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jueves, 6 de septiembre de 2018

SPRINTERS


Sprinters
Claudia Larraguibel
Salto de página
242 páginas

A la ya conocida y atroz historia de Colonia Dignidad, se suma esta novela de Claudia Larraguibel, cuyo temor se centra no tanto en describir la colonia como en lo horrible que tiene el ir conociéndola. Recordemos: Colonia Dignidad es una gran secta afincada en Chile, donde el dinero llueve, supuestamente, del cielo, en una finca de dieciséis mil hectáreas, donde la gente lleva una vida de otro siglo y sigue las reglas de un líder pederasta y tiránico que impone el alemán como lengua de comunicación. No conocer lo que les separa del resto del mundo, en el que al otro lado de esa frontera se habla otro idioma, que es la función de los muros, es lo que permite que la colonia perviva en el aspecto social. Los sobornos están a la orden del día y así se dificulta el acceso a una propiedad privada que tiene sus propios guardias, incluidos perros hambrientos de sangre. Escapar es casi imposible. Mientras tanto, en el interior de la colonia se sucede una rutina que es terror, pero que muchos de los miembros viven, en buena medida como metáfora de la sociedad, como lo normal, lo cotidiano. Obedecer las reglas facilita la vida. Muchas personas se sienten cómodos si se les indica que deben derribar la imaginación. Las normas, cuanto más sencillas, más cómodas.
Larraguibel nos muestra la historia fragmentada: una mujer, lo cual indica mayor valor, pretende hacer una investigación sobre la pérdida del nombre de la colonia, sobre la pérdida de la dignidad. En su relato se propone evitar el melodrama, y así nos cuenta la historia fragmentada, porque el mundo lo conocemos así, astillado. Un terremoto real es la piedra en el estanque que la decide a ejecutar este proyecto. Tiene que viajar de Madrid a Chile, y luego hacia el sur. Aunque sea la narradora de la historia, su participación es muy escasa. De hecho, en algunos de los fragmentos es necesario que se mantenga al margen, como cuando imagina o recrea los intentos de un abogado por entrar en Colonia Dignidad con una orden judicial, acompañado de un retén de policías. Un episodio que se nos muestra en gestación del documental, en un estado intermedio de la escaleta, con algunas indicaciones añadidas para el story-board de la película.
Hay una mujer que consiguió huir y que como testigo se significa más por el silencio, de alto octanaje, que por lo que narra. A partir de esta figura, Larraguibel reflexiona sobre el hecho de que en su país de adopción se han querido olvidar tantas y tantas cosas, que ya desconoce si el olvido y la memoria son necesarios. Lo desconoce el país, queremos decir, el grupo, la masa de gente, porque ella tiene claro que siempre es mejor sacar los cadáveres del armario. Sería una suerte de terapia social, de arqueología de lo inmediato, de rebatir el síndrome de Estocolmo que caracteriza a buena parte de la población, como lo hace con los protagonistas de su documental: dos adolescentes que se proponen huir de la colonia, durante el invierno cruel. Ambos son Sprinters, parte de los elegidos para las cacerías, muchachos que corren tras las presas y que en alguna ocasión fallecen abatidos por los disparos de los cazadores, capitaneados por el tirano que dirige la secta. El horror de Colonia Dignidad nos era familiar. Pero Larraguibel nos habla sobre el horror que puede ser el atrevimiento de sacar a la luz.

miércoles, 11 de abril de 2018

LA VIDA DE H


Esto es lo que dice Alejandro Gándara sobre su última novela:



Y esto dice la contraportada de La vida de H, a mi entender perfecta y a la vez tan difícil, escrita por la editorial:
"Este relato surge de una pregunta sencilla y terrible: la que, en algún momento de su temprana existencia, todo niño se formula alrededor del enigma llamado muerte. Bajo la tutela de un hada que la ayuda a forjar su carácter, H vive en una ciudad, pero también en un laberinto; recorre un tiempo que sólo avanza en una dirección, pero en el que todo ha sucedido ya; se cruza con personas, pero también con criaturas mitológicas y, en suma, observa la realidad como cualquier otra niña de cinco años, pero es capaz de articular preguntas que sólo los hombres y mujeres más sabios llegan a plantearse al cabo de su vida acerca de lo que no vemos y de cuánto y cómo nos atraviesa.".


"A consecuencia de la novela, me preguntan a menudo por qué considero tan importante el momento en que los niños descubren la muerte. En realidad, me parece crucial, puesto que es el desvelamiento fundamental de la estructura de la vida, que ocurre además cuando no se tienen demasiados recursos para asimilar semejante faena. No es que los adultos tengan muchos más, pero no se sienten tan traicionados como los niños al descubrir que sus padres les han traído a un mundo en el que han de morir y no solo eso: además esos padres suelen carecer de respuestas comprensibles al enigma de por qué morimos (y vivimos). El niño se encuentra, pues, ante una revelación dolorosa, a la vez que huérfano: todo su mundo de protecciones, así como todo su mundo mágico, se viene abajo de una sola tacada. De las respuestas que obtenga de los demás, o de las que intuya o imagine va a depender en gran medida su manera de sentir y de encontrar su lugar en esta tierra. Entonces y luego.

