domingo, 14 de abril de 2024

CUANDO LO INTENTÉ POR CUARTA VEZ NOS AHOGAMOS

 

Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos

Sally Hayden

Traducción de Lidia Pelayo Alonso

Capitán Swing

Madrid, 2024

520 páginas

 



Deberíamos sentir un orgullo digno de la mosca del vinagre, si no más bajo, cuando comprobamos el nivel de miseria que sufren otros seres humanos en este mundo que hemos construido. No debería haber excusas: donde no llega la política institucional, debería llegar la sociedad civil organizada, la que puede presionar, a su vez, a los responsables de la política institucional. Este libro, Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos, pertenece al ciclo de denuncias que forman parte de esa presión. No es extraño que en el año 2022 se hiciera con el Premio Orwell de literatura política, pues no cesa de hablarnos de las consecuencias de decisiones de Estado o de política común europea, sobre todo de una gran decisión: la de detener la migración por el Mediterráneo a toda costa, sufragando cuerpos armados de un Estado fallido, como es Libia. Sally Hayden (Irlanda, 1989) se pregunta si los responsables de esta decisión son conscientes del poder otorgado a las milicias y del infierno al que condenan a los migrantes. «Es hipócrita apoyar las iniciativas de Black Lives Mater en Estados Unidos mientras estás involucrado en una persecución racial propia del esclavismo en las fronteras exteriores de Europa», comenta la abogada de crímenes de guerra Alexandra Lily Kather en algún momento.

Este libro es una crónica del horror que persigue al sufriente desde su lugar de origen hasta sus últimos días, bien como refugiado en Europa o como fracasado en su país de origen al que retorna. Es un texto militante, pero la causa que defiende sólo puede ser apoyada; tal vez quepa debatir cómo afrontarla, pero no la necesidad de hacerlo. Hayden contactó a través del móvil y de redes sociales con distintas personas atrapadas en los campos de concentración libios, en los que se encierran a los migrantes que llegan desde otros países y pretenden alcanzar Europa por mar. Decimos campos de concentración, porque no cabe llamar de otra manera a un lugar donde los guardias mean en la comida de los presos, delante de ellos, antes de entregársela. A los presos sólo les cabe comerla o morir de hambre. A partir de estos mensajes, Hayden se pone en marcha y viaja a todos los lugares posibles que pueden verse afectados por este fenómeno: a Libia, a Etiopía o a Suecia, por ejemplo. Es imprescindible conocer que alguien ha salido huyendo de un lugar donde los paramilitares son capaces de sellar la boca de un aldeano cerrándole los labios con un candado.

Hayden elige la estrategia de poner rostro. No se encuentra con grupos de personas, no conoce a gente en abstracto. Ella se relaciona con alguien, uno tras otro, que merece ser querido, que merece ser respetado, que merece ser considerado. Hayden va a donde no nos atrevemos a ir los demás, demostrándonos que sin personas con ese valor los demás somos monos desnudos, o responsables de organizaciones institucionales, como ACNUR, cuya labor es más de márquetin que de ayuda real. La sensación que debería transmitir el libro es de angustia, de una angustia mayor, la más grande posible. Pero Hayden utiliza un lenguaje bastante objetivo, neutro, que es un refugio: de implicarse emocionalmente con él, sería irresistible el efecto. Lo doloroso sale por sí solo, es lo que nos está relatando. Por otra parte, elige contar todo como si ya hubiera sucedido. Nos cabe la escapatoria de pensar que si esta investigación está cerrada, es porque están cerrados los hechos. Pero no nos equivoquemos: estamos frente a una obra que supone un trabajo de conclusiones, pero estas conclusiones se refieren a una realidad. Y las vidas reales, como las de estas personas, como las nuestras, al contrario que las novelas o las películas, no son relatos cerrados. Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos es otro libro que debería leer todo el mundo.


Fuente: Zenda

jueves, 11 de abril de 2024

CRUCE DE VÍAS

 

Cruce de vías

José Antonio Garriga Vela

Candaya

Barcelona, 2024

305 páginas

 



«Me respondió que perder la propia vida es una nimiedad, pero perder el sentido de la vida, ver cómo desaparece nuestra lógica, es insoportable». La frase la imagina José Antonio Garriga Vela (Barcelona, 1954) en boca de Albert Camus durante un encuentro con él. En realidad, con quien se está encontrando, constantemente, es con sus fantasmas. Deberíamos mostrarnos agradecidos por los fantasmas, por la lección de fantasmas que Garriga Vela ha ido exponiendo a lo largo de los años en las páginas del diario Sur, de Málaga, y que nos demuestran que no se trata de seres a los que debamos temer. Uno tiene derecho a elegir la calidad de sus fantasmas, es decir, uno tiene derecho a crear el firme sobre el que se traza la ruta de la memoria. Garriga Vela reconoce que esta selección de textos responde a sus inquietudes personales —viajes, relaciones, soledad, mudanzas, paso del tiempo, la muerte— y, sobre todo, a la memoria que «siempre vuelve para poner las cosas en su sitio». «Lo bueno de la memoria es que no conoce límites, ni siquiera la frontera de la muerte», dirá en algún momento.  Esta selección nos habla de muchas cosas, pero mayormente nos habla de él, del autor: «Yo soy el hombre que duerme. El que espera», concluye en un mensaje que un segundo antes había sostenido: «El hombre vive de la imaginación, se gana la vida gracias a ella y los viajes le ayudan más que ninguna otra cosa».

