martes, 20 de octubre de 2026

EL DERECHO A QUEDARSE QUIETO

 

El derecho a quedarse quieto

Marina Perezagua

Galaxia Gutenberg

Madrid, 2026

165 páginas

 



Parecemos destinados a exterminar la belleza incluso donde damos por supuesto que no la hay. Algo de belleza debe caber en la supervivencia tipo Robinson, aunque solo sea la belleza de ser autónomo, de tomar la decisión de vivir donde no quiere vivir nadie porque, como diría Pessoa, la realidad no le necesita. Ese lugar es un paraje baldío a cuenta de una catástrofe nuclear, y quien ahí sobrevive es hijo de una superviviente de las bombas atómicas que se arrojaron sobre Japón. Marina Perezagua (Sevilla, 1978) ya había explorado la construcción de estos seres, sometidos al arranque más duro posible para una vida que no le queda más remedio que llevar, en su extraordinaria novela Yoro. Ahora regresa, pero con otra suerte de identificación, más semejante a la de un espectador que a la de quien calibra identificarse con ellos, meterse en su piel, compadecerse célula a célula. Eso sí, debemos aclarar que la virtud de compadecerse sigue presente en esta obra, pues es imposible no anclar algún tipo de identificación con quien tiene por primera norma la de no hacer daño.

En un lugar en el que no hay más vida que la de unos perros callejeros, que acompañan al protagonista y de ahí que tengan nombre, alguien descubre que un superviviente aislado se empeña en mantener la lejanía y apañarse con cuatro cosas y un puñado de comida para salir adelante. Es zona radiactiva, así pues, este hombre se convierte en noticia y alguna periodista se acerca hasta él. El problema será la popularidad que eso genera. Este hombre nos presenta un resquicio de pureza, de salud, frente a un mundo hipermediatizado a través de redes sociales que replican todo hasta el hartazgo, incluidas las escenas de muerte. Es posible que consiga salir adelante gracias a una inmunización, pues bebió leche radiactiva siendo bebé. Es posible. Lo que sabemos es que los demás no entienden a esta persona y la convierten en show. Lo que demuestra el protagonista es que la pureza reside en la actitud, en la convicción de que lo primero que debemos hacer es no molestar, no ser agresivos ni causa de agresión, aunque uno viva en un lugar horrendo en el que cualquiera se estresaría y buscaría un cuchillo para degollar ratas. De ahí que sea tan importante mostrar la pacífica convivencia con los perros, que se transforma en el último apunte de nuestro vínculo con lo natural, eso que tanto nos beneficia.

Hay una segunda voz, al margen de la de la narradora omnisciente, que es la de una madre con serios problemas para conseguir que la leche mane de sus pechos, y así poder alimentar a su bebé. Esta parte, potente, compensa cierta necesidad de distancia que se mantiene en el grueso del relato, porque para relatar una tragedia que es absolutamente incomprensible uno debe blindarse un poco, lo cual, en este caso, supone alejarse del interior de la condición humana, ser más testigo que fiscal de los sentimientos. Ese acierto consigue el efecto adecuado para que sea el lector el que se involucre, e involucrarse, en este caso, significa no entender nada, pero saber que las reacciones humanas que se describen en el último tercio de la obra son una angustia, una catástrofe, un desatino. Y pensar que esto podría suceder, estar sucediendo, esa particular denuncia, es lo que nos empuja a querer modificar esa parte del mundo que está dentro de nuestra piel. Ojalá baste esa frase de Pessoa, la que mencionaba que la realidad no nos necesita, para mantenernos dignos.

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