Teléfono
Percival
Everett
Traducción
de Javier Calvo
De
Conatus
Madrid,
2026
290
páginas
Tal
vez esta sea la regla número uno para mantenerse vivo: si te quedas quieto, no
eres nadie. No se puede vivir por inercia. En algún momento, por mucho que tu
pretendas que todo se congele, lo que sucede a tu alrededor te afecta y te obliga
a tomar partido. En esta novela de Percival Everett (Fort Gordon, Georgia, 1956)
se utiliza el concepto de necesidad a esa toma activa de postura, y se representa
de manera extrema: el azar empuja al protagonista, a nuestro narrador, a querer
salvar a un grupo de mujeres sometidas a esclavitud. Eso que hemos designado
como azar sucede dentro de un contexto brutal, bajo el empuje de una enfermedad
terrible que sufre la hija del narrador, que será el verdadero motor de la
acción de nuestro protagonista. La novela, debemos decirlo desde el principio,
funciona como una maquinaria perfecta. Hay una tensión que no decrece, hay
intriga y hay, sobre todo, unas relaciones entre los personajes que son de muy
alto calado humano.
Lo
primero que sabremos es que el narrador es consciente de que va a contar algo
que es muy interesante. A pesar de ello, tarda unas cuantas páginas en soltar
la noticia, la enfermedad de su hija, que le lleva a plantearse que todo lo que
es, todo lo que ha sido durante cuarenta y dos años, no sirve de nada. La niña
tiene doce años cuando la diagnostican una enfermedad rara, degenerativa y si
tratamiento. Pero durante esas cien primera páginas hemos asistido a lo
cotidiano como construcción de lo que va a salirse de lo cotidiano,
manteniéndose, eso sí, dentro de los cauces de la realidad. Un profesor
universitario mantiene una bonita relación con su hija, en la que cobra
especial importancia las partidas de ajedrez, mientras nos va describiendo una
vida en la que nos preguntamos qué traumas le han construido y cuáles son los
límites de su personalidad. Es un tipo que está descontento con casi todo y no
tiene ningún reparo en expresarlo. Apenas le saca de su rutina las
insinuaciones de una alumna y la relación con una colega. Mientras tanto, vamos
recibiendo, desde un segundo plano, una relación con su mujer que está
construida sobre la rutina familiar. Hay respeto a la vez que costumbre, y sospechamos
que, de haber escuchado la voz de ella, ese respeto sería mutuo. No sabríamos
decir si existe una crisis de pareja.
Pero
a partir de la noticia, asistimos a un cambio de percepción del narrador, que
se preocupa más por los detalles, sin terminar de interpretarlos, y también se
preocupa por la afectación sobre su familia. La sensibilidad hacia su mujer y
la extrema preocupación por su hija, se imponen. La demostración es el viaje a
París, el sueño, el mito, pero también el último deseo. Al protagonista le
sigue resultando imposible naturalizar la muerte, que ha sido, en buena medida,
lo que le ha inmunizado contra tantas cosas, pues las de sus progenitores
fueron trágicas, la del padre, y complacida, la de la madre. En cualquier caso,
inusuales y prematuras. Hasta que una nota encontrada en una camisa comprada
por internet le lleva hasta un lugar perdido de Nuevo México, donde comienza
una investigación en la que tendrán lugar nuevos encuentros, con gente que le
apoya o le advierte, y también con dos personajes cuya aparición nos lleva a
recordar la de otros dos tipos siniestros que serán la asfixia del protagonista
de Victoria, la novela de Conrad. A partir de ahí, y contra cualquier
desarrollo posible de los acontecimientos, lo que se impone es la necesidad.
Necesidad de salvar, necesidad de sentir que salva, ya que no puede hacer gran
cosa por la persona que más quiere. La novela tiene un desarrollo que nos
intriga y mantiene atados a ella, pero es, por encima de todo, una
representación muy emocionante de las relaciones humanas.
Fuente: Zenda

No hay comentarios:
Publicar un comentario