Mostrando entradas con la etiqueta Volcano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Volcano. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de junio de 2022

EL INSTANTE

El instante

Amy Liptrot

Traducción de María Fernández Ruiz

Volcano

Madrid, 2022

153 páginas

 



Estamos convencidos de que la belleza pertenece al reino de Apolo y, sin embargo, nos la encontramos constantemente en el de Dionisos. Creemos que algo bello debe ser eterno y procurarnos un bienestar permanente, pero si algo caracteriza a la belleza, es la fugacidad. Y es ahí donde entra lo dionisíaco en juego, pues si tenemos una certeza acerca de una buena borrachera, de una borrachera divertida, es que esta se acaba y luego viene una nube para instalarse allí donde antes estuvieron las risas. La belleza no provoca carcajadas, al contrario que el vino, eso es cierto, pero que se trate de un suceso fugaz la aproxima a cualquier otro instante de euforia. Hemos dicho instante y esa palabra, tan clave, es la que elige Amy Liptrot (1986) para titular este libro, en el que la casi imposible aceptación de la fugacidad es el eje alrededor del que giran los textos.

Estamos leyendo un dietario de año y medio de vida, organizado por meses. Liptrot considera que esa medida, un mes, es la cantidad justa de tiempo que puede dejar pasar para acumular memoria y dar cuenta de ello. Ahora la memoria es bastante inmediata y da fe del mundo contemporáneo: si en su anterior obra, En islas extremas, nos contaba cómo la naturaleza dura ayuda a la reconciliación con un malestar interior capaz de llevarte al alcoholismo, en esta nos saca de lo que hay dentro de su piel para mostrarnos la forma que tenemos de relacionarnos con el mundo. Y el mundo al que va, en el que la ciudad de Berlín se muestra como paradigma de estilo, es un mundo inevitablemente entrelazado por internet.

Al principio creemos que intentará mostrar los escollos para compatibilizar la naturaleza con la tecnología o, para ser más precisos, con los programas de comunicación que nos llegan a través de la tecnología. Pero no es así. Liptrot sabe que no puede sino reconocerse en lo que sucede a través de internet y no lo descarta ni se enfada con ello. La vida, ahora mismo, no es algo que compartamos a través de la red: la vida es lo que sucede en la red. Ahí está Airbnb, MySpace, Google maps y las páginas de citas. Todo esto está condicionando nuestra percepción, y percibir es, en buena medida, ser, o la construcción del ser compete a la percepción, a nuestra forma de mirar, oír, oler, tocar. El punto de extrañeza que Liptrot muestra en este sentido, no parece molestar e indica que no deberíamos de molestarnos por él. Eso sí, sigue empeñada en algo que es, ha sido y será común a todos los mortales: el deseo de enamorarse.

Se abre camino en la ciudad de Berlín, donde encuentra inmigrantes y gente muy bohemia. Pero no cesa de tener citas a través de aplicaciones de móvil, porque no todo lo que somos puede rellenarse a través de la fugacidad de un encuentro, de la fugacidad de un entretenimiento, de las fugacidades de las millones de opciones que nos facilita internet. Estamos frente a alguien que quiere, por encima de todo, ser dueña de su destino. Y ya sabemos que sí, que es posible que la suerte nos la hagamos, pero que no, que el mundo decide mucho por nosotros.

El hecho es que al vivir tanto en las pantallas, se da cuenta de que está creando su vida, y al mismo tiempo está siendo espectador de ella. Esa dualidad se enreda en el mensaje, como la hiedra a un roble. Al igual que se enreda la necesidad del amor con la destrucción del amor. Como comentó Oscar Wilde, todo hombre mata aquello que ama. Ese riesgo acabará por llevarnos a la descripción de un duelo, que tal vez sea inevitable más por que está en nuestra naturaleza tener que superarlos, que por ser imposible evitar estos momentos, estos instantes. Tanta humanidad hace de este libro una obra maestra.


jueves, 9 de diciembre de 2021

MIRAD LAS AVES DEL CIELO

 

Mirad las aves del cielo

Stanislaw Lubienski

Traducción de Amelia Serraller

Volcano

Madrid, 2021

210 páginas

 


De los cinco sentidos que poseemos, en realidad el más potente es el tacto.

A él acude las sensaciones de frío o calor, y las más sugerentes impresiones de la ternura. Pero reducidos a un mundo interno, ese al que se acuden con las técnicas de relajación, nos vemos en la tesitura de dar prioridad a lo que somos como entes visuales o auditivos. Vemos y oímos para sentirnos bien, para reconocernos, porque nuestro olfato es muy limitado y el sabor está al servicio de otra causa, demasiado vinculada a la supervivencia. Con la mirada y el oído por herramientas, los naturalistas salen al monte y descubren que todavía hoy por encima de estos escombros de civilización que, paradójicamente, todavía se mantienen en pie, existe el bienestar de un mundo puro.

“Puede que ya no camines por pantanos y bosque, pero el vuelo accidental de un pájaro picapinos siempre atrapará tu mirada”

Eso nos dice Stanislaw Lubienski (Varsovia, 1983) al principio de su libro, que lleva por título una popular alocución bíblica: Mirad las aves del cielo. Las aves no siembran, ni siega, ni recogen en graneros, pero “vuestro padre celestial las alimenta”, pone San Mateo en boca de Jesucristo: “¿No valéis vosotros mucho más que ellas?”. Lubienski aporta a la respuesta una integración de las aves en la vida humana, compartiendo con el lector una impresión en la que se equilibran las emociones, las sensaciones, los sentimientos que nos transmiten, con la certeza de estar frente a bestias, exquisitas, eso sí, pero bestias. En realidad, en ellas proyecta lo mejor de lo que nos hace humanos, que tiene que ver con los mecanismos salvajes que mantenemos en el sustrato. Hemos dicho bestias y hemos dicho salvajes, y algo que podría remitirnos a defender la ley de la selva, por el uso peyorativo que tienen ambos términos en el lenguaje coloquial, se trata, en realidad de un elogio. Es más, en la literatura de Lubienski se trata de una forma de divinizar: versar sobre aves nos habla de lo humano, pero también de lo más excelso que tenemos a nuestro alcance.

