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lunes, 5 de marzo de 2018

TORRES DE PIEDRA


Torres de piedra
Wojciech Jagielski
Traducción de Francisco Javier Villaverde González
Debate
Barcelona, 2011
350 páginas



Sale a la luz una colección denominada La Ficción Real, con la cual la editorial Debate rinde homenaje a la crónica como género literario. En estos tiempos la crónica no precisa de una defensa que argumente que se ha constituido, por mérito propio, en literatura. Bastaría con acercarse a los clásicos norteamericanos, entre los que se encuentra Gay Talese, el autor del libro con que se inicia la colección, esa obra maestra que se titula La mujer de tu prójimo.

A la obra de Talese le acompaña Torres de piedra, un libro valiente, pues la osadía es lo primero que alguien admira en un periodista como Jagielski. Este autor polaco, digno heredero de Kapuściński, se adentra en la región olvidada de Chechenia, uno de esos lugares oscuros en el mapa del mundo, apenas conocido merced a algún delito de sangre. “El Cáucaso no es más que un polígono de tiro en el cual hacen carrera los políticos rusos”, dirá uno de los entrevistados. Chechenia es un país sin ley, un territorio en el que la perplejidad del viajero, ese ¿qué hago yo aquí?, se revuelve contra el lector. Al fin y al cabo, uno no puede dejar de preguntarse qué se le ha perdido a Jagielski allí. “Conseguir ser testigo de un suceso de principio a fin no resulta nada fácil, y menos aún contemplarlo todo desde ambos lados de la barricada, tener una visión completa del hecho, para así depender únicamente de las observaciones e impresiones propias”. Y más complicado aún resulta cuando este hecho es tan enorme como una guerra. De ahí cierto extrañamiento que emana del reportaje, incrementado por la estirpe de personajes que van saliéndole al paso: desheredados, desahuciados, combatientes sin romanticismo, dirigentes perdidos en un mundo perdido. Más que en ninguna otra obra, más, incluso, que en los ensayos de Edward Said, en Torres de piedra queda patente que el camino de Oriente y el de Occidente son paralelos.

El noble intento de Jagielski es el de sacar a este territorio y a esta guerra del oscurantismo. Y el planteamiento es la necesidad de que esto suceda, pues no hay personajes en esta obra, sino personas, gente que bregan por encontrar sus dignidades: la dignidad del perdedor, la dignidad del hambre, la dignidad del soldado. Y estas dignidades se confunden, con frecuencia, con los códigos de honor, y se identifican, gracias a los planteamientos de Jagielski, con la memoria. Si ser humano significa poseer memoria, los habitantes de Chechenia se ganan este apelativo a fuerza de luchar por una libertad casi imposible de definir. Al parecer, existe un robo de la libertad, pero también un miedo a ser libres, lo cual implica llevar a todo un pueblo en un naufragio a la deriva. Apenas alguno de los individuos con que se topa, gente peculiar y divergente, se atreve a enunciar principios sobre los que podría construirse la libertad del pueblo, un estado.

Jagielski se erige en testigo de la injusticia al reflejar el territorio desconocido en que habita gente que ha perdido su mundo. De su narración de los hechos se deduce ese grito que pide una voz para el que no la tiene, para una gente que tiene el carácter del lobo, un animal tan temido como admirado. Y al mismo tiempo, no renuncia a su papel de periodista a la búsqueda de una explicación. De ahí sus indagaciones geopolíticas que alternan con el viaje, unos reflejos históricos que ponen sobre el tapete la distancia tan enorme que existe entre la realidad a pie de guerra y las caprichosas estrategias de algunos dirigentes. Torres de piedra es un libro poliédrico, en el que no se renuncia ni al relato de viajes ni a la historia contemporánea, en el que se pretende explicar informando. Pero sobre todo es un relato demoledor en el que todo su contenido se aboca a unos capítulos finales por los que deambulan, con su presencia excéntrica, ruinas humanas, la derrota sin paliativos ni dignidad, y la peor exégesis de la depresión. Es un libro que nos ayuda a ampliar el mundo mostrándonos su cara oculta, esa trinchera donde yacen los olvidados que conservan la necesidad de seguir respirando.

Fuente: Quimera