Guía
de lugares que ya no existen
Espido
Freire
RBA
Barcelona,
2026
159
páginas
El
asunto está en eso que comentaba un hombre con la boina calada mientras
observaba la calle desde la puerta de su casa: el tiempo lo ha hecho Dios,
nosotros solo hacemos las horas. Esa es la esencia de la memoria, considerar
que la parte que es misterio no está bajo nuestro dominio, es divina, mágica,
mientras que apenas nos queda el consuelo del relato para poder reflejarla.
Estaré en el oído de quien escuche el identificar las emociones que el narrador
sintió. Es a partir de esta hipótesis, la confianza en el lector, la
complicidad del lector, como Espido Freire (Bilbao, 1974) escribe este libro de
viajes que es, en realidad, un libro de memorias. Freire recurre a visitas de
distinta motivación —trabajo, ocio, encuentros— para volver a poner en marcha
las imágenes que en su memoria despiertan reuniones emocionales, de esas que
terminarán por construir nuestro espacio sentimental, y relatarnos su impacto. No
siempre es un viaje con desplazamiento, pues también recurre a las raíces o a
las lecturas, y a veces a los desplazamientos en lugar de al destino. Pero en
todos los casos, de lo que se trata es de recordar que la afectación que
produjo en viaje está directamente relacionada con la afectación que provoca
imaginar.
Guía
de lugares que ya no existen es más memoria que testimonio: «Pensé en mis
abuelos, en los cuentos de sirenas tristes y barcos fantasmas que yo les
contaba a ellos, a cambio de los que me contaban a mí. Pensé en la niña que
fui, que soñaba con ver ballenas blancas desde este lugar. Pensé en los
ausentes. En los que no llegaron. En los que volvieron cambiados. En lo que se
queda cuando uno se va». Hay que confiar mucho en el lector, en su empatía, en
su propia memoria, para hablar de ausencias tal vez convencida de que sabrá a
qué se refiere, porque ausencias sentidas es algo que tenemos todos.
Freire
nos lleva a Damasco, a Ghana, a los países escandinavos, pero su mayor
debilidad, al parecer, es la cultura británica, esa parte de la cultura
británica en la que hay una elegancia que no obvia a su hermana gemela, la
tristeza. Tal vez esta sea la única debilidad, la única grieta en una obra que trata
de demostrar que ser de todas partes es lo mismo que no ser de ninguna, y que
esto, al contrario de lo que cabría esperar, no es una maldición. Es posible que
todos sepamos esto, como sabemos que el tiempo no es humano, que lo que es
humano son los relojes, pero está bien que nos lo recuerden de vez en cuando.
Como está bien que nos recuerden cierto espíritu romántico al que no deberíamos
jamás olvidar: «en algún momento alguien vivió aquí, amó, escribió, esperó». Nos
gustaría saber más sobre ese alguien. En este sentido, Guía de lugares que
ya no existen es un apunte que nos puede empujar a elaborar nuestro propio
diccionario sentimental, algo completo, con todos los relatos que lo
configuraron.

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