Y para ello se recurre a la pintura, a la música, al cine, a la etimología. Pero, sobre todo, a la observación directa, al contacto a través de la mirada y del oído, ese que nos gustaría prolongar con el tacto. Lubienski se relaciona con el sentimiento de libertad a través de las aves, nos expone el aire libre como lucidez y la ciudad como un lugar donde uno puede hallar desahogos: en el vuelo de un ave, en una cáfila de hormigas, en las pequeñas plantas. Y, además, está la inspiración de las migraciones, que son la forma más sencilla y pura de nomadismo que jamás ha existido. Si este libro se nos hace necesario, será porque en su lectura nos reencontramos con la parte buena de nosotros mismos.

 

lunes, 21 de diciembre de 2020

DIARIO DE UN JOVEN NATURALISTA

 

Diario de un joven naturalista

Dara McAnulty

Traducción de Inmaculada Pérez Parra

Volcano

Madrid, 2020

285 páginas

 


Siendo un adolescente con autismo, un escolar que sufre bullying, un chico con problemas de estrabismo, siendo un dentro de mí y alguien con problemas para consolidar amistades, lo normal sería encontrarse frente a alguien con el corazón de piedra. Y, sin embargo, Dara McAnulty, nos regala algo que, a falta de otra palabra, llamaremos amor. No hay acoso escolar en el monte, no existen los escalones cerebrales en las playas, no importan las deficiencias de la vista si nos enfrentamos al vuelo de los pájaros; al aire libre todo es terapia y se consolida la persona, sin que nuestra autoestima dependa del apoyo de los demás. McAnulty, que con este diario el Wainwritht Prize en el Reino Unido -el más prestigioso galardón a la literatura de naturaleza-, nos confiesa, sin declarar que ésta sea su intención, que el contacto directísimo con la naturaleza es terapia y es bálsamo. Su pasión es de bajo octanaje, y por tanto de larguísima duración, no es de las que golpean, sino de ese tipo de pasiones en las que todo encaja para mostrarnos que podemos elegir la vida como lenitivo. Gracias a la naturaleza sale de dentro de sí a través de la observación. Pero en este diario, un libro sorprendente por lo grata que resulta la lectura, una experiencia a la que nos hemos ido desacostumbrando, observar es lo mismo que sentir. Ni siquiera las limitaciones de las palabras, sus significados y sonidos, son un impedimento para que autor y lector comulguen con la idea de que sí es posible que el tiempo transcurra de una manera diferente, es decir, mejor, a la que estamos acostumbrados: más lento, más sincero.

McAnulty es consciente de las limitaciones que posee por ser adolescente, entre otras la supeditación familiar. Su familia no parece ser de las que se adapten, de las que echen raíces, pero él sabe que vaya donde vaya, habrá un insecto, una hoja de árbol, una nube. La raíz también puede ser nómada, porque de lo que no cabe duda, durante la lectura, es de que nos está demostrando que no es física. Hay un constante movimiento en los diarios, en su vida, y ese movimiento no nos descentra, no nos hace perder el suelo ni quedarnos a la intemperie. McAnulty se aferra a los momentos sin ánimo de crear nostalgia, sino para construir un futuro, una idea de que merece la pena vivir incluso para alguien como él, tan fuera del mundo de Twitter y del planeta de las hormonas: “Nadie me oye, no pueden humillarme o patearme la cara. Aquí abajo estoy a salvo, con los botones de oro y las ulmarias”. Sí padece un acoso a la identidad, pero no expresa nada de amargura, nada de odio: consciente de la dificultad de construirse, se siente silvestre, y eso que en otros casos es consuelo, en el suyo es carácter. Lejos de la obsesión, que sería la palabra con la que muchos descalificarían su forma de asentarse en el planeta, elige todo lo contrario al peligro, elige la liberación, pues si hubiera algo contrario al aire libre sería el aire cautivo. Y lo opuesto al tiempo libre es esta construcción social que nos hace esclavos del tiempo:

“Las cosas que aprendemos son tan cautivadoras como un grifo que gotea, mientras que en el mundo exterior es mucho más fácil compendiar, comprender. Te puedes concentrar en una sola cosa: en una flor, en un pájaro, en un sonido, en un insecto. El colegio es lo contrario, nunca puedo pensar con claridad. Mi cerebro se ahoga con los colores y el ruido, con el recuerdo de que tengo que ser organizado. Tachar cosas de las listas mentales. Intentar contener la ansiedad nerviosa”.

