Obra
completa
Gilda
Holst
Pre-textos
Valencia,
2025
437
páginas
Reiterar
que somos seres con carencias, llenos de culpa, de miedos y atrapados en nuestros
deseos, frente a algo que se conoce como realidad, y hacerlo sin perder la
compostura es todo un arte. Esta es la intención y el temperamento que Gilda
Holst (Guayaquil, 1952 – 2024) muestra a lo largo de toda su obra, que ahora
recupera Pre-textos en un solo volumen. No se trata de un proyecto voluminoso,
pues esta se reduce a tres libros de relatos y una novela corta, pero nos
permite comprobar cuáles son las constantes en el proyecto de una autora
bastante desconocida en nuestro país, y que estas constantes son vitales. Holst
ama la distancia corta, en ocasiones tan corta como la del microrrelato, que es
el arte del gesto, como si estuviera convencida de que al mundo se le puede
retratar a base de retazos. Tal vez sea verdad, tal vez el mundo no tenga
consistencia en la continuidad. Peor Holst sabe, también, que para retratar el
mundo debe elegir una parte de él y convertirla en un microcosmos. Esa parte es
la que mejor conoce, la ciudad donde nació, vivió y murió, Guayaquil.
Lo
primero que llama la atención, cuando uno comienza la lectura, es la capacidad
que tiene la autora para narrar y al mismo tiempo reflexionar acerca de la
persona que narra. La voz va a ser siempre tranquila, correcta, sin alardes.
Pero sí se irá permitiendo alardes de un carácter más posmoderno en lo
narrativo, llegando, incluso, a las aproximaciones metaliterarias. De lo que se
trata es de mantener activa la teoría del iceberg, esa que apunta que es mucho
lo que no nos muestra, esa que nos sugiere, con intriga, que no estaría mal
conocer lo que sucedía antes y lo que sucederá después, tras el fogonazo digno
de relatar que ella ha elegido. El efecto es el de encontrarnos frente a vidas
movidas, no agitadas. Hay que decir, eso sí, que estas vidas tienen lugar en un
estrato social que nos atreveríamos a llamar, sin tono peyorativo, como
burgués: no estamos entre gente muy adinerada, pero tampoco pisando el barro,
estamos entre gente que se permite algo más que sobrevivir, pero no lo
suficiente como para que sobrevivir no sea prioritario. Hay que hablar sobre lo
que se conoce, parece indicarnos Holst, porque ahí está la esencia de lo que
nos importa y atenaza: el miedo, la culpa, los deseos.
Esa
presencia constante de lo que pesa en el alma produce un efecto bastante
peculiar, que tal vez sea lo más logrado en la obra que estamos tratando: para
el narrador los demás son tipos extraños, como si hubieran llegado a su vida
desde un exilio, y uno se pregunta desde dónde han llegado estos exiliados. Lo
que van a protagonizar es un trozo de vida, junto al narrador, que afronta la existencia
como una sucesión de actos, de momentos que van encendiéndose y apagando en las
existencias de los otros, ya que damos por supuesto que la propia tiene
continuidad, aunque solo debido a la que da que la respiración no se detenga.
El caso es que apuntar a estos apagados y encendidos se debe a tratar, tenga la
edad que tenga, con gente en formación. Nadie estamos nunca cuajados del todo.
Y cabe preguntarse, incluso, si nuestro entorno terminará alguna vez de cuajar.
Todo esto supone un baile, que Holst resuelve con destreza narrativa, con
ingenio sin destellos gratuitos, demostrando que puede ser más elegante el
relato que la vida y provocando, al final de cada cuento, que nos baile alguna
pregunta acerca de lo absurdo que es la vida, sobre todo, con qué grado de absurdo
deberíamos catalogar la vida, si es que hubiéramos sido capaces de crear una
escala para ello.
Fuente: Zenda

No hay comentarios:
Publicar un comentario