Los viajes como ideal, pero también una infancia, en la que todos nos reconocemos, son parte de este autorretrato. Se trata de demostrarnos que uno es especial siendo uno más. Aunque la principal enseñanza que uno extrae de este compendio es que uno puede sentir que la vida sucede sin malestar. ¿Cuál es el antónimo de malestar? Bienestar. ¿Y el de desasosiego? Sosiego. El de guerra es pasa, el de dolor salud, el de nerviosismo tranquilidad. Pero Garriga Vela no acude a mostrarnos la importancia de estos sustantivos como si estuviéramos frente a un libro de autoayuda. ¿Cuál es el antónimo de autoayuda? Posiblemente sea descubrimiento. Para ello, Garriga Vela nos recuerda, una y otra vez, que la vida es eso que sucede ahí afuera, pero que las emociones y los sentimientos son lo que sucede de la piel hacia dentro. En este último territorio lo que se impone es la convicción de que no necesito perdonarme nada, porque no he intentado hacer daño. He fabulado y he recorrido caminos para sentirme, para saberme vivo, porque soy un tipo curioso, pero no he hecho daño. Me he limitado a ir creciendo sin intentar inflarme como un globo, que corre el riesgo de explotar. Y aquí nos expone sus pequeñas confesiones, en las que nos indica que el pasado seguramente era más bonito que el presente, que lo echa de menos, pero que las emociones guardan la misma intensidad con la que se impusieron en su momento, y que por tanto sigue igual de vivo. Y en esa vida ha ido creando sus propios mitos que no nos intenta imponer: se limita a indicar que cada uno tenemos derecho a crear los nuestros, y que la función de estos mitos será hacernos compañía en la soledad, en la solitud, en la inevitable sensación de que por muchas personas que uno quiera y que a uno le quieran, en los momentos difíciles está solo. Es decir, solo con sus mitos. Que son una muchedumbre, un coro y una guía.

martes, 9 de abril de 2024

DOPPELGANGER

 

Doppelganger

Naomi Klein

Traducción de Ana Pedrero e Ignacio Villaro

Paidós

Barcelona, 2024

461 páginas

 



El proyecto de Naomi Klein (Montreal, 1970) pasa por la certeza de que las sociedades son porosas y están interconectadas. Frente a las tendencias actuales de supervivencia económica, frente al darwinismo social, Klein tiene plena fe en los conceptos básicos de comunidad. Ella misma describe su labor de investigación y denuncia como «reconocimiento de patrones», contra los que pide una revolución sin agresividad, un cambio de paradigma, centrado, siguiendo el consejo de John Berger, en la calma «para atemperar el caos que reina a mi alrededor, en mi propia mente y también en la de mis lectores», confiesa. Por lo que ella aboga es por la inteligencia sensible, y esta sólo puede venir si el caldo sobre el que trabaja contiene todos los ingredientes, si conocemos cómo funciona este planeta, que tiene una innegable tendencia al embrutecimiento, donde las palabras se están sustituyendo por gruñidos. En esta ocasión el detonante de su libro es una confusión de identidades, en la que se implica otra escritora, Naomi Wolf, que es una activista de posturas que pertenecen a lo que hoy conocemos como la derecha institucional. La descripción que hace de su doble intenta ser respetuosa, pero no es improbable que se interprete como una caricatura: en cualquier caso, es un asunto serio, pues ya no existe forma de separar lo serio de lo ridículo, que conviven como animales simbiontes.

Lo terrible del tema del doble, del doppleganger, es que las naciones y las culturas también pueden tenerlo, facilitando, al igual que la convivencia de lo serio y lo ridículo, la convivencia de lo democrático y lo autoritario, de lo secular y lo teocrático, de lo pluralista y lo fascista. Klein pretende la calma, Wolf la agitación. Por regla general, pensaríamos que una representa a la izquierda institucional y la otra a la derecha reaccionaria, y es cierto que se oponen en los dos lados de la balanza, pero lo que nos expone Klein en todo momento es que entre lo bueno y lo malo lo mejor no es lo regular. La mayoría estamos acostumbrados a los ritmos y los hábitos del lugar del que venimos, de ahí el desconcierto cuando comprobamos cómo nuestros seres queridos se comportan de manera desconocida, orientando sus pareceres por el principio de si ellos creen esto, yo tengo que pensar lo contrario.

Klein entra de lleno en la forma en que construimos la realidad, o para ser más exactos, las dos realidades con las que convivimos: la tangible y la virtual. Nos habla de lo capcioso que es la generada en redes, la anónima, a la que poco le importa la convivencia pues en lugar de conectarnos lo que consiguen es extraer algo de nosotros. Estudia qué miedos y rabias se explotan en la economía de la atención, para tratar de colocarse en la mente de otros, para entender cómo funcionan los resortes de cabezas cuya mayor representación es uno de los colegas de su doble, Steve Banon. A provechando las situaciones que surgieron durante la crisis del COVID, analiza cómo se crean verdades alternativas y concede a la gente el derecho a creérselas, mientras expone algo que ya ha sido todo un clásico en la historia de las corrientes fascistas: el robo del lenguaje de la rebelión, sin la apropiación de las auténticas causas de justicia. En realidad, en su proyecto por conseguir calma, se preocupa por el envenenamiento consecuente a la polarización: ¿hay algún síndrome que explique este fenómeno que divide a una sociedad en dos facciones opuestas, cada una de ellas convencidas de que la otra ha sido sustituida por su doppelganger? «Nosotros pataleamos, ellos abrazan». «Es como si, en cuanto el mundo del espejo encuentra un problema con algo, eso mismo dejase automáticamente de importar fuera de él», dice.

Y al fondo está el asunto que más ha venido reivindicando Klein desde No logo hasta Esto lo cambia todo, pasando por La doctrina del shock, que es la estructura que sirve para salvaguardar los intereses de los poderosos. Aquí estudiando cuál puede ser el proceso que sigue una sociedad hasta convertirse en su doble fascista, un mundo tacaño cuando se trata de ayudar, que sucumbe a las tendencias conspirativas, en el que los haters siempre verán en ti un representante del grupo que desprecian, en el que «tú no eres tú; eres tu doble étnico, racial o religioso, y no puedes desprenderte de ese doble porque no lo creaste tú». De nuevo lúcida, Naomi Klein vuelve a construir un libro que no importa, un retrato que nos afecta, una obra que nos explica. Doppleganger es un ensayo magistral.