No gastar la energía peleándonos con la ansiedad, es una de las lecciones que este muchacho nos regala. Eso es amor.

viernes, 2 de octubre de 2020

SENDEROS

 

Senderos
Torbjørn Ekelund

Traducción de Bente Teigen y Mónica Sanz

Volcano

Madrid, 2020

200 páginas

 


El mundo no es una construcción mental. Aunque, eso sí, necesitamos hacerlo nuestro, verlo, olerlo, oírlo, para que exista, porque nada existe si no es para nosotros. La afirmación no carece de solipsismo, si bien se fundamenta en algo tan incontrovertible como la realidad, es decir, lo que tiene una presencia física y es susceptible de ser reconocido por los sentidos. Pero es esa presencia física lo que hace del mundo una obra que pervive más allá de la muerte, incluso más allá de no haber nacido. Lo que nos conmoverá va a ser la manera en que nos vinculemos a él, pues deshacernos de cualquier relación con el entorno no está entre lo posible. Torbjørn Ekelund (Noruega, 1971) ha decidido que la mejor forma de estar en el mundo, la más natural, la más humana, es caminar. Y elige los senderos, las líneas sobre la Tierra en las que caminando uno no puede darse de bruces con motores ni con hormigón ni con humo de fábricas. Ekelund elige la naturaleza y el movimiento, un movimiento a escala humana, un acto tan común como pasear, vagar, deambular o marchar.

Su atracción surge durante la infancia, con paseos familiares a lo que él considerará el sendero guía, el paisaje que reconforta. Pero será un episodio epiléptico, que le impedirá volver a conducir, lo que le oriente hacia una actividad en la que el pensamiento se elabora mejor, en la que los problemas se dimensionan con astucia y se resuelven lenitivamente, en la que la mente y los sentimientos colaboren para lleva a cabo una suerte de meditación, una meditación que surge, nuevamente, de forma natural, sin artificios y hasta sin deseo. Ekelund vuelve a los orígenes del hombre, una y otra vez, mientras nos relata sus sensaciones en los senderos, en una selección que abarca, sobre todo, sus pasos por Noruega. De vez en cuando se detendrá para comentar algo acerca de los senderos claves del mundo, desde la Senda de los Apalaches hasta el Camino de Santiago, o para dar paso a otras voces, a caminantes a los que él ha admirado. El mundo de Ekelund parece estancado en un siglo anterior, de hecho, en la época del romanticismo. La atención que presta a la pisada, que es una mirada hacia el interior, se asocia con la atención que presta a la huella, que es una mirada haca el exterior. Y serán las huellas los símbolos de felicidad que irá escogiendo.

Durante la lectura de éste Senderos nos vemos sumergidos en un espíritu nómada bastante depurado: al fin y al cabo, los nómadas que siguen practicando esta cultura no cesan de regresar a lugares que ellos pueden calificar de hogar. Y Ekelund no pierde la noción de quién es y a qué mundo pertenece, no deja de ser, en ningún momento, uno más de nosotros. Alguien, eso sí, para quien sentir se iguala a pensar, hasta el punto de confundirse. Tal vez porque se trate de la misma tarea, de la misma emoción. Es posible que al traspasar a palabras sus sensaciones uno tenga la impresión de que cae en nuevas versiones de expresiones conocidas. Pero la intención de Ekelund no es tanto la de ser original como la de ser sincero. Y la de compartir sus muletas para sostenernos en una sociedad que no cesa de acosarnos. No se trata de descubrir el arte de caminar, sino de redescubrirlo:

“El sendero es la metáfora perfecta. Alberga todos los sentimientos y añoranzas del mundo. Duda y fe, nacimiento y muerte, reflexiones, esperanza, el camino a la salvación, el camino a la perdición, el camino hacia lo desconocido, el viaje de principio a fin”.


Fuente: La línea del horizonte 

 

viernes, 3 de enero de 2020

LA CASA MÁS LEJANA


La casa más lejana
Henry Beston
Traducción de Inés Clavera e Irene Oliva
Volcano
Madrid, 2019
186 páginas

Dentro de la comunidad humana hay individuos que viven hacia el exterior, hacia su exterior. Se trata de gente para quien la intensidad de los acontecimientos sucede fuera de la piel, sobre todo en contacto con los demás. Se trata de personas para las que el fundamento de vivir consiste en querer y ser querido, y su principal manifestación: estar con la genta a la quieren y les quiere. Salir de viaje tiene un tanto de condena para ellos, pues se alejarían de aquello por y para lo que viven. A no ser que se arriesguen para encontrar fuera la falta de amor que sienten allí donde paran en la actualidad, o donde han estado todos los días hasta la fecha. Y luego están los que viven hacia su interior. Para ellos el viaje es algo bastante natural, pues a todos nos faltan demasiadas piezas dentro de la condición humana, del alma sensible, de lo que somos o deberíamos ser, de las opciones de mejora, de la educación sentimental; y ellos confían en hallar eso que nos falta en algún lugar del exterior, con el objetivo de atraerlo, de integrarlo, de saberse un poco más completos, un poco más satisfechos, un poco mejores emocionalmente, sentimentalmente, sensorialmente. La mayoría de nosotros pertenecemos al primer grupo, pero admiramos a quienes distribuyen la utopía del segundo.
Y luego está Henri Beston (Quincy, Massachusets, 1888 – 1968), que es capaz de aunar con poesía las virtudes de quienes se instalan en el primer grupo y el valor de los que pertenecen al segundo. Y, por suerte, divulgarlo, y hacerlo con mucho estilo: “Qué gran gesto de fe antigua y valor presente es semejante vuelo, qué desafío a las circunstancias y a la muerte”. Se está refiriendo al vuelo de las aves, pero la lectura alegórica, sin duda, tiene que ver con el tema sobre el que trata este libro, La casa más lejana: los principios de la libertad humana y los vínculos entre estos principios y el alma. Pues lo que para las aves es el vuelo, para el hombre es la capacidad de sentir con el alma. Y Beston siente mucho, observa mucho y siente con una intensidad bárbara, que raya en la iluminación, todo lo que siente. Que no se nos entienda mal, cuando mencionamos la iluminación nos referimos a ese tipo de seres cuya presencia aparta la oscuridad, no a quienes deslumbran. Y así nos enfrentamos a un texto que posee lo más honesto de los mejores libros de poesía, con una obra que va separando lo terrible de lo hermoso y quedándose en la belleza.
De ahí, por ejemplo, esos centros de atención sobre los que salta en función de la época del año, como por ejemplo las aves migratorias y los naufragios. La selección no es gratuita, como tampoco lo fue elegir Cape Cod para esta temporada de entrega a la naturaleza. Si para Thoreau Cape Cod era el lugar donde saberse paseante y recibir el beneficio que proviene de la entrega a la naturaleza, para Beston es el sitio en el que se reconoce como parte de la naturaleza, allí donde se destila la esencia de lo que es, de lo que somos, y despojados de todas las neurosis que nos hemos inventado, retornamos al único círculo del que no deberíamos haber salido: la epopeya de ser natural. Pero, eso sí, una epopeya llena del más sencillo lirismo, tanto que, a estas alturas, nos puede hasta resultar extraño, demasiado extraño, pero, sin duda, elegiremos habitar en él.
Beston se expone como los pintores románticos exponían a sus retratados frente al paisaje. Es El caminante frente al mar de nubes, de Caspar David Friedrich, y es el caminante que se adentrará en el mar de nubes, lo atravesará y escuchará cada canto de cigarra y se aproximará a cada espolón natural de la costa para ver hasta los límites del océano. Porque debe alejarse de los términos de paisaje para adentrarse en el lugar y permitirse ver lo que necesita ver, que es lo que nos entregará con “las materias primas de personalidad y de voz”, como apunta Robert Finch en el prólogo.
“El mundo de hoy está exangüe por la falta de cosas elementales, de fuego antes las manos, de agua manando de la tierra, de aire, de tierra amada bajo los pies”, nos advierte Benson, entre este texto de “fonemas dramáticos”, por utilizar, nuevamente, una expresión de Robert Finch. Estamos frente a una obra de momentos, pero cada momento, cada incidente, es reflejado con un espíritu purísimo que nos invita a sacar lo mejor de nosotros mismos, a comprometernos con la liberación que supone reconocer nuestra propia identidad, a vivir hacia dentro y a vivir hacia fuera, a viajar a pie, a ser buenas personas:
“La Naturaleza es una parte de nuestra humanidad, y sin cierta conciencia y experiencia de este misterio divino, el hombre deja de ser hombre. Cuando las Pléyades y el viento que ondula la hierba dejan de formar parte del espíritu humano, una parte de carne y hueso, el hombre se convierte, como si dijéramos, en una especie de forajido cósmico, que ni tiene la compleción ni la integridad dl animal, ni el derecho inherente de una verdadera humanidad”.

Fuente: La línea del horizonte 

viernes, 4 de octubre de 2019

LA TIERRA DE LA LLUVIA ESCASA

La tierra de la lluvia escasa
Mary Austin
Traducción de Eva Gallud
Volcano
Madrid, 2019
152 páginas

El desierto es el escenario simbólico de la soledad, una idea con la que conviven los textos de Mary Austin (Illinois, 1868 – Nuevo México, 1934), que respetan los textos de Austin, pero que, sin combatir, completan: cada rasgo que uno encuentra en el desierto, al contrario que en los lugares más poblados, es un rasgo de vida. Y esa señal cobra una intensidad que colma, una señal que, sin aturdir, nos llena los sentidos. El desierto es un lugar lleno de vida, lleno de pasado, lleno de historia, de una historia natural íntima, respetuosa, en la que el protagonismo recae en los arbustos, los pequeños animales o los actos de los indios, que jamás están destinados a cambiar la rotación del planeta. Se trata de criaturas y humanos sencillos, habitantes de un paisaje que les ha construido en lo que la propia Austin califica como “amable calma terrenal”.
Esta forma de participar de la tierra de la lluvia escasa surge cuando la autora se enfrenta al paisaje vacío, y encuentra que su música interior se apacigua y entra en armonía en esa suerte de soledad con todos los atributos que las diferentes culturas han ido colgando sobre lo místico. Vivir allí puede no ser fácil, pero tampoco es ingrato. El hombre, y Mary Austin es un ejemplo más de ello, se refugia en una esencia poética y simbolista. Alguno se atrevería a hablar de religión, otros de espiritualidad; sin duda, todos estarán de acuerdo en que el paisaje nos recuerda que es posible la realidad del alma. Se trata de un paisaje, en este caso el desierto de Estados Unidos, que permite ver al individuo, que permite dibujarnos y hacernos presentes como persona. De ahí esa voz lírica, y tan entera, sin complejos y sin extraordinarios giros literarios que aturdan, con la que Austin afronta cada uno de los cuadros de esta hermosa exposición.
El desierto se convierte, en sus palabras y a través de su mirada, en un maestro de la ética. Nos muestra que todavía estamos en condiciones de elegir que se nos ha dado la posibilidad de elegir bien, que es tanto como decir de elegir lo bueno: nada hay más libre que elegir la flor del cactus como el ser más hermoso de la creación. Porque la libertad es el concepto detrás del que vagan estos textos en los que se impone un misticismo al alcance de cualquiera de nosotros:
“No hay envidia del pan ni fervor fraterno. Los escritores del Oeste aún no lo han percibido; hablan mucho del sabor de la ilegalidad, pero tenemos estas pruebas para saber que no es malintencionada. Es puramente griega, en el sentido que representa el coraje para alejarse de lo que no merece la pena. Más allá, aguanta sin lloriquear, renuncia sin lástima por uno mismo, no teme a la muerte, no se tiene por grande en el esquema de las cosas”.
Austin habla, en los primeros años del siglo XX, de humildad, de un tipo de humildad que es universal y es eterno. No renuncia al conflicto y lo encara con la sabiduría de quien ha destilado de sus días y sus noches lo que de verdad importa, un sentimiento que, a falta de una palabra más apropiada, llamaremos amor. Aprende a encontrarse en el desierto, sabe reconocerse entre familias indias, cree que toda la esencia del verbo vivir cabe en el silencio de un zorro. Llega incluso a la peor versión del desierto, pero también allí encuentra una vertiente mística, contemplativa, en la que participa lo que hay más allá de lo humano, como si esa idea de Gaia -belleza, locura, muerte y Dios- fuera la única que nos salvará cuando consideremos, como tantas otras veces, que existir es una condena:
“Hará bien en evitar aquella cordillera incomodada por riadas cantarinas. Verá que todo lo ha abandonado excepto la belleza y la locura y la muerte y Dios. Muchas así hay al este y al norte de las Sierras medianeras, y disparan la imaginación con la idea de propósitos no revelados pero el viajero ordinario no trae nada de ellas salvo una sed intolerable”.

domingo, 16 de junio de 2019

LAS ESTRELLAS, LA NIEVE, EL FUEGO



Las estrellas, la nieve, el fuego
John Haines
Traducción de Clara Ministral
Volcano
Madrid, 2019
250 páginas


El mito de la última frontera es una realidad. Lo que sucede es que esta frontera no siempre está en la geografía, donde los lugares legendarios, los menos explorados, ya son tan inhóspitos como para preferir contemplarlos con distancia. Ahora están en el humo de la memoria, nuestro continente preferido para vislumbrar de nuevo lo que más hemos amado, los mejores tiempos, las fuentes de las que emana la poesía. Hacia allí viaja John Haines (Norfolk, 1924 – Fairbanks, 2011) en un libro en el que Alaska se nos revela como la última frontera de los mejores tiempos. El paso de los años ha transformado el lugar para convertirlo en un ambiente casi romántico tras superar los escollos casi extremos de la supervivencia. Fueron veinticinco los años que Haines vivió allí, en los bosques, en una cabaña, entre las estrellas, la nieve y el fuego, tal y como reza el título de la obra.
De esa experiencia destila retazos, fragmentos cuyo hilo conductor es el paso del tiempo regido por los ciclos naturales. No existe el reloj, pero sí la primavera. Al eludir la tiranía de la invención de las horas y los meses, Haines contribuye a salvar al mundo. Renegar de la materia deleznable de la que está hecho el tiempo ayuda a reservar la naturaleza. Vivimos, durante la lectura, en unos paisajes que nos recuerdan, de forma inevitable, a los cuentos de Jack London que suceden en el gran norte. Pero a diferencia de London, la forma que tiene Haines de vivirlo es amable, tal vez porque es real. Nos estamos refiriendo a un modo de vida elegido y por tanto una herida permanente en los recuerdos, una contribución al lado bueno de la melancolía, porque la tristeza es un sentimiento sano, como queda demostrado en este libro: hay admiración y hay belleza.
Haines medita mientras habla, para reproducir las sensaciones que tuvo meditando mientras vivía. Aunque no cesa de contribuir a la acción con reflejos de caza, paseos al límite y estampas de pureza, su espíritu le lleva una y otra vez a la contemplación y a celebrar lo que contempla: Haines da la bienvenida a las moscas cuando despiertan en primavera y comienzan a volar a su alrededor. Y su entorno carece vallas, de muros, de cercas y de otras fronteras que no sean los límites naturales: las montañas, el hielo, los osos, las tormentas. El libro nos habla de vivir todo como una forma de experiencia. No se puede vivir por inercia, pues lo que sucede nos exige actuar, poner motores en marcha, ser. La experiencia exige una entrega, un esfuerzo, que Haines lamenta sea tan poco atractivo para la mayoría de la gente. Es posible que de ahí surja esa nostalgia universal por la naturaleza perdida, una depresión que muchos sentimos pero que pocos reconocen. Si fuéramos más valientes, saldríamos más a buscar las últimas fronteras, nuestra Alaska, la geográfica y la ideal, las que conservamos en ese aspecto de la inteligencia que se llama ilusión y al que acudimos con demasiadas reservas. Y eso que acudimos muy poco.
“En el sentido con el que escribo, no existe el progreso, no existe un destino, pues la esencia de las cosas ya se ha conocido, al lugar verdadero se llegó hace mucho tiempo”, dice Haines. Pues eso, un lugar, este libro, que nos recuerda que debemos frecuentar más la ilusión que alguna vez hemos tenido.

Fuente: La línea del horizonte

jueves, 7 de marzo de 2019

60 GRADOS NORTE

60 grados norte

Malachy Tallack

Traducción de María Fernández Ruiz
Volcano
Madrid, 2018
265 páginas

El tiempo no existe. El tiempo no es una dimensión. La suma de un minuto más otro minuto no es, necesariamente, dos minutos, excepto en el vulgar efecto del reloj. El pasado no corre a la velocidad que sugiere o impone el calendario, y en el recuerdo hay días que jamás han existido. También momentos que no cesan de suceder. Es el tiempo el que provoca el efecto de la conocida expresión de Heráclito: nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. A pesar de que coincidan las coordenadas o de que apenas haya transcurrido un segundo entre una inmersión y otra. Pura paradoja, la memoria nos hará creer que sí, que estamos sumergidos hasta el cuello en el mismo río, porque la memoria parece estar hecha de la misma sustancia que el tiempo. El volumen de agua, que sí es una dimensión, será diferente, como lo será el recuerdo que reúne en un mismo instante, en una única sensación, las veces que uno se bañó en ese mismo lugar, en ese río diferente. Es la sensación la que termina por dictar, amable o ácidamente, que no se puede repetir una experiencia.
Pero la sensación, traducida a sentimiento de tanto elaborarla, de tanto padecerla, nos lleva a creer que retornar a casa, al líquido amniótico, nos devolverá un espacio de confort que nos niega la brutalidad del mundo en el que habitamos. También en el que vivimos, aunque la acción de este segundo verbo es más bien voluntaria. Sentirse bien en un mundo que consiente tantas injusticias no puede ser sano, no puede indicar que uno tiene la cabeza en su sitio. No nos arrebatarán la sonrisa, pero tampoco la rabia. De todo esto trata el libro de Malachy Tallack (Escocia, 1980), 60 grados norte. Tallack nos engaña cuando afirma, al comienzo de la obra, que es un libro sobre las relaciones entre las personas y los lugares, la tensión del amor y las formas que esta tensión puede adoptar. Nos engaña, hasta cierto punto. La narración se basa sobre dos ejes: su sentido de la vista y su memoria única. La descripción de los lugares que visita, recorriendo el paralelo 60, al norte, de los lugares por los que pasa intentando amar, y los apuntes sobre un pasado en el que sigue viviendo y que sueña con recuperar. Uno puede reproducir las sensaciones e incluso sentir con idéntica intensidad, pero jamás repetir la experiencia. Tallack se llama a sí mismo a reflotar su vida, una y otra vez.
Para ello recurre a un viaje en el que en distintos lugares se reproduce la supervivencia de su infancia: un clima hostil, un entorno duro, el aislamiento. Lo propio de las islas Shetland, donde muy poca gente elige quedarse. Y se pregunta quién es él, que es uno de esos pocos, y si existen otros motivos diferentes a los suyos. Porque es complicado reconciliarse con las montañas, la tundra, la taiga, el hielo y las tormentas. En ese sentido, a quien más intenta asemejarse es a Robert MacFarlane cuando habla de la naturaleza. Su viaje no le lleva solo a entornos naturales: Groenlandia lo es de manera inevitable, aunque la despoblación hace preguntarse a los habitantes si deben luchar contra una pérdida de identidad que apenas reconocen ya en el mar. En Canadá se centra en las rutas históricas, no en el presente; se centra en los colonos y el agua, ríos y lagos, como rutas de colonización. En Siberia, de un recuerdo de Kamchatka y de la terrible Kolimá dan a su razón empujones terribles para desencajarle. Y en Finlandia, el lugar donde parece sentirse más cómodo de los retratados, reconoce que a 60º norte se puede ser feliz, siempre y cuando uno identifique felicidad y libertad, algo de lo más sensato. En Finlandia la libertad se expresa en el derecho a caminar, en el derecho a moverse, en el derecho de tránsito.
Los pasos por los diferentes lugares son breves. De ahí que se imponga la pintura y apenas aparezcan diálogos. Tallack se encuentra inmerso en conversar consigo mismo, con esa parte de nosotros que se cree que estamos hechos de tiempo. Se pregunta cómo reconocerá que ha encontrado su lugar en el mundo, cuando parece pertenecer a la estirpe de quienes no se reconocen en ningún lugar. Y se busca en el viaje hacia el norte, hacia los lugares alejados de la civilización y del paraíso, hacia el frío, lo inaccesible y el desarraigo. Eso lo dicta el mito, y Tallack necesita verlo y recordárselo, una y otra vez, para certificar que su búsqueda del retorno al hogar tal vez sea un intento determinado a fallar siempre. Pero vivir no es encontrar. Las vidas no se cierran como se cierran las películas. Siempre quedarán vacíos y lugares por descubrir. También entre los alvéolos de nuestros pulmones.

sábado, 8 de diciembre de 2018

CULTURAMAS 2018

Estos son los mejores libros de viajes, crónicas y aventuras reseñados en la sección de Culturamas 'viajes y libros' durante el 2018:

Estos son nuestros libros favoritos de 2018:

El complot de las damas muertas

Jessa Crispin

Traducción de Elvira Herrero Fontalba
Alpha Decay
Barcelona, 2018
280 páginas
Divergente, inteligente, con una capacidad insólita para reírse de sí misma, este autorretrato es la obra de alguien con la salud mental lo bastante bien amueblada como para saber que tiene que salir distinta de la experiencia. Un libro magnífico sobre la neurosis.

Carreteras azules

William Least Heat-Moon

Traducción de Gemma Deza Guil
Capitán Swing
Madrid, 2018
615 páginas
El relato es narración pura. Y las dudas siguen y seguirán quedando en el aire. Porque este viaje, que leemos casi de una sentada a pesar de las seiscientas páginas, pretende responder a la pregunta de si tiene sentido intentar darle sentido a lo que sencillamente es. Así pues, se puede ser existencialista y a la vez formar parte de la gente normal, no escribir para tratar de transformar el mundo. Ese es el gran mérito de esta obra. Y es mucho.

El ladrón de recuerdos

Michael Jacobs

Traducción de Martín Schifino
La línea del horizonte
Madrid, 2018
273 páginas
Al final, todo es memoria o, como dice Jacobs, el miedo a perder los recuerdos. Ese miedo le lleva a escribir un libro de viajes que nos hace sentir doble envidia durante la lectura: por la experiencia que vive y por su logro literario.

Campo visual

Kathleen Jamie

Traducción de Pilar Vázquez
Volcano
Madrid, 2018
232 páginas
Aunque sea paseando por islas remotas, a veces abandonadas, por lugares viejos donde hasta el romanticismo caducó hace tiempo. Pero si nos hablara del tiempo, nos estaría hablando del destino. Jamie tiene la cortesía de no molestarnos con esos temas. Aquí no está el cáncer ni las infecciones. Están los buenos sentimientos.

Hasta la frontera de mi sueño

Ricardo Martínez Llorca

El Desvelo
Santander, 2018
170 páginas
Martínez Llorca es un escritor que no se atiene a corrientes, que no cree en los géneros, que va por libre, como iba por libre Henri Rousseau en pintura, al margen de las corrientes impresionistas, expresionistas o fauvistas. Es un escritor que convoca todo lo que es en cada frase y nos regala obras de peso, capaz de llevarnos casi hasta las lágrimas, como en Luz en las grietas o en Tan alto el silencio, y de engañarnos con una imaginación de una madurez sólida y versátil en Hijos de Caín o Después de la nieve. Es, posiblemente, uno de los cuatro o cinco mejores escritores de su generación. Y aquí vuelve a demostrarlo.

Secuestrado

Robert Louis Stevenson

Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alba
Barcelona, 2018
285 páginas
Todos hemos lamentado los tiempos duros, cuando la pureza campaba a sus anchas porque no había escollos vulgares que salvar. Pero lo hemos hecho de la manera en que lo representa Stevenson en boca de Balfour: a través de un relato que se parece tanto como somos capaces de reconstruir con la memoria. Lo que hace de Stevenson un autor tan grande es esa empatía a través de la imaginación. De nuevo nos llega otro libro para nuestra biblioteca particular de ineludibles. Una de las mejores novelas de la historia.

La casa de los lamentos

Helen Garner

Traducción de Alba Ballesta
Libros del K.O.
Madrid, 2018
300 páginas
Aunque la conclusión, como la de todo tipo de fracaso, pasa, a su juicio, por un defecto de pensamiento, por un abandono de humanidad, del recuerdo del esplendor en la hierba y toda la belleza que nos ha legado, algo que ella ha reclamado a lo largo de toda su obra: “¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”.

domingo, 25 de noviembre de 2018

NUESTRA CASA EN EL BOSQUE


Nuestra casa en el bosque
Andrea Hejlskov
Traducción de Ilana Marx
Volcano
Madrid, 2018
313 páginas

Este libro nos devuelve a la memoria la película Capitán Fantastic, con un pero: la cinta protagonizada por Vigo Mortensen comienza, aproximadamente, donde termina el libro. Una familia numerosa opta por una vida salvaje. En la ciudad creían haber encontrado un equilibrio, una vida cómoda, pero el vacío que provoca la neurosis urbana, cuando uno se detiene por un instante, es demoledor. Poder ver desde fuera la conciencia, el constructo de normas que creemos pertenecen a la moral, pero son reglas de convivencia, nada que ver con la ética, pesa demasiado. Nuestro entorno nos dicta que si uno es normal, le va a ir mejor. Pero esa elección es también un disparo a ciegas. Cuando uno opta por una u otra dirección, lo hace a ciegas. Delante solo hay una niebla muy espesa que puede ocultar el barranco de la normalidad o el paraíso que uno puede construirse. Y ellos, los padres de la familia, quieren ver solo el paraíso o al menos el paraíso de ser protagonistas de su propia vida. Uno puede pasar los años que transcurren en este valle de lágrimas acomodándose y sin hacer nada, o hacer algo, intentando luego buscar soluciones sobre la marcha, y al menos largarse de esta forma de existir con el buen sabor que da el haberlo intentado. Como el Capitán Fantastic, existen soluciones intermedias entre la vida salvaje, en la naturaleza, y la farsa de los hogares americanos, que es con la que todos comulgamos. En la película, se abandonan los rigores del bosque y el monte por la vida autosostenida en la granja, tras episodios traumáticos y mucha negociación. Aquí no diremos cómo se termina la historia, si es que termina, pero sí se puede mencionar la negociación permanente, no siempre vocal, y el condicionamiento del clima.
Cuando la familia de Andrea Hejlsokov opta por abandonar la ciudad danesa para adentrarse en el bosque de Suecia, los días son largos y la naturaleza ofrece su cara más amable. Es casi imposible no sentir momentos de felicidad en el bosque. Si bien, lo primero que Hejlskov reconoce que aprenden es que la felicidad no se da sin interrupción. Y también que frente a la conciencia ellos han puesto en la balanza los sueños, y los sueños, desean, pesan mucho más. Allí conocen a personajes extraños, la mayoría algo solitarios o gente que ha elegido compartir la soledad. El principal amigo es un tipo que se llama El Capitán, alguien con tanto dolor en el pasado que ha elegido olvidar, porque el duelo es demasiado doloroso. Será él quien les ayude durante la construcción de su casa de troncos, mientras viven a lo largo de meses en una especie de tipi indio y van adaptándose a las costumbres del bosque. Hejlskov padece fuertes dolores y comprueba que el reparto de tareas sigue la tradición de género. Su marido se dedica a talar árboles mientras ella barre un suelo que siempre está sucio, por ejemplo. Y así es como la acompañan unos dolores permanentes y se cuestiona su amor. Como lo hacen sus hijos, de quienes no se indican la edad, pero sabemos, por sus reacciones, que uno de ellos es un bebé y otros están en crisis de pubertad.
El libro, escrito con frases cortas, contiene su parte de Robinson y su parte existencialista. Y no niega el debate que se abre sobre esa forma en que se les puede estar mirando desde la distancia de las luces de ciudad. Hejlskov sabe que se les tildará de egoístas, y en cierta manera lo son. Al fin y al cabo, ¿se puede no ser egoísta si uno pretende lo mejor para sí y los suyos? Se les tachará de pequeñoburgueses, pero se trata de es parte de la burguesía que nos regala una lección, es decir, que comparte con toda la sinceridad: no porque compartir sea parte de la conciencia, sino porque sienten que algo es suyo y lo quieren poner en común. Frente a su elección, está el Matrix en el que vivimos los demás, el teatro digital y el mundo prefabricado, la conciencia de los anuncios de margarina. Y así van superando los escollos mientras dura el idilio con la naturaleza. Que la felicidad venga por momentos, o que se pueda perder y recuperar un enamoramiento, son las mejores lecciones que ofrece el relato. Lo otro es, como dice Hejlskov, agarrarse a la propia terquedad. Hasta que llega el invierno y las transformaciones de la naturaleza supondrán cambios, también, en los actores de esta historia real, esta historia que no se acaba nunca.

