jueves, 22 de enero de 2026

LA ISLA DEL TESORO

 

La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson

Traducción de Marta Salís

Alba

Barcelona, 2026

257 páginas

 



Leer una novela incontaminada sigue siendo una forma de definirse social y personalmente. Y nada contiene menos toxinas que La isla del tesoro. Ahí dentro está la pureza del álgebra que puede guardar la construcción de una novela, con su estructura que funciona como un reloj en función de la narración pura. Nada hay más balsámico que meterse en la cama a las diez de la noche con esta novela, para fomentar los sueños azules, mientras la memoria de la aventura perdura en nuestro subconsciente. Tal vez esta sea una postura ética de apariencia banal, algo de una estética egoísta, pero Stevenson nos salva de todas las formas de vanidad. En realidad, estamos frente a una experiencia que nos reconcilia con lo clandestino y la belleza de lo clandestino, pues leemos La isla del tesoro reconciliándonos con la vida: ¿cómo puede ser malo un mundo en el que vivió alguien capaz de escribir esta novela? El día siguiente amanecerá limpio, planteándonos qué lecciones morales podemos sacar de la aventura de Jim Hawkings. Hemos salido de nosotros mismos, sin dejar de estar encerrados en nuestra cabeza. Ese efecto mágico está presente en la experiencia de leer cada línea de esta obra. No exige nada al lector, que se transforma en un militante de la aventura sin levantar la voz.

Al volver a leer la novela, en esta cuidadísima edición de Alba, un libro que merece la pena acuñar, uno se da cuenta, desde la primera línea, que estamos ante un narrador hipersensible: la voz de Jim Hawkings, que jamás abandona el espacio narrativo para atender a digresiones, es la de una persona sensitiva, dotada de la intuición propia de un adolescente dispuesto a aprender a partir de todo lo que caiga en su camino. Y lo que más va cayendo son las relaciones con las personas, el descubrimiento de las diferentes naturalezas humanas. Hay idealizaciones en todos los aspectos, no solo en el positivo, como en mirada al pirata, una figura que bien podría haber sido la que representa la libertad, pero mantiene el punto exacto de codicia, de lo siniestro que cabe dentro de la codicia, como para que desconfiemos de ellos. Apenas se menciona, pero sabemos que son perdedores a la vez que victimarios. ¿De qué otra manera podría haber llegado John el Largo a ser quien es, contradictorio, noble y violento? Y luego está la búsqueda del tesoro, otro mito, que aquí no es nada más que la chispa que enciende el motor, que da pie a la aventura, a la emoción.

Y la aventura supone una modificación del protagonista. La genialidad de Stevenson es conseguir que esa modificación no sea una experiencia como la caída del caballo camino de Damasco, sino que se vaya produciendo párrafo a párrafo, pues cada acto, como no puede ser de otra manera, afecta al protagonista. Y le va haciendo madurar. De hecho, estamos frente a un personaje que sin buscarlo, sin pretenderlo, demuestra que ser valiente está al alcance de cualquiera, de ahí que se limite a relatar lo que va sucediendo, la acción a la que empuja la ambición de otros y la supervivencia consecuente. Es imposible obviar que la principal exploración de Stevenson atañe a la naturaleza humana. La confrontación entre el mundo de los piratas y el de quienes representan a la clase social integrada, pero honesta —el doctor, el capitán, el armador—, consolida un imaginario en el que caben todos los debates morales, incluido esa intuición a que nos va llevando la lectura, una intuición que dicta qué fácil es la muerte, largarse a la región donde no se cuece el pan. Y, sin embargo, lo que más contiene La isla del tesoro es vida, una cantidad infinita de lo que supone la vida si la aprendemos a vivir, si nos olvidamos de los sufrimientos y elegimos ver como una aventura la superación constante a la que nos obliga.

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