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miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA LIBRERÍA AMBULANTE

La librería ambulante
Christopher Morley
Traducción de Juan Sebastián Cárdenas
Periférica
Cáceres, 2012
182 páginas


Una mujer viene al mundo


Al calor de la clásica novela itinerante, de la tradición picaresca, Christopher Morley (Haverford, Pensilvania, 1890-1957) escribe esta obra, La librería ambulante, con más facilidad que potencia. Se trata de una obra sencilla, de desarrollo y prosa ágil, con una estructura lineal, diseñada para leerse en dos noches, mientras uno espera a que el calor del sueño le cierre los ojos y le mande al país de los absurdos. Uno abre la novela pensando que se va a encontrar una narración que le debe algo a Tom Jones, o que va a ser un antecedente de los road movies tipo Thelma y Louise, y sin embargo se encuentra con algo mucho menos gracioso que el primero y mucho más desenfadado que la película de Ridley Scott. Se trata del relato de un trozo de vida de una mujer de cuarenta años, Helen McGill, que, empujada por la necesidad de no introducir cambios en su vida, emprende un viaje de un mes en un carro que transporta una librería y un hogar de campamento. Durante el trayecto, le acompañará el antiguo propietario del negocio, Roger Mifflin, una mula y un chucho que no sirve ni siquiera para ladrar a la luna. A lo largo de su escapada, se sucederán una serie de encuentros y aventuras que tienen más de vulgar que de gracioso, excepto por alguna de las salidas de pata de banco con que nos sacude el señor Mifflin, un experto caradura, un veterano del cambalache, del ilusionismo verbal. Con estos mimbres, Morley teje una novela que en la que, a primera vista, lo único que importa es pasárselo bien. Ese parece ser el primer mensaje de la obra: para la señora McGill el viaje es el descubrimiento del mundo, de un planeta divertidísimo, pese a reducirse al interior de los Estados Unidos, mientras que para el lector lo que cuenta es pasar un par de horas entretenido. Sería algo así como la defensa de un hedonismo de andar por Iowa: “Cuando rememoro la experiencia me parece un poco alocada, pero a la vez llena de un aura casi evangélica. Pensé que si mi propósito era vender libros también era necesario que me divirtiera haciéndolo”. Esa es la confesión de la señora McGill, la narradora de su historia.
Pero de La librería ambulante pueden extraerse otras conclusiones mucho más satisfactorias. Está, por ejemplo, ese planteamiento de fondo propio de las novelas de iniciación, esa idea de que uno aprende caminando. También leyendo, pero sobre todo caminando. De ahí que el ambiente comulgue de la ruta y comulgue del mundo del libro. Lo cual da pie a una nueva reflexión sobre la necesidad del movimiento frente a la necesidad de echar raíces, opción, esta última, que parece la favorita de la protagonista y también de Morley. Aun así, se deja traslucir la idea de lo contradictorio que es el ser humano. Aunque la conclusión no deja de ser un tanto conservadora: tras emprender una etapa de su vida que la va a transformar, la señora McGill opta por regresar al hogar. A los cuarenta años huye, sin saberlo, de todo lo que le pesa, de esa educación reaccionaria que se le impuso, que la transformó en una mujer gordita que sacrificaba la propia existencia para cocinar pasteles de carne que devorara su hermano, el artista de la familia. El mundo rural americano se presenta como un entorno mediocre, pero termina imponiéndose como un entorno acogedor. Hay una idea latente, a punto de explotar en alguna ocasión de la novela, relacionada con la liberación de la mujer, como, por ejemplo, cuando se denuncia la falta de autonomía doméstica del hombre y, por encima de todo, cuando se descubre el amor. Pero también hay un mensaje demasiado conservador en la idea final de compromiso matrimonial, una imposición como una verdad pura que se impone hasta en el espíritu del que ha sido el maestro en el arte de vivir. O bien esa es la idea que maneja el autor, o nos engaña con un entretenido juego de autosecuestros y provocación intencionada del síndrome de Estocolmo. Pero esta representación parece alejada de sus intenciones. Posiblemente se trata de una obra más pensada para los votantes del partido Republicano que para gratificar a las mujeres que reclamaban un poco de dignidad.




Fuente: Quimera

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