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sábado, 19 de febrero de 2022

EL ENIGMA DE LAS ARENAS

 

El enigma de las arenas

Robert Erskine Childers

Traducción de Benito Gómez

Edhasa

Barcelona, 2022

443 páginas



 

La crisis de madurez tiene una relación directísima con la conciencia de lo sufrido que resulta hacerse mayor: se trata de una de las experiencias más traumáticas, pues definitivamente se queda uno a la intemperie. Ya no hay techo, ni siquiera paraguas. Toda la tormenta que supone afrontar el día a día cae, de repente, sobre los hombros, el cuello, los pulmones y las rodillas. La consecuente crisis, la que implica a las señas de identidad, vendrá inevitable y nos arriesgaremos a sentir que además de las inclemencias del clima, nos han robado el suelo bajo los pies.

Les sucede a los grandes personajes de Conrad, con quienes comparte esa inquietud, de entrada, el narrador de El enigma de las arenas: “Y entonces llegó la prueba más dura, porque comprendí la horrible verdad de que el mundo que yo creía tan indispensable podía, después de todo, pasar sin mí”. El sentido a su ruta, que sucede en el mar, pero que es metáfora de vida, le sale al paso con el encuentro de su compañero de viaje. Entre los dos se establecerá una relación de maestro y alumno, en la que el alumno, quien narra, es sobre todo observador y el maestro, que empuja a la aventura, es sobre todo actor. Uno está buscando el eje que justifique y razone una existencia; el otro necesita reinventarse: “Aún no tenía idea de dónde empezaban sus rarezas y acababa su personalidad propia, y supongo que él se hallaba en la misma tesitura con respecto a mí”.

El relato empieza y se mantiene por la inquietud que genera el conocer al otro: “Oírlo hablar era sentir una corriente de aire puro que de pronto soplara en el ambiente cargado de un club, donde los hombres intercambiaban vanas trivialidades, susurran viejas consignas, se marcha y no hacen nada.

“En nuestras conversaciones sobre política y estrategia éramos Bismarck y Rodney manejando flotas y naciones; y, desde luego, no cabía duda de que nuestra imaginación sufría de ven en cuando arranques extravagantes.”

La novela mantiene, así mismo, el interés de las descripciones de paisajes, que son cuadros casi físicos, auténticas pinturas románticas. Sobre esos parajes, nuestros amigos emprenden un itinerario que cobra especial relevancia para los navegantes, debido al lenguaje técnico tan presente. Aunque no será ese su punto fuerte, el que nos atrape, pues la tensión flota debido a la época en que está ambientada la obra, un tiempo en el que el conflicto europeo estaba muy latente y que, iremos descubriendo, es la motivación que mantendrá viva la hoguera en que se convierte la tenacidad de los protagonistas.

jueves, 11 de enero de 2018

EL COLOSO DE MARUSI

El coloso de Marusi
Henry Miller
Traducción de Carlos Manzano
Edhasa
Barcelona, 2014
252 páginas

La semilla de la poesía

Cuando después de los años uno vuelve al lugar en el que nació el sentido primero de la palabra poética, se encuentra allí a unos seres herrumbrosos, con las mismas sandalias y sin fuerzas suficientes para levantar otro vuelo. Los jóvenes de cabellos ensortijados que escuchaban a Sócrates, hoy son mendigos, picaros, vividores sin escusa y generosos en la pobreza. Ese lugar iniciático al que voló hace años, está ya desaparecido. Así y todo, embriagado por la memoria, la ruina y la decrepitud se imponen en el sueño, porque sobre los seres varados sigue rigiendo un cielo azul permanente, que se impone en los sentidos para arrasar cualquier emoción que no sea la de la felicidad sin germen ni visos de destrucción. Cuando uno viaja si quiere ver algo, lo va a ver, aunque sea la dicha en medio del mundo que agoniza que conoció dos décadas antes o que creyó conocer al idealizar la historia que le contaron. Al fin y al cabo no estamos hechos únicamente de átomos; también las historias nos componen.
Lo más llamativo de este Henry Miller (1891 – 1980) que viaja a Grecia, es que negándose a cualquier otro reflejo, se empeña en que debe de permanecer viva la sinceridad. Empeñado en demostrar que la ingenuidad del pueblo griego es pureza, la única pureza que puede equipararse a libertad, Miller viaja hasta Grecia porque allí, se obliga a creer, debe seguir existiendo la poesía. Grecia es para él algo más que un país. Grecia es una metáfora de lo que fue Grecia. Invitado por Lawrence Durrell en un tiempo de preguerra, todo lo que le saldrá al paso será cautivador, hasta llegar a embriagarse de Grecia, del pueblo griego. Miller se deja llevar por las sensaciones y las emociones, sin que en ningún momento el libro atraviese por una reflexión posterior que recomponga un sentimiento que no sea la nobleza de lo conocido a lo largo del viaje. Miller escribe con las tripas: por instantes se propone edificar una razón espiritual, pero cae en la vehemencia de denunciar la sociedad que hemos creado, artificial, ingrata, tramposa. Una sociedad de la que reniega, la que le construyó en sus años anteriores en Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra. Sin alejarse de los arquetipos, Miller, que se desplaza siempre con un Cicerone, escribe un texto hiperbólico, solipsista y bipolar. Consciente de su papel como intelectual, lucha por expresar su hedonismo, sus sensaciones directas, rehuyendo de sesudas reflexiones, sin importarle caer en la esquizofrenia.