"No sé si en el futuro volveré a escribir un libro tan emocionante como La vida de H. Lo dudo mucho. Pero no emocionante mientras lo escribía (lo que a veces es síntoma de delirio, aunque algunos se lo tomen como un ataque de inspiración), sino después, por las cosas que me han dicho después, por las cosas que me han hecho ver en lo que había escrito y de las que no me había dado cuenta. Escribir es un parto: hay dolor e inconsciencia, miedo al comenzar, deseo de acabar y muy breves instantes de plenitud y confianza. El amor por la criatura viene más tarde, cuando descubres que no sabes del todo qué has hecho ni por qué lo hiciste; cuando descubres que el ser que salió de tu vientre y de tu alma (por lo general, de los dos sitios) crece por su cuenta, se hace diferente e inesperado y finalmente alcanza una cierta autónomía respecto de tu amor: adviertes que él también puede darlo a quien quiere, no solo a ti. Un libro es también una forma de prestar atención a los otros, que se revelan y desnudan su corazón cuando te ofrecen las emociones que creen que tú, como autor, les has dado.

viernes, 15 de diciembre de 2017

EL SUEÑO ETERNO DE KIANDA

Entrevista Borja Monreal
‘El sueño eterno de Kianda’



En Europa se mantiene vivo algo que se conoce como el sueño de África. Sin embargo, en África el sueño de Europa es una necesidad. Pero centrándonos en los puntos donde suceden los encuentros en la novela, ¿qué ve en Angola un tipo de Londres que no vea un angoleño? ¿Qué ve en Londres un angoleño que no vea un europeo?

El de Londres en Angola ves los colores; la suciedad, que para los locales forma parte del entorno; los olores, profundos, variados, a veces nauseabundos; los mercados inmensos, llenos de vida y de alegría, de barullo; la miseria normalizada, confundida con el paisaje; los paisajes de una potencia abrumadora que muestran una naturaleza más pura y más hermosa… ve la vida llevada al extremo y los extremos a los que te lleva esa vida…

Desde la distancia, el angoleño ve en Europa las oportunidades, el glamour, la vida fácil y lujosa, los coches, las casas de dos pisos con jardín… pero de cerca, cuando la viven en sus carnes, ven, además de todo eso, la soledad más absoluta, la desaparición de lo social frente a un individualismo atroz, el ruido perenne, el ajetreo, los nervios constantes por llegar tarde a ningún sitio, el olvido de nuestros mayores y la desintegración de la familia. Una Europa mucho más desfigurada que les causa un choque emocional.


El libro nos habla sobre los refugiados, a quienes vemos emprender la forma más horrible de viaje que puede existir. ¿O no? Si suponemos, pues, que cualquier otra forma de viaje es una fórmula más o menos sofisticada de hacer turismo, ¿hay que definir el concepto viaje? ¿Debemos derribar el mito porque frente al viaje del refugiado los demás desplazamientos empalidecen?

El viaje de los refugiados no es atroz por su naturaleza como viaje, como recorrido, sino por la utilización mafiosa que se ha generado en torno a una odisea necesaria para la supervivencia. Pero lo cierto es que hoy en día el concepto de “viaje” ha perdido gran parte de su esencia. No tanto por el ejemplo de los refugiados, que nos muestran el lado más oscuro del desplazamiento, sino porque antiguamente, lo que hacía el viaje era el camino. Ahora en cambio lo hace el destino, nada sucede hasta llegar a él. Es como si nos teletransportásemos de punto a punto para echar un selfie y huir al siguiente check point. Al viaje lo matan las prisas y las tecnologías: ¿para qué viajas, para conocer, para reconocerte, o para poder contarlo a través del puto móvil a los que esperan en su insulsa vida al otro lado de la línea? Hemos perdido la esencia de viajar, de encontrarnos con el otro a través de la necesidad que provocan las dificultades.
En eso hay una cosa en común en mi concepción del viaje y en el que emprenden los refugiados: el suyo, por su naturaleza cruel y trágica, es una experiencia vital de aprendizaje en conjunto y de encuentro permanente con lo desconocido. Lo penoso es que ellos no tengan la opción de elegirlo y nosotros, que podemos, elegimos la foto frente al camino.

Usted ha sido cooperante. Existen distintos tipos de cooperantes, pero, ¿son también viajeros? ¿Cuánto hay de vividor en un cooperante integrado en una gran organización? En caso de que un cooperante no actuara bajo cierto egoísmo, aunque ese consistiera en que su bienestar depende de ver cómo mejora el bienestar de otros, ¿crees que soportaría la convivencia con los refugiados?