Fuente: Zenda

viernes, 5 de abril de 2024

EL SOL DE LORRAIN

 

El sol de Lorrain

Daniel Muñoz de Julián

La línea del horizonte

Madrid, 2024

106 páginas

 



Se cuenta que una de las excentricidades que protagonizaba Oscar Wilde, junto a un puñado de amigos, consistía en sentarse a ver la puesta de sol y, una vez que ésta terminara, levantarse a aplaudir mientras se desgañitaban gritando: ¡El autor! ¡El autor! Lo complicado tal vez sea definir cuándo finaliza una puesta de sol. O pensar que la noche es ambigüedad, porque es magia, con todo lo positivo que ello conlleva, pero también oscuridad, lo cual significa peligro. Lo que realmente nos agradaría es conquistar definitivamente ese momento tan bello, tan especial, para instalarlo permanentemente en nuestros minutos: vivir dentro de una puesta de sol constante no puede ser una prisión, sino una liberación, la obra de teatro magistral que todos deseamos estar saboreando. Pero al igual que no se puede ser sublime sin interrupción, no se puede sentirse uno sumergido sin interrupción en lo sublime y no terminar por generar dudas.

A partir de la obra del pintor del siglo XVII Claude Lorrain, que intentó que la puesta de sol fuera algo que no caducara jamás en su vida tiñendo con ella sus cuadros, Daniel Muñoz de Julián (Madrid, 1982) escribe un precioso ensayo que repasa todo lo que contiene o ha contenido la puesta de sol. Nos hablará sobre las teorías de los colores, sobre los significados del horizonte, sobre los efectos visuales, sobre realidades científicas —aunque tratadas con un respeto que nos permite seguir confiando en el arte—, sobre el paisaje y sobre la poesía. Nos remitirá a pintores como Turner y a escritores como Goethe. Y todo sin perder el eje alrededor del que gira el ensayo, que es la puesta de sol, la luz de la puesta de sol, que será otro de esos sueños que nos ayuden a mantenernos firmes y sin dejar de sonreír. El libro funciona sin pérdida de tiempo. No hay una sola frase que sobre y nos lleva por sus reflexiones a toda pastilla, hasta llegar a la conclusión de que nuestro pintor «no pintaba la realidad, sino el sueño de su luz».

A partir de esta lectura, deberíamos comenzar a integrar en nuestro vocabulario común esta palabra: opacarofilia, que quiere decir pasión por los ocasos. «¿Qué hay en este fenómeno que puede conmover a Juan Ramón (Jiménez) y a Claude (Lorrain), pero también a la clase de gente que necesita un cartel para saber por dónde se pone el sol?». Más adelante, mediado el ensayo sobre la magia, nos remite a uno de los grandes para intentar explicarlo: «Para Monet, para cualquier pintor, el paisaje en realidad no existe como tal, sino que es tan inalcanzable como el horizonte, y eso, pintar lo inalcanzable (el mejor ejemplo de lo cual es el crepúsculo), puede acabar constituyendo el sentido de una vida». Ese sentido que también aparece en las mejores lecturas, en lecturas deliciosas, como la que supone embarcarse en descifrar este ensayo.

QUIERO ESTAR DESPIERTO CUANDO MUERA

 


QUIERO ESTAR DESPIERTO CUANDO MUERA
(DIARIO DE UN GENOCIDIO)

recoge el horror que vive y ve el escritor palestino en Gaza tras la invasión israelí.

Un testimonio tan valiente como urgente acerca del borrado de un entero pueblo.

Blackie Books publicará en catalán y en castellano. El libro ya está a la venta en www.blackiexpalestina.com.

EL IMPORTE ÍNTEGRO DE LAS VENTAS IRÁ DESTINADO A LABORES HUMANITARIAS EN TERRITORIO PALESTINO.

The New York TimesThe Guardian o Le Monde ya han publicado extractos en sus cabeceras.




El 7 de octubre de 2023, mientras se bañaba con sus amigos en una playa de Gaza, Atef Abu Saif fue sorprendido por el ruido de unas explosiones. Lo que parecía algo casi cotidiano para un palestino nacido en un campo de refugiados, resultó ser el inicio de la guerra de Gaza que pronto derivaría en la masacre más sangrienta de la historia de Palestina.

A partir de esa noche. Atef describió en su diario la pesadilla: el silbido de los misiles contra panaderías, escuelas y hospitales, las visitas a su joven sobrina mutilada en el hospital, el asesinato de sus familiares, vecinos y amigos más íntimos, las colas eternas para conseguir harina o agua, los paseos por la devastación del paisaje de su infancia.

Quiero estar despierto cuando muera es la crónica de un genocidio, del borrado de todo un pueblo: un testimonio desgarrador que nos abre los ojos ante el horror desplegado a tiempo real delante de nosotros y del que no podemos ni queremos ser cómplices.

«Algunos niños han inventado una nueva e ingeniosa forma de asegurarse de que su historia sea contada, o al menos quede registrada, incluso después de haber sido despedazados por un misil israelí. Para que sus cuerpos sean reconocidos, han empezado a escribir sus nombres con marcadores en las manos y piernas. Comparten esta práctica en las redes sociales. Algunos incluso escriben los números de teléfono de sus familiares para que puedan llamarlos e informarlos de su muerte. Es casi imposible pensar que el mundo seguirá existiendo después de nuestra muerte, pero estos niños lo hacen: anteponiendo a sus seres queridos, con la esperanza de aliviar su sufrimiento salvándoles del purgatorio de no saber.»

