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miércoles, 22 de abril de 2026

OBJETOS PERDIDOS

 

Objetos perdidos

Karla Suárez

Comba

Barcelona, 2026

217 páginas

 

 


Enfrentarse a las regiones más oscuras de la vida es algo muy personal. Será complicado que triunfen las recetas universales, lo cual nos lleva a buscar entre las opciones que podamos idear cuál es la que mejor funciona para nosotros. Por ejemplo, como le sucede a la protagonista de esta novela, bailar. Bailar incluso sin música, en la calle, en soledad, con el ruido del tráfico o de los turistas que se agolpan en los alrededores de la Sagrada Familia. Pero Karla Suárez (La Habana, 1969) crea algo más que una mujer necesitada de terapia en esta obra, porque la complejidad del personaje, que es lo que sostiene al relato, es lo bastante potente como para que nos importe, y mucho, su suerte. De entrada, la conoceremos como a una persona desubicada, como a alguien que padece el síndrome de Ulises, pues no deja de ser una cubana alejada de su tierra. Aunque en su tierra tampoco pudo ser feliz.

Suárez idea una narración en la que lo que está sucediendo es bastante sencillo, pero lleva, constantemente, a la protagonista a revisitar periodos de su vida en una ida y vuelta con la memoria, que muestra ser pendular y responder a estímulos que avivan. La trama es muy sencilla: la protagonista emprende un viaje con su pareja, les roban, discuten, sale corriendo, se pierde; en lugar de vagar por Barcelona, que es donde sucede el desencuentro, decide ponerse a bailar en un lugar de la calle, cerca de la Sagrada Familia, porque sabe que su mejor amigo vive por esa zona, confiando en que sea él quien la encuentre. Se comportará como un vagabundo, recogiendo el dinero que le dejan los transeúntes, durmiendo en los bancos de las plazas, comiendo pan y bebiendo leche. Todo sucederá en un periodo de cinco días, entre los que se incluyen los dos últimos, en los que la resolución y, sobre todo, lo que motivó el problema, el trauma, comienzan un posible exorcismo. Digamos, sin ambages, que esta última parte es de un valor enorme, que cuando descubrimos los porqués nos quedaremos helados y nos mantendremos fieles junto a esta mujer, Giselle, para quien vivir es una heroicidad. Nada hay como comprender para darse cuenta de qué lado debemos estar.

A todo esto, lo que irá formando parte de la terapia no será solamente el baile, pues el hallazgo de una cartera perdida, propiedad de un desconocido, y el diálogo que Giselle entabla con ella, contribuirán a ordenar los pensamientos y los sentimientos de la protagonista. Reconstruir a los demás ayuda a reconstruirse a uno mismo. Así es como va comprendiendo lo que le sucedió en el pasado: su infancia y esa adolescencia en la que se quedó embarazada y entregó a su madre al bebé, para que lo criara como si fuera su hermana; o la relación, que no termina de ser cómoda, con su novio. Todo irá quedando en su lugar a medida que vayamos conociendo primero los hechos y luego las explicaciones, primero las pesadillas y luego el desahogo. Lo que nos recuerda Suárez, una vez más, es que los secretos, los grandes secretos, agreden, aunque nos parezcan algo inerte. En el caso de Giselle, la llevarán a una pérdida enorme de la confianza en sí misma, que tendrá que inventar para sobrevivir a unos días de vagabundeo. Su única certeza, su único cimiento, era el baile. Su dificultad para las relaciones, para las amistades y para los vínculos tras el enamoramiento, eran demasiado patentes, excepto con el amigo a quien busca en Barcelona, que tal vez fue su único refugio, la única persona que pareció comprenderla. Con todo esto, Karla Suárez construye una novela magnética, dinámica, en la que no sobre una sola frase, en la que todas las palabras están puestas al servicio de la actuación, que sucede a pleno galope. Objetos perdidos será una experiencia que le merecerá la pena al lector, eso seguro.

domingo, 12 de octubre de 2025

LA PUERTA DE LA FELICIDAD

 

La puerta de la felicidad

Luis Noriega

Comba

Barcelona, 2025

199 páginas



 

Lo más importante, lo más difícil, en el cuento, es conseguir mantener el interés que este suscita en la primera línea. Eso quiere decir que el autor debe, en primer lugar, escribir una primera frase enérgica, pero que no aturda. Si aturde, nos veremos obligados a exigir un poco de relajación posterior. Y la relajación no es propia del cuento, dado que en este género se impone la concisión. No es un género tan fácil, por mucho que la extensión, más breve que en la novela, así lo haga suponer. Lo sabía Borges, cuyo insólito interior se adaptaba a este tipo de brevedad que impone que el autor tiene que ceñirse al asunto, evitar digresiones innecesarias. Y lo sabe Luis Noriega (Cali, Colombia, 1972) que en esta entrega, La puerta de la felicidad, demuestra que el cuento también es lo suyo.

En el mundo interior que aquí saca a la luz Noriega, se apunta a la fantasía dentro de la realidad, a posibles alteridades del mundo, de modo que nos hará cuestionar nuestras certezas. No importa si reinterpreta la leyenda del sacrificio de Isaac, haciéndonos ver que bien pudo tratarse de un caso de esquizofrenia paranoide, o nos acerca a algo mucho más próximo y más cotidiano, como puede tratarse de una situación absurda que tiene lugar dentro de una pareja tras heredar el número de teléfono de un restaurante. A lo largo de los relatos, Noriega va demostrando que posee un número suficiente de recursos para conseguir intensidad y concentración narrativa. A veces se aproxima al terror, siempre tirando de una imaginación que no deja de sorprender, y en otras ocasiones el terror es una deducción propia del lector, como en la intranquilidad que genera no saber qué sucede entres los nativos de la tierra que todavía no ha sucumbido a una colonización bélica.