Existen tantos tipos de cooperantes como personas: viajeros, vividores, beautiful people e incluso tropical gangsters… pero también los hay comprometidos, dedicados, convencidos de su trabajo. Uno de los problemas de la cooperación es que se ha alejado del “afectado”. Ya no convive demasiado con el que está jodido, y esa falta de empatía, unido a un crecimiento desmesurado de la industria de la ayuda, ha provocado una desconexión entre el cooperante y su razón de ser. Los refugiados, con sus historias, son una cura rápida ante esta falta de empatía. Nadie puede permanecer ajeno a un relato humano de los sentimientos de una persona que se ve obligada a huir, a separarse de su familia, para buscarles a todos ellos una vida mejor. Y estos filtros son necesarios, un bandido en el sector de la ayuda es como un policía corrupto, el ejemplificador en pecado.


Se habla con frecuencia de gobiernos corruptos, y ese mal implica la tragedia que viven los personajes de su novela. Pero, ¿por qué no se habla de los corruptores? ¿Quiénes son?

Muy cierto. Yo sí hablo de ellos en mi novela. Pero cuesta más hacerlo porque el corruptor se parece mucho más a cada uno de nosotros. Y como se parece tanto, construimos un imaginario que justifique al que hace lo que nosotros podríamos hacer, y lo omitimos de los juicios morales. El corrupto es el corruptor en una posición de poder y de fuerza. Así que, ¿quiénes son? Personas corrientes que prefieren coger el camino fácil a hacer lo correcto. Y estas personas se sientan en muchos lugares y posiciones diferentes, generalmente vinculadas al mundo económico. 

La colonización fue un martillo golpeando en un clavo sin interrupción. ¿Con qué compararías la descolonización, ya que se trata de algo también traumático? Y, sin embargo, la etapa de la descolonización fue una época de esperanza. ¿Es un bien la esperanza? ¿Acaso no ha exterminado también el sueño de África y el sueño de Europa?

La esperanza es la base del progreso. Soy un firme defensor de la utopía como meta a ser perseguida. Nadie hace cien años era capaz de concebir nada de lo que hoy es una realidad normalizada. Europa, con todos sus defectos, es la realización de un sueño común que, en la práctica, está llena de las contradicciones que te impone la realidad. Las Áfricas también sueñan y generan utopías que, en unos casos se van alcanzando y en otros están todavía en stand by. En parte por esa alegoría de la caverna que fue la colonización en la que se hizo creer al africano que el mundo, la estructura social, debía ser de una determinada manera en la que él jugaba un rol secundario: les obligaron a ser las sombras cuando fuera había un universo entero que estaba por descubrir. Pero salir de la cueva cuesta tiempo y el mundo ahí fuera es jodido, mucho más teniendo en cuenta todo el tiempo que llevaban allí dentro…  

Por último, la pregunta más complicada. Uno escribe una novela extensa en la que se denuncia la maldad más extrema a la que es capaz de llegar el ser humano. ¿Es posible hacer literatura con eso? La literatura supone un proyecto estético, ¿cuál es el riesgo de este tipo de obra tan social? ¿Cómo se soluciona, si es que considera que debe evitarse, o cómo se profundiza en él?

No es solo posible, es necesario, casi obligatorio. La literatura es y debe ser un arma de concienciación social. ¿Qué otro instrumento, además de la literatura, te garantiza una atención permanente de personas diferentes en lugares distintos durante 12 horas? No soy enemigo de la literatura del entretenimiento… pero me parece un desperdicio supremo. Por eso, el riesgo de hacer lo que yo hago es no llegar a un público que solo quiere abandonarse a la lectura. Ese mejor que no me lea… yo escribo para mover a la gente, para generar un cambio social y para convencer de una serie de valores que creo necesarios. Por supuesto que lo hago a través de una historia atractiva y que permite al lector introducirse en una realidad abrumadora que le hace, al menos un poco, aprender casi sin darse cuenta. Pero no me olvido de mi compromiso social. De mi razón de ser. Yo, todavía, no me he olvidado del porqué soy cooperante.

Por otro lado, la estética no está ligada con la maldad. De hecho, algo terrible puede ser hermoso en su forma. Yo cuento la historia de unos personajes en un contexto histórico y social extremadamente difícil. Pero este contexto hace también sacar lo mejor de las personas. El sueño eterno de Kianda es exactamente eso: la reacción de diferentes personas ante una situación dificilísima. Y eso me da la oportunidad de contar las dos caras del ser humano, el día y la noche. Y el día en que acabó la noche. 