Fragmento de Quiero estar despierto cuando muera

ATEF ABU SAIF nació en el campo de refugiados de Jabalia, en la Franja de Gaza, en 1973. Se licenció en la Universidad de Birzeit y después cursó un máster en la Universidad de Bradford, Inglaterra. También posee un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales del Instituto Universitario Europeo de Florencia. Es autor de cinco novelas y dos colecciones de cuentos, así como de varios ensayos políticos. Es también colaborador habitual de periódicos y revistas palestinos y de otros países árabes, en los que en 2014 empezó a publicar sus diarios del conflicto de Gaza. En 2019, se trasladó a Cisjordania, donde reside desde entonces. Al comienzo de la última ofensiva del genocidio israelí en Gaza, en octubre de 2023, Atef Abu Saif estaba visitando la ciudad con Yasser, su hijo de 15 años. Quedaron atrapados allí durante más de tres meses. Aquí están recogidos esos días de terror y muerte, el testimonio único de una de las peores masacres de nuestro siglo.

miércoles, 3 de abril de 2024

BELLEZA EN EL CAOS

 

Belleza en el caos

Setouchi Jakuchò

Traducción de Natsumi Masuko y Teresa Herrero Ferrio

Satori

Gijón, 2024

355 páginas

 



En un tiempo en que consumimos literatura apresurada, escrita con premura, despojando a la prosa hasta dejarla en un hueso pelado que se lee con la misma facilidad que tiene comer un perrito caliente, que alguien se preocupe por la creación de una obra lenta es abrir una ventana para que entre aire fresco. En este caso, esa obra es un clásico japonés, un clásico contemporáneo, obra de la escritora Setouchi Jakuchò (1922 – 2021), siempre preocupada por las sensaciones y por el amor. Jakuchò es delicada y nos trata con delicadeza. Esa es la intención más clara que transmite esta obra: todo se merece un gran respeto, el respeto de vivir, tanto las personas sobre las que escribe como los lectores. Nos está llevando a la vida cultural de un Japón que se encuentra en pleno proceso de cambio. Los paradigmas se cuestionan, como se están cuestionando en el resto del planeta. Pero hablamos de un país que se enfrenta a una tradición de distinto peso a la que se debe superar, tal vez para vencerla o tal vez para que conviva con las nuevas formas sociales, en otras regiones. El feminismo, que está en el eje de la obra, llega a Japón como atravesando una membrana hasta hace poco impermeable. Y es una de las puntas de lanza con las que se empiezan a quebrar las convenciones, muchas de ellas herederas de una moral que la propia autora califica, en algún momento, como feudal.

«Su estudio de tres tatamis y su shakuhachi de bambú, que no molestaban a nadie, eran lo suficientemente satisfactorios para él; un puñado de felicidad para el joven nihilista, por el que se sentía bendecido. Enredarse en la vida de una joven pueblerina, con el olor a mugre del cuello de su kimono, podría resultar insoportable». Así nos ubica, para narrarnos la vida de Noe Ito, una de las grandes pioneras de las corrientes feministas y anarquistas en Japón. Como es sencillo deducir, el libro nos hablará de lo convulso. Pero su autora consigue que el libro sea tranquilo, sobre todo tranquilo, resolviendo uno de esos anatemas que pesan en los proyectos literarios: cada historia requiere un lenguaje y se supone que para expresar lo convulso deberíamos expresarnos convulsamente, pero aquí se nos da una lección que supera lo literario, pues el respeto, la calma, como apuntaba John Berger, es lo más revolucionario que existe.

Lo natural, para nuestra autora, es narrar. Al tiempo que se desarrolla la biografía de Noe Ito, se asiste al propio proceso de creación del libro. Lo que nos engancha, desde el principio, es algo tan sano como la curiosidad, el ansia por descubrir a alguien cuyos esfuerzos por salir adelante, en lo personal y como voz para los demás, están plenamente inmersos en buenos conceptos de honor y de amor. No es baladí el epígrafe de Sakae Òsugi que precede al relato: «La belleza solo reside en el caos, la armonía siempre es engañosa». Si el caos es más creativo que el orden es debido a que el orden es previsible, mientras que del caos puede surgir cualquier cosa. En este caso, será la búsqueda de una convivencia no tradicional, no considerada armónica en las convenciones tradicionales, impregnada de amor en una maraña de complicadas relaciones, con libertad amorosa, lo que dará pie a la belleza, que se expresa siempre, eso sí, con cortesía.

 

lunes, 1 de abril de 2024

LA AMAZONIA

 

La Amazonia

Eliane Brum

Traducción de Mercedes Vaquero Granados

Salamandra

Barcelona, 2024

430 páginas

 

 



Este libro es un trabajo periodístico con intenciones muy militantes. No llama a engaño, lo cual se agradece, pues además la causa que defiende no puede ser más sana, más pura, más justa, más utópica y más necesaria: la Amazonia, y con ella todos los que la habitan, como representación máxima de los territorios sagrados en los que defender las buenas causas buenas, aquello que deberíamos proteger para salvar al planeta, a la humanidad, es decir, la naturaleza y las personas. En buena medida no descubre nada que ya no supiéramos, pero sí nos vamos dando cuenta, a medida que avanzamos en la lectura, que esta implicación personal de la autora, Eliane Brum (Ijuí, Río Grande del Sur, 1966), nos habla de lo importante que es desaprender para poder reinventarnos en condiciones, como mejores personas. Brum se ha implicado desde hace tiempo en las causas ecofeministas y de defensa de etnias minoritarias, lo cual ha terminado por llevarla a vivir en una ciudad en el corazón de la Amazonia, Altamira.