Dado que el cuento se caracteriza por el espacio corto, no quedará más remedio que sugerir. Ese es un recurso que bien llevado provocará un magnetismo que hará irresistible la lectura de los textos. Noriega lo sabe cuando apunta a resultados inauditos en un juego que lleva a dos amigos a crear una máquina de cambios de identidad o cuando uno gesta un conflicto, que no tenía por qué existir, con un maestro. La inquietud puede incrementarse cuando glosa la vida virtual, que va cobrando, peligrosamente, demasiados visos de realidad, pues sustituye a la propia realidad al alterar con idéntica intensidad que ésta las emociones, o al referirse, en el cuento que da título al libro, a cómo podemos utilizar el fetichismo para colgar, fuera de nosotros, algo que es lo más normal: que la vida es búsqueda. Estamos frente a un cuentista que tiene bien asumidos los parámetros del género y que, además, tiene algo tan importante como es un mundo interior en el que navegan temas que nos afectan muy de cerca. La puerta de la felicidad es uno de los mejores libros de cuentos de este año.

jueves, 19 de junio de 2025

EL CHICO QUE GANABA TODOS LOS PREMIOS

 

El chico que ganaba todos los premios

Miguel A. González

Comba

Barcelona, 2025

208 páginas

 



Una cosa es la vida, y otra, no tan distinta, es lo vivido. Con lo primero uno escribiría una autobiografía y, poniendo su corazón al desnudo, generaría lágrimas, enfados o cualquier otra suerte de emoción que fluye en la espuma de los días. Con lo segundo uno puede escribir cualquier otra cosa, desde la poesía que corre por las páginas de Whitman a los párrafos maravillosos de El libro del desasosiego, pasando por las penas de Alonso Quijano. Lo vivido no incluye sólo lo que a uno le ha afectado directamente, pues también cabe ahí lo que ha visto que afecta a los demás y cómo les afecta, una función de testigo que al reproducirla sobre las páginas pasa, necesariamente, por la imaginación. «Así es como nacen mis historias, me dijiste. Cuentos de ficción que se construyen como una especie de puzle, o como un Frankenstein hecho de palabras. Retales de recuerdos. Escenas reales que alteras a tu antojo para que encajen con la historia que estás contando», esto dice Miguel A. González (Madrid, 1982) en el primero de los relatos que componen este libro. Un poco más adelante, añade las razones que a uno le empujan a escribir, y que no siempre tienen que ver con ese para que mis amigos me quieran más que soltó en Nobel colombiano: «ése era el motivo por el que tú escribías, porque podías regresar siempre que lo desearas a los buenos momentos y modificar los malos hasta que dejaran de serlo». Parece que la función de la literatura se asemeja bastante a la de las terapias.

De hecho, González explora, como en obras anteriores, esos recovecos de la realidad que no siempre son a los que nos podemos permitir prestar atención, por culpa de la urgencia de la actualidad. Uno lee sus relatos y se da cuenta de que va abandonando las principales arterias de la ciudad para explorar los callejones y los barrios de la periferia, y aquí cabe leer ciudad de una forma metafórica, como si uno hablara de la actuación del individuo sobre sus días y sus noches. A medias participando de la vida y a medias siendo testigo de lo que sucede a su alrededor, estos narradores nos llevan a recodos que forman parte de lo que no es normal, pero sí es muy posible. Por tanto, tenemos la sensación de que nos queda el deber de atender mejor a nuestro alrededor después de terminar esta obra, porque se nos deben de estar escapando demasiadas cosas. Y la mayoría de ellas tiene que ver con lo que más nos importa, que es la familia y son los amigos.

En algún momento se hace referencia a la literatura de Kafka, por lo angustioso de las situaciones que construye, pero reivindicando la crítica social que su literatura construía. Es imposible escribir igual a como se escribía antes de Kafka, pero no es el único referente de González, como podemos comprobar siguiendo los epígrafes que encabezan cada uno de los relatos: Cortázar, Palahkniuk, Vonnegut, Lispector, Ginzburg, Marsé o los poetas César Vallejo y Juan Ramón Jiménez vuelan por ahí, junto a otros miembros de la realidad, como Kim Kardashian. En cualquier caso, lecturas de libros y lecturas de lo que nos rodean que, junto a un talento que ya habíamos conocido, construyen una literatura de gran pulso, la de uno de nuestros mejores cuentistas, la de alguien que sabe que sigue siendo importante construir imágenes en la mente del lector, y que no es casualidad que imaginación e imagen compartan raíz.

lunes, 7 de abril de 2025

EL PESO

 

El peso

Jesús Martínez

Comba

Barcelona, 2025

322 páginas

 



El asunto es saber conservar un mínimo de autoestima dentro de las marejadas a que está sometido el rebaño humano. Aunque a veces son los miembros del propio rebaño los que azotan estas marejadas, provocando tormentas. Conservar la autoestima contra viento y marea, frente a los demás, y conseguir así un mínimo de respeto, es el gran tema de vivir y posiblemente el gran tema de la literatura. Por lo general, a este asunto se le conoce como dignidad. Puede ser un sustantivo sin sinónimos, pero sus opuestos son múltiples: deshonor, humillación, desvergüenza, vileza, maldad, ruindad, ignominia y, claro está, indignidad. Indigno es aquel que arranca la vida a otro ser humano. Puede que esté trastornado y ese trastorno justifique la furia lo bastante como para que nos resulte comprensible el arrebato que le llevó al crimen, pero si a un compañero le quitamos la vida, le quitamos también el tema central de vivir que es, repetimos, la dignidad.

Esto le sucede a quien ocupa el centro de interés de esta crónica, El peso, que es una de las mejores que hemos leído en los últimos tiempos. Un inmigrante rumano, un sintecho, es asesinado por otro que carga con el diagnóstico de esquizofrenia. El crimen es brutal, un gesto de violencia salvaje. Y así el autor, Jesús Martínez (Barcelona, 1975) se pone a investigar y se encuentra con todos los que formaban la periferia vital del asesinado, a quien llama el enano Florín. El uso de la palabra enano queda aclarado en los subtítulos del libro: Historia de un poema. De enanos contra gigantes. El autor del poema, por su parte, será otro enano, otro sintecho, a quien llama Marcos, de quien sí iremos conociendo buena parte de su biografía, algo que no puede reproducir del fallecido, pero nos podría orientar acerca de la suerte de quien terminó su vida trágicamente en las calles de Barcelona. Marcos, por su parte, es un tipo activo y sensible, autor de unas poesías que se nos van entregando junto al texto, poemas de realismo social duro y desnudo, en los que la letra k se significa dándonos a entender la esclerosis que supone la vida en la calle.

