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miércoles, 3 de enero de 2018

LO QUE NO ESTÁ

Lo que no está
Jesús Barrio
Relee
Madrid, 2017
140 páginas

Aferrado a los recursos de los talleres literarios, la mayor parte de la gente se limita a no meter la pata. Frases cortas, tramas sencillas, personajes de dos dimensiones, un poco de Carver con tortilla de patata, no vaya a notarse mucho el deje americano, o intertexto simulado, con adverbios deslumbrantes, y un toque histórico, enciclopédico, como guiño a Borges, y ya está. Dispuestos a lanzarnos a la fama. Lo de tener un mundo propio, lo de que se te imponga algo, aunque sea la muerte, eso no, de eso no hablaron en los talleres de relato. El narrador, a fin de cuentas, si queremos que mantenga el pulso, que no se le escape el relato de las manos, no puede estar tan metido en el relato. El narrador debe conocer todo y dar a entender que lo que oculta, lo hace con intención. Pero es dueño y señor de lo que sucede. De ahí que estos doce cuentos que componen lo que no está superen las expectativas. Jesús Barrio (Santander, 1982) parte de su instinto. La sensación que da es que la parte fundamental de la narración se le escapa a quien nos relata, y consecuentemente al autor. Hay un trato casi fetichista de la distancia corta.
Lo común a todos los cuentos es la muerte o, para ser más precisos, los labios de la muerte o el borde de la muerte. Ese momento en que nos asomamos, con más o menos miedo, poco protegidos, a la hora de la verdad, por el amor, hacia el abismo. La muerte viene en ocasiones por adelantado, en forma de esterilidad, por ejemplo, o por sustitución: vidas que ocupan el lugar de otras vidas. Lo que permanece, insistimos, es el miedo. De alguna manera, Barrio nos coloca en el atracadero de la barca de Caronte con una variedad de registros y voces, pero sin perder la personalidad. Hay, eso sí, algún relato que se arrima más al cuento fantástico, reciclando algún tópico, de aspecto más adolescente, en el sentido en que es adolescente la literatura de Cortázar.
A los personajes los conoceremos a través de unos nombres poco frecuentes, y a la muerte sin que se anuncie. Pero en cada ocasión como consecuencia de una situación diferente: adultos que se meten a juegos de niños, la obsesión por una nueva vida, suicidios, homúnculos de Famosa, un moribundo que se reúne con una mujer a punto de dar a luz, la memoria triste de un retratista de hotel, una leyenda y una aproximación al final de Gordon Pym, el alma como vaticinio, la descomposición de lo ya descompuesto y atropellado mil veces, la metáfora del mar y el silencio, fotografías de horribles recortes de la ciudad, un lago helado, el misterio del vecino y nuestra proyección de miedos en ese misterio, la piedad peligrosa, la mutilación, la rivalidad laboral o el tren que nunca va a detenerse y se interna en la noche. Como se puede comprobar, apenas en un par de ocasiones se recurre al lugar común. Y cuando se hace se coloca en el otro lado de la balanza el ingenio. De ahí que la enumeración de arriba abarque más de doce términos, en tanto que doce son los relatos que componen este libro.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

LOS MOTIVOS DEL FUEGO




Los motivos del fuego

Juan Carlos Muñoz

Relee
Madrid, 2017
237 páginas


Trabajando sobre literatura sin golpes de efecto, Juan Carlos Muñoz (Alcalá de Henares, 1964) nos lleva a una urbanización, a cualquiera, a la nuestra, por ejemplo, porque casi todos parecemos ya vivir en el alfoz de Madrid, en la que el protagonista vive o sobrevive. La diferencia de la que es culpable un sobre, que es preposición y prefijo, será el cimiento de la obra. En distinto grado, todos somos robinsones de nuestra urbanización o nuestro barrio, aunque solo la historia de unos pocos merece ser relatada: la de aquellos que consiguen que el detalle ocupe tanto como el paisaje. A la fuerza, el superviviente se ha visto sometido a una violencia previa y está, o cree estar, en la misma lucha. La lucha es algo que sucede dentro y fuera del cuerpo. Es decir, la polisemia de ‘sobre’, el detalle y el paisaje, dentro y fuera, nos pone, al parecer, frente a una obra de balanza, de dicotomías de elecciones. Aunque todos los habitantes de la urbanización padezcan los dilemas, solo uno se llevará la palma, el que tiene en una mano la codicia y en la otra, como apunta Marta Sanz en el prólogo, la cortina de humo del falso espectáculo de magia, escamoteándonos a la vista la hipoteca impagada e impagable.

Hipoteca es, a fecha de hoy, y refiriéndonos a una urbanización de clase media a las afueras de Madrid, sinécdoque de crisis. Sí, de crisis, pero de la crisis que vivimos ahora, la que parece provisional, que se le adjudica fecha de inicio y se espera a poner un final, mientras la gente sufre. Es decir, de esa guerra que llamamos crisis. Con lo cual retornamos al superviviente que tiene que hacer prestidigitación para parecer que vive. Que vive él y que viven los que de él dependen, que son todos los demás. Porque en cualquier momento, la crisis puede provocar que el más sensato agarre un cuchillo cebollero y se plante en la cola de la farmacia para robar todo el alprazolam del depósito. Esa intuición da cierta ironía a la novela, la que maneja la distopía a pie de calle, lo inexplicable en la costumbre, en el condicionamiento. Al condicionamiento social se le ha venido llamando, en literatura, costumbrismo, y eso es algo que sucede en cuanto el grupo de gente es lo bastante numeroso y está arraigado como para considerarse que habitan una polis. Los motivos del fuego tiene mucho de novela política. Más aún cuando la polis actual es un festín, un descuido, algo sin orden, sin aparente estructura, dislocado, que es como configura Muñoz su novela.
Estatuas que hablan, la tentación que vive al otro lado del muro, dioses y diablos, el dinero como personaje, al igual que el mundo digital recién estrenado. Todo eso descentra los ejes sobre los que el lector presupone que debe erguirse la novela, para desconcertar y desconfiar. Y la desconfianza, tal y como está el panorama narrativo, es todo un logro. Tenemos a Solenoide, la recién publicada obra maestra de Cartarescu como mejor ejemplo. Pero, ay, están también los hijos, y cuando existen esos pequeños personajes, ya tenemos que pensar que en algún momento el autor o el narrador o quien sea, se habrá atrevido a aventurarse en el futuro. ¿Dónde diablos están las pistas sobre el futuro en esta novela? Sin embargo, no es una obra que nos remita a Julián Ríos. Es una obra en la que queda claro hacia dónde nos lleva el autor. Es una novela que “resume la historia de nuestro desclasamiento histórico”. Resume la historia de los espejismos burgueses, de clase media y sueño americano. El realismo frente a la inocencia. El apego por la gente, frente a la tan frecuente decepción que supone la base que nos hace ser robinsones en la urbanización o el barrio donde vivimos.

Fuente: Culturamas