El
derecho a quedarse quieto
Marina
Perezagua
Galaxia
Gutenberg
Madrid,
2026
165
páginas
Parecemos
destinados a exterminar la belleza incluso donde damos por supuesto que no la hay.
Algo de belleza debe caber en la supervivencia tipo Robinson, aunque solo sea
la belleza de ser autónomo, de tomar la decisión de vivir donde no quiere vivir
nadie porque, como diría Pessoa, la realidad no le necesita. Ese lugar es un
paraje baldío a cuenta de una catástrofe nuclear, y quien ahí sobrevive es hijo
de una superviviente de las bombas atómicas que se arrojaron sobre Japón. Marina
Perezagua (Sevilla, 1978) ya había explorado la construcción de estos seres,
sometidos al arranque más duro posible para una vida que no le queda más
remedio que llevar, en su extraordinaria novela Yoro. Ahora regresa, pero
con otra suerte de identificación, más semejante a la de un espectador que a la
de quien calibra identificarse con ellos, meterse en su piel, compadecerse
célula a célula. Eso sí, debemos aclarar que la virtud de compadecerse sigue
presente en esta obra, pues es imposible no anclar algún tipo de identificación
con quien tiene por primera norma la de no hacer daño.
En
un lugar en el que no hay más vida que la de unos perros callejeros, que
acompañan al protagonista y de ahí que tengan nombre, alguien descubre que un
superviviente aislado se empeña en mantener la lejanía y apañarse con cuatro
cosas y un puñado de comida para salir adelante. Es zona radiactiva, así pues,
este hombre se convierte en noticia y alguna periodista se acerca hasta él. El
problema será la popularidad que eso genera. Este hombre nos presenta un resquicio
de pureza, de salud, frente a un mundo hipermediatizado a través de redes
sociales que replican todo hasta el hartazgo, incluidas las escenas de muerte. Es
posible que consiga salir adelante gracias a una inmunización, pues bebió leche
radiactiva siendo bebé. Es posible. Lo que sabemos es que los demás no
entienden a esta persona y la convierten en show. Lo que demuestra el
protagonista es que la pureza reside en la actitud, en la convicción de que lo primero
que debemos hacer es no molestar, no ser agresivos ni causa de agresión, aunque
uno viva en un lugar horrendo en el que cualquiera se estresaría y buscaría un
cuchillo para degollar ratas. De ahí que sea tan importante mostrar la pacífica
convivencia con los perros, que se transforma en el último apunte de nuestro
vínculo con lo natural, eso que tanto nos beneficia.
Hay
una segunda voz, al margen de la de la narradora omnisciente, que es la de una
madre con serios problemas para conseguir que la leche mane de sus pechos, y
así poder alimentar a su bebé. Esta parte, potente, compensa cierta necesidad
de distancia que se mantiene en el grueso del relato, porque para relatar una
tragedia que es absolutamente incomprensible uno debe blindarse un poco, lo
cual, en este caso, supone alejarse del interior de la condición humana, ser más
testigo que fiscal de los sentimientos. Ese acierto consigue el efecto adecuado
para que sea el lector el que se involucre, e involucrarse, en este caso,
significa no entender nada, pero saber que las reacciones humanas que se
describen en el último tercio de la obra son una angustia, una catástrofe, un
desatino. Y pensar que esto podría suceder, estar sucediendo, esa particular
denuncia, es lo que nos empuja a querer modificar esa parte del mundo que está
dentro de nuestra piel. Ojalá baste esa frase de Pessoa, la que mencionaba que
la realidad no nos necesita, para mantenernos dignos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario