Cosechadora
universal
John
Darnielle
Traducción
de Javier Calvo
Aristas
Martínez
Badajoz,
2026
314
páginas
Uno
aprende a guardar imágenes de seres queridos para sentir el testimonio de que
estuvieron ahí, para asegurarse de que fueron importantes y con la esperanza de
que ocupen el hueco que dejaron al marcharse. Pero esto puede llegar al
paroxismo cuando lo que hacemos es buscar a seres queridos, porque un día
desaparecieron sin abandonar este mundo. Dado que tampoco sabemos los motivos
de su desaparición, la herida no parece que vaya a resultar fácil de cerrar. Pero
puede motivar lo bastante como para emprender una búsqueda que tiene mucho de
narración, de construcción de un relato que, como en este caso, tiene lugar en
tres diferentes décadas. La narradora tendrá una motivación suprema para
elaborar esta obra, que aparenta estar narrada desde la omnisciencia pero que, nos
hace sospechar de vez en cuando, es una novela construida por alguien que está
investigando. Esta estrategia le da mucha verosimilitud a la ficción, a la que
cabe añadir la aportación de los picos de intriga, bien dosificados, y la
relación de vidas cotidianas, o casi cotidianas, que ocupan buena parte del
espacio sin que el interés de la lectura decaiga.
La
primera parte nos llevará al tiempo en que alquilábamos películas VHS en los
videoclubes y a un lugar donde la gente siente afición por la pesca. Estamos a
finales de los noventa en una localidad de seis mil habitantes, un poco
apartada de las leyes que rigen en Chicago o Baltimore. Y el protagonista de estas
páginas tiene veintidós años, una edad en la que hay que arrojarse al vacío de
hacerse mayor, y vive con su padre tras la desaparición de su madre, años
atrás. Este muchacho emprende una investigación sin medios, entre los vecinos, cuando
descubre que algunas de las cintas están adulteradas por trozos de vídeos domésticos
grabados sobre la película original.
En
la segunda parte seguimos a una pareja con una hija, que tienen una vida de
presupuesto ajustado. Sentimos ciertos problemas de comunicación entre ellos,
entre los tres miembros de la familia. Pero ella, la madre, comienza a asistir
a oficios religiosos como medio de compensar la crisis que le embriaga. Esto
ocurre años antes de la historia que aparece en la parte anterior. En la
tercera, se plantea un relato coral, en el que varias personas normales dan la
sensación de tener vidas normales, en un tiempo más contemporáneo al de la
escritura de la novela. Una familia encontrara videocasetes con grabaciones antiguas,
grabaciones de la calle, de algo que aparentemente no es nada. ¿Cómo dar coherencia
narrativa a todo esto? Joh Darnielle (Bloomington, Indiana, 1967) posee mucho
talento, es un buen narrador, como ya había demostrado en La casa del
diablo, y se vale de esa facilidad para no enunciar frases vacías,
estructurando la novela en capítulos más bien cortos. Pero a medida que uno va adentrándose
en la lectura, irá descubriendo el valor que cobra un personaje secundario, que
se construye en hilo que cose la narración. No queremos desvelar nada más sobre
este personaje. La sensación que transmite Darnielle es que su preocupación es
describir, a través de unas situaciones extrañamente especiales y con su dosis
de angustia, cómo es la vida en un lugar aislado, a pesar de las carreteras.
Hay algo que permanece a lo largo de las décadas, y ese algo, esa definición de
cotidiano, es lo que le preocupa, porque considera que es lo que talla a los
personajes y, posiblemente, a las personas que habiten en tantos territorios
americanos que se asemejen a esta localidad.
Cosechadora universal es una novela que no decepciona, como no
decepcionan las personas que quieren ajustar cuentas sin molestar a nadie. Un
libro que merece la pena leer.

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