martes, 24 de octubre de 2017

LA LÍNEA DEL FRENTE

La línea del frente
Aixa de la Cruz
Salto de página
Madrid, 2017
177 páginas

Basta un pequeño vistazo a tu alrededor para darse cuenta de que a mucha gente no le vendría mal unos pocos remordimientos. Basta con que sea otro el que lo eche, para que piense que a ti no te vendrían mal unos pocos remordimientos. Si está en lo cierto, entonces, ¿qué hacer con ellos? ¿Y qué hacer con otras emociones que fueron tu verdad? ¿Qué hacer con algo que se convirtió en tu verdad cuando, para ser sinceros, intentabas que fuera tu trabajo? Será el otro el que te salve. Será mirar al otro y comprender que esa contradicción que tú padeces la han padecido cualquier ser sensible. Tal vez en eso consista la compasión, que es el tema de la nueva obra de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988).
La línea del frente nos lleva a la costa norte, a Laredo, un extraño lugar para la batalla, dado que la costa, y sobre todo la costa del Cantábrico, representa el retiro contemplativo. Así lo plantea de inicio Aixa, pues asistimos a una novela de situación, de reflexión, en la que los sucesos no acontecen a lo largo de la obra, sino que tuvieron lugar previamente. La voz que ocupa la mayor parte de la obra es interior, como se corresponde a la soledad elegida. La protagonista elige una urbanización y una época en la que está casi vacía, para terminar su tesis a la par que se prepara para visitar a su antigua pareja, con quien parece haber mantenido fidelidad. Sucede que su pareja está en un penal en una isla, como el Conde de Montecristo, por algún delito inexplicado del todo, hasta el final de la obra, relacionado con la violencia terrorista. Los años de condena se corresponden a los últimos de baja actividad de ETA, y el encuentro se ha postergado casi diez años, en los que la relación se ha mantenido de forma epistolar, debido a que la residencia original de la protagonista está en Barcelona, rodeada de colegas, pero sin amigos.

Casi por imposición, Aixa construye el relato testimonial de una generación en la que el conflicto vasco había nacido mucho antes de que ellos llegaran al mundo. Aixa elige temas y no cronología para su narración. Una voz que se intercala con la de un director de teatro argentino, fundamental para la interpretación de los hechos. El director de teatro muestra poca fe en el teatro, como si estuviera convencido de que el teatro no es nada más que eso, teatro, en el sentido más convencional del término, como si cualquier representación no fuera nada serio. Su punto de vista sobre nuevas formas teatrales, como el biodrama, lo ponen todo en tela de juicio. Todo, excepto el derecho a la lucha, que es el cimiento de la actitud de Jokin, el presidiario. Entre todos ellos, se juzga y se llega a entender la rabia, que es un momento de expresión del héroe. En realidad, la relación entre los dos protagonistas está sin definir y el momento en que Aixa elige para narrarla es en el que ambos pretenden definirla. Las intenciones de uno y otra parecen distantes, pero la necesidad igual de intensa. Sofía, la voz protagonista, construye el relato de la vida de Jokin, para lo cual se vale de las entrevistas y de algún vis a vis, al parecer lo más útil que ella puede hacer por él. ¿Útil es lo mismo que bueno? Tal vez. Pero no despejaremos la ecuación, pues sería revelar el final de la novela, en la que las leyendas se ponen en tela de juicio. Y eso ya en sí es muy valiente, también en literatura, en el teatro, en el relato.

