jueves, 6 de septiembre de 2018

SPRINTERS


Sprinters
Claudia Larraguibel
Salto de página
242 páginas

A la ya conocida y atroz historia de Colonia Dignidad, se suma esta novela de Claudia Larraguibel, cuyo temor se centra no tanto en describir la colonia como en lo horrible que tiene el ir conociéndola. Recordemos: Colonia Dignidad es una gran secta afincada en Chile, donde el dinero llueve, supuestamente, del cielo, en una finca de dieciséis mil hectáreas, donde la gente lleva una vida de otro siglo y sigue las reglas de un líder pederasta y tiránico que impone el alemán como lengua de comunicación. No conocer lo que les separa del resto del mundo, en el que al otro lado de esa frontera se habla otro idioma, que es la función de los muros, es lo que permite que la colonia perviva en el aspecto social. Los sobornos están a la orden del día y así se dificulta el acceso a una propiedad privada que tiene sus propios guardias, incluidos perros hambrientos de sangre. Escapar es casi imposible. Mientras tanto, en el interior de la colonia se sucede una rutina que es terror, pero que muchos de los miembros viven, en buena medida como metáfora de la sociedad, como lo normal, lo cotidiano. Obedecer las reglas facilita la vida. Muchas personas se sienten cómodos si se les indica que deben derribar la imaginación. Las normas, cuanto más sencillas, más cómodas.
Larraguibel nos muestra la historia fragmentada: una mujer, lo cual indica mayor valor, pretende hacer una investigación sobre la pérdida del nombre de la colonia, sobre la pérdida de la dignidad. En su relato se propone evitar el melodrama, y así nos cuenta la historia fragmentada, porque el mundo lo conocemos así, astillado. Un terremoto real es la piedra en el estanque que la decide a ejecutar este proyecto. Tiene que viajar de Madrid a Chile, y luego hacia el sur. Aunque sea la narradora de la historia, su participación es muy escasa. De hecho, en algunos de los fragmentos es necesario que se mantenga al margen, como cuando imagina o recrea los intentos de un abogado por entrar en Colonia Dignidad con una orden judicial, acompañado de un retén de policías. Un episodio que se nos muestra en gestación del documental, en un estado intermedio de la escaleta, con algunas indicaciones añadidas para el story-board de la película.
Hay una mujer que consiguió huir y que como testigo se significa más por el silencio, de alto octanaje, que por lo que narra. A partir de esta figura, Larraguibel reflexiona sobre el hecho de que en su país de adopción se han querido olvidar tantas y tantas cosas, que ya desconoce si el olvido y la memoria son necesarios. Lo desconoce el país, queremos decir, el grupo, la masa de gente, porque ella tiene claro que siempre es mejor sacar los cadáveres del armario. Sería una suerte de terapia social, de arqueología de lo inmediato, de rebatir el síndrome de Estocolmo que caracteriza a buena parte de la población, como lo hace con los protagonistas de su documental: dos adolescentes que se proponen huir de la colonia, durante el invierno cruel. Ambos son Sprinters, parte de los elegidos para las cacerías, muchachos que corren tras las presas y que en alguna ocasión fallecen abatidos por los disparos de los cazadores, capitaneados por el tirano que dirige la secta. El horror de Colonia Dignidad nos era familiar. Pero Larraguibel nos habla sobre el horror que puede ser el atrevimiento de sacar a la luz.

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