Koljós
Emmanuel
Carrère
Traducción
de Juan de Sola
Anagrama
Barcelona,
2025
449
páginas
Pasamos
por esta vida siendo muchas cosas, pero lo que es común, tal vez lo único que
es común, es que todos somos hijos. Es posible que gracias a ello estemos sobreviviendo
al colapso al que asistimos. Si nos centráramos en ser padres, en que mucha
gente es padre o madre, no sería soportable vivir con la conciencia del mundo
que se destruye. Otro factor común es la sensación de que el tiempo es el lugar
donde la luz se ha tejido y destejido a lo largo de nuestra vida, lo cual
supone que pensamos y sentimos a partir del pasado, de la memoria, donde las
cosas no estuvieron tan mal, algo que recobramos con especial interés a medida
que se acerca el otoño de la edad. Ahí es donde se ve Emanuel Carrère (París,
1957) que ya es consciente de que muchos trenes partieron hace tiempo hacia su
destino y la vida le ha dejado, como a todos, heridas en la memoria amarilla.
La más importante, la vida que compartió su madre con él, una persona que ya no
está y a la que le debe un rescate, un homenaje en el que duda sobre la calidad
de la discreción con que debe estar escrito. En cualquier caso, Carrère no
puede dejar de ser fiel a sí mismo, a su estilo y a sus estrategias, ni
siquiera cuando la época de los sentimientos es más intensa. Koljós está
escrita con su energía, que es la que necesita para hacer algo de justicia a
título póstumo.
Como
en su obra anterior, nos encontraremos con algo de biografía, algo de historia,
algo de periodismo, apuntes entrelazados que atienden a los detalles, pero que
todos unidos nos hablan de algo general, de la imposibilidad de separarnos de
los demás y de lo que sucede en nuestro tiempo. Descubrimos la gente excepcional
que ha ido rodeando los días de su madre o los propios, o de la que ha tenido
noticia y quiere representar como tal. Lo que cobra valor es su mirada, la
construcción que hace a partir de lo que recibe, esa impresión que uno tiene al
leerle de estar leyendo lo que le ha construido a él literariamente. Su
intención es la de poner orden en el caos, porque la memoria puede ser mucho
caos dado que todo está almacenado en el mismo estrato. A la hora de reflejarlo
por escrito, es obligatorio ir tomando partido, dar prioridad a lo que sea en
cada momento, porque no es posible hilar de otra manera este amontonamiento que
son los sucesos y las angustias, esa sensación que uno tiene durante los viajes
a la memoria en la que todo está sucediendo al mismo tiempo.
Estamos
en un mundo en el que la clase social condiciona, en el que la madre de Carrère
llegará a ser una intelectual bien considerada, una autoridad francesa en un
asunto que será tan valioso para explicar el planeta como es la historia de
Rusia. Pero previamente ha estado presente en las épocas duras, en esas en las
que el adjetivo convulso es un eufemismo. Pero los retratos de estos periodos están
construidos tras darse cuenta de qué es lo que le ha afectado a la gente y,
sobre todo, en qué puede haber afectado a la piedad filial, que es la obsesión
de Carrère que flota a lo largo de toda la obra, al margen de lo que esté
hablando, incluso cuando termina centrándose en la guerra de Ucrania. El caso
es que mientras indaga, mientras investiga, el autor va topándose con escollos
de diferente graduación. Para él, cada obstáculo es un motivo más para afrontar
el reto, sin reparar en cómo de discreto debería mostrarse si estos atañen a
las figuras de sus padres, por ejemplo. Carrère, ya lo sabemos, se muestra como
un autor que considera que todo pudor es un falso pudor. Ni siquiera se detiene
ante lo que pudo suponer la herencia del síndrome de Ulises en sus progenitores,
descendientes de exiliados georgianos, un condicionamiento que también
atraviesa Koljós.
Un
cierto sentimiento de culpa se va trasluciendo, como si Carrère no estuviera
del todo conforme por lo que le ha configurado. La pregunta que surge es, por
qué escribir, entonces, si el libro no va a despejar nada, no va a arreglar esa
sensación que tiene de que no pertenece a la época que le ha tocado vivir. Es
posible que de eso trate la obra, de considerar que el mundo no está donde
debería estar ni en el momento en que debería estar, de que figuras como Putin
son realidad cuando deberían ser ucronía, de que no está ocurriendo lo que se
supone que debería ocurrir. Y, a pesar de todo, en las distancias que atañen a
las relaciones entre padres e hijos, no dejamos de tener presente lo importante
que es quererse.
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