en los deseos de paz para los heridos y las familias de los heridos. Piensa en las madres de los jóvenes soldados y confiesa estar al borde de las lágrimas. Habla de las esposas y de los hijos sobre los que hablan, a su vez, los muchachos destinados a la guerra de Melilla; habla del dolor de la separación. Y de la melancolía de las noches en que las tropas cantan coplillas. Y acompañaba a su crónica con una lista de heridos, para que las familias estuvieran informadas. A su regreso, se hará militante de la objeción de conciencia, del derecho a negarse a matar. Son ya varias las objeciones que vocea sobre el contrato social al uso, y todas son subversivas: contra la tradicional inferioridad de la mujer, a favor del sufragio universal, del derecho a una vida sin batallas, al divorcio y a la educación universal. Es ya una periodista de combate, razón por la cual no se amilanó cuando el 1914, a su paso por Alemania tras ver la Aurora Boreal, mientras intentaba regresar a España, en uno de los puestos de control, los militares intentaron fusilarla. La acusaban de ser espía rusa. En su maleta guardaba correspondencia con gente de Moscú, ciudad que tenía previsto visitar, y alzó la voz cuando los soldados alemanes se disponía a descargar culatazos de fusil contra civiles rusos encadenados. Si algo podía impedir que estos jabalíes desnucaran a los presos, era la furia de una mujer solitaria, una especie de libertad guiando al pueblo con el valor por bandera.
Carmen montaría salones literarios en Madrid, tertulias modernistas. Se codeó con Giner de los Ríos, Blasco Ibáñez, Cansinos-Assens, Juan Ramón Jiménez o Sorolla entre otros. Rompió su relación con Gómez de la Serna cuando descubrió que acababa de iniciar un romance con María, su propia hija, aquella joven con la que viajó por Europa y que estaba enganchada ya a la cocaína. Carmen se afilió al Partido Republicano Socialista cuando se fundó la Segunda República, que aprobaba el divorcio y el matrimonio civil, y murió pidiendo a quienes le acompañaban junto a su lecho, que no cesaran de repetir Viva la República. Había dirigido la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas y también tuvo un alto cargo en la Izquierda Republicana Anticlerical. Ingresó en la masonería y fundó la logia Amor. y Trabajó en al menos cinco periódicos y otras tantas revistas, siempre con distinto pseudónimo, aunque el que nos ha llegado a nosotros sea el de Colombine. Fue feminista odiando esa palabra, pero odiaba más la idea de una mujer sumisa, dócil y casta. Durante la dictadura de Franco, se requisaron todos sus libros y se prohibió su nombre, junto a los de Zola, Voltaire o Rousseau. Intentaron que Carmen dejara de existir, porque Carmen era pólvora para un régimen castrense, religioso, medieval y que no respetaba nada, sin curiosidad por las otras culturas. Carmen era una activista por los derechos humanos. Así de sencillo. Como a Mary Wollstonecraft tras publicar Vindicación de los Derechos de la Mujer, se la tachó de algo parecido a puta o adúltera. Ahora sabemos que detrás de su corpulencia moral se escondía una mujer que respetaba a las putas y a las adúlteras. Al contrario de lo que pretende el insulto, el reproche ahora resulta cómico. Clara Campoamor pidió, tras el entierro civil de Carmen, que Madrid le dedicara una calle poniéndola su nombre. Lo cierto es que nos encantaría ver en los callejeros de Logroño, de Madrid, de Almería y hasta de París, sobre todo de París, que era la ciudad que más la apasionaba, una calle Colombine, un Boulevard Colombine.