domingo, 30 de septiembre de 2018

CAMPO VISUAL


Campo visual
Kathleen Jamie
Traducción de Pilar Vázquez
Volcano
Madrid, 2018
232 páginas

El paraíso del hombre moderno no es el Edén, ese bosque lleno de prodigios entre el Tigris y el Éufrates, sino una línea de costa con arena blanca, un mar azul y un jardín con palmeras a la espalda. En la mano un daiquiri y, por supuesto, no depender del dinero. Cuando en esas playas tropicales uno tiene muchas probabilidades de morirse de hambre, de no ser porque hasta allí llega la carne congelada y, quiera la suerte, haya un manantial de agua dulce. A la hora de la verdad, no hay ni frutas ni otros animales comestibles al alcance del hombre que no sean minúsculos cangrejos. El Paraíso, esta vez escrito con mayúsculas, está en saber vivir en el único sitio del que no puede uno despegarse, que es la piel y lo que guarda el interior de la piel. El resto depende de la sensibilidad frente a la naturaleza, que en el caso de Kathleen Jamie roza lo patológico: “Una mancha de hollín en la pared de una cueva. Siento un escalofrío en la espalda. Es como observar el nacimiento de la conciencia humana”. Lo que tiene enfrente es la marca del humo fosilizado en un lugar donde hombres primitivos se refugiaron. Pero gracias a esa sensibilidad, escribe estos momentos que nos vuelven a regalar la feliz combinación de literatura y naturaleza.
Y para ello no es necesario una playa del Caribe. Jamie siente atracción por los paisajes del norte de Escocia y de las islas Orcadas o las Hébridas. Se emociona con el viento al margen de la intensidad con la que vuele; con las estrellas a pesar del frío; con el cielo en verano, donde apenas hay noche y el día es tenue. Se emociona con cualquier roce, con un hallazgo que le remita a todo el inverosímil pasado de la raza humana, que es una leyenda que escriben los historiadores gracias a su capacidad de hacer ficción. Se emociona con lo medieval, con lo nórdico y frío, con una piedra prehistórica y hasta con las bacterias. De hecho, aunque solo sea por el capítulo en que describe su visita a un laboratorio patológico, merece la pena leer este libro. Durante ese episodio, iguala a los organismos microscópicos con cualquier otra forma de naturaleza, con algunas de sus favoritas, como los frailecillos, los albatros, las ballenas, las orcas, las focas, los acantilados, las tempestades. El propio patólogo que la acompaña se sorprende ante la idea de que él también trabaja con la naturaleza, con la ecología, da pie a una nueva mirada. Y todos sabemos que una nueva forma de mirar significa aprender y sin aprendizaje no valemos mucho más que un peñasco.
El libro es un tratado de preguntas, pues Jamie no es especialista en otra cosa que no sean las dudas. Y en el respeto. En este sentido, el capítulo dedicado a la limpieza de huesos de ballena en un museo casi ignorado de Noruega, es una nueva lección. Tanto las bacterias como las ballenas, los dos extremos de tamaño de las formas de vida orgánicas, la hacen meditar acerca de la mortalidad. Y eso supone plantearse la cuestión del destino, algo que surca a lo largo de todo el libro, sin que llegue a tener la osadía de mencionarlo: “Ese es el trato: si vamos a vivir y vamos a estar dispuestos al gozo y al descubrimiento, lo haremos como un cuerpo animal, sujeto al cáncer, a las infecciones y al dolor”. Un rezo que no vendría mal repetirnos cada mañana, cuando suena el despertador y no nos espera esa playa ecuatorial y el mar azul con un arrecife de corales. Jamie vive con nostalgia los buenos días de los que nos habla. Pero también con ilusión, con la ilusión de que tal vez se repitan, o al menos tal vez se repita la intensidad con la que se ha sabido un ser que siente. Aunque sea paseando por islas remotas, a veces abandonadas, por lugares viejos donde hasta el romanticismo caducó hace tiempo. Pero si nos hablara del tiempo, nos estaría hablando del destino. Jamie tiene la cortesía de no molestarnos con esos temas. Aquí no está el cáncer ni las infecciones. Están los buenos sentimientos.