La implicación de la autora en la defensa de lo que deberíamos todos defender es muy pasional. Nos invita a idear, o a encontrar, no sabemos bien por qué verbo decidirnos, nuestro propio ecosistema, y a continuación empujarse a uno mismo a formar parte de ese ecosistema. Debemos advertir que nuestra periodista militante no se esconde, más bien al contrario, utiliza estos principios para hablar constantemente de sí misma, en lo que podría ser la aportación más literaria del libro. No es improbable que el lector termine por darse cuenta de que quien nos habla tiene ciertos problemas con el narcisismo, como ella misma reconoce al mencionar que lleva treinta años psicoanalizándose, y no es difícil conjeturar que estos se encuentran en la infancia y adolescencia, pues también menciona que fue madre sola con quince años. A partir de ahí, asistimos a las palabras de alguien que se mueve en la lucha, pues este es su medio natural. Claro que en esta lucha, en la que ella está en el departamento de las denuncias, es contra cualquier forma de violencia: la colonial, la machista, la étnica, la política, la económica, la de poderoso contra el perdedor, la climática, etc. La relación de datos y, sobre todo, de hechos en los que esta violencia se ha ejercido ocupan buena parte del texto, y se extienden en el pasado para hablarnos de la historia de Brasil desde la primera colonización. La resistencia de los pueblos de la selva, o que son selva, como indicaría ella, es una llamada a la rebelión que nos remite a nuestro pasado adolescente, ese en que creíamos que podríamos cambiar el mundo, que es el motor militante que no debería nunca de estar activo. Si no emulamos a estos pueblos selva o a los campesinos agroecológicos, ¿en qué nos convertimos?

Brum pretende ser el Pepito Grillo, la voz de la conciencia, y se muestra pesimista. Pero no baja los brazos. De hecho, no hace tanto que se instaló en Altamira y cuando pasada la mitad del libro nos habla del lugar, no esconde todo lo criminal que por allí campa. A una edad en la que uno desea vivir en chanclas mirando al mar, ella opta por sumar problemas, porque si no acudes a ellos, si los escondes, no vas a resolver. La literatura militante nos recuerda que no sirve de nada esconder la mierda debajo de la alfombra. Nada mejor para reflejarlo que este lugar, la Amazonia, que se nos dibuja como la antisociedad, donde no existe el Estado, donde desde siempre parece imperar la ley del más fuerte, donde todos son reos de unos Liberty Valance que nada tienen de leyenda ni de mito, porque la realidad es mucho más sucia.


Fuente: Zenda

jueves, 28 de marzo de 2024

ENTRE

 

Entre

Christine Brooke-Rose

Traducción de J. Casri

Piel de Zapa

Barcelona, 2024

210 páginas

 

 


Lo primero que llama la atención en esta obra, Entre, es el libérrimo uso del lenguaje y de los elementos gramaticales. Christine Brooke-Rose (1923-2012) fue una lingüista británica conocida sobre todo por sus obras experimentales. Esta fue publicada en 1968 y en cuanto se comienza la lectura uno recuerda a varios autores que pusieron el lenguaje a fermentar, construyeron frases maravillosas o idearon saltos narrativos de riesgo, como James Joyce, George Perec o Aliocha Coll. Aquí la materia con la que tratamos son las palabras, los idiomas, esa herramienta con la que deberíamos entendernos, y no con las imágenes, que raramente se producen en la mente del lector. La atención requerida es muy activa, con cambios de idioma constantes, que obligan a no perder comba y al traductor a hacer una reinterpretación muy meritoria del texto original. Aunque da la sensación de que la técnica utilizada es semejante a la del surrealismo, cuando el texto no estaba ahí previamente, sino que va surgiendo a medida que se escribe, la pretensión de crear una sensación de desamparo es patente y se va imponiendo a medida que acumulamos páginas leídas.

No estamos frente a una novela en la que exista una evolución, un desarrollo. Lo que se describe es, más bien, una situación, que se prolongará a lo largo de toda una vida laboral, la de una mujer dedicada a la traducción simultánea en distintos puntos del globo terráqueo. La variación es constante, tanto como para generar una cierta monotonía, resultado de la acumulación de instantes que no cesan de cruzarse. La cartografía que nos dibuja es disparatada y la autora se ve obligada a hacer del avión el símbolo de una forma de vivir, pues es el lugar donde pasa la protagonista una muy significativa parte del tiempo: «templos de movimiento inmóvil», llega a llamar a estas ballenas que vuelan y que van siendo el hilo que teje una época de la que extraemos un galimatías, una sensación de desorden. Pero este desorden no es gratuito, busca transmitir la idea de incertidumbre, dejarnos con el cerebro hueco a la búsqueda de qué será lo que venga a continuación. En buena medida, nos está hablando de la entropía, en el sentido de crear un sistema de medida del desorden, de moléculas que para acabar siendo comprensibles deberían congelarse. Pero aquí se impone, de forma contundente, el movimiento. Vamos saltando de un lugar a otro sin desplazamiento, o con un desplazamiento inmóvil, sin itinerario que registrar. Hay destinos, pero estos van confundiéndose, nos van galvanizando el entendimiento. La impresión es que asistimos a un flujo de conciencia, pues de flujo de conciencia estamos hablando, de una persona cuyo cerebro a lo que más se parece es a un paisaje de edificios bombardeados.

Uno se pregunta qué tipo de mundo globalizado se estaba construyendo entonces, y se da cuenta de que ahora lo tiene casi entero metido en el teléfono inteligente, y siente, entonces, temor. Porque este monólogo interior todavía podía tener una justificación existencialista, dado que trata de la construcción de una identidad, mientras que nosotros llevamos la identidad en el bolsillo. Y ahí no cabe el lenguaje, ni la estructura, ni la relación del lenguaje y la estructura con la realidad: aquí sólo cabe el bombardeo de estímulos, contra el que ya en 1968 Christine Brooke-Rose nos advertía: nuestra narradora, recreadora, sufre en la memoria, como si estuviera construyendo una que no puede controlar, que sea ella la que domine la identidad o no permita que esta cuaje en condiciones.