Jesús Martínez elige una estrategia que nos predispone a pensar que nos encontramos frente a una anticrónica: capítulos muy breves en los que el autor-recopilador desaparece, renunciando a dar forma de narración convencional al relato, renunciando a un texto redondo. La mayor parte de la obra está compuesta por reproducciones muy literales de las voces de los coprotagonistas, especialmente del enano Marcos, dando al texto una velocidad singular, pero atractiva, siendo un tipo de atracción que pertenece al polo negativo de los sucesos. El espíritu que transmite es fundamentalmente inquieto, y en buena medida bueno, dado que las personas con las que se encuentra reconocen, a su vez, la bondad en el enano Florín. Lo cierto es que si uno tiene noticia de lo que sucedió, siendo consciente de la suerte de vida que llevan estas personas, no puede por menos que sentir removerse dentro la incapacidad de consentir la injusticia y esa rebelión, como no puede ser de otra manera, es una expresión de la dignidad. Estamos frente a un libro digno, frente a un tratado sobre la dignidad innata a lo que queda dentro de la piel, sin necesidad de colgarla sobre lo que nos rodea. Y decir de una obra que es digna, a estas alturas, la define como algo más vivo que decir que una obra es buena. Por favor, no dejen de leer El peso.

lunes, 31 de marzo de 2025

THIS IS MUSIC

 

This is Music

Juan Manuel Zurita

Comba

Barcelona, 2025

315 páginas


 


El subtítulo que lleva esta novela de Juan Manuel Zurita (Chillán, Chile, 1978) nos sincera con parte de sus intenciones: Historia particular de un infame. Borges, y con él su Historia universal de la infamia, le dio un buen revolcón a la historia de la narrativa, demostrando que se podía hacer literatura a partir de las inspiraciones que provocaba la propia literatura. Hasta entonces, la fuente de la que bebían casi todos los narradores y pensadores era la realidad, la observación de la realidad. A partir de Borges, se eleva a categoría taxonómica la obra cuyo sustrato son las lecturas. Zurita es consciente de esto, pero también es consciente de la literatura que existió antes que Borges. Y así escribe esta obra que apunta en algún momento a lo borgeano, tal vez incluso a Bolaño, pero sin dejar de rebelarse contra el maestro. ¿Puede uno seguir la estela de Borges demostrando que la realidad sigue siendo el humus de la creación? Zurita lo intenta y, debemos decirlo, sale muy airoso del propósito. Estamos frente a una novela muy bien construida y que refleja con acierto algunos rincones de lo natural, de lo que somos.

El narrador, un chileno que ha superado los treinta años y al que todavía le cuesta afrontar la idea de que hace tiempo que debió terminar de crecer, de asumir lo que socialmente se conoce como responsabilidades (económicas, de independencia, fundar una familia), se embarca en la aventura de cursar un máster en Barcelona, a donde llega con el presupuesto demasiado ajustado. Allí se encuentra con el otro protagonista de la obra, el que da pie al subtítulo, alguien a quien conoció años antes durante una fiesta en Chile, país de origen de ambos. Mientras se desarrolla frente a nosotros la tenue trama de supervivencia, nos vamos adentrando en la personalidad de este otro tipo, capaz de burlarse de todo, con un esnobismo carente de empatía, en palabras del narrador. Algo se deja intuir acerca del motivo que le lleva a la práctica del sarcasmo, algo que bien podría ser un fondo autocompasivo, que en cualquier caso facilita el conflicto que sentimos debe padecer, ese que nos lleva a preguntarnos, todo el rato, si es alguien muy inteligente o un cretino. Aunque lo que más apunta a esta idea es el final de la vida de nuestro infame, marcada por una forma de suicidio que implica a más gente, un acto que el narrador intentará reconstruir utilizando la banda sonora del suicida.

Zurita elige para la narración un tono que conlleva cierta melancolía, el propio de alguien que se dispone a relatarnos esos momentos del pasado en que la vida era un tanto más pura, más sincera, más llevadera. Era la época de los sentimientos y los vínculos que establecíamos venían marcados por la ilusión. Habrá, pues, algo de elegíaco en el relato: elegía por el tiempo pasado, elegía por el personaje que se fue, aunque no terminaremos de descubrir que sentimientos nos producía o nos produce su recuerdo. La obra, como todo lo que representa un recuerdo, va construyéndose a sí misma a medida que avanzamos en el tiempo, aunque el tiempo esté partido entre el recuerdo de esos días en Barcelona y la temporada posterior al suicidio, de regreso a Chile. Nos vamos cuestionando si lo que se construye merece la pena, o si estamos, estuvimos, frente a un personaje que se caracterizaba por el mero detalle infantil de intentar llamar la atención, y para ello se esfuerza en mostrarse divergente: «conocía muy bien los límites de su inteligencia, por lo mismo intentaba parecer siempre fresco, siempre sarcástico».

Tal vez sea el propio autor, en voz de su personaje, quien mejor exprese las intenciones y el logro de este libro, que da la sensación de beber en lo vivido: «Juan José —y ahí aquella ingenuidad— decía que, entre realidad y ficción, él se quedaba con lo último, que de eso se trata la literatura, de ser más verosímil que verdadero, de ser coherente. Eso es lo que buscaba ser, convertirse él mismo en un “relato coherente”».


Fuente: Zenda

martes, 17 de diciembre de 2024

LA INDIVIDUALIDAD COMO MOTOR OCULTO DE LA HISTORIA

 

La individualidad como motor oculto de la historia

Fernando del Castillo

Comba

Barcelona, 2024

212 páginas



 

Las mejores obras de arte son fruto del talento de una persona, pero también de la acumulación de sensibilidad entre los humanos. Miguel Ángel escupió La Piedad, Shakespeare escribió Macbeth, Velázquez pintó Las Meninas, detrás del diseño del Taj Mahal tuvo que haber un arquitecto, y las nueve sinfonías de Beethoven sigue siendo el mejor refugio para la belleza. De acuerdo, pero la humanidad, o algún ingeniero o un loco, también ha creado las bombas nucleares y las bombas de racimo, la tensión económica, la contaminación o el odio entre hermanos. Parece claro que todo esto se debe a un cerebro que no cesa de evolucionar, la pregunta es saber hacia dónde. En cualquier caso, la cuestión es lo bastante sugerente como para que alguien, en este caso el médico y ensayista Fernando del Castillo (Salamanca, 1945), se plantee una cuestión que contiene espíritu de tesis doctoral combinado con ánimo de investigación divulgativa: ¿puede ayudarnos la neurociencia a entender la evolución de la sensibilidad y el pensamiento?: «Y ésa es nuestra propuesta: el cerebro individual —o mínimamente grupal— es el motor de la historia de los seres humanos».

