Las
mujeres de mi padre
José
Eduardo Agualusa
Traducción
de Rosa Martínez-Alfaro
Nota
al margen
Madrid,
22026
412
páginas
Cualquier
tendencia a comentar por parte de un europeo que África no se acaba nunca cae
en el riesgo de ser considerada neocolonialismo. ¿Cómo expresar esta idea sin
pecar de una mirada sobreprotectora o admirativa, como se admiran las postales
de los lugares más bellos? Tal vez recurriendo a los propios africanos,
refugiándonos en la lectura de los africanos que sostienen a su manera esta
misma idea: Mia Couto, Chinua Achebe, Wole Soyinka, Adbulrazak Gurnah, Coetzee,
Ngugi Wa Thiong’o, Chimamanda Ngozi Adichie, NoViolet Bulawayo, y muchos más,
entre los que se incluye al autor que aquí nos convoca, el angoleño José Eduardo
Agualusa (Huambo, Angola, 1960). En esta novela, Las mujeres de mi padre,
Agualusa escribe como si él mismo se estuviera dando cuenta del descubrimiento
que es su región natal, su espacio educativo, lo que se supone que le ha
ayudado a construirse, a construir su naturaleza.
Para
ello comienza por construir a un personaje, una mujer, que intenta reconstruir
la vida de quien se supone fue su padre biológico a través de múltiples encuentros
en Angola y Mozambique, dos países a los que une el idioma. El padre en
cuestión resultó ser un mujeriego lo bastante encantador, un compositor y
cantante, como para proyectar una película sobre él. La historia de una
documentalista que viaja a Luanda para asistir a un funeral y decide
reconstruir el itinerario de alguien que no permanecía más de dos o tres años
en cada ciudad, fundaba una familia y volvía a la carretera, es más el impulso
para la creación que la creación misma. Se intentarán recoger los testimonios
de las viudas y de otras personas que le conocieron, y se terminará por descubrir
el secreto que guardaba.
El
libro está proyectado desde diferentes voces y en capítulos cortos, porque es un
aparato poliédrico, plural, rico en texturas, una serie de cualidades que
comparte con dos de nuestras grandes debilidades: el viaje y la memoria. En
realidad, lo que nos viene a decir es que es imposible conocer el cuadro
completo, que lo que tenemos a nuestro acceso son fragmentos y que con ellos
deberíamos estar contentos. Ni ser originario de un lugar ni regresar a él como
una persona muy preparada para el conocimiento nos van a otorgar el don de la
sabiduría, sino el del desconcierto, aunque sea en diferente grado. Y lo que
más desconcierta suele ser la frustración de compaginar el amor y el odio, y aceptar
que el mal hubiera sido la indiferencia. Y también descubrir que encontrarse
con muchas vidas es lo mismo que encontrarse con mucha vida, solo que cambia el
ritmo, porque mucha vida podría suceder lentamente, pero a través de vidas
múltiples el ritmo será bastante más rápido.
Agualusa
nos vuelve a llevar a esos lugares donde sucede lo imposible, como que un
pianista carezca de manos o un ciego padezca de vista cansada. El viaje,
nuevamente, merecerá mucho la pena, aunque sea a través de la mirada de los
demás.

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