Debemos señalar, por último, que en el inglés original esta obra se escribió sin hacer uso del verbo to be, y que en la edición actual se ha respetado, pues no aparecen los verbos ser y estar. No es un juego gratuito: hablamos de lo esencial, de pasar por la superficie apenas arañando, sin ensuciarnos las manos ni someternos a las risas.


Fuente: Zenda

lunes, 25 de marzo de 2024

PASIONES PÚBLICAS, EMOCIONES PRIVADAS

 

Pasiones públicas, emociones privadas

Charles Dickens

Traducción de Dolores Payás

Gatopardo

Madrid, 2024

418 páginas


 


Charles Dickens (1812- 1870) es un fantasma que nos acompaña cada vez que visitamos Londres. Vemos la ciudad como una actualización de aquello que él nos relató en sus ficciones, que agarraban el humus de las calles que él estaba viviendo para mostrarnos la necesidad imperiosa de ser unas personas morales. En realidad, tal y como comprobamos en esta recopilación de textos periodísticos, la moralidad que él defendía era bastante ortodoxa, si entendemos la ortodoxia moral como la obligación de ser generosos y solidarios. Es muy posible que jamás debiéramos haber salido de esa ingenuidad, de ese espíritu naif que por momentos recorren los cuadros que nos hace ver Dickens. Era un momento en el que no se había extendido el estilo de la crónica que actualmente identificamos como la sacudida de la realidad, y tanto su lenguaje como su estructura nos resultarán muy coloquiales: salgo a la calle y observo, entro en un lugar y me doy cuenta, he oído esto y esto es lo que me han respondido. Dickens resulta ser algo semejante a un flaneur, pero a diferencia de estos paseantes lo que se impone no es una cierta languidez, un tono de malestar o una mirada empañada: Dickens es un observador nítido, directo, un tipo que experimenta en carne viva lo que sucede a su alrededor. El insomnio resultó serle de una utilidad creativa increíble a este clásico inglés.

El mundo funciona como algo muy práctico, como la consecuencia de sucesos y acciones concretas, y existe un grupo de personas que deciden. A partir de ahí, la única salida que le queda a la mirada de quien intenta dar fe de cómo funciona el mundo es atenerse al sarcasmo, al esperpento, a la caricatura, cuando lo feo está demasiado presente. Esta fealdad podría ser el resultado de la miseria que estas decisiones han producido, o las costumbres bastante inexplicables que se han impuesto, los paradigmas que aceptamos por el simple motivo de que las cosas siempre se han hecho así. Junto a ese humor, Dickens se muestra siempre compasivo, idealista, pero sin reclamar la revolución, la revuelta o la toma de armas. Convencido de que la sociedad civil se puede organizar para modificar la política, leemos a un hombre que confía en que lo importante es la bondad, y que a esa conclusión le lleva la indignación consecuente de lo que va denunciando.

La lectura de estos textos resulta de los más instructivo en la actualidad, pues nos lleva a preguntarnos qué ha sucedido a lo largo de estas décadas para que no sintamos como siente Dickens, con eso que es innegablemente humanidad, y nos llevan a una nostalgia que hasta ahora no conocíamos: la de echar de menos la bonhomía. «Magnificencia, miseria, belleza y carroña», es la enumeración que Dolores Payás indica, en el prólogo, como núcleo que condensa estos escritos. Payás hace una labor estupenda, añadiendo pequeñas introducciones a cada uno de los bloques en los que divide la edición, que son bloques temáticos: la descripción del país, la descripción de la pobreza, la justicia, la corrupción política, los paseos al inicio o al final del día, etc. En cada uno de ellos, Dickens nos demuestra que observar es reflexionar, porque de todo lo que configura la realidad, va prestando atención a las cosas que de verdad deberían importarnos, que son aquellas que nos hacen cuestionarnos nuestra humanidad, es decir, todo lo que se supone que nos sirve para hacernos mejores personas.


Fuente: Zenda

EL MURMULLO DEL AGUA

 

El murmullo del agua

María Belmonte

Acantilado

Barcelona,

 196 páginas

 



«Y es que sumergirte en el agua es, como en el sexo, cruzar una frontera y penetrar en un nuevo territorio, en una atmósfera distinta donde rigen otros valores más elementales que refractan el tiempo y los sentidos; es una experiencia total, entras en otro elemento, te sumerges en otra dimensión. Y mientras nos esforzamos por mantenernos a flote, en el agua recuperamos nuestra olvidada condición de animales».

El delicado proyecto literario de María Belmonte (Bilbao, 1953) vuelve a pasar por lo más clásico, y tal vez lo mejor, de la cultura del sur de Europa. Hablamos de alta cultura, pero no de cultura de élite, de cultura noble, de belleza, en el sentido en que la belleza es una creación artística. Que, en este caso, contiene una buena parte de inspiración natural, pues será el agua y la incursión del agua en las artes la que ejerza de eje creativo. El libro lleva por subtítulo Fuentes, jardines y divinidades acuáticas, lo cual nos vuelve a llevar hasta los mitos griegos o los artistas del Renacimiento. Será inevitable encontrarse con Ovidio y con Bernini, pero también con la construcción de los grandes acueductos romanos.