El autor parte del hecho de que el cerebro es un órgano evolutivo y en evolución, que el sistema nervioso no está estancado. Y para demostrarlo elige las representaciones artísticas, analizando someramente los paradigmas de la escultura, la pintura o el teatro en distintos momentos de la historia: «El seguimiento del yo en la historia, su evolución y manifestaciones en cada uno de los tiempos históricos, es el motivo principal de nuestro trabajo». No es tan sencillo demostrar que la evolución del arte y de la filosofía está relacionada con un proceso de madurez mental del individuo, pues habría que desgajarlo del contenido social que afecta, claro está, a la formación del pensamiento. Esto lo sabe bien el autor, que al margen del análisis a favor de su tesis afronta el tema desde una perspectiva psicológica y antropológica, en la que incluye a la religión, a la evolución de las implantaciones religiosas, además de a la teología. En lo referente a las expresiones artísticas, los referentes que le sirven de sustrato son autores como Gombrich, Hauser o Panofsky, sobre los que debate con frecuencia para estudiar la expresividad, el simbolismo, la iconografía o el naturalismo. Y a partir de ahí tratar de definir qué es la madurez y si esta responde a una madurez neurológica: «Mi opinión, muy contraria al maestro (se refiere a Gombrich), es que la individualización no se adquiere plenamente en un momento histórico determinado, sino que es un proceso continuado de perfeccionamiento mental, de manera que cada periodo histórico tiene su propia concepción del yo». El yo, ese yo, es lo que da lugar al debate que él plantea, acudiendo, de vez en cuando a pensadores y teólogos, sin distinguir entre unos y otros.

La intención del libro no es tanto demostrar una tesis, que posiblemente precisara de un análisis más complejo en el que participaran más autores, dado el interés que puede suscitar, como iniciar una nueva vía de estudio. Lo que consigue, con éxito, es intrigarnos y hacernos sospechar que faltan muchas cosas por decir, que hay un territorio que todavía nos puede regalar alguna sorpresa. Y no se nos ocurre un motivo mejor para afrontar la lectura de un ensayo.

lunes, 13 de mayo de 2024

ASÍ ES EL JUEGO

 

Así es el juego

Esmeralda Berbel

Comba

Barcelona, 2024

330 páginas

 

 


Cuando es preciso, Esmeralda Berbel (Badalona, 1961) demuestra una solvencia estilística admirable: «No puedo ahora desenterrarme y decirte como hija cuánta flor hay en mi costado, cuánta agua maloliente, cuánto río lleno de sangre; cómo me he vuelto reina de las sábanas de hilo caro, cómo hemos desflorado las flores vivas de nuestros almohadones. Oír la cal trashumando mi piel fría convertida en oro». Pero su primera preocupación, al menos la que se desprende de la lectura de este volumen en el que se recogen sus cuentos, es la definición de personajes a través de la sensibilidad. A estos personajes, que son los que la preocupan, su fuente de inspiración, el sustrato sobre el que dejar caer la curiosidad, les da voz, los convierte en narradores. Espíritus sensibles, asistimos a cómo van construyendo lo que sienten a partir de un episodio significativo de su existencia, de un momento clave, de la etapa más significativa. Berbel no entrega el cuadro completo, como no podía ser menos cuando nos coloca en los sentidos de narradores que atienden a su parcela de realidad, con lo que empuja al lector a convertirse en cómplice de casi todo: debemos completar el cuadro mientras nos estamos identificando con el que vive la historia. Parece fácil y, de hecho, Berbel nos relata esos instantes con sencillez, pero cuando alguien trabaja mucho y tiene mucho talento para el trabajo, lo que hace es simplificar, no complicar las cosas. Y mucho menos en términos de comunicación.

Estamos frente a unos relatos en los que se atiende a la belleza de lo pequeño, sin que esto sea una categoría evaluable: lo bello es que las mariposas sean pequeñas y los océanos grandes. Esa categoría entra, sobre todo, en el fenómeno del tiempo antes que en el del tamaño: leeremos un fragmento de vida, en un sitio y un momento concreto, en el que el protagonista debe aprender algo nuevo. Eso supone plantearse qué es lo que debe aprender, generalmente vital, y cómo saldrá de ese momento bisagra. Berbel no tiende a ofrecernos el resultado, pero sí a indicar que hay salida y que ella, creadora de estos personajes por los que siente debilidad, espera que al otro lado aguarde la calma. Ese es, posiblemente, el mensaje más concluyente que nos llega desde estos relatos. Como es de prever, por norma general suponen encuentros e interrogantes, y fallas de comunicación, en las que por momentos da la sensación de que los personajes hablan más para sí que para la gente con la que comparten secuencia. Esto da un efecto de intensidad a las relaciones humanas, muchas de las cuales se asemejarán a las que conocemos de primera mano.

Somos vacío y lo que importa es ser conscientes de qué nos llenamos. El destino puede escoger lo concreto por nosotros, pero nuestra sensibilidad, y aquí hay mucha, elige la calidad con que combinemos esas cosas concretas: aquí cabe enamorarse, por ejemplo, porque el enamoramiento es parte de la elección de una vida poética, de una mirada que tiende a la sugerencia en lugar de a la certeza, de una conciencia de lo que nos falta y no de la estupidez de la abundancia. Esta es la esencia de este volumen que recoge dos libros de relatos, Así es el juego y El hombre que pagaba noches enteras, el segundo de ellos publicado originalmente hace más de veinte años y ya casi inencontrable. Y en esta esencia, repetimos está la sensibilidad por encima de cualquier otro valor literario: la mirada, sí, y la palabra, pero también los olores y, sobre todo, la piel.