miércoles, 27 de junio de 2018

ROHINYÁ


Rohinyá
Alberto Masegosa
Libros de la Catarata
Madrid, 2018
110 páginas

Hay libros que da gusto leer y sobre los que uno se pronuncia con frescura, y libros que son imposibles de reseñar sin destrozar el trabajo del autor. A este segundo caso pertenece Rohinyá, pero no por defectos del oficio de Alberto Masegosa. Más bien al contrario. Cualquier anotación pone al descubierto lo que él, a su vez, nos descubre para dejarnos atónitos. El drama étnico de los rohinyá es casi desconocido, en tanto que se alaba el cambio de imagen en los sillones de Myanmar. Sometido durante décadas a un tiránico régimen militar, Myanmar, antes Birmania, sigue escondiendo los horrores debajo de la alfombra. Sigue siendo un país en el que los condenados por crímenes leves trabajan a cincuenta grados, a pleno sol, construyendo carreteras con manos y palas. Eso sí, cuando va a pasar un autobús de turistas se les ordena esconderse entre la maleza. Cuando supusimos que se había implantado un régimen de democracia representativa, resultó que éste estaba lleno de trampas. Los militares ya habían impuesto una constitución y se habían reservado derechos de veto, carteras ministeriales y ser intocables. De estas y otras hazañas da cuenta Masegosa, a la par que nos habla de la leyenda de Aung San Suu Kyi, la premio Nobel de la Paz que ganó las elecciones supuestamente libres. Suu Kyi ya había aceptado las coordenadas de los militares y se acomodó a ellas. De hecho, de lo que narra Masegosa acerca de los años de cautiverio doméstico de la líder birmana, da la sensación de que se parece más a la situación de una princesa prometida esperando largamente al matrimonio que de una condena.
El libro está bien fundamentado con datos que avalan esta tesis pero, incluso, se atreve a ir más allá. El régimen que ahora reina no ha cambiado y mantiene un lavado de cara gracias a un tipo de budismo tiránico. Porque aunque nos resulte imposible de concebir, también existe el fundamentalismo entre los que profesan esa religión. Uno visita Myanmar y ve la belleza de los pueblos y los lugares sagrados. Sabe algo de las guerrillas que operan en las zonas prohibidas al turismo, sobre todo de los karen, al oeste del país, aunque Masegosa da cuenta de etnias en batalla en todos los rincones que marca la Rosa de los Vientos. Entre ellos en el oeste, en una zona pegada a Bangladesh, que es el país donde más de setecientos mil seres humanos de la etnia rohinyá viven en condiciones infrahumanas, en campamentos de refugiados. Las últimas páginas del libro son el relato de la visita a los campamentos y la descripción de uno de los círculos del infierno de Dante, junto con crónicas minúsculas de gente a la que pone nombre y rostro. Todos ellos mutilados de guerra, no por culpa de una mina o un balazo, sino por la muerte del padre, la madre, el hermano, el hijo.
Lo que sucede con los rohinyá, escondido bajo el paraguas moral de Suu Kyi y las pagodas, es una derrota más de la humanidad. Entre los campamentos donde habitan, sin nacionalidad reconocida, sin derechos al voto ni siquiera como residentes, y la verdadera frontera protegida por el ejército, hay una franja lo bastante grande de terreno como para que pudieran formar su propio país. Es eso lo que reclaman sin que nadie les preste atención. De ahí el inmenso valor de Alberto Masigoge, atreviéndose a derribar mitos. No reclaman nada imposible, ni siquiera improbable políticamente. El gobierno, mientras tanto, se justifica en que no era una etnia reconocida antes de la llegada de los colonos británicos, y que la constitución solo da carta de naturaleza a las que entonces fueron registradas. En el colmo del cinismo, Aung San Suu Kyi permite que sea la herencia colonial la que justifique matanzas y heridas crónicas en una etnia olvidada. No se le pide que se ponga entre ellos y los fusiles, pero sí que ella, y con ella tantos otros que se han adaptado a las aguas tóxicas, al menos hagan uso de la voz para denunciar y apoyar a los desheredados. Los rohinyá sufren la paradoja de la xenofobia sin el derecho a ser reconocidos como extranjeros, y hasta del racismo sin el derecho a ser reconocidos como etnia.

miércoles, 30 de mayo de 2018

ROHINYÁ

Fuente: eldiario.es


El gran éxodo del pueblo rohinyá desde Myanmar, país que le niega hasta la nacionalidad, comenzó hace casi un año, aunque las razones de su marginación tienen raíces antiguas y múltiples facetas, que el periodista Alberto Masegosa analiza en su libro "Rohinyá".

"El drama de los innombrables y la leyenda de Aung San Suu Kyi" es el subtítulo del libro, publicado por Catarata y lanzado durante la Feria del Libro de Madrid, en el que Masegosa, delegado de Efe en el sudeste asiático con sede en Bangkok, analiza además la figura y papel en la crisis de la nobel de la Paz, consejera de Estado y jefa de facto del Gobierno birmano.