El Mediterráneo quedará como el lugar al que va el agua que nutre el espíritu del libro. Y, como en las anteriores obras de Belmonte, la forma la irán dando los estudios sobre los clásicos. En ese sentido, el libro es un regalo para amantes de las interpretaciones mitológicas o la historia de los siglos XVI y XVI, además de para quienes estén interesados en proyectos de ingeniería urbana. De vez en cuando, se permite alguna incursión en anécdotas de viaje, en sucesos personales, pero donde mejor se desenvuelve es cuando toca aquello que, aparentemente, más ama, que es la cultura que busca belleza. Las formas de arte, que es a lo que nos referimos, que han ido construyendo unas piezas del entorno urbano que nos remiten al agua. El trabajo de erudición es magnífico, como siempre, porque consigue dar orden a algo que no pareció ir creciendo para ordenarse bajo el centro de interés que ella construye. Las fuentes y los jardines han sido privilegios de clases altas durante siglos, que es algo que condiciona el tipo de cultura a la que atañe el texto. Pero sí existen apuntes a esa parte de la historia y a dónde encontrarla. Lo que ocurre es que aquí nos sumergimos en delicadeza, y para ello conviene evitar el barro, que también se forma con agua. Estamos, en definitiva, ante un ensayo sobre lo sublime en el que interfiere, eso sí, la condición humana, sobre todo la de los que intentan organizar desde arriba. Esa parte de la historia gesta interés en los momentos en que lo descriptivo no es suficiente. Y se agradece.

miércoles, 20 de marzo de 2024

TODOS LOS OJOS

 

Todos los ojos

Isobel English

Traducción de Julia Osuna

Muñeca Infinita

Madrid, 2024

158 páginas

 

 


Cuenta Jenofonte que los soldados griegos regresaban a casa abatidos tras una severa derrota, pero que cuando llegaron a lo alto de la primera colina que coronaron desde la que se veía el Egeo no dudaron en arrojar sus lanzas para abrazarse mientras gritaban: ¡el mar, el mar! La anécdota nos habla de lucha, de derrota, de depresión y de itinerario, y también del hogar, que es el lugar donde uno siente un amor reconfortante, que no es de un romanticismo desgastado ni de una sensibilidad adolescente. En el caso de nuestra narradora, de la protagonista de esta bella novela, Todos los ojos, debemos confiar que ese hogar se encuentre en algún rincón de la memoria que tenga una historia común con la isla de Ibiza, que a principio de la década de 1950 nada tenía que ver con la explotación actual. La criatura que crea Isobel English (Londres, 1920- 1994) encuentra un rincón del mundo austero, que aquí es tanto como decir hermoso, en el que apenas puede comunicarse en francés con un puñado de turistas y alguna persona del lugar que les atiende.

Pero no adelantemos tanto. En realidad, la estancia en Ibiza ocupa la última parte de la novela, y no es la más larga. Nuestra protagonista es un alma que tiene una sensibilidad impresionista. De hecho, su forma de expresarse a lo que más nos recuerda es a la delicadeza de los pintores clásicos, buscando sensaciones. Estamos frente a un texto sensorialmente vivo. Además, frente a una persona crítica sin maldad. La narradora es consciente de las costumbres británicas y de que es desde allí desde donde escribe, al tiempo que es de ellas de las que le gustaría escapar. Influida por el ánimo de unos amigos, decide emprender ruta hacia Ibiza, acompañada del que suponemos que es su novio. Debemos añadir que fue estrábica, porque ese defecto, ya corregido, cree que influye en su manera de mirar, en esta relación de un itinerario que es a la vez lírico y memorístico. Mientras nos habla de lo que le sale al camino, revisa su pasado, que es el otro camino que no cesamos de recorrer. Se ha propuesto un reinicio considerando que ojalá en su vida haya, y haya habido, poesía: «Quizá me tiene miedo por lo nerviosa que soy y por mis veinticinco años tan marchitos. O puede que ni me haya escuchado», dice tras no recibir respuesta al preguntar por una predicción meteorológica a cuenta del vuelo de las golondrinas.

Con esta misma intensidad es con la que elige y, si debemos fiarnos por el cuidado con que se expresa, consigue vivir, y con la que aspira a vivir la relación con la persona que le acompaña, resolviendo así cualquier duda. Como no puede ser menos, la muerte, la de alguna amistad, aflora aquí y allá en la memoria, como también lo hace la soledad, que no siempre sucede quedándose aislada de los demás. Tanto la una como la otra, las afronta nuestra protagonista con algo parecido a una resignación religiosa, pero sin religión. No hay un dios al que rezar, ni siquiera un espíritu correcto al que aspirar. Se trata de buscar la belleza, la calma, el bien. La búsqueda es, posiblemente, el tema principal de este encantador libro, como podemos deducir de este pequeño diálogo que sucede nada más llegar a Ibiza:

«—¿Cres que nos acostumbraremos a tanta belleza y tanto tiempo libre? le pregunto a Stephen. Ojalá encontrara un piano en el pueblo.

«—¿Por qué no aprovechas y te dedicas a beber como una esponja brandy a tres peniques la copa? me responde desde donde flota bajo las primeras capas de un sueño cada vez más profundo.»


Fuente: Zenda

lunes, 18 de marzo de 2024

EL BOXEADOR

 

El boxeador

Alfons Cervera

Piel de Zapa

Barcelona, 2024

150 páginas

 



Charles Chaplin idea una escena deliciosa: un mendigo, su personaje más popular, Charlot, encerrado en una cabaña en Alaska, muerto de hambre, se come su propia bota; pero no la devora con una pasión salvaje, sino que guarda la compostura en cada uno de sus gestos, limpiando la vajilla, mimando la bota dentro del agua caliente, agarrando los cubiertos con la cortesía del protocolo; el mensaje que nos llega es, claramente, el de la dignidad de la pobreza. La pobreza es una derrota. Hablar de la dignidad de la pobreza es lo mismo que hablar de la dignidad de la derrota. Si bien puede haber otras formas de estar en el lado opuesto de los vencedores, como en un partido de fútbol o baloncesto. Pero estos deportes que enfrentan a dos equipos se reproducen dentro del espíritu de las batallas. Esto nos lleva hasta los mayores perdedores que se han gestado jamás, que son los que sufren la derrota en la guerra. Condenados a la pobreza, a formas de miseria, se les priva incluso de voz, pues el relato que se instala es el de su oponente. De ahí el proyecto literario de alguien como Alfons Cervera (Gestalgar, Valencia, 1947), que nos lleva a los años posteriores a la Guerra Civil y a lugares alejados de las grandes poblaciones. Allí, en el mundo rural, en el monte, se esconden las historias que nadie va a heredar, las historias que él ve necesario crear, porque su obra es ficción, pero se nutre de lo posible. No hay nada que no pudiera haber sucedido y que, casi seguro, en realidad sucedió en términos muy semejantes a los que él utiliza.