Fuente: Zenda

miércoles, 6 de marzo de 2024

HORIZONTE TARDÍO

 

Horizonte tardío

Ernesto Escobar Ulloa

Comba

Barcelona, 2024

428 páginas

 



Que la vida nos lanza contra distintos acantilados es un lugar común, pero ver cómo este lugar sucede, comprobarlo, no deja de traernos a la conciencia un horror, que también es común. Tal vez por eso nos abate, por lo que sentimos en él de irremediable. Si contamos nuestra historia, contaremos la de todos. Eso que a todos nos incumbe a lo que se une eso que nos hace diferentes, lo que nos contiene y nos refleja junto a lo que nos marca como individuos, todo ello bien combinado y escrito con buen oído, dará lugar a una obra en la que nos reconocemos mientras manifestamos sorpresa. Esto es lo que sucede con esta novela de Ernesto Escobar Ulloa (Lima, 1971) que nos lleva a un Perú en el que distintas formas y distintos grados de agresividad han construido a sus habitantes. Nuestro protagonista emprende un viaje a lomos de un camión en el que se encuentra con ese tipo de gente a la que le arrolló la vida, encontrándose con un antiguo compañero de escuela. A partir de ahí, desata recuerdos, que se alternan con este desplazamiento, que por momentos parece destinado a definir el verdadero amor, como si moverse hacia el sur sirviera para madurar sentimientos.

Hemos dicho madurar, pues estamos frente a alguien que parece necesitar ese empujón: «Me hallé en el lugar que más me aterraba: el centro de atención», dice, definiéndose a sí mismo. Este tipo tímido siente una nostalgia de compleja definición por su adolescencia, como si no consiguiera echarla de menos, como si pretendiera desprenderse de ella, sin que sea capaz de lograr ninguna de las dos cosas. Monta su grupo de música de rock duro, juega en el equipo de fútbol, entra un poco en las drogas, se echa novia y se busca otras mujeres porque le sobrepasan los impulsos sexuales. Y, mientras tanto, el país va sufriendo una historia en que aflora la violencia, unas condiciones compulsas que son bastante conocidas, las que sucedieron en los años setenta, y que termina en algo que se parece a la nada: «¿Cómo es, no? De la noche a la mañana pasamos de estar a punto de hacer historia, a que la historia no supiera ni quienes chucha éramos».

La memoria es aquí un instrumento para intentar explicarse a uno mismo, y explicar aquí y allá el país, y uno siente la tentación de hablar de ese subgénero, un tanto forzado por su escasa autonomía como tal, que se conoce como autoficción. Zero, que es como llaman al protagonista, cuyo verdadero nombre es Ezra, en homenaje a Ezra Pound, protagoniza un viaje que no sabe si es búsqueda o diáspora, en el que atendemos incluso a momentos metaliterarios, en el que encadena relaciones para dejarnos con dudas en la cabeza: ¿las vidas con las que ha tratado, con las que está tratando, se están construyendo o son vidas destruidas? En cualquier caso, Escobar Ulloa es consciente de que la esencia del conflicto sobre el que quiere hablar es el animal humano, la gente que no tiene ningún empacho en acabar plagiando libros de alguien que le gusta. Todo ello narrado con un estilo impecable, alejado de los manierismos de corto aliento actuales, con respeto por el lenguaje. Una novela debe defender la autonomía de la ficción como lugar donde ocurren las cosas que realmente importan. Aquí Escobar Ulloa sabe hacer, y muy bien, su trabajo: «Como me dijo una vez alguien, la verdad es un recodo, algo marginal, una serie de hechos aislados».  

lunes, 27 de marzo de 2023

MAL TIEMPO

 

Mal tiempo

Juan Villa

Comba

Barcelona, 2023

190 páginas



 

«Su pío falansterio». Este es el único pero que se puede poner a este díptico. Juan Villa (Almonte, 1954) es un digno heredero de la escuela de escritores que hace ochenta años cuidaban tanto el lenguaje. A medida que uno va leyendo, le surgen en la cabeza nombres como Ignacio Aldecoa o Ramón J. Sender. Es inevitable, como lo es el preguntarse por qué seguimos identificando a estos literatos como los mejores representantes de lo que debe ser un relato o una novela. Villa enriquece el tiempo actual recuperando expresiones y palabras que nos remiten a otro tiempo, pero que lo hacen con la necesidad de no perder ese lenguaje, entre otros motivos porque aquello a lo que se refieren sigue existiendo. Las cosas pueden existir en la realidad tangible o en la realidad de la memoria. Aquí tratamos con un tipo de memoria que es colectiva, que es social, que es en buena medida prestada, o es herencia. En este caso viene desde nuestros padres o abuelos, pero también desde aquellos que escribieron antes que nosotros. Las dos novelas cortas que componen este Mal tiempo —Mal tiempo y Los almajos— se inscriben dentro de la tradición realista y la ambientación rural. Es fácil reconocernos en ellas.

Ambas suceden en las zonas fronterizas a Doñana, en una Huelva en la que suceden fenómenos posibles y extraños, como lo es una nevada, que facilitan el empuje que se precisa para poner en marcha los resortes de la memoria. Ambas historias nos trasladan a los primeros años de la década de 1940, que supone una posguerra con una connotación especial: nos hemos alejado del centro, estamos en la periferia de las consecuencias, donde uno debe trabajar cualquier recurso, pues no hay administración que administre nada. En la primera de ellas conoceremos un suceso bronco y luctuoso desde varios puntos de vista, y en el segundo seremos testigos de una vida gris, que sería depresiva si los personajes, abrumados por la pobreza consecuente, se pudieran permitir una depresión. La sensación que da, a medida que conocemos a los personajes, a medida que conocemos lo que sucede y su poca capacidad para intervenir en lo que sucede, es que se nos esté recordando que en esta vida apenas decidimos nada. Tal vez ese sea el tema del libro.