Los rohinyá, de credo musulmán, son un caso extremo del que "quizás sea el mayor problema de la actualidad, la desesperada migración de pueblos en busca de supervivencia", dijo Masegosa a Efe.
Se trata de un pueblo "pobre, marginado y perseguido por su identidad", pero además cuenta con un factor que le hace único, no tiene nacionalidad. "A los rohinyá nadie los quiere".
Con un ágil lenguaje periodístico y una prolija documentación, Masegosa se adentra en los complejos motivos históricos, religiosos, y étnicos que hace casi un año llevó a la huida de unos 700.000 rohinyá a Bangladesh.
Pero "Rohinyá" comienza hablando de la "Señora", que no es otra que Suu Kyi, una de las piezas, junto al Ejército birmano, del drama rohinyá.
Masegosa analiza los orígenes y la figura política de la jefa de facto del Gobierno birmano, de "quien nadie se esperaba algo así", una persona "cuya lucha pacífica contra la autocracia militar le había ganado un prestigio universal" y que "ha sido capaz de consentir que un drama humanitario de esas dimensiones tenga lugar bajo su mandato".
Además duda de que cambie de actitud ante los rohinyá, cuya persecución le ha dado "mayor popularidad entre las mayorías de su país -la religiosa, la budista, y la étnica-", de cuyo apoyo depende para ganar las próximas elecciones y, además, "tiene las manos atadas por el Ejército".
Da la impresión -apunta- de que la élite birmana, de la que forma parte Suu Kyi, "se ha quitado de encima un problema al que no ha sabido dar solución política en los setenta años de independencia. La solución que ha encontrado no es resolverlo sino extirparlo de forma brutal, y sacarlo fuera de las fronteras del país".
Un éxodo que comenzó el 25 de agosto del 2017 -el día del 'big bang' como lo llama el periodista-, tras un ataque de un grupo insurgente que sirvió de espoleta para una represión del Ejército en el estado occidental de Rakáin, hogar de los rohinyá desde hace siglos y que fue calificado de "limpieza étnica" con indicios de "genocidio" por la ONU.
Bangladesh acoge a los rohinyá, con los que comparte religión musulmana y etnia bengalí, pero es uno de los países más pobres y poblados del planeta, sin medios para satisfacer las necesidades de su población. Es -dice Masegosa- "una bomba de relojería que puede estallar con cualquier detonante".
Ambos países acordaron un repatriación que ahora está paralizada y que el periodista no cree que vaya a ser "masiva". Además los huidos "no están dispuestos" a volver a Birmania, donde solo quedan unos 300.000, si no se les garantiza seguridad y se les reconoce sus derechos, "lo que ahora mismo es impensable".
La crisis ronhinyá tampoco ha logrado una implicación fuerte de la comunidad internacional pues "es un problema absolutamente marginal para las grandes potencias de Occidente, ya que no pone en peligro ninguno de sus intereses esenciales" y tampoco los gigantes asiáticos -China e India- "se van a involucrar de manera decisiva".
El origen del problema es "más étnico que religioso", los rohinyá "conservan una identidad étnica que les distancia tanto de la mayoría budista como de sus correligionarios musulmanes, que les acusan de pretender ser 'diferentes' del resto de creyentes del islam".
Mirando al futuro, considera que "la diáspora se va a extender aún más" y que el destino de los rohinyá será el exilio, aunque la incógnita es saber si su acerbo "acabará diluyéndose en los países de acogida, o serán capaces de conservar su identidad.
Carmen Rodríguez