Esa Grecia que visita es nueva para él, pero ya es antigua para la humanidad. En Grecia nació nuestra civilización, y esto que ahora sufrimos no puede considerarse ya civilizado. Hasta el punto que el analfabetismo o el anclaje que ata a una familia a una tierra donde se cultivan las aceitunas negras, son la mayor expresión de humanidad que uno puede hallar. Grecia, en ese sentido, es la dicha. Pero este libro no puede separarse de otra de sus obras, Big Sur, donde Miller vive una experiencia semejante sin salir de su país. En Big Sur Miller viaja a las regiones pobres de los Estados Unidos y se da de bruces con la pobreza del trabajador, con la libertad del hombre que comparte su terrón de pan con el viajero. Al igual que en Grecia: “cuanto más humilde es el empleo de un griego, más interesante me parece este”. Miller ve lo que quiere ver. La suerte que tenemos quienes le leamos es que eso que quiere ver sigue teniendo validez, sigue siendo la intención de convertirse en la voz de la poesía y de los pobres, de la belleza y de la denuncia de la falsa borrachera de dicha que supone adquirir un nuevo frigorífico. La luz es sagrada para él. Como lo es el romanticismo de la pobreza y su dignidad y su ilusión. El problema es que al cabo del tiempo, esta postura en cierta medida es como la caridad: da carta de naturaleza a la desventura.

Fuente: Quimera

martes, 12 de septiembre de 2017

EL OJO DE LA CERRADURA

El ojo de la cerradura
Hella S. Haasse
Traducción de Andrea Morales Vidal
Edhasa
Barcelona, 2006
192 páginas
17,50 euros

Recuerdos en sepia

La estampa clásica, tradicional, común y más divulgada que nos remite al pasado, sea cual sea el contenido de dicha estampa, estará virada siempre a un tono sepia. Lo que constituye de por sí un lugar común, puede repercutir en nuestro conocimiento, o en su defecto en nuestra sensibilidad, siempre y cuando aporte alguna novedad, algún interés o nos golpee con su potencia. En un primer momento, cuando uno se dispone a abrir esta novela, confía en que así vaya a ser, pues el argumento con que se nos presenta nos remite a una escritora que tiene algo que contar: la última generación de europeos que habitaron en Indonesia se disponen, sin saberlo, a emprender la marcha que les someterá a la tesitura de verse obligados a decidir. Y así, unos, como la narradora anciana, acabarán viviendo en Holanda y dedicándose al estudio del arte, y otros, como la siempre joven protagonista de la novela (siempre joven pues es así como se nos presenta a través del recuerdo de la narradora) optan por la militancia política, social y ecologista. Estos dictados, que nos podrían remitir a un mundo complejísimo en el que pesa la decadencia de los colonos, unos aristócratas que carecen de cualquier versión de camuflaje y de cualquier intención de mezclarse con los indonesios de clase baja, rápidamente se quedan en cimientos a causa del tratamiento que reciben.
El relato se presenta con el recurso de la piedra que es arrojada a un estanque y provoca ondas que se expanden hasta las orillas de la memoria: una anciana recibe una carta de una periodista que se interesa por la biografía de quien fuera su mejor amiga de la infancia. La anciana comienza recordar no sin dolor. De ahí la brevedad de cada episodio o reflexión, los imperiosos descansos a los que debe someter su imaginación fragmentando así la recomposición de su vida. La narradora, que carga en sus venas sangre mestiza, sólo afianzará lo seguro de lo que no deja de ser subjetivo. Se impone, en consecuencia, una visión neocolonial, una explicación de la belleza de Asia en relación con las actitudes de las familias indoeuropeas. Al mismo tiempo, va sustituyendo las impresiones que tuvo en el momento de vivir cada episodio, por unas conclusiones tamizadas por la edad y su propia vida posterior. Serán estas conclusiones las que nos comiencen a indicar cuál es la flaqueza de la novela, pues no dejan de resultar vagos tópicos acerca del amor, de la infelicidad, de los otros tiempos. Y también acerca de unos seres que rodearon su vida con un flujo de misterio que iba más allá de sus posibilidades sentimentales.
En conclusión, Haasse olvida que si crea una narradora es para relatar, no para limitarse a interpretar remitiéndonos, una y otra vez, a aseveraciones que nos aseguran que lo que nos dice es importante. De ahí que el extrañamiento al que pudo recurrir, ese que nos indicaría que tras tantas frases, tras tantas acciones se esconden secretos que manipulan vidas, los que van designando la divergencia entre la más conservadora narradora y la más atrevida protagonista, no exista. Sencillamente, los recursos a que acude se asemejan a los de las novelas rosa, esos que designan toda relación como muy “íntima”, los que nos hacen padecer como personas “frías”, el hombre que sufre se encuentre “desesperado” o los amigos sean “sinceros”. Estos son los seres que participan o encarna experiencias en las que los amores entran en conflicto con la libertad y van tejiendo unas decisiones que les motivan un tipo u otro de aprendizaje: el que se corresponde a una persona más meditativa y lenta y el que se corresponde a un “espíritu libre”. En definitiva, El ojo de la cerradura es una novela que precisa explicarse a sí misma, y lo hace a medio gas.

Fuente: Tribuna/Culturas