El
arte de viajar sin moverse del sitio
Hilario
J. Rodríguez
Barlin
Valencia,
2026
130
páginas
Uno
muere cuando desaparecen las cosas que sin saberlo le sustentaban. Los amigos
de la plazuela viajaron a distintos lugares para instalarse allí a cuenta del
trabajo; se acabaron aquellos campamentos de verano y el color del océano ya no
es tan azul; es imposible volver a bailar esa canción de Radio futura
mientras coqueteas con la joven tan tierna que te acaban de presentar o con el
chico tan simpático que se sienta a tu lado en el aula de la facultad. El
tiempo corre y junto a esa maldición han ido pasando frente a nuestras vidas
todo lo que olía a sinceridad. Es complicado encontrar nada que no tenga cierto
tufo a farsa, a no ser, por ejemplo, aquello en lo que la farsa era su esencia,
como en el cine. Por suerte podemos volver a ver las películas de John Ford o
descubrir las de Michel Haneke. Tal vez donde mejor se pueda apreciar esa lástima,
ese daño, sea en los viajes, porque seguramente ya no sea posible convertirse
en un viajero. La afirmación me gusta viajar sería imposible de pronunciar si
la gente expusiera la expresión más adecuada: me gusta hacer turismo. A nadie
le gusta sentirse turista, pero a todo el mundo le encanta hacerse la
fotografía con el Taj Mahal para colgarla en Instagram. El viaje se ha instagramizado
y así cubre toda la superficie del planeta. De ahí que uno deduzca que, sin
duda, ahora mismo viajar es un deseo.
Sobre
ese deseo, sobre esa ilusión, Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela,
1963) escribe este ensayo, en el que lo que se impone es la sensibilidad. Para
poder sentir que uno tiene sus instantes de viaje, debe reconocer que algo
recorre su sensibilidad en canal. Pero la sensibilidad no es un ser inerte que llevamos
dentro. La sensibilidad requiere de un aprendizaje para el que no sirve estarse
quieto. Por eso conviene desplazarse a otros lugares, también con la mente,
como hace el autor cuando afronta las lecturas. La obra, de hecho, comienza con
referencias a uno de los libros de viajes más intrigantes que se han escrito, Atlas
de islas remotas, de Judith Schalansky. Se trata de una obra que a cualquiera
le hubiera gustado haber ideado y llevar a cabo, es decir, se trata de volver a
relacionarnos con el deseo. Pero no será solo Schalansky la que nos llegue a
través del autor, pues por aquí circulan Borges, Sebald, Solnit o Kapuściński.
El
arte de viajar sin moverse del sitio versa sobre la contrariedad
de querer ser nómada y escritor a un tiempo. Caminar es una tarea que aporta
mucho a la creatividad, pero para poner algo en negro sobre blanco es imprescindible
detenerse. Cabe la opción de leer la geografía, como hace Hilario J. Rodríguez,
que entiende esta ciencia de una forma muy holística: en su ideario, la
geografía es volátil, se mueve a capricho, y abarca, a su vez, cualquier otra
forma de saber. El mundo es el mundo y al mismo tiempo su representación. Eso
permite regar el ensayo de anécdotas y momentos, de historias que van enriqueciendo
el anhelo de quien se ve como viajero, como reducto de ese espíritu que hay que
buscar con ahínco para encontrar sus últimos residuos.
Por
poner alguna pega, se puede pensar que las notas al pie, tan interesantes como
el texto primario, interrumpen un poco la lectura y que a uno le hubiera
gustado encontrar esos textos integrados. Pero ese es un problema menor en un
ensayo de estas características, en el que son pocas las ocasiones en que las
referencias a la experiencia propia se impone, por riesgo a caer en alguna
interpretación neocolonial, y lo que se impone es ese recurso con el que
combatir a la nostalgia que puede provocar el deseo, y que no es otro que el
beneficio de la imaginación.

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