domingo, 18 de febrero de 2018

PENÚLTIMOS DÍAS


Penúltimos días
Santiago Alba Rico
La Catarata
Madrid, 2016
221 páginas

El mundo es bipolar: por un lado están las bombas con punta en forma de ojiva que viajan en drones, y por el otro los roces de la piel, el de los amantes, el de los padres, el de los amigos. El tercer polo lo marcaría eso que se conoce como mercado, una palabra neutra que si representamos en términos humanos nos llevaría a mercaderes. No hay mercado sin mercaderes. Y cuando uno oye de nuevo esta palabra lo primero que le viene a la cabeza es esa imagen de un Jesucristo colérico, por única vez en su vida imitando al padre que habíamos conocido en el antiguo testamento, expulsando a latigazos a los dueños del mercado del templo de la oración, donde solo debería caber el amor universal. Mercancías, máquinas y hombres. Sobre los efectos del capitalismo, son los subtítulos que lleva este volumen que recoge ensayos, artículos, fugaces ideas y sentimientos de Santiago Alba Rico (Madrid, 1960), el mejor escritor –sí, han leído bien, el mejor escritor- de nuestro país, ahora afincado en el norte de África.
Alba Rico, conocido por su faceta juvenil como guionista de La bola de cristal, escruta con algo que uno llamaría alma, por no encontrar una palabra más adecuada, las paradojas de la economía capitalista, su efecto sobre los cuerpos y la relación entre los vivos y entre los vivos y los muertos. Si existe la posibilidad de que se desarrolle un ensayo lírico, de que la filosofía, tal y como expresaba Montaigne, sea un género de la poesía, Alba Rico es la única persona capaz de ponernos en paz con esa lectura. Sus argumentos son irrebatibles porque no son razonamientos lógicos, porque obedecen a esas ideas que uno concibe con todas las células del cuerpo, no sol con las del cerebro: “¿Cómo superar un duelo? La casa Roche te vende una pastilla”, afirma cuando lamenta el daño que ha sufrido la memoria colectiva, la que nos enseñaba, por ejemplo, como superar un duelo persona a persona y no en un tiempo uniforme.
Reivindicando una y otra vez la empatía, la compasión –que es la empatía que sentimos con todo el cuerpo, no solo con la lógica-, sostiene que para representarnos el dolor ajeno hace falta imaginación. Algo que no deja de ser parte de su ideario, la imaginación. “Sin imaginación (…) todo es fantasía; y la fantasía asegura los beneficios de Monsanto, la BP y el Banco de Santander”. Para finalmente determinar el extrañamiento que le produce el mundo: “Lo raro –qué raro- es que a la fantasía destructiva del mercado la llamen realismo y a la preocupación por nuestros amigo y sus hijos la llamen utopía”. El que sea capaz de contradecir esa mirada, que venga y lo resuma con la capacidad de síntesis que posee Alba Rico. Como en el ensayo donde defiende que las cosas ocurren en un espacio indeterminado que está lejos pero se adueña de nuestra aura, poniendo a internet como exponente máximo de tal condición: “las verdaderas antípodas, las antípodas de “todo”, son más bien mis vecinos, mis flores y mi cocina. ¿Dónde ocurren las cosas? En todos los lugares del mundo menos aquí, en todos los instantes futuros menos ahora”.
Pero al contrario que Sánchez Ferlosio, por poner un ejemplo de otro gran pensador, en Alba Rico siempre cabe lugar al optimismo: “los seres humanos, criaturas siamesas, tienen un pie en el barro, al que están irremediablemente encadenados, pero otro en las estrellas, desde donde pueden contemplar la inhumanidad de su situación y excogitar soluciones colectivas para cambiarlas”. La razón de que nos veamos abocados a esa bondad que viene de las estrellas la expresa unas líneas más abajo: “¿Tendremos que dejar de inventar caricias porque es más antigua y natural la violación?”. Ahí va la explosión en plena tabla de náufrago, quitándonosla de las manos para que no nos quede más remedio que nadar hasta la orilla con nuestras propias fuerzas. De ese calado es este libro que refleja un pensamiento coherente, poético, lleno de ilusión y de denuncia, contra los efectos de un capitalismo que ha teñido la cara del planeta por el que viajamos: “El capitalismo nos prohíbe todos los lujos. Nada de lujos. Solo lo estrictamente necesario: el derroche, el incendio, la destrucción, la muerte”. Santiago Alba Rico se está convirtiendo en un autor necesario para convertir la supervivencia en vida.