Fuente: Culturamas

martes, 17 de octubre de 2017

MODELOS ANIMALES

Modelos animales
Aixa de la Cruz
Salto de página
Madrid, 2015
140 páginas

Al contrario que en el cultivo de los huertos ecológicos, en la literatura está permitido el uso de insecticidas, pesticidas, herbicidas y otros productos no orgánicos, entre los que se encuentran los fertilizantes, que por muy industriales que sean, no dejan de ser humus para la imaginación. En esa literatura la intromisión de la química no impide que sean bienvenidos los mosquitos, las orugas que son casi crisálidas, el pulgón que ejerce de ganado para las hormigas, y también cualquier pájaro que se alimente de los insectos y de la fruta. La fuerza casi divina de los seres milenarios no combate con la de los humores de laboratorio, sino que forman un universo en el cual puede entrar cualquiera a recoger frutos con los que escribir una historia. Pero hay que ser listo para saber saltar la tapia o abrir el cerrojo de la cancela o, en última instancia, mirar a través de la cerradura y extraer de ahí el material para formar un universo propio en el que conviva lo moderno y lo de toda la vida. Esa es la especialidad de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988), y su resultado destaca por la fuerza de la imaginación.
En Modelos animales recopila varios relatos con el tema universal de la soledad imposible de separar de la piel como constante. Y es que en ocasiones uno tiene la impresión de que un buen escritor es el que consigue transmitir la sensación de soledad, tal vez porque si no existe esa emoción no se consigue dialogar sobre la dignidad, que es el toque de distinción de cualquier forma narrativa. En un principio, leyendo los primero cuentos, ambientados en Canadá, en México, en un Bilbao moderno, uno se siente atraído a creer que Aixa de la Cruz bebe de John Cheever, de Norman Mailer y otros autores americanos. Pero al rato se da cuenta de que su literatura tiene más de Bohumil Hrabal que de Bukowski, a pesar de ciertos detalles de realismo sucio que apunta cada dos o tres páginas. Y es que esa constante se cimenta en las adversidades que surgen durante la adolescencia de los protagonistas. Aixa de la Cruz sigue intrigada por las consecuencias que la adolescencia tiene en nosotros, incluso arrasándonos, y no deja de cuestionarse, como confiesa alguno de sus narradores, si es cierto que todos los actos tienen sus consecuencias. Y los actos de la adolescencia tienen, por fuerza, que ser pura emoción.
Y, sin embargo, los escenarios no pueden ser más diferentes. Una relación de espejo en una obra de teatro en formación, con el cartel de “atención obras”, que significa peligro; incluido el peligro de la muerte. Una madre demasiado joven a la que le extraen un bebé con talasemia, una madre ingenua, torpe y pudorosa hasta el sadismo, y un extraño vínculo entre la criatura y la sangre. Dos viajes paralelos de Londres a Bilbao, unidos por la relación de ambas protagonistas con las drogas, que se van separando a medida que avanza el desplazamiento; un relato que nos habla de que no somos dueños de nuestro destino, pero sí de lo que somos. La idealización de las gamberradas de nuestro paso por el instituto y la melancolía por la inercia a hacer daño sin mirar las consecuencias. La vida en la más decadente de las caravanas americanas, en un relato en el que existe mucha elipsis en la actuación y pocas palabras a la hora de redactarla. Las dudas sobre la propia identidad de alguien encerrado en un váter con anorexia y bulimia, y con la monomanía de que debe ganarse el respeto de los demás. O la ilusión de una ficción novelada de una condenada en la cárcel por culpa de una equivocación en una broma, que la lleva a experimentar con la tortura.
De ese calado es la imaginación de Aixa de la Cruz, a quien debemos seguir leyendo porque, seguro, a medida que vaya ganando en experiencia nos irá dejando mejores obras. Hasta que llegue su mejor novela dentro de unos años. Mientras tanto, un buen lector no debe perderse estos libros para conocer de primera mano la génesis de la obra que está por venir. Y porque a Aixa se le ocurren cosas que a los demás no se nos habrían pasado nunca por la cabeza.


Fuente: Culturamas

lunes, 16 de octubre de 2017

MANUAL DE AUTOAYUDA

Manual de autoayuda
Miguel Ángel Carmona del Barco
Salto de página
Madrid, 2016
139 páginas

La expresión más repetida en los manuales de autoayuda, es esa de aprender a quererse a uno mismo. Repetir esta paradoja puede servir para viajar en el curso de los días en una buena dirección, pero a la hora de la verdad, ningún razonamiento ni sugestión vital, ningún sentimiento se corresponde a esa afirmación. Los monjes budistas hace tiempo que la abandonaron, por su concepción de uno y el universo, y el más pequeño de los apuntes cínicos dictaría que uno no puede ser al mismo tiempo sujeto activo y pasivo de la acción del amor. Sin embargo, a los personajes de este libro de relatos no les vendría mal aprender a quererse, y aprender a hacerlo en condiciones. Aunque ese amor fuera mentira. Este es el tema que unifica este volumen, concebido como tal y no como una recopilación de narraciones breves de distinto calado. De ahí, por ejemplo, que todos los relatos estén narrados en primera persona y que la voz sea bastante uniforme. Existen, sí, matices que los diferencian. Pero el sonido de cómo hablan, o piensan, los personajes es similar. Algo claramente intencionado por parte de Miguel Ángel Carmona del Barco (Badajoz, 1979).
En primer lugar, para poder quererse a uno mismo hace falta una buena práctica del ejercicio de la memoria. Es decir, comenzar por tener memoria, pues algunos de los protagonistas parecen carecer de ella, y luego utilizarla en el propio provecho, pues ninguno sabe cómo hacer de los recuerdos una garantía para ser un poco menos desgraciado. En segundo lugar, una buena memoria no se atiene solo a momentos o imágenes. También a las emociones. Si las emociones son más potentes que uno, todas, sean de la estirpe que sean, el exceso visceral será una constante en cada acto y cada minuto. Eso también les sucede a los personajes centrales, que solo saben sentir las emociones a altísimo voltaje. En tercer lugar, está ese saber convivir con uno mismo, aunque sea a través de la autohipnosis de quererse bien, para percibir el mundo tal y como es, o tal y como lo representa la verdad de cada uno. Es decir, para no encontrarnos fuera de la realidad, que es otra constante en estos relatos. Uno diría que nos enfrentamos a un libro de relatos de realismo sucio, si es que las voces tuvieran algo que ver con la realidad. Se da el caso de que más de la mitad de los dieciocho relatos están en boca de mujeres, tal vez porque Carmona del Barco considere que hay algo más depresivo en ser mujer, tal vez, dicho de forma muy subjetiva, reivindicando la lucha por abandonar ese mundo más secreto y más oscuro del que empezaron a salir hace muy poco tiempo. Por alguna razón, en este volumen Carmona del Barco se siente atraído por los personajes sufrientes. Pero no se queda ahí: se trata de odiadores. Personajes que se odian a sí mismos.
Ahí está, para empezar, el payaso triste, amputado, rehabilitado en su drogadicción, en un mundo donde no deja de hacer mal tiempo, esperando a que surja de quién sabe dónde una niña que le consuele un instante. O la pérdida de conciencia de la realidad de los oftalmólogos que asisten a un congreso y se contagian del virus de El ángel exterminador. Por el libro circula la pornografía, incluida una mujer que trabaja en un espectáculo porno y que lee a Cioran junto a su único amigo, que es ciego. O esa gente desnortada que da con sus huesos en la cárcel, un lugar violento donde no sabemos si habrá un resquicio para la ética. Los homosexuales pueden ser maricas de sesenta años que aguardan su oportunidad en baños públicos, y que con frecuencia terminan golpeados y justificando sus marcas a una madre que debería estar en un geriátrico. No faltan los matones, aunque su pistola dispare pis en lugar de balas, gente que busca, con ganas, la fatalidad. Y siempre los que huyen de su pasado o, como expresa uno de los personajes, acaba de hacerse un trasplante de alma. Aunque existen muchas formas de huir, como por ejemplo la del padre de familia que ante una situación de estrés sustituye su mirada por la cámara de fotos. Los que no pueden huir, como la inmigrante venezolana que ha vivido la maldad en carne propia, se resignan a acondicionar sus días y sus noches a esa maldad, a ser parte de ella, en lugar de combatirla.
El mundo se desmorona por varios de sus costados. Eso nos dice Carmona del Barco. Y sus personajes proyectan ese desmoronamiento en lo que debería ser la realidad. Porque lo que está lleno de escombros, con seguridad, son sus entrañas. Lo del mundo, suponemos, lo deja para la siguiente oportunidad en que nos regale un nuevo libro. Lo estaremos esperando.