«Definitivamente, Mejías le había dado otro portazo al pasado, otra finta a la memoria, y parecía decirle a Fabián que lo imitara, que la salud de las cabezas se fragua en la pira del olvido». La cita nos recuerda la importancia de la memoria, que podría ser riqueza, pero es piedra en el camino. Será ese tono de memoria el que se vaya imponiendo, el asunto que más parece preocupar al autor, creando, con mucho acierto, una atmósfera que posee el calor de los mejores recuerdos, a la par que la turbiedad de los peor que sale de nuestras voluntades. Los adjetivos agrupados de tres en tres o las comparaciones constantes, ayudan a que nos sumerjamos en este mundo sepia y arisco. Recuperar el aliento de Aldecoa o de Sender es uno de los proyectos literarios más decorosos que se nos pueden ocurrir en estos tiempos, tan dados a frases cortas y potentes, y con frecuencia tan mal construidas.

miércoles, 15 de febrero de 2023

LIBRES

 

Libres

Ana Santamaría

Comba

Barcelona, 2023

122 páginas

 



No es tan sencillo tener un paraíso propio. Fuera de la cabaña en el árbol de la infancia o la siesta tostada en la playa adolescente, apenas queda refugio y si uno aspira a inventárselo, por mucho que ponga toda la carne en el asador ha de ser consciente de que la vida te va a azotar con fatalidades. A eso que se conoce como destino, que significa no ser dueños de nuestro futuro, que apenas sirva de nada sembrar y labrar para garantizar la cosecha, que estemos al desamparo frente a todas las plagas, es a lo que se refiere la suerte de los personajes que Ana Santamaría (Burgos, 1970) reúne en este volumen. Libres es, precisamente, lo que tanto les cuesta ser. Frente a la realidad, y estos cuentos son de carácter realista, sólo existe una libertad auténtica, que no es la de querer, sino la de querer querer. Debería bastarnos con saber qué nos gustaría ser, para disfrutar de nuestros días: el valor del sueño no es que se realice, sino soñarlo. Pero aceptar esto supera casi todos los atributos que podemos poner en juego. De ahí que no nos quede más remedio que idear conceptos como la saudade y pensar que esta forma parte inevitable de nuestra vida. Y a partir de ella, crear un proyecto estético, saber convivir con la belleza, que puede ser triste, pero es acogedora. Y saber materializar esta idea a través de palabras es literatura.

Ana Santamaría comienza recordándonos que reconstruirse tras la batalla puede ser imposible, y que para darnos cuenta de nuestra limitación nada hay más oportuno que la falta de intimidad. Estamos demasiado expuestos. Nos hará acompañar a gente que entiende que la tristeza ya es irrevocable y vive al borde del suicidio. Nos recordará que sueño y vigilia provocan sensaciones que son igual de veraces. Aterrizará en la idea de que el tema central en cualquier relación entre seres humanos es la comunicación, su falta o la comunicación en diferente frecuencia. Será capaz de detenerse a contar un mero instante, que será lírico y representa el desencuentro, es decir, de hacer un relato donde no debería haber relato. Nos desnudará al mostrar que ejecutamos constantemente el pensamiento a través de proyecciones: ese oso polar desubicado es como yo, soy yo, un hombre de aldea en una ciudad. Vagará por la sana fantasía infantil a través de la niña que quiere ser sirena, mostrando cuál debería ser la pureza del deseo que perdemos al hacernos adultos. Nos expondrá ante la idea de que no somos capaces de dominar nuestro entorno, pues ni siquiera podemos dominar qué llamadas recibimos. Tendremos que volver a pensar si el otro es el que es o el que yo creo que es para mí (creo o quiero). Tratará con la idea de la disonancia cognitiva a través de alguien que intenta justificar un abuso a través de un psicoempacho, atorado de sustancias y presión social y sociolaboral. Hablará sobre cómo crea un pueblo una leyenda antes de terminar recordándonos lo duro que es saber que uno tiene más vida por detrás que por delante, y que con tanta nostalgia se hace muy difícil vivir.

El tema de la libertad es uno de los asuntos centrales de un relato, así como el de la dignidad lo es de la psicología o la narración psicológica. Ana Santamaría nos ofrece una serie de cuentos que son algo más que apuntes sobre ese eje central, sobre ese sentimiento que buscamos como se busca el aire bajo las mantas. Con un estilo sereno y sobrio, nos dejará un sabor a inquietud, una de esas sensaciones que a uno le invitan a seguir investigando, a seguir curioseando, a no vivir a través de la inercia. Y eso es mucho.

sábado, 10 de diciembre de 2022

ARAUCO

                                                                                                                                                                                                                 Arauco

Juan Manuel Zurita Soto

Comba

Barcelona, 2022

234 páginas

 



El tema del regreso da pie a las mejores psicoterapias: a medida que uno revisa su pasado, va derribando todos los andamios con los que se ha mantenido en la realidad, esos autoengaños que construyeron un relato que nos resultaba coherente, que justificaba cada minuto, cada elección, incluidas las más cobardes. Al mismo tiempo, la terapia, que te reconcilia con el relato del pasado al ser imposible volver a vivirlo para ir corrigiendo, sustituye los andamios por la propia verdad. O al menos así es como debería ser. Esta novela, Arauco, que ahora tenemos entre manos, nos propone esa suerte de ejercicio a través de una ficción. Juan Manuel Zurita Soto (Chillán, Chile, 1978) inventa a un personaje que regresa desde la capital, Santiago, a una población de provincias, al sur de Chile, en la que quedó su infancia y también sus padres. El regreso supone descubrir, de una vez por todas, las raíces. Nuestro protagonista atraviesa la crisis de la mediana edad, incrementada por la reciente pérdida de su empleo como periodista. Y se pregunta si aquel malestar por el que salió disparado, a los dieciocho años, huyendo de Arauco, que es el nombre de la población, no será, a estas alturas, algo más parecido a confort.