Un anciano regresa a su pueblo de origen, desde el exilio en Francia, y lo hace solo. La soledad es fundamental para construir una narración, y también para saldar cuentas. A partir del reencuentro con el lugar, del que lamenta la desaparición por culpa de las pisadas del progreso, se entrega a fragmentos de memoria. Estos van construyendo la novela encadenando pequeños relatos que funcionan con autonomía, y que están unidos por una voz que es vital y crepuscular a un tiempo. Nuestro narrador nos habla de «uno más de los olvidos con los que se ha ido construyendo la vida en Los Yesares», para referirse a las historias que recrea. Certezas en su memoria, olvidos en la memoria social. «No le dije, porque entonces no lo sabía, que las guerras empiezan cuando empiezan y no se acaban nunca», comenta, explicando esta actualidad sobre la que construir todo un proyecto literario: el de aclarar que hubo vencedores y vencidos, que hay pobres y ricos, humillados y violentos. «Soy el crío al que los civiles quemaron los dedos con un soplete y se me quedaron las uñas azules para toda la vida», dice, este hombre cuya infancia no fue feliz y siente que la memoria le está fallando, de ahí esa necesidad de narrar, de hablar sobre la dignidad de la derrota. Esta es la dignidad que padece la mayor parte de la población, la de quienes en lugar de escribir la historia, como decía Camus, la sufren. Es decir, estos son los hombres y mujeres sobre los que se debería hablar cuando tratamos con la historia. Estos somos nosotros.

NOSOTROS, REFUGIADOS

 

Nosotros, refugiados

Hannah Arendt

Traducción de Lidia Suárez Armaroli

Altamarea

Madrid, 2024

105 páginas


 


El texto que rescata Altamarea, Nosotros, refugiados, de Hannah Arendt (Hannover, 1906 – Nueva York, 1975) es sensato, divergente, deslumbrante y conciliador. Se trata de definir, con el punto exacto de denuncia, el concepto de refugiado, a partir de su propia vivencia y de lo que sufrieron los judíos europeos en los años treinta y cuarenta. Definir, se nos advierte desde el principio, no es lo mismo que etiquetar: para lo primero hace falta sensibilidad, inteligencia, para lo segundo basta con un arrebato de agudeza. «Lo primero de todo: no quisiéramos que nos llamaran “refugiados”. Entre nosotros nos llamamos “recién llegados” o “inmigrantes”». Así da inicio la exposición que enseguida nos aclarará cuál es la seña de identidad del grupo: «Pero para reconstruir nuestras vidas hay que ser fuerte y optimista. Por eso fuimos muy optimistas». Es necesario tener el alma de un héroe para reinventarse desde el infierno.

Arendt expone el sustrato desde el que llegan a un territorio que, leyéndola, no nos atreveríamos a calificar de exilio, aunque esta palabra no cesa de asomarse, y de afectar a la pregunta de en qué puede transformar sus días: «Si alguien nos salva, nos sentimos humillados, si alguien nos ayuda, nos sentimos degradados». De hecho, entre ellos se comportan como el perro salchicha que al exponer su historia cuenta que antes era un San Bernardo. De ahí se puede deducir una de las constantes que atraviesan el texto, que es la tristeza. Sobre esa tristeza, ese vaivén, el que provocará el debate, Arendt indaga sin profundizar, apuntando ideas, acerca de la identidad judía, al menos en lo que atañe a estos recién llegados: «Nuestra lealtad, de la que tanto se duda hoy, tiene una larga historia. Es una historia de ciento cincuenta años de hebraísmo asimilado que ha llevado a cabo una empresa sin precedentes: hacer que los judíos, que no han dejado nunca de mostrar su propio no-hebraísmo, consiguieran seguir siendo judíos», comenta, antes de recordar que siguen sin sucumbir al desánimo, que se mantienen en el optimismo que nada sobre la tristeza.

El texto de Arendt es breve, nos habla del suicidio, de la libertad, de la piedad y, sobre todo, de la dignidad; nos habla de la humanidad a la deriva. Viene acompañado por un estudio de la filósofa romana Donatella Di Cesare (1956), que añade la idea del refugiado como fenómeno político, considerando que son «aquellos que los enemigos llevan a campos de concentración y los amigos recluyen en campos de internamiento». Se trata, en definitiva, de uno de los grupos de grandes perdedores. Di Cesare nos habla de la práctica imposibilidad de otorgarles derechos, de la incapacidad de resolver el problema mientras se mantenga viva la actual división del mundo en Estados nación. Se cuestiona si fuera posible otra forma de organización mundial pues la desgracia de los refugiados, a su juicio, no es tanto la falta de libertad como la ausencia de comunidad con el amparo de derechos que conllevaría pertenecer a alguna. Comunidad no significa nación, aclarará, pues confía en que se puedan crear comunidades al margen de las fronteras, pues creer en fronteras y acoger refugiados son dos actos incompatibles.

Di Cesare definirá el texto de Arendt como una expresión de denuncia política, impregnada por un pathos existencial, en el que destaca la agudeza y la melancolía. No cabe mejor esclarecimiento para una obra que también versa sobre uno de los grandes asuntos que no han abandonado a la humanidad desde los tiempos de Abraham: las concesiones de derechos de visita pero no de residencia, la relación entre la posesión del suelo y la posibilidad de transitarlo, la petición del derecho a circular libremente por el mundo frente a la idea de del derecho de quedarse en un lugar donde el mundo vuelva a ser común. Por todo ello, este texto breve debería quedarse a vivir con nosotros durante mucho tiempo, tal vez para siempre.


Fuente: Zenda