Fuente: Culturamas

jueves, 8 de febrero de 2018

LOS LEONES DE LA BRIGADA DE TRÍPOLI


Los leones de la brigada de Trípoli
Sam Najjair
Traducción de Adrián Herrero Requena
La Catarata
Madrid, 2015
286 páginas

Da la impresión de que Dios creara al mundo en siete días y hubo un octavo, que duró lo que dura una noche, en que le dijo al hombre: “Haz tú la guerra”. Ese tipo de Dios es el que nace en la imaginación de los habitantes de tierras donde la sequía es esparto.
La brutalidad produce reacciones extremas. Sacrificios. Que un hombre se apunte a una guerra por la llamada de la sangre de sus antepasados y como reacción la injusticia, a la tiranía. Antes hubo una miel de Primavera Árabe, cuya revuelta terminó, en Libia, en un horror que Sam Najjair no duda en calificar como necesario.
Uno lee este libro de memorias, Los leones de la brigada de Trípoli, esperando encontrar la guerra, esperando encontrar Libia. Un viaje, una crónica, un país y lo peor de todo. Sin embargo, apenas hay guerra, apenas hay país. Es cierto que las condiciones geográficas de Libia condicionan la acción. Porque de eso trata este libro, de la acción. De lo que le va sucediendo a Najjair o lo que él provoca que suceda. De eso y de él, de un personaje que nos intriga por su conducta: la de un iluminado, la de un justiciero, la de un neurótico o la de inevitable para salvar almas. A través de su voz, conocemos de él que siempre es bueno, que es un líder nato, que toma las decisiones correctas, que sabe pedir perdón. Y que si no viviera en la batalla, regresaría a Dublín. Porque son los truenos lo que le hacen recordar, una y otra vez, por qué se unió a este grupo rebelde que pretende derrocar a Gadafi.
Los leones de la brigada de Trípoli, es un libro con adrenalina, con acción, con orgullo, con detalles bélicos propios de quien sabe que está haciendo historia y se niega a olvidar. Tal vez porque fue la memoria lo que le empujó a ponerse en marcha. Y así, sabiéndose por encima de la gente corriente, se muestran sus obsesiones por el arma propia, por los gritos de victoria, por la venganza, por la ira, por escribir el futuro. Y por un sentimiento de fraternidad con los otros rebeldes que refleja la necesidad que tenemos de amar. Si muriera luchando, sentiría que está redimiendo sus pecados de juventud, esos que narra en los primeros capítulos y que, a título literario, constituyen la parte más acertada: la biografía del hombre que se hace a sí mismo, que ve asesinar a su mejor amigo, que da bandazos religiosos de estribor a babor, que encuentra en el Islam la resiliencia. Que se debe a aquellos que escuchó mientras crecía, a los ancianos que hablaban sobre la lucha por la liberación de Irlanda.
Najjair no es un islamista radical. Pero para embarcarse en la aventura en que se embarcó, debió sentir mucho, y en solitario, las punzadas del sufrimiento. Paradójicamente, ahí, fuera del libro, es donde está lo más interesante de esta lectura.