Pero no puede dejar atrás su afán, su dedicación al periodismo, y el viaje se justifica en la investigación de un crimen inexplicable que tuvo lugar en Arauco muchos años atrás. Esta investigación atraviesa la novela a modo de Macguffin, proporcionando trama, pero sin sustituir al conflicto que subyace, a esa búsqueda de raíces, a ese cuestionamiento del pasado y el redescubrimiento del lugar. Zurita Soto construye esta trama con el placer de investigar a los investigadores; es decir, nos explica un poco cómo es el trabajo de quienes se propusieron escribir una novela sobre un crimen real. Es inevitable que se nos venga a la cabeza un título como A sangre fría, y pensemos que nuestro hombre tiene como emblema, como bandera, a Truman Capote. Asistimos a una investigación más o menos sencilla a partir de los informes y demás papeles, y veremos cómo se van torciendo la posibilidad de progresar en cuanto se relaciona con los otros habitantes de Arauco. Lo más complicado a la hora de encontrar nuestro lugar no es el sitio, sino la gente.

Zurita Soto imbrica esta trama con la experiencia del protagonista, que se ve obligado a reconsiderar todos sus prejuicios a partir de los cambios. Nada nos protege de estas comparaciones y sus resultados. En nuestro interior, se entabla un debate entre quiénes somos y quiénes hemos creído que hemos sido. Y de esta crisis uno debería salir creciendo, haciéndose más fuerte o, al menos, más resistente. La trama y el conflicto están muy bien equilibrados y narrados con pulso sereno, con una prosa que descansa en el buen oído. Ahí nos encontraremos frente al pueblo que nos juzga, como juzgaron a los implicados en el crimen, a los que vamos conociendo a lo largo del año que el protagonista convive con ellos. De la condena social no nos libramos ninguno.

Y hacia la mitad de la obra, empezamos a sentir también nuestras dudas. Quedarse y hacerse en parte cargo de la ferretería familiar puede suponer otra forma de encierro. Tendremos que aprender a convivir con este temor para aprender, a su vez, a convivir con los beneficios del reencuentro, que podría alargarse hasta por voluntad propia. Para ello uno debe llegar hasta el final de la terapia, que supone descubrir al criminal, pero también descubrir qué parte de volver a visitar el pasado nos ayuda a sentir descanso. Para afrontar este largo trance es necesario acopiarse de valor, pues lo horrible, o el miedo a lo horrible, no dejará de salir al camino. “Caminar por el pueblo es ponerse a pensar”, nos dice el protagonista, que es quien nos habla. El momento y la situación, pues, pondrán en marcha las ruedas de la inteligencia, sugiriéndonos qué tipo de estímulos necesitamos para no mantenerlas dormidas.

 Fuente: Revista de letras

jueves, 2 de junio de 2022

EL VIENTO Y LA SEMILLA en Culturamas

 

El viento y la semilla

Ricardo Martínez Llorca

Comba

Barcelona, 2022

270 páginas

 

Por Teresa Rivas

 

Los que han seguido la trayectoria literaria de Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) saben bien de su compromiso. Se trata de un compromiso que tiene que ver con la literatura, donde arriesga en cada libro, consciente de que la creación no es una alternativa cómoda. Pero se trata de un compromiso que tiene que ver, también, con la dignidad y la vida. Ha hablado del duelo, de la enfermedad, de la necesidad de la aventura, de la soledad, o de los sueños imprescindibles. Con esta crónica, El viento y la semilla, da un nuevo paso y coloca el compromiso social como primera motivación para iniciar un proyecto literario.

Nuestro autor emprende un viaje por una región del planeta que representa la trastienda de un sistema económico: mientras estamos enfrascados en lo que consideramos la brega por el día a día, la parte de la humanidad que no vemos, la que se encuentra en el patio de atrás, ahí donde se producen los alimentos de primera necesidad, padece las consecuencias de un sistema que les aparta a empujones. En este caso, es la semilla, objeto vivo simbólico de la vida, quien genera el impulso a un viaje. Martínez Llorca recorre parte de la piel de Argentina escrutando acerca de la implantación de un cultivo que parece estar convirtiéndose en la principal, y casi única, fuente de ingresos de un país al que se llegó a llamar el granero de América.

Las fronteras de los cultivos de soja parecen estar expandiéndose a velocidad de vértigo, acabando con ecosistemas y con modos de vida humana acordes a una postura respetuosa con la naturaleza -también la naturaleza humana-. A lo que cabe añadir las dudas que genera el hecho de tratarse de un cultivo transgénico. Para verificar estos hechos, de los que parece tener una primera información, cogida con alfileres, antes de partir, Martínez Llorca gestiona numerosos encuentros con gente de diverso pelaje: activistas de Greenpeace, abogados adscritos a movimientos campesinos, periodistas, políticos, empresarios que ganan su vida gracias a las explotaciones sojeras, gente de diversas asociaciones humanitarias y hasta un premio Nobel, además de la pequeña, pero valiosa, colaboración de un directivo de Monsanto, una empresa que tenía fama de ser poco dada a participar en el debate sobre las consecuencias de los cultivos transgénicos, para no validar así las conclusiones. Basta con ver el documental de Marie Monique Robin (2008), El mundo según Monsanto, para certificarlo.

Los encuentros más valiosos no suceden alrededor de una grabadora, sino que se trata de una experiencia de varios días de duración, de convivencia, a partir de la cual se destilará lo más importante. No existe una sola frase barata en todo el libro, no existe nada gratuito, nada sobra. Cada palabra forma parte de una información total, y se integra en un estilo que, ya nos tiene acostumbrados el autor, funciona con una densidad ligera, aunque parezca una contradicción. Densidad porque renuncia a lo pueril, a las divagaciones; y ligera porque se lee con una facilidad que a quienes hemos intentado escribir algo en formato largo, da envidia.

La toma de postura parece clara: hay que estar al lado de quienes no tienen voz. Pero en realidad, la estrategia es otra: el narrador se limita a dar testimonio de sus encuentros. ¿Qué es lo que nos obliga a tomar partido? Posiblemente, el hecho de hallarnos frente a un fenómeno casi bélico, una situación en la que o hablas con el sufriente o hablas con el que saca beneficio. Y, mientras tanto, se produce un proceso de destrucción por la acción humana que incluye ecocidio, refugiados y hasta muertos. Todo esto en un contexto en el que parece haber vencedores y vencidos. Tal vez esa intensidad sea la que obliga al autor a refugiarse, de vez en cuando, en pequeñas reflexiones acerca del sentido del viaje. No es su primera obra de este género -ahí está Cinturón de cobre o Al otro lado de la luz-, pero sí la primera que construye a modo de crónica o reportaje. Y nos gustaría, eso sí, que este compromiso no terminara aquí. Los libros de viaje suponen una experiencia compartida durante la lectura y un impulso a salir a vivir tras cerrar la obra. Martínez Llorca consigue ambos objetivos, porque sabe que la creación no es una postura cómoda, porque sabe que hay que elegir bien una razón de justicia y sabe seguir el rastro del compromiso.