Fuente: Culturamas

jueves, 12 de octubre de 2017

EL SUEÑO ETERNO DE KIANDA

Fuente: Culturamas

El sueño eterno de Kianda

Borja Moreal

Salto de Página
Madrid, 2017
448 páginas
Cuando su madre enferma, Kianda, una refugiada de la guerra de Angola arraigada en Londres desde su niñez, decide regresar a su país natal en un viaje que lo será también al pasado de su familia, a los motivos de su trágico exilio y a los secretos que encierra la desaparición de su padre, el guerrillero Rui Alves. Al fondo, el pasado y presente de un país africano donde el conflicto no terminó tras la descolonización sino que continuó de forma cruenta entre las distintas facciones libertadoras, segó la vida de decenas de miles de personas y arrasó con las esperanzas de toda una generación de angoleños.
Sobre la cooperación, la emigración y la literatura, hablamos con Borja Monreal, quien ha sido galardonado con el premio de novela Benito Pérez Armas. Borja nos muestra su cara más sensata y conmovedora.
En Europa se mantiene vivo algo que se conoce como el sueño de África. Sin embargo, en África el sueño de Europa es una necesidad. Pero centrándonos en los puntos donde suceden los encuentros en la novela, ¿qué ve en Angola un tipo de Londres que no vea un angoleño? ¿Qué ve en Londres un angoleño que no vea un europeo?
El de Londres en Angola ves los colores; la suciedad, que para los locales forma parte del entorno; los olores, profundos, variados, a veces nauseabundos; los mercados inmensos, llenos de vida y de alegría, de barullo; la miseria normalizada, confundida con el paisaje; los paisajes de una potencia abrumadora que muestran una naturaleza más pura y más hermosa… ve la vida llevada al extremo y los extremos a los que te lleva esa vida…
Desde la distancia, el angoleño ve en Europa las oportunidades, el glamour, la vida fácil y lujosa, los coches, las casas de dos pisos con jardín… pero de cerca, cuando la viven en sus carnes, ven, además de todo eso, la soledad más absoluta, la desaparición de lo social frente a un individualismo atroz, el ruido perenne, el ajetreo, los nervios constantes por llegar tarde a ningún sitio, el olvido de nuestros mayores y la desintegración de la familia. Una Europa mucho más desfigurada que les causa un choque emocional.
El libro nos habla sobre los refugiados, a quienes vemos emprender la forma más horrible de viaje que puede existir. ¿O no? Si suponemos, pues, que cualquier otra forma de viaje es una fórmula más o menos sofisticada de hacer turismo, ¿hay que definir el concepto viaje? ¿Debemos derribar el mito porque frente al viaje del refugiado los demás desplazamientos empalidecen?
El viaje de los refugiados no es atroz por su naturaleza como viaje, como recorrido, sino por la utilización mafiosa que se ha generado en torno a una odisea necesaria para la supervivencia. Pero lo cierto es que hoy en día el concepto de “viaje” ha perdido gran parte de su esencia. No tanto por el ejemplo de los refugiados, que nos muestran el lado más oscuro del desplazamiento, sino porque antiguamente, lo que hacía el viaje era el camino. Ahora en cambio lo hace el destino, nada sucede hasta llegar a él. Es como si nos teletransportásemos de punto a punto para echar un selfie y huir al siguiente check point. Al viaje lo matan las prisas y las tecnologías: ¿para qué viajas, para conocer, para reconocerte, o para poder contarlo a través del puto móvil a los que esperan en su insulsa vida al otro lado de la línea? Hemos perdido la esencia de viajar, de encontrarnos con el otro a través de la necesidad que provocan las dificultades.
En eso hay una cosa en común en mi concepción del viaje y en el que emprenden los refugiados: el suyo, por su naturaleza cruel y trágica, es una experiencia vital de aprendizaje en conjunto y de encuentro permanente con lo desconocido. Lo penoso es que ellos no tengan la opción de elegirlo y nosotros, que podemos, elegimos la foto frente al camino.
Usted ha sido cooperante. Existen distintos tipos de cooperantes, pero, ¿son también viajeros? ¿Cuánto hay de vividor en un cooperante integrado en una gran organización? En caso de que un cooperante no actuara bajo cierto egoísmo, aunque ese consistiera en que su bienestar depende de ver cómo mejora el bienestar de otros, ¿crees que soportaría la convivencia con los refugiados?