Fuente: Culturamas 

martes, 23 de enero de 2018

ESCRITOS SOBRE LA CIUDAD

Escritos sobre la ciudad
(y alrededores)
Manuel Cruz
La Catarata
182 páginas

Corazón de hormigón

Si coincidimos en señalar el estilo de un escritor como el exceso de estilo, Manuel Cruz (Barcelona, 1951) no entraría dentro de los grandes prosistas o, para ser más exactos, de los prosistas exuberantes. Pero si el estilo es la claridad de ideas reflejado en la facilidad de expresión, ocuparía uno de los lugares privilegiados en el podio. Porque con frecuencia es más complicado ser un gran divulgador que un gran innovador formal. Porque esa distinción de la academia y del bachillerato, que separa forma y fondo, es algo irreal, dado que continente y contenido son lo mismo. Nadie ha sido capaz de reformar un poco una de las dos percepciones sin modificar otro tanto la otra. Esa es la gran virtud de Manuel Cruz como escritor: la claridad de ideas, es decir, ser un buen pensador, tener un estilo lúcido.
Escritos sobre la ciudad (y alrededores), su último volumen, recoge textos publicados en diversos periódicos y revistas en los que la figura de la ciudad deja de ser tal, para transformarse en el panorama completo, en el decorado y el corazón de los artículos. El libro se divide en dos bloques, el primer de ellos contiene las editoriales que Manuel Cruz redactó durante los años que dirigió la revista Barcelona METRÓPOLIS. La segunda parte reúne artículos variados, aunque siempre vinculados a la cosa pública.
Es el segundo bloque el más fácil de leer, el de mayor actualidad y el más heterogéneo. Al fin y al cabo, la expresión “cosa pública” la utiliza el propio Cruz para definirlo. Y pocos sustantivos hay más ambiguos y de más amplio espectro que cosa. Desfilarán por estas páginas las reflexiones sobre mayo del 68, la virulencia de la crisis, el afán independentista, los cambios en la universidad, el funcionariado y la lucha de clases, los escalones generacionales o el fin de la historia. Además de las que atañen a la ciudad de forma más directa, las que reflexionan sobre el gobierno de la polis, sobre la ética en política. En una primera lectura, uno se pregunta cuáles son esos alrededores de la ciudad que, en teoría, reúnen esta compilación. Hasta que cae en la cuenta de que ciertas virtudes y ciertas enfermedades son muy características de esa sociedad, la contemporánea, en la que lo que no es ciudad es espacio cercado por la ciudad o por la materia que excreta la ciudad, como las autopistas y carreteras. Este es el caso de los nacionalismos, casi inexistentes entre el campesinado del Tercer Mundo, más hermanado con el resto de campesinos que con sus patriotas de las grandes urbes. O los sueños de los jóvenes, que buscan la naturaleza, la playa, debajo de los adoquines. O la altanería que da la supuesta experiencia de la senectud frente a la altanería de la energía de los adolescentes. Por no hablar de todo lo que sea miedos: temores a los cambios y temores a la permanencia. Como si no existieran, ya, las estaciones. Esos son los ejes sobre los que gira esta segunda parte del libro.
Es, sin embargo, la primera, en la que se define o se intenta definir a la ciudad. A partir de la consideración de que ciudadano es, a estas alturas, un sinónimo de hombre (excepto, cabe señalar, en lugares como el Sáhara o el Tíbet, sobre los que no versa este libro), Cruz identifica ciudad con sociedad y con cultura. “Es el espacio de la socialidad”, dice. Para luego pasar a puntualizar que esta socialidad solo puede ser desgarrada, dolorida. Y al mismo tiempo, contribuye a la construcción del pensamiento urbano, un ideario lleno de unos artefactos preconcebidos, demasiado respirados como para no considerarlos tópicos. Tomando a Barcelona como epítome de ciudad, Cruz la representa como un ser orgánico, con vida autónoma y casi alma. Aunque esta construcción, como la de los sueños, se debe en buena medida a la expresión de un deseo. Ese optimismo urbano que confiesa, y que llega hasta el punto de ver que existe un futuro en un lugar caracterizado por el eje producción-consumo, se ve empañado por la enumeración de las demasiadas maldiciones que le van surgiendo al paso. Cruz habla de la tradición, de la desigualdad, de la falta de equilibrio, de los conflictos compartidos que hacen a todas las ciudades asemejarse, de la dificultad para aspirar a lo que se cree que se tiene derecho, de la angustia sin remedio. Constata el fracaso de un mundo que estalló y que nos dejó a todos buscando a tientas en medio de la nada, carentes hasta de utopías, y que estamos en condiciones de echar por la borda la vida del planeta. Menciona la marea de desesperación, lo injusto del mundo caótico, el descrédito. Sostiene que se impone reconsiderar por entero el proyecto de vivir juntos. “Sin ética no hay política, solo politiquería”, dicta, glosando a Francisco Fernández Buey. Estas son algunas de las maldiciones que escribe, porque su relación con la ciudad, al igual que cualquier relación de amor, es un conflicto entre la realidad y el deseo. Porque parece que no cabe una defensa pura e incondicional de la ciudad, a menos que uno sea adicto al dolor ajeno o a la taquicardia. Aunque la vía de escape, la bocanada de aire fresco, como también expresa Cruz, es que lo más importante de las ciudades no es el lugar físico, sino las personas.
Cabe preguntarse, tras la lectura de estas meditaciones, cuáles son los límites de la ciudad, hacia dónde puede llevarnos. Ahí están fenómenos como el 15-M, con su tierna reivindicación del ágora, del espacio público como lugar de encuentro y debate. Algo que solo ha podido tener lugar en la ciudad. Pero también nos damos de bruces con los sucesos del 11-S, un terror que, también es cierto, sucedió debido a la metamorfosis de la sociedad en una ciudad inmensa.

