viernes, 23 de enero de 2026

LOS HERMOSOS AÑOS DEL CASTIGO

 

Los hermosos años del castigo

Fleur Jaeggy

Traducción de Juan Bignozzi

Tusquets

Barcelona, 2026

126 páginas

 



Para constatar que el número de mundos es infinito no es necesario viajar al espacio. Basta con abrir un libro en el que su autor refleje un lugar donde la atmósfera es de una calidad que no habíamos imaginado antes que pudiera existir. Eso es lo que sucede en esta novela de Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940) que contiene mimbres para convertirse en un clásico. El planteamiento de partida es muy sencillo: a un internado de chicas llega una nueva, y la narradora se enamora de ella. A partir de ahí, de ese amor imposible en que no puede haber roces, ni siquiera verbales, Jaeggy recrea una atmósfera tóxica, pero no emponzoñada del todo: podemos respirar, pero respirar es casi el ejercicio más costoso que ejercitamos. Resulta más sencillo moverse, caminar, aunque a la obra entramos con una advertencia: si sales a caminar por los alrededores, estarás pisando la ruta en la que se suicidó Robert Walser. El siguiente escritor que la narradora de Jaeggy menciona es Baudelaire. A partir de ahí, uno puede imaginar qué es lo que le espera en esta novela corta.

«No se da cuenta de que la alegría puede volverse tétrica», llegará a comentar, pasada la mitad de la obra, y entonces es cuando uno se explica qué es lo que está leyendo. A la narradora le hubiera gustado vivir una historia de amor, pero está sumergida en una historia más bien carcelaria. De este modo, lo que debería haber sido pasión, una suma de las mejores cosas que uno puede sentir, termina por ser, en una narradora que cuenta la historia transcurridos muchos años, un recuerdo con rencor: «renunciar a las cosas bellas y temer las buenas noticias», concluirá más adelante. Pero esta conclusión nos lleva a revisitar lo que hemos leído, a preguntarnos cómo diablos han educado a estas muchachas dentro del internado, pero también fuera, unas familias cuya ausencia ensordece, atosiga.

Jaeggy construye así una novela en la que lo que nos inquieta es lo probable, que esto sea algo que haya sucedido y que quienes lo vivieron estén compartiendo con nosotros los paseos y los cafés. Nos habla de cómo pueden ser las personas silenciosas que nos rodean, con las que nos encontramos, pues el relato se centra en la propia narradora, en una persona que tiene una necesidad desnuda de explicarse, en una persona en la que se confunde lo que ha sido con lo que ha observado, y en la que se impone, como en toda buena obra con referencias a lo vivido, lo que se ha deseado. Los hermosos años del castigo sigue siendo una novela que no debemos perdernos, que debemos revisitar.

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