Existen tantos tipos de cooperantes como personas: viajeros, vividores, beautiful people e incluso tropical gangsters… pero también los hay comprometidos, dedicados, convencidos de su trabajo. Uno de los problemas de la cooperación es que se ha alejado del “afectado”. Ya no convive demasiado con el que está jodido, y esa falta de empatía, unido a un crecimiento desmesurado de la industria de la ayuda, ha provocado una desconexión entre el cooperante y su razón de ser. Los refugiados, con sus historias, son una cura rápida ante esta falta de empatía. Nadie puede permanecer ajeno a un relato humano de los sentimientos de una persona que se ve obligada a huir, a separarse de su familia, para buscarles a todos ellos una vida mejor. Y estos filtros son necesarios, un bandido en el sector de la ayuda es como un policía corrupto, el ejemplificador en pecado.
Se habla con frecuencia de gobiernos corruptos, y ese mal implica la tragedia que viven los personajes de su novela. Pero, ¿por qué no se habla de los corruptores? ¿Quiénes son?
Muy cierto. Yo sí hablo de ellos en mi novela. Pero cuesta más hacerlo porque el corruptor se parece mucho más a cada uno de nosotros. Y como se parece tanto, construimos un imaginario que justifique al que hace lo que nosotros podríamos hacer, y lo omitimos de los juicios morales. El corrupto es el corruptor en una posición de poder y de fuerza. Así que, ¿quiénes son? Personas corrientes que prefieren coger el camino fácil a hacer lo correcto. Y estas personas se sientan en muchos lugares y posiciones diferentes, generalmente vinculadas al mundo económico.
La colonización fue un martillo golpeando en un clavo sin interrupción. ¿Con qué compararías la descolonización, ya que se trata de algo también traumático? Y, sin embargo, la etapa de la descolonización fue una época de esperanza. ¿Es un bien la esperanza? ¿Acaso no ha exterminado también el sueño de África y el sueño de Europa?
La esperanza es la base del progreso. Soy un firme defensor de la utopía como meta a ser perseguida. Nadie hace cien años era capaz de concebir nada de lo que hoy es una realidad normalizada. Europa, con todos sus defectos, es la realización de un sueño común que, en la práctica, está llena de las contradicciones que te impone la realidad. Las Áfricas también sueñan y generan utopías que, en unos casos se van alcanzando y en otros están todavía en stand by. En parte por esa alegoría de la caverna que fue la colonización en la que se hizo creer al africano que el mundo, la estructura social, debía ser de una determinada manera en la que él jugaba un rol secundario: les obligaron a ser las sombras cuando fuera había un universo entero que estaba por descubrir. Pero salir de la cueva cuesta tiempo y el mundo ahí fuera es jodido, mucho más teniendo en cuenta todo el tiempo que llevaban allí dentro…
Por último, la pregunta más complicada. Uno escribe una novela extensa en la que se denuncia la maldad más extrema a la que es capaz de llegar el ser humano. ¿Es posible hacer literatura con eso? La literatura supone un proyecto estético, ¿cuál es el riesgo de este tipo de obra tan social? ¿Cómo se soluciona, si es que considera que debe evitarse, o cómo se profundiza en él?
No es solo posible, es necesario, casi obligatorio. La literatura es y debe ser un arma de concienciación social. ¿Qué otro instrumento, además de la literatura, te garantiza una atención permanente de personas diferentes en lugares distintos durante 12 horas? No soy enemigo de la literatura del entretenimiento… pero me parece un desperdicio supremo. Por eso, el riesgo de hacer lo que yo hago es no llegar a un público que solo quiere abandonarse a la lectura. Ese mejor que no me lea… yo escribo para mover a la gente, para generar un cambio social y para convencer de una serie de valores que creo necesarios. Por supuesto que lo hago a través de una historia atractiva y que permite al lector introducirse en una realidad abrumadora que le hace, al menos un poco, aprender casi sin darse cuenta. Pero no me olvido de mi compromiso social. De mi razón de ser. Yo, todavía, no me he olvidado del porqué soy cooperante.
Por otro lado, la estética no está ligada con la maldad. De hecho, algo terrible puede ser hermoso en su forma. Yo cuento la historia de unos personajes en un contexto histórico y social extremadamente difícil. Pero este contexto hace también sacar lo mejor de las personas. El sueño eterno de Kianda es exactamente eso: la reacción de diferentes personas ante una situación dificilísima. Y eso me da la oportunidad de contar las dos caras del ser humano, el día y la noche. Y el día en que acabó la noche.