Fuente: La línea del horizonte


viernes, 10 de noviembre de 2017

TODO EL PASADO POR DELANTE

Todo el pasado por delante

Santiago Alba Rico
La Catarata
Madrid, 2017
223 páginas

Tiempo sin relojes, relojes de sombra, impuntualidades. Esos son los tres epígrafes bajo los que se distribuyen los textos recopilados en este volumen de algo que uno llamaría ensayos, sino tuviera miedo a ofender la humildad de Santiago Alba Rico. No son epígrafes casuales. Para Alba Rico, mencionar el tiempo no es mencionar los relojes. Es mencionar la puntualidad de los mercados financieros o la impuntualidad de la primavera. Porque el tiempo no es una dimensión y no afecta a nuestra vida como lo hacen las distancias, los metros, los kilómetros o su eliminación a través de un beso. Los ensayos (otra vez caemos en el error, pero algún género debemos atribuirle) se han recopilado de Cuarto poder, CTXT, Bostezo o Atlántica XXII. Es decir, aparentan tener un perfil político. Pero Alba Rico no entiende la política como los demás seres. Alba Rico se remite al ágora griega, donde los ciudadanos se reunían para debatir y tomar las mejores decisiones para la Polis. Alba Rico cree que allí donde los partidos políticos, que son unos ejecutores del mercado financiero, no hacen otra cosa que bloquear las iniciativas, debe imponerse la sociedad civil. Lo ideal, que tropieza, por otra parte, con la condición humana, sería que la sociedad civil funcionara al margen de las finanzas. A las finanzas las define el tiempo: cuanto más corto, mejor. A la sociedad civil su ausencia: lo que importa es que llegue la primavera, mientras tanto nosotros debemos trabajar la paciencia y seguir combatiendo contra el invierno.
Pero estos ensayos (maldición, ¿por qué no existe otra palabra?) no son meras reivindicaciones y propuestas. En sus ensayos Alba Rico reniega del género para integrarlos todos en una sola frase. Es un ensayista conservador en lo tocante a la naturaleza, por ejemplo, algo que refleja con poesía, la misma que dedica a la adolescencia. Las flores y dos jóvenes besándose entre los coches son suficiente como para promocionar el optimismo poético. Y Alba Rico encuentra cientos de ejemplos en su cabeza y en las estampas de la realidad. A la par que odia, sí, odia, pero no lo expresa con la maldad propia de los voceros de los medios de comunicación, a quienes siguen promoviendo la destrucción del planeta. Esa destrucción que se rige por los relojes y los calendarios: las decisiones del tupé del presidente de los Estados Unidos o de las empresas petrolíferas.
¿En qué consiste, en definitiva, la parte que no es denuncia del proyecto político o literario, porque nadie escribe tan bien como Alba Rico en este país? Básicamente, en la deconstrucción ladrillo a ladrillo. Ninguna de nuestras acciones, ni siquiera las brutales, mucho menos las brutales, derribarán al imperio transversal que nos gobierna. Solo la proximidad, esa que se acerca tanto a los momentos en que el tiempo del hombre lo regían los ciclos lunares y las estaciones, no la historia y su hermana gemela, que es la mentira, conseguirá que derrotemos al imperio de las finanzas entre nosotros y nuestros amigos. Todo el pasado por delante continúa con el espíritu que ya reflejó su anterior recopilación de ensayos, Penúltimos días, y que también reseñamos aquí. Repetimos, porque nunca sobra recordar las buenas ideas, nuestra impresión de estas pequeñas hazañas literarias de Alba Rico. El día que apague su voz, lástima, nadie vendrá a sustituirle. Por eso debemos seguir escuchando.

