Sagrada
la Materia
Annie
Dillard
Traducción
de Raquel Bada
Bamba
Madrid,
2026
75
páginas
«Cada
día es un dios, cada día es un dios y lo sagrado se despliega en el tiempo». Así
comienza este libro de Annie Dillard (Pittsburgh, 1945), empujándonos a
reflexionar que implica ser espiritual. Dios (en minúsculas), lo sagrado y el
tiempo, tres ejes que pueden producir ternura y a la vez llevarnos a
reflexionar sobre cuánto mundo cabe dentro del este mundo, sobre las sombras de
la caverna de Platón y cuál es la verdadera esencia de ese ser que proyecta
esas sombras. Dillard no va a huir de lo religioso, de su creencia en un dios,
en algo que daría sentido a todo lo creado, pero su idea sigue siendo la de
trascender, la de meditar, con o sin palabras, acerca de la parte en la que
deberíamos ser más alma y menos carne: «La gran piedra de molino del espacio es
una ilusión, porque Dios es espíritu y los mundos, sus sueños más leves».
Ese
Dios debería ser la única cosa grande en la que centrarse, pero el mundo de
Dillard, como demostró en Una temporada en Tinker Creek o en
Enseñarle a hablar a una piedra, es el de las cosas pequeñas. Ese Dios es,
sobre todo, una intriga, pero donde ella quiere vivir es en el lugar donde
están los insectos y el polvo que se acumula con el tiempo sobre los objetos
bellos. Ahí es donde demuestra que es una de las autoras más sensitivas que
podremos leer. Sus reflexiones son líricas y son intimistas, porque carece de
certezas. Sagrada la Materia vuelve a ser una invitación a leer, a escuchar, a estar
presente, a la atención y la serenidad. La única rebeldía posible, deducimos de
la lectura de las obras de Dillard, es la de comulgar con la naturaleza, que es
donde se encuentra su dios, una esencia que se parece mucho a la libertad.
Para
ello Dillard se permite escribir con infinita libertad, desenvolverse en una
prosa por momentos efectista, que nos recuerda algo al surrealismo, donde las
frases no estaban previamente, sino que iban surgiendo a medida que corría el
bolígrafo sobre el papel: «Tenemos menos tiempo del que creíamos, y ese tiempo
es boyante, y amado, y lúcido, y explosivo, y salvaje». Esta secuencia de
adjetivos es solo una demostración de la libertad que se permite, pues en ella
están las contradicciones a la vez que los énfasis. «En este libro no va a
ocurrir nada. Solo un poco de violencia en el lenguaje aquí y allá, en la
esquina donde la eternidad roza el tiempo», dice, y es que la eternidad no es
la suma del tiempo hasta que no encontremos su final, sino la ausencia de
tiempo. En ese lugar es donde debería producirse lo que más desea Dillard, que
vuelve a estar relacionado con la ligereza, con el proceso de conocerse, de explicar
y explicarse, que está lejos de ser una meta.
La
vida es vacío y uno puede aceptar ese vacío, como un monje budista, o llenarlo
con lo que le plazca, que es algo a lo que tiene derecho siempre y cuando no
haga daño. Dillard reclama ese derecho y nos muestra una buena ruta, la que
comulga con lo sencillo y con lo espiritual sin pretensiones místicas. Es una autora
homeopática, pues no intenta impactar, sino ir calando poco a poco. Es lenta y nos
deslumbra con una imaginación que puede extrañarnos, porque no nos queda nada
lejos lo que propone, pero no se nos había ocurrido pensar como ella piensa, y
no sabemos por qué renunciamos a esa mirada. Dillard es una voz que nos ayuda a
dar sentido a la lectura, y nos muestra que leer es algo que también existe
fuera de las páginas de los libros, también existe a nuestro alrededor.
Fuente: Zenda

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