La
isla del tesoro
Robert
Louis Stevenson
Traducción
de Marta Salís
Alba
Barcelona,
2026
257
páginas
Leer
una novela incontaminada sigue siendo una forma de definirse social y
personalmente. Y nada contiene menos toxinas que La isla del tesoro. Ahí
dentro está la pureza del álgebra que puede guardar la construcción de una
novela, con su estructura que funciona como un reloj en función de la narración
pura. Nada hay más balsámico que meterse en la cama a las diez de la noche con esta
novela, para fomentar los sueños azules, mientras la memoria de la aventura
perdura en nuestro subconsciente. Tal vez esta sea una postura ética de apariencia
banal, algo de una estética egoísta, pero Stevenson nos salva de todas las
formas de vanidad. En realidad, estamos frente a una experiencia que nos
reconcilia con lo clandestino y la belleza de lo clandestino, pues leemos La
isla del tesoro reconciliándonos con la vida: ¿cómo puede ser malo un mundo en
el que vivió alguien capaz de escribir esta novela? El día siguiente amanecerá
limpio, planteándonos qué lecciones morales podemos sacar de la aventura de Jim
Hawkings. Hemos salido de nosotros mismos, sin dejar de estar encerrados en
nuestra cabeza. Ese efecto mágico está presente en la experiencia de leer cada
línea de esta obra. No exige nada al lector, que se transforma en un militante
de la aventura sin levantar la voz.
Al
volver a leer la novela, en esta cuidadísima edición de Alba, un libro que merece
la pena acuñar, uno se da cuenta, desde la primera línea, que estamos ante un
narrador hipersensible: la voz de Jim Hawkings, que jamás abandona el espacio
narrativo para atender a digresiones, es la de una persona sensitiva, dotada de
la intuición propia de un adolescente dispuesto a aprender a partir de todo lo
que caiga en su camino. Y lo que más va cayendo son las relaciones con las
personas, el descubrimiento de las diferentes naturalezas humanas. Hay idealizaciones
en todos los aspectos, no solo en el positivo, como en mirada al pirata, una
figura que bien podría haber sido la que representa la libertad, pero mantiene
el punto exacto de codicia, de lo siniestro que cabe dentro de la codicia, como
para que desconfiemos de ellos. Apenas se menciona, pero sabemos que son
perdedores a la vez que victimarios. ¿De qué otra manera podría haber llegado
John el Largo a ser quien es, contradictorio, noble y violento? Y luego está la
búsqueda del tesoro, otro mito, que aquí no es nada más que la chispa que
enciende el motor, que da pie a la aventura, a la emoción.
Y
la aventura supone una modificación del protagonista. La genialidad de
Stevenson es conseguir que esa modificación no sea una experiencia como la
caída del caballo camino de Damasco, sino que se vaya produciendo párrafo a
párrafo, pues cada acto, como no puede ser de otra manera, afecta al
protagonista. Y le va haciendo madurar. De hecho, estamos frente a un personaje
que sin buscarlo, sin pretenderlo, demuestra que ser valiente está al alcance
de cualquiera, de ahí que se limite a relatar lo que va sucediendo, la acción a
la que empuja la ambición de otros y la supervivencia consecuente. Es imposible
obviar que la principal exploración de Stevenson atañe a la naturaleza humana. La
confrontación entre el mundo de los piratas y el de quienes representan a la clase
social integrada, pero honesta —el doctor, el capitán, el armador—, consolida
un imaginario en el que caben todos los debates morales, incluido esa intuición
a que nos va llevando la lectura, una intuición que dicta qué fácil es la
muerte, largarse a la región donde no se cuece el pan. Y, sin embargo, lo que
más contiene La isla del tesoro es vida, una cantidad infinita de lo que
supone la vida si la aprendemos a vivir, si nos olvidamos de los sufrimientos y
elegimos ver como una aventura la superación constante a la que nos obliga.

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