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lunes, 13 de noviembre de 2017

GUERRACIVILANDIA EN RUINAS

Guerracivilandia en ruinas

George Saunders

Traducción de Javier Calvo
Editorial Mondadori
Barcelona, 2005
182 páginas
16 euros

El futuro mundo infeliz


Nueve años después de su publicación en Estados Unidos, aterriza en España el primer libro de Goerge Saunders, uno de esos escritores de la estirpe de los incómodos, de quien ya conocíamos su Pastoralia. El libro es un conjunto formado por seis relatos y una novela corta que, aparentemente, Saunders concibió como un conjunto formal. El libro ofrece una impresión de unidad poco frecuente en este tipo de publicaciones. Y la unidad no se debe al estilo de Saunders, seco, corto, directo, que atrapa al lector por el aliento arrastrándolo al interior de las páginas; tampoco se debe a un criterio uniforme de ambientación, ni a historias que entrelazándolas podrían dar lugar a una novela de vidas cruzadas. La unidad del libro se debe a la lectura de lo terrible que será el futuro inmediato. El tema común es una advertencia sin marcha atrás: para enderezar el rumbo de esta vida, habría que volver a nacer, pero en un mundo distinto. La única esperanza, como nos muestra en el cierre de la novela breve –un cierre que bien podría estar abarcando al resto del libro-, sería rebelarse contra ese futuro, que es tan inmediato que para que la rebelión fructifique habría que armarse y echarse al monte.
Saunders busca algo tan complicado como reunir dentro de la misma atmósfera tanto a la sátira como al esperpento, y eso sin presentar ningún atisbo de humor. Si el lector no se ofrece al juego, puede resultarle un tanto sensacionalista, un tanto exagerado, y entonces la literatura de Saunders perdería toda verosimilitud. Creo que este no es un buen consejo. Yo diría que lo mejor es dejarse arrastrar, entrar en este mundo de seres deformes, grotescos, rutinarios, acongojados, y sometidos a una marginación atípica, pues en su mundo casi todos son marginados. Ese es el punto alegórico de Saunders: que la marginación sea la norma: “No soy un mal tipo. Solo me gustaría dejar de tener esperanzas”, dice uno de ellos, una frase tan propia de un deprimido como de cualquiera de nosotros. Y esta marginación sucede en un lugar donde si existe la naturaleza es para que sea controlada por exterminadores de mapaches. Todo es artificial. Tan artificial como los parques temáticos en decadencia, como los negocios que ocupan grandes extensiones y en cuyo seno se vive al igual que si se tratara de un campo de concentración. Tampoco hay convivencia, de ahí que no existan diálogos, que estos hayan sido sustituidos por los comentarios de gente cruel que no mide el alcance de sus palabras. Y al final, o al principio, o en el medio, siempre muere alguien, unos homicidios a los que Saunders y los narradores de Saunders (todos los cuentos están escritos en primera persona) no le dedican más de una línea. Tal vez porque en realidad lo que nos está dando más miedo sean las acciones comunes: “Cuando intenta dar miedo le sale mal. No tiene ni idea de gemir. Da más miedo cuando hace cosas normales de niño, como sacarse mocos y limpiárselos en la zapatilla deportiva”. Y lleva los asuntos hasta extremos insospechados como que el miedo provenga de la pornografía y no de la muerte: “Pero inténtenlo... maten a un niño encantador por un descuido y luego intenten disfrutar del sexo. Si pueden, son ustedes unos dementes”.
Únicamente cabe preguntarse si Saunders es capaz de disfrutar mientras escribe, si él mismo llega a elaborar este extrañamiento, demoledor, sin que se le escape por las axilas un sudor helado. Un consejo para el lector que deba decidir si comprar o no este libro: lea la primera frase de cada relato y conocerá el tono de esta literatura. Saunders no se anda por las ramas.

Fuente: Tribuna/Culturas

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