Los
hermosos años del castigo
Fleur
Jaeggy
Traducción
de Juan Bignozzi
Tusquets
Barcelona,
2026
126
páginas
Para
constatar que el número de mundos es infinito no es necesario viajar al
espacio. Basta con abrir un libro en el que su autor refleje un lugar donde la
atmósfera es de una calidad que no habíamos imaginado antes que pudiera
existir. Eso es lo que sucede en esta novela de Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940) que
contiene mimbres para convertirse en un clásico. El planteamiento de partida es
muy sencillo: a un internado de chicas llega una nueva, y la narradora se
enamora de ella. A partir de ahí, de ese amor imposible en que no puede haber
roces, ni siquiera verbales, Jaeggy recrea una atmósfera tóxica, pero no
emponzoñada del todo: podemos respirar, pero respirar es casi el ejercicio más
costoso que ejercitamos. Resulta más sencillo moverse, caminar, aunque a la
obra entramos con una advertencia: si sales a caminar por los alrededores,
estarás pisando la ruta en la que se suicidó Robert Walser. El siguiente
escritor que la narradora de Jaeggy menciona es Baudelaire. A partir de ahí,
uno puede imaginar qué es lo que le espera en esta novela corta.
«No
se da cuenta de que la alegría puede volverse tétrica», llegará a comentar, pasada
la mitad de la obra, y entonces es cuando uno se explica qué es lo que está
leyendo. A la narradora le hubiera gustado vivir una historia de amor, pero
está sumergida en una historia más bien carcelaria. De este modo, lo que
debería haber sido pasión, una suma de las mejores cosas que uno puede sentir,
termina por ser, en una narradora que cuenta la historia transcurridos muchos
años, un recuerdo con rencor: «renunciar a las cosas bellas y temer las buenas
noticias», concluirá más adelante. Pero esta conclusión nos lleva a revisitar
lo que hemos leído, a preguntarnos cómo diablos han educado a estas muchachas
dentro del internado, pero también fuera, unas familias cuya ausencia
ensordece, atosiga.
Jaeggy
construye así una novela en la que lo que nos inquieta es lo probable, que esto
sea algo que haya sucedido y que quienes lo vivieron estén compartiendo con
nosotros los paseos y los cafés. Nos habla de cómo pueden ser las personas
silenciosas que nos rodean, con las que nos encontramos, pues el relato se
centra en la propia narradora, en una persona que tiene una necesidad desnuda
de explicarse, en una persona en la que se confunde lo que ha sido con lo que
ha observado, y en la que se impone, como en toda buena obra con referencias a
lo vivido, lo que se ha deseado. Los hermosos años del castigo sigue
siendo una novela que no debemos perdernos, que debemos revisitar.

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