jueves, 5 de octubre de 2017

CRÓNICAS DEL ENCIERRO

Crónicas del encierro
Izaskun Gracia Quintana
Salto de página
Madrid, 2016
169 páginas

Para que exista la soledad tienen que existir los otros. Esta solemne evidencia nos lleva sin remedio a la tontería que son las famosas palabras de Sartre sacadas de contexto: el infierno son los demás. Eso supone que el cielo soy yo. Lo cual convierte la expresión, con tanta frecuencia utilizada como una sentencia, en la frase más cursi de la historia.
En la contracubierta de este libro de relatos, Crónicas del encierro, se nos advierte de que la soledad es el factor común a cada uno de ellos. Es decir, la ausencia de los demás. Pero esta ausencia puede deberse al deseo del ermitaño o a la marginación. Es decir, a la vida contemplativa o a la violencia. En cualquier caso, para Izaskun Gracia Quintana la soledad es un encierro. En una suerte obsesión solipsista, en estos relatos las personas están encerradas en su entorno inmediato: solo existe lo que pueden conocer por la proximidad a sus cuerpos. De hecho, en uno de ellos, El triángulo de cerámica, un ejercicio que nos remite a Edgar Alan Poe, la ceguera del personaje, que es la falta de luz alcanzando sus ojos, se representa con total obviedad: el protagonista sin nombre, la única presencia humana del relato, encerrado en una cámara oscura solo palpa y olfatea. Hasta los ruidos le son negados.
El relato que abre la serie, Tap, también nos enfrenta a un personaje encerrado. En este caso si existe oscuridad es debido a que elige mantener la persiana bajada. Y él elige mantenerse en la cama para el resto de sus días, como hiciera, en buena medida, Juan Carlos Onetti. El problema es que no cesa de escuchar la tortura de una gotera, que le está volviendo loco. Aunque la locura ya le venía de antes, de ahí esa elección de vida. A no ser que nos encontremos frente a un perfecto idiota, pues es posible que el relato trate sobre eso, sobre la estupidez humana. Vacaciones nos hace recordar esa edad en la que tenemos pequeños pensamientos de psicópata que la conciencia social nos coarta; pero, ¿qué ocurre si desaparecen esas barreras y, por añadidura, no nos faltan razones para odiar el mundo? El siguiente relato, El vestido azul, nos sitúa frente a un clásico en esto de la soledad: la persona que ha enterrado su vida cuidando de una madre, que además es una madre castrante; se trata de una denuncia del condicionamiento, de esa costumbre de repetir lo que hemos aprendido y pensar que esa zona es una zona de confort. Con El pozo da un paso más allá en lo literario, pero una marcha atrás en el conocimiento; no se puede mostrar menos en la narración; sabemos que ese pozo relaciona de alguna manera el lugar secreto de unos niños con la leyenda de una tragedia minera. Es casi imposible descifrar el vínculo que en alguna parte se intuye. Si la soledad es la constante vital del libro, Barcos hundidos refleja algo a lo que debemos atenernos al tratar el tema: la esquizofrenia; la creación de un mundo para uno mismo donde no existe la moral.
Finalmente, Diario nocturno, el relato más largo del volumen, aparenta presentarnos la realidad del vampirismo. Es decir, un caso de fotofobia en el que las arañas sustituyen a los murciélagos, algo que sí es posible, en la casa de alguien a quien supervisan los servicios sociales. La sensación que da es kafkiana, en el sentido más puro del término: algo debe ocurrir, pero ese final va posponiéndose constantemente. Y cuando sí existe un final, resulta que este es, a su vez, una nueva postergación. Un buen homenaje al escritor más importante del siglo XX.


Fuente: Culturamas