Reseña de Penúltimos días (La Catarata)

El mundo es bipolar: por un lado están las bombas con punta en forma de ojiva que viajan en drones, y por el otro los roces de la piel, el de los amantes, el de los padres, el de los amigos. El tercer polo lo marcaría eso que se conoce como mercado, una palabra neutra que si representamos en términos humanos nos llevaría a mercaderes. No hay mercado sin mercaderes. Y cuando uno oye de nuevo esta palabra lo primero que le viene a la cabeza es esa imagen de un Jesucristo colérico, por única vez en su vida imitando al padre que habíamos conocido en el antiguo testamento, expulsando a latigazos a los dueños del mercado del templo de la oración, donde solo debería caber el amor universal. Mercancías, máquinas y hombres. Sobre los efectos del capitalismo, son los subtítulos que lleva este volumen que recoge ensayos, artículos, fugaces ideas y sentimientos de Santiago Alba Rico (Madrid, 1960), el mejor escritor –sí, han leído bien, el mejor escritor- de nuestro país, ahora afincado en el norte de África.
Alba Rico, conocido por su faceta juvenil como guionista de La bola de cristal, escruta con algo que uno llamaría alma, por no encontrar una palabra más adecuada, las paradojas de la economía capitalista, su efecto sobre los cuerpos y la relación entre los vivos y entre los vivos y los muertos. Si existe la posibilidad de que se desarrolle un ensayo lírico, de que la filosofía, tal y como expresaba Montaigne, sea un género de la poesía, Alba Rico es la única persona capaz de ponernos en paz con esa lectura. Sus argumentos son irrebatibles porque no son razonamientos lógicos, porque obedecen a esas ideas que uno concibe con todas las células del cuerpo, no sol con las del cerebro: “¿Cómo superar un duelo? La casa Roche te vende una pastilla”, afirma cuando lamenta el daño que ha sufrido la memoria colectiva, la que nos enseñaba, por ejemplo, como superar un duelo persona a persona y no en un tiempo uniforme.
Reivindicando una y otra vez la empatía, la compasión –que es la empatía que sentimos con todo el cuerpo, no solo con la lógica-, sostiene que para representarnos el dolor ajeno hace falta imaginación. Algo que no deja de ser parte de su ideario, la imaginación. “Sin imaginación (…) todo es fantasía; y la fantasía asegura los beneficios de Monsanto, la BP y el Banco de Santander”. Para finalmente determinar el extrañamiento que le produce el mundo: “Lo raro –qué raro- es que a la fantasía destructiva del mercado la llamen realismo y a la preocupación por nuestros amigo y sus hijos la llamen utopía”. El que sea capaz de contradecir esa mirada, que venga y lo resuma con la capacidad de síntesis que posee Alba Rico. Como en el ensayo donde defiende que las cosas ocurren en un espacio indeterminado que está lejos pero se adueña de nuestra aura, poniendo a internet como exponente máximo de tal condición: “las verdaderas antípodas, las antípodas de “todo”, son más bien mis vecinos, mis flores y mi cocina. ¿Dónde ocurren las cosas? En todos los lugares del mundo menos aquí, en todos los instantes futuros menos ahora”.
Pero al contrario que Sánchez Ferlosio, por poner un ejemplo de otro gran pensador, en Alba Rico siempre cabe lugar al optimismo: “los seres humanos, criaturas siamesas, tienen un pie en el barro, al que están irremediablemente encadenados, pero otro en las estrellas, desde donde pueden contemplar la inhumanidad de su situación y excogitar soluciones colectivas para cambiarlas”. La razón de que nos veamos abocados a esa bondad que viene de las estrellas la expresa unas líneas más abajo: “¿Tendremos que dejar de inventar caricias porque es más antigua y natural la violación?”. Ahí va la explosión en plena tabla de náufrago, quitándonosla de las manos para que no nos quede más remedio que nadar hasta la orilla con nuestras propias fuerzas. De ese calado es este libro que refleja un pensamiento coherente, poético, lleno de ilusión y de denuncia, contra los efectos de un capitalismo que ha teñido la cara del planeta por el que viajamos: “El capitalismo nos prohíbe todos los lujos. Nada de lujos. Solo lo estrictamente necesario: el derroche, el incendio, la destrucción, la muerte”. Santiago Alba Rico se está convirtiendo en un autor necesario para convertir la supervivencia en vida.

Fuente: Culturamas