Fuente: Culturamas



jueves, 26 de mayo de 2022

EL VIENTO Y LA SEMILLA en Revista de letras

El viento y la semilla

Ricardo Martínez Llorca emprende un viaje de miles de kilómetros por el llamado 'desierto verde' de Argentina, una zona donde el cultivo de soja transgénica ha colonizado por completo el territorio

A veces me da por preguntarme si viajar no se ha convertido en algo banal y en un ir y venir carente de sentido, pero, aunque así lo fuera, el viaje de Ricardo Martínez Llorca no sería un viaje cualquiera, sino un recorrido por la cara B de nuestro planeta y la sola idea de salir en busca de ese mundo oculto, resultaría ya por sí sola, un acto inteligente de rebeldía.



¿Existe lo que no vemos? o mas bien ¿Podemos eludir la realidad cerrando los ojos? Estas dos preguntas vienen a la cabeza a cada línea de El viento y la semilla, mientras recorro de la mano del autor, los interminables mares verdes de soja transgénica. Interminables, repito, porque apabulla la cifra -la extensión- que aporta el autor del terreno regado con agrotóxicos: la equivalente a la que ocupan Francia, Italia, Bélgica. Luxemburgo, Suiza y Eslovenia. Esto sí que ayuda a comprender la gravedad del problema.

Nada es sencillo en el mundo en que nos ha tocado vivir, en realidad nunca lo ha sido, menos aún alimentar a nuestra población de siete mil setecientos millones de personas. Y no sólo eso -que coman- sino también que estudien, que tengan sanidad y cultura -la suya propia si es posible- que vivan la vida como mejor puedan, empleando su tiempo en adorar a dioses extraños o en negar su existencia. Algunos, se empeñan en convencer de que éstos cultivos son progreso, son trabajo, pero al parecer, la ambición sin límites corre veloz y son las culturas indígenas y los bosques quienes acaban siendo las víctimas de un sistema de explotación que se olvida de ellos o directamente los desprecia.



El autor ha empleado una buena cantidad de tiempo y de esfuerzo en recorrer lugares en los que el viajero que hace preguntas es recibido con recelo y suspicacia pero aún así, ha dado la oportunidad de hablar a todo el que quisiera hacerlo, escuchando las dudas de quienes se plantean interrogantes e invitando a desconfiar de quienes afirman tener la respuesta. Por cierto, como siempre que leo libros de viajes -y lo hago habitualmente- en éste también echo de menos un pequeño mapa que me ayude a situar los lugares de los que me habla Ricardo sin tener que levantarme a por el atlas. En fin, es sólo una opinión y puede que hasta una manía.

Y volviendo a lo que nos ocupa, alguien podrá decir que el resultado de este trabajo es sólo un punto de vista pero yo creo que lo que es sobre todo, es un llamamiento a la reflexión, a pensar sin descanso en cómo reorganizar este planeta de locos antes de que sea demasiado tarde si no lo es ya.

Seguramente la superpoblación y el lado más perverso de la globalización sean los que nos están colocando dentro de un círculo infernal de consumo de alimentos que nacen en países lejanos -donde a menudo se esclaviza a quienes los cultivan- junto a un constante traslado contaminante de mercancías.

Aún así, probablemente no podremos evitar tener que alimentarnos con ellas pero al menos sabremos algo más del lugar del que provienen y de cómo se producen. En alguna de las fotos del libro se ve la silueta del Che, la de Korda. Su presencia parece recordar la necesidad de que la lucha contra la injusticia no sea una fantasía, pero me parece que se difumina para perderse en el horizonte y quedarse en nada. Lo mismo podría ser un anuncio de colonia colocado en una calle polvorienta.

Tal vez el pasado no fuera mejor, pero lo cierto es que el futuro, y algunas esquinas del presente, tampoco parecen gran cosa. El viaje de Ricardo Martinez Llorca tiene un telón de fondo de aguas contaminadas por pesticidas, de viejos exterminios y matanzas, de incendios provocados y desforestación. De liquidación, en resumen, de la forma de vida de los indígenas en aras de un beneficio que se reparten otros en lugares lejanos.

De destrucción acelerada de la Tierra que habitamos. Bonito panorama ¿eh? Yo también he cruzado Argentina en esos buses de larguísimos trayectos y he visto la realidad alejada del turismo en las paradas a media noche. Me cuesta poco imaginar a esos niños que piden comida sobrante y sé que es cierto que cada vez tendrán menos lugares donde vivir, que acabarán por abandonar el campo y por formar parte de las villas miseria del gran Buenos Aires para habitar favelas y chabolas en lugares repletos de violencia, en los que el futuro y la esperanza pasan siempre de largo y se olvidan de ellos. No quiero entrar en detalles que el libro explica bien, pero que las mismas empresas que venden las semillas a los agricultores les vendan también los pesticidas, que una de ellas sea Monsanto, la que fabricaba el agente naranja con el que regaron Vietnam… son detalles llamativos que invitan a sospechar. Empecé con preguntas y termino con otra ¿para qué imaginar nada cuando escribimos, si la realidad es la más potente fuente de historias?

Ahora mismo, mientras termino este pequeño texto, empiezan a sonar las armas en Ucrania. No aprendemos. No tenemos arreglo.

Otra vez la sensación terrible de que todo tiembla bajo nuestros pies. Seguramente, es la bondad de unos pocos la que nos salva pero como especie somos poco de fiar y me pregunto si queda lugar para la esperanza.


Jokin Azketa

Jokin Azketa, es autor de las novelas: 'Donde viven los dioses menores', 'Lo que la nieve esconde' y 'El tiempo del vacío', todas ellas para ediciones Desnivel. Colaborador de la revista AltaÏr y de diversos blogs dedicados a la montaña, los viajes y la exploración.


Fuente: Revista de letras